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John Grisham

Causa justa

Me mostré casi grosero con quienes querían hablar del incidente de los rehenes y sus consecuencias. Puesto que yo aparentaba ser el mismo de siempre, lo que incluía mostrarme agresivo, las preocupaciones acerca de mi estabilidad se desvanecieron. A media mañana llamó mi padre. No acertaba a recordar cuándo había telefoneado por última vez a mi despacho. Dijo que en Memphis estaba lloviendo, que él estaba sentado en casa muerto de aburrimiento y que..., bueno, él y mi madre estaban preocupados por mí. Claire se encontraba bien, le expliqué, y, para pisar terreno seguro, le conté lo de su hermano James, al que solamente habían visto una vez, en la boda. Mostré la debida preocupación por la familia de Claire, y eso le gustó. Papá se alegraba de haberme encontrado en el despacho, pues significaba que seguía al pie del cañón, ganando dinero y esperando ganar mucho más. Me pidió que me mantuviera en contacto. Media hora más tarde me llamó mi hermano Warner desde su despacho en un imponente edificio del centro de Atlanta. Me llevaba seis años, era socio de otro importante bufete jurídico y uno de esos especialistas en litigios para quienes todo vale. Debido a la diferencia de edad, Warren y yo nunca habíamos estado muy unidos cuando niños, pero disfrutábamos de nuestra mutua compañía. Durante su divorcio, que había ocurrido tres años atrás, me consultaba cada semana. Al igual que yo, vivía pendiente del reloj, por lo que su conversación sería breve. —He hablado con papá —me dijo—. Me lo ha contado todo. —No me extraña. —Comprendo lo que sientes. Todos pasamos por eso. Trabajas de firme, ganas mucho dinero y nunca te detienes para ayudar a los humildes. De pronto ocurre algo y vuelves a pensar en la Facultad de Derecho, en el primer año de carrera, cuando todos rebosábamos de ideales y queríamos utilizar nuestros títulos para salvar a la humanidad. ¿Te acuerdas? —Sí; hace mucho tiempo de eso. —Muy cierto. Durante mi primer año de carrera hicieron una encuesta. Más de la mitad de los alumnos de mi clase quería dedicarse a cuestiones sociales. Cuando tres años más tarde nos graduamos, todo el mundo fue en busca del dinero. No sé lo que ocurrió. —La Facultad de Derecho te convierte en un ser avaricioso. —Supongo que sí. Nuestra empresa tiene un programa que le permite a uno tomarse un año de excedencia, una especie de año sabático, y dedicarse a cuestiones de interés social. Al cabo de doce meses regresas como si jamás te hubieras ido. ¿Hacen algo parecido en vuestro bufete? Aquello era muy propio de Warner. Cuando yo tenía un problema, él ya tenía la solución. Así de sencillo. Doce meses y uno volvía como nuevo. Un breve desvío, pero con el futuro asegurado. —Lo hacen, pero no con los asociados —contesté—. Sé de uno o dos socios que dejaron su trabajo para dedicarse a este o aquel organismo y regresaron al cabo de dos años. Pero un asociado no puede hacerlo. —Tus circunstancias son distintas. Has sufrido un trauma, estuvieron a punto de matarte por el simple hecho de pertenecer a la empresa. Hablaré con alguien, diré que necesitas un poco de tiempo libre. Tómate un año y vuelve al despacho. —Tal vez resultase... —admití, tratando de tranquilizarlo. Warner era porfiado e insistente, siempre tenía que pronunciar la última palabra, sobre todo, con la familia—. Tengo que dejarte — añadí. Él también tenía que colgar. Prometimos hablar más tarde. Almorcé con Rudolph y un cliente en un espléndido restaurante. Técnicamente se trataba de un almuerzo de trabajo, lo cual significaba que nos abstendríamos de tomar alcohol y que facturaríamos al cliente el tiempo que le dedicáramos. Rudolph cobraba a razón de cuatrocientos dólares por hora; yo, a razón de trescientos. Nos pasamos dos horas comiendo y trabajando, de modo que al cliente el almuerzo le costó mil cuatrocientos dólares. La empresa tenía una cuenta en el restaurante. Éste pasaría la factura a Drake & Sweeney y, por el camino, nuestros hábiles contables encontrarían la manera de cobrarle también al cliente el importe de la comida. La tarde fue una incesante sucesión de llamadas y reuniones. Por simple fuerza de voluntad conseguí mantener las apariencias y superar la prueba, cobrando de paso una elevada cantidad. Jamás en mi vida la legislación antimonopolio me había parecido más abstrusa y aburrida. Eran casi las cinco cuando logré encontrar unos minutos para estar a solas. Le dije adiós a Polly y volví a cerrar la puerta. Abrí la misteriosa carpeta y en un cuaderno empecé a tomar notas jurídicas 53

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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