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John Grisham

Causa justa

—No mucha. Hacía frío, pero no tanto como cuando uno duerme en la calle. —O sea, que estaban contentos en aquel lugar —Estaba bastante bien. Quiero decir que por cien dólares al mes no estaba mal. —Dices que conocías a otros dos. ¿Cómo se llamaban? —Herman Harris y Shine no sé qué. —¿Dónde están ahora? —No los he visto. —¿Dónde vives? —En la CNVC. Mordecai se sacó una tarjeta de visita del bolsillo y se la entregó a Lam. —¿Cuánto tiempo te quedarás allí? —le preguntó. —No lo sé. —¿Puedes mantenerte en contacto conmigo? —¿Por qué? —Es posible que necesites un abogado. Llámame si cambias de albergue o te vas a vivir por tu cuenta. Lam tomó la tarjeta en silencio. Le dimos las gracias a Liza y regresamos al despacho. Tal como ocurre en todos los juicios, había varias maneras de proceder contra los acusados. Éstos eran tres —RiverOaks, Drake & Sweeney y TAG—, y no creíamos que hubiera que añadir ningún otro. El primer método era el de la emboscada; otro, el de servicio y volea. En caso de que eligiéramos la emboscada, prepararíamos el esquema de nuestras alegaciones, acudiríamos a un tribunal, interpondríamos una querella, lo filtraríamos a la prensa y confiaríamos en poder demostrar lo que creíamos saber. La ventaja era el elemento sorpresa, el sonrojo de los acusados y, al menos eso esperábamos, también el de la opinión pública. El inconveniente era el equivalente jurídico de arrojarse al vacío desde un acantilado con la firme pero no confirmada creencia de que abajo hay una red. El método del servicio y volea empezaría con una carta a los acusados, en la que haríamos las mismas alegaciones, pero en lugar de demandarlos los invitaríamos a discutir la cuestión. Se produciría un intercambio de cartas, en el que cada una de las partes podría predecir en general lo que iba a hacer la otra. Si se lograba demostrar la acusación, lo más probable era que se llegara discretamente a un acuerdo, con lo que se evitaría el litigio. La táctica de la emboscada nos atraía a Mordecai y a mí por dos razones. La empresa no había mostrado el menor interés en dejarme en paz; los dos registros eran una clara prueba de que Arthur, y Rafter y su banda de especialistas del Departamento de Litigios tenían intención de hacerme la vida imposible. Mi detención sería una noticia sensacional que sin duda filtrarían a la prensa con la intención de humillarme y aumentar la presión sobre mí. Debíamos prepararnos para atacar. La segunda razón apuntaba directamente al núcleo de nuestro caso. Héctor y los demás testigos no podían ser obligados a declarar hasta que interpusiéramos una querella. Durante el período de presentación de pruebas que seguiría a esto tendríamos ocasión de hacer toda clase de preguntas a los acusados, que se verían obligados a responder bajo juramento. También podríamos solicitar la declaración de cualquier persona que quisiéramos. En caso de que encontráramos a Héctor Palma, estaríamos en condiciones de someterlo a un duro interrogatorio. Si lográbamos dar con los demás desalojados, no podrían evitar decir lo que había ocurrido. Teníamos que averiguar lo que todo el mundo sabía y sólo podíamos hacerlo valiéndonos de las pruebas presentadas ante un tribunal. En teoría, nuestro caso era muy sencillo: Los squatters del almacén le pagaban un alquiler a Tillman Gantry, o a alguien que trabajaba para él, en efectivo, sin contrato y sin recibos. A Gantry se le había presentado la oportunidad de vender el inmueble a RiverOaks, pero todo debía hacerse muy rápido. Gantry había mentido a RiverOaks y a los abogados de la constructora acerca de los squatters. Drake & Sweeney, actuando con gran diligencia, había enviado a Héctor Palma para que inspeccionara el inmueble antes de concretar la operación. Héctor había sido atracado durante su primera visita, había llevado consigo un guardia de seguridad en la segunda y, al inspeccionar el almacén, había descubierto que los residentes no eran squatters sino inquilinos. Se lo comunicó en un memorándum a Braden Chance, quien tomó la fatídica decisión de no hacer caso y cerrar el trato. Los inquilinos habían sido desalojados sin contemplaciones y sin seguir el procedimiento que exigía la ley, como si fueran meros intrusos. 117

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...