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Cambio de clase Nunca pensé que me iban a recibir de ese modo en un instituto. Para sorpresa mía nadie me miraba con mala cara o, simplemente, nadie se reía de mí. La verdad es que era bastante raro porque en todos los institutos en los que he estado me han gastado bromas pesadas, se han reído de mí y muchas cosas más por ser «la nueva». Recuerdo que una vez me pegaron un tampón en la espalda y que también me pusieron un folio en el que ponía: «Dame una patada». Desde que tuve seis años, mis padres y yo hemos vivido en todas las comunidades autónomas de España, e incluso vivimos unos años en Lyón, en Francia. Todavía quedaba una comunidad en la que no había vivido nunca: Cáceres. Actualmente resido en ella. Como iba diciendo, entré una mañana en el nuevo instituto para enfrentarme a las miradas despectivas y las carcajadas a mis espaldas. Lo primero que pasó fue que todo el mundo me miraba, pero no me miraban con mala cara, sino con curiosidad; había gente que simplemente no me miraba. Lo segundo fue que, en vez de reírse a carcajadas, me sonreían con amabilidad en los ojos. Dejé de mirar a mí alrededor y seguí mi camino hacia mi nueva clase. Como siempre, me equivoqué de clase, pero al fin entré en la que me correspondía. Todos estaban sentados en sus sitios correspondientes y el profesor dando su clase.

Interrumpí la clase y me tuve que presentar ante mis demás compañeros por diezmilésima vez (creo). Acto seguido me senté en una mesa y atendí a la explicación del profesor. Nadie me miraba, ni se reía de mí, ni me gastaban bromas. Simplemente, hacían como si fuera una alumna que ha estado con ellos todos los cursos. Al acabar la clase sonó la campana que indicaba que había recreo. Antes de salir al pasillo las chicas que estaban en mi clase hablaron conmigo. Yo intentaba no hacerles caso, ya que creía que se iban a meter conmigo o algo así, pero se presentaron una por una y en cada uno de sus ojos pude atisbar que no había miradas despectivas. Me parecieron muy amables y amigables, por lo que me fui con ellas. Estuvieron enseñándome todo el instituto, incluso me dijeron que me ayudarían a habituarme a esto si no era capaz de hacerlo sola. El resto del día fue como lo había sido por la mañana. Al salir del instituto, mis «conocidas», por así decirlo, me dijeron que si quería quedar con ellas para salir por la tarde, ya que era viernes y no me apetecía pasar una tarde aburrida en casa. Por lo tanto, les dije que sí. Les di mi dirección para que vinieran a buscarme, pues no sabía dónde iban a quedar. Así que, por la tarde vinieron a por mí. Aquella fue una de las mejores tardes de mi vida. Hicimos muchas cosas y fuimos a varios sitios. Me enseñaron Cáceres, todos y cada uno de sus rincones. En resumen, Cáceres es el mejor sitio del mundo, por lo menos para mí. No me tratan mal, ni se meten conmigo. Simplemente, soy una más, no un «bicho raro» como me decían en los demás lugares en los que he estado. Cuando llega el domingo estoy deseando ir al instituto para ver a mis amigas y no esconderme de nadie, los fines de semana salgo corriendo de mi casa para dar paseos por Cáceres con mis amigas,… Sin duda, este sitio me cambió la vida.

MARÍA LEMUS ALUMNA DE 3º ESO.

A Vuela pluma Los cambios en la vida  
A Vuela pluma Los cambios en la vida  

A vuela Pluma Revista del IES DE LLERENA

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