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Se asomó pensativo a la ventana y contempló las parejas felices que disfrutaban su amor por los alrededores del edificio. No se lo veía muy mal a pesar de la desaparición de su mujer; había tenido ya varias citas en solo ocho meses, pero ninguna había cuajado. Los vecinos estábamos muy contentos con él y con su mujer; nunca discutían, pero un día se fue, sin más. Pensamos que la podrían haber secuestrado, y el primer sospechoso fue su marido. Después de quince días de cárcel, volvía a ser un hombre libre. Pensaba que ya podía ser feliz, volverse a casar, tener hijos, la alianza más importante del matrimonio, aparte de la hipoteca… Pero todo le recordaba a ella: ese sombrero mexicano con el que se conocieron por primera vez en la feria, quién le iba a decir que dos jóvenes desconocidos iban a acabar comiendo algodón dulce sentados en un banco, y eso llevaría a diez años de matrimonio que se destruyó cogiendo solo la maleta. Necesitaba tiempo para replantearse su vida. Miró el periódico, la desaparición de su mujer salía en portada, pero no le daba importancia. Sonó el claxon, una famosa modelo, su destino era casarse, y así fue, pero la presencia de su mujer, o mejor dicho, ex-mujer, iba a hacer que ese matrimonio acabase, fuese como fuese.   Carla Sarabia Sánchez, 1. º ESO B.


Se asomó pensativo a la ventana y contempló el panorama. Estaba triste y lo que observaba no le consolaba. Encima del escritorio había un periódico del día, que comenzó a hojear sin mucho interés. Lo único que podía animarle en aquel momento era el sonido de la puerta de su habitación al abrirse, y detrás de ella su madre, con expresión risueña. Se imaginaba que le perdonaba y que le permitía ir a la feria, como él quería. Pero la puerta no se abrió. No podría disfrutar del sabor del algodón dulce, ni tampoco de la noria que desde su habitación se veía tan bien. Cada vez que escuchaba el claxon de la atracción, indicando que comenzaba otra vuelta, le entraban ganas de salir de casa y, arrastrando su maleta, irse y no volver jamás a ella, pudiendo así disfrutar de la feria todo lo que quisiera. Pero no lo hizo, todavía con la esperanza del rechinar de la puerta. Ni atracciones ni sombreros mexicanos ni algodón dulce ni libertad. Todo dependía de la puerta. C.    

Rober to Izquierdo Mar tínez, 3. º ESO


Se asomó pensativo a la ventana y contempló todo el campo que dejaban atrás con su coche. Se dirigían al parque de atracciones, pero eso no producía a Juan una gran alegría, ya que había estado en él en varias ocasiones. Su hermano pequeño, sin embargo, estaba tan emocionado que apenas dejaba a su madre conducir ni a su padre leer el periódico deportivo. Llegó a ser tal el escándalo que estaba montando, que tuvieron que amenazarle con dar media vuelta, aunque no fuera verdad. Pareció calmarse, pero solo fue un espejismo, porque cuando vio desde el coche el parque de atracciones, empezó a saltar de alegría, lo que resultó muy divertido a todos. En el parque, Jaime lo pasó genial y para él lo mejor fue cuando se hizo esa foto con ese “gran ratón gigante con el sombrero mexicano” mientras comía su algodón de azúcar. Hasta su padre había ganado algo en uno de los puestos: una gran maleta, aunque él dijo que hubiera preferido cualquier otra cosa. Juan pensaba, mientras abandonaban el parque, con todos los ruidos de claxon propios de un atasco, que había merecido la pena ir, aunque a él no le apeteciera, ya que había podido contemplar la felicidad de su hermano y, a la vez, recordó la suya propia cuando fue por primera vez al parque de atracciones.   BCIT.  

Jesús Poza Vicente, 1. º


Certamen Literario 2013