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John Grisham

Causa justa

El primer despacho estaba cerrado. Seguí andando por la acera en busca de otro. En la guía telefónica no figuraba el número del apartamento. Era un complejo muy seguro. Había bicicletas y juguetes de plástico en los pequeños patios. A través de las ventanas se veía a las familias comer y mirar la televisión. Las ventanas no estaban protegidas con barrotes. Los automóviles apretujados en los aparcamientos eran los típicos de tamaño medio que solían utilizar quienes iban a diario a la ciudad y casi todos estaban limpios y tenían los cuatro tapacubos. Un guardia de seguridad me obligó a detenerme. Tras comprobar que yo no suponía ninguna amenaza, me señaló la oficina principal, a casi medio kilómetro de distancia. —¿Cuántas unidades hay en este lugar? —le pregunté. —Un montón —contestó. ¿Por qué tenía él que saber el número? El encargado del turno de noche era un estudiante que se estaba comiendo un bocadillo; aun cuando tenía un libro de física abierto delante de él, estaba mirando en la tele el partido de los Bullets contra los Knicks. Le pregunté por Héctor Palma y tras consultar en un ordenador, me dio un número, el G—134. —Pero se han mudado a otro sitio —añadió con la boca llena. —Sí, ya lo sé —dije—. Yo trabajaba con Héctor. El viernes fue su último día. Estoy buscando un apartamento y quisiera ver el suyo. —Sólo los sábados —me interrumpió, sacudiendo la cabeza—. Tenemos novecientas unidades. Y hay una lista de espera. —El sábado me marcho. —Lo lamento —dijo, y a continuación tomó otro bocado sin apartar la mirada de la pantalla del televisor. Me saqué el billetero del bolsillo. —¿Cuántos dormitorios? —pregunté. —Dos —contestó mirando el monitor. Héctor tenía cuatro hijos. Estaba seguro de que su vivienda debía de ser más espaciosa. —¿Cuánto al mes? —Setecientos cincuenta. Saqué un billete de cien dólares y los ojos le brillaron. —Trato hecho. Dame la llave. Echo un vistazo y vuelvo dentro de diez minutos. Nadie se enterará. —Tenemos una lista de espera —repitió al tiempo que dejaba el bocadillo en una bandeja de papel. —¿Está ahí? —pregunté señalando el ordenador. —Sí —contestó, y se secó la boca. —Pues entonces es fácil cambiar el orden. Sacó las llaves de un cuartito y tomó el dinero. —Diez minutos —dijo. El apartamento estaba muy cerca, en la planta baja de un edificio de tres pisos. La llave funcionaba. El olor de pintura reciente se escapó a través de la puerta antes de que yo entrara. De hecho, aún no habían terminado de pintar; en el salón vi una escalera de mano, unos lienzos para cubrir muebles y unos cubos de color blanco. Un equipo de especialistas en huellas dactilares no habría podido encontrar ni rastro del clan Palma. Todos los cajones, armarios y vitrinas estaban vacíos; todas las alfombras y los revestimientos habían sido arrancados y retirados. No había polvo, telarañas ni suciedad debajo del fregadero de la cocina. Todo estaba esterilizado. Todas las habitaciones tenían una capa reciente de pintura mate de color blanco menos el salón que estaba a medio terminar. Regresé al despacho y arrojé la llave sobre el mostrador. —¿Qué tal? —me preguntó el chico. —Demasiado pequeño —contesté—. Pero gracias de todos modos. —¿Quiere que le devuelva el dinero? —¿Estás estudiando? —Sí. 107

John Grisham - Causa justa (1998)  

Causa justa (1998) Michael Brock deja su flagrante carrera en un prestigioso bufete de Washington para trabajar como abogado de los sin tech...