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En busca de las mariposas

No te dejes llevar por el t铆tulo. No busques mariposas de colores empalagosos. Busca las que se alojan en tu est贸mago cuando la persona indicada te acaricia la nuca.


I No había sido una niña precoz. Loli, la de la tienda de ultramarinos, con trece años ya había besado con lengua; y Fina, “la rubia”, con doce. Ella, con catorce, seguía sin saber cómo debía poner los dientes en un beso con lengua. Era muy aplicada, atenta: espiaba a las parejas de enamorados del parque que se daban el lote en un banco al atardecer. Lo hacía sin que ellos la vieran; no le hacía falta esmerarse en esconderse mucho, pues los observados estaban muy ocupados en meterse mano. En ocasiones, hubiera querido coger apuntes de cómo se sentaba uno encima del otro o de por dónde se perdían las manos entre las ropas, pero tampoco estaba muy segura de que sus notas fueran correctas. ¿Se puede respirar sin dificultad manteniendo tanto rato las bocas juntas? Y ¿si uno de los dos está constipado? La saliva, ¿se tragaba? ¿Sabía él dónde tocar? O, lo que le daba más miedo, ¿sabría ella tocarle a él? Sus amigas, a parte de los besos con lengua, poca cosa más habían hecho: dejarse tocar las tetas y el culo. Ellas no tocaban, decían que eso era de putas. Claudia no entendía este punto. Si la cosa iba de proporcionarse placer mutuo, ellas también deberían tocarles a ellos, es más, debería apetecerles. - Tú eres una salida, Claudia. ¿Cómo les vas a tocar allí? – gritaban la de la tienda y la rubia, poniendo caras de asco. Poco podía argumentarles pues era la que menos experiencia tenía. Además, estaba convencida de ser la menos guapa de las tres. Loli, morena y delgada, atraía mucho a los chicos. Claudia suponía que su forma de vestir tenía mucho que ver en ello. Sus padres le daban todo lo que quería como hija única, aunque no aprobara ni una. Se compraba la ropa en tiendas caras y vanguardistas como “Graffiti”. Claudia entraba pocas veces en esas boutiques y, cuando lograba que su madre le comprara algo, eran las prendas más baratas y las menos modernas. Fina era la más guapa: rubia de ojos azules, la más bajita, y la más dulce. Encantadora, no le hacían falta adornos. Claudia, llena de complejos adolescentes, se avergonzaba de sus pechos que irrumpían siempre sin permiso, pero sabía que su culo enfundado en unos pantalones pitillo tenía bastante éxito. Menos rubia que Fina, menos alta que Loli, se sentía en medio de dos bellezas, sin grandes posibilidades de destacar. Así que callaba y esperaba que llegara el momento en el que algún chico la encontrara atractiva y quisiera besarla. II Como más tarde averiguaría Claudia, todo llega en esta vida. Un aburrido y caluroso domingo de verano, comiendo pipas en la plaza Zaragoza, se les acercó un grupo de chavales. A la legua se les veía que no eran de la ciudad, el acento les delataba. Habían venido durante un mes a la


Politécnica para un intercambio. - ¡Ozú, estah huescanah qué guapah zon ¡ ¿Noh invitáih a unah pipah? El que le hizo tilín a Claudia era un chico alto y delgado, moreno con ojos tristes que se llamaba Fernando. Pero el que se le acercó fue Manuel, alto y un poquito regordete, muy simpático y gracioso, con un ceceo contagioso propio de su ciudad, Málaga. Fernando se mantuvo toda la tarde alejado de ellos dos, mirándolos, sin atreverse a decir nada. Manuel no paraba de hablar y de piropearla: “Tú zí que erez linda, quilla”. Quedaron todos los días del mes de julio que los profesores les dieron permiso. Iban al parque y comían pipas; si tenían dinero, compraban tabaco mentolado y se lo fumaban del tirón. Fernando dejó de ir a los encuentros, según Manuel, echaba mucho de menos su tierra. La ilusión secreta de Claudia era pensar que Fernando, sacrificándose por un buen amigo, había dejado pista libre a Manuel para salir con ella. No lo vio más. El último viernes del mes fue la despedida, se iban al día siguiente muy temprano. Llegó el momento de subirse en el autobús que los llevaba a la Politécnica. Sin esperarlo, porque Manuel nunca había intentado besarla, cogió su cara entre las manos y metió, casi a la fuerza, la lengua entre los labios apretados de Claudia. Sabor salado y labios cortados. Al reaccionar, dejó que la lengua de Manuel se moviera libremente y se rozara con la suya. La encontró demasiado húmeda, no era desagradable, pero tampoco le entusiasmó. Cuando el autobús se alejaba y ella se despedía con la mano, pensó qué hubiera sentido si ese beso se lo hubiera dado Fernando. Volvió llorando de emoción a contárselo a sus amigas que no habían tenido tanto éxito con el resto de chavales del grupo. Evidentemente, no les dijo que le había decepcionado.

III Tenían unas ganas locas de cumplir los dieciséis: era la edad en la que se permitía entrar en los pubs. El primer invierno en el que las tres reunieron la exigencia legal, pasaron todos los fines de semana, hasta las diez de la noche, en la zona de los pubs. Empezaron a tomar cubatas: Loli y Fina, güisqui con Coca-cola y Claudia, vodka con limón. En eso no respetaban la normativa, pero los dueños de los establecimientos no eran rígidos con los grupitos de chicas jóvenes que atraían clientela. La paga no daba para mucho, así que debían distribuirla entre el sábado y el domingo o dejarse invitar. En los pubs la gente era diferente que en los bares del Tubo: chicos de los pueblos, con dinero, con coche y sin hora en el reloj. En el “Luces de Bohemia” conoció a Alejandro. Tenía veinte años, eso era lo que más le atraía de él. Era moreno, más bajito que ella; detrás de las gafas, asomaban


unos ojos marrones inteligentes y chispeantes. Cuando Alejandro le hablaba al oído, porque la música sonaba alta, Claudia no entendía nada de lo que le decía pero le encantaba sentir su aliento en la oreja. Le llamaba “asquerosa”, lo que a ella le sonaba a gloria. Tardó varios fines de semana, pero al final la besó. Fue un beso largo en un abrazo profundo. No hizo falta que Alejandro se abriera paso hasta su boca, ella se la entregó deseosa. Supo, sin saber, cómo tocarle la lengua con la suya. Su cuerpo se estremeció, deseaba que aquel beso no acabara nunca. Se derritió cuando él apresó con los dientes su labio inferior. Nunca había sentido nada igual. Al separar sus bocas, quedó unos instantes con los ojos cerrados, abrazada a él que acariciaba su cara. Siempre había pensado que las actrices exageraban las escenas románticas, y más tras su primera e inocua experiencia. Le encantó descubrir que lo que ocurría en las películas podía ser verdad. Pero, como averiguaría más tarde, los finales felices sólo tienen cabida en el cine. Alejandro resolvió, a la semana siguiente, demostrando su madurez nunca entendida por Claudia, que era demasiado joven para él, que no podía seguir por ese camino. Lloró, lloró amargamente, se hubiera entregado sin dudar. IV El verano estaba siendo insoportable. Aburrido y caluroso, la piscina municipal era el único sitio que enfriaba los ánimos. Aunque Loli parecía tenerlos siempre calientes. - ¿Os habéis masturbado alguna vez? La blanquecina piel de Fina se transformó en un tapizado rojo y negó con la cabeza rotundamente. Claudia tampoco lo había hecho, pero no quería quedarse atrás también en esto y mintió. - ¿A que es una pasada? Correrse con un tío debe ser la leche –y se echó a reír por la ocurrencia. - Sí, sí, es genial –susurró Claudia. - El otro día casi me pilla mi madre. Eran las ocho pasadas, hacía un rato que había sonado el despertador. Había soñado con el moreno de los “Pecos”. Bufff –exclamó agitando la mano-. Estaba con él en mi cama haciendo el amor, a punto de metérmela, ya sabéis, y suena el puto despertador. Joder, no podía quedarme así –y volvió a reír tan estrepitosamente que hasta las toallas de alrededor se volvieron a ver qué tenía tanta gracia-. Y entra mi madre a decirme si sabía qué hora era. Le dije que me dejara dos minutos más, que ya me levantaba. Menos mal que se fue, si no, otra vez a medias. - Y ¿cómo lo haces? –preguntó el cangrejo. Claudia le agradeció que Fina hiciera la pregunta. - Todo es cuestión de encontrarse el clítoris. Una vez localizado hay que acariciarlo suavemente con la yema de los dedos, mejor mojados. La


práctica te va diciendo cómo. Y ¿tú, Claudia? ¿Cómo lo haces? - Igual, igual que tú. Esa noche tenía mucha prisa por irse a dormir. Sus padres sorprendidos de que no quisiera ver “Turno de oficio” le preguntaron si se encontraba bien. - Sí, sólo me duele un poco la cabeza. - Tanto tomar el sol, mira que te avisé –le increpó su madre. Se tapó con la sábana hasta la cara, intentando ocultarse a ella misma la vergüenza que le daba hacer lo que había estado deseando desde que salió de la piscina. Comenzó chupándose el dedo índice y pasó la mano por dentro de sus bragas. Tardó un poco en encontrar la protuberancia que Loli les había explicado. Tras acariciarla unos momentos, notó que creció un poco y lo asoció a un pene diminuto. Pero estaba perdiendo la concentración, tenía que pensar en algo que le excitara. Sí, sí, ya sabía, Miguel Bosé. “No, esto no funciona”. Se lamió el anular, también. Seguía sin surtir efecto. Apareció Fernando, con la camisa de barbero a cuadros tan de moda aquel verano. “Asquerosa”, al oído, tan delicadamente que más que oírlo lo intuyó por la respiración. “Asquerosa”, sintió su sabor y un leve mordisquito en el labio inferior. Desde su clítoris como epicentro, una gran punzada de placer se extendió por todo su cuerpo provocándole un gritito imposible de sofocar. V Nunca se había fijado en su vecino. Era un chaval un año mayor que Claudia, pero tan esmirriado y tímido que pasaba desapercibido, incluso cuando utilizaba su propia tintura colorada para esconderse detrás de ella como un chipirón con hemorragias. Al lado de Claudia y de su hermana María, de 14 años, parecía menor, mucho menor. Una mañana, a la vuelta del instituto, Claudia montó en el ascensor con un chico alto, delgado, moreno, el pelo un poco largo y ondulado y unos inesperados ojos verdes, que le dijo con una voz masculina: - Hola, Claudia. A comer ¿no? Claudia no le conocía. ¿Cómo sabe éste mi nombre? De pronto, sonrió y dejó ver su incisivo mellado. - ¡José Antonio! –exclamó sorprendidísima. - No te conocía, ¿qué, qué…? – no se atrevía preguntarle dónde había dejado su aspecto de oruga enana. - Parece que el sarampión tiene la culpa. He crecido un poco ¿no? –dijo sonrojándose, la enfermedad no le había hecho perder la timidez. - Sí, sí, has crecido, sí –contestó distraída, embelesada en esos ojos glaucos. Entró en su casa pensando cómo no se había dado cuenta nunca de lo guapo que era. Y cambiaron las tornas. Ahora era ella la que tartamudeaba de una forma tan evidente que el enrojecimiento le hacía arder las orejas cada vez que se


encontraban. José Antonio estaba dispuesto a sacar partido de la nueva situación y resarcirse de las burlas de su vecinita, la “súper tetas-súper culo”, que era como la llamaba cuando se masturbaba. Conocedor de su nuevo poder sobre Claudia, José Antonio esperó el momento oportuno para pedirle salir. De sopetón, sin darle tiempo a pensar siquiera, mientras apretaba el botón del cuarto piso. En medio de un suspiro, ella contestó con un tembloroso sí. Entonces, José Antonio accionó el stop, la cogió por la fina cintura, tal y como lo había ensayado en su habitación, la atrajo hacia él y la besó. Fue un beso atropellado, más de lo que él hubiera querido, pero Claudia sintió su lengua con ímpetu y deseó enredarse con ella. La excitación le obligó a asirle la camisa con tal fuerza que se oyeron crujir las costuras. Fue un beso húmedo, tanto que cuando llegó al sexto piso, Claudia tuvo que limpiarse los labios con el pañuelo. Quedaron en el portal a las siete de la tarde de un sábado de abril. A y diez, ya habían llegado al parque y se encontraban sentados en uno de aquellos bancos que tan bien conocía Claudia. Les dio igual que todavía hubiera luz, el rincón que José Antonio había elegido estaba bastante escondido entre los pinos, alejado del paseo principal. Casi no habían hablado desde que salieron de casa, pero no hacía falta, los dos sabían a dónde iban y a qué. Una larga tanda de besos con sabor a Colgate rompió los primeros nervios. José Antonio se lanzó a los pechos, pechos tantas veces soñados. Le metió una mano por debajo de la camiseta Levi’s azul cielo. En su impericia, tardó bastante en abrirle el cierre del sujetador. Cuando, por fin, su mano logró tocar el caliente y turgente seno, sintió dolor en su hinchado pene que ya no cabía en el ajustado pantalón. La agarró por el culo y la sentó, con las piernas abiertas, sobre su bragueta. Era la primera vez que Claudia sentía un pene erecto, tuvo curiosidad de saber si era como los de las revistas que había visto, a escondidas de su madre, por supuesto, en el piso de su tío soltero. No muy segura de los movimientos, desató el botón del pantalón y bajó la cremallera. José Antonio respiró entrecortadamente al ser aliviado de la presión y un tanto alucinado de la decisión de su vecinita. Metió la mano en el calzoncillo y encontró rápidamente lo que buscaba. Primero sólo lo oprimía, pero luego descubrió que si lo acariciaba entre sus dedos José Antonio exclamaba: “¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!”. Él no paraba de pellizcar sus pezones e intentar abarcar cada pecho con una mano para amasarlo con fruición, entre besos y mordiscos, entre chupetones en el cuello y en las aréolas. Repentinamente, el pene pareció convulsionar y expelió semen sobre la inexperta mano de Claudia. Ahora creía el rumor a cerca de que la mayoría del semen de las pornos era gel: era igual pero mucho más calentito y sin olor a rosas. Menos mal que Claudia, alérgica previsora, siempre llevaba pañuelos de papel consigo y pudo limpiarse el desaguisado hasta llegar a una fuente. Pasaron el resto de la tarde tomando unas cervezas. Se rieron de su propia


urgencia, pues lo normal hubiera sido empezar por las copas. Volvieron a besarse con más moderación, reteniendo los labios y descubriendo el verdadero sabor de cada uno, ya desaparecido el dentífrico. - Me gustas desde hace tiempo. Sin embargo, hasta que no pasé el sarampión, ni te enteraste de que yo existía. Claudia calló. No pudo menos que acariciarle la mejilla y acercar sus labios entreabiertos como señal de arrepentimiento ante tal desconsideración. Quedaron dos días después. Claudia pensó que ahora le tocaba a ella. No es que no hubiera disfrutado el encuentro anterior, pero quería llegar al orgasmo, un orgasmo provocado por otras manos, como mínimo. Llegaron al mismo banco, a la misma hora y empezaron con tal ansiedad que pareciera que fuese la primera vez. Le dejó tocar sus pechos, al tiempo que ella acariciaba su pene con más agilidad que la pasada sesión. Pero cuando él intentó sentarla sobre su bragueta, ella se resistió. Le cogió la mano y le marcó el camino desabrochándose el pantalón Lee. José Antonio entendió los deseos de su vecinita y se sentó al revés, pasando las piernas por debajo de la tabla que hacía de respaldo, como si el banco se hubiera transformado en un confidente. Claudia estaba resultando una tía sorprendente, no sólo físicamente, sino como pareja de juegos sexuales, porque, por lo poco que él y sus colegas sabían, las chicas no solían mostrarse tan activas ni explícitas en sus apetencias. Esto ponía a cien a José Antonio que pensó que iba a durar todavía menos. Así que, mientras introducía dos dedos en la vagina de Claudia, obligó a su mente a trasladarse a los exámenes de física y química, o a la liga de fútbol o a cualquier otro lugar que lo pudiera evadir de ese banco. La penetración digital cogió desprevenida a Claudia que dio un respingo. Se acordó de las experiencias que Loli había tenido con su primo y que, con gráficas explicaciones, les había contado. Se relajó e intentó disfrutarla, pero pronto sintió la necesidad de que le estimulara otra zona. Claudia le indicó con su mano el lugar exacto donde ella quería que le rozara, lo que devolvió a José Antonio de su abstracción mental. Ella misma le ayudó impregnándole los dedos con su propia saliva para colocar de nuevo la mano en el sitio adecuado. Estaba impresionado, esta tía iba a acabar con él. Como oía que la respiración de Claudia empezaba a ser entrecortada y acompañada por gemidos, creyó que estaba produciendo el efecto deseado, lo que le hizo sentirse más cómodo. Con su brazo izquierdo, cogió la cabeza de Claudia y la inclinó lo suficiente para poder alcanzar sus labios. Al observar su linda cara, abstraída en su placer, José Antonio la besó y los dos se perdieron en sendos orgasmos. Claudia se masturbó esa noche entre susurros de Alejandro. El que había sentido con su vecino no había sido igual. Nunca hubiera imaginado que los orgasmos pudieran ser tan diferentes. A la mañana siguiente, su hermana María entró con ella en el baño y echó


el cerrojo. María era el contraste de Claudia: más alta que ella, cabello y tez morenos, pelo corto y ojos negros, se parecía a su padre. - Tengo que contarte una cosa –le dijo con una vocecita casi inaudible. - Tía, habla más alto que no te oigo –dijo Claudia bajándose las bragas para orinar. - Chist, más bajo que no quiero que lo oiga mamá. Claudia esperaba que su hermana le leyera el último anónimo que hubiera recibido del “Motos”, un compañero de clase que estaba colado por los huesos de María. - Estoy saliendo con José Antonio. A Claudia se le escapó de las manos la cadena del váter y gritó: - ¿Con quién? - ¡Calla, imbécil! Con José Antonio. ¿A que está como un tren? - ¡Ese hijo puta, mamón de mierda…! - Oye, tía, no te sulfures, si a ti no te ha pedido salir, te jorobas. Claudia puso los ojos en blanco y reprimió el impulso de soltarle un coscorrón a su hermana, pero pensó que ella se lo merecía tanto o más que María pues era la mayor. - ¿Te ha llevado al banco de los pinos a meterte mano? Abrió tanto la boca que casi se le desencaja. - ¿Cómo lo sabes? ¿Nos has seguido? - No seas tonta. Ha estado saliendo con las dos. - Mentira, me ha dicho que le gusto mucho. Claudia no quiso hundir en la miseria a su hermanita y tomó el único camino. - Es un cabrón y punto –se lavó las manos, salió del baño y dejó a su hermana llorando. En cuanto estuvo vestida, antes de desayunar, Claudia bajó al cuarto. - Hola, Marisa. ¿Está José Antonio? La madre sorprendida gritó el nombre de su hijo. - Hola, Claudita. Es muy pronto, ¿no te parece? –dijo guiñándole un ojo. Un seco y contundente bofetón resonó en el rellano. José Antonio la miró irse hacia las escaleras con ojos libidinosos, hasta eso le supo bueno viniendo de Claudita. Al recibir la patada en los huevos de María, no opinó lo mismo. VI Loli, como siempre, era la que más fácil lo tuvo. Acabó BUP y llegó a un acuerdo con su padre: se quedó de dependienta en la tienda. El trato iba a ser muy beneficioso para Loli, que se había puesto ella el horario y el sueldo, pero no tanto para su padre. Fina, lo tuvo un poco más difícil. Su madre viuda, se resistía a que el único hijo que le quedaba en casa se fuera. Le hacía chantaje emocional, lo que Fina soportaba a duras penas,


pero, cuando Claudia, tras dos intentos, aprobó la plaza del Ayuntamiento, no lo dudó. Cogió las maletas y su mínimo sueldo de empleada del mercado y se fue. La madre de Claudia no pudo seguir poniéndole impedimentos, con 21 años y un sueldo fijo, las excusas se habían terminado. - A ver qué vais a hacer las tres juntas en un piso –gritaba mientras Claudia recogía sus casetes en la maleta-. Si no sabéis ni freíros un huevo, si sois tres desastres. Luego, no me vengas con la ropa sucia que yo no te la lavaré. Claudia no le contestó, mamá había perdido la batalla, sólo quedaba abandonar el nido con una sonrisa. Celebraron la independencia con una fiesta en el piso. Se juntaron, en 60 metros cuadrados, compañeros de Fina, la pandilla del novio de Loli, la hermana de Claudia y sus amigas, alcohol y chocolate. Juan, el novio, fue el que llevó el “consumao”. Conocía un bar de comida rápida que, si entrabas hasta la cocina y preguntabas por Piero, no te servían pizza. Juan era experto en muchas cosas: en porros, en motos, en cubatas, en discos. No en balde era disc-jockey en el pub de moda los fines de semana por la noche, y camarero, el resto de la semana. Era un tipo fanfarrón, rozando la imagen del macarra de barrio, con una moto estruendosa y una voz ronca a fuerza de fumar y beber. Siempre le acompañaban sus gafas de sol y una chupa vaquera. Emulaba a Loquillo, pero le faltaban centímetros y clase para llegar a la altura de su ídolo. Era la pesadilla del padre de Loli y el amo y señor de los sueños de su hija. Claudia no había visto a Loli tan pillada por un tío desde que rompió con su primo hacía dos años. Fina no tenía novio. Se había enamorado de un soldado que la dejó plantada en cuanto acabó la mili. Fina le había entregado su corazón y a Julián únicamente le interesaron sus ojos azules y su piel marmórea. - Ten cuidado con Julián –le dijo una vez Claudia-. Éste sólo te quiere para follar, en cuanto acabe la mili, se va y te deja por la que tiene en Salamanca. Fina se volvió como una fiera: - A ti lo que te pasa es que estás celosa porque tú todavía eres virgen. Claudia calló, todo lo que hubiera dicho habría sido utilizado en su contra. Tras dos meses de encierro en su casa debido a una gran depresión, Fina le dijo a su amiga entre sollozos: - Tenías razón, Claudia, él no me quería. Siento haberte dicho aquello. Desde entonces, el vínculo entre ellas dos se estrechó. Claudia volvía a quedarse detrás de sus amigas en cuanto a experiencias sexuales. Después de su vecino, salió con dos chicos, pero ninguno había sido capaz de excitarla lo suficiente como para querer hacer el amor con ellos. Buscaba la excitación que veía en los ojos de Loli cuando miraba a Juan, o la que vio en los de Fina cada vez que Julián la llamaba “mi rubia”. A Claudia le estimulaba todavía el recuerdo de Alejandro, mucho más que


cualquier otra práctica sexual con cualquier otro. Tanto era así, que había sido ella la que había decidido cortar con ellos, decepcionada al no encontrar las mariposas en el estómago. Debieron perdérsele en labios de Alejandro. La fiesta estaba siendo un éxito, hasta Fina parecía haberse animado y bailaba con un compañero del trabajo. María llevaba un par de cubatas de más y Claudia le dijo que parara, que en poco rato debía regresar a casa; no quería que mamá le echara la culpa de la borrachera de su hermana. A Loli no le sentaba bien el chocolate, pero Juan insistía, le decía que era por falta de práctica, y ella obedecía. Hasta que terminó arrojando en el lavabo. El incidente le bajó a Claudia el puntito que había cogido y la sumió en una melancolía etílica en donde todo le parecía relativo. Fina estaba besándose con su compañero de curro mientras sonaba Sabina. En una de las habitaciones se había encerrado una pareja del grupo de Juan y, de tanto en tanto, se les oía reír o gemir. Retuvo en sus pulmones todo lo que pudo la calada del enésimo canuto que pasaba por sus manos y pensó que ya valía por hoy. Fina se fue a la cama acompañada, Loli se había ido a dormirla pronto y Claudia fue la encargada de cerrar la puerta con llave. El piso había quedado hecho un asco, apagó las luces para no verlo. Oyó risas en la habitación de Fina. Sonrió, le alegraba ver a su amiga recuperada de nuevo. Se acostó y, en menos de dos minutos, se quedo frita. Sabía a madera, madera de roble impregnada de lluvia. Enredó los dedos en el cabello ondulado y buscó los labios. “Cómo me gustas,” y más bajito, casi en un susurro: “asquerosa”. Algo comenzó a revolotearle por las tripas. Abrió los ojos, pero estaba oscuro. Los cerró: dos dedos húmedos acariciaban su clítoris con pericia; primero con suavidad, lentamente, luego, con ritmo y ardor. Una respiración jadeante le mojaba la oreja, lamía su lóbulo y lo chupaba con deleite. Ella, más que oír, intuía: “asquerosa”. Estaba allí, con ella, en su cama. Oyó como se rasgaban el camisón y las bragas. “Qué buena estás”, y bajito, casi en un susurro: “asquerosa”. Un peso le oprimió el estómago. Dejó que le abriera las piernas, dejó que le penetrara, era suya, siempre lo había sido. La penetración fue demasiado rápida, brusca. Volvió a abrir los ojos, pero no vio nada. Conforme el baile se iba acompasando, la vagina se fue lubricando y la irritación se transformó en placer. Oyó como un alarido y el peso se le desplomó encima. Claudia despabiló, sentía presión en sus pulmones y en su repleta vejiga. Apartó el cuerpo que le aplastaba y encendió la luz. Juan estaba boca arriba, ojos cerrados, boca abierta escurriéndole un hilillo de baba. Tuvo que correr para vomitar en el retrete. Hoy tampoco iba a encontrar las mariposas.


En busca de las mariposas jackson mendoza