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Ensalada de estrellas interminables

Javier Velasco


A Nicole, por soñar y para que nunca deje de hacerlo.

De la belleza femenina, hay infinidad de cosas para decir; incluso cabe la posibilidad de que la mujer más bella de todas fuese esa ramera española de ojos cafés que enamoró a un soldado inglés cuando estos desalojaban a los franceses de la península mientras escribían esa singular historia acerca de los problemas con el alcohol del pobre Joseph Napoleón. Puede que la más bella fuese aquella que se arrojó a las líneas del tren por amor, al saberse incapaz de amarrar en el nido a un pobre Patricio Elgueta, cuando este ya no pudo más con el mal humor y las manipulaciones emocionales; e incluso, puede que la más bella sea esa que reposa en un cuadro, en la casa de unas ancianas lejos, en Ecuador, en una oscura habitación con apenas una ventana pequeñísima; en la calle de adoquines junto a la cervecería de un tipo llamado Miguel. José Miguel. El hecho es que si bien ella no era la más bella dentro de la apelación a la objetividad que la sociedad suele exigir; era bellísima, y miraba absorta por una ventana de atrás del automóvil de su padre mientras avanzaban por el valle interminable que se hundía hacia el desierto del Chile nortino; son las once de la mañana. Las once de la mañana no debiese ser una hora particularmente difícil para un conductor promedio; pero el color amarillento del polvo y el cielo pálido lo transformaban en un reto respetable; más aun penetrando una de tantas quebradas del camino eterno que traspasa Chile de extremo a extremo, a medio viaje entre Santiago y Arica. El sol reflejado en cada centímetro del paisaje nublaba la vista y el humor de Mauricio Zapata, padre de familia cualquiera de la república de Chile, que como muchos, decidía llevar en automóvil a su mujer e hijos en un tour largo e irritante por la franja de tierra que llamamos algunos chilenos hogar. Al poco andar recordó que era el único que podía manejar de entre todos los que se acaloraban arriba del vehículo, lo cual lo obligaba a ser el único conductor durante el tortuoso y excesivamente largo viaje; su otra opción era entregar el volante a Cristóbal, su hijo mayor, un inescrupuloso estudiante universitario del barrio República, cuyo permiso para conducir estaba retenido por un accidente imperdonable que había destruido dos familias, un letrero publicitario del nuevo sándwich de Mc Donald`s y el frontis de una bomba de bomberos italiana. En su cuerpo llevaba las marcas de ese suceso, dos costillas menos y un nuevo mentón peligrosamente similar a un trasero humano que haría –aun Cristóbal no lo sabía- estragos en su futura vida laboral. Clara, aun absorta, se había acostado con más personas que su madre y padre sumados; lo cual fue recientemente descubierto por Cristina, su madre, aparejando consecuencias inimaginables. Una de ellas, era acompañar contra su voluntad a su familia en este viaje absurdo y mal planificado que, por lo demás, muy probablemente terminaría mal.


Cristina miraba a su hija con los labios apretados mediante el espejo retrovisor; era una estudiosa de la biblia y su aprendizaje cada vez más profundo le impedía perdonar a su hija; estaba llena de algo parecido al rencor. Hay que mencionar que nadie en la familia sabía de la enfermiza afición de Cristina por Dios. Mantenía oculto el hecho de que en realidad, llevaba una doble vida; como oportuna y hacendosa ama de casa por un lado, y reaccionaria fanática religiosa cuando nadie podía advertirlo. Pero ese no era el único secreto en ese automóvil. Mauricio fue lo que se conoce como “un niño especial” alguna vez; era el mejor alumno, un gran deportista y estaba lleno de habilidades manuales, pero sobre todo, estaba dotado de una inmensa sensibilidad profundamente viril; todo eso acabó cuando una operación estética retiró la cola de puerco con que nació. Aun picaba la cicatriz, hay que decirlo, y despertaba sospechas en la familia, dado que durante el viaje no paraba de rascarse el trasero disimuladamente. Pero eso no era verdaderamente importante en comparación a las razones ocultas de Cristóbal para chocar esa noche en su Maruti. Porque las hay y son secretas, excepto para él y para su hermana. Sin ir más lejos, la razón porque ella miraba con tristeza por la ventana, mientras el reggaetón destrozaba sus oídos y el viento la despeinaba, no era la reprimenda de su madre, ni que la obligaran a retirarse sus tres piercings favoritos; mucho menos el viaje en si, del cual apenas tenía conciencia; era simplemente el secreto que su hermano, la primera noche de estadía en el hospital le dijera, creyendo estúpidamente que moriría, contra las opiniones de médicos y enfermeras que a cada ronda le repetían que eran tan sólo dos costillas, el mentón y un par de dientes. Cristóbal, que en ese momento estaba casi completamente borracho de nuevo, gracias a una pequeña botella de vodka ingresada al hospital por su amigo Tito, le pidió a su hermana que permaneciera a su lado por un momento una vez que sus padres se retiraran a recoger el automóvil del estacionamiento. La tomó de las manos (cosa que probablemente nunca hizo antes de esa noche) y mirándola con una expresión inconteniblemente pura le susurró que la amaba, y que si ella quería, podían largarse a trabajar el campo en algún país de centro América, algún sitio donde nadie los conociera y nadie pudiera poner freno a dos hermanos que querían iniciar una relación de pareja como cualquier otro par de seres humanos lo haría. Asustada, asqueada y llena de rabia, Clara lo suelta y se larga pisando pesadamente el suelo en cada paso y dejando que todos dedujesen su enojo desde la UCI a la UTI. Lo terrible de todo era la gestación de esa historia paralela e invisible a la historia de una familia de clase media normal en Santiago de Chile. Desde siempre y como cualquier pareja de hermanos, Cristóbal y Clara se llevaron pésimo, peleando desde niños y despreciándose desde adolecentes; pero mientras todo eso ocurría en la superficie, la pubertad desató en Cristóbal el deseo primero suave (como un cosquilleo) y luego violento por su hermana. Observó con dolor su crecimiento hasta llegar a ser la joven y promiscua mujer que con su corazón conflictuado amaba con locura; apasionado por cada defecto, detalle gracioso e imperfección invisible de su espíritu y cuerpo. Por su lado, en un tímido rincón de su ser, Clara siempre vio a su


hermano, detrás de todo el aparataje conductual de una hermana cualquiera, como su ideal de hombre, y luego, como su horizonte sexual. Es singular que sucediese de esta forma, puesto que Cristóbal es lo que conocemos como un pobre tipo, y Clara, como ya se indicó, ha tenido en la vida, posibilidades invaluables para construir esos arquetipos, en un sentido práctico al menos. Mauricio acelera, una curva corta la visibilidad y el reflejo inmenso del sol en el paisaje más fome del mundo (quizás solo superable por la pampa argentina) tiende una sábana blanca sobre todos los ojos del automóvil. Clara da vuelta levente su cabeza mientras el cabello castaño se agita saliendo por la ventana abierta y mira de reojo a su hermano por un instante eterno, enorme, incontrolable; se cuestiona su propia razonabilidad, mientras una especie tibia de arrepentimiento la condiciona a apretar las mandíbulas, confusa. Los labios se abren brevemente en una fracción de segundo que podría ser más larga que el hombre entero y su historia a cuestas, Cristina se acomoda el tirante de su vestido de verano y no se percata de nada de lo siguiente. En medio de la nada, un conductor desde la otra dirección aparece y los autos se besan terriblemente, en un encuentro de violencia, chirridos y rabia, rabia de máquinas, sin gestos, sin dolor. Se topan por el frente, Mauricio va más rápido y el Sonata avanza aun un poco más, llevándose consigo la luz alta del SMS que sale notoriamente más perjudicado. El ruido acelera todo, luego el silencio se devora el tiempo y todo queda detenido en un suspiro como de dedos, dedos de gigantes industriales; no hay nadie en kilómetros, sólo dos familias, dos automóviles y una carretera rodeada de planicies secas y montañas lejanas adonde el ruido no llega. Cristóbal mira a su padre salir ileso a gritar y golpear con los puños la ventana del auto contrario, observa desde la ventana cerrada que se encuentra intacta; su madre yace con la cabeza sobre el pecho, inconsciente, o muerta, o gravemente herida inconsciente y cercana a la muerte, pero a nadie le importa. Clara ve a través de la sangre que satura su ojo derecho como destrozó con sus manos el mp3 que llevaba consigo. Mauricio grita, pero todo es silencio, y luego se aleja en posición de ataque para dejar salir del auto al conductor que desató la pesadilla. Todos quedan helados, es un pequeño hombre oriental con una polaroid colgando del cuello y enormes anteojos gruesos, que se planta frente a Mauricio y luego de una reverencia trata torpemente de explicarle que no habla español. Mauricio está confundido, su violencia, por miles de razones, ha chocado con un muro infranqueable –más incluso que el de la incomunicación- el de la fragilidad más terrible y lapidaria. La familia oriental sale del automóvil; son dos niñas, de unos catorce o quince años, pero que perfectamente pudieron tener veinticinco o cuarenta; un tipo joven, de no más de veinte (nuevamente, está sujeto a revisión) y la madre, una señora de lentes y chaleco beige que avanzaba calmadamente, mientras la sangre goteaba de su mentón. Tenían todos heridas menores, pero era el auto el principal perjudicado; por


el lado opuesto, la familia de Mauricio se encontraba aparentemente más agraviada que su vehículo. La comunicación era, como dijimos, imposible, puesto que los orientales hablaban sólo su idioma materno y algo de inglés mal pronunciado, y la familia de Mauricio había estudiado íntegramente en escuelas públicas, por lo cual no eran capaces de distinguir a una persona hablando inglés británico, de una hablando italiano. Mauricio agitó los brazos un rato dando gritos mientras su contendor lo miraba desde su desgranada humanidad estacionada en el suelo árido de la carretera por la que no transitaba alma alguna fuera de ellos; el hijo oriental jugaba con un teléfono que a los ojos de Cristóbal parecía sacado de una película de ciencia ficción, y las niñas lloraban, mientras la madre sostenía una reverencia devota, mirando el lugar donde caía la sangre venida de su frente. Dentro del auto, la mujer de Mauricio seguía inconsciente, Cristóbal, estaba aun en shock mirando desde la ventana, como escondido, y Clara había salido del auto y estaba en cuclillas junto a la puerta de atrás con un cigarrillo. Como la discusión se hizo imposible, de algún modo una forma nueva de establecer comunicación se hizo presente, y Mauricio ató el automóvil de la familia oriental al parachoques trasero de su auto, arrastrándolo consigo hasta dar con una estación de servicio. Ahí bajaron todos, en plena calma y fueron al restaurante caminero que estaba contenido en la unidad de servicios. Se sentaron en una mesa enorme que armaron juntando tres más pequeñas, y entre risas, acomodaron incluso los manteles. Estaban junto a una ventana y se hacía tarde en el valle, el sol caía dando paso a un tono azul profundo que parecía tragarse al resto del cielo, como oprimiéndolo contra la tierra del horizonte. Mauricio pide mechada con papas cocidas, Cristina, ya recuperada, pidió zapallo italiano relleno, Cristóbal pollo con papas fritas y su hermana pescado frito con puré picante; los chilenos decidieron que sus nuevos amigos coreanos (Cristóbal decidió que eran coreanos en el transcurso del viaje a la estación de servicios) comerían platos nacionales típicos, para que aprendieran más de este país, por lo que eligieron para el padre una carbonada, para la madre un chupe de mariscos (salidos de una lata, como informó la mesera) para el hijo charquicán y para las niñas (como eran iguales) humitas con ensalada chilena (tomate, cebolla y perejil). Los japoneses (en verdad eran japoneses) hablaban toda la noche, y trataban de comunicarse torpemente; para ser sinceros, el padre era el único que hablaba, y parecía llamarse Takeshi; Mauricio, como buen anfitrión nacional, era un mar de anécdotas que por lo general, luego de repetirse unidas a varios chistes ya clásicos en el comedor de los Zapata, no generaban en la familia la menor risa, pero que en el contexto y dadas las condiciones, funcionaban de maravillas, haciendo reír incluso a Clara que ya se había soltado un poco y le preguntaba a su madre como se sentía. Cristóbal pidió Coca Cola y había decidido dar un giro en su vida, dejando el alcohol; y su madre sonreía por fuera pero repetía maldiciones por dentro, pidiéndole al señor que acabara de una vez con su escurridizo esposo que nunca moría para dejarla ser


libre de las décadas de verse a si misma como un mero accesorio de Mauricio, quien ya no le daba la mano y jamás le decía que seguía siendo linda. Vinieron luego los postres, copa de helado trisabor para todos menos para Cristina y su hija, que comieron duraznos con crema. De la cerveza, los padres pasaron al combinado y del combinado a la algarabía. Cristóbal le tomó la mano bajo a la mesa a Clara y le susurró al oído que era la mujer más linda del mundo. Clara, consciente de que no era objetivamente cierto, se sonrojó, y mirándolo coquetamente le dijo con los ojos que esa noche harían el amor. Cristina, mirándolos desde su asiento, vio la reconciliación entre dos hermanos que jamás se llevaron bien y se sintió muy feliz. Por un instante, las frustraciones de una vida de gomero quedaron de lado y miró por la ventana feliz de sentir que la vida aun le daba satisfacciones, agradeciendo como nunca al señor todopoderoso. El padre japonés en medio de una risotada suelta un “aweonao” y Mauricio queda en silencio. Las niñas estaban afuera, conversando apoyadas en el auto y tratando de seducir a los operadores de las bombas de bencina; la señora estaba en el baño y el hijo seguía metido en su teléfono móvil de última generación. El padre japonés miraba de frente a su contraparte chilena y una gota de sudor corrió desde su frente. Mauricio estaba helado, el corazón le daba vueltas, su nuevo amigo no era quien aparentaba ser y le estaban tomando el pelo. Se pone de pié y le dice “¿Quién soi vo chonchetumare?” el japonés le responde asustado que trabaja en patronato y que no era su intención engañarlo, que simplemente venía de Arica, de la zona franca, y que no tenían un peso siquiera para pagar por los daños, y que temía pelearse a golpes frente a su familia, ya que desde niño siempre fue víctima de bulling y le temía a la violencia. La sumisión y la mentira en las posibilidades que consideró a mano, y en el momento, acudió a la que creyó más digna. Frente a los ojos del japonés pasaron las imágenes de un futuro que ya no fue, donde le contaba a sus amigos de Santiago cómo se había cagado a un pobre tipo que contó miles de anécdotas evidentemente falsas y cada veinte minutos jugaba a decirle “oye chino culiao, chúpame el pico” para luego arrojar carcajadas creyendo que él no le entendía. Se llamaba Jorge y había nacido en Chile, sus padres, propiamente japoneses, lo obligaron a casarse con otra descendiente de la tierra del sol naciente, que siempre fue horrible y no sabía cocinar. Él siempre estuvo enamorado de una niña del colegio, seis años menor, llamada Marta, que actualmente estaba casada sin hijos y era abogada tributarista en Concepción, con gran éxito. Cristina miraba por la ventana; en el cielo, una ensalada de estrellas interminables le sonreía de vuelta. No era hermoso ni mucho menos trascendental; si duda no tenía nada de horrible ni tenebroso tampoco. Era apenas irrelevante, típico; más luminoso de lo habitual, no cabe duda, pero para Cristina, en el fondo, era apenas un enjambre de luces sin sentido, que no dejaría nada, absolutamente nada en su corazón como recuerdo.

Ensalada de estrellas interminables  

Relato corto de Javier Velasco

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