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John Grisham

Causa justa

—¿Dónde estará usted la semana que viene? —le preguntó Mordecai. En un sitio, o tal vez en otro; no lo sabía. Buscaba trabajo, y si lo encontraba era posible que ocurriesen otras cosas y entonces ella podría irse a vivir con fulanito de tal. O buscarse un lugar para ella sola. —Recuperaré su dinero e indicaré que envíen los cheques a mi despacho. —Le entregó una tarjeta de visita—. Llámeme a este número dentro de una semana. La joven tomó la tarjeta, nos dio las gracias y se retiró a toda prisa. —Telefonea al restaurante donde trabajaba esta chica, identifícate como su abogado, muéstrate amable al principio y después, si no colaboran, arma un alboroto. En caso de que sea necesario, pásate por allí y recoge personalmente los cheques. Anoté las instrucciones como si fueran muy complicadas. A Waylene le debían doscientos diez dólares. El último caso en el que yo había intervenido en Drake & Sweeney había sido una disputa antimonopolio en la que estaban en juego novecientos millones de dólares. El segundo cliente no supo exponernos ningún problema legal concreto. Sólo quería hablar con alguien. Estaba borracho o mentalmente enfermo, probablemente ambas cosas a la vez. Mordecai lo acompañó a la cocina y le ofreció una taza de café. —Algunos de estos pobrecillos no pueden resistir la tentación de hacer cola —me explicó. La número tres era una residente del albergue; llevaba en él dos meses y, por consiguiente, la cuestión del domicilio presentaba menos problemas. Tenía cincuenta y ocho años, ofrecía un aspecto pulcro y cuidado y era viuda de un veterano de guerra. Según el montón de papeles que hojeé mientras mi jefe hablaba con ella, tenía derecho a una pensión de viudez, pero los cheques estaban siendo enviados a una cuenta de un banco de Maryland a la que ella no tenía acceso. Ella lo había explicado y sus papeles lo confirmaban. —La Asociación de Veteranos es un buen organismo —dijo Mordecai—. Conseguiremos que envíen los cheques aquí. La cola fue aumentando mientras atendíamos con eficacia a los clientes. Mordecai ya lo había visto todo muchas veces: interrupción de los vales de comida por falta de domicilio permanente; negativas de los administradores de fincas a devolver los depósitos de garantía; impago de las pensiones por alimento de los hijos; orden judicial de detención por extensión de cheques sin fondos; reclamación de pensión de invalidez a la Seguridad Social. Después de dos horas y diez clientes, me desplacé al otro extremo de la mesa y empecé a interrrogarlos personalmente. Mi primer cliente fue Marvis. Quería divorciarse. Yo también. Tras escuchar su triste historia, experimenté el impulso de correr a casa y besarle los pies a Claire. La mujer de Marvis se dedicaba a la prostitución. Había sido decente hasta que descubrió el crack. El crack la llevó hasta un camello, de éste pasó a un proxeneta y finalmente a la vida de las calles. Por el camino robó y vendió todo lo que ambos poseían y acumuló deudas a cuenta del marido. Él se declaró insolvente. Ella se llevó a los dos hijos y se fue a vivir con su proxeneta. Marvis quería hacer unas cuantas preguntas acerca de la mecánica del divorcio, y, puesto que yo sólo tenía unos conocimientos básicos al respecto, me escabullí como mejor pude. Mientras tomaba notas tuve una visión fugaz de Claire sentada en aquel preciso instante en el lujoso despacho de su abogada, ultimando los planes para disolver nuestra unión. —¿Cuánto durará? —me preguntó, sacándome de mi breve ensoñación. —Seis meses —contesté—. ¿Cree que ella se opondrá? —¿A qué se refiere? —A si accederá al divorcio. —No hemos hablado de eso. La mujer se había ido de casa un año atrás y, a mi juicio, se trataba de un claro caso de abandono del hogar conyugal. Si a ello se añadía el adulterio, el divorcio estaba chupado. Marvis llevaba una semana en el albergue. Era serio y juicioso y buscaba trabajo. Disfruté de la media hora que pasé con él y me comprometí a conseguirle el divorcio. La mañana pasó volando y mi nerviosismo se desvaneció. Estaba esforzándome en ayudar a personas reales con problemas reales, a personas insignificantes que no tenían ningún otro lugar donde encontrar asistencia jurídica. Se sentían intimidadas, y no sólo por mí, sino por el vasto universo de las leyes, las reglamentaciones, los tribunales y la burocracia. Aprendí a sonreír y a hacer 90

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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