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Primera edició, desembre de 2004 © Xavi Boix, Noelia García i Aurora Llauradó

Editeu. Jaume Llambrich Brull, editor C/ Puig de les Sitges, nº 4, 2n, 2a 43003 Tarragona · Països Catalans A/e: editeu@occitania.org Edició electrònica no venal DL: T-1640-2004


Índex Pròleg þ 5 XAVI BOIX Civilización þ 9 Negocios þ 35 NOELIA GARCÍA Vida perra þ 47 «Una calle silenciosa...» þ 49 De secano þ 51 Yo no soy así þ 53 Explosión þ 57 Huídas þ 59 Un conte antic: Desde mi ventana þ 61 AURORA LLAURADÓ Refugio þ 65 Sol þ 69 Confesiones þ 73 Ella þ 79 Pere y Noelia þ 83 Sin título þ 87 Tot o res þ 89 Malson þ 93 Un conte antic: ¿Es Es posible la paz? þ 95


Pròleg Vos imagineu algú que haja de fer un pròleg d’un llibre de contes? Pos este algú sóc jo! A vore, què n’hauríem de dir dels textos que podeu llegir darrere... potser el primer que ens vindrà a la ment és per què són «contes de la locomotora», malgrat que en tot el que llegireu no hi apareix cap traça de catenària ni cap tros de vell cagaferro collit d’entre la matxaca de la via. Podria dir que són contes nascuts en una locomotora, que els autors estan com una locomotora, o que es reunien de tant en tant a prendre una tassa de te a la locomotora. Però tot serien mitges veritats ja que, en realitat, són contes nascuts durant la marxa de qualsevol locomotora humana, tot just després d’haver arrancat la màquina i mentre els somnis impregnen els sotracs de la vida diària. I de la caldera encesa amb carbó, en comptes de cagaferro, en surten, rabent, diamants. No cal anar a recollir-los a la via, només cal que gireu full i llegiu una miqueta més... 5


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Civilización Romulus se acercó a su mujer, que se había quedado dormida mirando hacia el Este, la acarició y la tapó con un chal por si acaso. No hacía frío, pero nunca se sabe. Y ese era el problema que tenían, que nunca se sabía. Ya nada era cierto. Siempre habían esperado que día a día, el Sol saliera por el Este, pero lo que había empezado como un tardío amanecer había acabado en noche eterna. Estaban en el punto más alto de Roma, la cabeza del Coloso, y su función era avisar cuando amaneciese. Al primer signo, debía activar unos potentísimos altavoces que alertarían a la población para ponerse a cubierto, lo más alejado posible de la luz directa del Sol, y protegidos por las gafas de cristales ahumados que el gobierno había facilitado. La oligarquía técnica romana en su momento dictaminó que después de tantas jornadas sin Sol, cuando éste volviera a lucir, causaría miles y miles de cegueras, por no hablar de quemaduras cutáneas de importancia, por lo que la prevención era esencial. Tiempo después, el Procurador de Roma, como representante de Dios y portavoz de la curia sacerdotal, exigiría las medidas de protección ciudadanas, bajo la norma «Dios volverá y todos notareis Su ardiente ira, pero sólo se llevará a los pecadores apóstatas e incrédulos que no le teman, los que le miren con el ojo desnudo, así que estad preparados. Temed a Dios». 9


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Romulus y Julia habían puesto todas sus expectativas en este día. Hoy tenía que salir el Sol, si no estaban decididos a ir al Sensorium, algo que siempre se habían resistido a hacer, no por esnobismo, sino porque no querían perder su integridad. «Por fin se acabó», pensaba Romulus, que no creía volver a ver la luz del día. «Después de todo, quizá no sea el fin… siempre he sido un superviviente». Romulus nació en una aldea, al Norte de Roma y cerca del Mar Tirreno, tan miserable que ni siquiera los bárbaros pensaron nunca en saquearla. Nació en el seno de una familia pobre. Su madre murió en el parto de su hermano menor, y su padre, mordido por un escorpión mientras intentaba recoger lo poco que daba el campo, murió en sus brazos al mismo tiempo que un destacamento de guerreros romanos inspeccionó la aldea. Los llegados al poblado de Romulus obviamente seguían órdenes. Buscaban aliados para luchar contra los etruscos y, sin hacer demasiadas averiguaciones sobre el lugar y las gentes, les ofrecieron una alianza por la que eran asimilados por Roma, el pueblecito desaparecería, y la gente serviría a la urbe en calidad de guerreros. Las premisas fueron aceptadas, y todo el pueblo marchó a la metrópolis dejando atrás por fin la pobreza de la tierra y esperando que la vida les cambiase a mejor. Nunca más, ni siquiera por curiosidad, volvería al lugar donde dejó a sus padres. La pérdida de su hermana mayor durante el trayecto se debió al paso por unas tierras tan insalubres como cenagosas. En su familia eran ahora sólo cuatro, y sin ningún plan previsto a su llegada a Roma. 10


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La ciudad, entonces un pueblecito rodeado de colinas enormes en comparación, estaba regado por un río demasiado propenso a la crecida, que hacía de sus calles un lodazal. La agricultura era posible y la salida al mar favorecía el trabajo portuario, en aquel momento, mínimo. El desarrollo ciudadano había permitido la construcción de un templo, que aumentaba la felicidad de los ciudadanos, y un cuartel, que reforzaba la eficacia de las tropas. Ambas construcciones, así como el palacio, causaron sensación entre los vecinos de Romulus que llegaron con vida. Debido al trato con Roma, todos se personaron en el cuartel. La ciudad necesitaba defenderse de los posibles ataques bárbaros, y se pensaba que la destreza bélica que los del poblado de Romulus tenían era suficiente para formar una falange, pero cuando el instructor Seudolus les vio, comprobó que un puñado de labriegos sin tierra no eran lo que Roma necesitaba. No obstante, la presencia de estas tropas tan poco profesionales fue providencial para mantener el orden en la ciudad, una vez empezó la revolución para imponer la Monarquía. El cambio de gobierno era lo mejor que podía pasarles en un período expansionista como aquél. Había que conferir al pueblo una sensación de fortaleza y unidad frente a un proyecto, que no podía ser llevado a cabo sin la persona de un Rey, que unía la fuerza terrenal, ya que era caudillo militar, y la fuerza espiritual, puesto que también estaba emparentado con los dioses. Esta seguridad propia de la Monarquía, suponía un crecimiento demográfico, pero era contrarrestada por una baja inversión en investigación, que sólo se enfocaba a fines bélicos o a caprichos reales. Teniendo en cuenta todo aquello, y la amenaza que siempre suponía para Roma, la existencia del imperio Etrusco, la Monarquía fue necesaria. 11


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Poco duró el entrenamiento de Romulus que ya fueron movilizadas las fuerzas. Una partida de bárbaros merodeaba por las afueras. La mayor parte de los hombres de la unidad nunca antes habían visto ningún bárbaro, pero habían oído hablar de su ferocidad y presteza en combate, lo que les hacía un adversario temible, y más cuando la unidad estaba formada por jóvenes débiles, viejos enfermos, locos y delincuentes, todos ellos inexpertos aún en el uso de las armas. Romulus, con todo el miedo propio de las primeras veces, salió pertrechado con casco, escudo y lanza a por los bárbaros. Antes de salir contempló el penoso estado de las tropas, él no retenía nada en su interior, otros rezaban, otros lloraban y llamaban a sus madres, otros sencillamente se masturbaban…Como se temía, las puertas de Roma se abrieron y las tropas no pudieron hacer otra cosa que salir, jaleados por Seudolus… «…ante la amenaza bárbara, Roma dió lo mejor de sus casas, y los recios y experimentados soldados, bendecidos por Marte, sirvieron al Rey una victoria sin parangón, la primera de muchas, sobre los eternos enemigos del Imperio…», de Historia de Roma de Flavio Josefus

El bárbaro fue masacrado una vez se tomó por sorpresa un campamento mayormente poblado por niños y mujeres, pese a lo que el número de bajas romanas fue alto; la unidad consiguió el grado de veterana, se celebraron fiestas en su honor y quedó acuartelada en la ciudad, lo que sirvió para completar la instrucción. Fue durante ese período que Romulus conoció a Remus. Remus era un joven desconfiado y experimentado, moreno, barbilampiño, de su misma estatura, pero de aspecto algo mayor que él. Vestía ropas de calidad, de las que llevaban los Patricios, e iba acompañado por un hombre mayor, 12


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quizá su padre. Ambos se acuartelaron cuando él, y Romulus cruzaría dos o tres palabras con ellos. Apunto estuvo de pelearse con el acompañante de Remus durante el entrenamiento, pero nada más. Durante la batalla Romulus siempre había pensado que fue Remus el que le salvó la vida cuando resbaló sobre sus heces y el bárbaro al que quería reducir se le echó encima. Una lanza puso fin a esa tentativa y, por ende, a la vida del bárbaro. Remus apareció poco después, corriendo a por la lanza, a continuar la lucha. El encuentro causó muchas bajas, entre ellas otro hermano de Romulus, y el hombre que iba con Remus, al que éste lloró largamente. Así pues, quizá debido a la leyenda sobre la creación de Roma, Romulus y Remus, quedaron emparejados. «La falange», decía Seudolus, «es el cuerpo más preciso de la Historia. Está formada por los filas de hombres, y no tiene que haber ninguna diferencia entre uno, y el que tienes a tu lado. Nadie puede saber dónde empieza uno, y dónde acaba el otro, y el enemigo menos que nadie. Vais a comer, dormir y levantaros con el compañero que tenéis a vuestro lado, seréis vosotros mismos, de modo que cuando uno se mueva el otro también, que cuando uno respire, el otro también lo haga, ¿queda claro?» La compenetración con el compañero era total, y Remus finalmente tuvo que perder la desconfianza, al menos con Romulus. A éste le encantaba escuchar su suave voz, incluso si no entendía las palabras que usaba porque eso era parte del misterio de Remus, y eso es lo que seducía al joven Romulus. Por lo que llegó a saber, Remus provenía de una rica familia etrusca, que Roma había asimilado. 13


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«Los etruscos», decía Remus, «somos una civilización más culta de lo que nunca podría llegar a ser Roma, que es un pueblo de campesinos necios, zafios y con ínfulas de poder. Todo lo que sabe Roma se lo debe al sistemático saqueo de nuestras ciudades y yo no estaría aquí si no fuese porque estoy esperando a mi padre, un gran caudillo que está reclutando un gran ejército para salvarme, y un día volveremos a casa» «…enemigos como los etruscos, un pueblo que amenazaba con sus ideas y formas de gobierno la expansión de Roma, y que mediante acciones bélicas o raptando los hijos de jefes de aldeas para que estos se avinieran a cumplir con Roma, que los mataba sin escrúpulo ninguno, como éstos habían hecho siempre con nuestro pueblo, acabó desapareciendo voluntariamente reconociendo la inteligente superioridad romana…», de Historia de Roma de Flavio Josefus

Y Roma siguió creciendo. Los colonos fueron a fundar otras ciudades, y así aparecieron Pompeya, Veii, Ravena. Las maravillas empezaron a construirse; la primera, el coloso. Hubieron contactos con otras Civilizaciones, apareció el comercio, y apareció Cartago. Cartago, potencia comercial y militar, veía a Roma como su principal competidor. Por tanto, era normal que financiase piratería y acuartelase numerosas tropas. Descubierto el comercio, tener una Monarquía como forma de gobierno, especialmente en tiempo de paz, era algo que una Civilización en desarrollo no podía permitirse. Por ello, los ciudadanos exigieron un cambio de gobierno. La República romana proporcionó un empuje enorme al comercio, y una mejora en la cultura, pero el crecimiento fue menor, y los ciudadanos, al tener más oro en su poder, también exigieron más centros de diversión en las ciudades. Se 14


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crearon teatros, y coliseos, y se dió un empuje cultural mediante la creación de bibliotecas. La lejanía de Roma provocaba descontentos en las provincias y conatos de rebelión, que eran sofocados por las unidades militares enviadas allí. Pero, aun en los momentos de paz más absolutos hay que estar preparados para cualquier contingencia, y las unidades militares debían ser actualizadas, porque el desarrollo de una Civilización va unido al desarrollo militar. Así aparecieron las tan temidas legiones romanas, que significaban la caída en desuso por obsoleta de la unidad falange, que tan bien había funcionado en defensa de las ciudades. Cuando Roma tuvo su propia legión, el gobierno de la urbe consideró que la falange estaba de más, era obsoleta y así, la compañía de Romulus y Remus marchó con una partida de colonos, a fundar Hispalis. Era la primera vez que hacían un largo camino juntos, y aunque las vías estaban en buen estado el viaje duró lo suficiente para dar fe de la definición de falange dada por Seudolus. La distancia entre colonia y colonia; el destierro de Roma que consideraban haber sufrido; la pérdida de posición ante la ciudadanía, que no tenían por qué saber que ellos eran los héroes de Roma, provocó que el viaje fuese, a la par que tranquilo y silencioso, un viaje interior, y todos llegaron a la conclusión que no eran más que parias, que siempre lo habían sido, y siempre lo serían, que daba igual el gobierno que hubiese, que nadie les tendría nunca en cuenta, a no ser en momentos especiales, cuando ni siquiera ellos se querían tener en cuenta.., pero ¿a nadie le importaban? Sí, siempre tendrían el apoyo de su compañero de fila, de ese que era como él, en el que confiaban, en el que podían ser ellos mismos, el que entendían y al que entenderían, el que daría la vida por ellos y por el que darían la vida. 15


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En ese viaje, aún estando acompañados por las familias, muchos de ellos buscaron y encontraron consuelo en su compañero. Hispalis era un emplazamiento muy importante, por la riqueza minera y la calidad de las tierras, pero estaba demasiado cerca de Cartago. Los beneficios económicos al amparo de la República aumentaron el nivel de corrupción y propiciaron que el ciudadano se preocupara por otras cuestiones más metafísicas ya que la comida de cada día la tenía asegurada. Los sacerdotes, al acecho, aprovecharon la oportunidad para sonsacar dinero a la población, que ahora sentía una repentina preocupación por su futuro, por el estado del alma, por qué hay más allá de la muerte, por si Dios era bueno o malo, y en tal caso, qué interesaría más ser bueno o malo, qué era ser bueno, o ser malo, era objetivo todo, o era subjetivo…la vida, ¿se limitaba a comer, hacer el amor, trabajar, o había algo más? Debía haber algo, el hombre que hace una maravilla como los Jardines Colgantes, no puede morir sin más ¿Qué había? O mejor, ¿qué había para mí? Así, para tener contentos a unos ciudadanos preocupados no por la gloria terrenal, que la tenían asegurada, sino por la eterna, que se les escapaba de las manos, promovieron otra revolución que desembocó en una especie de Monarquía, pero de carácter eminentemente religioso, llamada Teocracia. El Imperio no se arremolinaba alrededor de una persona, guerrero con matices legendarios de tocado por el dedo de Dios, sino que era un representante de Dios en la Tierra, en contacto directo con él. Un Sumo Sacerdote. Conscientes de que el comercio era esencial, el nuevo sistema político sufragó los gastos de investigación a nive16


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les desconocidos hasta entonces, porque saber es poder, la unificación religiosa en torno a una única idea, también era positiva. Tanto que incluso se enviaron clérigos a difundir las ideas Romanas en otras civilizaciones, obteniéndose beneficios económicos a cambio, diezmos. En detrimento, el potencial bélico de Roma descendió ligeramente. No era tan eficaz ni necesario, porque los ciudadanos estaban contentos con templos y no necesitaban tanto gasto militar. Al existir el comercio, la corrupción no desaparecía y el crecimiento social de Roma, debido al control religioso, también fue menor, así como la productividad que también descendió porque los ciudadanos seguían las directivas del Sumo Sacerdote…Ora et Labora, por lo que debían compartir ambas actividades. En Hispalis, las cosas iban a pedir de boca. El crecimiento era rápido, el comercio, importante y la producción adecuada para poder permitirse el lujo de construir un Oráculo, con lo que toda la Civilización estuviera contenta…Y una mañana, las catapultas Cartaginesas hicieron su aparición. Rápidamente estudiaron la situación. Las fuerzas púnicas comprendían cuatro catapultas y caballería, así como una unidad de carros y una de guerreros mercenarios, la plaza debía ser defendida por tres falanges y contaban con un muro que rodeaba la colonia. Romulus y Remus pensaron que los cartagineses habrían desechado la opción del sitio, en primer lugar porque intramuros tenían espacio para la agricultura, así como el granero, que les aseguraba una larga resistencia, posiblemente hasta que de Sagunto llegasen refuerzos; en segundo lugar, el río les abastecería lo suficiente como para no preocuparse por el agua, a menos que construyesen un dique río arriba, lo que sería tarea muy larga y costosa. No obstante,… 17


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No obstante, no podían confiar en la ayuda saguntina, puesto que las comunicaciones estaban cortadas y el acceso por mar, debido a la talasocracia cartaginesa era impensable. Por desgracia, podían por la misma razón hacer una incursión río arriba, ya que hasta ese punto era navegable… decidieron dejar un destacamento formado por gente mayor vigilando el río. La táctica púnica era bombardeo indiscriminado y continuado con catapultas hasta que la población se debilitase lo suficiente como para hacer un ataque frontal con caballería, seguidos por los mercenarios nubios, lo que hubiera acabado en una lucha hombre a hombre, casa por casa y muro por muro. A su pesar, la táctica romana era esperar que atacasen ellos, porque las fuerzas con que contaba Hispalis eran eminentemente defensivas y a campo abierto no tendrían mucha oportunidad ante el poderío de la caballería cartaginesa. Tres días después del comienzo del bombardeo, habían minado la moral de los ciudadanos, inutilizando el granero y destruyendo el templo. Pese a una providencial victoria sobre una incursión por el río, la población optó por rendirse. Romulus y Remus inspeccionaban otra vez el mapa de la zona, cuando una bola acertó sobre su tienda, aplastando a Remus. Romulus vio perplejo como la sangre espesa salía de la boca de su camarada; la inteligencia de la mirada de su compañero había mudado por la sorpresa y ahora miraba al vacío; la mano derecha de su amigo señalaba la colina donde estaban enclavadas las catapultas. Si hubiese sido un sacerdote, Romulus habría entendido eso como una señal de Dios, pero sólo era un hombre al que habían arrebatado la vida, matando a su hermano, y requería venganza.

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Cogió su lanza, y soltando espumarajos de rabia y lágrimas de dolor, salió disparado hacia las colinas, en busca de su muerte. Este movimiento alentó a las tropas romanas, y decidieron seguirle extramuros. Los cartagineses nunca se esperaron ese movimiento. Con el último sitiador muerto a manos de Romulus, éste no se sintió mejor porque vió que lo que quería era que acabasen con él, pero nadie había podido. Intentó entonces suicidarse, pero su hermano le disuadió, comprendieron que había estado bajo una gran presión. «…el traidor ataque púnico a Hispalis, que fue una de las más humillantes derrotas que el imperio cartaginés ha sufrido nunca a manos del ejército romano. Una ciudad prácticamente sin defensas, sitiada hasta la desesperación, sin comida ni agua defendió con entereza el ataque de diez catapultas, quince unidades de caballería e infantería, con sólo dos falanges, capitaneadas por Romulus, el héroe de Roma. Los romanos sufrimos un asedio de veinte días de bombardeo y destrucción continua, pero la bravura, la ciencia y la experiencia romana, combinada con la lógica y la estrategia pudo contrarrestar la inquina cartaginesa, que hubiese deseado una rendición incondicional, algo a lo que Roma nunca…», de Historia de Roma de Flavio Josefus

Romulus, el héroe, acababa de nacer. En tiempo de guerra, la civilización necesita héroes. La historia del lancero enfrentado a las huestes púnicas llegó a todos los confines del imperio. El Sumo Sacerdote le ahijó, antes de que tomase partido por cualquier otra facción contraria. Se le ofreció el puesto de procurador, de cónsul, de general, pero él no quiso más que le dejasen tranquilo, en Hispalis, donde había enterrado a un hermano…y a un amante.

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En realidad Romulus se enteró de su encumbramiento cuando lo leyó en los libros, ya que durante aquel tiempo, él discurrió por la Historia como en trance. Y esa imagen tampoco le interesaba a Roma, no podía mostrar como héroe a alguien que en público, por aquel tiempo, había perdido la noción de sí mismo, y por ejemplo, podía ponerse a orinar en medio de los actos más solemnes que le regalaban. Decidieron, por tanto, construir la figura del héroe, prescindiendo de la persona. Por eso, cuando acabó recuperándose, Romulus se encontró enfrentado a la mentira que habían hecho de él. Cuando Roma comprobó que ya no se podían volver atrás, porque la idealización de Romulus era más provechosa que la imagen de la persona, decidió entonces que ésta sobraba. La vieja falange, una vez asegurada la defensa de Hispalis con legiones, fue licenciada, y mientras que a Cayo, el hermano vivo de Romulus, se le concedió la ciudadanía y se dedicó al comercio, a Romulus se le concedió el favor de reconvertirse en explorador, embarcando en el primer trirreme que recaló en Hispalis. De esta manera, el Imperio podría deshacerse de alguien que molestaba por la constatación del engaño del poder que representaba, ya que por lo general los exploradores perecían a manos bárbaras o enemigas, y si antes del occiso, resultaba que descubría otras tierras, pues mejor. Por su parte, Romulus accedió porque quiso aislarse de los demás; había llegado a la conclusión de que puesto que toda aquella persona por la que sentía afecto moría, decidió apartarse del mundo, pero no por ello iba a dejar de trabajar por el engrandecimiento de Roma. Decidió que su trato con sus semejantes sería, aún a su pesar, los mínimos. El explorador llegó a una tierra desconocida para Roma. Desembarcó y el trirreme que le había llevado le abandonó 20


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en la playa y se puso a costear el territorio siguiendo órdenes estrictas del Sumo Sacerdote. De haber sabido Romulus cómo iba a afectar esta empresa a su vida y a la Civilización, no se hubiera adentrado en la espesa jungla que crecía libre delante suyo. Mientras el transporte comprobaba que se trataba de una isla, el explorador descubrió en el interior una aldea, avanzada pese a su pequeñez, que contaba con granero y templo. Físicamente, los aldeanos no se diferenciaban mucho de los ciudadanos de Roma; tenían la piel tostada por el Sol, una estatura similar a la media romana, y los cabellos negros, como mucho castaños, pero rubios ninguno. Cuando entró en la aldea la única impresión que causó fue el asombro debido a la armadura y el yelmo. Caminó hasta lo que le pareció el centro del pueblo, al tiempo que había captado la atención de todos los aldeanos. Se presentó y dijo que venía de Roma, un pueblo de más allá del mar, que les ofrecía sus servicios y la oportunidad de formar parte del Imperio más grande la Tierra. Hubo un silencio, que Romulus creyó debido a que no le entendían, pero alguien habló su mismo idioma para decirle si se los iba a llevar a todos. Romulus repitió que sólo les ofrecía la oportunidad para unirse a Roma, que lo podían pensar y cuando lo decidiesen se lo dijeran. Como era natural, ellos querían saber a qué se iban a unir, y el explorador glosó una especie de historia de la civilización Romana. La gente del poblado pareció disfrutar de las historias algo maquilladas que contaba el explorador y cuando acabó, volvió la mirada hosca y desconfiada a sus caras. Volvió a preguntar el mismo de antes, que parecía el más interesado en lo que decía Romulus, si no se los iba a llevar. Volvió a dar la negada por respuesta, y el hombre mudó su cara por la del resto de habitantes, mostrando desconfianza. 21


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Romulus pensó que aquello iba a significar que Roma no tenía nada que hacer allí. Malo. Cuando pasaba esto, que una aldea no se quería unir a Roma, ésta la declaraba aldea bárbara y tenía que acabar con ella por la fuerza. Debido al calor se quitó el casco. Sus cabellos rubios brillaron al Sol, al tiempo que una expresión de asombro salió de las bocas de los aldeanos. El impacto que causó provocó que todos le reverenciasen y de la desconfianza general pasasen a acceder sin reservas a formar parte de Roma. Romulus enseguida se dio cuenta de la situación y sin dudarlo sacó un pequeño puñal y se hirió en el brazo, para demostrar que no era un Dios, que sangraba, que no se equivocasen con él, que sólo era un hombre como cualquiera de ellos. Este acto provocó que un grupo de aldeanos reforzase su teoría teológica, que hablaba de un Dios que vendría a demostrar que era uno más y que se quedaría con ellos eternamente, como líder. «…Por lo que hacía a las costumbres de la aldea, tenían criterios diferentes a Roma. Sabiendo que estaban solos en la isla, y sin atreverse a investigar allende los mares, se habían considerado siempre como únicos en el mundo, por lo que no necesitaban ni una fuerza militar que les defendiese, ni una que promoviese la expansión. Trabajaban la tierra y se autogestionaban en función de las reservas de comida; esto incluía el control de la natalidad. El control social era llevado a cabo por un sacerdote desde el templo, aunque gozaban de libertad de culto. Parecía que el hecho de saberse solos en el mundo, y haberse estudiado largamente, les había servido para llegar a la absoluta conclusión de que dado que todos morían más tarde o más temprano, no valía la pena luchar sobre quién iba a tener más razón sobre algo totalmente subjetivo como las creencias. Romulus, el héroe de Hispalis, se aprovechó sabiamente de esto para, dadas las características similares

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Xavi Boix a una de las deidades de la prerromana Romula que había prometido volver, ejercer a favor de una asimilación por Roma…», de Historia de Roma, de Flavio Josephus.

Romulus fue considerado por una parte de la población como un Dios y, el hecho de que ayudase a mejorar la aldea con proyectos de acueductos potenciando la educación, así como promoviendo la economía, debido a la riqueza minera y de especias de la isla, acabaría por ser una opinión adoptada por todos los aldeanos, que optaron por llamar la aldea Romula, en honor a su Dios. No obstante, por muy honrado que Romulus se pudiese sentir por todo aquello, no era algo de lo que él se pudiera sentir orgulloso. Además de haber destrozado un estilo de vida antiguo, ya que rápidamente adoptaron todos los vicios de Roma, si hubiese buscado reconocimiento, no hubiese hecho falta salir de Hispalis. El hecho de pasar a ser admirado por todos no le gustaba lo más mínimo, ya que sabía que a la larga crecería el afecto que sentía por todos ellos y acabarían pagándolo, por desgracia. Decidió apartarse de todos ellos, y fue a explorar la isla. Además de los alrededores de Romula, la riqueza se extendía a lo largo y ancho de la isla. Yacimientos de oro, viñedos, algodón, hierro…Romulus creía que se podría fundar otra colonia en lo alto de una colina al Norte de la isla. Fue hasta allí arriba y descubrió una cueva en la que habían unas tablillas. Las llevó a su aldea para ver si el sacerdote podía sacar algo en claro del descubrimiento. Ojalá Romulus se hubiese muerto durante el camino, ojalá se hubiese caído por el barranco, ojalá no hubiese cogido nada, ojalá no hubiese salido nunca a explorar… ojalá no hubiese nacido. Las tablillas llevaban la maldita fórmula de la pólvora. 23


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Roma acababa de hacerse invencible. «…si bien Roma siempre ha sido envidiada, no es hasta el descubrimiento de la pólvora por los científicos romanos que todas las demás civilizaciones entran en guerra abierta, diplomáticamente hablando, con el Imperio. Intentan robar el conocimiento los que más, ofrecen dinero o un intercambio, nunca beneficioso para Roma, los que menos. Aún así, como dijo nuestro Sumo Sacerdote: “El equilibrio se ha roto, pero mejor que lo haya roto la grandeza romana, que no la traición cartaginesa”, y la voluntad de Roma siempre ha sido la convivencia…», de Historia de Roma de Flavio Josephus.

Comprendió Romulus que de alguna forma iba a quedarse en aquella isla por mucho tiempo. Roma no le quería muerto, pero le podía tener lejos. Así, ningún trirreme llegó a las costas y aún así, los que lo hacían no traían órdenes de hacerle embarcar. Los ciudadanos de Romula se preocupaban por su fundador. Nunca quería excesivo trato con ellos; les rehuía en cierto modo. Es por ello que aprovechando su condición de Dios, los ciudadanos quisieron emparentarse con Romulus, por lo que le empezaron a ofrecer sus hijas. Éstas, entre el temor y la ambición, accedían a ser presentadas por sus padres. El héroe de Hispalis podría haber tenido las mujeres que hubiese querido, era potestad de los dioses hacerlo, y además le apetecía, pero de todas las nobles ciudadanas, se fue a interesar por una esclava, una mujer que le miraba a los ojos, no como las otras que miraban al suelo en señal de respeto, temor y falsa modestia, y no veía a un Dios triunfador, sino a un hombre que sufría. Esa era Neeba. Neeba era una mujer atractiva, una esclava egipcia que había sido hija de nobles, pero que en las luchas que Roma había tenido con Egipto y habían acabado por la asimilación de éste último su familia había perdido todas las posesiones, 24


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pasando a ser botín de guerra y vendidos como esclavos. Como que había pasado de tenerlo todo a no tener nada, no le importaba la riqueza lo más mínimo; lo más interesante para ella eran las personas. La piel oscura, el pelo recogido en extrañas trenzas, pestañas largas y ojos oscuros. Piel suave, pechos firmes y pezones pequeños. Ni siquiera unos brazos musculados por el trabajo y unos dientes irregulares le quitaban belleza. Pero lo que más le seducía a Romulus era el conocimiento que tenía de las personas. Sabía estar siempre en el lugar adecuado, apoyando cuando era necesario, escuchando cuando fuese menester y regañando cuando así debía hacerlo. Era inteligente, había sido tutelada por un ateniense en Alejandría. Además, le gustaba el celo por su independencia. Así pues, Romulus no sólo desestimó todas las ofertas que los ricos ciudadanos le hicieron, sino que además compró la libertad de Neeba, convirtiéndola en su consorte, una ciudadana llamada Julia. Con ella, y mientras estuvo confinado en su ciudad, reestructuró su filosofía de la vida. Ella le hizo comprender que la vida es riesgo, que en todas las cosas hay un alto porcentaje de aquello que por convenio se llama azar, y que los religiosos llaman voluntad de Dios, y que aceptar eso es la única regla del juego. Uno no puede sobre valorarse hasta el punto de pensar que en función de lo que se quiere a sus semejantes, éstos viven de un modo u otro. Es algo no del todo incorrecto, ya que la interrelación entre personas puede modificar la conducta de las mismas, pero no se puede hablar de ello en términos tan absolutos. Romulus fue comprendiendo esto poco a poco, sin prisas, y cada vez fue queriendo más y más a Julia, hasta el punto que él mismo tuvo miedo de perderla, pero sabía que 25


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era porque la amaba, porque uno teme perder aquello que realmente le importa. Porque uno cree que maneja los hilos cuando no es más que una marioneta guiada por…bueno, ¿y qué más da todo esto cuando has encontrado el amor? Con el fatídico descubrimiento de la pólvora, la máquina de guerra romana se desarrolló más y más. Los científicos del imperio se afanaban por encontrar avances militares. La economía imperial, gracias al comercio y a los diezmos de la teocracia, podía sufragar un buen equipo técnico. Con la metalurgia, lo que hasta entonces se consideraba seguro ya no lo era. Empezaron a caer en manos romanas los bastiones enemigos y las inexpugnables ciudades amuralladas. Roma hizo las paces con imperios, que siempre le exigieron la pólvora, a lo que Roma no accedió. Siguió enfrentada a Cartago, que intentaba robarle mediante espías el secreto de la pólvora, y el Imperio no tuvo otro remedio más que un cambio de gobierno a favor del Comunismo, con lo que la producción subiría, y los espías serían más potentes, al menos en el contraespionaje. Cuando el resto de las civilizaciones descubrieron la pólvora, Roma tenía ya un dominio de la misma, que le hacía implementar unidades completamente pertrechadas. Sólo Cartago siguió enfrentándose sin miedo a Roma, cada vez el número de bajas era más grande, tanto de un bando como de otro, perdían y ganaban el control de las ciudades de los imperios, sin importarles la gente, sin importarles nada más que ganar una guerra comenzada por ya nadie sabía exactamente qué. Entonces Roma desarrolló una nueva forma de gobierno: el Fascismo.

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Romulus y su familia aprovecharon la salida de una caravana con destino a Roma, donde se construía una maravilla, para salir de Romula. Utilizaron el primer transporte que pasó por allí e hicieron escala en Hispalis donde Romulus presentó a su mujer e hijos a su hermano y empresario Cayo, que había construido un imperio comercial en todo este tiempo. Justo estaban celebrando el encuentro cuando llegaron noticias de que Romula había caído en manos cartaginesas, que había sido atacada, que los ciudadanos habían sido asesinados , que habían acabado con la ciudad, y que la siguiente sería Hispalis. «…los espías romanos habían informado que debido a la falta de unidades en Romula, llamada así en honor a Romulus el héroe de Hispalis, los espías púnicos soliviantaron a la población, prometiéndoles trato de favor en sus relaciones comerciales. Cuando el Estado tuvo pruebas documentales de la deserción Romulana, decidió eliminar tal inquina ciudadana, destruyendo completamente la ciudad. Una lluvia de torpedos hizo desaparecer del mapa a tan distinguida población. No hubieron supervivientes, y el ataque fue imputado a Cartago a fin de conseguir aliados para acabar con aquella potencia…» de Historia del Mundo, de Knosos Stavros

Aunque la primera intención de Romulus fue quedarse con su hermano para organizar la defensa de Hispalis, Cayo rehusó la ayuda fraterna diciéndole que no se iba a quedar, que marcharían todos juntos a Roma, que habían visto suficientes guerras y muertes, que ya demostraron valentía en el pasado, y que el imperio prefería un potentado vivo del que sacar beneficios económicos, que uno muerto. Romulus se dio cuenta que no sólo él pensaba así, ahora que tenía familia el mundo se veía desde otra perspectiva. Hasta ahora siempre había hecho las cosas por cara de algo 27


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tan genérico como el Imperio; ahora que tenía algo preciso por lo que luchar, no lo iba a echar a perder. Él y su familia se marcharon hacia Roma. Cuando llegaron a Roma, Romulus ya no la reconocía. Había cambiado tanto, que ya no sabía dónde estaba exactamente ni el Cardus ni el Decumanus. Se veían muchísimas casas y tantísimos palacios, que daba vértigo. Las maravillas seguían en pie. La última que estaban acabando era el Sensorium. Cayo siguió comerciando ya que en Roma, aparte de clientes y conocidos, también tenía concesiones de sus negocios y todos vivieron en el palacete que tenían en la metrópolis. Romulus fue convocado por el cónsul de la ciudad. Aún se acordaban de él por su defensa de la patria en tantas y tantas ocasiones, y por todo aquello que había hecho por el crecimiento del Imperio. En verdad, lo que quería de él era un apoyo sin fisuras a la política del gobierno Fascista. Roma siempre había necesitado héroes, y esta última campaña era la definitiva para acabar con los demás imperios, pero la sociedad romana se había anquilosado tanto en un estilo de vida tan hedonista que ni siquiera reaccionarían teniendo un millar de tropas cartaginesas a las puertas. Por eso, no pudiendo confiar en la población, el imperio había utilizado otra política: las alianzas. No obstante, los resultados de ésta eran desalentadores. Al solicitar una alianza militar contra alguien, se estaba reconociendo la propia debilidad, y el futuro aliado se valía de esto para sangrar económicamente al solicitante. Por ello, lo que quería el cónsul era su apoyo incondicional, sus arengas, su poder de convocatoria y convicción, para movilizar toda la población contra el enemigo, cualesquiera que éste fuese. Hoy, Cartago, mañana, quién sabía. 28


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Romulus pensaba que escuchaba a un loco, hasta que el cónsul le preguntó por su familia y su bella mujer extranjera… egipcia, momento en el que supo que sí, que estaba hablando con un loco. Se convertiría en valedor del proyecto del cónsul. Abandonó el Palacio totalmente descorazonado. Al día siguiente empezaría a regañadientes su trabajo de agente de la propaganda, luchando por un fin en el que no creía, haciéndose responsable de inculcar un sentimiento de fanatismo que él despreciaba. Cuando llegó a su casa, parecía diez años más viejo de cuando había salido por la mañana. Se fue a dormir, se despertó de noche, siguió durmiendo. Sonaron los despertadores, pero seguía siendo de noche. Quizá el sol tardaba en salir hoy, pero volvieron a sonar los despertadores, y seguía sin amanecer. Decidió ir a Palacio. Consternación. Ni siquiera la cancillería de Catai, la posición más a levante que tenía el Imperio tenía idea de dónde había ido el Sol. Tampoco ellos sabían nada, pero estaban a la expectativa. Ninguna otra cancillería daba noticias al respecto. Los imperios se colapsaron después de una semana sin Sol. Cartago aprovechó tal tesitura para echar las culpas a Roma, ya que el Sol había desaparecido debido a extraños experimentos que los científicos romanos habían llevado a cabo. Roma lo negó, pero esto dió más fuerza a Cartago, que formó una alianza con las demás potencias mundiales para acabar con Roma, conseguir el poder científico que tenían y deshacer el entuerto. El primer paso fue eliminar cancillerías,

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embajadas y consulados romanos en sus propios territorios. Ningún embajador sobrevivió. «…liderada por Cartago, la bestia negra de la Roma, finalmente reconocida internacionalmente como potencia salvadora, se formó la Gran Alianza Solar con la firma del Tratado de Akra Leuke, por la cual Grecia, Japón, India, Persia y China se unían a Cartago con objeto de hacer desaparecer la amenaza romana, por los medios que fuesen pertinentes, además de prestarse ayuda mutua en caso de solicitarla a fin de contener cualquier rebelión interna que pudiese ocurrir en cualquiera de las ciudades de los diferentes estados. La sociedad tuvo un rápido éxito en las ciudades romanas no continentales…», de Historia del Mundo de Knosos Stavros

En Roma no sabían qué hacer, como si el Sol les hubiese concedido poder, y ahora hubiesen perdido el guía. Perdían las posesiones ultramarinas, pero ni siquiera los comerciantes se alarmaban. La prioridad era recuperar el Sol. Todas las potencias les habían declarado la guerra, pero ellos seguían mirando hacia el cielo, esperando el amanecer. Apáticos, sin hacer nada. Entonces empezó a ocurrir lo que se conoció como el efecto sensorium. Hasta entonces, el sensorium era una maravilla en el que la gente vivía realidades virtuales. Entraban allí, y durante una media hora podían ser hombres, mujeres, reyes, sacerdotes, niños, ancianos, queridos, odiados, cualquier cosa que se les ocurriera, y sentirlo en su propia piel. Esto daba un cierto conocimiento sobre la vida deseada que nunca era placentero, y que contribuía a desear más la vida que se había llevado hasta ahora, por lo que era una máquina que creaba felicidad promoviendo la idea que nunca serás más feliz que viviendo la vida que vives, provocando que nunca nadie quisiera cambiar su modo de vida, porque el cambio era malo. 30


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Cuando empezó el extraño fenómeno solar, la gente que acudía al sensorium salía con ganas de trabajar. Se comprobó que la máquina operaba un cambio en la mente del usuario tal que o bien le hacía cortar leña, o bien recolectar alimento. El efecto duraba un tiempo determinado, una semana a lo sumo, e iba disminuyendo de intensidad, pero el trabajo realizado en ese tiempo era mucho y de calidad. Por desgracia, no todos los usuarios sobrevivían a la máquina. Se realizaron estudios. Mientras que los animales no eran afectados, las personas sufrían cambios incluso en la vestimenta, que pasaban a teñirse de azul, y tenían un miedo cerval al color rojo. Se pensó que probablemente la máquina fuese trucada por los cartagineses o sus aliados, pero al comprobar que empezaron a crearse unos guerreros, fanáticos del color azul, que eran enviados a primera línea a luchar contra los enemigos, y que causaban bajas, pese a lo básico de su armamento, la teoría fue desestimada. Este hecho se mantuvo en silencio porque el Imperio, o lo que quedaba de él, no podía permitirse otro frente abierto. El gobierno fascista había dimitido en favor de un directorio formado por la oligarquía técnica romana, que buscó explicación y posible solución al problema solar. Trabajaron muchísimo en el tema, y no consiguieron nada, pero a cambio crearon un sol artificial, una gran fuente de luz, que servía para poder cultivar, y sobrevivir. Se implantó en campos y en zonas mineras. Romulus ofreció sus servicios al directorio, pero ante la apatía social, no fueron ni siquiera tenidos en consideración. En cambio, sería más provechoso que vigilase cualquier cambio solar que pudiese ocurrir. Romulus solicitó instalarse con toda su familia en la cabeza del Coloso, el punto más alto de Roma. El directorio accedió. 31


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El sensorium confería un aspecto de utilidad a la sociedad que difería completamente de la desgana aparecida con la falta de Sol. La ciudadanía siguió acudiendo al sensorium porque se querían sentir útiles, y cada vez se detectaron más cambios. Después de los guerreros, aparecieron arqueros y jinetes. De pasar de cortar leña y recolectar, trabajaron la minería. Nadie podía explicarse el motivo, pero esto seguía pasando, y el odio al color rojo también. Entonces, un día, los usuarios del sensorium salieron murmurando «hombre santo, bueno…hombre santo, bueno», pero su efectividad disminuyó. No eran tan buenos en su trabajo. Podían quedarse parados en medio de la batalla, o en el trabajo, preguntados por lo del hombre santo, los afectados hablaron de que «hombre santo, sana, dice oración». El directorio urdió un plan caracterizando a un ciudadano de posible hombre santo, con bastón, con ropas color azul, y tuvo éxito. La ciudadanía volvió a ser como mínimo tan efectiva como había sido antes, en las batallas una figura de tal guisa aseguraba la victoria final. Con la llegada de unidades militares del estilo falange y legión, provenientes del sensorium, el Imperio romano volvió a ser imparable. «…a punto de asestar el golpe final a Roma, empezaron a aparecer soldados llegados de no se sabía qué época, antiguos, guerreros con mazas, caballerías con lanzas, arqueros y algún que otro hoplita, de no se sabía qué museo, pero en un número muy superior al de las fuerzas de la Gran Alianza Solar, y mejor alimentados, que al principio por la sorpresa nos causaron numerosas bajas, pero que luego se pudieron contener hasta que aparecieron los monigotes azules…», de Historia del Mundo de Knosos Stavros

En Roma podían ser tiempos extraños, pero eso no significaba que la mentalidad de los ciudadanos fuese a cambiar. 32


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El ciudadano vestido de hombre santo fue reclutado por los contrarios al directorio cultural, que abogaban por la institucionalización de un gobierno de emergencia, tutelado por ellos, los generales. En otras palabras, una dictadura militar, pertrechada de teocracia, que llamaba a la Santa Cruzada contra los enemigos de Roma. Así nació la Curia. En tiempos difíciles, pensaban, era lo que el Imperio necesitaba. Amparándose en el Hombre Santo, el control de la ciudadanía era total, y valiéndose de las técnicas ideadas por el anterior directorio, que fue completamente eliminado, construyeron una sociedad controlada por el miedo. Potenciaron el uso del sensorium, ya que había gente como Romulus y su familia que eran reacios a usar tal aparato. Preferían ser ellos mismos, que uno más en ese concepto de civilización, basado en el terror. Las victorias de Roma sobre sus enemigos se contaban día a día. Ya quedaba poco enemigo. Grecia y Persia habían caído, China tenía una ciudad que estaba sitiada, Japón resistía con gobiernos samuráis, que optaban por la rendición incondicional, y Cartago disponía de Leptis Parva y alguna pequeña ciudad más, pero todo lo demás era del color azul de Roma. Romulus pensó que cuando acabasen con los enemigos, empezarían por los amigos. Es decir, todo aquel que no fuese afín a su política sería eliminado. Nunca Roma estuvo más en peligro que ahora. La única esperanza era que saliese el Sol, pero no lo creía. Había pasado mucho, y ahora al final, se dio cuenta que había valido la pena, pero ¿qué hacía hablando en pasado? Aún no estaba muerto, sólo iba a cambiar de estilo de vida. Igual le gustaba. Quizá había estado demasiado tiempo sin 33


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contacto con sus semejantes, quizá desde dentro no era tan mala la situación de los afectados por el sensorium. Quizá no debería engañarse, iba a perder la voluntad, para conservar la vida…¿por cuánto tiempo? Seguro que Julia le seguiría queriendo…¿Seguro? Despertó a su mujer con un beso. Julia miró al Este y luego a su marido, al que le secó la lágrima que le caía por la mejilla. Le encantaba esa facilidad que tenía su marido por la emoción, que no intentaba esconder aunque sí disimular puerilmente. Se besaron, hicieron el amor sin prisa y fueron a buscar a los niños. «…después de una temporada en que me he dedicado sola y exclusivamente, robando horas de sueño, a jugar al Age of Empires (en el que he salido victorioso de sendas campañas, una de Roma y otra de Cartago) he decidido volver a una antigua campaña en la que jugaba con Roma y que recordaba haber dejado a medias del Civilization de Sid Meier, cuando me he encontrado con que alguna cosa había pasado. He preguntado a mi hermano si se había metido en esta campaña y él me ha dicho que no. No puede ser otra cosa más que un virus, y muy extraño, porque cuando he cargado la partida ha aparecido un mapa con todo de posesiones cartaginesas y sin ningún rastro ni de Roma ni de Grecia ni de nada más, y el audio es el oeoeeee, oeoeeee de los hombres santos del Age…», de Mi diario (23/02/2003) de Xavier Boix

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Negocios Elke sentía un asco muy profundo hacia las palomas, sin embargo se pasaba mucho tiempo con ellas. Se conoce que transmiten enfermedades, que ensucian, que estas ratas del aire son una plaga. Son animales no excesivamente sociables, que tanto causan aversión como simpatía, por lo que uno podía pensar en la afinidad de caracteres entre éstos y Elke. Y siguiendo por aquí, quien hubiese pensado que el tiempo dedicado a sus palomas era empleado en el estudio de las mismas, forzosamente hubiese tenido que hacerle llegar a la conclusión que un día, sin previo aviso, Elke sorprendería a la Humanidad con un segundo libro. Un tratado de palomas, contra todo pronóstico. En realidad, el viejo Elke, durante el tiempo que permanecía en el palomar no se cansaba de torturar palomas. Experimentos sabidos de antemano fracasados, esterilizaciones masivas, incluso imposibles estudios pavlovianos… todo, todo le servía de canalizador de energía, así que ese sadismo desarrollado, curiosamente, le distraía hacia otros asuntos. Una vez más el problema era su hijo Emmanuel, y éste era su tercer día de encierro. Elke siempre había sido un solitario, de modo que cuando sus colegas de promoción formaban una familia, quizá por esa falsa autosuficiencia que acostumbra a suplir unas amistades inexistentes, él se centró en los negocios. Sin nada que 35


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le hiciese perder de vista sus intereses económicos, y partiendo de la nada, llegó a crear una empresa modesta, aunque próspera, que dependía fundamentalmente de la confianza ciega que depositaban en él sus empleados. En cualquier caso, los inicios fueron duros: a la decepción que le causaron los primeros empleados, siguió la gran inundación de la empresa que fue provocada por él mismo, a fin de conseguir cobrar el seguro y empezar de nuevo; y la peor tribulación, cuando la falta de mercado los obligó a emigrar a otro país, donde fueron gratamente acogidos e incluso llegaron a ocupar una alta posición en el gobierno, situación que finalmente propiciaría la vuelta a casa, en tiempos difíciles teniendo que luchar a brazo partido para conseguir un lugar en el mercado, llegando a lo más alto en relativamente poco tiempo. Todo ello repercutió en que los estatutos de sus trabajadores fuesen de lo más restrictivos. Hizo un decálogo y todo el que entraba a la organización era obligado a seguirlo; la única forma de llevar el negocio era la mano dura. Empleó táctica de terror psicológico con sus operarios para evitar la fuga del personal a otras empresas, su omnisciencia le supuso una entidad que nunca nadie había tenido antes: ejercía un poder absoluto sobre sus trabajadores, a los que consideraba sus hijos en tanto en cuanto ellos le considerasen su padre, a los que les fue pasando algo de sus conocimientos, y a los que les prometió que un día, con ayuda de su hijo, dominarían económicamente el planeta. Los negocios le funcionaban viento en popa, cuando hizo su aparición Emmanuel. Que se centrase en el negocio, no le impedía a Elke, como cualquier otro empresario de su generación, divertirse con quien quisiera. Para alguien que jugaba con las vidas de sus 36


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empleados, esto era lo de menos. El caso es que le sedujo una joven de aspecto virginal la familia de la cual ya había sufrido una de las bromas pesadas del empresario: la que les negó la descendencia hasta que fueron muy mayores para poder disfrutar del día a día del hijo. Y así, como si de una ley no escrita de equilibrio universal se tratara, Moraya, la joven de la que se había encaprichado, le dió un hijo: Emmanuel. Elke, por su parte, también le correspondió dándole un marido, pero no quiso saber nada del asunto. Así es como Elke se refirió siempre a toda esta historia: el asunto. Durante la gestación siempre pensó que todo había sido llevado a cabo con la mayor discreción, pero hay secretos que a altas esferas llegan desvelados, así que cuando nació su hijo, aparte de felicitaciones al padre, sus colegas empresarios también agasajaron al hijo, lo que causó sensación en gentes humildes como eran las de Moraya. Ella nunca le ocultó a su hijo quien era su verdadero padre, pero Elke no quiso ceder ni un paso, y cuando vió que toda su política quedaba en entredicho al aparecer como un ser accesible, hizo todo lo posible por deshacerse de ellos. Incluso mandó a las fuerzas del orden que les buscasen y les hiciesen desaparecer. Al ver el estado de cosas, el joven matrimonio y Emmanuel se exiliaron durante unos años, volviendo al país una vez las aguas se calmaron. Emmanuel siempre fue consciente de quien era, pero tanto en la infancia como en la juventud no llegó a preocuparle. No vivía mal, el marido de Moraya tenía una pequeña empresa de maderas que le sirvió para conocer algo del mundo de los negocios, en el que se desenvolvía de forma correcta. No fue hasta llegados los 30, con la muerte del marido de Moraya, que entró en una crisis personal durante la que fue a buscarse a sí mismo, y siempre se encontraba con Elke, así 37


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que decidió que ya era hora de sacar partido de su padre natural. Se propuso llegar a su altura siendo competencia directa. Estudió empresariales y revisó a fondo la vida de Elke, encontró aciertos que mejoró y fallos, que eliminó. Para ser competencia directa consideró que debía llevar a cabo una política totalmente diferente a la que su padre llevaba a cabo. Nada de poder absoluto, se acabó la endogamia empresarial que suponía el gremio, no había que mirar a los clientes como un grupo cerrado: todo el mundo era cliente potencial…viva el libre comercio. Con todo este bagaje se dio a conocer en el mundo empresarial, sin esconder ni un momento sus orígenes. Por su parte, los años no habían cambiado a Elke. Cuando vio aparecer a Emmanuel, estaba muy ocupado tratando de plantar cara a Jovi Enterprises, una gran compañía perteneciente a uno de su promoción que intentaba hacerse con el mercado. Al principio observó su trabajo con curiosidad y al poco empezó a reconocer características comunes entre los dos que no sólo le llenaron de orgullo, sino que además consideró prestarle un poco de ayuda, como mínimo dejándole hacer. No obstante, hay quien dice que necesitaba socios para hacer frente a Jovi Enterprises, y la aparición de Emmanuel le vino como anillo al dedo. Cuando Emmanuel se hubo hecho con el control de suficientes clientes de Elke, como para poner en peligro su imperio, su padre adoptó lo que en un futuro será la peor medida posible, dada la situación. Decidió abandonarle a su suerte. Acabó con el hombre, gracias a un pacto secreto con la Jovi. Así, acabando con su hijo pensó que la organización perdería el líder, se vendría abajo y volverían a la seguridad del grupo de Elke, pese a que algunos cayesen en brazos de su socio ac38


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tual. No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Dicen algunos que se enfureció mucho cuando se enteró que su hijo había muerto, pero eso no impidió que asistiese esa misma noche a una sesión de fuegos artificiales. Sin embargo, no es buena idea crear mártires. El asesinato de su propio hijo, en contra de lo que Elke pensaba, no acabó con el negocio de Emmanuel. Previendo que pudiese pasarle algo de esto, antes de su muerte, creó un grupo de gestores que se encargaron de los negocios, algo impensable en el imperio de Elke. Éstos tuvieron una rápida reacción, mantuvieron la muerte de Emmanuel como una simple desaparición, ofreciendo una imagen de seguridad, ya que el abandono del fundador de la empresa, siempre hace pensar a los clientes que todo se ha acabado. Sin dar lugar a ninguna malversación, la organización fue captando socios, y lo que era más importante: de la cartera de clientes de Elke. La muerte o desaparición de Emmanuel dejaba el siguiente panorama: los fieles a Elke, que eran mayoría; los seguidores de Emmanuel, que eran un grupo comercialmente pujante sobre el que el padre del fundador no tenía ningún poder efectivo, y la Jovi Enterprises, un gran holding que se imponía muy rápidamente. Elke comenzó a pagar el precio de las alianzas contra-natura cuando la Jovi entra por la fuerza al mercado y desmonta el imperio del viejo, obligando a la mayoría de los trabajadores a abandonar el país y exiliarse en otros lugares porque el gran holding de Occidente, así lo requiere, quiere controlar el mercado con empresas afines. Para los gerentes de Emmanuel les parece una inmejorable manera de darse a conocer internacionalmente, contactando nuevos clientes. La Jovi enseguida se percata de que la 39


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política del negocio de Emmanuel es muy golosa y persigue y castiga los tratos con las empresas del grupo. Elke, por su parte, volvía a estar en horas bajas, algunos dicen que debido a la pérdida de su hijo, pero lo que es cierto es que está mayor, el empuje de la Jovi es muy fuerte y, a decir verdad, nunca se caracterizó por la rápida maniobra. Prefiere esperar antes de hacer ningún movimiento, ya que la última solución que adoptó ante un problema no le había traído más que desgracias. Sólo se le ocurre hacer otra promesa: volverán. Lo habían pasado mal otras veces y habían superado cualquier bache. La historia es cíclica. La victoria final, por supuesto, no pasaba por un cambio de política de empresa. Popularizó la consigna «pocos, pero buenos». La Jovi era un gigante con pies de barro. Nadie puede luchar contra un fantasma, y más cuando empresas importantes del holding empiezan a caer en las redes de los Emmanuelitas. Así estos últimos pasaron de estar perseguidos por la Ley, a estar requeridos por las más importantes empresas de diversos sectores para llegar a un acuerdo de sociedad. En poco tiempo el grupo empresarial fundado por el hijo de Elke pasa a ser un holding, de la misma extensión que lo había sido la Jovi, pero con la política expansionista de los gestores de Emmanuel. Elke, por su parte, reaccionó recuperando un línea de negocio que había considerado tiempo atrás: la mano de obra barata. Mientras Emmanuel estaba en el punto más dulce de su carrera empresarial, gracias a dos grupos ejecutivos con sede en Europa (Italia y Grecia, respectivamente) su padre volvía al cuadrilátero creando una empresa en su línea: seria, conservadora, tradicionalista, pragmática, y muy comprometida con la voluntad de Elke. Esta mano de obra barata, venida de Oriente, puso en solfa la estabilidad del holding de Emmanuel. 40


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El viejo zorro, aprovechó todos estos miles de operarios orientales preparados, acostumbrados a una vida austera, para crear un nuevo imperio que en muy poco tiempo ensombreció las pretensiones expansionistas de su hijo, cuyos gestores no tuvieron otro remedio que organizar filas por primera vez en torno a una persona, que era la figura del fantasma. Los tiempos de crisis obligaron a los gestores a adoptar medidas intervencionistas, tal y como había hecho Elke desde siempre. Incluso empezó a ser molesta la bicefalia gerencial, creándose cismas en la unidad gerente de Roma, ya que los franceses abogaban por una propia en Avignon. Los emmanuelitas incluso se pusieron a dar palos de ciego. Pensaron que la mejor defensa era el ataque y consideraron que lo mejor era atacar frontalmente a Elke, pero no a su imperio comercial. Error. Él era su imperio comercial, tan fuerte, tan inexpugnable. Inopinadamente, el empuje de los orientales fue perdiendo gas. No porque estuviesen cansados de la política de Elke, ni tampoco porque les sedujera Emmanuel, sino porque el bienestar occidental era superior a lo que estaban ellos acostumbrados. Los oropeles fueron los culpables de que se lograra parar al expansionista imperio de Elke. No obstante, aún viendo esto, los gerentes de Emmanuel no sólo no cambiaron de política, sino que además llegaron a ser más intransigentes con las otras compañías, si cabe. Se impusieron como principal objetivo imponer la filosofía empresarial sobre cualquier otra; hacer proselitismo. De esta manera, para subsistir, muchas de las empresas de Elke perdieron a sus operarios, que fueron a sumarse a las filas de Emmanuel. El grupo ejecutivo griego, bastante pro-elkeniano en función de su cercanía a Oriente, que hacía enfocar la política comercial hacia ese estilo de empresas, cayó en las 41


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redes de Elke, aunque el grupo de empresas no se perdieron. El grupo ejecutivo romano, por su parte, acabó perdiendo su influencia directa sobre algunas regiones del norte de Europa y, por ejemplo, en Inglaterra se formó un grupo gerencial propio. El hecho es que después de consolidarse en Europa y tener una campaña muy exitosa en América, el número de almas controladas por Emmanuel era tan superior al de Elke, que ni siquiera le interesó a los gerentes seguir la guerra a tan gran escala como entonces y, habiendo recuperado totalmente las empresas del Este de Europa, después de la caída del Comunismo, se entró en un período de tregua que nunca antes se había conocido. Las empresas estaban en paz, pero el ánimo del viejo que estaba en el palomar, no. Actualmente, el único que tenía problemas era él. Mezclar Agarenos con Sionistas no había sido buena idea. El imperio que había creado para ganar la batalla al fantasma de su hijo, se había vuelto en su contra, y aunque le gustaba ver que se peleaban entre ellos, porque ambos opinaban que eran los elegidos, él sabía mejor que nadie que la pelea era inútil. Nunca hubieron elegidos. El enemigo era esa peste de cristianos, pero ninguno de sus pueblos reconocían en ellos al enemigo de su Allah o Yahvé. Cogió a una paloma y le retorció el pescuezo. A sus pies, otra comenzó a gorjear, o a cloquear o a lo que sea que hiciesen las palomas, y Elke le echó un poco de mijo. Por supuesto, no hubiese llegado donde había llegado sin tener ases en la manga. Cuando las cosas se ponían realmente mal, siempre se daba a conocer a alguien poderoso de los suyos: «Yo soy Elke Soy», le había dicho a Moisés en un mo42


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mento crucial, y había creado las bases de su imperio empresarial, ahora se le presentaría a un tal Osama Bin Laden, con órdenes explícitas para atacar al centro neurálgico del imperio cristiano. Le sobrevino una inquietud. Siempre lo hacía cuando daba un mandamiento de este tipo. Si esto llegase a saberse alguna vez, ¿no sería su fin?, ¿no acabaría como sus compañeros de promoción como Júpiter, el de la Jovi Enterprises, que murió porque nadie creía ya en él? La idea de Emmanuel, su hijo, le amenazaba. Por eso era tan peligrosa, porque de regirse la empresa por la idea del hijo había pasado a hacerlo por las ideas de los gerentes, de esos que él había dejado al cargo. «Esos eran los peores, los bastardos de los gerentes», pensó, «decir que Padre, Hijo y Espíritu Santo es lo mismo… ¡¡igualarme a esta asquerosa paloma!!». En un rápido movimiento, aplastó la cabeza de la paloma que comía mijo.

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A Noelia Garc ía A

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Vida perra Él siempre había llevado una vida de perros. Lo decidió él mismo, siendo un niño. Un día de aquellos en los que todavía fingía divertirse con los juguetes de plástico de colores que todo el mundo le regalaba. Dio el paso no sólo porque eso es lo que corresponde a los de su especie, pensaba él, sino también por aprovechar las cualidades que la naturaleza le había dado. Y es que Walter tenía tres narices, tres narices de las de verdad, de las que van en la cara. ¿Y qué mejor que ser un perro para desarrollar sus olfatos? Especializó cada uno en una tarea diferente. El superior era el de uso estándar: olores, rastros… esas cosas. Además, como era la más grande, si bajaba la cabeza sólo se le veía esa, y así podía pasar desapercibido. La segunda, la del medio, era la más sensible. ¡Podía detectar incluso pensamientos! De gran utilidad en sus relaciones con los demás, sobretodo con los humanos, tan propensos a los engaños. Y la de abajo, la menor en tamaño, funcionaba de manera totalmente irracional. Era su parte sal47


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vaje. Cuando detectaba algo era de intensidad suficiente como para hacerle perder el control. Por suerte, y por seguridad, su inconsciencia duraba poco, enseguida actuaba la segunda para hacerle notar si aquello carecía de sentido o para empujarle a seguir con su instinto sin ningún freno. Todo perfecto… pero quizás aburrido de tan perfecto, ¿no? 19 de gener de 2003

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Una calle silenciosa de aquellas en las que sólo oyes tus pasos. Un lugar solitario y oscuro, y que, aún así, no resultaba demasiado peligroso. Aquel lugar le gustaba. Escucharse caminando de un lado a otro, parecía como si su oído se agudizara, cuando en realidad lo intenso era el propio silencio. Un día, caminando sin rumbo, encontró la calle. También era de noche, y se enamoró de aquello. Volvía siempre que podía, y no hacía nada en especial, lo que ahora, caminar y escuchar sus pasos. Su costumbre era atravesar la calle una sola vez con sus zapatos negros de tacón. Como en un ritual se cambiaba sus habituales botas al principio de la calle y caminaba hasta el final en pasos cortos y a veces rápidos. Y no usaba esos zapatos para nada más. Quizás, pensaba, estuviera un poco loco, al encontrar placer en aquella tontería, y cuando terminaba su paseo se cambiaba los zapatos casi avergonzado, en un banco que había en la esquina y miraba a los lados, temeroso de que alguien lo hubiera visto. Era irracional y sin sentido, pero ¡y qué! A él le gustaba y punto. 49


Disfrutaba de cada segundo, de los preparativos de su viaje en metro hasta aquel barrio del extrarradio, de sus nervios de ponerse los zapatos y de sus pasos contenidos, procurando no correr por la calle a pesar de su excitación. Y al final volvía a casa, también en metro, pero por otro camino algo más corto. Y al llegar a casa se examinaba los pies, que siempre estaban doloridos de los zapatos estrechos y de pasear. Buscaba sus remedios caseros que casi nunca funcionaban, y al final resignado volvía la vista al botiquín, porque incluso ante los más irracionales de nuestros actos, y aquellos lo eran, debemos estar preparados. Después, comía algo, y se acostaba. 26 de gener de 2003

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De secano — ¿Te apetece ver la playa? Estamos al lado. Sólo dos minutos andando. — Vamos, así caminamos un poco que estoy hinchado de la comida. Cruzaron la calle esquivando a un motorista, que casi se cae por la maniobra, y siguieron caminando sin prestar mucha atención a los insultos y quejas del tipo de la moto. Era un día frío y soleado, y el mar estaba en calma. —¿Qué te parece? — Bien, mucha arena ¿no? — Pues en verano se llena hasta los topes. Se imaginó aquella playa ahora desierta cubierta de toallas, de niños incordiando y de vendedores de bebidas a dos euros la unidad. De pequeño nunca le había gustado la playa. Le parecía sucia, muy aburrida. Sólo algunos olores y los sonidos habían permanecido en su memoria con cierto cariño. Olores y sonidos de verano, de vacaciones. 51


De secano

— Volvamos, se hace tarde. — Ve tú delante, ahora te cojo, prometí a mi crío que le llevaría un trozo de mar. — Como quieras, yo tengo frío, te espero en el coche. A su hijo le encantaba el mar. Tenía su habitación llena de conchas y de frascos de arena convenientemente etiquetados con el origen y la fecha. Cada verano la misma historia, cargar con aquellos trozos de la playa de turno. Para él era más que un juego, era su pasión. Incluso su ropa tenía un curioso e increíble olor a mar. Al mismo mar que tenía ahora en frente. Respiró dos veces, tres veces profundamente. Pensó en el cielo azul y en el mar en calma y en el olor a verano ¡en pleno marzo! — ¡Un trozo de mar! ¡Qué tontería! Le diré que me lo robaron en el hotel, y este verano vendremos aquí. Se dió media vuelta, se sacudió los zapatos y el traje (¡maldita arena!) y volvió al coche pensando en la reunión de la tarde.

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Yo no soy así — ¡Me ha colgado! ¡Pero tendrá jeta! Pues no pienso volver a llamar. Si quiere saber algo que llame él. ¡Ale! ¿Acaso no tengo yo otras cosas que hacer? ¡Pues sí! Tengo millones de cosas que hacer. Como sentarme aquí a leer esta revista. Y cogió de mala gana la revista de cotilleos que alguien había dejado sobre la mesa. La ojeó en un par de minutos, y la enrolló como si fuera un palo. — Desde luego yo no me voy a sentir mal. Si estaba conduciendo, coño, que se pare un segundo, que no le cuesta nada. Pero para qué va a hacer ningún esfuerzo. Siempre va a la suya. Que cuando no es la batería es la cobertura y sino que está conduciendo, y así siempre. ¡No puede ser casual! Y eso cuando me contesta, que a veces ve mi nombre en la pantalla y ni me lo coge. ¡Pero se ha acabado! Ya llamará para pedirme algo, ya llamará. Se levantó con la revista enrollada en la mano, y comenzó a golpearse con ella en el muslo mientras paseaba de un lado al otro del salón. ¡Pi-pi! Mensaje. 53


Yo no soy así

— ¡Por fin se digna a enviar una señal! A ver… «Su saldo está a punto de agotarse». ¡Subnormal! —dijo chillando al teléfono—. Pero qué saldo ni que chorrada ¡Si este teléfono es de contrato! —y arrojó el teléfono sobre la mesa. — Me voy a hacer un café —dijo la mujer desde la cocina—. ¿Quieres algo? — Deja mujer, ya lo hago yo, a ver si me calmo. — Perfecto, te espero en el salón. — Maldita cafetera, ¿qué? ¿ha estado aquí Sansón tomando café? Porque no hay manera de abrir este chisme. Se lo colocó entre las piernas para hacer fuerza con ambas manos…y la abrió. — ¡Ale! Todo por el suelo y encima me he hecho daño en la muñeca. A ver cuando compramos una de esas eléctricas, que esta es del pleistoceno. — ¿Quieres que vaya? —dijo la mujer, en un tono indiferente desde el salón. — Deja, deja. Ya lo recogeré yo. Pasó una bayeta por el suelo. Por suerte no se había manchado el pantalón. Fregó la cafetera y buscó un trapo para secarla. — ¿Dónde están los trapos? ¿Pero por qué lo tienes que esconder siempre todo? — En el primer cajón, al lado del fregadero.

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Noelia García

— Pues vaya un sitio para guardar los trapos — murmuró—. ¡Que sepas que no es nada intuitivo! —chilló a su mujer. Ella apareció por la puerta de la cocina. — Vete al salón y siéntate, ya lo hago yo. Que eres peor que un crío. — ¡Ja! Ahora la culpa de que lo escondas todo será mía. Se fue mascullando entre dientes y se sentó en el sofá del salón. — ¡El mando de la tele no va! Apareció su mujer con una bandeja, café para ella, tila para él. — Estás usando el mando del equipo de música. — ¿Pero por qué es igual al de la tele? — Son completamente distintos y lo sabes. — ¿Qué es lo mío? — La tila. — ¡La tila no me gusta! Odio las infusiones, son asquerosas. Si la toma vomitaré. Me sienta mal al estómago. Yo tengo un estómago muy delicado. ¿Qué quieres? ¿Matarme? — Pues tómate el café, pesado. — ¿Cuánta azúcar le has puesto? Lo prefiero sin azúcar. Ya no quiero nada. — Pues no tomes nada y calla que quiero ver la película. 55


Yo no soy así

— ¿Estás viendo esto? ¿Desde cuándo te gustan estos telefilmes basura? —dijo mientras se acercaba la taza de café a los labios. — No me gustan. Pero me dan ideas… — ¡Puaj! ¡Qué asco, qué dulce! — Lo realmente dulce viene ahora —sonrió. — Me encuentro mal, me estoy mareando. Empezó a sonar el teléfono. — ¿Ahora llama? Dile que no estoy, no veo nada… Su mujer se levantó y fue hacia el teléfono. — ¿Sí? Sí, ya está, se lo tomó. En ese momento su marido cayó al suelo.

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Explosión Piensa en algo vacío. ¿Verdad que imaginas algo negro? El vacío siempre es oscuro. Si digo que mi pasado está vació… ¿será que lo veo negro? Piensa en una ausencia. ¿Es también negra? ¿Puedo decir que el vacío que veo es una ausencia? «En esta calle hay de todo, y de lo más variado! Por eso siempre está muy concurrida… — Si miras hacia delante… ¿qué ves? —¡El futuro es luz! Y la luz que veo me ciega. — Luego el futuro te ciega. «Debería alguien regular el tráfico peatonal aquí. Yo podría hacerlo…» El presente es dinamita. El presente explota. El presente se rompe en mil. El presente es una cortina. El presente es opaco. El presente es dinámico. El presente cambia; del presente no te fíes… 57


Explosión

…el presente explota, el pasado ausente, el futuro ciego… «Quisiera caminar sin que nadie me tocara, que sólo me vieran de lejos, o que ni me vieran… …Podría hacerlo.»

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Huidas La entrada siempre por la puerta trasera. Esto es una huida ¿o era una búsqueda? En fin, puerta trasera. Dos pasos, tres y dentro. Ya está, el nudo en la garganta... ¡Ooh! ¡Qué boniiito! Veamos, líneas simples, poco ornamentado, a ver el techo…¿son ladrillos o adoquines? ¡¿Coño, y cómo se sujetan?! Alto, alto, vale… a ver. ¿Qué más da cómo se sujeten? Estoy dentro con un nudo en la garganta, y además estoy fresquita, ¡que fuera hace un calor! — ¡Oh! ¡Por favor, sin trivializar! Digo lo del fresquito y no miento, pero es cierto, lo importante es el nudo en la garganta… ¡Pero qué cursi me siento cuando me pasa esto! Y esto está lleno de gente. Quisiera que este también fuera uno de esos pequeños placeres míos de disfrute en solitario. Y que nadie se enterara de lo mucho que me emociono. Seguro que lo notan. Deducirán por mi actitud que es un lugar que me trae recuerdos. ¡JA! ¡Igual piensan que me casé aquí! «¡Qué linda! Se le saltan las lágrimas recordando aquel día» los más sentimen59


Huidas

tales— «seguro que se ha divorciao» —los más cotillas. En realidad nunca me pasó nada aquí dentro. Sólo llego, me siento y me emociono de tanta belleza… Sólo las campanas acercan a mi mente con nostalgia, y deseo, momentos del pasado. Las oíamos desde su habitación, desde la misma cama donde habíamos pasado la noche entera haciendo el amor sólo con mirarnos. Las contábamos para saber qué hora era, y siempre nos equivocábamos… En fin, me levanto… Contemplo las vidrieras… Camino hacia la puerta principal… Mira, entro contenta y sola por la puerta trasera, me emociono, siempre por la belleza simple, por las columnas altas, por los techos de ladrillos y por el frescor. Entro huyendo del calor y salgo huyendo del frío… qué mierda, qué cursi, qué metáfora tan idiota. He contado bien y son las dos. Sonrío desde la puerta, con las gafas de sol ya puestas. Ojalá que este no fuera uno de esos pequeños placeres míos de disfrute en solitario… 21 d’abril de 2003

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Desde mi ventana Desde la ventana de mi cuarto veo pasar las nubes. Dibujan en el cielo formas extrañas sobre un fondo que es azul y profundo. Viajan despacio, tranquilamente, imperturbables, como si nadie ni nada fuese capaz de perturbar su vuelo. A veces chocan entre si, se molestan, discuten, y los gritos que dan las nubes más grandes, molestan a las pequeñitas, que se ponen a llorar. Entonces las mamás nubes para alegrar a sus hijos, cambian el color negro, símbolo de su enfado, por un blanco esponjoso, y divierten a los pequeños dibujando en el cielo arcos de colores. Después continúan su camino, alegre y en paz, descubriendo, bajo el algodón blanco, la belleza de un nuevo atardecer.

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Refugio Giró la hoja del calendario que tenía encima de la mesa. Era lo primero que hacía cada día cuando llegaba a la oficina, después de encender el ordenador. Le gustaba leer toda aquella información casi inútil. Fijó la mirada en la parte inferior de la hoja, se quedó pensando durante unos segundos y decidió que aquella noche era perfecta. Hacía demasiado tiempo que no necesitaba ir allí. Y ahora le apetecía hacerlo sin ningún motivo en concreto, por placer. Nunca entendió por qué necesitaba aquel pueblo, aquella playa. Sólo sabía que aquel era el único rincón que le permitía parar el tiempo. La luna era la misma en todos sitios. Allí, en cambio, le parecía más grande, más brillante, más cercana. Descubrió aquel refugio cuando todavía no tenía ni diez años. Desde entonces aquellos momentos fueron su tabla de salvación, a la cual, en ocasiones, se había aferrado casi desesperadamente. Se sentaba en la arena, cuando todo estaba ya en silencio, y sus cinco sentidos iban despertando 65


Refugio

del letargo en el que les sumía la vida en la ciudad. Podía pasarse allí horas y horas. Sin hacer nada. Siempre había pensado que las personas que van por la vida con prisas no ven. El incansable susurro de las olas era capaz de ahogar palabras y miradas. Aquellas que tantas veces se tiran en el fondo del silencio más profundo, aquellas que tenía clavadas en su mente y que solamente él lograba arrancarle. Después quedarían las heridas, que el agua y la sal se encargarían de curar. Así, con el paso del tiempo, podría lucir las cicatrices que le recordarían para siempre que un día existió aquel dolor. Durante aquellas horas todo a su alrededor desaparecía. Tan sólo quedaban la mar y la luna. En la adolescencia le explicaron su historia de amor. Una historia de amor imposible y tan antigua como el mundo. Decían que estaban enamoradas. Que la luna se reflejaba en sus aguas para acariciarla y que el ruido de las olas eran palabras de amor que la mar le susurraba sin descanso desde el principio de los tiempos. Apareció la ventana que le pedía el password para poder entrar. Lo introdujo y, mientras esperaba que acabasen de abrirse todos aquellos programas, cogió el calendario y lo miró de nuevo. Cuan66


Aurora Llauradó

do su mirada volvió a encontrarse con el símbolo de la luna llena al final de la hoja, sonrió. Aquella noche iría a mirar la mar, el cielo estrellado y la luna. Sin más ruido que el de las olas besando la arena.

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Sol Era uno de esos días soleados de principios de primavera. El sol empezaba a plantarle cara al frío cuando se acercaba el mediodía, tímidamente al principio y luego con total desfachatez. A Quim le gustaban esos días. Sentado en cualquier sitio, sentía que el corazón volvía a latirle con fuerza y que la luz se introducía por todo su cuerpo. La vida se enganchaba a la piel y la más pequeña idea de la muerte le parecía remota y absurda. Por unos momentos se sentía inmortal. Era como si nada de lo que le rodeaba pudiera afectarle ni hacerle daño. Su pelo tupido y castaño, casi pelirrojo, y su perilla bien perfilada, todavía más clara que el pelo, le daban un cierto aire de turista. Aquel mediodía, como hacía a menudo, había quedado con un par de amigos del trabajo, Santi y Clara, para salir juntos a disfrutar de ese sol de primavera recién estrenada. El ritual siempre era el mismo. Seguían el camino de tierra que les llevaba a aquella plaza también 69


Sol

de tierra, llena de niños y turistas, y se sentaban en una de las mesas del único chiringuito que había. Pedían unas cervezas, una bolsa de patatas fritas y unas olivas, y cada uno de ellos intentaba hacerse con una segunda silla para poder apoyar los pies. Entonces, una vez acomodados, sacaban el único objeto que ninguno de los tres olvidaba en aquellas ocasiones: las gafas de sol. A partir de ese momento los tres se convertían en simples siluetas, en fantásticos edificios humanos con las ventanas cerradas. La intensidad de la conversación fluctuaba. A veces hablaban con ganas durante un buen rato sobre cualquier tema o se reían de cualquier cosa. Otras veces, en cambio, se quedaban callados, pensativos, como si sus mentes estuvieran muy lejos de allí. A Quim aquella situación le hacía mucha gracia. Pensaba en la absurdidad que podía originar un objeto tan simple como unas gafas de sol. En una situación como aquella, en la que tres buenos amigos se juntaban para pasar el rato, sin otro motivo que el de aprovechar los primeros momentos de sol del año, las gafas de sol se convertían en el paradigma de la soledad. Aquellos cristales opacos eran capaces de entorpecer seriamente la comunicación entre ellos. 70


Aurora Llauradó

Allí sentados, como tres turistas más, su silencio sólo era interrumpido por los gritos de los niños que jugaban en la plaza y por las conversaciones que mantenían los turistas de las mesas vecinas. Clara, Santi y Quim se observaban los unos a los otros con la misma impunidad que proporciona el anonimato de un antifaz. Quim entonces sonreía. Pensaba que las gafas de sol eran la versión adulta de aquel movimiento reflejo de los niños que, cuando quieren esconderse, se tapan los ojos con las manos. Había pasado el tiempo que el trabajo les permitía tomarse para comer. Santi y Clara tenían que volver a la oficina para acabar unos pedidos urgentes que debían salir aquella misma tarde. Quim, en cambio, ya había acabado su jornada laboral y decidió quedarse un rato más allí sentado. Mientras sus amigos se alejaban, miró al cielo y respiró hondo, como si quisiera llenar sus pulmones de aquel olor a sol y a buen tiempo. Y pensó que pronto estaría allí otra vez el verano, aquella gran fiesta de carnaval por donde caminan personas invisibles.

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Confesiones — Ave María Purísima. — Sin pecado concebida. — Padre, confieso que he pecado. — ¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas, hijo? — 17 — ¿17 días? — No, 17 años. — ¿Qué? ¡Lárgate de aquí! — Pero ¿no se suponía que Dios lo perdonaba todo? — ¡Dios quizás sí, yo no! — ¿Me está echando? ¡Usted no puede hacer eso! ¡Me tiene que escuchar y perdonar mis pecados! ¡Es su obligación! ¡Es su trabajo! — ¡Nada de eso! Pero ¿qué os habéis pensado? Ala, hago lo que me da la gana durante 17 años, no voy a misa, porque seguro que no vas a misa, paso de todo y luego, con toda la cara, vengo a que el imbécil del cura me confiese, me absuelva y… ¡ya está! ¡Cómo si no hubiera pasado nada! 73


Confesiones

El cura salió del confesionario apartando de un manotazo la cortina que le separaba del exterior. — ¡Pues no! ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Ya estoy harto! —dijo mientras se dirigía hacia dónde estaba el chico, todavía arrodillado— ¡Vergüenza te tendría que dar! Llevaba una sotana negra que le llegaba casi al suelo. Estaba prácticamente calvo, llevaba gafas y, aunque a primera vista parecía un hombre mayor, sólo hacía falta acercarse un poco para comprobar que no debía pasar de los 60 años. — Y ustedes ya se pueden ir. Se han acabado las confesiones por hoy —dijo dirigiéndose a las dos mujeres que esperaban su turno en el banco más próximo al confesionario. — Sabía que tarde o temprano acabaría pasando algo así. Es lo único que sabe hacer esta juventud: estropearlo todo. Ya no respetan nada, ¡ni lo más sagrado! Son todos unos descreídos… le iba diciendo una mujer a la otra mientras se levantaban para irse. — ¡Usted se calla, señora! —dijo el chico, que se había puesto de pie y empezaba a reaccionar ante aquella situación—. ¡Qué coño sabrá! ¡Y nosotros no hemos estropeado nada! ¡Ya nos lo hemos encontrado todo así de estropeado! — ¡Muy bien chaval! —dijo el cura—. ¡Sigue sumando puntos! No solamente no has conseguido 74


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borrar tus pecados, sino que encima les vas añadiendo más a cada minuto que pasa. De repente el cura se calló. Se puso blanco y se tambaleó un poco. El chico le cogió para que no se cayera y le ayudó a sentarse en la silla del confesionario. — Gracias —le dijo—. Últimamente tengo bajadas de tensión y me mareo con facilidad. — ¿Quiere que llame a alguien o que le vaya a buscar algún medicamento? — No, no hace falta, gracias. Ya me encuentro mejor. Acompáñame a la sacristía. A estas horas ya no vendrá nadie más a la iglesia. Entraron en la sacristía. El cura le invitó a sentarse en una pequeña mesa que había en la habitación contigua. Sacó dos vasitos y una botella de vino. Los llenó, dejó la botella sobre la mesa y se sentó enfrente del chico. — Un poco de vino y la tensión volverá a subir — dijo el cura sonriendo. — El vi fa sang, ¿no? — Eso dicen… Salud. Los dos vaciaron sus vasos y el cura los volvió a llenar. — ¿Sabes? Hacía tiempo que no compartía un vaso de vino así con alguien. — ¿No tiene amigos? 75


Confesiones

— Cuando llegas a un pueblo o a una parroquia o a donde sea, eres el cura y ya está. La gente te respeta más o menos, puedes caer simpático o no, pero nada más, nadie pretende ser amigo tuyo. Los amigos son los que haces antes del seminario. Les veo de vez en cuando, pero están lejos y todos tienen su vida: su familia, sus hijos… De nuevo, el cura volvió a echar un poco más de vino en los vasos. — A veces pienso que eso es lo que tenía que haber hecho yo. Casarme, tener una mujer, hijos y un trabajo normal. Poder discutir con el jefe y saber que puedes encontrar otro trabajo parecido en otra empresa. Poder discutir con tu mujer y saber que a pesar de todo te quiere, que en casa hay alguien que te espera y que se preocupará si no vuelves. — Pero usted es libre. Eligió este trabajo porque quiso y también lo puede dejar cuando quiera. ¿Por qué no lo hizo hace años, cuando era más joven? — Cuando eres más joven no te das cuenta, no piensas en el futuro. Yo me hice cura totalmente convencido, nadie me obligó, ¿eh? Yo creía en lo que hacía. Me gustaba mi trabajo. Además los primeros años te cambian a menudo de destinación y 76


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yo estaba encantado de poder conocer lugares distintos. — ¿Y las mujeres? ¿Nunca se enamoró? — Sí, claro. Pero antepuse mi trabajo al amor. Ya te digo que lo mío fue vocación… El chico cogió la botella y llenó los vasos otra vez vacíos mientras sonreía. — Ya veo que tu pregunta no se refería sólo al amor, ¿verdad? —dijo el cura también sonriendo—. Lo de la castidad nunca fue mi punto fuerte. Ese voto lo rompí unas cuantas veces… Supongo que pensarás en lo de la doble moral, pero no me arrepiento. — ¡Lástima! Yo estaba dispuesto a absolverle… Los dos se quedaron callados durante unos segundos. Se miraron y, de repente, empezaron a reir a carcajadas.

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Ella Los primeros rayos del sol, todavía débiles, se filtraban a través de la persiana, que no estaba ajustada del todo, y dibujaban por toda la habitación pequeñas manchas de luz. Algunas de ellas se posaron en su cara. No tardó demasiado rato en despertarse. Lo hizo poco a poco, disfrutando de cada segundo, como sólo se puede hacer cuando se está de vacaciones, cuando no es el despertador el que se encarga bruscamente de devolverte a la realidad. Primero dejó que todos los lejanos sonidos del exterior le envolvieran. Hasta que fue capaz de distinguir cada uno de ellos. Después, muy lentamente, fue abriendo los ojos. Allí estaba ella, a su lado, como una prolongación del sueño. Le encantaba contemplarla mientras dormía. Su pelo castaño y largo, su nariz y su boca perfectas, su piel suave... No podía haber nada más bello. Sus ojos, grandes y marrones, ahora cerrados, era lo que más le gustaba de ella. Cuando miraban 79


Ella

los suyos brillaban, y las palabras dejaban de tener importancia. Estuvo así un buen rato, simplemente mirándola. Después, con cuidado para no hacer ruido, se levantó, se vistió y salió de casa. En las calles de aquel pueblecito había poca gente a aquellas horas. Era domingo y sólo algunas mujeres y un grupo de cuatro o cinco viejos, para los que todos los días de la semana eran iguales, se habían levantado temprano. Despacio, paseando y disfrutando de aquella calma, se dirigió a la panadería y compró unos croissants acabados de hacer. Luego, de camino a casa, se pasó por el quiosco para comprar el diario. Leyó los titulares y los breves de la portada. Como siempre todo eran malas noticias: política, sociedad, economía, deportes… Una vez más, pensó que si el tiempo que la gente dedica a leer el periódico lo utilizaran para leer literatura de verdad, no se sentirían tan decepcionados. Puestos a leer mentiras, son preferibles las literarias: están mejor escritas, y son mucho más reconfortantes y verosímiles. Dobló el diario por la mitad y siguió caminando. Ya cerca de casa, la inconfundible voz de la mujer que les tenía alquilado el piso repitió un par de veces su nombre. 80


Aurora Llauradó

Se giró hacia ella sin ganas. Sabía que aquel podía ser el inicio de uno de los monólogos interminables con que aquella mujer solía torturar a quien se dejara. Sólo le pudo dar los buenos días. A partir de ese momento le fue imposible volver a abrir la boca. Aquella mujer empezó a hablar y a hablar. Primero sobre los otros inquilinos que tenía, luego sobre los precios de los alquileres del pueblo, siguió con su difícil situación económica, que la tienda no le daba más que problemas… Como solía hacer en estas situaciones, después de cinco minutos, desconectó del monólogo. De hecho, sabía que aquella mujer lo único que necesitaba eran sus oídos, no su mente, así que decidió darle un descanso. Cuando creyó que ya había pasado un tiempo razonable, miró su reloj. Educadamente se despidió de la señora que, contenta de haber podido hablar, ya tan temprano, durante un rato, no insistió en continuar la charla. Entró en casa y cerró la puerta sin hacer ruido. Dejó los croissants en la cocina y el diario sobre la mesa del comedor. Subió las escaleras que llevaban al piso de arriba y se dirigió a la habitación.

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Ella

Dentro, las manchas de luz que las rendijas de la persiana dibujaban por todas partes se habían hecho más intensas. Ella todavía dormía. Entreabrió suavemente la ventana y las manchas de luz se hicieron un poco más grandes. Aún así, algunos de los objetos de la habitación eran siluetas que solamente se intuían, simples formas de sombra recortadas. Se sentó en la cama, en el espacio que antes había dejado, y se inclinó hacia ella. La miró unos segundos. Después la besó en los labios. Ella, con los ojos todavía cerrados, sonrió. La volvió a besar, y esta vez ella le devolvió el beso. Poco a poco fue abriendo los ojos. La claridad, dulcemente, se instaló en la habitación, y todos los objetos recuperaron sus colores.

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Pere y Noelia Se llama Pere. Hace años que tiene el pelo blanco, pero todavía se siente ágil. Lleva siempre una gorra de marino, seguramente lo único que conserva de su vida de pescador. A parte de ese olor a mar que, a pesar del paso de los años, todavía perfuma su piel. Vive en un pueblecito de pescadores que está tan lejos de la capital que hasta hace muy poco ha podido mantenerse a salvo del turismo. Por desgracia, en los últimos cuatro o cinco años la tranquilidad ha empezado a llenarse de grúas y el horizonte de edificios que ya no dejan ver las montañas desde cualquier lugar del pueblo. Unos cuantos vecinos han creado un grupo ecologista y organizan manifestaciones y presentan quejas al ayuntamiento. Pere sabe que todo es cuestión de tiempo. Tiempo hasta que la gente se canse de luchar contra una tempestad en un barquito de papel. Tiempo hasta que el pueblo haya crecido tanto que deje de tener sentido llamarle así. Pere no soporta alejarse durante demasiado tiempo del pueblo. Necesita sentir ese olor a sal 83


Pere y Noelia

para respirar a gusto. Cuando sale, vaya a donde vaya, se siente igual que cuando era un niño y su madre le llevaba al mercado: asustado y desorientado, rodeado de gente extraña, de caras nuevas. Pero cuando era niño se agarraba bien fuerte a la mano de su madre y se sentía protegido de cualquier cosa. Esta tarde tiene ganas de salir a dar una vuelta con Noelia. Se la pedirá a Marc; él sólo la utiliza por la mañana y alguna que otra noche. — ¿Qué tal se porta mi chica? Marc ha reconocido la voz del viejo pescador y se gira sonriendo. — No se puede portar mejor. Puedes estar orgulloso. Marc se pone de pie, se acerca a Pere y le ofrece la mano. Pere la estrecha y al mismo tiempo le ayuda a salir de la barca. Se saludan con una suave palmada en el hombro. — Eso es porque la cuidas bien. Está preciosa. — La pinté hace un par de semanas. Ya empezaba a hacerle falta —los ojos de Marc brillan llenos de entusiasmo contemplando la barca—. De lejos el verde y el blanco ¡casi se confundían! — Conservas el color verde…

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— ¡Claro! Tú siempre la tuviste de ese color. No podría imaginármela de otro. Pere sonríe. Se acerca a Marc y, señalando la barca con un gesto de la cabeza, le dice casi susurrando: — Es su color preferido, y ya sabes que a tu chica siempre la tienes que mimar, ¿no? — ¡Como a una princesa! —dice Marc riendo. — ¿Vas a salir esta tarde con ella? — No. ¡Toda tuya! —contesta Marc mientras salta a dentro de la barca—. Ayúdame a descargar el pescado y te la llevas. Justo detrás de ellos ya empieza todo el alboroto de la subasta: barcas entrando a puerto, cajas de pescado de un lado para otro, voces, prisas… Con todo el pescado ya en tierra, Marc observa como el viejo se aleja con Noelia. Las olas salpican las letras blancas de su nombre y sus colores recién pintados brillan bajo el sol de la tarde. Casi tanto como los ojos de Pere. Le gusta ver su cara de satisfacción cuando se sienta, pone en marcha el motor y sale del puerto. Sabe que en ese momento todo desaparece detrás suyo, el resto del mundo ya no cuenta. Sólo Noelia y el mar.

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Sin título Este no es un cuento para Noelia. Yo no lo estoy escribiendo. Tú no eres Noelia ni lo estás leyendo ahora. Es muy fácil escribir un cuento. Porque quien lo lee siempre entiende exactamente lo que el escritor quiso decir. Por lo tanto, éste no tiene nada que temer. Puede expresarse con la total seguridad de que será comprendido. Escribir un cuento es tan fácil como comunicarse con otra persona. De hecho, representa una situación comunicativa tan sencilla como cualquier otra. Alguien escribe, alguien lee, algo se comunica mediante un canal determinado. Alguien sabe lo que quisiste decir. No es cierto que haya gente que se dedique a escribir para ellos mismos. Todo el mundo lo hace para ser leído por el gran público. ¿Quién querría poner sus pensamientos más íntimos sobre el papel simplemente por el placer de verlos traducidos a palabras? Nadie. Nuestros sentimientos son algo que cualquiera de nosotros querría que fueran conocidos por la ve87


Sin título

cina del segundo o por el quiosquero de la esquina, por ejemplo. Y quien diga lo contrario, miente. Y miente también aquel que dijo que el lenguaje a menudo nos traiciona, que suele ser el único culpable de nuestros desastres comunicativos. No sabía lo que decía. Yo tampoco. 7 novembre de 2003

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Tot o res Quan la dependenta es girà per allunyar-se passadís enllà, en Pep es ficà la capsa del perfum dins la butxaca de la jaqueta. Es va dirigir cap a la sortida amb pas lent. «Mai miris al teu voltant per veure si algú t’observa. Comporta’t amb normalitat.» El cor li anava a cent. Va arribar al carrer i va continuar caminant a poc a poc. Just en arribar a la cantonada girà el cap. No el seguia ningú. Llavors accelerà una mica el pas i baixà les escales del metro. Un cop a dins, i sabent-se sa i estalvi, es palpà la jaqueta allà on s’havia posat la capsa. La confirmació que el paquet encara era allà el feu somriure. Tot havia sortit bé. De totes maneres si el seu pare se n’assabentava s’emprenyaria força. Sempre li deia que arriscar-se per feines tan petites era d’imbècils. Però allò no era una feina més, allò era personal. S’havia hagut de vestir per a l’ocasió, buscar l’hora adequada, el moment precís... 89


Tot o res

Havia fet una aposta amb el Ricard i l’acabava de guanyar: el perfum més car de la millor perfumeria de Barcelona. Però qui estaria més contenta seria la Gemma, de fet l’aposta havia començat per ella. No sabia què comprar-li pel seu aniversari. Bé, més ben dit, no sabia què podia comprar-li amb els diners que tenia. «T’arriscaries a jugar-te-la per un regal com déu mana per a la teva nòvia?», li havia proposat en Ricard. El Pep sabia que si la bòfia l’enxampava se n’aniria de pet a la garjola. Tenia uns quants judicis pendents. Tot i així acceptà l’aposta. Sempre es deia a ell mateix que seria l’última vegada, però sempre n’acabava trobant una altra. «El dia que la Gemma descobreixi a què et dediques, et deixarà», li havia dit el seu pare l’última vegada que havia descobert una de les seves juguesques. El seu pare tenia raó, però això, en comptes de fer-li posar una mica de seny, produïa l’efecte contrari: era com afegir-hi encara una mica més d’emoció. Guanyar cada aposta volia dir tot o res. Sabia que era arriscat i irracional, però no podia fer-hi res. Necessitava cada cop més sovint aquelles pujades d’adrenalina. Algun cop havia pensat que segurament allò que sentia era exactament el mateix que sentia la gent que fa esports de risc: els que fan paracaigudisme, puenting i tota aquella mena 90


Aurora Llauradó

de coses. Li atreia això de tirar-se en paracaigudes, potser algun dia s’hi atreviria. Llançar-se al buit des d’un avió sabent que la teva vida depèn que funcioni el paracaigudes que portes a l’esquena. Si tot va bé, la meravella de veure el món com ho fan els ocells, de sentir-te lliure per un instant. Sinó, una mort segura. Tot o res. Robar el que vulguis on vulguis: la satisfacció de sentir-te l’amo del món, que tu fas i desfàs les lleis, i de regal el botí. Sinó la presó per molts anys, la pèrdua de la llibertat, del prestigi i potser de l’afecte d’algunes persones... No t’hi jugues la vida? Adrenalina. Tot o res.

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Malson Soledat. Fugida. Nit. Mar. Ones. Lluna. Silenci. Refugi. Consol. LLAVORS EM VAIG DESPERTAR. ESTAVA PLORANT.

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¿Es posible la paz? Miraba al frente. Sus ojos azules, posados en un punto fijo, casi hipnotizados, reflejaban el resplandor que producían las interminables explosiones que estallaban por todas partes. De repente despertó: una bomba acababa de caer a su izquierda. Se quedó inmóvil, y empezó a girar su cabeza muy lentamente, como si no quisiera ver lo inevitable, lo que, sin duda alguna, había ocurrido. Cuando sus ojos, por fin, le enseñaron aquel charco de sangre, giró lo más rápido que pudo su cabeza, para luego llevarse las manos a la cara. No podía… no quería presenciar aquella imagen. Poco a poco fue apartando sus sucias manos de la cara, se armó de valor para enfrentarse a aquella situación, y se arrastró rápidamente hacia aquel muchacho. Le cogió la mano, destrozada y llena de sangre, lo que hizo que la suya se tiñera de rojo. Le llamó, primero casi susurrando, después gritando lo más fuerte que su voz le permitía. Al no obtener respuesta fue agachando tristemente su cabeza, hasta 95


¿Es posible la paz?

que sus ojos alcanzaron la imagen de sus manos. Entonces se dio cuenta de lo que en ellas agarraba firmemente, un fusil, y mirándolo con repugnancia, lo tiró lo más lejos que pudo. Estaba desesperado. Se acercó un poco más al muchacho y con ambas manos rodeó su cuerpo y chilló su nombre una vez más, al tiempo que su uniforme, lleno de tierra, se iba llenando de sangre. Sus manos empezaron a resbalar suavemente por los hombros de su amigo y lentamente se fueron separando los dos cuerpos, que quedaron completamente rojos, mojados y despidiendo sangre. Después de contemplarlo durante unos segundos, se sentó a su lado, rodeando con sus brazos las piernas encogidas y apoyando en ellas la cabeza. — 19 años —se repetía constantemente—. Tan solo tenía 19 años, era un crío —se dijo. — Chico —murmuró. Y recordó cuando, por su corta edad, le llamaba «chico». Él se enfadaba y decía que ya era un hombre, que iba a la universidad antes de la guerra. «GUERRA». Maldijo esa palabra y a todos los hombres que la provocaban. Levantó la cabeza y se sorprendió de sí mismo… ¡estaba llorando! Un par de lágrimas resbalaban por sus mejillas, casi furtivamente, ¿desde cuándo 96


Aurora Llauradó

no lloraba? Ya ni se acordaba. Tenía ya las manos en la cara para borrarlas, cuando se detuvo. Ya le daba igual que le vieran, mejor dicho, ahora quería que le viese todo el mundo, que se enteraran de lo que era aquello, que estuvieran allí todos esos hombres que mandaban a niños a luchar, mientras ellos se quedan en casa bien resguardados y con algo caliente que llevarse a la boca tres veces al día. En aquel momento los hubiera matado a todos. No entendía aquellas guerras sin sentido. «¿Es posible la paz?» —se preguntó. «Quizás algún día» —se respondió — «algún día lejano, algún día que yo no presenciaré». Otra lágrima volvió a recorrer su mejilla. En ese preciso instante sintió un profundo y gran dolor que le dejó por unos segundos sin respiración. El impacto se había producido en el pecho. Introdujo su mano en la camisa, y al llevársela frente a la cara, observó que estaba totalmente cubierta de sangre. Volvió a sentir un intenso dolor, sus párpados se fueron cerrando y todo se oscureció para él. Un chico de unos 20 años, moreno, alto, con la ropa medio rota y despeinado, se acercó a él, que había caído encima de su compañero. Y después de lanzar el fusil, todavía humeante, que hacía un rato también había sido lanzado con mucha fuerza para caer a unos metros de allí, le registró, llevándose el 97


¿Es posible la paz?

poco dinero que contenía una cartera ensangrentada, la media tableta de chocolate que tanto le había costado conseguir y que compartía con su compañero, un par de galletas duras y la vida de un hombre, que no pudo comprender el porqué de las guerras. 1985

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Este llibre ha estat composat amb la tipografia ITC Legacy Sans, en format DIN-A 5 i maquetat amb InDesign CS i un ibook amb Mac OS X.

A

Els contes de la locomotora  

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