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John Grisham

Causa justa

—Cualquiera diría que guardan mil muertos aquí dentro. Comprendí que no tenía la menor paciencia con los burócratas y los funcionarios de la administración del Estado, y recordé lo que me había contado acerca de la petición de disculpas de la secretaria de la Seguridad Social. Para Mordecai, la mitad del ejercicio de la abogacía consistía en avasallar y pegar gritos. Apareció un pálido caballero medio calvo con el pelo teñido de negro, nos dio un pegajoso apretón de manos y se presentó como Bill. Llevaba una bata color azul y calzaba zapatos con gruesa suela de goma. ¿Dónde encontraban gente dispuesta a trabajar en un depósito de cadáveres? Franqueamos una puerta, avanzamos por un pasillo esterilizado donde la temperatura descendía progresivamente y al fin llegamos a la sala del depósito. —¿Cuántos han recibido hoy? —preguntó Mordecai como si tuviera por costumbre pasar constantemente por allí para contar los cuerpos. Bill hizo girar el tirador y contestó: —Doce. —¿Cómo se encuentra? —me preguntó Mordecai. —No lo sé. Bill empujó una puerta metálica y entramos. La atmósfera era fría y olía a líquido antiséptico. El suelo era de baldosas blancas y los tubos fluorescentes despedían una luz azulada. Seguí a Mordecai con la cabeza gacha, procurando no mirar alrededor, pero me fue imposible. Los cuerpos estaban cubiertos con sábanas blancas desde la cabeza hasta los tobillos, tal como se ve en la televisión. Pasamos por delante de unos pies blancos en uno de cuyos dedos gordos había sujeta una etiqueta. Después vinieron algunos pies negros. Nos volvimos y nos detuvimos en una esquina, a la izquierda de una camilla y a la derecha de una mesa. —Lontae Burton —anunció Bill, retirando con ademán melodramático la sábana hasta la cintura de la difunta. Se trataba, sin duda, de la madre de Ontario, envuelta en una sencilla bata blanca. La muerte no había dejado ninguna huella en su rostro. Podría haber estado durmiendo. No conseguía apartar los ojos de aquella figura. —Es ella —dijo Mordecai como si la conociera de toda la vida. Me miró buscando mi confirmación, y conseguí asentir con la cabeza. Bill dio media vuelta y yo contuve la respiración. Una sola sábana cubría a los niños. Estaban tendidos muy juntos en una pulcra hilera con las manos cruzadas sobre unas batas idénticas. Parecían unos querubines dormidos, unos soldaditos de la calle que finalmente habían alcanzado la paz. Sentí deseos de tocar a Ontario, de darle una palmada en el brazo y decirle que lo lamentaba, de despertarlo, llevármelo a casa, darle de comer y ofrecerle todo lo que deseara. Me acerqué un poco más para verlos mejor. —No los toque —me indicó Bill. —Son ellos —intervino Mordecai al observar que yo asentía con la cabeza. Mientras Bill los cubría, cerré los ojos y musité una breve plegaria, pidiendo misericordia y perdón. «No permitas que vuelva a ocurrir», me dijo el Señor. A continuación Bill entró en una sala, pasillo abajo, y sacó dos grandes cestos de alambre con los efectos personales de la familia. Los arrojó sobre una mesa y entre los tres hicimos un inventario del contenido. La ropa que llevaban estaba sucia y raída. Mi chaqueta de algodón era la prenda más bonita que tenían. Había tres mantas, un bolso, unos juguetes baratos, un medicamento infantil, una toalla, más ropa sucia, una caja de barquillos de vainilla, una lata de cerveza sin abrir, unos cigarrillos, dos preservativos y unos veinte dólares en billetes y monedas. —El coche está en el depósito municipal —nos informó Bill—. Dicen que está lleno de basura. —Nos encargaremos de él —repuso Mordecai. Firmamos los impresos del inventario y nos fuimos con los efectos personales de la familia de Lontae Burton. —¿Qué hacemos con eso? —pregunté. —Lléveselo a la abuela. ¿Quiere su chaqueta? 49

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...