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John Grisham

Causa justa

—Vigile —le dije mientras bajaba y entraba a toda prisa. La puerta de vaivén me golpeó el brazo izquierdo. El dolor me obligó a inclinarme hacia delante. Un mecánico vestido con un grasiento mono dobló una esquina y me miró con cara de pocos amigos. Le expliqué la razón de mi presencia. Tomó una tablilla con sujetapapeles y estudió las notas. Oí a unos hombres hablar y soltar maldiciones al fondo del local, debían de estar jugando a los dados, bebiendo whisky o, probablemente, vendiendo crack. —Lo tiene la policía —dijo sin dejar de examinar los papeles. —¿Sabe por qué? —Pues la verdad es que no. ¿Hubo algún delito o algo así? —Sí, pero mi coche no tuvo nada que ver. Me miró con semblante inexpresivo. Tenía sus propios problemas. —¿Se le ocurre dónde podría estar? pregunté lo más amablemente que pude. —Cuando se los quedan, suelen llevarlos a un depósito de la calle Georgia, al norte de Howard. —¿Cuántos depósitos municipales hay? Se alejó encogiéndose de hombros. —Más de uno —contestó antes de desaparecer. Abrí la puerta con mucho cuidado y regresé al coche de León. Ya había oscurecido cuando encontramos el depósito, media manzana protegida por una valla metálica rematada con alambre de púas. Dentro había centenares de coches accidentados dispuestos al azar, algunos amontonados encima de otros. León permaneció a mi lado en la acera, mirando a través de la valla metálica. —Está allí —dije, señalándolo con el dedo. El Lexus se hallaba al lado de un cobertizo, con el morro apuntando hacia nosotros. El impacto había destrozado la parte izquierda. El guardabarros había desaparecido y el motor estaba aplastado y a la vista. —Es usted un hombre de suerte —susurró León. Al lado de mi coche estaba el Jaguar; tenía la capota hundida y todas las ventanillas arrancadas. En el cobertizo había una especie de despacho, pero estaba cerrado y a oscuras. La entrada estaba cerrada con gruesas cadenas. El alambre de púas brillaba bajo la lluvia. A la vuelta de la esquina, no lejos del lugar donde nos encontrábamos, vi a unos tipos con pinta de duros. Adiviné que estaban observándonos. —Larguémonos de aquí dije. León me llevó al Aeropuerto Internacional, el único lugar donde yo sabía que se podía alquilar un coche. La mesa estaba puesta y en la cocina había comida china. Claire me esperaba con cierta inquietud, aunque me habría resultado imposible adivinar cuánta. Le informé que había tenido que alquilar un coche siguiendo las instrucciones de mi compañía de seguros. Me examinó como un competente médico y me hizo tomar una pastilla. —Pensaba que ibas a descansar —dijo. —Lo he intentado, pero ha sido imposible. Estoy muerto de hambre. Sería nuestra última cena juntos como marido y mujer, y todo terminaría tal como había empezado: con una comida rápida preparada en un restaurante cualquiera. —¿Conoces a un tal Héctor Palma? —me preguntó al cabo de un rato. Tragué saliva. —Sí. —Ha llamado hace una hora. Dijo que necesitaba hablar contigo. ¿Quién es? Es un auxiliar de la empresa. Tendría que haber pasado la mañana con él revisando uno de mis casos. Debe de estar en un apuro. Me lo imagino. Quiere reunirse contigo esta noche a las nueve en el Nathan's de la calle M. ¿Por qué en un bar? musité. 74

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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