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TLC Y ECONOMÍA SOLIDARIA UN ENFOQUE DIFERENTE. Ponencia presentada en el Seminario Internacional Tratados de Libre Comercio y Economía Solidaria, Bogotá, octubre 15 del 2004. En atención a las limitaciones del tiempo disponible para mi ponencia, la resumiré en algunas tesis, cuya fundamentación teórica, analítica y empírica es mucho más amplia de lo que me será posible exponer respecto a cada una de ellas. Primera tesis: En razón de su naturaleza y de su propia racionalidad económica especial, la economía de solidaridad no le teme a los TLC ni se intimida ante la llamada "globalización", ni mucho menos se plantea contraria al libre comercio. La economía de solidaridad es una forma económica autónoma y superior, más eficiente que cualquiera otra forma de organización económica, y en particular más eficiente que las formas capitalistas de producción, distribución, consumo y acumulación. Por consiguiente, la economía de solidaridad no precisa del proteccionismo que ciertas formas de economía capitalista y estatista postulan a nivel de los Estados nacionales, ni requiere aquellas particulares protecciones y beneficios fiscales y tributarios con los que se ha intentado fomentarla en el pasado, pero que en los hechos la han debilitado y desviado de su particular racionalidad y eficiencia económica. Las empresas de economía de solidaridad estructuradas coherentemente conforme a sus propios criterios de racionalidad económica (a saber, mediante formas de propiedad personal repartida incluyente, modalidades de gestión participativa, tecnologías socialmente apropiables, trabajo autónomo y asociativo, financiamiento cooperativo, remuneración de los factores a prorrata de sus aportaciones, y sobre todo con un consistente Factor C que las potencie en sus operaciones), pueden alcanzar tales niveles de eficiencia que se tornan competitivas en el mercado abierto, sin necesidad de recurrir a la subremuneración del trabajo ni a prácticas concentradoras de capital y excluyentes de grandes sectores de la población. Hay que tener en cuenta que la evaluación de la eficiencia en la economía solidaria es un proceso de apreciación que los integrantes de la unidad hacen sobre el logro de sus objetivos complejos y el uso de los medios 1


disponibles; apreciación que incluye aspectos cuantitativos y cualitativos, elementos objetivos y subjetivos. Las unidades económicas solidarias ofrecen a sus integrantes un conjunto de beneficios y satisfacciones extraeconómicas que se suman a la cuenta o apreciación global que cada miembro realiza. Cuando se mide el producto generado por estas organizaciones, se ha de considerar no solamente la producción física sino también un conjunto de servicios que, si no hubieran sido generados en la misma organización, las personas habrían tenido que adquirir en el mercado. También por el lado de los costos, la operación implica un conjunto de ahorros importantes la gestión asociativa basada en el trabajo, la ausencia de elevados costos de información y comunicación, el autocontrol del trabajo, el aporte de la creatividad social, un uso del tiempo que puede presentarse a la vez como un costo y como el logro de ciertos objetivos, etc., constituyen aspectos que llevan a las unidades económicas solidarias a operar con menores costos de factores. Por todo lo anterior, estas organizaciones muchas veces están en condiciones de ofrecer su producción de bienes y servicios a precios competitivos incluso de la oferta equivalente de empresas que operan con altas economías de escala y tecnologías modernas. Segunda tesis: La economía de solidaridad no necesita de TLC para desarrollarse, crecer y perfeccionarse. Las ventajas comparativas de la economía de solidaridad, en cuanto sector económico especial, distinto y complementario de los sectores capitalista y de economía pública o estatal, la orientan en la perspectiva de procesos de desarrollo local y nacional, aunque no excluyen su participación en dinámicas económicas internacionales. La economía de solidaridad capta y dinamiza preferentemente recursos y factores productivos locales, que las empresas encuentran disponibles, a menudo desocupados y abundantes, en su entorno social. Se financia habitualmente con el aporte de sus asociados y con financiamientos éticos captados y colocados con criterios de cooperación, y no busca acceder al gran capital transnacional que genera dependencias y experimenta acelerados procesos de concentración y exclusión. Del mismo modo, la economía solidaria orienta su producción de bienes y servicios hacia la satisfacción de las necesidades humanas y sociales que identifica en sus áreas de proximidad, y ante todo en sus mismos asociados y participantes del sector, generando mercados solidarios, integrados y asociativos. Uno de sus rasgos distintivos es que el objetivo de quienes participan en ella es enfrentar unidamente un conjunto de necesidades humanas, individuales y sociales, de subsistencia y desarrollo corporal, de convivencia y relación con los demás, de capacitación y perfeccionamiento 2


cultural, de crecimiento personal y de identidad social, de autonomía y de integración crítica a la sociedad. La participación en sus empresas y organizaciones implica no solamente trabajar, producir, vender y comprar, sino un modo de vida, una práctica social y grupal compleja que tiende a ser integral. En su racionalidad está el establecer un vínculo estrecho o de proximidad entre producción, distribución y consumo. En la economía solidaria existen relaciones comerciales y procesos monetarios de distribución; pero lo característico que tienen en sus relaciones internas y con otras organizaciones similares, es que se comparte y se coopera a fin de que las mediaciones monetarias entre la producción y el consumo sean las menores posibles, evitando en lo posible la acción de intermediarios. Tercera tesis: Los procesos de globalización en curso, la internacionalización de los mercados, los tratados de libre comercio, la reducción de las funciones y del tamaño relativo de los Estados, la hipercompetencia, el predominio del capital financiero, los procesos de flexibilización laboral, las nuevas regulaciones ambientales, etc., plantean desafíos inéditos a la economía de solidaridad, que requiere alcanzar superiores niveles de eficiencia y competitividad. Las organizaciones cooperativas tradicionales, que han contado de hecho con protecciones y apoyos del Estado, en las nuevas condiciones del mercado en que dichas protecciones y apoyos tienden a desaparecer, están exigidas a experimentar importantes transformaciones internas, la superación de antiguas prácticas ineficientes, un proceso de perfeccionamiento y renovación profundos, que sólo puede cumplir cabalmente en la medida que las empresas y organizaciones de economía solidaria acentúen la coherencia de sus estructuras, instituciones, modos de funcionamiento y lógicas operacionales, con su propia racionalidad económica. En este sentido, hay concepciones y prácticas incrustadas en el cooperativismo pero que provienen de orientaciones ideológicas ajenas, que le generan restricciones e inflexibilidades que deben ser abandonadas. Por ejemplo, la dificultad de asumir en plenitud el concepto de empresa, el considerarse como organizaciones non profit o sin fines de lucro, el restringirse a operar solo con los asociados y no en el mercado abierto, la tendencia a subremunerar el capital sin considerar que el capital cooperativo se constituye con el trabajo acumulado y el sacrificio del consumo de los propios socios, el concepto de propiedad social que desvincula el patrimonio cooperativo de los individuos que lo han constituido, son concepciones y prácticas derivadas de una cultura socialista y crítica que no corresponden a una genuina racionalidad solidaria, y que son fuente permanente de inflexibilidades e ineficiencias operacionales. Del mismo modo, deben ser abandonadas concepciones y prácticas tomadas de las experiencias y enfoques capitalistas, que también 3


interfieren en la operación de las empresas de economía solidaria generándole ineficiencias. Por ejemplo, la adopción de formas de contabilidad que restringen la estimación de los costos y los beneficios, sobrevalorando aquellos que pueden expresarse en términos monetarios; la adopción de formas de marketing y comunicación que siendo ambiguas y a veces engañosas, impiden el establecimiento de confianzas y vínculos solidarios entre proveedores, productores, clientes y usuarios; ciertas formas de gestión que separan los procesos decisionales de los reales intereses de los asociados titulares de las empresas solidarias, etc., tampoco corresponden a una genuina racionalidad solidaria y generan roces, dificultades internas e ineficiencias operacionales. Cuarta tesis: Los procesos de globalización, internacionalización de los mercados, hipercompetencia, redimensionamiento del Estado, que tenderán a verse reforzados mediante los tratados de libre comercio impulsados por las potencias hegemónicas, probablemente incrementarán la concentración del capital y la dependencia económica y cultural de las naciones y pueblos de América Latina. Muchas empresas que se establecieron en un contexto económico más protegido, y diversos sectores de producción nacional que no presentan ventajas competitivas propias, no podrán sostenerse en un mercado más abierto, tendrán que cerrar sus puertas o reducir sus operaciones, o podrán mantenerse competitivas solamente a través de reducir el empleo y las remuneraciones de la fuerza de trabajo, con el consiguiente incremento de la exclusión y marginación social. Todo ello representa una oportunidad de desarrollo para la economía solidaria, pues en tales circunstancias y contexto de crisis, constituye tal vez la única respuesta viable, que pueda hacerse cargo de rescatar y reintegrar a cada vez más amplios sectores sociales y recursos humanos desempleados, pues sólo ella estará en condiciones de reinsertarlos dinámicamente en la producción y el consumo. Quinta tesis: Los TLC constituyen un proceso de consolidación y garantización de las actuales estructuras del mercado, impulsado especialmente por las potencias hegemónicas, que se proponen hacer permanente las relaciones de fuerza (dominio, dependencia, términos de intercambio, etc.) existentes a nivel internacional. Para comprenderlo en profundidad se hace necesaria recurrir a la teoría económica comprensiva, que nos ofrece del mercado un concepto diferente al que formula la teoría económica convencional. Desde nuestro marco teórico comprensivo entendemos que "el mercado determinado es una determinada relación de fuerzas sociales en una determinada estructura del aparato de producción, relación garantizada (es decir, hecha permanente) por una determinada superestructura política, moral, jurídica" (A. Gramsci). El mercado no es un mecanismo automático de asignación de recursos y 4


distribución de bienes y servicios, sino la más compleja construcción social donde se coordinan los intereses y las decisiones de todos los agentes económicos, no solamente los individuos y las empresas privadas, sino también las asociaciones, los Estados, las instituciones públicas, los organismos internacionales, etc., que forman parte de una cierta formación económico-política en relación a cuyos procesos de producción, distribución, consumo y acumulación, persiguen la satisfacción de sus necesidades, el logro de sus aspiraciones, el cumplimiento de sus intereses. El mercado es un sistema de relaciones de fuerza, porque todos los sujetos que participan en él, incluidas las naciones y los estados, luchan por los recursos, bienes y servicios. En el proceso de esta lucha, los distintos sujetos pueden actuar independientemente y también asociarse, establecer alianzas, buscar protecciones, actuar correctamente, engañar y hacer trampas, y siempre empleando el poder y la fuerza que puedan desplegar en función de sus propios intereses, necesidades y aspiraciones. El comercio internacional y todos los procesos económicos que se le asocian, forman parte de esta confrontación y de esta relación de fuerzas; las relaciones de cambio, la fijación de aranceles y de protecciones, las relaciones de intercambio entre países, expresan también la interacción y la lucha entre los estados y los distintos grupos nacionales. Las propuestas de libre comercio, así como los proteccionismos y en general las regulaciones de la producción y del comercio, son propuestas de política que se explican en el contexto de estas relaciones de fuerza y de esta confrontación de intereses y de voluntades, estructuradas en dimensiones territoriales, nacionales y/o internacionales. La "superestructura" jurídica, institucional y política que regula e institucionaliza las relaciones económicas en y entre los países y regiones, tienden a garantizar y consolidar las dadas correlaciones de fuerzas entre los distintos sujetos colectivos que constituyen el mercado. En tal sentido es que las propuestas de tratados de libre comercio pueden ser cabalmente comprendidas. En efecto, en el contexto de un proceso de internacionalización de los mercados, mal llamado "globalización", las regulaciones e instituciones que garanticen las relaciones de fuerza existentes son actualmente muy débiles e insuficientes. De ahí que los grandes grupos económicos y las potencias hegemónicas estén interesadas en constituir aquella "superestructura" institucional y jurídica que garantice la relación de fuerzas económicas existentes, y sujete a las naciones a las reglas de comportamiento y de relaciones económicas acordes con sus propias necesidades. La forma que sería la más natural y democrática de establecer estas regulaciones e institucionalidad que garantice el funcionamiento de los mercados a nivel global, serían instituciones multilaterales y normativas en cuya definición participen todos los países y naciones del mundo en similares condiciones. Pero las potencias hegemónicas no están 5


disponibles para someterse a regulaciones definidas internacional y multilateralmente con la participación de todas las naciones. Al contrario, buscan establecer las regulaciones y la institucionalidad requerida, mediante tratados bilaterales o que involucren en cada caso grupos de países que no puedan constituir un contrapeso a su poder hegemónico. Nada más firme y garantizador que los tratados, cuya fortaleza institucional deriva del hecho que tradicionalmente se establecen después de grandes conflictos y guerras entre países, de modo que los tratados reflejan las condiciones que los vencedores pueden imponer a los vencidos. De esta manera los poderosos pueden ir estableciendo, mediante estos tratados llamados de libre comercio (pero que de hecho son simplemente tratados que regulan las relaciones comerciales entre naciones con distinto poder y fuerza), aquellas instituciones y normativas jurídicas que garanticen y tornen permanente la relación de fuerzas existente a nivel internacional en el marco de la "globalización" en curso. Hay que tener en cuenta que los tratados son las formas que regulan relaciones internacionales más estables y difíciles de cambiar, pues para ello requieren el consenso de las partes que los adoptan, y no pueden ser modificados por leyes internas de cada país. Cuando se firma un tratado, se permanece sujeto a un acuerdo que tenderá a ser permanente, o al menos, inmodificable sin el consenso de las contrapartes. Y como las actuales relaciones de fuerza son de dependencia y subordinación, o en todo caso obviamente desigual e inequitativas, los TLC consolidan un estado de cosas que se proyectará en el largo plazo. Sexta tesis: La economía solidaria tiene propuestas alternativas que hacer en orden a la regulación de las relaciones económicas internacionales, y en el marco de los actuales procesos de "globalización". Tal perspectiva solidaria nos orienta primeramente a pensar en nuestra América Latina, como sujeto a construir históricamente, a integrar en base a la elaboración de una nueva forma que nos integre como civilización regional, de modo que pueda participar con la identidad y la fuerza indispensable, en la generación de la institucionalidad económica global. El concepto fundamental de la economía de solidaridad, su esencia constitutiva, consiste en la incorporación de solidaridad en la economía. Que la solidaridad se introduzca y opere en las diversas fases del ciclo económico, o sea en la producción, la distribución, el consumo y la acumulación, haciendo de este modo surgir una nueva racionalidad económica. Poner solidaridad en las empresas, y también en el mercado, en el sector público, en las políticas económicas, en las relaciones internacionales, en el comercio internacional. También, entonces, en las regulaciones y en la institucionalidad que coordine las decisiones entre los países, las naciones y los pueblos a nivel internacional, y en el marco de la actual "globalización". En el proyecto de la economía de solidaridad está la propuesta de democratización del mercado, en cualquier dimensión geográfica y social 6


en que se estructure. Distinguimos, en efecto, dos dimensiones de la economía de solidaridad. En una primera que podemos considerar microeconómica y sectorial, se trata de crear y desarrollar empresas, circuitos y articulaciones económicas con creciente presencia de solidaridad entre sus componentes y participantes. En otra dimensión que podemos considerar macroeconómica, se trata de un proceso paulatino y creciente de solidarización de la economía global y de los mercados en general. Si algo puede plantear la economía de solidaridad a los actores que gestionan los acuerdos y tratados económicos internacionales, es la conveniencia y urgente necesidad de poner más solidaridad en las relaciones económicas globales, para hacer frente a la pobreza, la exclusión, las desigualdades e inequidades del comercio internacional. Pero más allá de esto, la economía de solidaridad nos orienta en la perspectiva de la creación de mercados latinoamericanos crecientemente integrados, pues es en esta dimensión regional que podemos realmente pensar en relaciones de mercado relativamente democráticas, solidarias, y donde las relaciones de fuerza no impliquen la dominación y hegemonía de parte de actores inmensamente más poderosos que los otros. Sólo en base a la conformación de una unidad económica latinoamericana podemos pensar en integrarnos con equidad y sin dependencias en un proceso global o mundial de institucionalización y regulación de las relaciones de fuerza internacionales. ¿Es posible pensar en tal proceso? Creo que hoy es posible porque se nos empieza a presentar por primera vez en nuestra historia, como una necesidad. Lo podemos comprender si profundizamos en el diagnóstico de lo que nos ocurre actualmente a los latinoamericanos. Basta recorrer las últimas décadas de la historia de nuestros países, y extender la mirada sobre la situación actual de la gran mayoría de ellos, para comprender que ya no cabe continuar simplemente hablando de crisis (esa palabra central de todos los análisis efectuados en Latinoamérica en los últimos 50 años), siendo necesario reconocer más bien que estamos ya ante el fracaso de nuestros países, al nivel de nuestros Estados nacionales y de nuestras economías. Estados con enormes e insalvables déficits fiscales, economías endeudadas por montos que no pueden razonablemente ser pagadas, aparatos productivos que mantienen desocupados o subocupados a más de la mitad de la población económicamente activa, sistemas financieros y empresariales enajenados al capital foráneo, países completamente dependientes hasta para entretenernos, para no hablar de nuestra dependencia política, cultural e incluso cognoscitiva, estamos llegando a una situación en que los propios poderes mundiales de los cuales dependemos están próximos a considerarnos inviables, de excesivos riesgos, no aptos para invertir, como ya ocurrió antes con extensas regiones del continente africano. Lo que estuvo en crisis por 50 años y que finalmente fracasó, no es otra cosa, ni nada menos, que la aplicación a América Latina de la civilización 7


moderna, aquella civilización industrial-capitalista y nacional-estatista, que llegó a nuestro continente desde Europa y Norteamérica, y que fuera implantada mediante una mezcla de fuerza y de seducción, sobre una región que para ello tuvo que vender su alma, o sea, perder su identidad y su cultura. Del diagnóstico del fracaso de una civilización deriva la necesidad de que el proyecto transformador y constructor se oriente en la perspectiva de una civilización nueva. El tema así planteado, trasciende todo lo que podamos decir en los pocos minutos en que podemos extender aún esta presentación. Aquí solo cabe, a manera de incitación más que de conclusiones, mencionar algunos elementos que apuntan a hacer visible y digna de atención la tesis de que el proyecto macrosocial de la economía de solidaridad, en América Latina, puede ser, si lo queremos intensamente y lo impulsamos consecuentemente, la construcción de una nueva civilización solidaria, que tiene raíces profundas en las culturas y la historia de nuestros pueblos. Construir una nueva civilización implica encontrar una forma integradora de la vida social, en dimensiones latinoamericanas, capaz de recoger en un sistema unificado y coherente de significados, los esfuerzos de los pueblos y naciones del subcontinente orientado hacia el desarrollo económicosocial y la autonomía político-cultural. Sostenemos que la elaboración histórica de esta forma integradora latinoamericana debe proceder, no en contraposición respecto a las unidades nacionales establecidas, pero según una lógica de búsqueda completamente diferente de aquella que fue seguida en la construcción de la forma estatal-nacional. Lógica de elaboración de la forma unificante, diferente en tres aspectos esenciales: a) A diferencia de las unidades estatal-nacionales que se constituyeron mediante la afirmación de la unidad negando las diferenciaciones, o sea mediante el ocultamiento de las particularidades étnicas, culturales, económicas internas, la unidad latinoamericana deberá buscarse y construirse a través de un proceso de recuperación de todas las diferenciaciones y de todas las complejidades, el pluralismo y la heterogeneidad estructural existente en la región en lo político, económico, demográfico y cultural. b) Mientras en la construcción de los Estados nacionales no era posible mirar al pasado y a las tradiciones para encontrar la identidad (siendo entonces la entidad estatal-nacional algo completamente nuevo y traído desde fuera), la forma integrativa latinoamericana podrá ser individualizada y construida precisamente mediante una reinterpretación crítica de su historia desde los orígenes. Al respecto hay que reconocer que la cultura latinoamericana todavía no ha tomado plena conciencia y aceptado sus orígenes indígenas y su pasado colonial, y ello le impide alcanzar una 8


adecuada comprensión y una justa valoración de su propia identidad. c) Una tercera diferencia en la lógica de construcción de la forma integradora latinoamericana respecto a la forma estatal nacional se refiere al modo de alcanzar la institucionalización y de lograr la conformación de las personas y grupos al nuevo sistema ético-político. Los estados nacionales fueron inaugurados mediante un acto central de tipo político, consistente en la formación de un gobierno y en la promulgación de una constitución y de leyes a que debían conformarse los comportamientos, relaciones y actividades. La forma integradora latinoamericana, sin rechazar por cierto la oportunidad de determinados actos de tipo jurídico predispuestos desde arriba, debiera organizarse, adquirir formas y contenidos y conformar los comportamientos, desde abajo, esto es a través de un proceso muy complejo y multiforme de agregación social, cultural y política protagonizado por las comunidades y los grupos sociales de variados tipos que llegan a ser sujetos de nuevas relaciones sociales. La nueva civilización latinoamericana será construida desde la base mediante la articulación organizativa y la unificación cultural de sus componentes individuales, comunitarios y colectivos. Desde las comunidades y organizaciones de base habrían de surgir nuevos grupos dirigentes así como los elaboradores de una cultura superior, que den coherencia y que potencien los movimientos históricamente significativos y los valores populares latinoamericanos, evitando la ruptura entre cultura culta y cultura popular, entre dirigentes y dirigidos. Es obvio que una civilización no se construye arbitrariamente ni en base a proyectos inventados por personas o grupos más o menos distanciados de los reales problemas e intereses de la sociedad, sino a partir de iniciativas y procesos que partan de las fuerzas sociales existentes y que, comprendiendo los problemas derivados del fracaso de la civilización anterior, tengan posibilidades efectivas de darles solución. Los movimientos cooperativos y las diversas formas de economía de solidaridad, son en tal sentido actores relevantes.

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TLC Y ECONOMIA SOLIDARIA  

ECONOMIA SOLIDARIA