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EDICION JULIO • 2010

B a j o

entado bajo un árbol, hablaba con Rosalía y le contaba lo que había hecho o había logrado durante el día. Estaba seguro que su amada no se cansaba de escuchar sus relatos diarios. Luego quedaba en silencio para volver a iniciar otra conversación o historia en la que ella era la figura principal, con el solo deseo de conmover el sentimiento profundo de su único amor, pero más que todo, su empeño era la ilusión marcada de que sus cuentos o narrativas imparables hicieran ver que ella siempre estaba en sus pensamientos, y su amor hacia ella era único y para siempre. El silencio marcaba todo el entorno y una lágrima de amor profundo cubría las mejillas de Juan, quien se despedía amoroso y tierno, partiendo en busca de nuevos sueños y otras aventuras que contar a quien había decidido, sería por siempre la única dueña de su amor y su vida. Los jóvenes se conocieron en una fiesta en la universidad donde ambos estudiaban carreras diferentes; al primer encuentro, sin decir palabras, sólo con una mirada profunda e inexplicable se entregaron el uno al otro, convirtiendo su amor a primera vista en un romance a lo Romeo y Julieta, amor que marcaría sus vidas para siempre. Rosalía Buenrostro era hija única de una acaudalada familia de Santo Domingo que nunca le permitió roce social con el mundo exterior sino era en presencia de ellos. Siempre se cuidaron de mantenerla alejada de todo encuentro con niños de su edad o de cualquier sociedad que no fuera la que ellos vivían. La joven estudiaba arquitectura, pero su forma de vida le había creado un aislamiento impenetrable que la hacía infeliz a todas luces. La belleza de la joven era notoria y aunque todos en la universidad la apetecían ella no hacía caso de los cortejos amorosos y su mirada fría estaba lista para quien osara hablarle de otra cosa que no fuera

órgano de información de la capital ecológica

A q u e l

sus estudios. A diferencia de ella, Juan era común y corriente, bien parecido quizás, pero lo ayudaba la inteligencia natural que rápido fue ganando la amistad de muchos en la universidad; era cooperador, tenía sangre de líder y no escatimaba esfuerzos para ayudar a quien le necesitara. Juan Soler, proveniente de una familia pobre de un municipio del Sur profundo, había logrado ingresar a la universidad por una beca que había ganado al participar de un Concurso Literario en su provincia natal y obtener el primer lugar. El joven venía de un pueblo lejano cerca de la frontera con Haití. Su vida transcurrió entre la búsqueda de razones para seguir en un lugar donde no había nada y donde los jóvenes como él, terminaban como todos los demás: viejos, sin sueños y sin nada. Y él no quería terminar así. Se extasiaba por horas mirando las aves volar; veía con curiosidad el agua correr en el pequeño riachuelo que antes fue grande y caudaloso, y se preguntaba hacia dónde irían a parar las aguas, que sin pausa ni prisa, corrían impasibles hacia un lugar desconocido para él. En las noches, miraba el cielo estrellado y mirando fijo el firmamento, pensaba que una mujer tan bella como las estrellas que alumbraban intensas la noche, lo esperaba; creía él que relampagueaban como si le hablaban, haciéndole saber que un día saldría de esa monotonía del polvoriento pueblo para llegar donde encontraría la felicidad para siempre junto a su amada, la que había fabricado en sus sueños. Los estudiantes hablaban de ambos jóvenes. De Rosalía por lo bella, introvertida y encerrada que era. De Juan por lo cooperador y por su inteligencia natural, y aunque ambos jóvenes iban por senderos diferentes, el destino los juntaba y le preparaba una caprichosa jugada que terminaría en algo imprevisto e impensable.

Á r b o l

Rosalía por su parte sólo esperaba llegar a la universidad para buscar el momento de encontrarse con la única persona que la hacía sentir y ser diferente. En su hogar, sus padres habían visto un cambio radical en ella y aunque seguía taciturna cuando estaba junto a ellos, en su cuarto se escuchaba música y abría las ventanas, cuando siempre estuvieron serradas. Ellos notaban que su hija había cambiado y estaban contentos; reconocían que la forma en que la criaron causó un daño profundo en la joven, y esperaban que un día se enamorara de alguien que la hiciera feliz y se convirtiera en una mujer sin complejos.

Los momentos de amor de Juan y Rosalía eran intensos y los aprovechaban como si fuera aire para respirar. --“Contigo soy diferente y me siento tan feliz”, decía Rosalía a Juan. Él se extasiaba con el amor de su amada, pero no podía evitar un presentimiento que le creaba una pena interior que ocultaba por no preocuparla. A veces se quedaba absorto mirando hacia la lejanía y ella lo abordaba cariñosamente; él para no entristecerla le decía que pensaba en lo bello de su amor y entonces: los abrazos y besos tiernos de Rosalía borraban de momento la preocupación sentida por Juan. Así fue pasando el tiempo y los encuentros diarios aumentaban la preocupación del joven. Este no sabía cómo abordar el tema de su relación con Rosalía y de cómo enfrentarse a los padres de ella. Sabía que tenía que hablar con ellos en algún tiempo, pero no tenía el

valor necesario para enfrentarlos, y pensaba que ahí reposaba el presentimiento que lo martirizaba a cada momento. ¿Cómo se presentaría ante los padres de su amada para darle a conocer sus relaciones amorosas con ella, si él era un pobre diablo y ellos multimillonarios? ¿Permitirían ellos una relación de su hija con un provinciano lleno de sueños, pero sin recursos económicos para demostrar nada? Y lo que más martilleaba la tranquilidad emocional era que ya no podría vivir sin la joven, y si los padres no aceptaban la relación entre los ellos, sentía que estaría perdido para siempre. Por su parte Rosalía no sabía cómo hablar con sus padres y hacerle saber que su felicidad era grande y que la razón a tanta felicidad era porque estaba enamorada. ¿Qué dirían ellos cuando se enteraran? Sabía que nunca permitieron que ningún chico se le acercara, y ahora. ¿Lo permitirían? Estos pensamientos perturbaban el ánimo de la joven en grado sumo, quien mirando hacia lo alto imploraba: “Dios mío, ayúdame a poder hablar con ellos y convencerlos; ayúdame a que digan que sí” El ingeniero Gaspar Buenrostro roncó como un toro rabioso y dio un manotazo en la mesa. “No-coñono. Eso no lo voy a permitir nunca aunque tenga que encerrarte”, gritó furioso. Doña Melinda trató de tranquilizarlo pero la cólera de Gaspar era tanta que sin pensarlo, soltó un fuerte golpe en el rostro de su mujer tirándola al piso. “Tu tiene la maldita culpa de todo, siempre criaste a esta estúpida como una loca. “¡Mira que vaina! Dizque enamorada de un pendejo muerto de hambre de la frontera. Esto es para morirse carajo”. Siguió gritando improperios y salió en busca de Juan para pedirle cuentas, sin saber siquiera donde vivía el dueño de su infortunio. Rosalía corrió a ayudar a levantar

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