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John Grisham

Causa justa

—¿Sabe untar una rebanada de pan con mantequilla de cacahuete? —Creo que sí. —Pues entonces está preparado. —De acuerdo; ¿adónde quiere que vaya? —Estamos a unas diez manzanas del despacho. En la esquina de la Trece y Euclid verá usted una iglesia amarilla, a su derecha. Es la Comunidad Cristiana Ebenezer. Estamos en el sótano. Anoté las señas y advertí que mi letra era temblorosa, pues estaban llamándome a una zona de combate. Por un instante me pregunté si sería necesario ir armado, y si él lo haría. Claro que Mordecai era negro y yo no. ¿Qué ocurriría con mi coche, mi preciado Lexus? —¿Lo ha anotado? —me preguntó con un gruñido tras una pausa. —Sí. Estaré ahí en veinte minutos —contesté con tono decidido mientras el corazón me latía furiosamente. Me puse unos tejanos, una camiseta y unas modernas botas de senderismo. Saqué las tarjetas de crédito y casi todo el dinero en efectivo del billetero. En la parte superior de un armario encontré una vieja chaqueta de algodón forrada de lana y manchada de café y pintura, una reliquia de mis años de estudiante de derecho, y, posando como un modelo delante del espejo, abrigué la esperanza de tener el aspecto de una persona poco adinerada. Pero no lo tenía. Si un joven actor hubiera lucido aquel atuendo en la portada del Vanity Fair, inmediatamente lo habría puesto de moda. Deseé con toda mi alma ponerme un chaleco antibalas. A pesar del miedo que sentía, cuando salí y pisé la nieve del exterior experimenté también una extraña emoción. Los tiroteos contra el coche en marcha y los ataques de las bandas que yo tanto temía no se hicieron realidad. El mal tiempo mantenía las calles momentáneamente desiertas y seguras. Encontré la iglesia y dejé el coche en un aparcamiento, al otro lado de la calle. Parecía una pequeña catedral de por lo menos cien años de antigüedad y sin duda abandonada por su antigua feligresía. Al doblar una esquina, vi a unos hombres apretujados delante de una puerta. Pasé por su lado como si supiera exactamente adónde iba y entré en el mundo de los indigentes. Por mucho que me esforzara en seguir adelante como si tal cosa y fingir que todo aquello ya lo había visto antes y tenía trabajo que hacer, no lograba moverme. Contemplé, boquiabierto de asombro, la enorme cantidad de pobres que abarrotaban el sótano. Algunos de ellos permanecían tendidos en el suelo, tratando de dormir. Otros se habían sentado en grupos y conversaban en voz baja. Los había que comían alrededor de unas largas mesas o que lo hacían sentados en sillas plegadizas. Cada centímetro cuadrado de pared estaba cubierto de personas sentadas con la espalda apoyada contra la superficie de hormigón. Los niños pequeños lloraban y jugaban mientras sus madres trataban de evitar que se alejaran de su lado. Los borrachines roncaban tendidos rígidamente en el suelo. Unos voluntarios repartían mantas y se abrían paso entre la gente, distribuyendo manzanas. La cocina se encontraba en un extremo de la sala, donde otros voluntarios trabajaban afanosamente preparando y sirviendo la comida. Vi a Mordecai al fondo; hablaba sin cesar mientras vertía zumo de fruta en unos vasos de papel. Una cola de personas esperaba pacientemente junto a las mesas. El local estaba caldeado y los efluvios, los aromas y el calor de las estufas de gas se mezclaban creando un denso olor no del todo desagradable. Cuando un vagabundo envuelto en varias prendas como Señor me dio un empujón, comprendí que había llegado el momento de moverme. Me fui directamente hacia Mordecai, que se mostró encantado de verme. Nos dimos un apretón de manos como viejos amigos y después me presentó a dos voluntarios cuyos nombres no logré oír. —Qué locura —dijo—. Cuando cae una nevada y el frío es glacial, nos pasamos toda la noche trabajando. Alcánceme aquel pan. —Me señaló una bandeja con rebanadas de pan blanco. La tomé y lo seguí—. Es muy complicado —añadió—. Aquí tiene mortadela de Bolonia y allí hay mostaza y mayonesa. La mitad de los bocadillos lleva mostaza y la otra mitad mayonesa; una lonja de mortadela y dos rebanadas de pan. De vez en cuando haga una docena con mantequilla de cacahuete. ¿Entendido? —Sí. —Es usted muy listo. —Me dio una palmada en el hombro y se marchó. 33

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...