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I M b U N C H E Leonidas Rubio


Otros Títulos Der Archipelagvs, Revista de Poesía Nº1 Der Archipelagvs, Revista de Poesía Nº2 Adamita, Jaime Quezada Opera para un ritual, Leonidas Rubio Ex, Cristián Gómez Cerrojo, Juan Gabriel Araya Imagina el desierto, Gerardo Ferreira

Poemas R . P . I .

Leonidas Rubio N º 1 8 3 . 0 4 8

Portada La melancolía, Durero Diseño Alfonso Sánchez-Martínez 2 0 0 9


IMbUNCHE


IMbUNCHE

...lo apremiante es reanudar lo humano hasta excederlo. (H. DĂ­az-Casanueva) La luz no es otra cosa que vergĂźenza nuestra. (J. Dowland)


Pórtico

Noches de sol frío o luna de mercurio, éxodo de lobos o piedras al vacío desde eras sin umbral; entrañas del bosque donde sobreviven náufragos a cambio de no responder cuando los llaman.

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Plazas de invierno sitiado, hospitales de pan, casas decrépitas donde aún aguardan novias con una orquídea muda entre los muslos y pinceladas de ceniza en la vidriera; esquina de perros, orilla de rieles, calles con nombres de hijosdalgos que envejecieron escribiendo cartas a parientes muertos. Templos que resistieron cuatro terremotos, cementerios que se extienden desde un punto que no se recuerda, donde se puede respirar la polilla húmeda de la melancolía sin merma de otros olores. Allí, en esos trazos transfigurados por mapas que describen ideas fijas está la marca de orines del obseso, se emplaza una sombra cruzada por ángeles que retornan del vicio y de los dulces abismos prolongados en la fiebre. Esa sombra que espera el silencio y la destilación de las copas tumbadas en la mesa sólo comparables al rocío lento que baja por helechos o mejillas de insomnes,


esa sombra semeja un ĂĄrbol en penitencia, una estatua dispersa, una mala palabra estirada en el suelo pero no es cosa que pueda expresarse en una pregunta: si el zureo calla abrupto y no hay testigos y una sombra -ĂŠsa- se desplaza, pestaĂąea, cruje,

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es el endriago, su acezar. Es el engendro tras un motivo perdido.


Leche negra

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Si soy algo soy el Imbunche. Las manos desfiguradas por el frío, el cristal trizado del argot: flor solitaria atravesada en los dientes. Un pie vuelto adelante y otro atrás para retroceder de frente, para avanzar hacia el pasado; la zarpa retráctil para atrapar el miedo -esa presa no destinada al alimento sino a ser conocida. Yo soy el Imbunche. Al menos soy algo entre tanta criatura infesta que huye de sí misma: no saben ser viejas, no saber ser pobres, no saben diferenciarse y se aferran a un manojo entregadas al cauce turbio de lo bello.

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Se enseña a los niños a rezar para que no se me parezcan. Se inventó la ciencia para refutarme. Soy un punto de referencia para oponer los corazones al asco y al despojo huero que persiste después de las pasiones. Me buscan para sentirse limpios, para sentirse buenos, me ven en las formas trepidantes del crecimiento de la mala hierba. Toda su normalidad me cabe en un puño.


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El laúd me reconoce si me acerco, rezonga aves oscuras, tartamudea biblias olvidadas anteriores a Símaco. Como un cachorro vibra, me lee el pulso y da señales, se inquieta cuando vienen extraños. Por las tardes desgrano habaneras con el brazo entumecido en sus órdenes consonantes y parece decir pasos de salones claroscuros, achacosas pavanas para adormecer huérfanos, conversaciones en pasillos de mármol donde un vitral conecta mundos contrarios. El tañido del laúd es la promesa incumplida de enmudecer, de abandonarse al ritmo de objetos y metales caídos en desgracia. Pero siempre hay un aroma de jardines en rezago o un gemido que obliga a desconfiar de los secretos.

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Oí decir: que no lo note quien me vea * y eso me va. Suelo arrastrar un pie torcido en la bruma, mi ab origen. Agazaparme suelo, formas adopto, manchas simulo. Merodeo sitios que la gente evita, evitándose: manicomios, cementerios, cárceles; la vergüenza requiere poco espacio: salas / nichos / celdas. Circulo por parques de estupro o plazas de limosna donde se juega a no ver nada. Muchos querrían castrar mi aspecto, que es mi pensamiento. Querrían lincharme por mis testículos crinados, mi verga callosa, mis patas sin gozne, mi giba curtida. Si oigo venir la turba con arengas, garrotes y guadañas venir veo, aplico mi simbiosis en charcos y sombras, cuando pasa el peligro me retiro cojeando en el silbido por milonga de Flow my tears, ese toque. Mis tareas de chapucero: desnucar sabuesos al despiste, desflorar insulsas nocherniegas, declamar a Séneca


en las gradas escupidas del Consistorio, bailar con estatuas, cooptar los instintos, invadir las ideas inconfesadas de los solitarios con carcajadas compulsivas que no todos escuchan. *Ep铆stola Moral a Fabio, An贸nimo sevillano

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La lengua de mi clan desciende del psalterio, del pre-socrático, del sibilino, del lémur de las praderas, del isleño antiguo, del greco-romance averiado y mutante con que se arrullaba a los cachorros que eran hermanos de su padre, hijos, nietos y sobrinos en un solo acto. Mi lengua deriva de las malas palabras en el lecho de la endogamia. No sirve para hablar de amor ni de amistad ni nada que no sea clave de mando. Mi lengua es una mordaza. Murmuraciones y ronquidos para un interrogatorio, para un manteo encima de alacranes. Su sintaxis es una partitura sin figuras fijas, sin duración exacta. Su verbo es un metrónomo arbitrario conforme a plazos digestivos. Sus sustantivos son piezas de una suite demodé,


sus adjetivos son indicaciones en una tablatura. Con harapos de idioma y (sub) retazos de mundo trasmito mi encargo: tiras viejas para rellenar un talego. De cuando en vez chivateo, mรกs bien por el estupor que aligera las visiones y pone a raya a los limpios. Es la forma mรกs exacta en que puedo traducir mi pensamiento.

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Busco el pabilo de los salones de té danzante, los arcos, las ondas de la theorba que hacen titilar a las bujías: estrellas varadas en los muros atrapadas por siluetas que suspiran. Frecuento el minueto de paso doble que es mi modo natural de caminata. Los tiempos binarios son mi bio-ritmo, los melindres de pavana me acercan a todo por dentro. Como Jean Santeuil acicalo mi mostacho mientras se oye La Folía, o corren las recercadas tal que arroyuelos sinuosos y en los ojos apretados destellan luciérnagas reventadas contra vidrios claroscuros. La gavota despierta al abanico: suben y dispérsanse los talcos, las esencias de rubor, insinuaciones nimias de pétalo furtivo, el diálogo de hilos trazados por gestos, la fragancia de las grandes posaderas parecidas a la caja de un laúd sumamente protegido. El arte del fisgón es melomanía pura, el bombacho de auditorio es el origen del cuadrivio; pero no soy Marcel que le saque provecho a la poltrona,


yo sólo soy el Chivato escapado de su cueva; no deduzco ni hablo a nadie: para no ser reconocido dispenso la lesera de entendimiento y me aparto rengueando al final de la función con una flor de vapor o de peluca, suficiente para hacer un maleficio o deshojarla mientras oigo Flow my tears (ese toque): el único sonido que tolero.

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No me dejo ver, rara vez salgo de la cueva de confinamiento donde el olor vinagre a esporas de mi empeine impregna los rincones igual que la pátina en el velo del baño-María cuando se está preparando el ungüento para reanimar crispados de amorío o devolver la cordura a los pasmados. Me remito al claustro pestilente a) por su acústica: toda caverna es un diapasón de tierra, vibra en la frecuencia de una profecía b) por su temperatura: la cueva es un matraz en el punto de ebullición propicio a la quinta redención de las esencias c) por su iluminación: umbrío y platinado; los sueños oscuros se refractan a la superficie por el prisma traslúcido de un deseo cruento o viceversa d) por su medida: se avanza en un cálculo de tiempo que siempre se reduce, se construye descontando, se habita con hilos entre objetos y nombres, se gana espacio moviéndose hacia adentro


envuelto en silencio propio, textura que todo lo extiende, aroma que todo lo conecta. Las cavernas son poros de un cuerpo único, líneas de una sola mano. Así elegí mi prisión para burlar al astuto, para alejar al profano, para espantar al curioso. La custodia del reducto es orden de un Concilio sostenido por memorias eriazas donde el bien y el mal son malezas promiscuas. No me dejo ver lejos del antro salvo cuando un paso suena hueco y salgo a delinear los rastros de su punto de fuga para restablecer el equilibrio.

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Soy el arcano IX de un tarot viviente, un vestiglo fétido a catacumba, arrugado igual que una cuartilla donde se esboza un fractal para el delirio; torcido según la orientación del bestiario celeste semoviente en sus emociones que los palurdos traducen por mecánica. Soy el rengo que balbucea un testamento sin palabras: mi Lachrimæ Antiquæ. Ex botánico, ex músico, ex alquimista: toda virtud siempre está a punto de perderse. Ex poeta, la única condición que puede aproximar a la poesía. Soy el adefesio que limpia la escoria de las alcantarillas, túneles en el subconsciente de la ciudad donde se esconden las sobras de la buena convivencia.


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Como todos he clamado a Dios y he tenido mi Viernes de ceniza; como todos quise alguna vez ser Raskolnikov viéndome, viendo o visto. Como todos he robado libros, tal vez, he huido y en la basílica del Corazón Sacro de San Diego he pedido santuario, como todos. He tenido hambre para probar mi credibilidad creyendo en las necesidades de todos, he tenido masturbaciones compartidas y cópulas solitarias, como todos. He tenido padre y madre hasta dejarlos libres, dejándome; he tenido miedo y he saltado desde un puente, he colgado de una viga, he bajado mi cuerpo de una cruz, he llorado por él frente a una tumba vacía, como todos, he resucitado de buena o mala gana; he escrito una canción para otros y no la cantó nadie, como todos. Así, como cualquiera, he malherido menos de lo que merecían y más de lo que yo merecía, he tardado demasiado en no saberlo todo, he sido encubridor o cómplice de delitos que sus víctimas disfrutan y autor de crímenes que no están tipificados

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en ningún código, como cualquiera. He tenido, como todos, el aprendizaje de las calles y los patios donde se dobla la voz dividiendo a la persona; como todos, he tenido la lección de los cuerpos atados por una sed compartida y una boca que se hunde en una piel igual que hiena cebada en la carroña, como cualquiera. He vivido por años con desconocidos, he caminado por rieles, he dormido bajo un árbol, es decir, he sido el primer hombre y el último después de una masacre, como todos. Como cualquiera he sido Judas para que hubiera sortilegio; como todos he bebido mis orines para enjuagarme de este tiempo que maldigo. Como todos he querido recordar vidas pasadas, he usado mi sexo como arma de exterminio, como todos, he cantado himnos, he quemado barcas, he jurado lemas y he sido condenado al ostracismo, he bebido cicuta y he corrompido al niño que había en mí, como todos. Intenté ser despreciado y tuve éxito, como cualquiera. He vivido en la casa que construyó mi abuelo, y he tenido un hermano muerto, como cualquiera; he estado solo en un cine lleno y he perdido la salida; he escupido al cielo y he rayado en los muros un signo prohibido -el único-, como todos. Pero hice algo que no ha hecho nadie más: me dejé coser todos los orificios para que nada se me escape de adentro.


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Descifro el cuadrado de Júpiter, la mano en el mentón, el entrecejo del ángel, el codo en la mesa, las alas cubiertas de ceniza y sólo oigo un consort recreando siete veces la caída de una lágrima de lagarto ermitaño puesto a custodiar el umbral del laborum-oratorium. Pero Robert Burton sabe cuándo dejar de oír esas pestañas frotadas y pulsadas; lo que ignora es el tacto que recoge la gota casi sin tocarla y la deposita sobre el pétalo macerado de un deseo. Milton conoce ese detalle. Y sin embargo sólo a John Dowland le fue dado el rocío de luna, el aliento de la lámpara de éter que condensa la nube en su punto justo para la lluvia que renueva los cristales. El ajuar dispuesto como indica el grabado de Athanasius: un laúd, una fragua, un armonio, un matraz de vinagre y un huevo lloylloy*. En lo demás no hay arte: es normal que el niño llore cuando no quiere retirarse, es normal que llore el viejo si llega antes de tiempo; el hombre carece de presente, debe soportar siempre los extremos que pesan como una pierna doblada sobre la espalda. * Mitología chilota: del huevo lloylloy nace el basilisco

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Un niño me pregunta

¿por qué va melancólico y solemne?

Le digo, niño, ¿es que no huyes

de mi hedor, de mi semblante sólo con escarnios descriptible?

Si el niño fuese más bello sería una ilusión producida por la luz que se filtra por los bordes de un postigo. -Yo pensé que usted era yo mismo

escondido tras bastidores después de orinar sobre la alfombra- me dice.

Muy bien, soy el Imbunche: mis remordimientos adoptan la belleza de un niño desnudo orinando sobre sus alas.


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Palabras purulentas, enhebradas entre sí, atadas a un único sentido como cuentas de un rosario monocorde salmodiado por abuelas, ennegrecidas a la orilla del tizón mientras bajo el entablado incuba el huevo de pichón-culebra. Hilachas de palabras cuelgan de los labios cosidos como las plumas de la clueca estéril que busca un rincón a salvo de corrientes para empollar un huevo huero; así, tal cual, las frases del espirituado sin migajón, sin cuajo, sin oportunidad de perpetuarse, eclosionan engendros.


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El taciturno de Albrecht Dürer, il penseroso de Milton, el desdichado de Nerval, es un mismo modelo: fue retratado después de orinar sus alas a la vuelta de una sesión de solfeo saboteada por desafinaciones o después de robar un libro -que era suyoy ser repudiado del santuario.


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Para obtener un Imbunche hay que sellar los orificios de un recién nacido, hay que dejarlo solo en los adobes donde la sombra de un candelabro dibujará una gata negra que le dará lactancia; hay que llevarlo a la tumba de todo su ascendiente para que no busque consuelo; alimentarlo con carne de cabrito para que sepa el sabor de sí mismo, más tarde con carne de chivo viejo para que se sienta como en casa siempre al ocaso. Hay que abrirle agujeros cuando aprenda a gritar y eyacular hacia adentro y sus heces sean parte de su sangre, cuando no tema su hálito de musgo. Hay que dejar los instrumentos a su alcance. Si es hábil, aprenderá el ajedrez de las calles, la retorta del buen o mal amor, bodas químicas para saber de qué están hechos los limpios y no ser sorprendido con argucias; aprenderá el lapidario de los temperamentos para no ser embaucado en sus ocios, el arpa y el clavel aprenderá para el tañido doliente que lo mantendrá semper dolens semper seducido. Si es talentoso será feliz a su manera, sabrá que el único idioma competente es el que nace del vértice de la vivisección de la lengua.

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Deben hacérsele las marcas con la maestría de un luthiers: lo importante es que queden en el alma. El Imbunche a menudo pensará que hay otros como él en el mundo 28

pero debe vivir como si no lo supiera.


Arreglos para bajo continuo


Seven Teares

1.- Lachrimæ Antiquæ Mi orfandad es un color vacío, sombra sin objeto de origen, beso al interior de una piedra que puesta al fuego no enrojece y puesta al hielo no congela; mi orfandad, hierba sin raíces, clavel del aire llevado por las estaciones a una corriente de rostros que se desconocen. Pero la pavana es ámbar lento, el oro de la milésima mañana, el arrebol antes del poniente. Mi orfandad, flor criptógama al margen de una vieja partitura. 2.- Lachrimæ Gementes Pavana, lirio que jaspea al tercer día, bulbo, arpegio que duerme en invierno, agua que aclara la noche sin deshacerla, grano de polen deslizado sobre un vientre siempre virgen: trae un rostro nuevo para cada nostalgia.

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El laúd y la copa se acusan sobre una misma mesa, cada uno un niño robando al otro una fruta, cada uno un ángel adivinando del otro un deseo.

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Pavana, caricia tan liviana que la piel la confunde con su propio tejido que es la textura de un recuerdo. Mi orfandad, llama crepitando en un susurro. 3.- Lachrimæ Antiquæ Novæ Asisto a un sueño invitado por locos que bailan sobre las tumbas. A veces soy el loco, a veces soy el muerto. El alba y la sombra se besan imitados por amantes que festejan su odio obligándose a negarlo. No moriré longevo, quizás, he aprendido demasiado sobre haces de luz pendientes de un hilo, batidos por párpados que guardan el prisma tibio de una gota negra. 4.- Lachrimæ Tristes Mi orfandad es un deseo puesto al borde de una mesa, abandonado por su flor más antigua. Pavana, te llevo prendida del ojal, apretada entre los dientes


con la furia sutil de un lobo de las estepas que la halló en las grietas de la escarcha. Pavana, amapola apenas esplendente por el tiempo que demora un puñado de arena en vaciar el vaso boca abajo. 33

Lejos de mi reino, lejos de los rostros que habitan mi paciencia, mi orfandad: estancia emanada de ascuas saturnales. 5.- Lachrimæ Coactæ He poblado mis jardines de espejismos; sigo el eco del laúd, ciego, por los deshabitados pasillos de un palacio donde todos mis clamores me devuelven mi nombre interrogado. Diestro en fugas, almaceno cansancio para inútiles batallas contra el movimiento, se me aproxima el duende de la ira con pasos en una escala cromática, decolora las hojas de un bosque a donde huyeron mis voces. Me basta el fuego que viaja de una punta a otra de un papel, de una sábana, de una camisa que no merece cuerpo, ni lo pide. Yo no soy cuerpo: soy un escarceo de la muerte. Conservo de este mundo los siete grados de un amanecer en gris el cantabile molto grave y maestoso que se debe calibrar con los ojos entrecerrados.


6.- Lachrimæ Amantis Un sonido fiel vuelve siempre, perro que da su mejor gracia apaleado.

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Vuelve al contraluz de un espejo el desnudo de la solitaria que se ciñe una prenda a contratiempo de los pasos que la espían; vuelven tres notas en tenaz descenso a deslizarse por una áspero carrillo como vuelven los lirios tras el lodo, las palomas que han perdido todos los mensajes; vuelve el mar a recogerse en el oído apretado contra las almohadas, el castañetear de dientes tras las formas turgentes de un vestido, el brote tenaz, el polen estéril de la higuera, el trueno anunciador de deseos veloces, carreras en un sueño que compensa la pereza, el canto al pecho apretado vuelve, la irritante belleza, el beso de aire seco en pleno vuelo. Pasa un día, dos, tres para un acorde lánguido mientras contemplo un retrato siempre joven, placer y asco que armonizan en los extremos opuestos de la escala. Pasa un año, dos, tres, caen, como notas ruedan por el rostro tres gotas duraderas llamadas a vibrar en una cuerda, un latido, un párpado capaz de concentrar la quietud de todos los objetos.


7.- Lachrimæ Veræ Mi orfandad, tres notas se deslizan por un tallo mustio, por la comisura de un labio -cicatriz de palabras enhebradas a un mismo sentido. Tres notas de sal, de luz mortecina aleteando en un puño, ruedan por un vidrio donde alguien dibuja en el vaho, con las uñas, tres cálices cerrados de lirio, ojos reteniendo un reflejo en la humedad de tres gotas que no cesan de vibrar aún después de caída su corola, no dejan de rodar en las mejillas aún después de apagado su sonido.

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Spleen

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rosas en la casa ¿Rosas? Debo insistir: mil veces no rosas cerca de un convaleciente; ellas arrastran imágenes, voces escapadas del álbum de retratos, atraen visitantes importunos, días en que no se distinguen los extraños de las edades propias: aquí un niño saluda, una doncella sonríe, un carruaje se detiene y baja un hombre que oculta su lascivia en pasos cansinos de traje oscuro, allá una dama recoge su bastilla para correr a guarecerse de un chubasco. Demasiadas señales para un hombre que no tolera compañía. ¡Rosas! He ordenado mil veces: no rosas en mi alcoba; basta un poco de polen y ya están aquí esos rostros: el niño genio, el niño triste, el niño huraño, el que repite los nombres de las plantas en latín, el que mató un ave por amarla, el que quebró un clavicordio para no dar explicaciones del silencio. Por eso he suplicado: no rosas en mi cuarto. Son como un ramillete de vulvas llamando la atención de los espectros capaces de penetrar todas las intenciones. No hay forma de saber quién las deja:


aquí no hay nadie hace mucho, los sirvientes huyeron, los parientes buscaron mejores semejanzas. Pero se expande en el ambiente un moho de espanto viciado, la efusión de estornudos apaga a cada momento las candelas y no paro de blandir mi bastón en el aire rezongando con la nariz apretada: ¿quién carajo puso rosas en la casa? Con mérito escenográfico del film «Le temps retrouvé» de Raúl Ruiz.

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ritual de la pavana

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Se arpegia en trémolo sin preludio como si llamaran a duelo

Hiere

Se incorporan oyentes, algunos están vivos

El hombre que guarda silencio no debiera tener el mismo nombre cuando habla. Entre uno y otro está el abismo: la palabra es lo que cae.

Suena a engaño

Una alerta que sorbe el sentido de todos los objetos. No tengo otro deseo. Una alerta.

Parece terminada. Los oyentes no se retiran. Solos todos.

No creo en la libertad de quien la nombra. No existe felicidad para aquel que nunca está destruido.

la belleza; se advierte en el placer perdido. Sólo lo imperfecto deja satisfecho.


sólo se conserva La manivela se agota en el clímax del cuarteto o la aguja rebota en el vinilo o el ojo en la marca del cromo. Sólo así se conserva la armonía. Perpetua. Adentro. El libro se deshoja o se cierra en el clímax del discurso por un mal pulso, por azar o azahares. Se conserva -sólo así- el sentido. Un amante se separa del contacto en el clímax de los cuerpos, se pierde de vista, se desencuentra tras juramentos, se retira en el clímax del deseo, tal como vino. Sólo así se conserva lo que hay de A-mor en el amor. Adentro.

crispado por una luz que puja Si yo tuviera la caligrafía de un pianista podría escribir sobre un papel sin líneas: caricia de agua, viento en los ojos cerrados para ver ambos lados del viento, rumor de las praderas al frotarse las espigas en un acto de atracción que repite un movimiento único como las frases de una sonata se reproducen mutuamente. Si yo tuviera caligrafía de oído completo

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llenaría un pentagrama con los ojos cerrados para oír ambos lados del sonido, mi desnudo sería un dibujo de Fidias o un niño al centro de una fuente; podría aplacar la lengua horrísona de mi propio dolor, servirme de él para justificarme en la cadencia de las ondas concéntricas de un charco cuando cae un guijarro desde el conocimiento. Pero mi letra se retuerce, nudo a punto de estallar crispado por una luz que puja desde adentro. (Frente a un manuscrito de Luis Hernández, del Perú)

siempre más fuerte Tedio de los chismes de labio bermellón, dientes marcados en la fruta, luces altas, tapices, alguien me obliga a ser su confidente, llora, tedio de sus halagos, de las dedicatorias, tedio de la falta de flema o del exceso. Tedio de provocación, tacones, cabellos en el champagne, ligas, nada bajo la blusa, piel de gallina, pezones de trufa, un teléfono suena, el timbre, nadie abre, un perro deja de ladrar, no abro, no contesto. Tedio de sabores, perfumes, manteles, vajilla, modales, falta de modales, ronquidos en la siesta, zumbidos, cuchicheos (la política de los cobardes), política (la filosofía de los imbéciles), filosofía (la poesía de los inútiles), poesía: (la música de los ineptos), sugestión, evasiva, engañifas. Tedio de los amigos (el que tiene más de diez no tiene ninguno), parientes (se les elige porque no se les elige), entenados (mucha flema), pretendientes (poca), comensales sacados del cine mudo pero que hablan; autodidactas grotescos que sólo hablan de sí mismos en tercera per-


sona; tedio de los satisfechos, se cae un tenedor entre las piernas, la espinuda brinda con cinco minutos de embarazo; tedio de gremios, sectas onerosas, mafias de tatuaje linajudo, argot, utilerías pueriles para llegar a ministro, se abre la puerta, pasos, enlosados, la puerta se cierra, risas, pedos. Tedio de neutralidad, ese vicio que adopta las peores costumbres de la diestra o la siniestra, tedio de la diestra o la siniestra, del manjar entre escogidos o entre los que escogen, eructos, aplausos, un discurso termina, no se entiende, reverencias, poemas perfectos, es decir, muertos, alguien asiente con mueca de experticia. Tedio del tedio, no hay derecho, habráse visto, mire quién habla. Porque el tedio no es él sino su más allá, su absoluta falta de consuelo; nada de monóculos, nada de esplín pero con esplín, tedio del monóculo pero con monóculo, del frac raído, da lo mismo puesto o no pero con clase, de la levita para ocultar las erecciones, hastío pero con clase, con cierta fotofobia, con glamour y sospecha, digamos sedicioso. Tedio es una forma de la gaya muerte, estival en invierno, invernal en verano, patraña verdadera, tic, nuez sin ruido, quid, algo cae, no se quiebra, la dama busca sus pendientes, un cabello en la sopa, alguien trata de epatar con un acento exótico, tedio, guindas al licor en el merengue, tedio, pasta de crustáceo en peligro de extinción, tedio de saudade pero con saudade, tedio de austeridad, tedio de derroche, tedio de solemnidad conservándola, tedio de poemas imperfectos, es decir, vivos, tedio del talento, tedio de la falta de talento. Lo que no me aburre me hace más fuerte.

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el polvo vuela a los sitios oscuros

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Nunca pedí el estruendo de la mariposa nocturna, el deslizamiento atroz de una oruga en el tablado, el roce sin piedad de una piel que ya no imagino. Y sin embargo como en la pavana de R. Usher por una vez fluir en el dictado de la niebla frente a dos pupilas que titilan para mí en ese agosto que fue eterno, que avanza con su rostro de fango. Por una vez la gota que se hiela en mis frontales, la flor muerta a poco de nacer en el silencio que apenas conozco; una canción superior a su volumen, un cuerpo superior a su peso, el ángel que no existe pero canta, el duende que no existe pero escucha en el suplicio de un rincón compartido, el pulso detenido en las manecillas a la espera de un Dios nuevo. Una vez más, lo ruego, aunque fuese la última: yo sé apreciar lo que declina.


Cuaderno de horas

Yo estoy viejo por el juego de las horas sobre vuestros rostros. Lubisz Milosz.


Maitines El poder de la escarcha. La flor que sobrevive sólo para herir a su enemigo. La sangre en las piedras. El cazador que huye por un camino que lo engaña. ¿Poder? Un niño que teme a los colores cuando un árbol cae. Poder del silencio.

Laude Dos cuerpos se separan después de despojarse. Volverán al mar que no conocen, mar de cada uno. Volverán al monte que es su tesoro, monte de ninguno. Cada uno llevará un odio nuevo, un deseo nuevo, una última vergüenza que los hará más dulces.

Prima Otra noche sin dormir. Lo sabemos las campanas y yo, la música, la nubes de mayo.

Tercia La mesa es de otros, los muros, el agua; los pálidos afanes que baten las puertas, la carne y el blanco del altar son de otros, los precios sin ley de la amargura.

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Sexta Un cuerpo quel delirio me disputa escarba mi tumba y se tiende a esperarme.

Nona 46

La baraja enmudece. La santa -la viejaretira utensilios donde ha puesto todas sus edades. El fuego aguarda por insectos de la siesta. En la fuente seca un recuerdo espera.

Vísperas Hubo un tiempo en que quise el olvido, el mármol de la fe, la matemática pura de amar sin espera. Hubo un tiempo en que soñé ser tocado por la luz sin perder el agua de mi vidrio más preciado.

Completas Mi vaso se derrama. Por nadie, para nadie. Tantas horas de un solo cuchillazo. Tantos golpes, ayer, todos y el mundo. Mi vaso se vierte perdonado por el punto huero del origen.


Índice

Imbunche Pórtico Leche negra

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Arreglos para bajo continuo Seven teares Spleen

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Cuaderno de horas

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Leonidas Rubio nace en1970. En 1991 fue becario de la Fundación Pablo Neruda. En 1994 publica Cuadernos de Emergencia y en 2001 Murmullo Frente a Sillas Vacías. Obtuvo la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro y la Lectura en tres ocasiones. Poemas suyos han sido incluidos en revistas y antologías. Es coeditor de la revista de poesía Der Archipélagvs. Según Jano Sanmar “su estética se ha radicado en los recodos de la música, aquella yacente en toda la dimensión del poema”.

Impreso en el taller de Editorial Simbiosis en diciembre de 2 0 0 9. Ti p o g r a f í a goudy old style. Existen 100 ejemplares en papel Bond Premium Ivory de 90 grs./metro cuadrado portada en papel Galgo Ve r j u r a d o Marfil 220 grs./metro cuadrado cosidos, encuadernados y n u m e r a d o s a mano de 1 a 1 0 0 f i r m a d o s p o r e l a u t o r. ______________________ n º y f i r m a


Imbunche  

Libro que relata la "normalidad" como un registro o constructo artificioso para someter el ser-animal, yacente en la humanidad del cuerpo-im...

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