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John Grisham

Causa justa

TENGO DERECHO A UN HOGAR; TRABAJO, TRABAJO, TRABAJO, rezaban. Las levantaban por encima de sus cabezas y las hacían bailar al ritmo de los himnos y de los sonoros cantos. Varios autobuses de la iglesia se detuvieron delante de las vallas dispuestas por la policía y de ellos bajaron centenares de personas, muchas sin el menor aspecto de vivir en la calle. Eran feligreses bien vestidos, en su mayoría mujeres. La multitud crecía por momentos y el espacio que me rodeaba era cada vez más reducido. No conocía a nadie, aparte de Mordecai. Sofía y Abraham se hallaban entre los presentes, pero yo no los veía. Habían dicho que sería la manifestación de gente sin hogar más grande de los últimos diez años, la «marcha por Lontae». Unas grandes pancartas orladas de negro mostraban unas fotografías ampliadas de Lontae Burton con la siniestra pregunta ¿QUIÉN MATÓ A LONTAE? Estaban repartidas por toda la concentración y rápidamente se convirtieron en las preferidas, incluso entre los hombres de la CWC, que llevaban sus propias pancartas de protesta. El rostro de Lontae oscilaba y se movía por encima de la masa de gente. Una solitaria sirena silbó en la distancia y fue acercándose poco a poco. Un furgón funerario con escolta policial fue autorizado a franquear las vallas y a detenerse delante del edificio de la Fiscalía, rodeado por la muchedumbre. Se abrieron las portezuelas de atrás y los portadores, seis hombres de la calle, sacaron un ataúd falso pintado de negro y, tras colocárselo sobre los hombros, se dispusieron a iniciar el cortejo. Otros portadores sacaron cuatro ataúdes pintados del mismo color, pero mucho más pequeños. La multitud se apartó formando un pasillo y el cortejo inició lentamente la marcha hacia las escalinatas mientras el coro entonaba un solemne réquiem que me emocionó hasta las lágrimas. Era una marcha fúnebre. Uno de aquellos pequeños ataúdes representaba a Ontario. La muchedumbre volvió a juntarse. Las manos se levantaron para tocar los ataúdes de manera tal que éstos parecieron flotar, balanceándose lentamente. La escena contenía un gran dramatismo y las cámaras instaladas cerca de la tribuna captaron la impresionante marcha del cortejo. En las cuarenta y ocho horas siguientes veríamos la escena repetida varias veces por la televisión. Los ataúdes fueron colocados el uno al lado del otro con el de Lontae en el centro, un poco por debajo de la tribuna donde se encontraba Mordecai. Los filmaron y fotografiaron desde todos los ángulos posibles, y a continuación dieron comienzo los discursos. El moderador era un activista que empezó dando las gracias a todos los grupos que habían participado en la organización de la marcha. La lista era impresionante. Mientras él iba recitando los nombres, quedé gratamente sorprendido por el considerable número de albergues, misiones, comedores sociales, coaliciones, consultorios jurídicos, clínicas, iglesias, centros, grupos asistenciales, programas de capacitación laboral y de desintoxicación e incluso algunos cargos públicos, todos ellos responsables en mayor o menor medida de la celebración de aquel acto. Contando con un apoyo tan grande, ¿cómo era posible que existiera el problema de los vagabundos? Los seis oradores siguientes contestaron a mi pregunta. En primer lugar, por falta de fondos, y, en segundo, por culpa de los recortes presupuestarios, la insensibilidad del Gobierno central, el desinterés de las autoridades municipales y de las personas con medios para resolverlo, un sistema judicial excesivamente conservador y un largo etcétera. Cada orador repitió los mismos temas, excepto Mordecai, que habló en quinto lugar y provocó un silencio sepulcral entre los presentes con su relato de las últimas horas de los Burton. Cuando contó cómo le había cambiado el pañal al bebé, probablemente el último de su vida, no se oía ni un carraspeo ni un susurro. Contemplé los ataúdes como si uno de ellos contuviera el cadáver del bebé. Después, explicó Mordecai con voz profunda y sonora, la familia abandonó el albergue y regresó a las calles, donde Lontae y sus hijos sólo sobrevivieron unas cuantas horas. Mordecai se tomó muchas licencias en el relato de los acontecimientos, pues nadie sabía lo que había ocurrido. Yo sí lo sabía, pero me daba igual. La muchedumbre lo escuchaba como hipnotizada. Cuando describió los últimos momentos de Lontae y los pequeños, apretujados en el interior del vehículo en un vano intento de conservar el calor, oí a mi alrededor el llanto de varias mujeres. En aquel instante mis pensamientos se volvieron egoístas. Si aquel hombre, mi amigo y compañero de profesión, podía cautivar a una multitud de miles de personas desde una tribuna situada a cuarenta metros de distancia, ¿qué no sería capaz de hacer con los doce miembros del jurado, sentados lo bastante cerca de él como para poder tocarlo? Comprendí de pronto que el juicio de Burton jamás conseguiría llegar tan lejos. Ningún abogado defensor en su sano juicio permitiría que Mordecai Green predicara en presencia de un jurado 120

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...