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CAPÍTULO 1

La que fui y la que soy

C

ada una tiene su propio camino, te voy a contar cómo ha sido el mío. Soy la cuarta de 6 hijos. Cuando nací mi mamá estuvo grave a causa de una trombosis. Por este motivo, para brindarme mayores cuidados, tuvo que apoyarse de otra mujer, que se convirtió en mi nana, ella se llamaba Leoni y era una mujer totonaca, con mucha sabiduría. Ella me enseñó a limpiar con huevo, a tronar las anginas y el empacho. Leoni me introdujo a la sabiduría tradicional indígena durante mis primeros 9 años de vida. Después tuvo que irse cuando su mamá falleció. Desde muy pequeña mi mamá me enseñó la práctica del Hatha Yoga. Ella decía que era para tranquilizarme porque era muy nerviosa. También con mi mamá recibí tratamientos naturistas, pues de niña fui muy delicada de la piel (me hacían mucho daño los piquetes de mosco, me irritaba y me cundía de ronchas) así que mamá me envolvía toda desnudita en una sábana blanca y me dejaba un buen rato al sol para desintoxicarme. También desde mi infancia tuve una tendencia hacia lo natural, nunca me gustaron los refrescos, siempre preferí el agua simple. De igual forma me sentía atraída hacia todo lo que tenía que ver con Dios y la espiritualidad. Siempre he sido muy sociable, alegre, optimista y con un espíritu benefactor y de servicio. 15


¿Y... QUÉ PASÓ CON TUS SUEÑOS, MUJER?

Jacqueline García

Estudié en un colegio católico y a los 9 años me hice catequista. Una de mis maestras me llamaba “mi monjita” y con eso yo me sentía ¡guau! A esa edad, me iba a las caballerizas de una amiga y llevábamos agua de limón y galletas para compartir con los niños que se acercaban para escuchar nuestras pláticas sobre la Biblia y el amor de Jesús. Siempre tuve intenciones de ser misionera, aunque más adelante, mi mejor amiga, Samantha, me mostró otro camino para dar mi servicio. Gracias a ella conocí sobre Metafísica y Energía, lo cual fue un choque bastante fuerte para mí, por haber sido educada en un contexto súper católico. Pero algo me decía que mi camino era por ahí, así que me adentré aún más en las artes orientales, principalmente el budismo tibetano. Y bueno, a pesar de que sentía en mi corazón que mi camino era por ahí, tuve que separarme por años de este sendero, hasta que lo retomé tiempo después. Crecí dentro de una familia patriarcal. Aunque mi mamá intentaba ser una mujer al estilo New Age, no dejó de ser sumisa ante papá., para él no había nada más importante que el bienestar material de su familia, las buenas costumbres tradicionales. Papá tenía un carácter fuertísimo y en efecto, era la columna de la familia. Un maravilloso ser humano, con sus cualidades y defectos, pero amante de sus hijos por sobre todas las cosas. Siempre he disfrutado del baile y el deporte. Practiqué algunos años gimnasia olímpica hasta que tuve una fuerte caída y se me quitaron las ganas. Sin embargo, me inicié en el ballet. A los 16 años me ofrecieron una beca para irme a Cuba a un curso de verano, pero mi papá se opuso, pues para él la danza no era más que un hobbie, creía que bailar en otro lugar que no fuera la clase de ballet era inmoral. No quise crear problemas familiares, ni ser motivo de pleitos o enojo y rechacé la beca para estudiar 16


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danza en Cuba. No quise enfrentarlo y tampoco decepcionarlo. Así que me olvidé de esa oportunidad, la enterré y seguí mi vida como de costumbre. Aunque algo de mí se fue apagando. Con mi mamá siempre he tenido una bendecida y excelente relación, toda la vida hemos coincidido en nuestros sueños de “hacer algo por la humanidad”, viajar, ayudar a otras personas, desarrollar la espiritualidad en la cotidianidad. Ser felices, viviendo el cielo en la Tierra. Cerca de los 17 años, conocí al papá de mis hijas. Un hombre 11 años mayor que yo. Fue mi primer novio y el único. Decidí casarme con él cuando me lo propuso, en ese entonces creí estar enamorada, a la distancia reconozco que quizá fue más por salirme de mi casa. En ese tiempo tenía miedo de fallarle a mis padres, pues en casa era un enorme tabú el de salir embarazada antes del matrimonio. Y preferí formalizar sin darles ese “dolor de cabeza” a mis padres en aquel momento. Y como a mí me gustaba salir y divertirme, pensé que si me casaba podía evitarme todas esas broncas. Aunque una vez que había tomado la decisión dudé y una semana antes de la boda quise posponerla. Mis padres casi se desmayan, así que no pude dar marcha atrás y ni modo, a cumplir se ha dicho. Me casé y desde la luna de miel yo parecía una yegua desbocada. Me sentía totalmente fuera de lugar. No encontraba las respuestas para vivir como deseaba o esperaba vivir una vez casada, según como yo me imaginaba que iba a ser. Opté por comportarme como una dama un poco acartonadita cumpliendo con los DEBER SER, y la chava feliz, relajada, relajienta y alegre también quedó guardada en lo más recóndito de mi ser. También desde el inicio de ese matrimonio hubo problemas de comunicación, falta de compromiso, lo cual 17


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dificultaba que pudiéramos llegar a acuerdos de construcción del amor y un plan de vida compartida, además de su abuso con el alcohol, ausencia, indiferencia… Hubo situaciones muy desagradables para mí, de las que no quería que nadie se enterara. Me resultaba tan vergonzoso, que prefería ocultar lo que realmente estaba sucediendo. Mientras tanto, había que atender compromisos y obligaciones. La rutina que llevaba impedía que la luz que quería brillar en mí se manifestara. Esa luz era como una estrellita queriendo salir, pero yo misma la apagaba, la aquietaba, para actuar como “niña buena”. Y más allá de “echar culpas”, en aquel entonces no conocía muchas herramientas que hoy conozco, y creía que ésa era la mejor forma de ir llevando mi vida. Como me casé tan jovencita, dejé la prepa sin terminar, y me convertí en una mujer que en silencio soñaba con hacer, ir y venir. Con estudiar cosas y aplicarlas. Pero me quedaba callada para evitar conflictos. De esa manera no conseguía la valentía necesaria para hacer aquello que soñaba, aunque sabía que tenía una misión. Fue entonces cuando supe que estaba embarazada de mi primera hija. La vida me dio 3 vueltas. La alegría y el amor por ella y por la vida me inundaron. Quise convertirme en una mamá excelente, romper con patrones, creencias y paradigmas. El ser madre ha sido para mí una total celebración. Una Gracia que he disfrutado en cuerpo, mente y alma. Mi primera hija nació y con su mirada profunda fue como si me hubiera dicho: “ya estás lista para aprender, porque a eso vengo, a enseñarte”. Y efectivamente, hasta la fecha es una de mis grandes maestras. Meses después volví a embarazarme. Y perdí ese bebé. Y perdí el siguiente. Fue un proceso bastante difícil, tratar de entender por qué había pasado aquello, vivir los duelos, 18


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cerrar ciclos. Todo esto, por supuesto, generó más separación entre el papá de mis hijas y yo. En fin, sin saber, la lejanía se hacía presente y no tenía la solución a mis conflictos y él tampoco ayudaba. Mi motivación era mi hija, ella me movía a tener fe y a tener el corazón alegre para dedicarme a ella y ser madre de nuevo. Así pasaron 4 años y lo más irónico del asunto es que cuando menos lo esperaba, me embaracé de mi segunda hija. Era una época en que iba al Hospital Civil a apoyar a los recién nacidos en estado de desnutrición. Yo deseaba que mi segunda hija naciera por parto natural, pero esta ilusión se desvaneció por segunda vez, ya que cuando comenzaron las contracciones, determinaron que había sufrimiento fetal. Así que la cesárea fue inevitable. Con todo y eso, mi hija nació con una sonrisa y unos ojos inmensos, maravillosos. Ella es también otra gran maestra de vida y actualmente ya me ha regalado la oportunidad y la felicidad de ser abuela. Mi quinto embarazo se dio poco después. En ese momento deseaba con todo mi ser “hacer las cosas bien en mi matrimonio”, en crecer, en comprometerme, sacar las cosas adelante, aunque me sentía sola. Nació mi tercera hija, la más pequeña, y para mí fue un milagro verdadero, pues venía con el cordón umbilical enredado, dando dos vueltas alrededor de su cuello, tenía taquicardias y era necesario que naciera antes de los 8 meses de gestación, pues tenía antecedente de sufrimiento fetal. Al nacer pesó 1.8 Kilos. En aquel momento la situación económica era complicada, tanto como los conflictos en la relación de pareja. Así que me avoqué a sacar adelante a mi bebita que con toda claridad expresó en un llanto potentísimo: “aquí estoy, ya llegué”. Los doctores pronosticaron que tendría que quedarse al menos un mes en la incubadora, pero asombrosamente, a tan sólo unas horas 19


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de su nacimiento, mi niña se había estabilizado físicamente y decidieron sacarla de la incubadora y ponerla frente a mi pecho para poderla nutrir con todo mi amor. Y me expresaron algo así como: “Esta niña tiene una fuerza vital tremenda: ha decidido vivir con todo”, y así lo ha hecho hasta el día de hoy. Gracias a este proceso, me convertí en una férrea defensora de la Liga de la Leche, y de la bendición de amamantar con leche materna, y he podido compartir mi experiencia con otras mujeres. Creo que por la educación machista que recibí, llegué a preguntarme ¿si habría cambiado en algo el tener un hijo varón? El papá de mis hijas lo deseaba. Pero esto no fue posible, pues al nacer mi tercera hija estuve muy grave, no podía regresar de la anestesia, y mi sangre no coagulaba correctamente. Recuerdo que mirando al techo sentía que me desvanecía. Lo único que pude pensar fue: “Virgen de Guadalupe, te encomiendo a mis niñas, si yo no puedo estar para cuidarlas”. En ese momento, también decidieron hacerme la salpingoclasia, para evitar un sexto embarazo de riesgo. Agradezco y bendigo que así fuera, permitiéndome estar presente con mis tres amores. Ese episodio pasó y me recuperé favorablemente y por completo. Todos estos años he tenido la dicha de ver crecer a mis hijas. Pudo haber sido el haberme sentido al borde de la muerte lo que fortaleció mi anhelo por crecer y hacer las cosas que siempre deseé. Y también comencé a ver la auto-represión y auto-censura como efectos nocivos de mi educación patriarcal y machista. Cuando mis hijas estuvieron un poco más grandes, decidí comenzar a estudiar y a trabajar, ya que mi vida en muchos aspectos era como un cerco donde tenía que cum20


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plir a ojos cerrados con formas y tradiciones sociales, las cuales yo sentía que me ahogaban y me iban marchitando. Fue así, hasta que al fin me decidí. Sin estudios profesionales y nada más que mi inmenso anhelo de ser una mujer feliz y de que mis hijas aprendieran a vivir una vida sin tantos lastres y traumas: me separé. Esto, queridas amigas, fue un logro, ya que tardé 3 años en poderme divorciar. Fue un proceso largo y espinoso, pero yo tenía la claridad en que era un paso para lograr lo que me proponía, y esto era: VIVIR y vivir feliz, plena, despertar mi consciencia espiritual, renovar mis valores y reencontrarme a mí misma. Poco tiempo después de mi separación, comencé a trabajar en una radiodifusora haciendo frente a mil y un problemas: Tenía que lidiar con las amenazas y chantajes del papá de mis hijas, que decía que me iba a quitar a las niñas, así como sus visitas inesperadas a mi lugar de trabajo, donde me avergonzaba o trataba de dejarme en ridículo frente a mis compañeros. Sin embargo, me mantuve firme en mi decisión de divorciarme. Me seguí preparando y poco a poco me fui liberando de la codependencia en la que me había permitido vivir. Me comencé a preguntar ¿por qué me había vuelto tan codependiente del padre de mis hijas? No sabía conducir un auto en carretera. Tampoco salía después de las 8 de la noche, por petición casi a fuerzas ¡hasta era él quien hacía las compras! Todo hubiera seguido igual de no haber tomado aquella decisión en su momento. Con esto quiero compartir que hace tiempo liberé de culpas al padre de mis hijas, y comprendí que su proceso de consciencia era diferente al mío. Esto me ha permitido el poder agradecerle por siempre que hayamos concebido a mis 3 hijas. Durante aquel proceso de separación y divorcio, afortunadamente, conté con el apoyo de un grupo de amigas, 21


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a las que hasta ahora frecuento. Su apoyo fue invaluable en aquellos momentos, sobre todo a la hora de tomar decisiones, por el respeto y amor incondicional de cada una de ellas. Es por eso que como verás más adelante en este mismo libro, tejer una red o círculo de mujeres que te acompañen en la vida es de gran ayuda, pues la alegría, el amor y la comprensión de tus amigas-hermanas siempre te sana. En tanto resolvía la situación de pareja, me enfrenté también a otro problema. Resulta que comencé a sufrir acoso por parte de mi jefe inmediato en la radiodifusora. Y aunque era un buen trabajo, decidí denunciarlo y renunciar para no permitir ni justificar ese tipo de abuso. Aceptaron mi renuncia y busqué trabajo en otra área. Comencé a trabajar en bienes raíces, donde conocí mujeres maravillosas y un horizonte de vida que no imaginaba. Lo más impactante para mí en aquel momento era que a pesar de estar viviendo en la misma ciudad, todo se me presentaba como un panorama completamente nuevo, era como si estuviera en un lugar diferente, una ciudad nueva, descubriendo infinidad de cosas por hacer. Y aprendí también a moverme a mucha mayor velocidad de la que estaba acostumbrada. Aunque hacía mucho ejercicio en aquel entonces, fumaba y mucho (hasta una y media cajetilla de cigarros en un día). Y al darme cuenta de que fumaba como una forma de evadirme de mi realidad y por el amor que estaba comenzando a descubrir por mí misma, dejé de hacerlo. Fue también gracias a que me adentré en el mundo de la sanación (y auto-sanación) por medio de las terapias alternativas. Estudié Naturopatía y Acupuntura como técnicas para mejorar mi calidad de vida y la de otras personas. Y esto se convirtió en una nueva meta: el difundir con sustento posibilidades para vivir en equilibrio físico, mental y espiritual. De esta manera quise dar a conocer estas posibi22


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lidades para más personas, pues yo comprobaba el beneficio en mí y en mis hijas. Cada vez usábamos más terapias alternativas y menos medicina convencional, siendo sanas y libres como el viento. Fue por ese entonces, que decidí que antes de rehacer mi vida en el terreno afectivo, me tenía que reconstruir y rediseñar. Antes que otra cosa, tenía que sacar a delante a mis hijas, y ya luego habría tiempo para el amor de pareja. Así que me puse de meta los 45 años como una buena edad para volverme a comprometer. Ese momento llegó y encontré a mi amado complemento sagrado, con quien comparto mi camino hoy. No voy a negar que en el tiempo intermedio conocí personas con quienes coincidí. Fue tiempo de crecimiento. Sin embargo, mi corazón me decía que aún no era el momento para volverme a comprometer sin antes haber sanado. Y por otra parte, sentía que no había llegado la persona correcta. De todos modos, agradezco todas las etapas por las que he transitado, siempre confiada y con certeza de que voy tomada de la mano de Dios-Diosa. Por supuesto, hubo momentos de crisis, retos tremendos, de mucho estudio, de angustia y desesperación. A veces por sentirme sola para educar a mis hijas, sobre todo durante su adolescencia, manejar el tema de los permisos, la sexualidad, el desarrollo y equilibrio familiar, enseñarles lo que es adecuado, sano o lo contrario. También conté con el precioso apoyo de mi madre, pero a final de cuentas he sido yo quien ha sacado la cara por ellas. En mi caso, no decidí divorciarme por ir en busca de otra pareja, lo hice para encontrarme, aprender, realizarme, crecer y compartir todo esto como un compromiso de amor con mis hijas. No quería que aprendieran lo mismo que yo.

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La vida me trajo de regreso a mis raíces, a la ciudad natal de mis padres, donde comencé formalmente a vivir mi nuevo paradigma de forma intensa. Una vida muy intensa en todos los aspectos: laboral, económica, espiritual. Trabajando como Psicoterapeuta e instructora de yoga y pilates, y de nuevo en los medios de comunicación, estudiando sin parar, todo en pro del equilibrio de la salud y calidad de vida plena. Es por eso que escribí este libro, porque soy una mujer que decidí dejar atrás el dolor y el sufrimiento y diseñarme una vida que me permitiera lograr mis sueños. Todo lo que he hecho ha tenido que ver con abrir mi corazón y permitirme ser feliz, con valorar y agradecer todo diariamente. Agradecer a la vida, contar las bendiciones que tengo, comprender los procesos, los cambios, aprender a ser yo misma, florecer. Y mi deseo es seguir difundiendo opciones para mejorar la calidad de vida de más personas, cambiar estilos de vida, adoptar hábitos saludables, actitudes y pensamientos positivos, aprender a establecer límites sanos, tomar decisiones y hacerse responsable de sus consecuencias. Cuando estuve lista, el universo me dio todas las oportunidades que necesité. He tenido la suerte de haber encontrado en mi camino seres maravillosos (físicos y espirituales) que me han ayudado y apoyado en este camino y a quienes agradezco de todo corazón, su amor, sabiduría y acompañamiento en este eterno presente. Ya sabes ahora a grandes rasgos cómo fue mi proceso en todos estos años. En los siguientes capítulos, te quiero compartir reflexiones y herramientas prácticas que fueron de gran ayuda para mí y que tal vez puedan ayudarte también. Para ello voy a regresar mi narración justo al momento en que desperté a un mundo totalmente nuevo y desconocido. 24

Capítulo 1. La que fui y la que soy  

Primer capítulo del libro "¿Y... qué pasó con tus sueños mujer?" de Jacqueline García

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