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Cartas a la mujer desconocida

Javier Velasco


Martín, que vivía haciéndose sólo grandes preguntas, difícilmente iba a resolver por si mismo la encrucijada que tenía en frente. Una vez, caminando por la calle más snob de la capital, se topó por un momento breve con una mujer que lo miró por un período no mayor a un segundo. Aquel famélico cruce de miradas cambiaría su vida para siempre. Sin conocerla, ni tener forma alguna de llegar a hacerlo -pensaba Martín, incapaz de dimensionar lo estrecha que es la realidad- simplemente siguió adelante, después de corroborar que con dirección opuesta a la suya, ella se alejaba con rumbo desconocido. A media mañana de un día de otoño, la sensación se hizo insoportable. Martín sabía, de algún modo que no podía explicarle a sus amigos, que ella era la mujer que cambiaría todo. Cuando se refería a “todo”, Martín, que vivía pensando en la trascendencia y adolescía de una debilidad crónica por las expectativas, hablaba ni más ni menos que del destino del universo. Creía con absoluta seguridad en doctrinas pseudocientíficas que sostenían, por ejemplo, la existencia de un “inconsciente colectivo”, del que todos éramos parte y con el que podríamos eventualmente comunicarnos. Esta idea de universalidad lo llevó a aseverar, anta la audiencia esquiva que conformaban sus amigos en el cumpleaños de Nicole, que él podía hacerla aparecer nuevamente. Si tal cosa ocurría, no la dejaría ir. Comenzó, apasionadamente, la redacción de 77 cartas dirigidas a ella, en las que le contaba básicamente de todo. En la décimo tercera carta, por ejemplo, le contaba que ciertos arqueólogos consideraban que la aparición de “objetos fuera del tiempo” -como mecanismos complejos de ingeniería que según las pruebas de laboratorio, provenían de una era en que el hombre aun se colgaba de los árboles- indicaban la posibilidad de que la tierra hubiese presenciado sucesivas extinciones humanas, de las cuales los sobrevivientes volvían en precarias condiciones, a partir de cero la historia. En la carta trigésimo segunda, le contaba acerca de su madre, que estaba fallecida en vida; en la octava, le hablaba de las razas de perros y las razas de gatos, y porqué consideraba que era políticamente más coherente con el marxismo criar un gato. En la cincuenta y uno, le explicaba cómo fue su solitaria infancia y cuál es su relación con el ciclismo; en la veintiseis, admitía ser incapaz de comprender la diferencia entre rap y hip hop, pero insistentemente sostenía que estaba trabajando en solucionarlo. En la sesenta y cuatro, apremiado quizás por el hecho de que se acercaba la última misiva, le confesaba apasionadamente que todos quienes lo rodeaban, aseguraban que después de la seguidilla de fracasos amorosos a los que a duras penas había sobrevivido, le vendría bien un tiempo solo. Esto, según Martín, equivalía a sobredeterminar el presente. Por supuesto, se dió el tiempo de explicarle qué quería decir con eso de sobredeterminar el presente. “Ellos creen -decía Martín en la carta- que es posible estandarizar a las personas, encontrar recetas aplicables a todos los hombres y mujeres. Yo creo que no, creo que de hecho, lo que sirvió para sanar ayer, hoy no sirve para nada; o tal vez si, pero no es seguro.” Con estas palabras, preparaba el camino para la carta setenta y seis, en la que revelaba el propósito de toda su producción epistolar. “Estoy de acuerdo con que existen ciertas cosas deseables para mi presente; mis amigos tienen razón en el hecho de que sería bueno estar solo, sería bueno encontrarme conmigo mismo, sería bueno estar relajado, sin proyectarse con nadie, ni rendir cuentas, ni conocer familias, ni pensar en los jardines con escaños y faroles que podríamos regar. Estoy de acuerdo; pero estoy de acuerdo conmigo, y más firmemente aun, en que si alguien viniese a barrer de la faz de la tierra esas ideas, tratar de mantenerlas en pie sería un error imperdonable.” Contra todo pronóstico, las 77 fueron escritas en un período bastante corto, y como es de esperar, Martín las guardó con todo cuidado, sabiendo que nunca las entregaría a su destinataria. “He pensado -le decía al guatón mientras bajan por Eliodoro Yañez en dirección al centro- que algún día tendré que borrar las cartas” “¿Porqué?” preguntó despreocupado el gordo “Porque ella podría encontrarlas... mira, seamos sinceros; yo no la conozco aun, y no se si es celosa, o si es de las que revisa tu correo, o la carpeta de los documentos. En tal caso, podría pillarlas, leerlas... y bueno, la


verdad es que son un poco patéticas, quedo muy desnudo en algunos casos.” El gordo lo mira, dudando un poco de la salud mental de su amigo. En el último tiempo, todos dudaban un poco de ella, principalmente porque Martín había llenado su vida con la mujer desconocida, y los vaivenes de su relación imaginaria estaban empezando a llevarlo por el mal camino. Una tarde, en un Homecenter, Martín señaló que el sillón negro de la esquina estaría perfecto para su pieza “¿Para qué quieres meter un sillón a tu pieza?” le preguntó Maite, con quien estaba comprando ampolletas de bajo consumo “Para que la Isa tenga donde estudiar -contestó Martín- la cama es para otras cosas, y en el departamento no tengo mesa de comedor, así que tarde o temprano eso va a generar un problema”. En otra ocasión, conversó largamente con su conserje acerca de la posibilidad de sacar el cálefont del baño “Es un edificio viejo, lo se, pero tenemos que encontrar una fórmula; usted sabe cómo se ponen las mujeres con estas cosas de la seguridad, y no quiero tener algo más por la que puedan webiarme. He pensado en un termo eléctrico ¿subirá mucho la cuenta de la luz?”. Este diálogo, que parece totalmente razonable, en el fondo no lo es. Cuando Martín señala que no quiere tener otra cosa por la cual pueda ser molestado, está pensando en que Isabel no lo moleste, porque Isabel es ñoña y requiere un lugar donde estudiar, porque no querrá irse a quedar dado lo peligroso de la ducha, así como podría enojarse si deja la tapa del water abierto o se le echan a perder las lechugas en el refrigerador. Isabel, por lo demás, es el nombre que le puso a la mujer desconocida, principalmente por una cuestión práctica; “cartas a la mujer desconocida” era un pésimo nombre para sus cartas, y un escritor de poca monta, autor también de “Relojería para principiantes”, ya lo había ocupado. Entonces, le puso “Isabel” al conjunto de cartas, por la mujer a la que iban dirigidas. “Isabel” era el producto de su esperanza, de su ciega esperanza en la magia de un mundo desprovisto de toda magia y entregado al método científico. Cuando leyó “Relojería para principiantes”, se sintió consternado. Habían elementos que se repetían entre su historia y la del protagonista, y entre la historia de amor de los dos, cada cual con su mujer desconocida. Buscó al autor ansiosamente, del modo en que tal vez debió hacerlo con su Isabel imaginaria, y lo más cerca que llegó fue hasta uno de sus supuestos mejores amigos, Andrés. “Debo preguntarte -le dijo a Andrés sentados en un bar, luego de buscar una excusa para conocerlo, e inventar una amistad completa con la única finalidad de llegar hasta este punto- ¿Tú conoces a Javier Velasco, cierto? Excelente... ¿Qué pasó con la mina de “Relojería para principiantes”? ¿Hablaron alguna vez?”. Andrés se quedó mirándolo fríamente por un tiempo quizás demasiado largo, meditadamente largo. Cuando habló, lo hizo de manera teatral, saboreando los silencios entre las palabras y mirándolo a los ojos como lo hubiese hecho Clint Eastwood en un momento similar, en medio de otro desierto y otra cantina. “Ese es un cuento; la mina no existe, el relojero tampoco. En este mundo en que tú y yo vivimos, la historia del cuento no termina nunca, no podemos saber qué pasó, porque de hecho no pasó, salvo por lo que ocurrió dentro de nosotros cuando se terminó el cuento. Tu historia es distinta, eso no tengo que decírtelo... tú te estás volviendo loco por esta mina, estás empezando a amarla de verdad, siendo que ni siquiera la conoces. ¿Sabes cómo es su voz al menos, de qué cosas habla, qué intereses tienen en común? Nada, Martín, no sabes nada, pero a veces te vas a poner a llorar y a veces te levantas más alegre, solo porque ella existe en tu vida más de lo que existiría si verdaderamente la conocieras.” Satisfecho, se hizo hacia atrás en el asiento, esperando respuesta. Martín se quedó en silencio, con la cabeza gacha. “Además -siguió Andrés, saltando sin aviso sobre su presa caída- Qué pasaría si tu “verdadero gran amor” pasara por delante tuyo y te dijera, “vámonos de este mundo, Martín”, o algo así... ¿La mandarías a volar bajo la excusa de que tu “Isabel” va a llegar alguna vez a casa, y tienes que estar ahi para esperarla? Imbécil. Ni siquiera sabes si existe tal cosa como el amor”. Martín levantó la mirada llena de ira, capaz de quemar el local entero. “Mira weón, no se quién eres, ni cómo sabes tantas cosas, pero a Isabel no me la toca nadie... quiero saber cómo averiguaste su nombre y quiero que me digas qué está pasando aquí” “No es su nombre, aweonao, no tiene nombre, no la conoces” “Eso da lo mismo, yo se que es ella la que va a venir a derribar las barreras que ustedes


están poniéndole a la vida, va a venir y va a decirme que nada importa, que todos los clichés están de más...”. Andrés se para lentamente, con una sonrisa en los labios y los puños apretados; da la vuelta a la mesa y le susurra algo al oído a Martín. Inmediatamente, todos desaparecen. No hay bar, no hay locura ni cordura, ni Isabel, ni Clint Eastwood ni Homecenter ni nada. Existe la perspectiva de una cámara subjetiva, mirando desde dentro de los ojos de alguien, o peor aun, desde ese lugar en el cerebro en que se proyectan las imágenes que registran los ojos. A la izquierda, un tambor usado como mesa, con un cenicero, un encendedor y una copa de vino tinto. Sobre el regazo, un computador abierto, y unas manos que escriben y que de repente, se topan consigo mismas.

Cartas a la Mujer Desconocida  

Relato de ficcion de Javier Velasco

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