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libros

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Los días del Sur

Pedro el Temerario

Francisco Rivero (1995)

Florencio Luis Parreño (s. XIX)

Por Pedro M. Domene (extracto)

Por José A. Illanes

Sorpresa la que nos propone la editorial Algaida en un texto inscrito en la convicción del relato bien construido cuyo autor, Francisco Rivero, reincide por contar en su sentido estricto; sevillano de Los Molares, se ha afanado en un primer libro pergeñado de sugestivos sentimientos y en torno a un argumento cuyo mejor complemento es su estilo mismo, ágil y brillante. La acción se sitúa en la imaginaria Matabueyes, y el punto de partida lo constituye el júbilo por la celebración de las elecciones municipales. Es la historia del viejo don Santito León y, también, de una memoria que se remonta a los días lejanos y hermosos del s. XIX y principios del XX que se aventuraba a los disloques del progreso. Matabueyes, entonces villorrio miserable, aislado y desconectado del resto de provincias del Sur, emergía cual Macondo mágico y deseoso de recibir las maravillas del mundo. La narrativa de Rivero trata de reproducir la mejor prosa de la tradición española, esa que se inscribe en el estilo de Valera, Galdós, el tremendismo valleinclanesco o la mejor perspectiva acrónica mágica de la vida de algunos personajes, cuando van adquiriendo relevancia a medida que avanza el relato, caso de Manuel Preciso, que se refuerza con la vigencia de un léxico tradicional y rico de una desmesurada y detallada adjetivación, palabras, en suma que asombran y estremecen por su sonoridad. Tomado de Cuadernos Hispanoamericanos número 556.

“De El Saucejo fue Pedro el Temerario, lo cuenta Florencio Luis Parreño en una novela del XIX que aún en 1942 se publicaba y vendía con notable éxito. De esta fecha data la vigésima edición [...]. Cuentan que Pedro el Temerario tenía un castillo en el cerro que llaman de Pedro Benítez, donde ciertamente hay restos de un asentamiento de la Edad del Bronce. Hechizado por los amores de una seductora hurí a quien había entregado su alma, abrasado por los ardores de un idealismo quijotesco, dueño de un valor ciego, de una maestría sin par en el manejo de las armas y de una suerte sin parangón, el Temerario fue el terror de los moros de la frontera. Él solo tendía emboscadas, libraba escaramuzas que eran casi batallas y prácticamente mantenía a raya a los nazaríes de Granada. Desde el cerro de Pedro Benítez, en cuyas cercanías cuentan los más viejos del lugar que había cuevas y grietas tan hondas y altas que entraba un hombre a caballo, antiguo refugio de bandoleros, el Temerario oteaba el horizonte y era una especie de atalaya humana, siempre al acecho de los traidores movimientos del enemigo. Tiene visos de leyenda la historia del Temerario, sin duda, y de hecho lo es en el pueblo de El Saucejo. Si la leyenda surgió después de la novela o la novela después de la leyenda, ya no lo sabemos”. Extracto del libro “La trastienda de la memoria” editado por el Consorcio Vía Verde.

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