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John Grisham

Causa justa

CAPÍTULO 12 El jueves, a primera hora, llamé al Bufete para notificar que estaba enfermo. —Seguramente será la gripe —le dije a Polly, quien, como le habían enseñado a hacer, pidió detalles concretos. ¿Fiebre, irritación de garganta, dolor de cabeza? Cualquiera de las tres cosas o las tres a la vez, me daba igual. Si uno pretendía faltar al trabajo, más le valía estar enfermo de verdad. Polly rellenaría un impreso y se lo enviaría a Rudolph. Anticipándome a la llamada de éste, me fui a dar una vuelta por Georgetown. La nieve estaba fundiéndose rápidamente y la temperatura debía de rondar los cinco grados. Me entretuve una hora paseando por Washington Harbor, bebiendo capuchinos que compraba a los vendedores ambulantes y contemplando a los remeros en el Potomac, que tiritaban de frío. A las diez me fui al entierro. En la acera, delante de la iglesia, habían colocado una valla. Los policías habían dejado las motocicletas en la calle y montaban guardia en torno a ella; cerca de allí estaban las unidades móviles de la televisión. Cuando llegué, una multitud escuchaba las palabras de un orador a través de un micrófono. Los presentes mantenían levantadas varias pancartas por encima de sus cabezas para que fueran enfocadas por las cámaras. Aparqué a tres manzanas de distancia y eché a correr hacia la iglesia. En lugar de entrar por la puerta principal, me dirigí hacia una lateral, vigilada por un anciano conserje. Le pregunté si el templo tenía galería. Él me preguntó a su vez si era reportero. Me acompañó al interior y me indicó una puerta. Le di las gracias, franqueé la puerta, subí por un tramo de escaleras y salí a la galería que daba a la espléndida nave de abajo. La alfombra era de color borgoña; los bancos, de madera oscura, y las pulcras ventanas tenían vidrieras de colores. Era una iglesia preciosa, y por un instante comprendí la razón por la cual el reverendo se mostraba reacio a abrir sus puertas a los vagabundos. Estaba solo y podía elegir el asiento. Me acerqué muy despacio a un lugar situado justo encima de la puerta posterior, desde el que se veía el pasillo central hasta el púlpito. Un coro empezó a cantar en los peldaños de la entrada mientras yo permanecía sentado en la tranquilidad de la desierta iglesia y la música llegaba suavemente hasta mí desde el exterior. Cesó la música, se abrieron las puertas y empezó la estampida. El suelo de la galería se estremeció mientras los asistentes al funeral entraban en la iglesia. El coro ocupó su lugar detrás del púlpito. El reverendo dirigía el tráfico: los reporteros de la televisión en una esquina, la reducida familia en el primer banco, los activistas y los sin hogar hacia el centro. Mordecai entró con dos personas a quienes yo no conocía. Se abrió una puerta lateral y aparecieron los presos, la madre y los dos hermanos de Lontae, vestidos con la ropa azul de la prisión, con esposas y grilletes, encadenados el uno al otro y escoltados por cuatro guardias armados. Los hicieron sentar en el segundo banco del pasillo central, detrás de la abuela y de otros parientes. Cuando todo se calmó, el órgano empezó a tocar con melancólica lentitud. Oí un ruido que procedía de abajo y todas las cabezas se volvieron. El reverendo subió al púlpito y nos pidió que nos levantáramos. Unos conserjes con guantes blancos empujaron los ataúdes de madera por el pasillo y los alinearon en la parte anterior de la iglesia, con Lontae en el centro. El de la niña era muy pequeñito, de menos de un metro de longitud. Los de Ontario, Alonzo y Dante eran de tamaño mediano. El espectáculo resultaba tan estremecedor que muy pronto se empezaron a escuchar unos sollozos. El coro comenzó a cantar y a mecerse al compás de la melodía. Los conserjes colocaron las flores alrededor de los ataúdes y por un segundo temí, horrorizado, que los abrieran. jamás había asistido a un funeral negro. No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir, pero había visto en los telediarios que a veces se abrían los ataúdes y los familiares besaban el cadáver. Los buitres ya estaban preparados con sus cámaras. Pero los ataúdes permanecieron cerrados, y de esta manera el mundo no pudo saber lo que yo sabía, que Ontario y su familia parecían en paz. Nos sentamos y el reverendo rezó una larga plegaria. Después hubo un solo de sor no sé quién seguido de unos momentos de silencio. El reverendo leyó unos pasajes de las Sagradas Escrituras y 57

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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