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EL SER, EL TIEMPO Y LA MEMORIA La época de la imagen del mundo y Mnemosyne; Heidegger y Warburg.

En este texto trataré de desarrollar alguna de las ideas a las que volví insistentemente después de haber leído la conferencia sobre “la época de la imagen del mundo” de Martin Heidegger. Ideas que desde el inicio me parecieron altamente sugerentes y que a su vez no alcancé a comprender del todo. Esta sensación, quizás justificada por el carácter críptico y poético del texto, sigue ahí, muchas semanas después de la primera lectura. Pese a seguir sintiendo esquiva la verdadera razón del texto las idas y venidas -como se verá en los siguientes argumentos- son constantes. Retomando las ideas de Heidegger podemos entender que el hombre, en el momento del nacimiento, es arrojado a la existencia. De un modo similar, según he entendido, al que una gota de agua es arrojada al mar o un suspiro al viento. Quiero decir que la substancia metafísica del medio y la naturaleza del individuo parecen ser similares. En ambos casos temporales. Un intervalo de tiempo infinito arrojado al mismo tiempo, que sólo puede acabar con la muerte (imposible hasta que acontece). El tiempo en el tiempo, que a su vez es el mismo tiempo. El movimiento, la posibilidad de, el eterno potencial. Partiendo de esta premisa y aunque sea redundante repetirlo, el tiempo se convierte en el elemento fundacional del razonamiento. Ahora bien, si el ser humano es, por su naturaleza racional, incapaz de vivir en el momento presente; si su necesidad de cubrir el mundo bajo una malla de relaciones causales le lleva a vivir irremediablemente en un tiempo posterior al que acoge la naturaleza fenomenológica de su cuerpo; el distanciamiento que esta premisa representa lo condena a la incapacidad de relacionarse con lo presente. Lo condena a la necesidad de lidiar con imágenes, con abstracciones que corresponden a aquello que las cosas fueron y a aquello que presumiblemente llegarán a ser. Este distanciamiento inevitable corresponde a la no acomodación al tiempo. Y a la condición conflictiva de este debe su razón de ser el hecho de que haya permanecido como uno de los misterios más estudiados de la filosofía. Ahora bien, en este presumible devenir de permanentes potenciales al que el individuo esta condenado ¿qué es lo que determina la naturaleza de estos? Quiero decir, ¿en que consisten dichas potencialidades? ¿Qué determina aquello que las cosas fueron y aquello que puedan llegar a ser? Teniendo en cuenta las consideraciones expuestas, todo conduce a pensar que esta responsabilidad debería recaer sobre la memoria. Pero, ¿qué memoria? [Aún no he podido leer El ser y el tiempo aunque, en estos momentos, lo tenga entre las manos. Espero empezarlo a leer la próxima semana. Digo esto para disculpar mis palabras en caso de que atribuya a Heidegger consideraciones que no le corresponden exactamente o que fantasee con observaciones que ya han sido propuestas por el mismo autor.] El acercamiento a las imágenes en tanto que talismanes de memoria esta muy en boga en la actualidad. Son muchos los que han utilizado este principio para fundamentar sus estudios y la mayor parte de ellos se reconoce deudora del legado de Aby Warburg, al que considera el referente primero. En la asignatura de historiografía del arte tuve la oportunidad de preparar una presentación sobre Warburg y la persistencia


de las inquietudes mostradas en los primeros párrafos me llevó a orientar el trabajo en la misma dirección. Quise conocer el acercamiento del autor al concepto de tiempo y el modo en que dicho concepto subyacía en su obra más importante: el Atlas Mnemosine (con el permiso de su biblioteca). Junto al texto, presento el esquema que he dibujado para sintetizar el camino de dicha investigación. Los paneles que forman el Atlas Mnemosyne son una suerte de composición a base de imágenes de obras de arte sobre un fondo negro, neutro. A dichos paneles se confía la capacidad de contener la memoria (o una porción esencial de esta) de la historia del arte, en su campo semántico mas amplio. Aunque, en primera instancia, pueda parecer un planteamiento frívolo y ingenuo, nada más lejos de la realidad. Warburg entrego su vida a la causa del proyecto y las vicisitudes de este (entre otras cuestiones), lo alteraron de tal modo, que llegó que ser ingresado en un centro de salud mental. Con ello quiero decir que la complejidad y la gravedad del discurso de Warburg merece una atención cuidadosa, más allá del juicio superficial. En la obra misma de Warburg se encuentra el conflicto que anunciaba unas líneas más arriba y su naturaleza aporética recae en la consideración dual del tiempo, en la disociación deliberada de éste y en el consecuente distanciamiento entre hombre y mundo. Recae, más incluso que en la consideración dual del tiempo, en los dos modos de memoria que de éste se desprenden. Esencialmente distintos y recíprocamente necesarios. Tanto Warburg como Heidegger sentían una estima y consideración muy alta por la cultura de la Antigua Grecia y la etimología, como nexo temporal, como acercamiento al origen, era un recurso ampliamente utilizado por ambos. En el caso de Heidegger, habiendo leído los textos propuestos en el curso, esta observación parece casi innecesaria. Y en el caso de Warburg, basta con llegar al título de su obra por antonomasia para sentir algo similar. Quisiera detenerme precisamente en este punto: en el título del Atlas Mnemosyne. Considero que, casi así como ocurre en una gota de perfume, el titulo de la obra esconde misteriosamente el enigma entero del conjunto. La problemática esencial; la suerte y la desdicha de la propuesta. La contradicción inevitable de la que emanan todas sus virtudes. A continuación trataré de esbozar un recorrido a lo largo de los distintos acercamientos al concepto de memoria que propusieron los pensadores de la Antigua Grecia. Dado que no estoy escribiendo un artículo académico (entre otras cuestiones, porque me faltan conocimientos para poder hacerlo) pasaré por alto algunas consideraciones y me ceñiré exclusivamente a aquellas imprescindibles para el propósito del texto. Si bien ya he mencionado la relación entre imagen y memoria, dicha relación no se encuentra todavía en las primeras teorizaciones de los pensadores de la Antigua Grecia. Vale la pena tener en cuenta que en dicho periodo el acercamiento filosófico a la memoria sufrió una transformación notable y que, las causas de ésta corresponden directamente a las causas de la problemática desarrollada en este texto. El punto de inflexión en el tratamiento de la memoria lo definió la necesidad de desvincular a ésta de lo divino y vincularla a lo humano. La necesidad de desvincularla del fugaz embriago que llevaba al poeta a la revelación y vincularla al ejercicio mundano de la construcción de imágenes. El Mito y el Logos: he ahí la dicotomía. De un lado Mnemosyne, la divinidad titánide vinculada a la memoria. Madre de las musas y pieza clave del panteón de los Titanes. Diosa femenina con la capacidad de la omnisciencia, de conocer lo acontecido y el porvenir de los hombres de un modo estático, al margen del tiempo. O al menos, mediante una concepción vertical de éste en la que los distintos acontecimientos se muestran


simultáneamente, sin guardar relaciones causales. Es esta condición de atemporalidad la que niega al hombre la posibilidad de acercamiento a la diosa por la vía de la razón. Precisamente, la mitología reserva este papel a un grupo muy reducido de humanos quienes, mediante un proceso de extrañamiento y embriaguez, son capaces de conectar, fugazmente, con la diosa de la memoria: los poetas. La bisagra entre el mundo temporal y el mundo atemporal. Entre la esclavitud del tiempo y sus incertidumbres y la eternidad estática y omnisciente. Entre las evidencias y su naturaleza oculta. Los poetas son presentados como aquellos que pueden, fugazmente, armonizar su existencia con el cosmos, con el no-tiempo. Del otro lado el eikon, la imagen. Fue en primera instancia Platón quien propició el divorcio entre el concepto de memoria humana y la condición de la diosa Mnemosyne. No haré referencia aquí al concepto de anamnesis según el cual todo aprendizaje corresponde a un ejercicio de memoria que conecta con el estado original del alma, desvinculada del cuerpo. Haré referencia al planteamiento del filósofo sobre los recuerdos que las experiencias dejan. A la huella. Hasta Platón, no se había considerado al recuerdo como la huella de una afección. Como, según la metáfora usada por el mismo filósofo, la impronta de un sello acuñado en un bloque de cera. Si bien este posicionamiento representa la primera tentativa de vincular la memoria al individuo, lo hace de un modo muy primario. El individuo, en este caso, adopta un papel casi anecdótico dado que asume un comportamiento del todo pasivo. El giro hacia la idea de memoria que, matizada, ha llegado a nuestros días, lo propuso poco más tarde Aristóteles. En los argumentos de este último, el recuerdo ya es tratado en tanto que imagen, en tanto que eikon. Y en consecuencia, dado que el recuerdo es una imagen, una construcción intelectual que persigue emular una afección, el papel del individuo resulta definitivo. Tras el discurso de Aristóteles, uno puede entender los recuerdos como ficciones, ya no como improntas. Como construcciones intelectuales que pretenden amoldarse a la naturaleza de los hechos. Warburg también empleó la imagen a modo de recuerdo pero lo hizo de un modo realmente complejo. Vale la pena recordar que dedicó la vida a la tarea de comprobar que el modo en que las distintas culturas habían imaginado las inquietudes, pasiones y horrores era parecido. Que las incertidumbres sempiternas de la condición humana habían construido imágenes similares. Y a su vez, confió a la imagen la capacidad de demostrar la supervivencia de dichas inquietudes a lo largo de la historia. Ahora bien, creo que la finalidad de las imágenes, como eikon, en el Atlas Mnemosyne, no era más que la mencionada. La de un ejercicio de comprobación, la de ofrecer una evidencia plausible. Sin embargo, cando uno ahonda un poco más en la propuesta, comienza enseguida a vislumbrar rastros, aquí y allá, de la otra cara de la moneda. En los paneles del Atlas se plantea una constelación. Un orden propio, con espíritu (pneuma, se encuentra también en la raíz etimológica de Mnemosyne). Se pretende una suerte de alquimia que permita acercar el espectador a un grado de consciencia superior. A una modesta y fugaz omnisciencia de la afección subyacente en las imágenes presentadas. La composición de los paneles del Atlas está realmente cuidada. Las distancias, los espacios, la posición en el plano: la poesía. Creo que Warburg, inmerso en la contradicción evidente a estas alturas del texto, trató de adoptar el rol del poeta. Quien resignándose al proceder imaginativo del ser humano, propio de su naturaleza, trata de acercarse a este de un modo poético. Trató de ir más allá de las imágenes a través de las imágenes. Entiendo que su propósito no era mostrar, así como en un museo, reliquias pertenecientes a otras épocas. Más bien pretendía, mediante las imágenes, mostrar la supervivencia, en las distintas formas, de la razón de ser del arte (o las razones), y quizás, de la existencia humana. Y, lo hizo precisamente desde el arte, porque veía en él la posibilidad más certera de generar estas imágenes.


A lo largo de todo proceso de investigación sobre el autor, tuve la certeza de que a él mismo confió una labor artística. El Atlas Mnemosyne no es un museo-almacén, en ningún caso. El Atlas desvela y asume los procederes pasados, descubriéndolos, en cierto modo, atemporales, y propone una experiencia poética. Por tanto, una experiencia autentica ligada al tiempo presente. En un primer nivel, utiliza la imagen en tanto que construcción intelectual (y en consecuencia, en tanto que pérdida). En un segundo nivel la utiliza en tanto que materia de sus composiciones. Y es a estas composiciones a las que confía la eficacia epistemológica, creyéndolas capaces de transmitir, de un modo más eficaz, las verdades subyacentes en las imágenes que ellas, por ellas mismas, no son capaces de transmitir. Tal vez haya llevado los argumentos demasiado lejos y no fuera este el propósito del autor. En todo caso, a mi juicio, el Atlas Mnemosyne presenta un ejercicio más que notable de creación artística. Asume la gran cantidad de imágenes ya generadas a lo largo de la historia y propone una nueva actitud filosófica ante ellas. De esta reflexión puede desprenderse la idea de que el modo en que el Atlas Mnemosyne se enfrenta las imágenes responde fielmente a la idea de habitar poéticamente el mundo desarrollada por Heidegger. En tanto que éste habitar poéticamente conlleva una experiencia auténtica que permite habitar el tiempo presente. Que permite, por tanto, dar lugar al conocimiento ontológico. Tengo la sensación de que ambos autores compartieron una actitud cómplice ante estos conceptos. Los dos, de un modo más o menos explicito, propusieron una actitud similar ante la imagen. Se esforzaron en demostrar la necesidad insoslayable de recurrir a la poesía para mediar con lo que las imágenes realmente son, es decir, con lo que esconden.

“I Deshaced ese verso. Quitadle los caireles de la rima, el metro, la cadencia y hasta la idea misma. Aventad las palabras, y si después queda algo todavía, eso será la poesía. [...]” de León Felipe

Jaume Coscollar

El ser, el tiempo, y la memoria  

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