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John Grisham

Causa justa

pobreza. Se había enfrentado con su pasado y sus adicciones y cuando los acusados la habían echado a la calle estaba luchando denodadamente por dejar su afición a la bebida. Levantaba la voz cuando se mostraba indignado y la bajaba cuando hablaba de la vergüenza y la culpa. No desperdició una sola palabra. Les estaba dando una dosis masiva de lo que oiría el jurado. A Arthur el talonario de cheques debía de estar quemándole el bolsillo. Mordecai dejó lo mejor para el final. Pronunció una lección magistral acerca del propósito de las indemnizaciones superiores a los daños causados: castigar a los que habían obrado mal para que les sirviera de ejemplo y no volvieran a pecar. Insistió en los males cometidos por los acusados, unas personas ricas que no tenían la menor consideración por los menos afortunados. —¡No son más que un puñado de squatters! —exclamó con voz de trueno—. ¡Vamos a echarlos! La codicia los había inducido a menospreciar la ley. Un desahucio legal habría llevado por lo menos treinta días más, lo que habría impedido cerrar el trato con el servicio de Correos. Treinta días más tarde ya no habría habido nevadas y las calles habrían sido más seguras. —Nos daríamos por satisfechos con cinco millones —dijo al final—. Ni un centavo menos. Cuando terminó, todos permanecimos por unos segundos en silencio. DeOrio hizo unas anotaciones y regresó a la orden del día. La siguiente cuestión era el expediente. —¿Lo tiene usted? —me preguntó. —Sí, señor. —¿Está dispuesto a entregarlo? —Sí. Mordecai abrió su viejo maletín y sacó el expediente. Se lo entregó a la secretaria y ésta se lo pasó al juez. Esperamos diez largos minutos mientras éste examinaba todas las páginas. Recibí unas cuantas miradas de Rafter, pero me daba igual. Tanto él como los demás estaban deseando ponerle las manos encima. —El expediente ha sido devuelto, señor Jacobs —dijo DeOrio al terminar—. Unas puertas más abajo hay una causa penal pendiente. He hablado con el juez Kisner al respecto. ¿Qué desea hacer? —Señoría, si se pudiera llegar a un acuerdo acerca de las demás cuestiones, no pediríamos el procesamiento. —Supongo que está usted de acuerdo, ¿no es cierto, señor Brock? Vaya si lo estaba. —Sí, señor. —Sigamos. El siguiente punto es la cuestión de la queja por falta de ética presentada por Drake & Sweeney contra Michael Brock. Señor Jacobs, ¿tendría usted la bondad de exponerlo? —Ciertamente, Señoría. Arthur se levantó de un salto y condenó severamente mis debilidades éticas. No se mostró pedante ni más duro de la cuenta y no pareció que ello le proporcionara placer alguno. Arthur era la quintaesencia de un abogado, un veterano que predicaba la ética y que sin duda la practicaba. Ni él ni el bufete me perdonarían jamás mi error, pero tampoco olvidaban que yo había sido uno de ellos. La actuación de Braden Chance había sido un reflejo del bufete tal como lo había sido mi incapacidad de respetar ciertas normas de conducta. Terminó señalando que yo no debería escapar al castigo que me correspondía por el hecho de haberme llevado el expediente. Se trataba de una grave falta de intromisión en la intimidad del cliente, RiverOaks. No me consideraban un delincuente y no tendrían ninguna dificultad en olvidar la acusación de robo cualificado, pero puesto que yo era un abogado, y muy bueno, por cierto, según reconoció, como tal se me debía considerar responsable. Por nada del mundo retirarían la queja contra mi falta de ética formulada ante el Colegio de Abogados. Sus argumentos estaban muy bien razonados. Los de RiverOaks parecían especialmente insensibles. —Señor Brock —intervino DeOrio—, ¿alguna respuesta?

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John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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