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Primera edición en México: Mayo, 2012 © Rubén Navarro Vargas © Daza Editorial de libros, S.L. Acerina 2502 Int 02, Residencial Victoria 48503, Zapopan, Jal. México. correo@dazaeditorial.com www.dazaeditorial.com ISBN 978-849-125-345-4 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, mi registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.


A mi Abuela Ma. Concepcion Hern谩ndez Sobreviviente valerosa De las dos revoluciones del siglo XX Por ser ejemplo e inspiraci贸n.


Prólogo Fue en México, durante el segundo semestre del 2010 cuando al estado mexicano le dio por vender la idea de que los sus ciudadanos celebraran con fiesta y homenaje el bicentenario de la independencia del dominio español y el centenario de la revolución mexicana; ambos acontecimientos simbólicos que para ese año habían perdido vigencia de sus ideales de independencia, de tierra y libertad, de orden y progreso. Este joven país caracterizado en su mayoría, por una población con gran potencial para el progreso, aunque con una actitud de desánimo, inconsciencia y enajenación ante la carencia de empleos bien remunerados y los recursos necesarios para sobrellevar su existencia. El pueblo fue invitado a elevar su patriotismo y a sentirse orgulloso de su nacionalidad. Con ferias y desfiles suntuosos festejaron la grandeza de la patria y de su gente de la necesidad de rendir homenaje a los héroes que entregaron su vida por México. Los resultados de estas luchas sangrientas de soberanía, independencia y revolución siguen siendo cuestionados. En ellas se perdieron millones de vidas de los mexicanos que anhelaban mejorar la calidad de su existencia. El hartazgo no manifiesto de la población pobre continúa en crecimiento ante la indiferencia de las pocas familias que ostentan la riqueza del país. Los ricos saben que la pobreza en si no es el verdadero problema, la pobreza es un problema en la medida en que los bajos ingresos de 50 millones de personas, están generando problemas para quienes no son pobres. Vivir en la pobreza puede ser triste, pero “ofender o causar dolor a la sociedad” creando “problemas a quienes no son pobres”, es, al parecer, la verdadera tragedia. La liberación del dominio español y sus trescientos años de subordinación, por una parte y la lucha por el exterminio de una dictadura de tres décadas no fueron suficientes para sacarnos del estancamiento ter-


cermundista, pues el predominio de poderosas fuerzas clericales que no han dejado de influir durante más de 5 siglos y mantienen a un país que se debate entre el fanatismo y una deficiente educación, entre la abundancia y la depredación de recursos naturales donde miles de hectáreas de bosques y recursos no renovables son destruidos por las empresas mineras trasnacionales ante la complacencia y corrupción de autoridades y ejidatarios; herederos de la riqueza de una cultura ancestral y la vacuidad del entretenimiento masivo en los medios de comunicación; navegamos entre la paradoja de los exitosos indicadores nacionales de la macroeconomía y la ausencia de mejor calidad de vida. El campo y la agricultura mayormente abandonados y con reducida inversión en ciencia y tecnología nos han conducido a la dependencia alimentaria de otros países. Los bancos españoles siguen desangrando los reducidos recursos económicos de la población económicamente activa; dónde quedó la soberanía cuando los españoles nos siguen manteniendo en sus condiciones de esclavitud, no con las espadas del conquistador; ahora sus armas de explotación y sus herramientas de sometimiento son las tarjetas de crédito, la usura hipotecaria y la telefonía celular. Los gobernantes descendientes de los conservadores y liberales de antaño, prefieren invertir en armamento sofisticado y equipo bélico para una guerra de pronóstico reservado contra las organizaciones criminales, a enfocar un mejor financiamiento para la formación del perfil del mexicano que con su dedicación creativa satisfaga las necesidades de las nuevas generaciones que construyan a mediano plazo un México sin corrupción ni impunidad, con justicia, seguridad y progreso. Así el estado de cosas la población mexicana, víctima, inocente, ignorante de su destino dudoso, cuenta cuentos que oscilan entre la realidad y la ficción de un país que solo les pertenece en los discursos oficiales;


pero, que en los hechos son usados como la escenografía necesaria del traspaso del poder… La narrativa de “Cuando la Revolución se bajó del burro” relata desde una perspectiva del afectado por las luchas por el poder, los sinsabores del escape de una contienda que no le es ajena completamente, pero que tampoco le pertenece. Relatos de tristeza y esperanza de los migrantes que huyen a tierras desconocidas en busca de mejores condiciones de vida y sobretodo de seguridad. La consternación por el abandono de la tierra que les vio nacer; la nostalgia del hogar abandonado y la familia separada, perdida. El agobio de arribar a grandes ciudades descontroladas, descompuestas, inhumanas, corruptas, sin identidad. En un tiempo no lineal el autor refiere el dolor de las sociedades marginales de los cinturones de miseria y la lucha poco placentera de escalar hasta mejores condiciones de vida donde los programas sociales son un paliativo que alivia las dolencias crónicas de la gente que al final comprenderá que solo alejándose del paternalismo de estado y haciéndose cargo con responsabilidad de su propia existencia y la de los suyos, solo entonces, desmontará de un burro donde los logros de la revolución caminan lentos y sin dirección. Cada quien sabrá cómo desarrollar su propia existencia, su calidad de vida, su prosperidad. Los burros seguirán caminando por su propia terracería; mientras, los mexicanos logren pavimentar las autopistas por las que circulen con mejores vehículos al encuentro de su felicidad.


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ien dice la sabiduría del pueblo, que nadie está contento como dios lo tiene a uno tal parece que ninguna persona está conforme con la vida que le tocó vivir; los que nacieron en el campo, en un ejido, en el rancho, luego se hartan y se van chiflados a la ciudad, dizque en busca de una vida mejor, ¡mentiras y qué más! Lo que pasa es que ya se cansaron de las duras jornadas de la vida rural: de sol a sol, remover la tierra, hacer los surcos, sembrar, desyerbar, cuidar la planta, esperar a que nuestro señor les mande un buen temporal, ni mucha, ni poca agua, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre; después, a esperar la cosecha, separar una parte para el gasto de la casa y otra, a llevarla para el mercado para ver quién nos hace la caridad de comprarla. ¡Si no creas que es tan fácil !. Cuando la gente viene de visita al campo, no, pues si, se les hace muy bonito, levantarse temprano, cuando lo hacen, para tomarse sus “pajaretes”, esa bebida “levanta muertos”, elaborada con polvo de chocolate que se revuelve con leche recién ordeñada y un chorrito de alcohol; con uno o dos vasos que se beban pueden suceder dos cosas o se ponen rete contentos, muy platicadores con las vacas, les hablan con la seguridad que son escuchados y no serán interrumpidos o de plano les da chorrillo. Ya los viera atendiendo de todo a todo aunque fueran unas diez vaquitas… no, si por eso se andan yendo para la ciudad, allá, casi siempre se la pasan mas relajados, que al cabo “chula es la flojera” y para ser un muerto de hambre, lo mismo da aquí que allá. Somos nómadas por naturaleza. Nos gusta andar de chincualudos1 . Ah, pero es muy, pero muy diferente irse, de la tierra de uno por su propia voluntad, que huir despavorido, porque ya le andan zumbando a


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uno las balas en las orejas y ya no puede uno aguantar más el olor de los cadáveres pudriéndose, hinchándose como vaca enquelitada2 bajo los rayos del sol. O ver los cuerpos de los rebeldes ahorcados balanceándose en los árboles, columpiándose del pescuezo de un lado a otro, ya sin poder espantarse a los pájaros que les comen los ojos y todo lo que se pueda. No recuerdo muy bien, creo que todavía no tenía uso de razón, cuando mi mamá y yo, por temor abandonamos a nuestro pueblo. Si, por temor y porque no había día que no nos gruñeran las tripas del hambre. En ese tiempo la pobreza se notaba por dondequiera que estábamos, la pasamos muy tristes, yo en la orfandad, acarreando los cantaros con agua que iba a llenar a los veneritos que escarbaba junto al río o metiéndome en la corriente hasta las rodillas y jalando a la orilla a cuanto leño pasara flotando, para después subir la vereda rumbo al pueblo y vender la leña a las casas de los ricos; y ya con los centavos en la mano, correr con mi mamá y dárselos para que comprara para hacer comida, lo que hubiera, principalmente tortillas para hacer tacos de quelites o de brotes del árbol de la temachaca3 , y un poco de chile de tomatillos, para así calmar los retorcijones que dan al malpasarse todos los días. Al hambre si que le temía, y no a los sanguinarios de carrancistas, soldados de la federación que andaban por todo el país en busca de los cristeros, para meterlos al orden o de plano exterminar a todos los que se resistieran a acatar la nueva ley del culto religioso, llevándose a los fieles de la iglesia católica entre las patas de Travieso, inquieto. A los pobres se les ponen la barriga inflada de tanta vaina de quelite que comen N. DEL A. 3 Platillo ancestral cocinado con las hojas de un “árbol emplumado” originario de todo el “Cañon de Juchipila, Zacatecas.” 1 2


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los caballos. La verdad, les voy a decir, la mas miedosa era mi mamá, quien me llamaba con gritos de loca, pidiéndome que regresara pronto a la casa porque ya se oían a lo lejos acercándose a toda velocidad los soldados, galopando en sus caballos y tire y tire balazos. En busca de cristeros Yo, la mera verdad no les tenía miedo a los federales, permanecía trepada en los árboles comiéndome las guayabas o las ciruelas y viendo a lo lejos, por entre los nidos de los jilgueros, como se acercaban al pueblo la fuerza del gobierno en busca de los alzados; la columna de la caballería era tan larga que se sentían temblar las ramas de los árboles. Los federales, malos jinetes, eran peores soldados, que disparaban de lejos, gastaban mucha munición, perdían las armas con facilidad, y no conocían bien el terreno por donde andaban. Eso explica que los cristeros, que eran aguerridos, obstinados, con poco parque, pero con mejor puntería, les infligieran tantas bajas. Mas no siempre tenían tanta suerte, parece que ese día los pelones la traían de buenas, sometieron al pueblo de Calvillo y estaban por someternos “quiera Dios o no” a los de Jalpa, Zacatecas. Así arremetieron con toda su fuerza y crueldad contra los alzados que gritaban “Viva Cristo Rey” los pelones les respondían “Viva Satán”.

Gloria al Cristo en el orbe resuene Desde el uno hasta el otro confín. Gloria al Rey cuyo imperio no tiene Ni fronteras terrestres ni fin. Yo me bajaba del árbol rápido como si fuera lagartija. Ah, como me desesperaban los gritos de mi mamá, cada vez se hacían más angustiosos y apremiantes. Co-


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rría rápido rumbo al jacal, porque a mi mamá si que le tenía miedo, ella siempre me esperaba en la puerta, con una vara de mezquite para ponerme unos varazos a la pasada en las nalgas o donde me alcanzara a dar como un castigo por ser yo, según ella, tan atrabancada y desobediente. Después de un fuerte regaño, nos tirábamos panza abajo junto a la puerta para ver por una rendija como pasaban al galope los caballos y sus jinetes los federales. Luego, cuando se alejaban, a las escondidas nos íbamos al mitote a mirar como se agarraban a balazos con los hombres del pueblo que estaban afortinados en la azotea del templo y desde ahí les disparaban el plomo de sus carabinas, a veces con poco tino. Pero los Callistas, los soldados del gobierno, esos sí, eran muy crueles, muy duros en la represión, ejecutaban a todos los prisioneros, mataban a los civiles sin miramientos, saqueaban todo lo que podían, violaban a cuanta mujer se les ponía enfrente, para después, en su retirada, incendiarles sus pueblos y sus cosechas. Ese día, les decía, los soldados entraron al pueblo con la cabeza de Luciano Valdovinos un cristero al que decapitaron por no denunciar el paradero de los sacerdotes de la cristiada. Su hermana Jovita traía todavía sus carrilleras terciadas, venía sometida, amarrada de las manos con una soga a la silla de un caballo. La cabeza de Luciano la colgaron en un naranjo de la plaza, ahí también ataron a su hermana que lo miraba con sus ojos llorosos y encorajinados entre las naranjas. Muchos desde lo alto del templo al ver al ajusticiado, nomás se dejaban caer al vacío, la guerra estaba perdida y ya no había nada más que hacer. Los federales montados en sus caballos, daban vueltas y vueltas alrededor


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del templo para ver por donde se metían para someterlos. Finalmente tumbaron la puerta de la casa de Dios, que siendo de madera muy delgada, no resistió las embestidas de los caballos. “Válgame la virgen santa”, dijo mi mamá cada vez mas espantada “Glorifica mi alma señor”, había empezado a rezar la magnífica cuando mi tío Matías, que hacía rato lo divise tirando plomazos desde una azotea del curato nos gritó ¡Vámonos, córranle para la casa! ¿Qué jijos de la tiznada están haciendo aquí en el mitote? ¡Órale córranle váyanse y agarren sus tiliches porque ahora si ya nos cargó la chingada! Las voy a esperar lo mas que pueda en la cerca de adobe, allí mero, en la salida para los potreros. ¡Apúrense, no se queden abriendo el hocico! Nos fuimos de volada al jacal. Yo iba apurada, si, pero como dice mi mamá “muy quitada de la pena” llevaba una tonadilla en la cabeza que en la noche anterior cantamos en el templo de San Antonio.

Que viva mi cristo Que viva mi rey, Que impere doquiera Triunfante su ley Que impere doquiera Triunfante su ley ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey! Mexicanos un padre tenemos, Que nos dio de la patria la unión, A ese padre, gozosos cantemos Empuñando con fe su pendón ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!


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La inconformidad de la gente y sus ganas de luchar por lo que creían se dio a partir de la amenaza de aplicación de la famosa Ley de Cultos de Plutarco Elías Calles. Se trataba de una ley poco popular porque buscaba el sometimiento incondicional de la Iglesia; el registro de los sacerdotes; la autorización oficial para que el ministerio se ejerciera en los lugares donde así lo determinara el mismo gobierno y, sobre todo, el inventario de los bienes de la iglesia. Todo esto había desencadenado una reacción violenta en el pueblo azuzado por los curas contra las autoridades municipales constituidas en la persona de cualquier representante del gobierno, ya fuese este un gobernante local o un maestro. La suspensión de cultos tuvo lugar el día 1º de agosto de 1926. Cuando salimos del jacal cargamos cada una un itacate con nuestras pocas pertenencias y unas gordas duras alcanzamos a mi tío Matías empezando a subir por las faldas del cerro; iba ligerito ya sin su rifle y las carrilleras que había abandonado en la cerca de piedra, junto con otras armas que también dejaron los rebeldes para subir al cerro junto con él en busca de refugio. –El miedo no anda en burro, Matías –decía a mi tío otro alzado. –Mas vale decir: aquí corrió que aquí quedó –contestó mi tío, sin detener su marcha. No es vergonzoso emprender la retirada cuando el enemigo es superior en número o en armas o en huevos. Casi para anochecer, sentados en una piedrota en lo alto del cerro, divisamos a lo lejos las humaredas de los jacales que por la noche ardían como brazas mientras que las risas de los soldados acuartelados en el templo, caían como un eco desgastado en el fondo del Cañón


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de Juchipila. Toda la gente que ahí estábamos, nomás nos pelábamos los ojos sin saber que hacer, apretujándonos unos contra otros para aguantar el frío, el hambre y la sed. En la madrugada mi mamá bajó a un ranchito cercano a moler un poco de nixtamal para hacer unas tortillas y un chile macho crudo para matar el hambre de todos los que huíamos sin saber porqué. Amaneció y en el cerro la vida era una canción. Los pájaros se desgañitaban entonando sus melodías tan alegres que contrastaban con el peso de nuestra incertidumbre que se prolongó por días, mientras aumentaba también el número de hombres, mujeres, niños y bebés que compartíamos la cueva que fue nuestro techo, nuestro refugio. Por ahí como a los 8 días cuando vimos la estampida de la caballería de las fuerzas federales seguían su camino hacia el norte, decidimos bajar de la cueva del cerro y huir camino al sur; nos alejamos de nuestro pueblo, de nuestra tierra, de nuestras ilusiones, sin rumbo fijo, caminando por allí donde nos apuntara el huarache. En el camino nos encontramos a unos arrieros, quienes en sus burros llevaban mercancías a la ciudad decidimos unirnos a ellos que conocían el camino y que sin duda con ellos llegaríamos a un lugar mejor. La Ciudad. Aunque mucha gente en esos años, se largaron para el norte, a los Estados Unidos; el caso era escapar de lo que quedó del pueblo pobre y destruido, buscando trabajo, protección y una vida mejor. ¡Que vida tan dura, la verdad! Nos unimos en caravana, junto a los arrieros y sus burros nos sentíamos mucho mas seguros, a veces los arrieros subían a los niños y las mujeres a las bestias para que descansaran del largo y polvoriento camino.


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Por aquellos tiempos los arrieros eran gente importante porque llevaban sus mercancías del campo a la ciudad. Como todo buen comerciante, nunca les faltaban las monedas de oro, las cargaban celosamente en unos cueros de víbora que se fajaban orgullosos rodeando su cintura; así es que gozaban de la admiración de las personas y de hartos amores camineros. Así lo hacía don Trino, el jefe de los arrieros; él prefería quedarse sin hacer una de sus comidas, con tal de llegar al anochecer al ranchito donde lo esperaba, uno de sus muchos amores, con una cena calientita. Luego ya con la panza llena se le iba en contentar su corazón, suspirando y resoplando como los burros cuando son liberados de su pesada carga. Y “a darle que es mole de olla”, hasta altas horas de la noche. El viaje se prolongó por días y noches. En el camino pedregoso lleno de barrancos y ríos en la tierra reseca de Zacatecas fuimos encontrando a otros viajeros que emigraban sin rumbo fijo para donde fuera con tal de encontrar paz y tranquilidad. En algunas ocasiones nos encontrábamos con largas filas de gente con las que compartíamos la noche, las historias personales, el brillo de la luna y el cielo cuajado de estrellas. Acampábamos a la intemperie, haciendo varias fogatas en donde nos reuníamos alrededor, a veces las familias, a veces los conocidos entre si, y a veces con las nuevas amistades. Fue en esas noches cuando la gente platicaba los sucesos más increíbles de lo que les pasaba a la gente del campo y la ciudad…


Mi primer amor. En el desierto era el ocaso del día, las sombras de los nopales, órganos y cactus del desierto, insistían en embarrarse a la tierra; bolas de hierba seca y polvo “las cachanillas” eran arrastradas por el viento. Los bichos y alimañas al sentir ya más fresco el clima salían de sus refugios, en donde se internaban durante el día para no sufrir las quemaduras del sol y daban comienzo a la cacería de los más pequeños. Una familia caminaba fatigosamente en fila por un estrecho sendero conformado, quizás por cabras o borregos. Al final iba el padre, hombre grande de piel áspera y roja, velludo y polvoriento, ya entrado en años, pero aún macizo y fuerte, resultado del trabajo que a diario desarrollaba. Su mujer iba adelante, madura, chapeteada, rechoncha, con una amplia sonrisa que era permanente en ella a pesar de su vida miserable, harapienta. Atrás de ella un muchacho, su hijo, chamaco juguetón, di-


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charachero, el que hablaba y a menudo se ruborizaba a causa de los estertores desafinados de su recién estrenada voz de hombre grande, silbaba un tonillo alegre y pegajoso. Con una vara golpeaba las hierbas que salían a un lado del sendero, arrancando los retoños y las hojas verdes. Más adelante caminaba su hermana, una muchacha morena, joven, fresca y radiante, de ojos negros ligeramente oblicuos, nariz pequeña y labios carnosos, de cuerpo delicado como retoño de la primavera, como una flor que se desprende lista para dar sus frutos, ¡esos frutos! los duraznos de sus pechos, su vientre terso, esbelto, sus firmes piernas doradas por el sol, sus pies toscos pero hermosos. En sus finas manos sostenía un hermoso ramo de flores multicolores y silvestres como ella, y se encargaba de agrandarlo con flores blancas, frescas, flores rojas, amarillas y azules, estrellas de la tierra llenas de humedad, flores del desierto, capullos risueños, unas y otras con pétalos muy abiertos invitaban a las mariposas pintadas de fantasía a beber su néctar dulce y cremoso. Más adelante iban los tres más pequeños, mocosos, con el pelo enmarañado por el viento y el polvo. Su algarabía se mezclaba con los rumores vespertinos, el vuelo de los zanates y el ladrido de los perros que correteaban delante de todos. Se respiraba un aire húmedo y caliente con una exquisita fragancia del desierto y la hierba seca. A medida que se acercaban a su jacal, el sol se escondía atrás de los cerros pelones dando al cielo y a las nubes hermosas coloraciones; tonos que van desde un rojo profundo, el que enmarcaba las negras siluetas de los cerros, el color se desvanecía en línea ascendente pasando por el naranja, el rosa y el amarillo, hasta fundirse con el azul del cielo.


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Después, ya en su casa construida de adobes y carrizos, María Julieta –que así era el nombre de la linda muchacha– molía en el metate el amarillo nixtamal; su pelo negrísimo caía sobre su cara y ella cuidadosamente con el dedo meñique se lo arreglaba detrás de la oreja y con la punta del mandil secaba las gruesas gotas de sudor que le resbalaban por la frente. Su cuerpo también sudaba, haciendo que su blusa de algodón se pegara a sus formas exquisitas que resaltaban a la luz del fogón que calentaba el comal. Lenguas de lumbre salían por entre las piedras y las acariciaban. Los brazos de Julieta se movían rítmicamente en el metate y brillaban tanto como si les hubiera caído encima oro molido, también en su pecho, en sus piernas desnudas. La madre hacía las tortillas, cuidaba que estuvieran bien cocidas a fin de sacarlas del comal y arrojarlas a la canasta de donde las tomaban el padre y los hijos para acompañarlas con frijoles de la olla y con salsa picante hecha en el molcajete. El padre comía en silencio, miraba por el entrecejo a su familia. “No se puede continuar más en este lugar” –pensaba– el trabajo que tanto sudor le costaba y toda la energía que su familia empleaba a diario por aquel miserable pago. Sus hijos más pequeños se le figuraban como perros trasijados, hambrientos; se desesperaba porque a pesar de todos sus esfuerzos él no ganaba mas. Trabajar para el patrón en tierras ajenas y dejar en ellas pedazos de vida, como los caracoles que al arrastrarse van dejando tras de sí aquel hilillo de liquido pegajoso, dejar allí la vida. Pensaba también que en cualquier sitio pasarían menos hambre, pero


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inmediatamente se le venía a la memoria aquel dicho que decía Lalo “el tamalero” –quizá por hacer propaganda a su mercancía o por hacer alusión con él al destino que marcó su extrema pobreza– “el que nace pa’ tamal del cielo le caen las hojas” También se le venía a la memoria aquel otro dicho que decía Ignacio el jugador de naipes, aquel que toda su vida la constituían los juegos de azar…“El que no arriesga no gana” Sintió que la tortilla se le atoraba en la garganta y un extraño malestar se apoderó de él, algo así como nauseas, ganas de vomitar. Se levantó precipitadamente y salió del jacal, su mujer lo siguió y en la noche oyó por largas horas, los lamentos convertidos en murmullos, también escuchó a ratos los suspiros anhelantes de los dos. –“Mejor nos vamos a la ciudad, tope en lo que tope” Y se fueron. Los migrantes caminaron dos días por las espesas arenas del desierto, desfallecían, apretaban el paso o se detenían poco tiempo a beber agua con aquella esperanza en su mente, con la esperanza de vivir mejor la vida. Continuaban su camino, los chorros de sudor les mojaban el cuerpo, la fatiga era cada vez mayor, pero nadie decía nada, nadie se quejaba, todos anhelaban llegar a la ciudad inmensa y brillante llena de carros, gente y trabajos donde sacarían el dinero que resolvería todos sus problemas. María Julieta también echaba a volar su imaginación al igual que volaban sus cabellos sueltos por con


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el viento, sin ataduras y oliendo a libertad, así se sentía ella, libre. Su corazón latía con fuerza al imaginarse que aparte de comodidades, también en la ciudad encontraría un muchacho que bien la quisiera y la rodeara de amor y de hijos. ¡Qué feliz se sentía! Estos pensamientos la hicieron recordar a Leodegario, su primer y único amor. Aquel nuevo sentimiento apareció cuando por primera vez sus miradas se encontraron y brillaron intensamente. En esa ocasión ella, como era su costumbre, recogía flores hundida entre matorrales coronados por perlas de jazmín; y él también, abstraído, sin darse cuenta de tan bella presencia, colocaba trampas a los roedores que comían su cosecha. Ambos se acercaban sin sentirse, rodeados por aquella naturaleza verde; instantes después de que el sol aparecía en el horizonte y la humedad de la noche se retira convertida en neblina y lo que se mira a través de ella adquiere una coloración extraña y misteriosa, con tonalidades que van del gris al café claro. Es el momento en que todas las aves despiertan y trinan amodorradas, saludando al día, volando en parvadas, ofreciendo a quien las ve y escucha una sinfonía de hermoso colorido, la música matinal acompañada por el ritmo del sordo rumor de los insectos. Al estar muy cerca uno del otro, toparon levemente sus cabezas, hubo un momento de sorpresa en que se estuvieron mirando, sonrieron ambos y se inclinaron para continuar lo que hacían, los dos en la misma dirección y volvieron a topar. Rieron con todas sus ganas y de ahí en adelante se procuraban todos los días, al amanecer, en el mismo remanso para expresarse su amor, para asfixiarse con esos abrazos tan apretados


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como si cada uno quisiera meterse por los poros de la piel del otro. Recargaban sus cuerpos jóvenes contra los árboles para que ninguno pudiera escaparse de los besos y las caricias, de disfrutar la textura de sus pieles deslizándose por la rugosa corteza hasta quedar recostados entre sus gruesas raíces, sudorosos, fundiéndose en los suspiros que se elevaban y de camino a las nubes acariciaban a las aves y sus nidos, a las ramas que movidas por el viento, entre unas y otras parecía que quisieran atraparlos. Sin embargo, los suspiros se desvanecieron… Leodegario no volvió a aparecer. Un día, María Julieta algo presentía y estuvo esperando hasta que los rayos del sol de mediodía quemaban su piel morena. Los tres días siguientes hizo lo mismo y él no llegó nunca. Nunca supo si lo que sentía por Leodegario era amor. Pasaron semanas y se enteró que él se había ido “al otro lado” a trabajar junto con su papá, se fue sin despedirse, “allá él”. La tierna edad de María Julieta y el medio ambiente en el que se desarrollaba pronto la hicieron olvidar. Un grito de alegría de su hermano la hizo salir de sus abstracciones y se dio cuenta que ya estaban a la orilla de la gran ciudad. Por la orilla de la carretera en la que ahora caminaban entraban y salían camiones con víveres; los que salían iban vacíos, los que entraban iban cargados de verduras, frutas, animales y toda clase de comestibles. Al padre se le figuró la ciudad un gran monstruo que todo se comía. Los campesinos iban boquiabiertos al ver todas las cosas que pasaban mientras caminaban. A la entrada de la ciudad se encontraban los muladares y ahí la gente tenía sus casas en malas condiciones, los techos eran de


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cartón con chapopote y el resto de la casa fabricado de otros desechos, prácticamente de basura, que sus moradores encontraban y los utilizaban. Las criaturas desnudas, mugrientas; flacos y panzones llenos de parásitos, corrían de un lado para otro escarbando en los desperdicios, comiéndose lo que aún se pudiera comer. Muchos de los hombres que allí había estaban borrachos e inconscientes, babeantes y hediondos a alcohol, cubiertos de millares de moscas, abrazados como los escarabajos a su montón de basura de reciclaje. Hubo un momento en que los emigrantes se detuvieron mirándose entre sí, preguntándose si aquello era la gran ciudad, si aquellos ruidos, aquellas humaredas y la pobreza percibida continuarían a medida que avanzaban. No fue así, casi anocheciendo llegaron al centro. María Julieta estaba asombrada viendo la cantidad de artículos que los aparadores exhibían, los hombres nerviosos ante todo lo nunca visto y miraban de reojo y se cuidaban mucho al cruzar calles pues les espantaba aquel “hervidero” de gente y carros. Ya en la noche se sentaron rendidos a la orilla de una fuente y comieron los tres últimos trozos de cecina que les quedaba y dieron abundantes tragos de agua de la fuente. Al poco rato dormitaban en una banca del parque, el padre en medio como pilar y sus hijos recargados a los lados. “La característica más evidente de la cultura contemporánea es su urbanización. La concentración de habitantes en los centros de producción de bienes y servicios, el abandono de las zonas rurales para buscar mejores formas de vida y más oportunidades para obtener satisfactores, son tendencias que acompañan


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el proceso de desarrollo de una economía capitalista. Las grandes ciudades son las receptoras de todas las ventajas que el sistema económico de producción genera, pero, paradójicamente, en ellas se producen sus más profundas contradicciones. Los centros urbanos, de los grandes aparadores, de los edificios suntuosos, de los modernos sistemas de comunicación, se llenan de manchas de pobreza que de pronto aparecen en el centro mismo de las colonias más aburguesadas, o se rodean de cinturones de miseria en los que chocan brutalmente el lujo que exhiben las telenovelas con las múltiples carencias de la casa en que se vive. En las ciudades proliferan muchas culturas que se hibridan, chocan, se mezclan, se destruyen. Los centros comerciales y los tendajones de barriada rivalizan de la misma manera que los jóvenes ejecutivos con el obrero, o los niños bien con las pandillas. Las ciudades son morteros en los que se trituran los valores tradicionales y se construyen nuevas escalas: la norma del cholo, la del barrio, la del drogadicto. Las familias se suman en una vorágine en la que se integran y se desintegran las nuevas formas de convivencia y las leyes que la ordenan y legitiman. La ciudad se traga todo y empequeñece al hombre, se siente hormiga en la cola y en el autobús, en la plaza y en la calle. El cemento se come los llanos de la noche a la mañana y allí, donde crecían mezquites y zacate, donde se jugaba la cascarita, hoy se alza una colonia con cientos de casas iguales, pequeñas, impersonales, una colonia que habitarán familias y rediseñarán sus formas de convivir y relacionarse, crearán una subcultura, otra más en la panza de la ciudad que crece. De ahí saldrá otra pandilla, un nuevo pu-


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ñado de guerreros que lucharán por un poco de espacio, por demostrar su poder e independencia, en una guerra sorda y sin ideales. Las ciudades son paradójicas, por un lado concentran el poder y la opulencia, generan el saber, el arte, pero por otro, pagan su soberbia con la secuela del dolor, la miseria, la contradicción entre los que mucho tienen y aquellos que caminan, medio locos, con su cobija a cuestas que es su casa y su cama, la contradicción del auto lujoso detenido para contemplar el juego triste de un payaso harapiento y con hambre”. Todo esto lo percibieron en su breve estancia en la gran ciudad. Un policía desaliñado y sucio los despertó. –Ora piojosos, despierten que aquí no es hotel. Sobresaltados se levantaron de la banca, tenían miedo y el padre fue el que habló. –Señor, dinos dónde podemos pasar la noche. –¡Que señor ni que tu abuela, llámame oficial, que algo quiere decir esta rayita amarilla que traigo en el pantalón! –Oficial, ¿dónde podemos dormir bajo techo? –¿Y siquiera tienes dinero? Sacó de un envoltorio cuarenta pesos que había logrado ahorrar en los últimos cinco años. El “oficial” le arrebató veinte pesos. –Primero, esto es una multa por andar durmiendo en lugares públicos, –Oiga, es lo único que tengo, somos de fuera y no sabíamos que estaba prohibido dormir aquí. –¡Silencio! No me grites ni me faltes al respeto porque te quito los otros veinte por ofensas a la autoridad…Bueno, para que veas que soy servicial y no


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te guardo rencor, a tres cuadras de aquí encontrarás un lugar donde duermen las chantas, allí se pueden quedar. Se oyó un ruido de agua cayendo, el policía descubrió tras de un árbol a un hombre orinando. ¡Oiga! –gritó– corriendo a donde éste se encontraba propinándole un macanazo que lo dejó tirado. En tanto, muy tristes los emigrantes se habían retirado al albergue, construido con piso de cemento, era un corredor muy oscuro en donde se oían el chillar de los niños y el roncar de los adultos. Olía a orines. –Tienen que pagar cinco pesos por cada uno, tienen derecho a un lugar en el suelo; les costará diez pesos si alquilan un petate. Durmieron a pata tirante. El lejano pero inconfundible sonido de algunas voces les reveló que había concluido la noche. Entonces María Julieta clavó los ojos en el estrecho corredor apenas insinuado entre la pared y las personas dormidas. Divisó las dos siluetas. Con sigilosa rapidez se ubicó -oculta entre cartones y maderas, junto a una de las ventanas de la derruida finca-, dispuesta a ejercer una intensa y morosa vigilancia. El placer más grande. Sin duda el único que pudo disfrutar ahora. Sí, una de las siluetas correspondía a Leodegario. Una vez más comprendió que después de tanto tiempo -ya no tenía noción desde cuándo se limitaba a sobrevivir sin afanes ni sueños-, por fin ocurría algo que no sólo quebraba el opaco transcurrir en esta gran ciudad, sino, mejor aún, lograba infundirle una súbita cuota de ánimo, le otorgaba inusitado vigor a su cuerpo ya abrumado por el cansancio. Como si otra vez sintiera lo mismo por él. Llena de vitalidad


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y deseo. Ahora las voces le llegaron más nítidas, las palabras entrecortadas por accesos de risas, como si disfrutaran de alguna broma íntima y secreta, despreocupados y felices, hasta que los vio de cerca, ahí en el mismo albergue donde ellos pasaron la noche. De una bolsa, Leodegario, extrajo una botella de vino y bebió un trago largo, tanto para aplacar la ansiedad como para paladear con mayor intensidad cada detalle de la escena que iba a presenciar. Después permaneció rígido, sin efectuar el menor ruido. A la expectativa. –Leodegario –.Le llamó. El pasillo estaba oscuro y él no supo quien le llamaba. –Soy yo, María Julieta. ¿No me recuerdas? Al verla ya más cerca, junto con la certeza de no tener ya la oportunidad de protagonizar algo semejante a lo vivido antes con ella, le hizo evocar su rancho, los lugares donde se encontraban. En un afán por atenuar la frustración y alcanzar cierto consuelo, otra época, cuando Maria Julieta lograba satisfacer las ansias de su cuerpo joven y enardecido. Llevó otra vez la botella a la boca. La necesidad de beber pareció crecer tanto como el ardor que lo estremecía al mirarla, mientras trataba de imaginarse otra vez junto a María Julieta y, lo mismo que él con la muchacha, la acostaba sobre el húmedo colchón formado por la gramilla, y la poseía en un ritmo arrebatador, entre besos y caricias que los llevaban cada vez a un paroxismo de gritos y risas y palabras incoherentes. Pero ahí en el albergue, ellos se quedaron quietos y abrazados, ajenos a cualquier otra cosa que no fuera seguir disfrutando los instantes


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que habían vivido, sintió la boca reseca, como si hubiera probado algo amargo, con súbita conciencia de su soledad y del ya para siempre insatisfecho anhelo de tocar otro cuerpo. El si tenía en el albergue un pequeño cuarto y la invitó a pasar. No hubo reclamos. El se fue a Tijuana con la intención de poderse pasar “al otro lado” a trabajar, pero siempre que lo intentó lo regresaba la Migra. Como siempre, fue ella la que tomó la iniciativa. Suave, lentamente, llevando a cabo una ceremonia en la que cada gesto parecía destinado a otorgarle mayor interés y atractivo, le desprendió la camisa y comenzó a sacársela. El muchacho la dejó hacer, sin moverse, mientras las risas se transformaban en susurros y jadeos. Cuando le tocó el turno a él, todo se hizo más agitado. Súbitamente presuroso, le quitó la blusa con evidente rudeza, urgido por la impaciencia. Lo invadió una dosis de codicia, placer, deslumbramiento, al surgir los pechos, morenos, que las manos del muchacho palparon en ávida caricia. Al día siguiente la llevó a trabajar a un antro conocido como “El perico azul”. El papá y su hermano la buscaron por algún tiempo y luego supieron a lo que ella se dedicaba y dejaron de hacerlo. Leodegario no regresó jamás y ella tampoco con su padre y su hermano. A partir de ese momento le da forma a la ausencia como abandono y fabrica su ficción alrededor de su nueva vida y lo femenino se declara y se expone al enamoramiento del otro, el que paga por mirarla en sus demostraciones eróticas en el table dance.


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Una vez, bebió con avidez. Impaciente por embriagarse y alcanzar cuanto antes un profundo sueño que le hiciera olvidar la pérdida definitiva de Leodegario y de su familia, que aplacara el deseo despertado por la frenética relación con ellos y que borrara la certidumbre de volver a verlos en un estado bochornoso, sin esperanza ni dignidad. Alguien la invitó a trabajar a Guadalajara y se vino. Ahora se llama Gina y la apodaban la coreana. En el atardecer húmedo de un día frío y nublado, me internaba apresuradamente a un patio viejo y espacioso cuando de pronto recordé. Con una gran parte de lo olvidado por recuerdo, comencé poco a poco a entreverar los hilos de mi memoria, pues pensé que sería una buena idea en esta tarde de sábado, poner en orden lo ahí guardado. Con la cara tibia sobre mis manos viendo hacia adentro y los codos recargados en el escritorio, comencé a pensar en ti, a pensarte, sobre todo a saborearte. El vacío de tu ausencia me consume, me hace sentir pinche, pinchísimo; pero al mismo tiempo me hace sentir también que estoy vivo. Estoy vivo, sí, siento... lo siento. Si Dios me quita la vida antes que a ti Le voy a pedir ser el ángel que cuide tus pasos Pues si otros brazos te dan aquel calor que te di Sería tan grande mi pena que en el mismo cielo me vuelvo a morir –Luis Demetrio–


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Saliste de la noche y no había flores en tus manos, ahora saldrás de una muchedumbre, de una confusión de habladurías y pensamientos encontrados sobre ti. Y a partir de ahí supe verte entre las cosas esenciales que recorren mi vida. Luego, otra vez cubro mi rostro con mis propias manos, manos que no te tocan, no te tocan porque no te tengo, no te tocan porque no te alcanzan, no te tocan porque no terminas por entregarte aunque agiten su ansiedad. Ansiedad que es tormenta... nubla mis ideas y enciende mi deseo hasta convertirlo en una especie de llanto sin llorar. Advertí en el lagrimal de mi ojo derecho la inminente presencia de una transparente gota de dolor, de impotencia, me di lástima pero no pude evitarlo... mis ojos vomitaron el reproche hacia tu ausencia. Dónde estás corazón que no oigo tu palpitar –Luis Martinez Serrano–

Intenté capturar el aire frío con la mano derecha y mantenerlo ahí para que no temblaras, también quise contener las gotas de lluvia con la mano izquierda. Fuiste mi primer amor, así nomás. Por más que intente atribuirte virtudes y gracias... fuiste mi primer amor. Con devoción y total entrega me fundí en tus forzados cabellos teñidos de rubio. Bebí las mieles de un erotismo casi puro, te mantuve entre mis brazos el tiempo que duró un bolero. Definitivamente era pésima la idea de ir al Poncho’s Bar. Los repetidos anuncios celebratorios de su décimo aniversario habían creado demasiada expectación entre los parroquianos. ¿Ir para ser una y otra


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vez empujado con el incesante ir y venir de la gente que se dirige al baño, que sale del cuarto oscuro, que decide buscar un trago? ¿Para padecer el agobio del calor, el humo asfixiante en un local que carece de ventilación? Incluso se había formulado entre los amigos la aspiración de que sería bueno pasar un mes sin beber, por lo menos una vez en el año. Las muchachas estaban descansadas. Y ahí te conocí. En un saloncito oscuro, iluminado apenas por un foco rojo, lleno de ganas e imposibilidades, ojos inocentes, miradas de lascivia; entre el humo de los cigarrillos, el aroma de los besos pagados, el licor adulterado, las mentadas de madre, los pleitos a causa de una dama, mesas con cubierta de formaica y sillas de alambrón... fuiste mi primer amor. Entre chóferes y cobradores, jornaleros y ejidatarios, judiciales y demás rufianes, profesores y aprendices... fuiste mi primer amor. Ahí, donde la pasión y el amor tienen precio, en donde febril y lacerante llegaste a mi vida (un instante), ahí, en donde trescientos pesos te hicieron mía, una vez... y fuiste mi primer amor. −No, en la boca no. Signos no escritos de la mayoría de las mujeres que se dedican a esto. Entregan el cuerpo pero no la boca. Los besos son para el hombre que realmente aman o que las protegen. Luego accediste y sentí esa vez que en tus labios me ahogaba, una especie de asfixia placentera, dependiente, lúdica. En obligado remate de la jornada laboral semanal me sorprendo ahora, viajando incesante por la de Gigantes, cerca de San Andrés, de tus piernas a mi cartera; de una mesita de noche donde colocábamos la


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ropa a un colchón sin resortes. Tu recuerdo me ensordece y alimenta el anhelo de estar en tus brazos. Mis manos quedaron de pronto quietas, desganadas, sin terminar de desabrocharte la blusa. –Vamos me apremiaste, impaciente–. ¿Qué te pasa? Se apartó y echó una furtiva mirada hacia la puerta donde importunaban fuertes toquidos. −¿ Qué pasa? Pregunté desde la misma cama. − ¡Se acabó el tiempo! Me responden de fuera del cuarto. -No sé. Ya no puedo hacerlo aquí, vamos a otro lado. Me encabrona que me apresuren. Te quiero sólo para mí. Como no traía más dinero, no pude pagar la salida. Llego al depa y encierro el pudor, el cansancio y guardo parte de la renta, hasta este momento en que todo se ilumina. De camino compraré un seis y pediré un deseo: encontrarte el próximo sábado ahí, bailando entre luces, esperando ansiosa mi anunciada llegada. Pues a base de buenas propinas ya soy amigo de los meseros, del Chuy, del Beto y el Gordo de Andrés. Luego me duermo resbalándoseme tu nombre por mi boca. Y una vez más viví la angustia sumergido en mi cama. Despierto, a plena luz nocturna las sábanas de hielo pesan sobre mi pecho, mi corazón está latiendo, y yo sin poder respirar siquiera. Yo que no merezco eso, eso que me mantiene suspendido entre la realidad y la inconciencia, colmado por manos mágicas, las tuyas que aunque se van, aún repasan mi piel en esos momentos en que soy encanto y pasión de nuestra experiencia juntos.


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Me convencerás y nos fugaremos en loca huida, retaremos al destino con mis seiscientos pesos, tendremos una noche de intenso desenfrene, nos amaremos a la luz de la luna y esperaremos juntos el siguiente amanecer deseando no suceda. Siento tu aliento recorrer mi mejilla, tu cuerpo ya entregado... Mis manos detenidas por tus besos, no más caricias de dedos torpes y voz confusa... Quiero liberar mi alma, aunque no regrese. Una vez más, tú, distante, me miras con ojos fijos al manejar el engaño y no terminas por entregarte. El discurso con el que se teje y ordena la realidad juega con nosotros, nos contiene, nos lleva a la deriva sobre el mar del lenguaje. Desde el momento de nacer se nos introduce en un relato ya viejo, el de la vida y caminamos al filo del abismo, sobre la delgada línea que une el poder y el deseo, con la amenaza de caer en la locura o en el amor. Podemos sin embargo, apoderarnos de algunas palabras y otros tantos silencios para fabricar un texto, uno más, que sirva como referente, ancla o asidero. Ha sido un acierto avisar de mi visita, así serás nomás de mi persona, así encontraré tus piernas más lisas que ayer; así será solo perfume tu aroma. Me enojé cuando pronunciaron tu nombre. Más me molestó que te tuvieran abrazada en ese lugar común. Quisiera que las frías olas fluyeran sobre mi mente, Y que el mundo se secara como una hoja muerta. Así, tal vez pueda hallarte de nuevo, sola, decidida y declararte mi amor. No te creí la explicación apurada, salida de tu boca, de ti, la que siempre me pidió verdades. Hoy te compuse un bolero, hoy supe de dónde han salido tantos, hoy comprendo a Javier Solís, a Daniel


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Cuando la revolución se bajó del burro  

Libro diseñado para su autor Rubén Navarro Vargas, maestro del centro universitario de Arte, Arquitectura y Diseño de la Universidad de Guad...

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