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John Grisham

Causa justa

CAPÍTULO 23 El número cinco de la lista de desalojados era Kelvin Lam, un nombre que a Mordecai le sonaba vagamente. En cierta ocasión éste había calculado la cantidad de personas sin hogar en el distrito en unas diez mil, y había por lo menos un número análogo de expedientes repartidos por todo el consultorio jurídico de la calle Catorce. A Mordecai le sonaban todos los nombres. Recorrió el circuito de las cocinas sociales, centros de acogida y proveedores de servicios, predicadores, agentes de policía y otros abogados que se ocupaban de los indigentes. Cuando oscureció, bajamos a una iglesia del centro de la ciudad rodeada de edificios comerciales y lujosos hoteles. En un espacioso sótano situado dos pisos más abajo, el programa de las Cinco Barras de Pan se hallaba en pleno apogeo. La sala estaba llena de mesas plegables rodeadas de hambrientos que comían y charlaban. No era un comedor social; en los platos había maíz, patatas, un trozo de algo que parecía pollo o pavo, ensalada de frutas y pan. Yo no había cenado, y el aroma me despertó el apetito. —Llevo años sin venir por aquí —dijo Mordecai mientras ambos permanecíamos de pie en la entrada—. Dan de comer a trescientas personas al día. ¿No te parece maravilloso? ¿Y de dónde sale la comida? —De la Cocina Central del D.C., un servicio de la CNVC. Han desarrollado un extraordinario sistema de recogida de excedentes alimenticios de los restaurantes locales, y no me refiero a las sobras, sino los alimentos sin cocinar que se estropean si no se utilizan de inmediato. Tienen una flota de furgonetas frigorífico y recorren la ciudad recogiendo alimentos que llevan a la cocina, donde los guisan y congelan. Más de dos mil al día. —Pues tiene muy buena pinta. —Son francamente buenas. Una joven llamada Liza se acercó a nosotros. Era nueva en las Cinco Barras de Pan. Mordecai había conocido a su predecesora, de quien ambos hablaron brevemente mientras yo me entretenía mirando comer a la gente. Reparé en algo que debería haber observado antes. Entre los indigentes se advertían distintos niveles en la escala socioeconómica. Alrededor de una mesa seis hombres comían y comentaban animadamente un partido de baloncesto que acababan de mirar en la televisión. Iban razonablemente bien vestidos. Uno estaba comiendo con los guantes puestos, pero, dejando aparte ese detalle, el grupo habría podido estar sentado en cualquier bar obrero de la ciudad sin que sus componentes fueran inmediatamente calificados de personas sin hogar. Detrás de ellos, un corpulento individuo con unas gruesas gafas ahumadas comía solo, tomando el pollo con los dedos. Llevaba unas botas de goma muy parecidas a las que yo le había visto a Señor. Su chaqueta estaba muy sucia y deshilachada. No prestaba la menor atención a cuanto lo rodeaba. Estaba claro que su vida era considerablemente más dura que la de los hombres que se reían en la mesa de al lado. Éstos disponían de agua caliente y jabón, mientras que él no. Ellos dormían en albergues. Él lo hacía en los parques, con las palomas. Pero todos carecían de hogar. Liza no conocía a Kelvin Lam, pero preguntaría por ahí. La vimos caminar entre la gente, hablar con unos y con otros, indicando las papeleras de un rincón, echando una mano a una anciana. En determinado momento tomó asiento entre dos hombres que no se molestaron en mirarla mientras seguían conversando entre sí. Después se fue a otra mesa, y a otra. Lo más sorprendente fue la aparición de un abogado, un joven asociado de un importante bufete, voluntario del Consultorio jurídico de las Personas Sin Hogar de Washington. Reconoció a Mordecai, con quien había coincidido el año anterior en una campaña de recogida de fondos. Nos pasamos un rato hablando de cuestiones jurídicas, tras lo cual se fue a una habitación del fondo para iniciar sus tres horas de asesoramiento. —El consultorio jurídico con que colabora cuenta con ciento cincuenta voluntarios —dijo Mordecai. —¿Es suficiente? —pregunté. —Nunca es suficiente. Creo que tendríamos que revitalizar nuestro programa de voluntarios. No sé si te animarías a hacerte cargo de él y supervisarlo. A Abraham le gusta la idea. Era grato saber que Mordecai y Abraham, y sin duda también Sofía, habían estado comentando la posibilidad de que yo dirigiese un programa. 114

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...

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