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SUMARIO

Boletín Informativo n.º 12 Semana Santa de 2012 Edita: Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo de la Misericordia, María Stma. Madre de Dios en su limpia, Pura e Inmaculada Concepción y San Juan de Ávila “Las Escuelas”

*MENSAJE DE S.S. EL PAPA, CUARESMA 2012 *El pecado, el perdón y la Misericordia de Dios *PIADOSO REZO DEL SANTO VÍA CRUCIS *SOLEMNE FIESTA DE ESTATUTOS Y DEVOTO BESAPIÉ *SIMBOLOGÍA DE NUESTRO HÁBITO DE ESTATUTOS *NORMAS PARA LA PROCESIÓN PENITENCIAL *VESTIR LA TÚNICA PASO A PASO 1

Fotografías: Andrés Aldarias, Carlos Arcos, Francisco Galiano, Jaime Fotografos, Javier Ruiz Juan García y Pedro Salcedo


Procesión Penitencial del Santísimo Cristo de la Misericordia Lunes Santo, 2 de Abril

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ITINERARIO:

Salida a las 22´00 h. de la Capilla de San Juan Evangelista, San Juan de Ávila, Plaza de La Santa Cruz, Cuesta de San Felipe Neri, Sacramento, Plaza Palacio, San Juan Bautista, Plaza de Santa Clara, General Marchesis, Ballesteros, Puerta de Úbeda, Ancha, Rojo, Intendente Pablo de Olavide, Plaza de Cándido Elorza, General Cuadros, San Pablo, Entrada en la Carrera Oficial, a las 23´45 h. y salida a las 00´05 h., Plaza de España, San Francisco, Pasaje del Cardenal Benavides, Gaspar Becerra, Plaza de la Constitución (Ofrenda Floral al Triunfo de la Inmaculada Concepción), Portales Tundidores, Plaza de España, Barreras, Compañía, Plaza de La Santa Cruz, San Juan de Ávila y Capilla de San Juan Evangelista a las 1´10 h.


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MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2012. «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24) Queridos hermanos y hermanas La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual. Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal. 1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano. El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por

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la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66). La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza. El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás,


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pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros. 2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad. Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana. Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad

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no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

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3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad. Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras. Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10). Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica. BENEDICTUS PP. XVI


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El pecado, el perdón y la Misericordia de Dios La Iglesia nos exhorta siempre a la conversión con las mismas palabras de Jesús: «Conviértete y cree en el evangelio» (Mc 1,15), pues se acerca el tiempo de celebrar el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El misterio de la redención de Cristo pone de relieve que el amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado. Y el sacramento de la reconciliación es uno de esos momentos en los que, de modo más evidente, esta eficacia redentora de Cristo se hace personal y actual en la vida de cada uno de nosotros. Nos adentraremos en estas reflexiones que nos ayudarán a tomar mayor conciencia del amor de Dios en nuestras vidas y de la realidad del propio pecado; para, de este modo, valorar y vivir mejor el sacramento de la penitencia. Después de un período de crisis progresiva de este sacramento en la vida de muchos cristianos, del que aun no nos hemos recu7 perado, empieza a crecer entre los fieles, especialmente jóvenes, y aun entre los mismos sacerdotes, una mayor conciencia de su importancia y necesidad. Lo pudimos ver en Roma durante la celebración del jubileo del año 2.000; en las JMJ, cuando el Circo Máximo se convirtió en un inmenso santuario de reconciliación para decenas de miles de jóvenes. Igualmente hemos visto en la JMJ de Madrid 2.012, el madrileño Parque del Retiro convertido en el confesionario más grande del mundo, en la “fiesta del perdón de Dios”, de su Misericordia hecha Sacramento. Allí, pudimos ver al Santo Padre el Papa, Benedicto XVI, predicando con el ejemplo; como de igual modo recordamos a nuestro amado Papa Juan Pablo II, sentado en un confesionario de San Pedro, administrando este Sacramento, don inmenso del Padre de las Misericordias. Sin embargo, es frecuente encontrar en no pocos bautizados, una mentalidad un tanto superficial en el modo de vivir este sacramento; y, en algunos casos, una concepción deformada de su verdadero significado. Sin llegar al escepticismo o a una postura de abierto rechazo, pueden darse diversas formas de rutina


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o de indiferencia, postergando frecuentemente esta práctica sacramental por respeto humano o pereza, e incluso abandonándola por períodos, a veces, demasiado largos. Estas circunstancias se deben principalmente a la pérdida del verdadero sentido del pecado, a la falta de experiencia personal del amor y de la misericordia de Dios en la propia vida, e incluso al enfriamiento u oscurecimiento y banalización de la fe. 1. El verdadero sentido del pecado en nuestra vida. El pecado no es solamente la trasgresión de un precepto divino o la cerrazón ante los avisos de la conciencia. Pecar es faltar al amor de Dios. El pecado consiste en el rechazo del amor de Dios, en la ofensa a Dios que nos ama inmensamente. «Contra ti, contra ti sólo pequé; cometí la maldad que tú aborreces» (Sal 51,6). El pecado de desobediencia de los ángeles, y de nuestros primeros padres, nació cuando empezaron a dudar del amor de Dios. Conspiraron contra Dios. Quisieron prescindir de Dios, se negaron a servir a Dios enfrentándose a su voluntad y a sus 8 designios de salvación y redención para con los hombres. Fue entonces cuando la inocente desnudez de un inicio se cambió en vergüenza y en temor de que Dios pudiese descubrirles tal como eran; y el Creador, garante de su felicidad, comenzó a ser desde ese momento su principal amenaza (Gn 3,1-10). Todo pecado, cualquiera que sea su género o calificación moral, es, en el fondo, un acto de desobediencia y desconfianza de la bondad de Dios (cf. Catecismo, 397). Entre los diversos pecados que podamos encontrar en nuestro pasado descubriremos, como una constante, esa voluntad de preferirnos a nosotros mismos en lugar de Dios; de construir nuestra vida sin Dios o al margen de Él; de anteponer nuestros bienes e intereses personales a su voluntad; de ver y juzgar las cosas según nuestros criterios, pero no según Dios. Sólo cuando se comprende el pecado en su verdadero significado, y sus consecuencias, se puede valorar y entender mejor el sentido y la importancia que las normas y preceptos tienen en nuestra vida. La ley de Dios no es una limitación de la libertad humana, sino una ayuda que la protege y la hace posible, pues sólo quien camina en la verdad es plenamente libre (Jn 8,32). El cristiano,


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guiado por su razón iluminada por la fe, descubre detrás de una determinada norma del decálogo o de una disposición de la Iglesia, la expresión concreta de la voluntad de Dios que, como buen Padre, busca lo mejor para sus hijos, aun a costa de muchas lágrimas (Hb 12,5-13). Cada una de las normas custodia una serie de valores y de bienes profundamente humanos; en cada una resuena el eco de una llamada de Dios a seguirle, se fija una señal que delimita el camino de la felicidad y la realización del propio destino eterno. La vida moral del cristiano no es, por tanto, la sumisión ciega a un conjunto de leyes, sino la adhesión de la propia voluntad al querer de Dios, como respuesta personal de amor a Él. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15). De esta consideración se desprende la grave obligación moral de un ejercicio serio de comprensión y profundización en las verdades de la fe cristiana y en sus exigencias morales, que sólo se logrará con el estudio, la reflexión y la oración constantes. Sólo entonces se podrá repetir con el salmista: «Hazme entender, para guardar tu ley y observarla de todo corazón (...) y me deleitaré en tus mandamientos, que amo mucho» (Sal 118,34.47). El amor, pues, representa la motivación fundamental que simplifica toda «la ley y los profetas» (Mt 22,34-40), y la única fuerza que suaviza la carga y hace dulce el yugo del seguimiento de Cristo (Mt 11,30). ¡Qué poco nos duele a veces el pecado! ¡Con cuánta facilidad vendemos nuestra primogenitura de hijos de Dios al primer postor que se cruza en nuestro camino…!! ¿Creemos de verdad en la vida eterna? Nos duelen mucho las ofensas que los demás nos hacen, pero nos importa muy poco el dolor que infligimos al Corazón de Cristo con nuestro comporta- 9 miento. Cuidamos demasiado nuestra imagen ante los hombres y olvidamos fácilmente esa otra imagen de Dios que llevamos esculpida en nuestro ser. Buscamos salvar las apariencias, pero nos esforzamos poco por salvar la propia alma y por construir nuestra vida ante Aquel, que como diría San Juan de Cruz “al atardecer de la vida nos examinará en el Amor”. Lamentablemente para muchos el pecado no supone una gran desgracia ni un grave problema, como podría serlo la pérdida de la posición social o un fracaso económico… etc.. La mentalidad del mundo secularizado, materialista y hedonista se nos filtra, casi


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sin darnos cuenta, y va cambiando poco a poco nuestra escala de valores. Nos preocupan mucho los problemas materiales -el hambre, la pobreza, las injusticias sociales, la ecología y las especies en vías de extinción… y con facilidad nos solidarizamos para remediarlos, y está bien. Pero pocas veces prestamos la misma atención y nos movilizamos para socorrer a los demás en sus problemas espirituales y morales, que son la causa de la verdadera miseria del hombre. Vemos en el Evangelio cómo Jesús, “al ver la fe de aquellos hombres” primero le dice al paralítico, “tus pecados te son perdonados” y después lo sana, ante la murmuración e hipocresía de los escribas..(Mc. 2, 1-12) A Cristo lo primero que le preocupa es la salud del alama, después la del cuerpo. El mundo ahoga nuestra sed de trascendencia en el horizonte de lo inmediato, y nos impide percibir que «el amor de Dios vale más que la vida» (Sal 62,4). ¿Qué pasaría si Dios me llamara a su presencia en este momento: me encontraría con el alma limpia y las manos llenas de buenas obras? Debemos meditar también sobre las consecuencias del pecado, si no restituimos con amor y gratitud, el Honor y la Honra que a Dios le son debidas, y no nos lavamos confiadamente en la preciosa sangre y agua de su Corazón Misericordioso. 2. La experiencia del perdón y del amor misericordioso de Dios. Contemplar el rostro de Cristo: ésta es la consigna que el Santo Padre Juan Pablo II nos dejó en su carta apostólica “Novo Millennio Ineunte” (cf. nn. 1628). Fijar la mirada en su rostro significa dejarse cautivar por la belleza irresis10 tible de su amor y de su misericordia. «Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Salmo 26). Contemplemos a Cristo, Buen Samaritano, que se agacha hasta el abismo de nuestra miseria para levantarnos de nuestro pecado, que limpia y venda nuestras heridas, que se nos da totalmente sin pedirnos nada a cambio (Lc 10,29-37). Cristo, que espera con paciencia nuestro regreso a casa, cuando nos alejamos azotados por las tormentas de la adolescencia y juventud.. o instigados por el aguijón del mundo y de la carne; y que nos abraza, nos llena de besos y hace fiesta por nosotros, porque estábamos perdidos y hemos vuelto a la vida (Lc 15,11-32). Cristo, el único inocente, que no nos condena ni arroja contra nosotros la piedra de su justicia, si confiados volvemos a Él. Cristo, que vuelve a mirarnos con amor, como el primer día de nuestra llamada, y que sigue confiando en cada uno de nosotros, a pesar de que el canto del gallo haya anunciado muchas.., muchas veces nuestra traición (Mc 14,66-72; Jn 21,15-19). Es maravilloso, es emocionante contemplar este amor y misericordia de Dios sobre cada uno de nosotros; su sola experiencia es suficiente para cambiar nuestra vida para siempre, bástenos mirar a Cristo Crucificado,


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a Nuestro Señor de la Misericordia. El amor de Dios nos confunde. Nos cuesta pensar que Dios pueda amarnos sin límites y para siempre; que su perdón nos llegue total y absoluto, aunque seamos conscientes de lo que hacemos cuando cometemos un pecado..; que nos siga perdonando. Él no nos trata como merecemos; su amor no es como el nuestro, limitado, voluble, interesado. Él perdona todo y para siempre. Cristo Jesús, sólo necesita de nosotros una cosa, la sinceridad de nuestro arrepentimiento y el dolor, la pena, de haber ofendido su Bondad y Majestad infinitas. Él nos conoce perfectamente y, aunque cometamos el peor de los pecados, nunca se avergonzará de nosotros. Así es Dios, un océano, una infinitud de bondad, de amor: «Aunque pequemos, tuyos somos, porque conocemos tu poder» (Sab 15,2). Incluso en el pecado seguimos siendo sus hijos y podemos acudir a Él como Padre. Sólo quien ha contemplado y meditado, quien ha experimentado per11 sonalmente este amor de la Divina Misericordia en carne propia es capaz de vivir en permanente paz, de levantarse siempre sin desalentarse, de tratar a los demás con el mismo amor, la misma comprensión y paciencia con la que Dios le ha tratado. No nos engañemos, sólo quien vive reconciliado con Dios puede reconciliarse, también, consigo mismo y con los demás. Y para el cristiano el sacramento del perdón «es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo» 3. Necesidad de la mediación de la Iglesia. Al igual que al leproso del evangelio, también Cristo nos pide la mediación humana y de la Iglesia, su Cuerpo Místico, en nuestro camino de conversión y de purificación interior: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio» (Mc 1,40-45). Tenemos necesidad de escuchar de labios de una persona ungida y con-


Hermandad Penitencial del Stmo. Cristo de la Misericordia, María Stma. Madre de Dios en su Limpia, Pura e Inmaculada Concepción y San Juan de Ávila “ Las Escuelas” invita a todos sus hermanos y fieles en general al

PIADOSO REZO DEL SANTO VÍA CRUCIS

que tendrá lugar (D.m.) el próximo día MARTES 27 DE MARZO, A LAS 20:30 HORAS EN LA CAPILLA DE SAN JUAN EVANGELISTA DESDE LAS 19:00 HORAS nuestro Sagrado Titular estará expuesto en

DEVOTO BESAPIÉ

A LAS 21:30 HORAS

SUBIDA AL TRONO DEL STMO. CRISTO DE LA MISERICORDIA Baeza 2012

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Hermandad Penitencial del Stmo. Cristo de la Misericordia, María Stma. Madre de Dios en su Limpia, Pura e Inmaculada Concepción y San Juan de Ávila “ Las Escuelas”

SOLEMNE FIESTA DE ESTATUTOS que se celebrará (D.m.) el próximo día SÁBADO 31 DE MARZO EN LA CAPILLA DE SAN JUAN EVANGELISTA

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A LAS 20:00 HORAS Predicará la Palabra de Dios el

Rvdo. Sr. D. Mariano Cabeza Peralta

Participará la Coral Ntra. Sra. de los Remedios de Ibros, que interpretará la Misa Coral de San Pío X. Antes de comenzar la Misa se celebrará BENDICIÓN Y PROCESIÓN DE LAS PALMAS Durante la celebración esta Hermandad realizará PROFESIÓN PÚBLICA DE FE Al finalizar la ceremonia tendrá lugar el juramento de los nuevos hermanos a los que se les impondrá la Cruz de la Hermandad Baeza 2012


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sagrada, autorizada por Dios mismo bajo “el poder de las llaves”, las palabras de Cristo: «Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,11), «tus pecados te son perdonados» (Mc 2,5). Nadie puede ser al mismo tiempo juez, testigo y acusado en su misma causa. Nadie puede absolverse a sí mismo y descansar en la paz sincera. La estructura sacramental responde también a esta necesidad humana de la que hacemos experiencia todos los días. A este respecto, qué realismo adquieren las palabras que el sacerdote pronuncia en el momento de la absolución: «Dios, Padre de misericordia, que ha reconciliado consigo al mundo por la Muerte y Resurrección de su Hijo, y ha infundido el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, mediante el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre..». Es en este preciso momento, cuando el perdón de Dios borra realmente nuestro pecado, que deja de existir para Él. Sólo entonces brota en nuestro corazón la verdadera paz, que el mundo no pueda dar porque no le pertenece, al no conocer al Señor de la paz (Jn 14,27). La paz que nace del perdón sacramental es fuente de serenidad y equilibrio incluso emocional y psicológico. ¡He conocido personas que han consumido dinero, lo mejor de su tiempo y de sus energías, “buscando en las estrellas” la respuesta a sus problemas.., o recurriendo a prácticas esotéricas o a extrañas técnicas orientales han explotado la debilidad de esas personas, dejándolas más vacías y destrozadas que al inicio!¡ La solución a nuestros problemas la encontraremos únicamente en la fuerza curativa que emana del Corazón de Cristo! cuando se le «toca», se acude a Él, con fe, amor y confianza. En el sacramento de la penitencia, Cristo Jesús, el Cordero de Dios que quita el pe14 cado del mundo, «toca» nuestro corazón herido y lo sana, lo restaura, lo hace nuevo. No dudemos jamás del perdón infinito de Dios. Dejemos que Él transforme nuestras vidas, que su amor misericordioso sea el objeto permanente de nuestra contemplación, adoración y acción de gracias, de nuestro trato íntimo con Él. No nos cansemos de pedir todos los días la gracia sublime del conocimiento y de la experiencia personal de este amor misericordioso. Confiemos y adoremos su Divina Misericordia,; la misericordia de Dios es nuestra esperanza, en ella somos, “en ella nos movemos y existimos”, ella nos espera en el abrazo eterno del Padre. Cristo ha pagado, en sangre, el precio debido por nuestros pecados, suya es la victoria sobre el poder del pecado y de la muerte. Con su Resurrección nos ha abierto las puertas a la vida, en nosotros está entrar a gozar de la bienaventuranza eterna o quedarnos fuera para siempre. Vocalía de Culto y Espiritualidad


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SIMBOLOGÍA DE NUESTRO HÁBITO DE ESTATUTOS Nuestro hábito de estatutos se compone de sotana de cola de dos metros de largo en sarga negra y antifaz de igual tejido y color sostenido por un capirote de un metro de altura del que prescindirán los hermanos que porten cruces. Sobre el antifaz irá bordado a la altura del pecho el Sagrado Corazón de Jesús como máxima expresión de la Misericordia de Cristo. La sotana va ceñida por una correa de cuero negro bajo la que se recoge la cola en el costado derecho y de la que cuelga en el lado izquierdo una disciplina del mismo material. Como calzado los hermanos llevarán esparteñas de color negro y calcetines del mismo color. Asimismo, bajo el antifaz, será imprescindible llevar sobre el pecho la Cruz de madera con el cordón blanco y negro de la Hermandad. Los niños menores de 12 años vestirán de monaguillos con la misma sotana negra pero sin cola y sobre ella un roquete de color blanco con la cruz y cordón de la Hermandad al cuello. Como calzado también llevarán esparteñas de color negro y calcetines del mismo color. Las niñas llevarán el pelo recogido con lazo negro. Pues bien, cada elemento de los que componen nuestro hábito penitencial tienen un significado y un por qué. La sotana, en clara alusión a San Juan de Ávila, es sin botones, se abre por delante hasta la cintura y por detrás tiene un fuelle para darle mayor amplitud en el bajo. Es sin bocamangas y con cuello de tirilla. La sotana es de cola (en algunos casos los sacerdotes han utilizado sotanas de cola) y en el caso de los penitentes su uso surgió en los hábitos de los nazarenos del siglo XVI que diferenciaban a los hermanos de luz (los que portaban cirios) de los de sangre (disciplinados, empalados o aspados). Es un componente cargado de simbolismos piadosos y penitenciales propios del Concilio de Trento. Siendo múltiples estos simbolismos, se pueden dividir en cuatro. El primero se refiere a la limpieza espiritual del penitente que en su andar deja atrás sus pecados identificados con la cola que a su vez se impregna de la suciedad de las calles que simboliza las inmundicias y vilezas de este mundo con las que el espíritu se mancha y padece. El segundo también tiene que ver con la limpieza del pecado, pues la suciedad física y espiritual que recogen las colas crea la pulcritud necesaria para que pase la Sagrada Imagen que tras ellos viene. La tercera es un símbolo empleado a la hora de la muerte, pues en su origen, era empleada la cola para cubrir a los hermanos fallecidos de pies a cabeza, de ahí su longitud. Y por último también es símbolo de luto y duelo utilizado en los entierros del barroco, donde los dolientes arrastraban sus ropas para que se ensuciaran y mancharan como signo del sufrimiento que estaban padeciendo. Recupera también nuestra Hermandad con este hábito de cola, un elemento muy baezano rico en su simbología y que utilizaron muchas Hermandades penitenciales en nuestra ciudad, que poco a poco fue desapareciendo y que a día de hoy tan sólo ha

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conservado la Cofradía de El Paso. La sotana se ciñe con un cinturón de cuero negro del que cuelga una disciplina como referencia al título de Penitencial que ostenta esta Hermandad. El capirote de un metro de altura, también tiene su simbología, ya que se les colocaba antiguamente a los ajusticiados como forma de escarnio y castigo. Estos capirotes que apuntan al cielo, al cielo que quieren alcanzar, son llevados ahora por los penitentes que de esta manera simbolizan la muestra de arrepentimiento por sus pecados. La túnica nos iguala en nuestra penitencia, es el símbolo de nuestra humanidad, de nuestra mundanidad arrepentida; el esbelto capirote representa nuestras ansias de ascender en busca de la divinidad; son nuestras esparteñas negras el mínimo calzado de peregrino y nuestra disciplina, el emblema cuaresmal de la penitencia. Revestidos con la túnica fortalecemos nuestro sentimiento de identidad. Igualados en la vestidura manifestamos nuestra unidad. Con la túnica manifestamos nuestro espíritu penitencial y abandonamos nuestro ego al menos durante unas horas. El hábito indica una pertenencia: somos miembros de una fraternidad viva, una hermandad; es más, somos y nos sentimos sólo de Él, de Jesús Misericordioso. Además, hay razones teológicas y bíblicas para el uso de un hábito penitencial. Ya en el Antiguo Testamento se nos muestra como el Rey David se vistió de sayal y se cubrió de ceniza para hacer penitencia por su pecado y reparar por sus crímenes. También el mismo Jesús en el Evangelio nos dice: “…cuando oréis, no seáis como los hipócritas que se muestran en las calles y plazas públicas, para que los vea la gente, tú cuando ores, entra en tu habitación, donde tu Padre ve en lo escondido y, tu Padre que ve en lo escondido sabrá de tus buenas obras...”. Con esta palabra de Dios, en la liturgia del Miércoles de Ceniza, se abre el tiempo cuaresmal. Revestidos con nuestra túnica somos nosotros mismos por completo, en cuerpo y espíritu. Ayudados por la uniformidad y el anonimato de la túnica manifestamos nuestra coherencia en la Estación de Penitencia, mostrándonos todos iguales ante los hombres sin distinción de edad, sexo, condición social, situación económica, etc. ; y unidos en espíritu ante Dios mediante la oración y la penitencia vamos vestidos de espíritu. No hace falta pregonar nuestros nombres en ese momento, no tiene sentido. Todos somos uno, y Él nos conoce por nuestro nombre. Será entonces cuando nuestro sencillo hábito negro se convierta en símbolo de nuestra vida. No somos personas distintas el Lunes Santo revestidos con la túnica, si no que, ayudados por esta experiencia penitencial y espiritual que vivimos durante unas horas, tenemos después durante todo el año que poner en práctica y demostrar en la calle, en la casa y en el trabajo, nuestra identidad y convicciones como cristianos y cofrades.


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NORMAS PARA LA PROCESIÓN PENITENCIAL Al igual que para hacer de forma adecuada la Procesión de Penitencia se requiere una previa preparación espiritual, también en los aspectos externos no es menos cierto que se requiere una debida preparación. El carácter austero y de silencio de nuestra Hermandad conlleva necesariamente la importancia de vestir correctamente el hábito de estatutos así como el estricto cumplimiento de una serie de normas en nuestra Procesión. - Cada nazareno o penitente representa a nuestra Hermandad, por lo que hemos de ser responsables y celosos cuidadores de la imagen que transmitimos con nuestra presencia y actitud. - El SILENCIO, recogimiento y perfecto orden son señas de identidad de nuestra procesión que debemos cumplir obedeciendo con humildad en todo momento las indicaciones de los celadores. - Antes de la procesión deberemos haber participado en la celebración de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. - VESTIR LA TÚNICA IMPECABLE Y CORRECTAMENTE. LA COLA IRÁ RECOGIDA EN EL LADO DERECHO Y LA DISCIPLINA DE LA CORREA EN EL IZQUIERDO. BAJO EL ANTIFAZ SERÁ IMPRESCINDIBLE LLEVAR LA CRUZ DE LA HERMANDAD SOBRE EL PECHO. EL CALZADO SERÁ ESPARTEÑAS NEGRAS Y CALCETINES DEL MISMO COLOR, SI OPTA POR IR 17 DESCALZO LO HARÁ SIN CALCETINES. - Para mantener el anonimato NO SE PERMITEN ojos maquillados, uñas pintadas, móviles encendidos, pulseras, relojes o anillos, salvo la alianza matrimonial. Está terminantemente prohibido comer, beber o fumar durante todo el recorrido. - Los hermanos irán de su casa a la Iglesia y de regreso por el camino más corto, con el antifaz cubriéndole la cara, en absoluto silencio, sin detenerse ni entrar bajo ningún pretexto en ningún lugar. Los hermanos que vivan lejos podrán vestir la túnica en la sacristía de la Iglesia, llevándola oculta y con el mayor respeto. - LOS HERMANOS DEBERÁN ESTAR CON PUNTUALIDAD EN LA CAPILLA DE SAN JUAN EVANGELISTA A LAS 20:45 HORAS DEL LUNES SANTO YA QUE A LAS 21:20 LAS PUERTAS DE ACCESO AL TEMPLO SE CERRARÁN. La entrada y salida del Templo se realizará con orden y silencio por la PUERTA DEL PATIO DE LA UNIVERSIDAD, debiendo mostrar su papeleta de sitio.


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- HERMANOS MONAGUILLOS Estarán con puntualidad a las 20:45 HORAS EN EL COLEGIO DE LAS MM. RR. FILIPENSES donde se formarán para salir en procesión a las 21:30 hasta la Capilla de San Juan Evangelista. Los niños estarán bajo la atención y cuidado de varias personas responsables de la Hermandad. Igualmente deberán mostrar su papeleta de sitio. - HERMANOS CON CIRIO Al llegar a la Iglesia el hermano será revisado en su vestimenta y cuando sea nombrado por el vocal de Manifestaciones Públicas responderá en voz alta ¡ESTÁ!, se le entregará el cirio y ocupará su lugar en la procesión no pudiendo ya volver la cabeza hacia atrás, ni siquiera a uno u otro lado. Al salir de la Capilla los hermanos irán con el cirio bajado en posición vertical a escasos centímetros del suelo y cuando el Stmo. Cristo de la Misericordia haya atravesado la puerta del templo lo subirán a la cintura a instancias de su celador de tramo. Para bajar al suelo o subir los cirios a la cintura durante la procesión, se hará siempre desde adelante (cruz guía) hacia atrás, es decir, el hermano subirá o bajará el cirio cuando el nazareno que le precede lo haga y siempre bajo las órdenes del celador de tramo.

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Al regresar a la Capilla los hermanos harán una breve pausa bajo el dintel de la puerta y bajarán el cirio a escasos centímetros del suelo en posición vertical. Los hermanos se irán disponiendo a ambos lados de la nave del Templo, siempre sin descubrir su rostro y con el cirio encendido para que pase el Stmo. Cristo de la Misericordia hasta el Altar Mayor y se dé por finalizada la procesión penitencial. - HERMANOS DE LUTO Los hermanos que no vistan el hábito de estatutos, acompañarán en filas detrás del Stmo. Cristo de la Misericordia vestidos de riguroso luto, con la cruz de la Hermandad sobre el pecho. LOS NIÑOS QUE NO VISTAN DE MONAGUILLOS, irán igualmente vestidos de riguroso luto con la cruz de la hermandad sobre el pecho y TENDRÁN QUE IR OBLIGATORIAMENTE ACOMPAÑADOS DE UN ADULTO, el cual se responsabilizará de ellos durante todo el transcurso de la procesión. -QUEDA TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LLEVAR UN INCENSARIO en la procesión que no sea propiedad de la Hermandad. - Contravenir cualquiera de estas obligaciones supone renunciar a formar parte de la procesión o la expulsión de la misma.


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Misericordia PAPELETA DE SITIO

Con el propósito de conseguir en la Procesión de Penitencia el mayor orden y la seriedad que caracterizan a nuestra Hermandad, para poder participar en ésta, los nazarenos, monaguillos y costaleros habrán de retirar, previa entrega de una limosna voluntaria, la papeleta de sitio que será expedida con carácter de nominativa e intransferible por la Junta de Gobierno, especificándose en ella la insignia o elemento con la que el hermano acompañará al Santísimo Cristo de la Misericordia, así como las instrucciones relativas a su comportamiento antes, durante y después de la Estación de Penitencia. El reparto de papeletas de sitio se efectuará desde el lunes día 26 de marzo hasta al sábado 31 del mismo mes, de 20:00 horas a 21:00 horas en la Capilla de San Juan Evangelista. Los tramos de nazarenos estarán organizados por riguroso orden de antigüedad en la Hermandad y posteriormente también de salida en años anteriores en la Procesión de Penitencia. En caso de no salir tres años en la Procesión de Penitencia del Lunes Santo sin causa justificada, perderá su derecho de antigüedad en la Procesión de Penitencia. Los costaleros también tendrán que retirar su papeleta de sitio y conservarán de esta manera su antigüedad para salir en los tramos de penitentes. El esquema de organización de la Procesión de Penitencia con el número de orden de cada hermano, estará expuesto en el cancel de nuestra Iglesia de San Juan Evangelista a partir del Sábado de Pasión, para información de todos los hermanos. Ningún hermano adquirirá derecho alguno a figurar o tener un lugar en la Procesión de Penitencia con insignia o puesto determinado, salvo por su cargo en la Junta de Gobierno, derecho que perderá inmediatamente cuando salga de ella. Para los hermanos que quieran retirar su papeleta de sitio pero se encuentren fuera de nuestra ciudad existe la posibilidad de enviar la siguiente reserva al correo electrónico de nuestra Hermandad: escuelasbaeza@hotmail.com

Reserva de Papeleta de Sitio Sr. Secretario de la Hermandad Penitencial del Stmo. Cristo de la Misericordia, María Stma. Madre de Dios en su Limpia, Pura e Inmaculada Concepción y San Juan de Ávila “Las Escuelas” D./Dña.………………………………………………………………………………………………………................ hermano de esta Hermandad Penitencial, solicita a Vd. la reserva de la PAPELETA DE SITIO, para acompañar a nuestro Sagrado Titular en la Procesión Penitencial en la noche del Lunes Santo, día 2 de abril de 2012, deseando figurar en el cortejo como………………………………………………………..... En……………………. a………

de……………………………………….. de 2012

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VESTIR LA TÚNICA PASO A PASO 1- Estirar la cola, luego doblarla longitudinalmente por la mitad y echarla por delante de los hombros de la sotana, donde se podrá fijar provisionalmente con unos alfileres, cuidando siempre que el bajo quede totalmente parejo a todo el alrededor. Se puede hacer con la túnica colgada o con la ayuda de otra persona.

2- Vestir los calcetines negros, remangarse los pantalones y calzar las esparteñas.

3- Colocarse la sotana con el extremo de la cola doblada sobre los hombros, abrocharla y arreglar debidamente el cuello y los puños. 20

4- Colocarnos la correa con la disciplina en el costado izquierdo. En el caso de no llevar cirio le quitaremos previamente la cincha de apoyo.

5- Retiraremos los alfileres que sujetan la cola a los hombros de la sotana y la dejaremos caer desplazando el extremo hacia el costado derecho en el que debe ir la cola. La cola siempre ha de pasar bajo la correa, que la recogerá.


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6- Seguidamente nos colocaremos la cruz de la Hermandad al cuello sobre la sotana. 7- Cuidaremos y revisaremos en ese momento que nuestras manos no lleven nada, salvo la alianza matrimonial. Tampoco uñas pintadas ni ojos maquillados. 8- En este momento guardaremos la papeleta de sitio en un lugar seguro para presentarla en la puerta de la Capilla. 9- A continuación prepararemos el antifaz y nos lo colocaremos sobre la cabeza cubriendo el rostro. Es muy importante que el capirote quede perfectamente vertical. Ello depende del largo correcto de la malla. Si para ver correctamente el capirote debe quedar ligeramente inclinado hacia atrás, es señal de que la maya es algo corta, por lo que deberemos rectificarlo ligeramente -prolongando 1 o 2 cm su punta- y ello no 21 sólo por lo antiestético, sino por la incomodidad innecesaria que ello supone. 10-Una vez vestido total y correctamente, nos dirigiremos a la Capilla, totalmente cubiertos y cumpliendo las normas.

IMPORTANTE: Se recuerda a los hermanos la obligación de vestir la túnica correctamente y en un estado impecable. Para ello serán revisados y ayudados por su celador de tramo al llegar a la iglesia. La túnica tendrá que estar planchada y en caso de que fuera necesario lavarla, se recuerda que hay que retirar el escudo bordado del antifaz. Si la túnica estuviera manchada de cera habrá que retirársela o bien en una tintorería o colocando un papel de estraza sobre la zona manchada y pasándole la plancha caliente sin vapor.


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Boletín Misericordia 2012 - Baeza  

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