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Un hombre y su paraguas Nicolás Santamarianova 2do A Ese hombre de aspecto formal, respetuoso, sereno, pero al mismo tiempo distante apareció inesperadamente en la esquina y caminaba tranquilo entre la multitud de personas inquietadas por las oscuras y amenazantes nubes que rápidamente cubrían el cielo. El día era muy frío, había un aire helado que te dejaba petrificado y con dificultades para siquiera poder mover un dedo sin un abrigo el cual protegiera. Al rato, una gota cayó lentamente en su frente, una gota transparente, pura y fría, que trajo con ella a sus compañeras. Empezó a llover. Las personas se apresuraban para irse a sus casas y resguardarse del terrible día. En realidad, todos menos el hombre que se quedó parado mirando para arriba, como deseando sentir la caída de las gotas. Al final, únicamente estaba él, contemplando el oscuro y tormentoso paisaje de los suburbios de la tenebrosa ciudad, calmado por el agua que caía del cielo. Yo no podía entender al hombre, que se quedó parado bajo la lluvia. No lo conocía. Me dispuse a bajar a la calle bien abrigado y con un paraguas porque tenía la curiosidad de saber por qué se había quedado estancado ahí sin hacer nada. Al llegar al hall de entrada de mi edificio, el cual estaba en un terrible estado, el hombre se dio vuelta y se me quedó mirando. Esa mirada me dejó paralizado, pero tenía que abrir la puerta y moverme para no quedar mal. Cuando me acerqué me saludó, como si nos conociéramos, pero nunca lo había visto en mi vida. Yo le respondí el saludo. Me atreví a preguntarle: -¿Por qué se quedó bajo la lluvia? ¿No teme mojarse? -¿Temer?....-respondió-¿A mojarse?- empezó a reírse como si le hubiera contado un chiste y la verdad es que me sentí muy incómodo- ¡Por favor, es solo una lluvia! , ¿Qué puede hacerle a uno eso que sea tan malo para no quedarse a disfrutarla? -Pero… ¿Qué puede uno disfrutar de la lluvia? -Mmmm….- permaneció pensando durante un tiempo hasta que vino su respuesta- No sabría decirle, solo sé que me gusta. Lo que me dijo no sació la intriga que tenía y empezaba a molestarme. El cielo, si es que se podía llegar a ver, estaba furioso, las nubes se movían hasta arremolinarse, los árboles se agitaban, y las hojas que se desprendían los acompañaban en esa rápida y violenta danza. Pero a pesar de eso yo seguí insistiendo: - ¡Tiene que haber algo que le haga disfrutar!- levanté la voz- ¡No puede sólo quedarse ahí nomas porque sí! -Bueno, bueno… ¿Pero no pensó que quizás yo no quiero contarle?-respondió. -Pero recién usted quería responderme. -Quizás cambié de opinión. -Así que… ¿No vas a contarme nada?


-No-dijo. -Por favor, la intriga me está matando. -Ya le dije, es que solo me gusta andar por la lluvia, eso es todo. No podía creer lo que estaba diciendo, “sólo me gusta andar por la lluvia”, me iba a volver loco. Ese hombre rompía con lo que se podría llamar “normal”, alguien de su edad y conciencia, supuestamente, correría para no mojarse, ya comenzaba a enojarme. Al mirar al cielo otra vez vi que de las nubes salían relámpagos y truenos, creando un espectáculo de luces, seguidos de sonidos ensordecedores, que me llevaban otra vez al oscuro, angustiante y tormentoso día. La lluvia, el agua, armonizaba el entorno, dejándome sereno. Luego la idea de que alguien me estuviera tomando el pelo de semejante manera volvió a mi cabeza y estaba perdiendo mi paciencia: -¡Ya está! ¡Me cansé! ¿Intriga? ¡Al diablo con eso! -Pero que irrespetuoso-exclamó el hombre -¿Perdón?-respondí. -Se me había ocurrido una idea de porque no es malo quedarse parado bajo la lluvia… pero si me va a interrumpir de esta forma mejor no le digo. Este hombre estaba loco, o algo parecido. ¿Cómo me puede torturar de esta manera, intencionalmente o no? -Se me fueron las ganas de quedarme,-dijo- adiós señor. - Eh…bueno… adiós… -Ah, dos cosas- se dio vuelta y me miró- La primera: Si en verdad quiere saber el por qué lo hago, primero pregúntese “¿Por qué uno piensa que no puede?” mire a su alrededor, luego responda la pregunta… Segundo: dejó caer su paraguas hace varios minutos. Tantas molestias, tantos malentendidos, sólo para que me dijera esas dos cosas que no me servían de nada. Pero el hombre tenía razón. Al mirar hacia abajo, mi paraguas estaba en la húmeda y maltratada calle, en la cuál se hacían charcos cristalinos pero de fondo negro dándole cierto toque de profundidad y que dejaba ver cómo millones y millones de gotas idénticas chocaban con ellos y formaban ondas que se expandían en todo el charco. Esto me tranquilizó. Al agarrar el paraguas el hombre ya se había ido, y yo satisfecho ingresé en el edificio, tomé el ascensor y entré a mi departamento. La lluvia había cesado.


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