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NAZARENA

Fotografía: Paolo Ocaña

CUENCA

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Jesús fue a buscar a su primo Juan el Bautista, un profeta que aguardaba al Mesías para bautizarlo. Una fiel discípula de dudosa reputación y gran corazón le seguía por Galilea: María Magdalena, mujer que lo siguió hasta el final. La madre, siempre al lado de su hijo amado, miraba con esperanza hacia ese cielo estrellado, esperando una señal que lo librara de tanta tortura y dolor. Y el infinito perdón del Cristo agonizante, dio paso al silencio, donde solo los ríos y el eco se atrevían a rasgarlo para acompañar al Salvador del mundo. La casa de un discípulo como lugar de reunión; allí, Jesús cenará por última vez, partirá el pan y beberá el vino como símbolo de lo que va a suceder. Su cuerpo será clavado en una cruz, y su sangre será derramada por el perdón de nuestros pecados. Y hablará de la traición y la negación de dos de sus apóstoles. A cambio de treinta denarios, Judas lo entregará con una seña en el huerto de Getsemaní: besará a su maestro. Pedro, piedra sobre la que se sujetan los cimientos de la Iglesia, negará tres veces a Jesucristo por temor a su propia muerte. Cristo recorrerá Cuenca como un Ecce Homo, con un trapo como capa, una corona de espinas como corona y una simple caña como cetro, poniendo en duda su autenticidad como rey. Pero Jesús es misericordioso y perdona todo porque Él es Rey de los Cielos, el Salvador del mundo, la suprema bondad… La madre, que antes miraba esperanzada al cielo en busca de consuelo, ahora llora lágrimas de amargura, mientras que Juan, discípulo de su hijo, la consuela en este duro camino hacia la muerte. Sin volver la vista atrás, el prendimiento de Jesús será una realidad, y le harán cargar con la cruz en la que exhalará su último suspiro junto a dos vulgares ladrones. Ahora, la madre ya no se lamenta. Ahora, la madre llora en soledad sabiendo que su hijo morirá pero nos salvará de tan trágico final. Viernes Santo Camino del Calvario. Madrugada fría, reflejos morados que el río recoge, turba embravecida que espera, puertas que se abren, despunta el alba… Jesús carga con la cruz mientras la turba, que antes ansiaba seguirle hasta el fin del mundo, ahora se burla de Él. Clarines, tambores roncos, palillos que al golpear escarnecen al Cristo… La madre de luto llora en soledad, ya no hay esperanza, ahora la muerte es compañera de su hijo amado. Martillo y yunque acompañan a esa madre dolorosa, expresando el dolor que ya no se puede contar. Infinita tristeza conte-

nida que sus ojos no pueden ocultar, su corazón rasgado por mil puñales, el luto la esconde, su mirada detiene el tiempo pidiendo clemencia. El tiempo pasa, nada detiene al Cristo que está más cerca de la muerte que de la vida. Lo crucifican y una inscripción reza sobre su cabeza: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Los romanos y el pueblo se burlan de él retándolo a bajar de esa cruz que le roba segundo a segundo. Él, solo pide a su Padre que tenga piedad y, mientras agoniza lentamente, una lanza atraviesa su costado. Y cuando expira su último hálito de vida, no tiene palabras más que para el Padre que lo aguarda: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El cielo se oscurece, el velo del templo se rasga en dos, la tierra tiembla… En verdad era el Hijo de Dios, clama asustada la multitud. La madre, de luto, espera sola en su santuario. Y son los conquenses los que con su visita, la consuelan ante su hijo muerto. La cruz, permanece desnuda en el Cerro de la Majestad. Y es al tercer día cuando Jesús sale del sepulcro. Las caras de pesar, de angustia y de dolor se cambian por rostros sonrientes que expresan su alegría ante la buena nueva: Jesús ha resucitado. Él, misericordioso, que nos amó hasta el extremo, pidió al Padre que fuésemos perdonados, derramando su sangre y entregando su cuerpo con infinita bondad. “Porque el que pruebe mi carne y beba mi sangre, tendrá vida eterna y yo le resucitaré el último día”. Tras esta semana, el tiempo detenido en un hecho pasado, vuelve a correr y a hacerse notar por tan hermosa ciudad. Callejuelas donde, agazapados, esperan los sonidos que tanto recordamos y nunca podemos olvidar. La piedra se torna gris; poco a poco, el correr del tiempo se percibe. Las hojas de los chopos empiezan a amarillear y a caer a ese río viejo y cansado que tal vez ha visto demasiado. El viento, vive en constante melancolía, y nos hace llegar breves retazos de marchas de Semana Santa. Las personas cambian, envejecen y desaparecen, dejando una huella de melancolía tras de sí. El tiempo no se detiene. Caprichoso, sigue robándonos lentamente una vida que, como un fino hilo, comienza a romperse hasta llegar al final. Primavera, verano, otoño, invierno… Pues la rueda del tiempo no cesa de girar, minuto a minuto, hora a hora, más próximos a vivir una Semana Santa más.

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Revista Cuenca Nazarena 2011  

Revista oficial de la Junta de Cofradías de la Semana Santa de Cuenca

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