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John Grisham

Causa justa

—Nunca, cariño —me contestó al tiempo que se secaba las manos con una toalla—. Se me sigue partiendo el corazón de pena. Pero el Libro de los Proverbios dice: «Bienaventurado el hombre que da de comer a los pobres», y eso me ayuda a seguir adelante. —Se volvió para remover suavemente la sopa—. El pollo ya está listo —dijo mirándome. —¿Y eso qué significa? —Significa que tienes que sacar el pollo del horno, echar caldo en aquella olla, dejar que se enfríe el pollo y deshuesarlo. Deshuesar era un arte, sobre todo si se utilizaba el método de miss Dolly. Cuando terminé, tenía los dedos ardiendo y prácticamente en carne viva. Mordecaí me acompañó por una escalera en penumbra al vestíbulo de arriba. —Tenga cuidado —me susurró cuando empujamos una puerta giratoria que daba acceso a la iglesia. Estaba a oscuras porque por todas partes había gente intentando dormir. Algunos permanecían tendidos en los bancos, roncando ruidosamente; otros se agitaban debajo de ellos, sobre todo madres que se esforzaban por hacer callar a sus hijos, en tanto que algunos se acurrucaban en los pasillos y nos dejaron un estrecho camino en medio para que pudiéramos avanzar en dirección al púlpito. El coro también estaba lleno de gente. —Muchas iglesias no lo harían —añadió Mordecai mientras permanecíamos de pie cerca del altar, contemplando las filas de bancos. Era comprensible que no lo hicieran. —¿Y qué ocurre el domingo? —pregunté en voz baja. —Depende del tiempo que haga. El reverendo es uno de los nuestros. En cierta ocasión suspendió los servicios religiosos para no echarlos a la calle. No estaba muy seguro de lo que significaba «uno de los nuestros», pero no me sentía socio de ningún club.

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John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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