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John Grisham

Causa justa

RiverOaks, junto con sus abogados y sus corredores de fincas, puso manos a la obra. En enero la empresa adquirió unos inmuebles en Florida Avenue cerca del almacén donde se había producido el desahucio. El expediente incluía dos planos de la zona en los que se indicaban, con distintos colores, los inmuebles ya adquiridos y los que estaban siendo objeto de negociación. Sólo faltaban siete días para el 1 de marzo; no era de extrañar que Chance hubiera echado en falta el expediente enseguida. El almacén de Florida Avenue había sido adquirido el mes de julio del año anterior por una suma no revelada en la documentación que yo poseía. RiverOaks lo había comprado por doscientos mil dólares el 31 de enero, cuatro días antes de que tuviera lugar el desahucio que había dejado en la calle a Devon Hardy y a la familia Burton. En el desnudo suelo de madera de lo que sería mi salón, extendí con sumo cuidado todas las hojas que componían el expediente, las examiné y las describí detalladamente en un cuaderno para luego volver a colocarlas en el mismo orden. Allí estaban todos los papeles que debía haber en cualquier archivo correspondiente a inmuebles: datos tributarios de los años anteriores, escrituras previas, un acuerdo de compraventa del inmueble, correspondencia con el corredor de fincas y documentos de cierre de la operación. La venta se haría en efectivo y, por consiguiente, no intervendría ningún banco. En la solapa interior izquierda de la carpeta estaba el llamado diario, un impreso utilizado para registrar cada apunte, con la fecha y una breve descripción. Se podía juzgar la capacidad organizadora de una secretaria de Drake & Sweeney por el grado de detalle del diario de la carpeta. Todo cuanto se incluía en el expediente documentos, planos, fotografías o gráficos tenía que anotarse en el diario. Es lo que nos habían inculcado durante nuestro período de entrenamiento. Casi todos lo habíamos aprendido tras un arduo esfuerzo; no había nada más exasperante que examinar un grueso expediente en busca de algo que no estaba lo bastante detallado. Según un axioma de la empresa: «Si no consigues encontrarlo en treinta segundos, no sirve para nada.» El expediente de Chance contenía información exhaustiva; su secretaria era una mujer meticulosa. Pero alguien lo había manipulado. El 22 de enero Héctor se había dirigido solo al almacén para llevar a cabo una inspección de rutina previa a la compra. Al franquear la puerta, había sido atracado por dos delincuentes callejeros que lo habían golpeado en la cabeza con una especie de estaca y le habían robado el billetero y el dinero en efectivo a punta de navaja. El 23 de enero se había quedado en casa y había preparado un memorándum para ser incluido en el expediente, en el cual describía el atraco. La última frase decía: «Regresaré el lunes 27 de enero con protección para inspeccionar el lugar.» El memo figuraba debidamente registrado en el diario, pero no había ninguna referencia a su segunda visita. Un apunte del diario del 27 de enero rezaba: «Memorándum de HP, visita al lugar, inspección del local.» Héctor fue al almacén con un guardia el 27 de enero, inspeccionó el lugar, descubrió sin duda la masiva presencia de squatters y redactó un informe que, a juzgar por sus restantes escritos, debía de ser muy pormenorizado. El memorándum había desaparecido del expediente, lo que no constituía delito alguno; yo mismo había sacado constantemente documentos de los expedientes sin hacer ninguna anotación en el diario. Pero siempre volvía a dejarlos en su sitio. Cualquier cosa que figurase registrada en el diario tenía que estar en la carpeta. La operación se había cerrado el viernes 31 de enero. El martes Héctor regresó al almacén para echar a los squatters. Lo ayudó un guardia de un servicio privado de seguridad, un agente de policía del distrito de Columbia y cuatro matones de una empresa de desahucios. Según el memo, de dos páginas, tardaron tres horas. Por más que tratara de ocultar sus sentimientos, Héctor no tenía valor para llevar a cabo desahucios. El corazón me dio un vuelco cuando leí lo siguiente: «La madre tenía cuatro hijos, uno de ellos un bebé. Vivía en un apartamento de dos habitaciones sin cañerías. Dormían sobre dos colchones, en el suelo. Luchó contra el policía en presencia de sus hijos. Al final, la echaron.» De modo que Ontario había sido testigo de la lucha de su madre. Había una lista de los desalojados, diecisiete en total sin contar los niños, y coincidía con la que alguien había dejado sobre mi escritorio el lunes por la mañana junto con una copia del reportaje del Post. En la parte posterior de la carpeta, en una hoja suelta que no había merecido el honor de figurar en el diario, estaban las diecisiete notificaciones de desahucio. Ninguna de ellas había sido enviada. Los squatters no tienen derechos, ni siquiera el de recibir una notificación. Las notificaciones 79

John Grisham - Causa justa (1998)  

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