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Las Bibliotecas VacĂ­as

Javier Velasco


Este título, que podría parecer sofisticado y profundo, no es más que el reflejo de una situación sencilla; me hice socio de una biblioteca con varias sucursales, pero que prácticamente no dispone de libros. El inmenso catálogo en papel, en que puede buscarse por título, por autor e incluso por género, carece de toda fuerza vinculante; le decía, a un encargado tras otro, que me indicara si quedaba alguna copia de “El hombre en el Castillo” o “Valis” de PK Dick, o de alguna humilde obra menor de Fitzgerald o de Lem, y siempre, de manera casi automática, me respondían que estaban todos prestados. “¿Quiénes son estos fantasmas que me roban los tomos?” Me preguntaba, en el camino de una sucursal tras otra, imaginando que tal vez era un solo sujeto, gordo y hediondo, que acaparaba los préstamos y luego las renovaciones, con la única finalidad de molestar a los demás, nosotros los que somos normalmente delgados y aromáticos. En la última sucursal, bajando la cabeza y reconsiderando el cansancio y el larguísimo viaje que quedaba por delante, decidí llevarme “El gaucho insufrible” y “Amberes”, guiado sobre todo por ese último título que se esconde al final del “gaucho”, y que refiere a Cthulu. Entonces, cuando me estampaban el timbre con la fecha de devolución, noté que ambos libros de la editorial Anagrama tenían la misma fecha de devolución en su último préstamo, 14 de octubre del año en curso. “Parece que la vez anterior también se los llevó la misma persona” le dije a la dependienta, que pasaba su máquina láser por los códigos de barra; “Si” me responde secamente y con una enorme sonrisa roja. Entré en el Metro, encontré un asiento y me apoderé de él, lanzándome a las páginas de “Amberes”, que abandoné rápidamente; siendo sincero, soy un lector mucho más del tipo “gaucho”, y lo digo con algo de temor de parecer menos sofisticado, o más viejo. Estaba leyendo esa historia tremenda de aquel abogado argentino, que me deja la misma sospecha que la pequeña historia del abogado dentro de “los detectives”; entonces, el vagón se detuvo entre las estaciones “Cumming” y “Quinta Normal”. Estábamos clavados en medio de la estación “Esperanza”, aquel espacio baldío en medio de la línea del ferrocarril subterráneo, y que por no haberse terminado nunca de construir, es una leyenda tapada a medias por paneles plásticos. Empieza a subir el miedo por mi columna, las luces titilan y la voz del conductor, señalándonos que estaremos detenidos por más tiempo del habitual, suena cortada y quebrada de chirridos. Una niña con uniforme escolar me mira con los labios semiabiertos, y un viejo toce sus pulmones completos en su puño apretado; levanto la vista y me dejo encandilar por los focos y su luz fluctuante. Antes de recomenzar el movimiento, alcanzo a ver que a lo lejos, más allá de mi vagón y del siguiente, estás mirándome con el ceño fruncido. Podría asegurar que cuando te llevaste esos libros, sabías que yo sería el próximo; de hecho, puedo reproducir casi perfectamente ese escena; ver tus piernas apuradamente, dejándose caer escaleras abajo para alcanzar los tomos antes que yo, para leerlos rápido y luego dejarlos en su lugar, sabiendo que vendría a buscarlos diez días más tarde. Se que sabías el número de días, incluso. Ahora lo más interesante, es que si eso no había ocurrido hasta que yo lo recreé, entonces inventé un pasado en el presente, vale decir, un pasado futuro, toda vez que desde el pasado, desde el momento mismo en que las cosas de desenvuelven, el presente, en que yo invento la historia, es el futuro. Estamos entonces, en tres tiempos a la vez, las cosas ocurren hacia adelante desde atrás, pero en el presente, inventando un futuro inmediato, que se actualiza con hechos ocurridos diez días atrás, pero creados ahora; además, no puedo asegurar ni la forma de los hechos, ni mucho menos la veracidad de la tesis. Entonces, tres tiempos y dos realidades, una realidad en que tú sacaste esos dos libros de la biblioteca vacía, otra en que no. Además, nosotros. Yo, el que descubrió tu juego; tú, la que jugó. Yo, quien inventó el pasado, tú, la inventada; yo, el que inventó el pasado, pero un pasado que efectivamente ocurrió, y que coincide con mi invención. Y así, hacia el infinito. ¿Cuántas posibilidades hay, entonces? Cada cual es una realidad igual de cierta que las otras, y por ello, se manifiestan en infinitos universos paralelos, cada cual con su multiplicidad de posibilidades paralelas.


En esta realidad, en que poco a poco el tren se mueve llevándonos lejos de la estación fantasma, y catapultándonos a la luz plana de la estación “Quinta Normal”, te perdí de vista una tarde de otoño en medio de una calle repleta de peatones; fue la última vez que nos vimos y la última vez que me sacudiste este saco de huesos y carne. Puedes ver, evidentemente, el sentido que se esconde entre esas lineas. Ahora bien, el resultado de tu observación con respecto a esos hechos obliga a la gestación de otros infinitos universos paralelos, y eso, solamente en la eventualidad de que leyeras el cuento, si es que podemos llamarlo cuento. Digamos que habiendo infinitas posibilidades, no cabe duda que en una de ellas, por lo menos, tú sacaste esos libros con la intención de jugarme una broma, o peor aun, de dejarme una huella que seguir, y coincidentemente yo seguí la huella y escribí esta historia, y tú la leíste y nos reencontramos en la Estación Libertad. La existencia de esa realidad, en la infinidad del multiverso, es suficiente para seguir viviendo en el enorme aburrimiento de estas bibliotecas vacías.

Las Bibliotecas Vacias  

Cuento de ficcion de Javier Velasco