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JAVIER MARÍAS


Nació en Madrid en 1951. Estudió Filosofía y Letras. Ha sido profesor en Oxford y en la Complutense de Madrid. Se inició en la literatura a los 17-18 años con Los dominios del lobo, aparecida en 1971 y apadrinada por Juan Benet. Antes de la aparición de esta ágil y juvenil novela, Marías ya había escrito algún relato (como La vida y la muerte de Marcelino Iturriaga, incluido en Mientras ellas duermen y escrito con 15 años) . Su consagración como novelista llegó a partir de Corazón tan blanco, probablemente su mejor obra, que ha sido traducida a decenas de lenguas y fue un éxito arrollador en Alemania y Francia. El crítico alemán Marcel Reich-Ranicki, auténtico gurú literario en su país, lo consideró uno de los mayores autores vivos del mundo. A su siguiente novela, aparecida en 1994, Mañana en la batalla piensa en mí (título tomado de un verso de Shakespeare, al igual que Corazón tan blanco), le llovieron los premios en Europa y América. Por cierto que la aparición de esta novela le valió algún toque de atención en España, a causa de un episodio en el que satirizaba al rey Juan Carlos. A pesar de su éxito de crítica y público (o quizá a causa de ello), a Marías no le faltan los detractores. Umbral, en su diccionario de literatura, lo llamó angloaburrido, y algunos lo consideran poco español (!?) y extranjerizante. Además de su actividad como novelista y cuentista, ha publicado artículos, antologías e importantes traducciones que también han sido reconocidas y galardonadas, como su versión del Tristam Shandy de Sterne. Entre sus predilecciones literarias figuran Juan Benet, William Faulkner, Vladimir Nabokov, Lawrence Sterne y Joseph Conrad (del que tradujo El espejo del mar). *Nos manda el siguiente texto:

Lo más desazonante de acabar una novela es, con todo, la idea de clausurar un mundo más o menos ficticio que uno ha mantenido abierto durante meses o años, y en el que ha pasado parte de cada día de un muy largo tiempo. En las


jornadas siguientes hay una sensación de despedida y también de no pisar ya terreno firme. Uno ve la máquina y siente el impulso de ir hacia ella, hasta que en seguida se acuerda de que ya no lo llama. En realidad no suele haber ningún motivo demasiado poderoso para cerrar una novela ni un mundo, seguramente es sólo el cansancio. Todo podría continuar, y la prueba es que aquellos autores que lo permitieron, como Conan Doyle con su universo de Sherlock Holmes, hubieron de matar al personaje para poder detenerse y salir del encantamiento. Otro tanto podría haber sucedido con Don Quijote, cuyas aventuras y voluntaria locura no tenían un fin obligado, si acaso el del propio Cervantes o el de sus lectores. Y sin embargo lo natural es cerrar, y uno sabe entonces que lo probable será no volver a encontrarse con las criaturas de papel y tinta que lo acompañaron durante tanto tiempo, ni proseguir su historia. Pero todavía hay algo más raro al término; la repentina conciencia de que lo que aún era secreto y sólo proyecto hasta hace bien poco, vaya a ser compartido muy pronto por cualquier con treinta francos en el bolsillo.

Javier Marias  

Mentir bien la verdad

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