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John Grisham

Causa justa

CAPÍTULO 8 Oí un crujido en el techo y observé que por encima de nosotros había una galería en forma de U. Forcé la vista y distinguí poco a poco más personas tendidas en las filas de bancos de allí arriba. Mordecai también estaba mirando. —¿Cuántas... ? —musité yo, incapaz de terminar la frase. —No las contamos. Nos limitamos a darles comida y cobijo. Una ráfaga de viento azotó la parte lateral del edificio e hizo chirriar las ventanas. Hacía mucho más frío en el interior del templo que en el sótano. Pasamos de puntillas por encima de los cuerpos y franqueamos una puerta que había al lado del órgano. Eran casi las once. En el sótano aún había gente, pero la cola de la sopa ya había terminado. —Sígame —me indicó Mordecai. Tomó un cuenco de plástico y se lo entregó a un voluntario para que se lo llenara. Se volvió hacia mí y, con una sonrisa, añadió—: Vamos a ver cómo cocina. Nos sentamos sobre una mesa plegable, rodeados por gente de la calle. Él era capaz de comer y charlar como si todo aquello fuera lo más natural del mundo, pero yo no podía. Apenas probé la sopa que, gracias a miss Dolly, era francamente buena, pues no podía superar el hecho de que yo, Michael Brock, un acaudalado chico blanco de Memphis y Yale y abogado del bufete Drake & Sweeney, estuviera sentado entre los sin hogar en el sótano de una iglesia en plena zona noroeste del distrito de Columbia. Sólo había visto otro rostro blanco, el de un borrachín de mediana edad que se había largado después de comer. Estaba seguro de que mi Lexus había desaparecido, y de que yo no sobreviviría ni cinco minutos fuera de aquel edificio. Tomé la determinación de permanecer al lado de Mordecai hasta que éste decidiera marcharse. —Está buena la sopa —dijo Mordecai—. Varía mucho —me explicó—, depende de lo que haya, y la receta es distinta según los sitios. —El otro día nos dieron fideos en la Mesa de Martha —dijo un hombre sentado a mi derecha, cuyo codo estaba más cerca de mi cuenco de sopa que el mío. —Fideos? —preguntó Mordecai con tono de incredulidad—. ¿Con la sopa? —Sí. Aproximadamente una vez al mes dan fideos. Ahora todo el mundo lo sabe, claro, y es difícil encontrar una mesa. No supe si hablaba en broma o no, pero advertí un destello en sus ojos. La idea de un indigente que lamentaba no encontrar mesa en su comedor de beneficencia preferido se me antojaba graciosa. «Es difícil encontrar mesa»; ¿cuántas veces les había oído aquella frase a mis amigos de Georgetown? Mordecai esbozó una sonrisa. —¿Cómo te llamas? —le preguntó al hombre. Muy pronto averiguaría que Mordecai siempre quería asociar un nombre a un rostro. Los sin hogar, a quienes él amaba, eran algo más que víctimas; eran su gente. Para mí también era una curiosidad natural. Quería saber cómo se habían convertido en sin hogar los vagabundos. ¿Qué se había roto en nuestro vasto sistema de beneficencia social para que unos norteamericanos se hubieran vuelto tan pobres que no tuviesen más remedio que dormir bajo los puentes? —Drano —contestó el hombre, zampándose uno de los trozos más grandes de apio que yo había cortado. —¿Drano? —dijo Mordecai. —Drano —repitió el hombre. —¿Cuál es tu apellido? —No tengo. Soy demasiado pobre. —¿Quién te puso ese nombre? —Mi madre. —¿Qué edad tenías cuando te lo puso? 37

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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