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John Grisham

Causa justa

CAPÍTULO 17 Me encerré en el despacho. El consultorio estaba más frío el domingo que el sábado, y yo llevaba puesto un grueso jersey, unos pantalones de pana y unos calcetines térmicos. Me senté junto a mi escritorio con dos humeantes tazas de café delante, dispuesto a leer el periódico. El edificio tenía calefacción, pero no pensaba encenderla. Echaba de menos mi sillón giratorio de cuero, que giraba, se balanceaba e inclinaba a mi antojo. El nuevo era ligeramente mejor que esas sillas de tijera que se alquilan para las bodas. En días normales prometía ser muy incómodo, pero yo estaba tan magullado que en esos momentos me parecía un instrumento de tortura. El escritorio era un desvencijado mueble de segunda mano, probablemente sacado de una escuela abandonada, era cuadrado y macizo, con tres cajones en cada lado, de los cuales se abrían cuatro. Las dos sillas para los clientes que había delante eran de tijera, una de ellas negra y la otra de un color verdoso que yo jamás había visto. Las paredes llevaban décadas sin que nadie las pintara y habían adquirido un tono amarillo limón pálido. El yeso estaba agrietado y las arañas se habían adueñado de los rincones del techo. La única decoración era un cartel enmarcado que anunciaba una Marcha por la justicia en julio de 1988. El suelo era de roble antiguo y los bordes de las tablas estaban desgastadas, lo que significaba que habían sido rozadas por muchos pies en años anteriores. Estaba barrido y la escoba y el recogedor que había en un rincón eran una delicada manera de decirme que yo tendría que encargarme de la limpieza del lugar. ¡Oh, cuán bajo pueden caer los poderosos! Si mi hermano Warren me hubiera visto sentado allí un domingo, muerto de frío junto a mi triste y pequeño escritorio, con las paredes de yeso agrietadas y encerrado bajo llave para que mis presuntos clientes no me atracaran, me habría soltado unos insultos tan sonoros y variados que hubiese experimentado el impulso de anotarlos. No acertaba a comprender la reacción de mis padres. Muy pronto me vería obligado a telefonearles para darles el disgusto de mi cambio de domicilio. Una violenta llamada a la puerta me hizo dar un respingo. Me incorporé en mi asiento sin saber qué hacer. ¿Acaso los delincuentes de la calle venían por mí? Mientras me acercaba a la puerta, se produjo otra llamada, y entonces vi una figura que trataba de mirar a través de los barrotes y el grueso cristal de la puerta de entrada. Era Barry Nuzzo, temblando de frío y temiendo ser víctima de una agresión. Abrí y lo hice pasar. —¡Menuda pocilga! —exclamó alegremente, mirando alrededor mientras yo volvía a cerrar la puerta con llave. —Bonito, ¿verdad? —dije, y retrocedí mientras me preguntaba a qué obedecería su visita. —¡Esto parece un vertedero! El sitio le hacía gracia. Rodeó el escritorio de Sofía a la vez que se quitaba lentamente los guantes sin atreverse a tocar nada por temor a provocar un alud de carpetas. Procuramos limitar los gastos generales para quedarnos con todo el dinero dije. Era un viejo chiste que circulaba en Drake & Sweeney. Los socios discutían constantemente a propósito de los gastos generales, pero, al mismo tiempo, la mayoría de ellos quería cambiar la decoración de sus despachos. —¿O sea que has venido aquí por dinero? —me preguntó con expresión risueña. —Por supuesto. —Has perdido el juicio. —He descubierto mi vocación. —Sí, oyes voces. —¿Para eso has venido? ¿Para decirme que estoy chiflado? —He llamado a Claire. —¿Y qué te ha dicho? —Que te habías ido. 81

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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