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John Grisham

Causa justa

CAPÍTULO 11 Como jóvenes adictos al trabajo que éramos, Claire y yo no necesitábamos despertadores, sobre todo los lunes por la mañana, cuando nos enfrentábamos a toda una semana de desafíos. Nos levantábamos a las cinco, nos tomábamos los cereales media hora más tarde y nos íbamos cada uno por su lado, haciendo prácticamente carreras para ver quién salía primero. Gracias al vino, conseguí dormir sin que me persiguiera la pesadilla del fin de semana. Mientras me dirigía en mi automóvil hacia el bufete, decidí poner cierta distancia con la gente de la calle. Soportaría el entierro. Buscaría un poco de tiempo para trabajar gratuitamente por los sin hogar. Prolongaría mi amistad con Mordecai y era probable incluso que me convirtiese en un asiduo visitante de su despacho. De vez en cuando me dejaría caer por el comedor de miss Dolly y la ayudaría a dar de comer a los hambrientos. Entregaría dinero y contribuiría a recaudar más fondos para la gente sin recursos. Yo podía ser mucho más útil como fuente de ingresos que cualquier abogado de los pobres. Mientras conducía llegué a la conclusión de que necesitaba varias Jornadas de dieciocho horas para reorganizar mis prioridades. Mi carrera había sufrido un pequeño descarrilamiento. Una orgía de trabajo lo arreglaría todo. Sólo un necio habría despreciado aquella oportunidad de ganar dinero que a mí se me ofrecía. Elegí otro ascensor que no fuera el de Señor. Éste ya formaba parte del pasado; lo aparté de mis pensamientos. No miré hacia la sala de juntas en la que él había muerto. Arrojé mi cartera de documentos y mi abrigo sobre una silla de mi despacho y salí a tomarme un café. Mientras caminaba a grandes zancadas por el pasillo antes de las seis de la mañana, hablaba con un compañero por aquí y un administrativo por allá, me quitaba la chaqueta y me remangaba, pensé que estar de vuelta era estupendo. Lo primero que hice fue echar un vistazo al Wall Street Journal, en parte porque sabía que éste no hablaría para nada de la gente de la calle que moría en el distrito de Columbia. Después pasé al Post. En la primera plana de la sección metropolitana había un pequeño reportaje acerca de la familia de Lontae Burton, con una fotografía de su abuela llorando delante de un edificio de apartamentos. La leí y dejé a un lado el periódico. Yo sabía mucho más que el reportero y estaba decidido a no distraerme. Debajo del Post había una carpeta de cartulina amarilla tamaño folio del tipo que nuestra empresa utilizaba a millones. El que no llevase ninguna indicación la convertía en sospechosa. Estaba allí plenamente a la vista en el centro de mi escritorio, colocada por una persona anónima. La abrí muy despacio. Dentro sólo había dos hojas de papel. La primera era una fotocopia del reportaje del Post del día anterior, el mismo que yo había leído diez veces y le había mostrado a Claire la víspera. Debajo descubrí una fotocopia de algo sacado de un archivo oficial de Drake & Sweeney. El encabezamiento rezaba: DESALOJADOS —RIVER OAKS TAG, INC. La primera columna contenía los números del uno al diecisiete. El número cuatro correspondía a Devon Hardy; el quince, a Lontae Burton y «tres o cuatro hijos». Deposité lentamente la carpeta sobre el escritorio, me levanté, me acerqué a la puerta, la cerré con llave y me apoyé contra ella. Permanecí un par de minutos inmóvil, contemplando la carpeta que había sobre el escritorio. Tenía que dar por sentado que su contenido era cierto y fidedigno. ¿Por qué razón se hubiera molestado alguien en inventarse semejante cosa? Volví a tomarla con sumo cuidado. En el reverso de la segunda hoja mi anónimo informador había garabateado a lápiz: «El desahucio fue incorrecto, tanto legal como éticamente.» Lo había escrito en letras de imprenta para evitar que lo descubrieran en caso de que yo lo hiciese analizar. El trazo era muy débil y el bolígrafo apenas había rozado el papel. Mantuve la puerta cerrada por espacio de una hora, en cuyo transcurso alterné entre permanecer de pie delante de la ventana contemplando la salida del sol y sentado ante mi escritorio contemplando la carpeta. Las idas y venidas por el pasillo se intensificaron y, al final, oí la voz de Polly. Abrí la puerta, la saludé como si todo fuera bien e hice cuanto se esperaba de mí, pero sin la menor convicción. La mañana estuvo llena de reuniones y juntas, dos de ellas con Rudolph y unos clientes. Actué como debía, pero no logré recordar nada de lo que hicimos o dijimos. Rudolph no cabía en sí de alegría por haber recuperado a su estrella y que ésta volviera a ser la misma de antes. 52

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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