Page 62

John Grisham

Causa justa

allí con la policía cuando los sacaron a rastras de sus pequeñas viviendas y los echaron a la calle. Pero quizás Héctor Palma lo hubiese visto. Además, si Chance ignoraba los nombres de Lontae Burton y su familia, mal podía establecer una relación entre el desahucio y sus muertes. O era probable que ahora los conociese, que alguien se lo hubiera dicho. Las preguntas tendría que responderlas Palma, y muy pronto por cierto. Estábamos a miércoles. Yo me iba el viernes. Rudolph dio por terminado nuestro desayuno a las ocho, justo a tiempo para asistir a otra reunión con unas personas muy importantes. Me fui a mi despacho y me puse a leer el Post. Publicaba una estremecedora fotografía de los cinco ataúdes cerrados en el interior del templo y un detallado reportaje acerca de la ceremonia religiosa y la marcha que se había organizado a continuación. Había también un editorial, muy bien escrito, en el que se desafiaba a todos los que teníamos comida y techo a que pensáramos en las Lontae Burtons de nuestra ciudad. Tales personas no desaparecerían. Era imposible barrerlas de las calles y depositarlas en algún lugar oculto para que no tuviéramos que verlas. Vivían en coches, en chabolas, se morían de frío en improvisadas tiendas de campaña, dormían en los bancos de los parques a la espera de que les concedieran una cama en los abarrotados y a veces peligrosos centros de acogida. Compartíamos la misma ciudad; ellas formaban parte de nuestra sociedad. Si nosotros no las ayudábamos, su número se multiplicaría. Y seguirían muriéndose en nuestras calles. Recorté el editorial, lo doblé y me lo guardé en el billetero. A través de los auxiliares logré establecer contacto con Héctor Palma. No habría sido prudente abordarlo de modo directo, ya que lo más probable era que Chance estuviese al acecho. Nos reunimos en la biblioteca principal del tercer piso entre montones de libros, lejos de las cámaras del servicio de seguridad y de las miradas indiscretas de los demás. Estaba extremadamente nervioso. —¿Ha dejado usted la carpeta en mi escritorio? —le pregunté a bocajarro. No había tiempo para insinuaciones. —¿Qué carpeta? —preguntó a su vez, mirando en todas direcciones como si unos pistoleros nos estuvieran siguiendo. —La de los desahucios de RiverOaks — TAG. Fue usted quien se encargó de este asunto, ¿verdad? Palma ignoraba si yo sabía mucho o poco. —Sí —contestó. —¿Dónde está el expediente? Sacó un libro de un estante, como si estuviera estudiando algo. —Chance conserva todos los expedientes. —¿En su despacho? —Sí; guardados bajo llave en un archivador. Hablábamos prácticamente en susurros. Yo no estaba preocupado por aquel encuentro, pero aun así empecé a mirar alrededor. Cualquiera que nos hubiese observado habría comprendido de inmediato que estábamos tramando algo. —¿Qué hay en el expediente? pregunté. —Cosas malas. —Cuénteme. —Tengo mujer y cuatro hijos. No quiero que me despidan. —Le doy mi palabra. —Usted se va. ¿Qué le importa lo que ocurra? Las noticias se propagaban con rapidez, pero no me sorprendía. A menudo me preguntaba quién contaba más chismes, si los abogados o sus secretarias. Probablemente los auxiliares. —¿Por qué dejó la carpeta en mi escritorio? pregunté. Sacó otro libro y advertí que le temblaba la mano. —No sé de qué me habla. 62

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

Advertisement