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John Grisham

Causa justa

—Unos cinco años. —¿Y por qué Drano? —Tenía un bebé que no paraba de llorar y no dejaba dormir a nadie. Le di un poco de Drano, ya saben, el somnífero. Contó la historia sin dejar de remover su sopa. Estaba bien ensayada y bien contada, pero yo no me creía ni una sola palabra. Sin embargo, otras personas lo escuchaban con atención, y Drano se lo estaba pasando en grande. —¿Qué le ocurrió al bebé? —preguntó Mordecai, fingiendo tomárselo en serio. —Murió. —Debía de ser tu hermano —dijo Mordecai. —No. Mi hermana. —Comprendo. De modo que mataste a tu hermana. —Sí, pero a partir de entonces pudimos dormir como lirones. Mordecai me guiñó un ojo como si ya hubiera oído contar historias similares otras veces. —¿Dónde vives, Drano? —le pregunté. —Aquí en el distrito de Columbia. —¿Dónde te alojas? —preguntó Mordecai, corrigiendo mi léxico. —Aquí y allá. Conozco a muchas mujeres ricas que me pagan para que les haga compañía. A dos hombres sentados al otro lado de Drano el comentario les hizo gracia. Uno de ellos soltó una risita y el otro una carcajada. —¿Dónde recibes la correspondencia? —le preguntó Mordecai. —En la oficina de correos —contestó Drano. Como tenía una respuesta rápida para todo, lo dejamos en paz. Miss Dolly preparó café para los voluntarios tras haber apagado la cocina. Los mendigos se disponían a acostarse. Mordecai y yo nos sentamos en el borde de una mesa de la cocina, tomando café mientras contemplábamos a través de la abertura para pasar los platos, las acurrucadas figuras humanas. —¿Hasta qué hora va a quedarse aquí? —pregunté. Mordecai se encogió de hombros. —Depende. Debe de haber unas doscientas personas en esta habitación, como casi siempre. El reverendo estará más tranquilo si me quedo. —¿Toda la noche? —Lo he hecho muchas veces. Yo no había previsto dormir con aquella gente. Pero tampoco tenía previsto abandonar el edificio sin la protección de Mordecai. —No se sienta obligado a quedarse. Váyase cuando quiera —me dijo. La posibilidad de irme era la peor de las limitadas alternativas que se me ofrecían. Medianoche de un viernes por la noche en las calles del distrito de Columbia. Chico blanco, coche de lujo. Con nieve o sin ella, la situación no me gustaba en absoluto. —¿Tiene familia? —le pregunté. —Sí. Mi mujer trabaja como secretaria en el Departamento de Trabajo. Tres hijos. Uno estudia en la universidad y el otro está en el ejército. —Su voz se desvaneció antes de llegar al tercer hijo. Yo no pensaba preguntarle nada. Tras una pausa, añadió—: Y el tercero lo perdimos en las calles, hace diez años. Las bandas. —Lo siento. —¿Y usted? —Casado y sin hijos. Pensé en Claire por primera vez en varias horas. ¿Cómo reaccionaría si supiera dónde me encontraba? Ninguno de nosotros había tenido tiempo para nada que estuviera remotamente relacionado con las obras de caridad. Musitaría para sus adentros: «Se está viniendo abajo de verdad», o algo por el estilo. 38

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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