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John Grisham

Causa justa

—Pues bien, han encontrado una carpeta vacía encima de su escritorio, junto con una nota acerca de las dos llaves, una de la puerta y la otra de un archivador. —No sé nada de eso —declaré con la mayor arrogancia que pude, tratando de recordar el último lugar donde había dejado la carpeta vacía. Las cosas se complicaban; no me habían enseñado a pensar como un criminal, sino como un abogado. Héctor tomó otro largo trago de cerveza y yo un sorbo de café. Ya habíamos dicho suficiente. Tanto la empresa como Héctor habían transmitido sus mensajes. La primera quería recuperar el expediente con todo su contenido intacto. El segundo quería hacerme saber que su implicación podía costarle el puesto. De mí dependía salvarlo. Podía devolver el expediente, confesarlo todo y prometer que mantendría su contenido en secreto, en cuyo caso era probable que la empresa me perdonase. Nadie saldría perjudicado. La condición para la devolución podría ser la protección del puesto de trabajo de Héctor. —¿Alguna otra cosa? —pregunté, repentinamente deseoso de marcharme. —Nada más. ¿Cuándo podrá someterse usted al detector de mentiras? —Ya le llamaré. Tomé mi abrigo y me fui.

CAPÍTULO 16 Por razones que no tardaría en averiguar, Mordecai aborrecía profundamente a los policías del distrito de Columbia, aun cuando casi todos ellos eran negros. En su opinión, se mostraban muy duros con los mendigos y ésa era la vara que invariablemente utilizaba para medir a los buenos y a los malos. Pero conocía a unos cuantos. Uno de ellos era el sargento Peeler, un hombre «de las calles» según Mordecai. Peeler trabajaba con muchachos problemáticos en un centro cercano al consultorio jurídico y tanto él como Mordecai pertenecían a la misma iglesia. Peeler tenía contactos y podía tirar de unos cuantos hilos para recuperar mi coche. Entró en el consultorio poco después de las nueve de la mañana del sábado. Mordecai y yo intentábamos entrar en calor bebiendo una taza de café. Peeler no estaba de servicio los sábados. Tuve la impresión de que habría preferido quedarse en la cama. Me acomodé en el asiento de atrás y Mordecai se sentó al volante y no paró de hablar mientras circulábamos en dirección al nordeste por las resbaladizas calles. En lugar de la nieve que habían previsto los meteorólogos estaba cayendo una fina lluvia. Había muy poco tráfico. Era una de esas crudas mañanas de febrero en que sólo los más valientes se atrevían a salir a la calle. Aparcamos frente a la verja, cerrada con candado, del depósito municipal que había en las inmediaciones de la avenida Georgia. —Esperad aquí —me indicó Peeler. Vi los restos de mi Lexus. Se acercó a la verja, pulsó un timbre que había en un poste y se abrió la puerta del cobertizo que albergaba el despacho. Un policía bajito y delgado se acercó con un paraguas e intercambió unas palabras con Peeler, quien a continuación regresó al automóvil, cerró la portezuela y se sacudió el agua de los hombros. —Está esperándolo —dijo. Me apeé, abrí el paraguas para protegerme de la lluvia y apuré el paso hacia la verja donde aguardaba el oficial Winkle, que tras mirarme con una expresión en la que no se apreciaba la menor simpatía o buena voluntad, sacó un gran manojo de llaves, consiguió dar con tres que correspondían a los gruesos candados y masculló mientras abría la verja: —Por aquí. Crucé con él el solar cubierto de grava evitando, en la medida de lo posible, los charcos llenos de barro y agua. Me dolía el cuerpo a cada movimiento, por lo que mis brincos y rodeos para evitarlos eran más bien limitados. Se fue directamente hacia mi coche. 77

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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