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John Grisham

Causa justa

—Sí. —O sea, que ya lo has decidido. —Sí. —Sin discutirlo conmigo. Yo no tengo voz en este asunto, ¿verdad? —No puedo volver al bufete, Claire. Hoy se lo he dicho a Rudolph. Otro sorbo, un leve rechinar de dientes, un destello de cólera, pero dejó que pasara. Su dominio de sí misma era asombroso. Contemplamos el fuego, hipnotizados por las llamas anaranjadas. Ella fue la primera en romper el silencio. —¿Puedo preguntar qué repercusión económica tendrá en nosotros? —Cambiará algunas cosas. —¿A cuánto asciende el nuevo sueldo? —A treinta mil dólares anuales. —Treinta mil dólares anuales —musitó. Después volvió a repetirlo, consiguiendo que pareciera todavía menos—. Yo gano más que eso. Sus ingresos ascendían a treinta y un mil dólares, cifra que aumentaría de manera considerable en los años siguientes, cuando empezaría a ganar dinero a espuertas. Yo había decidido no mostrarme comprensivo si el tema económico era motivo de quejas. —Uno no se dedica a asuntos sociales por dinero —dije, procurando no sonar como un beato—. Si no recuerdo mal, tú no estudiaste medicina pensando en hacerte rica. Como todos los estudiantes de medicina del país, Claire había iniciado la carrera jurando que el dinero no era su principal objetivo. Quería ayudar a la humanidad, y otro tanto aseguraban los estudiantes de derecho. Todos mentíamos. Hizo cálculos sin apartar la mirada del fuego. Deduje que debía de estar pensando en el alquiler. Era un bonito apartamento; por los dos mil cuatrocientos dólares mensuales que pagábamos podría haber sido mucho más bonito. Los muebles estaban bien. Nos enorgullecíamos de nuestra vivienda, una preciosa casa adosada situada en una calle de un barrio elegante, pero pasábamos muy poco tiempo en ella. Y raras veces teníamos invitados. La mudanza sería un reajuste, pero podríamos resistirlo. Siempre habíamos sido sinceros en cuestiones económicas; no ocultábamos nada. Ella sabía que teníamos unos cincuenta y un mil dólares en fondos de inversión y otros doce mil en nuestra cuenta corriente. Me sorprendí de lo poco que habíamos ahorrado en seis años de matrimonio. Cuando uno circula por el carril rápido de una gran empresa, el dinero parece interminable. —Supongo que tendremos que hacer algunos reajustes, ¿verdad? —preguntó, mirándome fríamente. La palabra «reajustes» estaba llena de insinuaciones. —Supongo que sí. —Estoy cansada —dijo. Apuró el contenido de su vaso y se fue al dormitorio. Qué penoso, pensé. Ni siquiera podíamos hacer acopio del suficiente rencor como para pelearnos en toda regla. Como es natural, yo era plenamente consciente de mi nueva situación en la vida. Era una historia maravillosa: un joven y ambicioso abogado se convierte en defensor de los pobres; vuelve la espalda a una importante empresa para trabajar gratuitamente. Aunque pensara que estaba perdiendo el juicio, Claire no había podido criticar a un santo. Coloqué otro tronco en la chimenea, volví a llenar mi copa y me quedé dormido en el sofá.

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John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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