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John Grisham

Causa justa

cuatro años en Atlanta con un grupo de lucha contra la pena de muerte y dos decepcionantes años en la colina del Capitolio hasta que le llamó la atención un anuncio de una publicación jurídica, solicitando un abogado para el consultorio jurídico de la calle Catorce—. No existe vocación más sublime que el derecho —añadió—. Es algo más que ganar dinero. —Después soltó un discurso contra los grandes bufetes y los abogados que ganaban millones de dólares en honorarios. Un amigo suyo de Brooklyn estaba ganando diez millones de dólares anuales con sus querellas contra los fabricantes de implantes mamarios de silicona—. iDiez millones de dólares al año! ¡Con eso se podría alojar y dar de comer a todos los indigentes del distrito de Columbia! En cualquier caso, se alegraba de mi conversión y lamentaba el incidente de Señor. —¿A qué te dedicas en concreto? —le pregunté. Resultaba evidente que Abraham estaba disfrutando. Era fogoso e inteligente y utilizaba un vocabulario tan amplio que me daba vueltas la cabeza. —A dos cosas. Política. Trabajo con otros abogados para reformar la legislación, y dirijo los litigios, en general, acciones populares. Hemos presentado una querella contra el Departamento de Comercio porque los vagabundos apenas estaban representados en el censo del noventa. Hemos interpuesto una demanda contra el sistema escolar del distrito por negarse a admitir a los niños desamparados. Hemos emprendido una acción popular porque el distrito anuló indebidamente varios millares de subvenciones de alojamiento sin el obligado procedimiento. Hemos atacado muchos de los estatutos destinados a criminalizar la condición de las personas que carecen de hogar. Presentaremos querellas contra casi todo si joden a los indigentes. —Son unos litigios muy complicados. —Lo son, pero, afortunadamente, aquí en el distrito de Columbia hay muchos abogados excelentes dispuestos a dedicarnos tiempo. Yo soy el entrenador. Elaboro la estrategia del partido, reúno el equipo y decido las jugadas. —¿No ves a los clientes? —Algunas veces. Pero trabajo mejor cuando estoy solo en mi cuartito de allí. Por eso me alegro de que te hayas unido a nosotros. Tenemos muchas cosas que hacer y necesitamos ayuda. Se levantó de un salto; la conversación había terminado. Habíamos decidido marcharnos a las nueve en punto. Se fue. Mientras soltaba una de sus parrafadas, observé que no llevaba anillo de casado. El derecho era su vida. El viejo dicho según el cual el derecho era una amante celosa había alcanzado un nuevo nivel con personas como Abraham y yo. El derecho era lo único que teníamos. La policía del distrito esperó hasta casi la una de la madrugada para atacar como si de un comando se tratase. Llamaron al timbre y de inmediato empezaron a aporrear la puerta con los puños. Para cuando Claire consiguió orientarse, levantarse de la cama y echarse algo encima del pijama, ellos ya estaban por derribar la puerta a puntapiés. —¡Policía! —anunciaron en respuesta a su aterrorizada pregunta. Abrió lentamente y retrocedió horrorizada mientras cuatro hombres —dos de uniforme y dos de paisano —entraban en el apartamento como si unas vidas humanas corrieran peligro. —¡Apártese! —le espetó uno. Claire se había quedado sin habla. —¡Apártese! —le gritó otro. Cerraron ruidosamente la puerta a su espalda. El jefe, el teniente Gasko, vestido con un barato y ceñido traje de calle, se adelantó y sacó del bolsillo unos papeles doblados. —¿Es usted Claire Brock? —preguntó en una pésima imitación de Columbo. Ella asintió boquiabierta. —Soy el teniente Gasko. ¿Dónde está Michael Brock? —Ya no vive aquí —consiguió balbucir Claire. Los otros tres esperaban allí cerca, preparados para arrojarse encima de lo que fuera. Gasko no se lo creía, pero no tenía una orden de detención sino tan sólo una autorización de registro. 93

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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