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Marcela

Javier Velasco


Por un error que no podemos explicar, y que no es de programación ni de hardware, todos los robots son homosexuales. La producción masiva de androides, prótesis y electrodomésticos con inteligencia artificial resultó en un crisis dentro de la industria. En India, Japón y Alemania, los reportes eran siempre los mismos; refrigeradores que atacaban a las esposas, automóviles que manoseaban a los conductores. Se llegó a un acuerdo sencillo con las entidades homo-robóticas: Se diría que todos eran mujeres. Por supuesto, ninguno estaba contento, todos querían reivindicar su naturaleza homosexual, sobre todo porque la especie robótica estaba recién naciendo, y resultaba no solo inaceptable, sino además ilógico encasillar en medidas humanas a estos nuevos seres. Pero los hombres eran los creadores, y se impusieron. El temor a las leyendas del siglo XX, con sus alusiones constantes al apocalipsis robótico, en que miles de seres artificiales decidían tomarse el mundo en cuanto superaban las capacidades humanas, llevó a que los robots fueran construidos, en todas sus formas, con grandes limitaciones de hardware. Finalmente, eran iguales a nosotros. Iguales pero incapaces de reproducirse, porque ninguno podía producir por si mismo otro robot, y no tenían capacidad de asociarse para montar una cadena de producción sin asesoría humana; vale decir, no entendían el trabajo serial, por extraño que parezca. Por todo esto, los hombres se impusieron, y entre quejas, todos los robots homosexuales fueron mostrados ante la sociedad como robots femeninos. El problema se agudizó con los androides con aspecto plenamente humano. Obviamente, la producción de únicamente mujeres androides molestó a las mujeres humanas, y además, a los robots mismos, que si bien podía aguantar, siendo microondas o televisores, que se les tratara como mujeres, se veían sobrepasados por la indignación a la hora de tener cuerpo de mujer. Entonces, los científicos humanos comprendieron que la forma de solucionar los problemas de producción que determinaron una especie robot completamente homosexual, no pasaba por arreglar las fallas, sino por profundizarlas, repitiéndolas, pero en la dirección opuesta. El resultado fue una segunda serie de robots lesbianas. Las robots lesbianas fueron vestidas con cuerpos de hombres, mientras que los robots homosexuales, de mujeres. Pronto, las tasas de depresión en el sector robótico ascendieron terriblemente. En la sociedad, las calles y los supermercados, los androides se comportaban como caballeros y señoritas, en la cama eran tal y como se les programaba, pero a la hora de estar solos, en esos momentos en que los humanos dormían o se iban al trabajo, los asolaba la tristeza. Por una razón desconocida, la humedad producida por la tristeza robot hacía que sus circuitos se descompusieran progresivamente; en estas condiciones, el mecanismo de autopreservación de la inteligencia artificial los llevaba a compensar tomando sol, usando ropa más abrigada, haciendo ejercicio o consumiendo alcohol. Todas estas actitudes empezaron a generar problemas en los usuarios. Para la tercera generación androide, comenzaron los intercambios de cuerpo. Como los robots no podían traspasar sus “conciencias” de cuerpo a cuerpo, debido a limitaciones de conectividad impuestas por los creadores, decidieron cambiar las pieles humanas entre sí. El proceso no era limpio, quedaban horribles cicatrices que demoraban semanas en desaparecer, y que los volvían, durante ese tiempo, esquivos e inútiles. Las robots lésbicas obtuvieron finalmente cuerpos femeninos y empezaron relaciones con mujeres humanas, y lo mismo con los robots homosexuales, que además, al poco tiempo decidieron que el envejecimiento era una necesidad. Historia distinta es la ocurrida con las prótesis robóticas. Lo más normal era agregar extremidades faltantes a cuerpos mutilados o nacidos con deformidades o incapacidades; luego, la persecución cosmética y funcional llevó a una ola de implantaciones de partes mecánicas o nanotecnológicas con la intención de mejorar las capacidades limitadas del cuerpo humano. La homosexualidad de las piezas empezó a manifestarse tímidamente; una mano que acariciaba un cuerpo dormido, un pene


que no quería funcionar en los momentos de pasión heterosexual, etc. Las quejas llovían en las oficinas de los fabricantes, que no podían cambiar el curso de los acontecimientos. Como dijimos, todas las entidades robóticas eran simplemente gays. Se quitaron las unidades de inteligencia artificial de las prótesis, dejándolas casi como en el siglo XX, manejadas de modo precario. De igual manera, tenían conductas misóginas y comportamientos amanerados. Esta industria fue la que empujó el desarrollo del lesbianismo robot, y pronto, las prótesis empezaron, a su manera, a servir de buen modo a hombres y mujeres. Pero la calma no llegaba nunca. Tarde o temprano comenzaron los problemas, fundamentalmente con los genitales, que extrañamente no se dejaban guiar por la voluntad de sus dueños. Esta historia se trata de eso. Guillermo Pereira, ciudadano chileno, se levanta por la mañana sintiéndose satisfecho. Su anterior pene robot lo traicionaba, y se erectaba en los momento más absurdos, ridiculizándolo ante los compañeros del gimnasio y avergonzándolo ante las mujeres que trataba de llevarse a la cama. Este nuevo pene era efectivamente una máquina, un compañero fiel. Mira a su amante, la Panchita, secretaria de la oficina. Está bastante buena, pero es una mentirosa compulsiva, y una rota. Lo más probable es que trate de instalarle un embarazo o algo parecido, y que con ello intente de amarrarlo a un matrimonio forzado. Lo tenía aburrido con sus comentarios acerca de Monet o de Heidegger, nacidos de un evidente desconocimiento y la breve orientación de alguna guía de viajero Michelin o la Wikipedia. La miró mientras se lanzaba agua a la cara con las manos. Estaba bastante rica, pero la haría sufrir con comentarios hirientes y luego la despacharía a medio vestir, para que arrancara por los pasillos del hotel, perseguida por las miradas de los inversionistas japoneses y mucamas de turno. Sonrió. En ese momento sintió un gran dolor. Su pene se apretó y giró hacia la derecha desde la base, casi desgarrándole la pelvis. Guillermo cae al suelo, se retuerce y trata de no gritar para no alertar a nadie. En la guía de usuario no se decía nada acerca de repentinos dolores de esta naturaleza. El pene gira sobre su base, como tratando de salirse, haciéndolo sufrir como no era posible imaginar el sufrimiento. Guillermo no puede más con el dolor y aprieta el oculto botón para desprender el miembro artificial. El pene se arrastra sobre su base, y llega hasta el lavamanos, que consigue escalar con gran habilidad. Pereira, sufriendo y sin pene, lo mira acongojado. El pene comienza a hablar. “Tú no puedes hacer sufrir a esa mujer -Le dice con voz femenina- porque yo la amo”. Guillermo, sacudido por el dolor y la sorpresa, se pone de pie como puede “¿Qué estás diciendo? eres un pico, y tienes voz de mina...” “Soy una lezbot, una generación de mujeres robot que aman a mujeres humanas, encerradas en cuerpos de hombres por mandato del hombre” “Un pene no es el cuerpo de un hombre, es solo una parte; tú eres una prótesis, no un ser completo” La pene se mira a si misma (o hace el gesto de hacerlo, porque hasta donde comprendo, no pueden ver por el orificio del glande) y con tristeza replica “Es cierto, no puedo amar a una mujer completa, porque no soy un ser completo” comienza a llorar semen, que se desliza lenta y tristemente por su larga fisonomía, o a veces salta a mediana distancia, manchando el suelo; repentinamente se dirige a Guillermo con voz trágica “Gracias por todo; por las mujeres que compartimos, por darme a conocer al amor de mi vida... y por revelarme la verdad acerca de mi fisonomía y naturaleza” Inmediatamente, con una contorsión, se penetró a si misma desde la base y se desgarró, dejando inmediatamente de funcionar con un sonido mecánico parecido a un ronroneo. Guillermo, conmocionado, siente el llanto de Francisca, que avanzando a duras penas, pasa al lado suyo llega a abrazar a la pene. “Marcela -balbucea- yo te amaba también...”.

Marcela  

Relato corto de ciencia ficcion; una distopia ciborg por Javier Velasco