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1916 E D I T O R I A L

P O L I B E A

A

Uno debe saber ver que las cosas son imposibles y, sin embargo, estar absolutamente dispuesto a intentarlas. FRANCIS SCOTT FITZGERALD

R U T A R E T I L E D A T S I V E R

Isabel Pose José Luis Zerón Huguet Julio Castelló José María Muñoz Quirós Almudena Urbina Rafael Mammos Francesc Badia i Dalmases Aarón García Peña Toni Montesinos José Balza José María Bermejo María Antonia Ortega Gonzalo Navajas Fermín Higuera Eugénio de Andrade John Keats António Ramos Rosa Siomara España Zurelys López Amaya Jamila Medina Ríos Agenor Prieto Machado María Moreno Molina Luis Cernuda Rui Knopfli Corsino Fortes Paula Tavares Conceicao Lima Marta Fuentes

may2017

Najia Erejäi Moustafa Bouanani Verónica Aranda Alberto Chessa Rafael Soler Jorge de Arco Francisco José Martínez Morán Luís Nicolau Parés José Cereijo José María Conget Juan Herrero Cecilia Jaime Alejandre Enric López Tuset Rubén Martín Díaz Ángel Rodríguez Abad Juan Eduardo Cirlot José Ignacio Serra Miguel Losada Franz Kafka Jesús del Real Amado Maria Gabriela Llansol José Ángel Cilleruelo Jesús Javier Lázaro Puebla Asunción García Iglesias Javier Lostalé Aitor Francos María Taibo


1916 P O L I B E A

sumario

el levitador - colección de poesía - 5

la espada en el ágata - colección de prosa - 25

orlando versiones - colección de traducciones - 41

R

T

isabel pose, josé luis zerón huguet, julio castelló, josé maría muñoz quirós, almudena urbina, rafael mammos, francesc badia i dalmases, aarón garcía peña

A

U

R

A

E D I T O R I A L

toni montesinos, josé balza, josé maría bermejo, maría antonia ortega, fermín higuera

eugénio de andrade, john keats, antónio ramos rosa

toda la noche se oyeron... - poesía latinoamericana de ahora - 51

E

siomara españa, zurelys lópez amaya, jamila medina ríos

premio javier lostalé de poesía joven - 59

T

agenor prieto machado, enric lópez tuset, maría moreno, rubén martín díaz

siglo xx:  escritores del siglo que se fue: Luis Cernuda - 66

I

ángel rodríguez abad

la pipa de kif: 4 poetas africanos - 68

L

verónica aranda

voces de fez: conversación con Najia Erejäi - 72 marta fuentes

el año de: cirlot - 76

miguel losada - josé ignacio serra

E

el año de: kafka - 80 jesús del real amado

fuera de lugar: Maria Gabriela Llansol - 84

D

josé ángel cilleruelo

puro teatro: el placer dramático - 86 jesús javier lázaro puebla

velintonia 3 - 88 A

asunción garcía iglesias

fuego amigo: libros recibidos - 90 sobre “Arquitectura o sueño”, de Rubén Martín Díaz

S

T

javier lostalé

falta personal:  la poesía de Jesús Javier Lázaro Puebla - 94 juan josé martín ramos

I

sobre “El librero”, de Roald Dahl - 97 aitor francos

E

V

cameo: María Taibo - 99

R

may2017

enquêtes: ¿Quién cree ud. que debería ser el próximo Premio Nobel en español? ¿Cuáles, a su juicio, serían la seis propuestas en poesía para este milenio?

EDITORIAL POLIBEA: Ronda de la Avutarda, 3. 28043 MADRID. Tel.: 913001223 http://ellevitador.polibea.com/LEVITADOR_index.html milnovecientosdieciseis@gmail.com


1916 1916 fue un año interesante. La muerte de Rubén Darío, la fundación de Dadá en el Cabaret Voltaire, la publicación del Diario de un poeta reciencasado, la publicación de La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán... Cifra de un mundo que acaba y otro que comienza. Cifra de unas señas de identidad que son la esencia de lo mejor de nuestro pensamiento, de nuestras letras, de nuestra cosmovisión. Cuatro dígitos para conmemorar una fecha cardinal. Cuatro dígitos para conmemorar aquella otra iniciativa editorial del gran Manuel Altolaguirre celebrando nuestro crepúsculo áureo. 1916 es un catálogo y es una revista. Es un catálogo porque recoge la producción libresca en las diversas colecciones literarias de Editorial Polibea (El levitador -poesía-, La espada en el ágata -prosa-, Orlando Versiones -traducción- y Toda la noche se oyeron... -poesía latinoamericana de ahora), durante 2016 -punto de arranque escogido (con alguna cala en 2015) para esta publicación que se pretende anual-. Y es una revista porque reproduciendo, de un lado, los prólogos o los textos que se escribieron y leyeron -éstos con motivo las diversas presentaciones con que se dieron a conocer públicamente los títulos que editamos-; y, de otro, los artículos que reunimos bien en torno a las conmemoraciones de Cirlot o Kafka -en este número concreto-, bien en torno a las figuras de Aleixandre -recordando Velintonia- y Cernuda, o la portuguesa Maria Gabriela Llansol, las imágenes que nos llegan de Fez -a través de los cuadros de Najia Erejaï- o las voces de África (Rui Knopfli, Corsino Fortes, Paula Tavares, Conceição Lima), tan lejos y tan cerca, creemos que reunimos lo mejor de nuestra tradición y lo mejor de lo más nuevo, lo mejor de aquí y de allá, y, sobre todo, la alquimia imperecedera de la palabra que nos constituye, sobre la que se funda nuestra moderna mirada, cosmopolita, escindida, rara. 1916 tendría que haber nacido en 2016. Pero nace en 2017, 101 años después del año que se conmemora. Tal vez seamos proclives a los números no redondos. Tal vez es que hacer una revista -y 17 libros- sea, en los tiempos que corren, una tarea de héroes. Quizá porque -y esto es lo más probable-, sabemos degustar el jugo agridulce de la desgana con que terminamos regando nuestro divino fracaso. Pero ha nacido en 2017 porque, afectos a lo imposible, recordamos con Scott Fitzgerald que «uno debe saber ver que las cosas son imposibles y, sin embargo, estar dispuesto a intentarlas». Y así ha nacido 1916. Y así esperamos vernos en 2018.

REPARTO Isabel Pose, Verónica Aranda, José Luis Zerón Huguet, Alberto Chessa, Julio Castelló, Rafael Soler, José María Muñoz Quirós, Jorge de Arco, Almudena Urbina, Rafael Mammos, Francisco José Martínez Morán, Francesc Badia i Dalmases, Luís Nicolau Parés, Toni Montesinos, José María Conget, José Balza, José María Bermejo, María Antonia Ortega, José Cereijo, Fermín Higuera, Juan Herrero Cecilio, Gonzalo Navajas, Eugénio de Andrade, Jaime Alejandre, John Keats, António Ramos Rosa, Siomara España, Zurelys López Amaya, Jamila Medina Ríos, Ariadna G. García, Agenor Prieto Machado, Enric López Tuset, María Moreno Molina, Rubén Martín Díaz, Luis Cernuda, Ángel Rodríguez Abad, Rui Knopfli, Corsino Fortes, Paulino Tavares, Conceiçao Lima, Najia Erejaï, Moustafa Bouanani, Marta Fuentes, Juan Eduardo Cirlot, Miguel Losada, José Ignacio Serra, Franz Kafka, Jesús del Real Amado, Maria Gabriela Llansol, José Ángel Cilleruelo, Jesús Javier Lázaro Puebla, Asunción García Iglesias, Javier Lostalé, Aitor Francos, María Taibo PROPONE Y DISPONE Juan José Martín Ramos


ÚLTIMOS TÍTULOS PUBLICADOS 50. No es el mar, es el invierno. Teresa Rosenvinge. Prólogo de Juan José Martín Ramos. Epílogo de Ángel Rodríguez Abad 51. Nacer del fuego. Pepa Nieto. Prólogo de Ana Rossetti. 52. De conjuros y ofrendas. Ángela Álvarez Sáez. Prólogo de Marta Fuentes 53. De música y otras pieles. Carmen Crespo. Prólogo de Manuela Sola Castro 54. Zaqum. Esperanza Marqués. Prólogo de Francisco José Martínez Morán 55. Gen. Fernando Loygorri. Prólogo de Ignacio Elguero 56. En los bosillos huesos de melocotón. Isabel Pose. Prólogo de Enrique Martín Linares 57. De exilios y moradas. José Luis Zerón Huguet. Prólogo de Alberto Chessa 58. El peligro del ángel. Julio Castelló. Prólogo de Simón Arriaga 59. Locus standi. José María Muñoz Quirós. Prólogo de José Corredor-Matheos 60. Visible albor. Almudena Urbina. Prólogo de Verónica Aranda 61. Oficio. Rafael Mammos. Prólogo de Francisco José Martínez Morán 62. Octubre habitación y encinta. Francesc Badia i Dalmases. Prólogo de Luís Nicolau Parés 63. Con dos aes. Aarón García Peña. Prólogo de José Cereijo 64. Locus Poetarum. Francisco Caro. Prólogo de José Cereijo catálogo completo en : http://ellevitador.polibea.com/LEVITADOR_index.html

el levitador (poesía)


En los bolsillos huesos de melocotón, de Isabel Pose por VERÓNICA ARANDA

ES MÁS QUE CONOCIDA la influencia que ha ejercido el haiku en España en los últimos años y la proliferación de publicaciones, estudios críticos y antologías de haiku en español como Un viejo estanque, que salió en la editorial Comares y reunió tanto a haijines españoles como hispanoamericanos. Por otro lado, dentro de esta “moda” del haiku, mucha gente se ha lanzado a escribir y catalogar bajo ese nombrelo que no son más que poemas breves que al incorporar metáforas u otras “florituras”, de ningún modo funcionan como haikus. No es el caso deIsabel Pose, que es una de las mejores haijines de nuestro país. Lleva años profundizando en la teoría y la filosofía de este género breve nacido en Japón en el siglo XVIII y fue discípula de Vicente Haya.Ha sido premiada en varios certámenes internacionales como el prestigioso Samurai Hasekurao el Haiku No-Michi. Forma parte del equipo de redacción de la gaceta de haiku “Hojas en la acera”. El haiku es lo que se dice y, sobre todo, lo que no se dice, y los haikus de En los bolsillos huesos de melocotón destacan por su atmósfera intimista. Haikus que nos hablan de una soledad serena, de enfermedad,que nada tienen que envidiar a los de Shiki:

Del otro lado de la montaña trae al enfermo un manojo de menta.

Haikus de una enorme plasticidad y mirada flexible, milimétrica, que nos dibujan algunas escenas interiores muy sugerentes y llenas de vida:

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En el patio del fondo, la madre del samurái planta glicinas.


El haiku es sencillo en su esencia, un ejercicio de desprendimiento que tiene que abandonar el yo para dejar constancia de ese asombro (aware) o ese encuentro entre la mirada del poeta y la naturaleza, que dura un instante, transmitiendo al lector un poso de armonía, la mística del paisaje. Ese instante pueden ser décimas de segundo, el tiempo que dura un relámpago:

A la luz del relámpago: el plumaje de un pájaro mojado de lluvia.

En general, los haikus de Isabel Pose no siguen la pauta del 5-7-5, lo cual es otro falso mito. Se puede escribir este género sin seguir el esquema métrico de las 17 sílabas, y la disposición tampoco tiene que ir necesariamente en tres versos. Por otro lado, también hay espacio para los haikus de temática urbana, que la autora plasma con maestría y nos deja flashes a modo de secuencias cinematográficas como “un plano de Roma” desplegado en el asiento de al lado o las noticias del frente que emite la radio mientras una mujer “descorazona ciruelas”. En todos los haikus hay espacios en blanco, deben sugerir más que decir, y hablar de algún modo del silencio porque son gestados en la contemplación. Como bien explica la autora en la introducción, “para permitir que un haiku entre en nosotros es necesario que nuestra mente esté en silencio, sin estar analizando ni procesando nada”:

Sin nadie a quien hablar. En la montaña esperando el invierno.

El libro, bellamente editado, en consonancia con la elegancia y la austeridad del haiku, se divide en tres secciones. Llama la atención la parte central, titulada “Anti-haikus”, que no llegan a ser haikus porque su exceso de “subjetividad” o porque incorporan metáforas. Es todo un gesto de honestidad por parte de la autora haberlos incluido en el libro y, al mismo tiempo, es muy pedagógico porque nos ayuda a identificar lo que se aleja de los cánones que, sin embargo, puede funcionar a la perfección como poema breve. El libro acaba con unos tankas, un subgénero que apenas se practica en España y que fue muy popular en la corte nipona, especialmente durante el periodo Heian. Los amantesrecurríancon frecuencia a este tipo de poema para enviarse mensajes con un significado que sólo ellos podían entender. Por lo tanto, en el tanka sí que está permitida la subjetividad y la expresión de los sentimientos, y suele estar compuesto de 31 sílabas de 5-7-5-7-7, admitiendo también otras combinaciones. Curiosamente, sigue siendo la poesía predilecta en Japón y hay casos de bestsellers actuales escritos en tankas.

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De exilios y moradas, de José Luis Zerón Huguet por ALBERTO CHESSA

EL VÉRTIGO DE LA ESPESURA

* Extracto del prólogo a De exilios y moradas, Madrid, Polibea, 2016, colección El Levitador, número 57.

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«TODO ESTÁ DICHO, / o eso parece». Con esta ironía de demiurgo platónico, José Luis Zerón Huguet nos abre las puertas de su morada proscrita. Conviene no llamarse a engaño y tomar conciencia urgente de la naturaleza del umbral que vamos a traspasar, puede que incluso a irruir: Al otro lado, nos aguarda una poesía entendida como exploración, indagación, revelación, rebusca, en donde la palabra es don y maldición a la vez, linfa y pedernal, catarsis y condena. Solo si aceptamos de antemano que vamos a participar en un ritual de estirpe gnóstica y tenebrosidad órfica, podremos penetrar el vértigo que entraña esa espesura que hechiza al poeta y lo arrastra a su interior, un intramuros colmado en su discurrir sorprendentemente de «ajetreo furioso», estrépito, algarabía. Y es que la vida en estos dominios hace ruido, mucho ruido. A esclarecer toda esa confusión se encomienda el autor. La preposición del título (De) que se halla al frente de este volumen nos trae a los lectores de hoy un eco medieval, pues parece que esté remitiendo a un tratado o un bosquejo en el orden del pensamiento. Los dos términos que la siguen (exilios y moradas) nos hablan ya a las claras de la filiación visionaria y gnóstica de Zerón. El segundo, que no puede ocultar su ascendiente teresiano, ¿está ahí como un mero contraste, según gusto barroco puesto al día, del primer elemento? ¿O acaso conviven juntos en el epígrafe -sospechamos- como el anuncio de una indefectible y fatal convivencia, de una secreta mística de la expiación? La cita preliminar del libro, extraída del Primer Manifiesto Surrealista, no hace más que incidir en esa veta visionaria (no necesariamente ligada a automatismo alguno) que va a signar el libro que tenemos entre manos. (...) Al amparo del más célebre cantor del destierro, aquel que «todo perdió, menos la vida» a orillas del Mar Negro, nos seguimos adentrando en la espesura, a despecho de todos los


naufragios que se nos tienen prometidos. No ha de ser casual que para Prometeo «el mañana» sea «el eco de mi naufragio», que el hijo pródigo sea a su vez un «náufrago resignado», ni que hasta Leopoldo María Panero se asome a estas páginas motejado de «poeta náufrago». Sortear el descalabro es la única forma de contener la gambeta a la que nos aboca el temporal, pero, al mismo tiempo, solo en el furioso vaivén de la nave hallamos la razón del viaje. De ahí que Zerón encuentre «albergue en la lejanía», aunque también se puede fracasar en el anhelo de abarcarla (y es sabida la definición del hombre que ensayó Heidegger como «un ser de lejanías»). (...) De eso se sigue el mandato de estar simultáneamente dentro y fuera de la naturaleza, algo que ya nos había recordado Goethe al comienzo de este libro y que volveremos a encontrar después en la composición «Apoyados en la ventana», en donde sus moradores practican el ejercicio de «Fuera y dentro, / estar y no estar». La perdurabilidad, el ayer bastardeando en el mañana, «la llama y la ceniza» -«el duro deseo de durar»- son el marco que acota (y, a la vez, expande) la poética zeroniana, abocada a desear y rehuir de una vez el vértigo que originan las moradas de todos los paraísos perdidos, los exilios y extravíos «en la espesura / de las dudas y los presagios». Es la gran paradoja del hacedor: solo dispone de aquello que atenta contra sus propios límites, su misma contingencia. «Busco un lugar donde vivir en la negación de las respuestas, / un lugar sin márgenes, territorios ni suelos, / donde la mirada se encante sin ver nada», leemos en «De noche», mientras que, en la «Oración a Juan de la Cruz» (con esa nada inocente elisión del apócope de su santidad: es una oración laica), el poeta pregunta y se pregunta: «qué te dejó sin palabras / para describir tu fecundísimo desvelo». Todavía en otro lugar insistirá el autor: «¿Cómo nombrar lo que se resiste / a ser concebido con palabras?» Estamos en esos lindes del no-decir que anuncian la huella de lo numinoso, lo mistérico, la experiencia de lo sobrenatural que es, a un tiempo, «terrorífico y fascinante», según la terminología de Rudolf Otto, el teólogo protestante que tanto influyó sobre nuestra María Zambrano y al que Zerón rinde homenaje explícito en este libro. Este ascetismo verbal entronca, claro está, con una noción esencialista (de nuevo, iluminada) de la creación, al modo como desarrollaron una suerte de mística sincrética autores como Edmond Jabès o Paul Celan (o la propia Zambrano), en quienes todo estrato material adviene puesto en jaque por lo inmanente y lo inefable. No nos extraña entonces que, para la primera de las «(Dos elegías)» que cierran la segunda sección, «El otro lado», el poeta recurra a los auspicios de dos nombres como los de Olvido García Valdés y José Ángel Valente (¿es azaroso, por cierto, que este libro se clausure con el vocablo «fulgor»?) La originalidad, en todo caso, de José Luis Zerón, en lo que a esta raigambre literaria se refiere, es que no gusta de lo conciso y fragmentario, como es habitual en los escritores mencionados, sino que encuentra en lo volcánico y torrencial la expresión idónea para desentrañar sus sospechas. (...) Con su verso membrudo, con su sintaxis sin urgencia, José Luis Zerón Huguet viene desde hace años construyendo una obra poética poco acostumbrada en los dominios de la lírica española de última hora, debido a su cariz visionario y sapiencial; barroco, romántico y surrealizante a partes iguales; eruptivo y hermético en rara y feliz coexistencia. Todo exilio conlleva un desahucio; de ahí que la nueva morada comprenda en sí misma la aventura callada de una mudanza. De exilios y moradas es el juramento de lo que viene después de desvalijar la casa y poner rumbo a lo incierto: el silencio, la soledad blanquísima, el sudario de la almoneda.

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ALTO VOLTAJE Y el canto de los pájaros muertos dirá nuestro destino pere gimferrer

Fulgura el horizonte: la herida se agranda y el flujo matinal unge tu rostro. Se levanta un paisaje en tus ojos y lo que abarca tu mirada es el instante como una promesa extendida. Un águila sobrevuela las sendas ustorias del amanecer planeando sin prisa ni demora; sueña acaso con la apoteosis del cenit cuando retoñan los azules. El ala y el peñasco en tu mirada impaciente. Observas en el vuelo lo muerto, la osamenta. Presientes la llama, la brasa, la ceniza. Busca el águila lo que no está al alcance de su vista. El deseo fatiga y las alas desmayan. El descanso es un estremecimiento de imposibles. En el desmonte hay torres eléctricas, altos patíbulos para los extraviados. Te hallas en la visión donde se inicia la tragedia. Todo acontece en un naufragio.

ORACIÓN A JUAN DE LA CRUZ Entremos más adentro En la espesura juan de la cruz

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¿Qué había más allá de la espesura? Dímelo tú que avanzaste entre la maleza olfateado por las bestias. Dime qué escondía la espesura: ¿el silencio del vacío cósmico o quizá el azul conquistado a la plenitud de la mañana o acaso una explosión de miles de estrellas en el páramo o el fulgor de oro de una fuente sin escarcha? Dime hasta dónde llegaste en tu desacato, qué insomnio imprevisto designó tus vértigos y consumó tu naufragio. Dime qué viste más allá de la espesura, sobre qué rutas dejaste tus huellas, qué polvo de qué firmamento cubrió tus cuerpo y qué palabra nunca antes pronunciada sonó en tus oídos, qué te dejó sin palabras para describir tu fecundísimo desvelo, qué límites brillaron en tus ojos cautivados por el ardid del asombro. Dime, tú que has conocido el vértigo de lo inefable que florece y desordena y has arraigado en las inclemencias de la inmensidad, dime cómo asumir tanto adiós.


El peligro del Ángel, de Julio Castelló

EL P DEL

ELIGRO ÁNGEL

JULIO

CASTELLÓ

EL PELIGRO DEL ÁNGEL

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JULIO CASTELLÓ

por RAFAEL SOLER*

CON LA INOCENTE APARIENCIA de un libro de poemas –buen papel, solvente editorial donde están los que son, sugerente portada, potente y desazonador título, foto del autor en la primera solapa– llegó a mis manos en los primeros días de marzo de 2014 un sorprendente artefacto lírico que me dejó sin resuello, literalmente. A veces suceden milagros así, y(Madrid, pasé Julio Castelló 1963) el botín a mi santa esposa Lucía, que como muchos sabéis es lectora atenta y no se anda por las ramas. mais l'oeuvre de l'homme vient seulement de commencer / et il reste à l'homme à conquérir toute interdiction bárbaro!”, immobilisée aux coins de saresumió elocuente el impacto que en ella “¡Qué ferveur había (mas la obra delprovocado hombre sólo acaba de su lectura, y yo suspiré satisfecho desde empezar / y le queda al hombre conquistar toda prohibición inmovilizada en los rincones la complicidad que siempre generan los hallazgos comde su fervor) partidos. Hablo por hablar / como quien ladra o zumba orina o sorbe la sopa de rabia o vida antigua / … y habita un calor que no es el suyo, decían sus primeros versos para no llamar a engaño; y más adelante: escribo por escribir desde mi oscuro nacimiento / escribo como pienso rodeado de hambre asediando lo mínimo que sucede a humanidad a humedad al acecho y derribo hasta que caiga una gota una sola gota milenaria de sales y vuelves y penetras la sombra / arisco y frágil / inconsciente estalactita muda rabiosa de amanecer y de tormentas y eclipses baratos por encima de un cielo / cada día / un cielo hasta ahora despejado. Bien, toca ya decir que estoy hablando de Yosotros, libro cuya lectura sigo recomendando a quien se pone a tiro, y que su autor no es otro que Julio Castelló, que ahora se revolverá inquieto en su asiento con ganas de susurrarme algo así como “No te lances, Rafa, que te conozco”, y vaya si me conoce este hazverso de pro, fotógrafo poeta y viceversa, hombre de bien que hace de la ética norte y guía de sus afanes, leal a sus canallas, sabio a la hora de distinguir sin un pestañeo Literatura de vida literaria; y vaya si voy a lanzarme por aquello de asumir con estas breves palabras el compromiso de poner tildes y reconocimientos en su sitio justo. Muchas gracias, querido Juanjo, por darme esta oportunidad para acompañaros hoy. AIMÉ CÉSAIRE

el levitador / 58 POLIBEA

* Palabras pronunciadas con motivo de la presentación - 28 de junio de 2016 de El peligro del ángel Madrid, Polibea, 2016, colección El Levitador, número 57.

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Confiesa en su excelente prólogo el bueno de Simón Arriaga, bueno por buen poeta y buena gente, conocedor de la poesía de Julio Castelló desde sus primeros escarceos juveniles, que cada vez que termina de leer uno de sus libros tiene la sensación de que va a ser realmente el último que escriba. Y no es el único, pues después del ya citado Yosotros, la pregunta inevitable entre sus afines ha sido “y ahora, ¿por dónde nos saldrá don Julio?”. Pues don Julio vuelve a primera línea con esta nueva entrega que, bajo el sugerente título de El peligro del ángel, nos ofrece un muy sólido manual de supervivencia, un testimonio de las huellas que de lo vivido, y lo perdido, y cuanto está por venir, han dejado en la piel de su autor. Me he fabricado unas alas tan grandes / que ahora no puedo / volar, nos anuncia implacable Julio en el pórtico de su libro. Y esta inquietante paradoja es el eje vertebrador de cuanto viene luego, junto a estos versos que encontramos terciada ya la lectura: y parece que vivo / sencilla y razonablemente bien / pero yo nunca he sido razonable / pude haber elegido ser un ángel / y elegí la codicia / de un hombre desprendido de su miedo. Ahí la clave, ahí lo esencial que inspira estos poemas que nos hablan de desamparo, de búsqueda, de saludable y pertinaz incertidumbre. ¿Vivimos sencilla y razonablemente bien? ¿Somos lo que quisimos ser? ¿Hasta dónde la libertad bien llevada (la libertad da vértigo nos dice, hay ventanas / abiertas / tentadoras / nos alientan a suponer el fango / los verbos del deseo / aún intraducibles) hasta dónde la fe como equipaje (creo en tercas raíces que perforan los cuerpos / y escarban en sus noches como en la única / resurrección posible / la inquietante / sin tregua / la apacible), hasta dónde las falsas certezas que en el zurrón llevamos (y anuncio / irremediable / con mi boca suicida / una borrasca / un sinsabor de adanes descuidados / de carne acostumbrada / al encabalgamiento) hasta dónde, en fin, la búsqueda de un amor correspondido que todo lo salve? Y a ras de alondra / una mujer / que canta / ven / te ofrezco la carne / escoge / el filo / del costado enredado en la madera / la curva de la espalda o el empeine / callado de la ternura / de la celebración. Vivir es un asunto personal, y el poeta nos invita a perderle miedo al miedo, a volar a ras de tierra sin más alas que un bien asumido desvalimiento. No es casual que este libro, en un guiño celebratorio muy propio de Julio Castelló, se terminase de imprimir exactamente 29 años después del estreno en Cannes de El cielo sobre Berlín, del maestro Wim Winders, película magistral con magistrales textos de Peter Handke: ángeles custodios que añoran su perdida condición de simples ciudadanos disfrutando con el menú de los jueves y la ropa al sol de la vecina. En una conmovedora escena dice Bruno Ganz, el ángel protagonista, a su amigo de correrías aladas, Otto Sander, paseando del brazo: existen otros soles aparte del de allá arriba… en la profundidad de la noche hoy empezará la primavera… me van a crecer unas alas completamente distintas a las de antes, alas que admiraré de verdad. Cuando un poeta escribe desde su verdad todo fluye en armonía, y lo escrito concierne a su lector. Es el caso de Julio Castelló, y si toda su poesía publicada responde al impulso de contarse y de contarnos, es en este nuevo libro de plumas rasuradas donde más explícito es su deseo, su necesidad me atrevo a decir, de compartir los hallazgos y lecciones que la vida ofrece. Séleña de árbol caído, nos invita, mira a los ojos al dios de los errores, camina de la paz a la inquietud, busca entre los huesos la manera más simple de desaparecer, asume el vértigo que siempre acompaña a la libertad, canta la incertidumbre, porque nada hallarás más allá de su abrazo. De eso va El peligro del ángel, de eso va la vida. Pude haber sido un ángel, y elegí la codicia de un hombre desprendido de su miedo. Acompañen en su viaje a este honesto, brillante, sabio muñidor de turbadoras metáforas. Pongan en su mesilla, junto al despertador de los disgustos, este libro pulcramente editado por el generoso y entusiasta Juan José Martín Ramos. Entren en sus páginas con las alas recogidas. No les defraudará. Enhorabuena, querido Julio. Y enhorabuena, queridísima Tilda, por la parte que te toca, y que es mucha

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que siempre me he sabido heraldo noche alada sometida furia exceso de cordura de un dios cansado y nómada de una esperanza en blanco como una cita ajena o algún amor antiguo con el que fabricar el hambre y llamas dejas rastros de cal menesterosa y florece la carne de acuciantes sombras y tientas cálida la luz en el límite exiguo que nos concede el tiempo

El peligro del ángel fue caer en la cuenta del divino desorden; someterse a un abrazo tan inmenso y al tiempo tan insignificante. Apócrifos, 3, 14-16 el peligro del ángel acechar en la luz con la epidermis abierta receptiva agazapado y solo una puerta dispuesta al final de un pasillo eso sí amordazado nadie intuye las plumas ni constata el silencio únicamente el peso del aire en los pulmones únicamente el polvo de la espera de la piedra que aguarda el desafío más visible en la piel que la conciencia y mientras el temblor el elocuente el constante goteo subcutáneo preludio de hecatombe y mientras el untuoso soliloquio que anticipa el orgasmo

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LOCUS STANDI JOSÉ MARÍA MUÑOZ QUIRÓS

EN EL NUEVO POEMARIO de José Mª Muñoz Quirós, Locus standi, vuelve a conjugarse la hondura de sus reflexiones con la intensidad lírica de su verbo. Con 28 poemarios ya editados, la voz de este poeta verdadero y corazonado, tiene la virtud de ser un himno vital y diario, una entrega esperanzada y necesaria: “Así es mi José María Muñoz Quirós (Ávila, 1957) vida; / un intento furtivo / de nostalgia, y una duda/ puesLa poesía surge de la relación del poeta con la vida a través del lenguaje. En esa dualidad se ta en como un sendero” escribía el vate abulense dos constituye la vozpie y la mirada que se aproximan hasta el decir poético. En ese instante fluye la materia que lentamente tiene que atravesar décadas atrás. el difícil retorno a lo más esencial, a lo que solo es posible decir con esas palabras que lo nombra de Ahora, eldesde poema nuevo. Y esto ha deen realizarse la proximi- que da titulo al conjunto, “Locus standad, desde la cercanía con las cosas, en un emplazamiento que permita ver lo más inmediadi”, afirma: “Donde yo vivo nace la nostalgia / de lo que ya to para llegar a lo más universal. Este es el que nos puede permitir adentrarnos en el orden lo que constituye con sedeha ido. elAlentrañamiento fin sabemos / que es más fácil soñar”. el paisaje y con las raíces de nuestro vivir más auténtico. Sueño y realidad, ayer y mañana, presencia y ausencia…, son contantes por donde surge el espacio de una poesía que sigue creyendo, tantos horizontes después, en la fuerza balsámica de la palabra. En los sesenta poemas que integran el volumen, el lector podrá hallar una poesía que dialoga con el destino, que pronuncia la pureza de cada instante, la desnudez de lo imposible, el fruto de una mirada que acerca la certidumbre del hombre…, tal y como puede escucharse junto al eco de su poema “Sed de vida”: “Vivir como en el agua que se asoma / a la noche encendida, como un río / que se desbroza en cada sed, / en cada lumbre de dolor, en cada fuego / que abrasa una derrota en lo infinito”. En esta sugeridora entrega, José Mª Muñoz Quirós no ha dejado nada en manos del azar nada a la hora de trazar su verbo y la legítima transparencia con la que afronta el proceso creativo. Su quehacer es el mejor ejemplo de un escritor generosamente comprometido con su dramática tensión lírica, que vuelve a confirmar la voz madurada y solidaria de quien vive y sueña y apuesta por hallar bajo la esencia de su versos “la mañana cuando despierta /... el don que nos regala sin apenas notarlo / el descanso profundo de las horas”. locus stan-

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JOSÉ MARÍA MUÑOZ QUIRÓS

Locus Standi, de José María Muñoz Quirós por JORGE DE ARCO

LOCUS STANDI

di

el levitador / 59 POLIBEA

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LOCUS STANDI Donde yo vivo hay piedras en la zanja del camino que conduce a la cima. Donde está el sauce azul de la mañana se asoma el día. Bullen las palomas en un vuelo cansado, y se prolongan hasta la tenue luz de atardecida. Donde yo vivo, el alma de las cosas se tiñe de tristeza y se prolongan sus sombras hasta el fin de la caída de la vida en la noche. Luego escapan quienes han naufragado en tanta muerte. Donde yo vivo nace la nostalgia de lo que ya se ha ido. Al fin sabemos que es más fácil soñar. La vida nos recibe entre sus brazos cansados e inocentes. Donde yo vivo se cercena de tiempo cada ausencia de las cosas calladas y perdidas.

CERTEZAS Y como la mañana cuando despierta conoce el don que nos regala, el secreto profundo de las cosas que reafirman una vez más su verdad y su paso. Y como la mañana reinicia lo vivido en la reconstrucción de cada instante caído en la presencia de un tiempo inesperado. Vemos la certidumbre que precisa el momento, y la abrazamos con bondad de árbol libre, con la generosa plenitud que la luz nos ofrece.

LA MIRADA INTERIOR No me detendré jamás a las puertas del día, cuando esté la tarde cayendo sobre las piedras, cuando vayan los pájaros sintiéndose perdidos entre tanta belleza. Y seguiré mirándome hacia adentro, hacia donde las cosas permanecen intactas, como torres enhiestas que no saben agachar sus cabezas. Seré el viento que atrapa las alas del vencejo, el humo de las cosas que se esconden tras cada instante que olvidamos, como el pulso de lo más íntimo y secreto. No me detendré jamás en esas puertas que es preciso atravesar con la frágil seguridad del agua cuando va derramándose en los brazos de este intenso sosiego, y más adentro, tanto como tú puedas cada día concebir en tus ojos. Entonces, sólo entonces, esconderé en mis sueños la imprecisa materia de las cosas que van siempre conmigo, tan adentro que cuando las contemple me descubran un mundo en la invisible paz del alma.

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Visible albor, de Almudena Urbina

V I S I B L E A L B O R ALMUDENA URBINA

VISIBLE ALBOR

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ALMUDENA URBINA

por VERÓNICA ARANDA*

el levitador / 60 POLIBEA

* Prólogo a Visible albor, Madrid, Polibea, 2016, colección El Levitador, número 60.

ALMUDENA URBINA es una poeta rara e inclasificable dentro de la poesía española actual. Tan marginal como necesaria. Entiende la poesía como la creación de un equilibrio entre la agitación y la calma en el orden natural de las estaciones. Su escritura es, por encima de todo, una filosofía Almudena Urbina (Madrid, 1963) de vida, una forma de inclinar el alma en la visión del munAsí, visible albor, la luz ascendente; do, espacio donde el poeta cumple con su destino, con su el audaz trino de los pájaros hacia la escala más allá del cielo. necesidad ineludible de creación, belleza y tras­cendencia. En la poética de Almudena, converge la tradición de la poesía mística y del Romanticismo. Bebe directamente de Santa Teresa de Jesús y de ese «no sé qué que queda balbuciendo» de San Juan de la Cruz. Pero hay también mucho de Novalis y Bécquer en sus versos, sobre todo en lo referente a la inspiración, donde lo inefable soñado se encarna en el poema. Las epifanías, la intuición visionaria, son esenciales en el proceso de escritura de Almudena y su inmersión en el misterio. Concibe que la palabra poética se puede explicar a través de la plenitud de aquellos instantes en profunda comunión con el cosmos o trascender en un mundo idealizado. Por otro lado, la autora enlaza con la tradición juanramoniana de poesía «pura», entendida como una cualidad desprovista de toda sospecha retórica y ardua elaboración. En Almudena Urbina las palabras germinan con precisión lo esencial y conducen al resplandor. En la mística española, esa profundidad aparentemente sencilla, se une al espacio de grandes paisajes donde va desenvolviéndose la acción de los poemas, cuyos elementos bucólicos representan los distintos estados espirituales o sensuales del amor (divino o humano): Cegadora luz que se consume entre los montes y los valles. Esta doble interpretación, construida a través de varias capas de significado, desemboca en un lirismo integrador y

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ambiguo, donde la inefabilidad de la poesía regresa a un estado prepoético. En todo el poemario hay una búsqueda de la pureza primigenia previa a la creación: Un candor, una blancura que se arrastra hasta donde no acaba el sol. En las tonalidades del poemario predomina el blanco, desde ese «albor» o primera luz del amanecer que remite también a la infancia, a esa blancura cromática donde hay algo de pintura impresionista. Como señala José Ángel Cilleruelo, «en la lírica de Urbina, el poema se convierte en una impresión, en una emoción antes que en un sentido.» La blancura entendida asimismo como transparencia que se prolonga, como pureza y anhelo de alcanzar ese mundo absoluto. Dentro del campo semántico del blanco encontramos: «salitre», «nieve súbita», «lluvia nívea», «niebla diamantina», «soberana claridad», «tenue transparencia» y la «luz ascendente» que enlaza con la poesía mística y la búsqueda de la iluminación suprema. La luz es fuerza creadora, energía cósmica y su color blanco alude a esa síntesis de totalidad, a esa sed de un «dios sin muerte», tan recurrente en toda la obra de la poeta madrileña. Asimismo, los epítetos son importantes en la poesía de Urbina ya que patentizan esa pureza, esa forma de nombrar lo límpido, lo cándido. Cuando el poeta místico llega a la vía unitiva, el lenguaje se detiene, la voz se remansa y se expanden los adjetivos. Baste recordar la famosa lira de San Juan de la Cruz: Mi Amado las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas estrañas, los ríos sonorosos, el silvo de los ayres amorosos, En la segunda parte del libro, está más presente la melancolía, la muerte y el dolor físico. Noches de so­ledad, de «fiebres oscuras» sobre «unas sábanas de vidrio». Una súbita melancolía («No sé de dónde viene esta melancolía»), cercana a la saudade portuguesa, que va generando un mosaico de estados de ánimo. El albor se torna frágil porque la belleza también es sacrificio. Aquí entraría también la melancolía oriental que impregna los haikus —un género que cultiva la autora— y que está muy unida al término japonés wabi-sabi, que podría traducirse como «nostálgica belleza», un sentido estético de comprensión del mundo basado en la fugacidad y en vivir la naturaleza en soledad. El vuelo es una noción fundamental en la poesía de Almudena, simbolizado en pájaros o ángeles, y se concibe como trascendencia del crecimiento. Se podría decir que la poesía mística española es una especie de vuelo con raíces en la tierra, pero que huye de la materialidad: Vuelo. Suave tacto al azar. Vida. Visible albor nos sumerge de lleno en la poesía celebratoria, donde el intimismo es desapego y revelación. Estamos ante una poética que busca la plenitud, la ensoñación y las elipsis produciendo un efecto de mantra que hace que las palabras se queden resonando en el lector.

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Ahí, en el orbe latiente donde se aproxima el aire que respiro, un aroma, la vastedad de lo oscuro. Duerme hoy tibia la esperanza: casi un paisaje moribundo que no acabara en el horizonte. Y vívido es el destello de tu piel, estremecida, como diamante azul en el océano. Esa es la dicha, el corazón que sin saberlo aún te ama. Y es vuestro el día más maduro, dulce o ágil. Así, visible albor, la luz ascendente; el audaz trino de los pájaros hacia la escala mas allá del cielo. Vuelo. Suave tacto al azar. Vida. Sólo aún el relámpago que del corazón tiembla. ¡Nunca olvido! Allá la orilla remota. ¿Dónde la distancia? Cielo de vírgenes aleteos que sin rubor a un pájaro se entrega.

Sólo el aire respirado, la desnudez de la noche si me acerco donde una brisa arrebata mi corazón intacto. Y abrazo la piel invicta allá arriba, el pecho hermoso donde se yerguen las sombras y los astros, donde resbalan minerales nubes que la verdad otorga. ¡Ah, soberana claridad que habita un dios sin muerte!

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Oficio, de Rafael Mammos por FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN*

* Prólogo a Oficio, Madrid, Polibea, 2016, colección El Levitador, número 61.

IMAGINO CON TODA NITIDEZ, en la distancia de los kilómetros y las letras, el taller de Rafael Mammos, como si él mismo me hubiera invitado a recorrerlo cientos de veces, en cientos de tardes sucesivas, a la luz de todas las luces posibles. Aquí y allá, materiales escogidos para un asombro sereno; piezas de estupor, titubeo y paradoja; ancestrales herramientas con las que apuntalar la sobriedad; recortes y esbozos de un mundo en obra y sueño. En las páginas de Oficio se percibe el anhelo constante, casi sacro, de una forma de conocimiento superior, pero no se carga a la poesía misma con ese pesado fardo que, con tanta frecuencia, por ajeno, le resulta asfixiante: es el poeta, aprendiz de sí y de los que le rodean, el centro de la duda. Hay duda en la obligación de la mirada, duda en la necesidad de la propia palabra poética frente a la mera contemplación. Mammos sabe que la paradoja de la tachadura, del ruido añadido al ruido, supone el mayor riesgo al que puede enfrentarse quien escribe. Es siempre fugaz la conveniencia del decir frente al monolítico voto de silencio que el misterio exige: de ahí la brevedad de los poemas, el pulido exacto de cada manojo de versos. De ahí el desconcierto. Página a página, como si recorriésemos la vida, se repliega ante nosotros un enigma imposible de nombrar: apenas lo rozamos, huye junto a su quimérico sentido. Ni siquiera su rastro es mensurable o definible. Pero el poeta sigue; anota, corrige, modula; susurra una voz diferente para la ceremonia. Mammos construye sobre esta indefinición una épica onírica e intimísima, pero, al tiempo, colectiva; nueva, pero ya escuchada: sus versos no son los del vate clarividente, sino los del que guía en la oscuridad, porque solo oscuridad encuentra quien explora el ángulo más recóndito del nosotros. No hallaremos un centro de las cosas; debemos ceñirnos, con toda la dignidad que nos sea dada, al rodeo

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infructuoso. Suena un canto de confusión en cada recodo del mapa de Oficio: nunca cerca, nunca allí, porque no existe tal lugar. Oficio constituye un humanísimo bestiario: cada símbolo, herido por la flecha de la razón que sobrevuela la razón, trae, junto a las antiguas, otras resonancias: qué difícil, y qué elegantemente alcanzada en la poesía de Rafael Mammos, esta ingrata tarea de levantar un subconsciente (rayano, al unísono, en la indagación de un surrealismo carente de prejuicios y en el acerado apunte naturalista) donde la primera vista solo distingue escombro, desazón y apatía. Claras fuentes en las noches y pastores en los eriales; ciervo y cuervo en los blasones, acuñados en una única moneda: en este mundo ensoñado (nunca ñoño, y sí estilizadamente kafkiano y cirlotiano) se practica una religión poliédrica e intuitiva, plagada de señales sin verdad absoluta, siempre en marcha, abierta, hasta el último de los finales, al fulgor de la vigilia alucinada. Con Oficio Rafael Mammos, más allá del tópico, crea un delicado himno barroco: virtud en la manera y sublimidad en el arcano lo sustentan.

UN POETA

La mitad del mundo duerme como abetos y pinos quietos en el resplandor de la nieve. La mitad despierta soy yo. Si pudiera escuchar a todos estos tal y como se declaran en suspiros involuntarios, dejaría descansar mi cabeza junto a ellos. Aprendería a recitar para largos comedores con desconocidos esperando a cada lado de la mesa. Y aceptaría por fin su lengua, aunque en sus canciones el bello nombre de plantas y pájaros se denigre una y otra vez.

OFICIO De repente todos se ponen serios. Los mercaderes hablan sólo del este y no saben ver ninguna otra tierra que les sea tan rentable. Quien se retiró del mar fantasea con volver a tierras hundidas y repite historias sobre lebreles de plata encendidos al sol. Los enemigos miden sus vidas y la tuya hasta romper con envidia la balanza, y tú, en un burgo apartado, te descubres trabajando con las manos unas piezas en el polvo, heredero de un oficio ahora muy pobre.

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Octubre habitación y encinta, de Francesc Badía i Dalmases por LUÍS NICOLAU PARÉS*

* Prólogo a Octubre habitación y encinta, Madrid, Polibea, 2016, colección El Levitador, número 62.

FURTIVO AMOR CORTÉS, todavía. Cuando el cierzo otoñal ya adormece aquel vigor de antiguas porfías, hete aquí que inesperada emerge la nueva fortaleza a ser rendida. Tiembla el alma en vilo, por unas horas, por una vida, todavía. En los aeropuertos del destino, la embestida del mirar, el galanteo escaramuza, la sonrisa algarabía, hasta el asalto final en una alcoba de candente aurora, amor inconsecuente, se nos dice. A la vuelta de la esquina el umbral de la distancia, sin mirar atrás, sin compromiso. Escenarios puntuales de inadvertida zozobra. El poeta, el sujeto del deseo, al deseo sujeto, epicentro descentrado, escribe, solitario, todavía. Objeto de su verbo, por pasiva y por activa, vórtice del desconcierto, se aferra a la palabra para salvar la prueba inconfesable de sí mismo. El acoso clandestino del recuerdo, sumergido en la asfixia del olvido, alimenta la esperanza moribunda. Como el hielo en el alcohol, se desfigura la memoria. Y el poeta insiste, casi con dolor. En la sombra de su máscara, agiganta la voz de su persona. Porque sabe que los registros de la historia los aquilata la partitura del viento y, así, el retorno insospechado, la inaudita aparición del ángel, precipita el cauce manso en renovado remolino que todo lo traga y desordena. No hay burladero que valga, ni toro por donde coger los cuernos. Descifrar el enigma del querer en la presencia ausente de otro ser es quimera en la intrincada geografía del sentir. Flujo indomable que decanta y coagula, nebulosa mistura que destila y condensa, y en la entropía del tiempo, se evapora y dispersa. La reincidencia no es repetición y escribirla permite tocar la infinitud. Una década y más. La edad se mira en la refracción de su propia proyección en un pasado que ya no puede ser. El poeta, ahora sobrio o sombrío, sabio, desabrocha sus capullos verbales, delicadas crisálidas, pacientes intermitencias, luciérnagas de lo oscuro. La palabra justa, ajustada encaja, no deja rendija suelta, pesa. Y el

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poeta arquitecto sopesa, posiciona torres, sopla secretos al oído del alfil, sacrifica peones, despacha caballos al mar. Otrosí, la reina persiste incólume, ignota, extranjera. Porque el poeta sabe que la inconsecuencia del rey está en su mano, en la ambigüedad del posesivo, en lo dicho por lo no dicho, en ese amor posible y necesario, a través del cual mostrarse y ocultarse. Porque el poeta será siempre más fiel al eco de su palabra que al enredo de la experiencia. Y en el empeño, la exaltación vivida, real o imaginada, será domesticada, contenida con la brida y el cincel del verbo. Hasta el final, todavía, aún. El poeta nos regala; escuchemos su voz clara.

I Otra vez algo en el aire se quiebra y no es ficción. El silencio, la temblorosa luz, el brillo del bronce en equilibrio: todo, todo se resquebraja y muere en un abrazo largo, en un amor posible. ¿Por qué este estar aquí, tan insistente? ¿Por qué este amarte así, sin consecuencia?

II Eliminar por fin del pensamiento la fiera muerte airada que persigue doblar esta razón para apartarla de aquella dulce piel ocultadora cuya insomne presencia precipita.

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III Allá el escalofrío de unos cierzos que peinan viñas llenas de porfía (y almendras de ojos verdes que vigilan) me alcanza en el fragor de la batalla que lucha por librar tu esquiva imagen al pozo de una entrega incontestable.


Rafael Estrada

c c i ó n o e s í a

AARÓN GARCÍA PEÑA

CON DOS AES AARÓN GARCÍA PEÑA

REÚNE AARÓN GARCÍA PEÑA en esta antología, seleccionada por él mismo (aunque, en algún caso que en ella se indica, ha contado con la ayuda de otros amigos poetas), muestras de todos sus libros publicados, más un poema ocasional. (Recuérdense, al propósito, las palabras de Goethe, que aseguraba que todos los suyos lo eran, porque «es la realidad quien debe proporcionar su motivación y su tema»). Dadas las características, aparentemente muy distintas, de los libros que han aparecido hasta ahora, podría esperarse que un empeño antológico tuviera algo, o mucho, de centón, en el sentido de estar «lleno de elementos heterogéneos», como dice la Academia. Ocurre, sin embargo, todo lo contrario: el autor ha aprovechado la ocasión, o acaso simplemente ello le ha venido impuesto por lo que pudiéramos llamar sus obsesiones, para destacar sus líneas de fuerza. El resultado es que su poesía se lee aquí no mejor (naturalmente), pero sí con una claridad, una determinación sin duda más perceptibles que en los libros exentos. Por donde resulta que, incluso para quien conozca toda su obra, esta antología no es un añadido más o menos prescindible, sino una llave o un plano, y que creo posible volver desde ella a la lectura de cualquiera de esos libros y comprender mejor su sentido último, el peso que tiene cada elemento y la relación que a todos los une. Mi impresión personal es, en resumen, que al preparar esta antología, el propio autor se ha leído a sí mismo de un modo que acaso no le hubiera sido posible sin ese empeño, y que tal experiencia y su resultado están en el libro, enriqueciéndolo secretamente. Una selección ideal de la obra de un poeta requeriría, a mi modo de ver, que lo que se ha dejado fuera no se hiciera sentir como falta (no «brillara por su ausen­cia», según la sugerente expresión popular), sino que fuese como los silencios en una conversación entre dos personas que se conocen bien, algo expresivo en sí mismo y lleno de

Aarón García Peña (Madrid, 1978 - Monte Erebus, 2065)

La persona que es innoble se queda sola por voluntad ajena; la persona noble, por voluntad propia. Nos comportemos como nos comportemos, todos, al final, terminaremos solos. Tan feo es asumirlo como hermoso elegir el método, pues sólo en nuestras elecciones está la verdadera compañía.

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us suen viento ebata y más alto s nubes eño.”

por JOSÉ CEREIJO*

CON DOS AES

vitador

Con dos aes. Antología de primeras voluntades, de Aarón García Peña

el levitador / 63 POLIBEA

* Extracto del prólogo a Con dos aes. Antología de primeras voluntades. Madrid, Polibea, 2016,

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significado. Pienso que ese ideal, sin duda inalcanzable, no está sin embargo demasiado lejos de lo que aquí se ofrece. (...) No extrañará (...) la variedad y dominio de las formas métricas, la tentativa de construcción que suponen. Ni la voluntad exploradora de significaciones y sentidos, patente en el uso (continuo, pero juicioso) de la imagen de gran apertura de compás, hasta llegar incluso a lo surrealizante. Ya dije que la búsqueda es seria (y hablé del combustible emotivo que la alimenta); por eso quiere, necesita, abarcar tanto como pueda. O, más exactamente, mirar desde distintos puntos de vista. La lira no alterna entonces con el endecasílabo blanco, el verso libre con el viejo dodecasílabo o hasta la sextina, por un simple prurito de virtuosismo técnico, que en todo necesita probarse, sino porque cada ritmo y cada forma implican una manera nueva de pensar y de sentir —y de mirar, por tanto. No son, como ya apuntaba, un juego, sino una exploración. (...) Y ésa es la intención última del acercamiento que propongo aquí: señalar la que juzgo unidad recóndita, o al menos no aparente, de una obra que puede figurársenos sin embargo tan cambiante, tan proteica. E indicar así que los distintos rostros con que se presenta no son meras apariencias más o menos gratuitas, sino resultado com­prensible, y acaso necesario, de la convicción poética (y, como dije, vital) que a todas las gobierna. Me importaba señalarlo porque pienso que aunque en efecto, con discreta sabiduría, no se ostenta, está sin embargo allí, actuando secretamente. Y de esa tensión entre la forma objetivada, dominada y visible, y la oculta raíz estremecida, resulta un diálogo en sordina, o más bien una especie de contrapunto a la voz principal, que importa oír, si queremos entender de veras lo que se nos cuenta. A PROPÓSITO DE LA HABITACIÓN DOSCIENTOS TREINTA Y SIETE Para llegar hasta el espejo insisto poco en despertarme. Da igual la duda si no hay hombre, da igual la nieve sin paisaje; mis ojos sólo se perdonan en el momento de mirarse. Si fácilmente me confundo de puerta, baño y familiares; si no madrugo en donde duermo o empiezo el día a media tarde; equivocada, la sonrisa, al menos surge en ese instante.

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¿Quiénes, enfrente de sí mismos, con su verdad se satisfacen? ¿Quiénes advierten con la espalda lo que tampoco está delante? ¿Y quiénes nunca lamentaron enamorar a sus amantes? Para llegar hasta el espejo cambio mi sangre por mi sangre, reviso el mundo y sus principios, le hago el favor de lastimarme y doy por concluido el duelo y por feliz cuanto me place.


TÍTULOS PUBLICADOS 1. Quien lee vive más. Javier Lostalé. Prólogo de Jesús Marchamalo 2. Los corazones quietos. Enrique Gismero. Prólogo de Jesús Barrajón 3. Almacén. Dietario de lugares. José Ángel Cilleruelo. Prólogo de Juan José Martín Ramos 4. Las transmisiones. 24 lugares y una carta. Rafael-José Díaz. Prólogo de Alberto Ruiz de Samaniego 5. C[r]uentos. Jaime Alejandre. Prólogo de Guinnevere A. Nash 6. La suerte del escritor viajero. Crónicas literarias de Europa y América. Toni Montesinos. Prólogo de José María Conget 7. Observaciones y aforismos. José Balza. Prólogo de Toni Montesinos 8. Cuaderno griego. José María Bermejo. Prólogo de María Antonia Ortega 9. El cuaderno de Liverpool. María Antonia Ortega. Prólogo de José Cereijo 10. Sinfonía de la sombra blanca. Fermin Higuera. Prólogo de Juan Herrero Cecilia 11. Que todo en la vida es cine. Toni Montesinos. Prólogo de Gonzalo Navajas 12. El rey de Ramnagar (Un viaje a India). José Tono Martínez. Prólogo de Ignacio Gómez de Liaño

la espada en el ágata (prosa) 1916 / 25


La suerte del escritor viajero, de Toni Montesinos por JOSÉ MARÍA CONGET*

* Prólogo a La suerte del escritor viajero. Crónicas literarias de Europa y América, Madrid, Polibea, 2015, colección LA ESPADA EN EL ÁGATA, número 6.

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QUE ALGUIEN PUEDA ESCRIBIR con la misma simpatía, información, lucidez e inteligencia sobre Woody Allen y Tolstói, sobre Salgari y Truman Capote, sobre un novelista japonés y una película iraní, quizá no sea demasiado sorprendente. Que el mismo autor dedique un libro de poemas al desasimiento, la «pérdida del reino» y el desamor (con el significativo título de Sin) y en otro poemario renuncie al horizonte asombroso de Manhattan porque «me conformo con mi propio skyline: / tus hombros, tu cabeza y tus brazos extendidos», indica además una notable capacidad para registrar los variables climas del espíritu. Que publique una novela que enlaza Dublín y Barcelona en el angst alcohólico de un veinteañero –Solos en los bares de la noche– pero escriba después una historia de amor constante mas allá de la muerte –Hildur–, un amor capaz de resucitar a los muertos, revela una audacia y una originalidad poco comunes. Estoy hablando, repito, de un solo escritor, de Toni Montesinos y su admirable instalación en las diversas estancias de la gran casa de la literatura. Comentando una frase de Thoreau en relación con unos textos que no le publicaron («Como suele ocurrirles a los escritores, no gané otra cosa que mi esfuerzo»), Toni Montesinos se hacía la siguiente reflexión en La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana (2013): «Cabe recuperar en estos días esa humilde entrega al arte literario sin esperar nada a cambio, en un mundo donde la mercadotecnia también ha alcanzado la cultura hasta convertirla en un producto más de consumo». Creo que las palabras anteriores reflejan la honradez que Montesinos imprime a su múltiple actividad profesional de hombre de letras. Basta recordar con qué pasión ha tratado de difundir en España la obra de los importantes (pero aquí ignorados) escritores venezolanos Ramos Sucre y José Balza; o ha reivindicado la poesía, que ya había caído en el limbo de los manuales, de Ángel Crespo. Esa misma pasión —controlada por una ética literaria rigurosa— se desprende de sus


textos creativos: ni un verso ni un párrafo dirigidos a un público cautivo, dócil o adocenado, ni una concesión a la moda o al mercado. No es que Montesinos incurra en la vanidad solipsista de escribir para sí mismo; pero si en sus ensayos aspira a compartir con los demás el placer que le han proporcionado los autores que admira, su poesía y su prosa pretenden producir ese placer pero sin rebajar un ápice el nivel de exigencia estilística y conceptual. Las ciudades, el amor y sus desoladores fracasos, el amor y sus milagrosas exaltaciones, el vacío de la existencia y el gozo de vivir, la inagotable curiosidad intelectual, la fraternidad con los escritores latinoamericanos, la fascinación del cine y su correlato autobiográfico, el alcohol, el suicidio, son algunos de los protagonistas de la docena de títulos que ha publicado ya Toni Montesinos. A quienes los conocemos no nos sorprende encontrarnos ahora las crónicas viajeras de su nueva entrega pues hablamos de un escritor a quien difícilmente se le podría aplicar el adjetivo de provinciano. La negación de las fronteras que revelan sus lecturas se corresponde con la amplia geografía de los textos de La suerte del escritor viajero. Y son textos de difícil clasificación, que renuncian a los aspectos de guía Michelin (contaminante incluso de los viajeros más reacios al tópico) para enlazar plazas, gentes y miradas con un mundo interior construido a base de literatura y una implacable reflexión sobre sí mismo. Son páginas que participan del dietario, la confesión íntima, la asociación libre de memoria y presente, y la diatriba contra las imposturas del mercado en el terreno cultural. Así, no nos sorprendemos demasiado cuando Montesinos transmite la irritación hacia la mil veces glorificada Florencia, una ciudad abducida por el turismo y por su propio prestigio. Ni de que en el capítulo de Chile se infiltren graves consideraciones acerca de la complacencia de la crítica literaria española cuando se enfrenta a nombres consagrados. Y podemos perdonarle que no registre algunas fealdades que la influencia de Estados Unidos ha incorporado a Puerto Rico porque desde el principio de ese apartado el autor nos confiesa los motivos por los que viaja a «la isla del encanto». No quiero arrebatar placer al lector adelantándole una síntesis de lo que va a explorar por su cuenta en estas crónicas. Pero me referiré a mi capítulo preferido, el dedicado a Ámsterdam, en el que una serie de pensamientos sugeridos por la pintura y la personalidad de Van Gogh se entrelazan con los suscitados por una novela juvenil de Flaubert y, dolorosamente, con el áspero recuerdo del padre del escritor e incluso las miserias de las letras españolas controladas por intereses extraliterarios. En esa audaz mezcla del registro meditativo con el indignado, de los plácidos canales otoñales con la evocación de una Semana Santa gamberra y adolescente en esa misma ciudad, se concentra lo mejor de Montesinos: una cultura que no escuda ni impide la indagación introspectiva pues, como afirmaba su amado Montaigne, un ensayo es una forma discreta de hablar de nosotros sin incomodar al interlocutor. Cita en algún momento Montesinos, para refutarla, la famosa frase de Pascal que atribuye todas las desgracias del ser humano a la incapacidad para estar sentado y solo en una habitación. Quien hoy tenga este libro en sus manos puede correr el riesgo de quedarse solo con él y viajar, sin moverse, a La Habana, Sicilia y Brooklyn. No le pesará. Le acompañará una voz gentil que ha leído mucho, le hará confidencias, le incitará a desplazarse por el mundo sin prejuicios, le hablará de inseguridades, del amor y del asombro. Muchas grandes amistades comienzan de este modo.

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Observaciones y aforismos, de José Balza por TONI MONTESINOS*

* Extracto del prólogo a Observaciones y aforismos, Madrid, Polibea, 2015, colección LA ESPADA EN EL ÁGATA, núm. 7.

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José Balza, desnudo entre aves y con el rumor del río, en el salvaje Orinoco de sus ocho años, «sudoroso, estigmatizado por la luna en la ventana». José Balza, despidiéndose de la adolescencia, «pecho fuerte y manos siempre cálidas». José Balza en los años setenta en un bar de Nueva York, «un hombre elástico, elegante y sencillo», descubriendo con asombro citas entre gente joven y gente muy vieja en busca de un amor sin edades —materia narrativa de primera—. José Balza ya maduro, hipnotizando con su voz penetrantemente suave a la audiencia de un programa de radio, de televisión. José Balza ante un volcán asiático en un viaje espectral, frente a unas ruinas griegas, contaminado de México. José Balza y una mesa y un whisky hace unos meses en las calles galdosianas de Madrid. José Balza en su casa con los invitados de Nochevieja, cuando la flor de medianoche se abre y cierra por una sola vez al año. José Balza psicólogo en la universidad, José Balza profesor en California, José Balza conferenciante en Salamanca, José Balza leyendo poesía y filosofía, escribiendo narrativa y ensayos. José Balza en la alta estantería de una biblioteca, entre Isaac Bábel y Balzac. José Balza regalando unos labios de alambre del escultor venezolano Hernán Rodríguez a un admirador goloso por las bocas femeninas del Caribe. José Balza viviendo en la ciudad natal de algunos de sus álter egos: «quizá la más fresca en el centro del continente», José Balza escuchando a Bach, y un bolero, y una nueva voz de mujer. José Balza y su totalidad, su ambigüedad, su multiplicidad. Quién es José Balza. No lo sé. (...) Allá donde está José Balza hay una enredadera que se extiende como en una orgía de movimientos lujuriosos e intenciones —no siempre— castas. Allá donde mira José Balza existe un cuento atrapado que reclama liberarse de su silencio. Allá donde camina José Balza se extiende su sendero de soledad. Su alma de alicia atravesando la cascada afronta una cueva sensitiva de placeres refina-


Ilustración: José Balza

José Balza

dos: cada frase es una penetración. Se hizo cronista de los diferentes tiempos cuando asistió al encuentro de la mano cervantina con la tinta que apuntó en un lugar de La Mancha..., cuando miró con tierna comprensión al insomne Ramos Sucre disponer su concentrado suicidio: los relatos que glosan estos dos instantes —«Historia de alguien», «La máscara feliz»— suponen que José Balza estuvo (se imaginó) allí. Allá, en la sintonía de dos relojes y arenas que convergen en un cruce de genialidad creativa. Más acá, en el lado de quien echa su vasija de tierra al mar de la tradición. (...) Un día de 1974, Julio Cortázar visita Venezuela y, a la vuelta en su casa de París, coge un papel y escribe: «Querida Myriam». Es el 15 de noviembre. Myriam Berrizbeitia es una estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello que está realizando una tesis sobre Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar; ha ido a hablar de ello con el cronopio, que ya ha publicado todas sus obras importantes y le quedan diez años de vida, no demasiada literatura y mucho compromiso social. Pero Cortázar no sabía entonces quién era el joven José Balza. «Lo de querida no es mera retórica epistolar —continúa escribiendo en su piso del número 9 de la Rue de l’Eperon—. Creo que nunca le agradeceré bastante que me haya dado los libros de José Balza, puesto que él había preferido no hacerlo por el momento y yo me hubiera marchado de Caracas sin saber nada de un escritor que me parece digno de ser conocido». A José Balza le queda un mes para cumplir sólo treinta y cinco años, pero el argentino, leyendo esa novela, lo ve «en el umbral de una madurez ya presente o previsible en cada pasaje; le tengo fe a Balza, creo que su obra futura será para él y para nosotros una gran experiencia». El tiempo ha pasado y el pronóstico se ha cumplido. A la selva de pasiones artísticas de José Balza le han llovido los premios y los homenajes, los lectores eruditos y los apasionados de su prosa. La planta literaria creció, ramificándose en páginas sobre los asuntos más diversos. He ahí un particular árbol de la vida, bajo cuya sombra de títulos el sol caraqueño no alcanza la vista del escritor, que en este exacto instante mira de frente el monte Ávila con la memoria. Ha desaparecido el reloj de su muñeca, y el pasaporte arde en el crematorio del olvido. Ni el propio José Balza sabe quién es, por qué el Orinoco le avisó de aquella manera, cuándo el río de la existencia le volverá a ahogar

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o a salvar. Una hiedra pecaminosa le rodea el cuerpo y le ata al árbol, inmoviliza su pensar, lo deja en la incertidumbre de eludir su próximo paso: si atender al llamado de un cuento que concibió anoche o solamente respirar, solamente dejarse desvanecer. Su maquinaria narrativa está reposando un segundo, y todo pero nada importa. Sólo el amor por las cosas y seres importa. Tal vez, sólo la soledad guarda relevancia. Y su música. El solitario Cortázar subrayó «interminablemente», como apuntó en la carta, la página 50 de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar en la cual se hablaba de amor. Yo subrayé «Ambos saben que existen para amarse», en la página 23 de Después Caracas, en el segundo párrafo del breve, precioso capítulo 2, que empieza: «La manera más sencilla de decirlo sería: en ella se concentran los sabores: el gusto del aire, el aroma del mundo, lo táctil del pensamiento». Mi lápiz ha marcado esa frase y muchas más a lo largo de esa novela; mi ejemplar de Percusión está plagado de rayas horizontales, de asteriscos, de signos exclamativos. Todas esas marcas en tantas de sus obras conforman mi personal selección de observaciones y aforismos; una manera poética, precisa de hablar de lo que a veces tiene pocas posibilidades de ser expresado (...). Un aforismo también es un lugar donde estar, una geo­ grafía indeleble. Uno lee una pequeña meditación, y la cabeza se yergue a pensar en lo leído. En el horizonte, reside el tiempo —el espacio— en que ese vino de palabras permanece en el paladar del intelecto. Y vuelta a empezar, a echar otro trago. La consigna está clara: jamás entrar en el laberinto de mentirse a uno mismo; los otros detectarán el engaño de las ideas sin salida, por lo que el aforista no puede jugar a ese pasatiempo sino orientar su ejército de ideas en campo abierto: es un honesto profesional. Quizá por ese motivo José Balza apunta en la nota previa a este libro algo sobre decir la verdad, lo que equivale a la paz de la conciencia y, sobre todo, de los recuerdos. Y pocos rostros, voces, almas tan proclives a transmitir paz como los diferentes rostros, voces y almas del múltiple y único José Balza. Decirse la verdad en todo momento para que la reciba el lector, y la transforme en su verdad. Y así como Romain Rolland dijo de Tolstói: «Una cosa lo salvó siempre: su absoluta sinceridad», yo digo lo propio de mi José Balza, del que nada sé pero todo intuyo.

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Ilustración: José Balza

EL CUENTO: LINCE Y TOPO 1. El cuento —como una relación sexual— es algo que quiere extenderse pero que debe concluir pronto. 2. Debe concluir para poder prolongarse. 3. Un libro de relatos: encendidas ventanas (o estrellas) en la noche. 4. Lectura para gente que duerme bien. 5. Escritura que puede hablarse (o ser narrada). 6. El cuento puede ser un animal: la serpiente (siempre que ésta sea como un relámpago). 7. Leer un cuento: colaboración de cuatro personas por lo menos: la del autor y la del texto; la del otro y la de esa parte suya que lee. 8. Voz de la distancia a/cercándose. 9. El poder (o paradoja) de un relato: su brevedad. 10. El estilo y la distribución de un cuento constituyen su absoluto. (...)


Cuaderno griego, de José María Bermejo por MARÍA ANTONIA ORTEGA*

J O SÉ MARÍA B E RM EJ O

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C UAD E R N O G R I E G O

J O SÉ MARÍA B E RM EJ O

cuaderno griego con prólogo de

el ágata / 8

EDITORIAL POLIBEA - la espada en el ágata / 8

* Prólogo a Cuaderno Griego Madrid, Polibea, 2016, colección LA ESPADA EN EL ÁGATA, número 8.

CUADERNO GRIEGO, de José María Bermejo, es un libro de sabiduría lleno de amenidad y pleno de conocimiento liberador, pero que jamás podría ser confundido con uno de los manuales de autoayuda muy al uso en nuestra época. Y lo digo con alivio. Parecen fusionarse en él poesía y filosofía; pero sin perder nunca su autor su condición de poeta; o lo que es lo mismo, de intensificador. El poeta llegó allí, ya estaba en la cima del pensamiento antes de que el filósofo se encumbrase con sus escalas, picos y palas; aunque la descripción de la expedición filosófica, su sistema repleto de riesgos y aventuras del conocimiento, y también de rigor y coherencia, nos parecerá siempre lo más interesante del quehacer filosófico. Pero ya estaba el poeta en el conocimiento íntimo de las cosas. ¿Cómo pudo conseguirlo, sobre qué caballo con alas de Pegaso?¿Qué golpe de gracia le llevó hasta el lugar de la revelación? Es misterio, pero jamás oscuridad. Es un enigma porque hay allí precisamente una luz inexplicable. Pero a cambio de permanecer en su puesto, como de montería, el poeta está allí solo y alerta, entendiéndose esta soledad como un fenómeno de la conciencia que la amplifica; y no sólo esto, sino también en una situación de intemperie que le salva de una falsa seguridad. Si el poeta pierde su soledad y vulnerabilidad, también su naturaleza esencial. En nuestro libro se traza un arco, cuyos extremos están al principio y al final; y que lo tensan; y que se refiere a la figura y aportación del héroe, no exenta aquí de innovación y de nueva interpretación. Del héroe, que está entre los dioses y los demás hombres. Mientras que los dioses ponen a prueba su fe y su valor, los demás hombres consideran al principio de la epopeya que su esfuerzo es vano y desproporcionado. Y aquí se afirma que sólo una excesiva condescendencia de los dioses podría privar al héroe de su derrota, otorgándole el consuelo de un triunfo demasiado precoz, un reconocimiento antes de que se cumpla su verdadero destino.

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Estas páginas recuerdan, pero actualizan también, los mitos griegos. Y por ofrecer un ejemplo entre muchos, ya que este libro intenso posee un alcance casi ilimitado y un contenido variadísimo, si en el caso de Orfeo se acepta el escarmiento de aquel que se atreve a dudar y a abandonar la fe a ciegas, lo cual además se relaciona con una crítica velada de la tradición de la duda filosófica del pensamiento occidental, y aunque dicho escarmiento sea aceptado no sin cierto orgullo y despecho, al abordar sin embargo el mito de Psique se valora muy positivamente su rebeldía y su derecho a querer saber, cuya sed de conocimiento se salva aquí por encima de sus consecuencias, y que nos traería hasta los avances de la ciencia moderna en su descubrimiento de territorios ignotos; entre todos ellos el del subconsciente. Es decir que, recordando en su integridad y en su ortodoxia, y también en la encarnación de su belleza, los mitos de la época clásica, los insufla de tal vitalidad después que los convierte en capaces de ser interlocutores de nuestra época. Dice que «dicen que la palabra anthropos, hombre, significa «el que mira hacia arriba». La gloria que fue Grecia se resume en ese mirar hacia fuera y hacia arriba, que es alabanza de la luz, y en el otro mirar hacia dentro y hacia lo hondo, que es filosofar, amor a la sabiduría que, en griego es sofos, lo claro». Sostiene este libro la existencia del «doble plano», como de dos cosas que están sucediendo al mismo tiempo en el mismo escenario, casi de un simulacro, en el que al mundo visible se superpone una patria interior, a la elaboración de cuyo concepto se entrega, que es en este caso, sí, la de la Grecia Clásica, pero a la que se han ido incorporando también los poetas como Holderlin, Kavafis y hasta Rimbaud; es decir que se trata también de la patria de los poetas de todos los tiempos; pero también la de la cultura popular expresada a través de romances y canciones, y hasta del zeimbékiko; y al final también la del propio lector, que ya será en ese momento un lector inspirado y concentrado. Y se trazan paralelismos con otras sabidurías, con otras patrias interiores, con referencias al satori entre otras. No obstante la cohesión casi absoluta de este libro, como de albañilería de los incas, de Cuzco, y no sólo su capacidad expresiva y su ritmo, sino también su aliento como de ser vivo, nos recuerda a veces la naturaleza fragmentaria, se diría destellante, como sucede en la obra de Nietzsche, que quizá fue, como hoy se acepta sin trauma, más poeta que filósofo; en el sentido de que hay en el libro de José María Bermejo hallazgos que sobresalen como crestas de olas, pero no solamente blancas, sino que no conformándose sólo con ser el arco completo de todos los colores representan también todas sus gamas y matices, como si el fondo con su capacidad ilimitada alcanzase también la superficie de todas las cosas haciéndose reversible. Y que pudieran emparentarse, por su concisión y precisión, con los aforismos, emergiendo, como los lomos de los arroaces y de los ballenatos en otros mares distintos, en las Rías Gallegas. Pero no se trata esta fragmentariedad de división, de separación, sino de rica multiplicidad, en donde el todo se refleja en cada una de sus partes, como sucede en el espejo cuando se rompe: que se convierte en muchos espejos. El otro extremo del arco que se extiende en este libro, de un lado a otro, es el capítulo denominado «El otoño del héroe», que supone un desenlace sorprendente; y que ofrece también un argumento, es decir periodificación, principio y final, aunque lo sean de lo simultáneo, pues aquí el tiempo se funde, aunque no sea en la eternidad, sino en la superposición de tiempos distintos. El destino final del héroe no es Itaca, la cual no sería sino otra reencarnación más, casi una detención, que conduciría a aquel una vez más a la rebeldía frente al destino, sino otra isla distinta sin nombre propio, y que significaría desasimiento y una liberación total: «Un goce inocente que no se atormenta, que no duda, que no hace preguntas, que no exalta nada y que tampoco desprecia nada».

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El cuaderno de Liverpool, de María Antonia Ortega por JOSÉ CEREIJO*

* Prólogo a El cuaderno de Liverpool Madrid, Polibea, 2016, colección LA ESPADA EN EL ÁGATA, número 9.

EL PRESENTE LIBRO reúne una serie de textos publicados en su mayoría en el blog de la Escuela de Letras, y también en algún otro. Todos los que lo han sido llevan tras el título la fecha de publicación, pero no pienso que ése sea un dato especialmente relevante. Aunque algunos tienen una ocasión muy precisa (en más de un caso, por ejemplo, se trata de comentarios a libros de aparición reciente), lo que sobre todo avalora estas anotaciones es la reflexión que contienen sobre la literatura (y en particular la poesía) y sobre la vida, reflexión que no depende necesariamente de la actualidad inmediata. A pesar de la presencia de disentimientos respecto a determinadas propuestas o actitudes estéticas, no es éste, a mi parecer, un libro escrito con intención polémica. Pienso que puede aplicársele lo que en uno de los textos se dice acerca del libro que en él comenta: este libro parece escrito en acuarela. Con la misma levedad suficiente, la misma falta de insistencia e idéntico temblor (yo reivindico el temblor, se dice poco después). Pretende, pienso, decir, no enfatizar ni subrayar. Se habla aquí, por ejemplo, contra la poesía de la experiencia, entendiendo por tal la que se limita a proporcionar un mero duplicado verbal, ciertamente del todo innecesario, de sucedidos más o menos comunes. Es una discrepancia lógica: la poesía debe ser ella misma la experiencia, tanto en su escritura como en su lectura (la poesía, se dice aquí también, es sobre todo una lectura intensa. Pero el poeta, además de ser lector, debe crear un lector; esto es, debe hacer que su lector viva la experiencia que el poema es, y convertirlo por tanto en co-creador del poema, que sin él no existiría, no llegaría a existir). Como también se señala en otro texto, la poesía no es ver las estrellas (y relatar luego esa experiencia: ya recordó Archibald McLeish que «un poema no debe significar / sino ser»), sino ver en la oscuridad. Puede ponerse esto en relación con la inteligente defensa de las primeras vanguardias (las anteriores al circo mediático que parece haberlas engullido) que se hace en otro lugar del libro. Se habla en él de «las vanguardias, cuyo espíritu rompedor consistía en combatir el mundo de las apariencias, y no el del espíritu». De hecho, esa reflexión a que aludía en el primer párrafo, y que a

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su modo es también un ejercicio poético (como en el libro se recuerda varias veces, «en la época actual tan importante como escribir poesía es escribir sobre la poesía»), se sitúa en las antípodas de dicho circo. La insistencia sobre la soledad creadora es una de las claves de este pensamiento; se pide aquí (y no sólo para la poesía, también para la vida) «talento e inspiración para la intimidad», porque «la poesía es la voz de dentro». Como también se dice, «la poesía se abre por un lado irremediablemente al canto, y a la soledad por el otro». Pero no se crea que esa soledad es meramente renuncia o privación, sino vuelta al propio ser, al propio centro, entendido ante todo como hallazgo y posesión de sí mismo; de ahí que «todo aquel que habite en el centro, en un centro, […] no debería moverse, precisamente para permitir que lo demás se moviera». Y de ahí una imagen tan atrevida como la que aparece en la página 117: «Soledad, tú eres mi varón». Es desde la soledad, desde la plena posesión de sí que ella propicia, o al menos hace posible, desde donde puede partir cualquier exploración, ese «ver en la oscuridad» a que nos referíamos. Y si se dice también que «para tener las cosas, es decir para disfrutar de ellas, con ellas, pues sólo las posee quien se goza con ellas, o mejor, en ellas, basta con mirarlas, pero con la mirada amorosa», no es porque se esté predicando ningún abstencionismo respecto a la vida o a la realidad. Se trata de otra cosa, expuesta con mucha claridad en el texto titulado «Romanticismo impávido». Allí leemos que «si en el siglo xix consistía el individualismo romántico en buscar la diferencia y querer ser distinto en un mundo que siempre permanecía igual […], ahora, cuando sucede todo lo contrario y con la misma monotonía asistimos a unos cambios constantes [...], con la consecuencia de que […] no se pueden asimilar ya tantas transformaciones, quizá el genio romántico […] pueda manifestarse a través de su deseo de impavidez, de no alterarse, de seguir manteniendo algunos hábitos, ciertas costumbres, incluso transgresiones, en un mundo en el que lo único que no cambia es el cambio constante […] que nada retiene, ni siquiera la razón de sí mismo». Véase que en ambos casos, tanto en la posible búsqueda de la diferencia en el siglo xix como en la de lo permanente que ahora se propone, se trata de indagar lo esencial, lo verdadero, por debajo de lo que es meramente apariencia. Ése «ver en la oscuridad» es, de nuevo, penetrar la envoltura de lo aparencial, de la presunta «experiencia» que en realidad se limita a su cáscara, a su superficie convencional, gregaria y prescindible, para llegar al «espíritu», al núcleo de verdad que encierra. Para ello es necesaria una mirada amorosa, esto es, capaz de apreciar cada cosa no por su valor protocolar de cambio (recuérdese a Machado: Todo necio / confunde valor y precio) sino por lo que es, una realidad irrepetible, imposible de confundir con otra, y en la que, por tanto, se manifiesta o puede hacerlo una posibilidad única de la existencia del espiritu. Es obvio que, entendida así la realidad, como manadero continuo de presencias únicas, no habría lugar en ella para la monotonía, para el taedium vitae de los antiguos o el spleen de los modernos, porque se trata de algo en continuo nacimiento, perpetuamente original (recuérdese que el término procede de «origen»: lo verdaderamente original no es lo extravagante, sino lo que nace de una individualidad auténtica). De aquí que se diga que el alma despierta no conoce la tristeza, puesto que ésta procede en último término de una imagen convencional (repetida, fatigosa) del mundo. Lo contrario de lo que él verdaderamente es: una invención continua. Y no sorprenda la palabra, que he escogido deliberadamente para recordar que toda mirada verdadera es una creación, puesto que la realidad sólo existe en nuestros ojos, como el sabor de la manzana en nuestro paladar; sin ese encuentro entre lo exterior y una individualidad propia, despierta, no tendremos más que una mirada trivial, rutinaria, de nadie, y por tanto radicalmente falsa. Y véase por fin que para conseguirlo no hace falta ningún retorcimiento espiritual, ninguna pose: «la poesía de la vida no necesita ser vitalista, pletórica; basta con que sea intensa». (Y recuérdese lo que ya habíamos subrayado: «la poesía es sobre todo una lectura intensa»). Autenticidad, pues, y ahondamiento, son las claves de lo que se nos propone aquí, tanto (ya lo dijimos) para la escritura como para la vida, que no se conciben como sustancialmente distintas, ni siquiera como separadas: escribir y vivir son actividades que han de proceder de la misma verdad central, de la misma sustancialidad, para ser realmente escritura y vida, y

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no vanos remedos, sombras inconsistentes que fatigan y aburren al mismo que las ejerce. Lo contrario de lo que Juan Ramón Jiménez contaba acerca de su madre, quien decía preferir, si con alguna ocasión especial habían de regalarle flores, que le regalasen una rosa, y sólo una, porque la rosa no cansa. No cansa lo auténtico, lo individual, lo verdadero, porque en ello no hay vana repetición, ni cabe por tanto la monotonía. Y, de este modo, el libro que el lector tiene entre las manos puede ser leído como una propuesta tanto literaria como vital, que expone con lucidez un modo de ser propio, y valioso, para ambas, la escritura y la vida. Que recuerda que escribir y vivir no son ni ejercicio virtuosístico para presuntos enterados ni cosa de fórmula o de mecanismo, sino descubrimiento amoroso y lúcido de un continente inabarcable que no sólo vale la pena por sí mismo, sino que también nos justifica y nos incluye. Yo me declaro crepuscular, como Occidente” tan importante como escribir poesía es escribir sobre la poesía después de la última película de Visconti, El inocente, se acabó la época a que realmente pertenezco la poesía es la última reivindicación de la minoría dentro de una sociedad de mayorías la patria es la infancia el presente para que pueda ser aislado debe producir el mismo asombro que el de identificar a algún habitante de otro planeta Sin duda alguna, la traducción debe ser recibida como una potenciación del lenguaje es hora de salir a abrazar la frágil condición humana filosofía y poesía sustentan una común esencia, la de que ambas son luz La poesía posee la capacidad de crear espacios vacíos La poesía es la voz de dentro el poeta no escribe, inscribe La poesía es la timidez del enamorado todo poema implica ya una voluntad de verdad y de belleza que le confiere valor la poesía se abre por un lado irremediablemente al canto, y a la soledad por el otro la poesía ha de nacer de un estado de necesidad la poesía es del tiempo para el poeta es todo el tiempo, y el tiempo no es su duración sino su misterio la poesía es la vidriera que separa la vida de la muerte

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Sinfonía de la sombra blanca, de Fermín Higuera por JUAN HERRERO CECILIO*

* Prólogo a Sinfonía de la sombra blanca Madrid, Polibea, 2016, colección LA ESPADA EN EL ÁGATA, número 10.

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PRESENTAR EN UN PRÓLOGO el libro Sinfonía de la sombra blanca de Fermín Higuera no es cosa fácil, porque se trata de un libro complejo, poliédrico, «sinfónico». Voy a intentar, sin embargo, sintetizar los contenidos principales de este libro y ayudar al lector a comprender y apreciar su mensaje, observándolo desde mi perspectiva personal. Con esto quiero señalar que, visto desde la perspectiva y la sensibilidad de otros, el prólogo podría ser tal vez bien diferente. Entrando en materia, resaltaré, en primer lugar, que el autor de Sinfonía de la sombra blanca ha logrado plasmar un canto vibrante de exaltación de la prodigiosa identidad de la isla de Tenerife. Para ello, ha asumido la palabra narrativa y explicativa en primera persona actuando así como narrador y también como personaje de muchas de las vivencias y de las anécdotas narradas. Ahora bien, su objetivo no es esencialmente de tipo autobiográfico, porque su relato no consiste en hacer del personaje (construido en el texto) una transposición de la vida real del autor en su evolución cronológica y existencial, sino que el autor (creador del entramado temático y verbal del libro) ha escogido ciertos momentos de su vida y los ha mezclado con elementos propios de la ficción1 ofreciendo al lector escenas de una autobiografía novelada que constituyen el soporte de una visión especial y personal sobre el significado profundo de la isla de Tenerife. En efecto, su visión se apoya en la rememoración de algunos episodios de la infancia y de la juventud que constituyeron para él una especie de aprendizaje o de iniciación a los secretos y a los prodigios de la isla. Por eso, el protagonista principal de lo que en el libro se narra, se explica o se interpreta es, sin duda, la isla maravillosa de Tenerife. El libro está compuesto por una serie de textos que no podemos llamar realmente «capítulos». Tal vez conviene mejor el término de estampas, porque cada una contiene escenas, paisajes, vivencias, comentarios, muy cercanos a la prosa poética. El conjunto de las estampas constituye la Sinfonía. En la configuración e interpretación de la Sinfonía intervienen tonalidades, voces, perspectivas, enfoques y dimensiones diversas que


contribuyen a convertir la prodigiosa identidad de esta isla en una gran alegoría, en una fascinante metáfora que adquiere un simbolismo cósmico y vital, capaz de iluminar el sentido de nuestro viaje por la vida, como vamos a poner de relieve a lo largo de este prólogo. Para ir explorando el significado profundo de la isla, el autor ha asignado al narrador-yo la función de proceder como un mediador que intenta transmitir y hacer compartir al lector la sabiduría que él ha adquirido. Esta misión se puede percibir desde la primera estampa que lleva por título «La costa». Aquí se narran dos anécdotas de la infancia vividas por el narrador en la isla como dos episodios «prodigiosos»: el agua dulce sacada del mar en el acantilado de La Hondura y la pesca maravillosa de cangrejos rojos en la costa a la luz de «un farol de petróleo». Cada una de estas vivencias le sirve al narrador para extraer un significado o una lección profunda que ofrece a la consideración del lector. Ese significado, surgido de una fuerza telúrica, adquiere una dimensión mítica muy especial sobre la que trataremos más adelante. Así, tras el episodio del agua dulce, la fuerza misteriosa del mar, más allá de sus peligros y de su insondable oscuridad, es percibida como una fuerza nutricia, maternal, salvadora: El mar abisal e inesperado, para la isla y los isleños, no sólo era una sima de oscuridad, un territorio insondable, plagado de depredadores y peligros ignotos, sino el útero insospechado que en sus pliegues nutricios y potables saciaba nuestra sed, nos daba lo que en la tierra nos era negado, nos salvaba como una sombra blanca. Y al final del episodio de los cangrejos rojos que, iluminados por la luz del farol, parecían moverse en la oscuridad como las constelaciones de los astros celestes, el sonido «omnipresente» de la voz del mar es considerado como una fuerza animada que nos conecta con el mundo y nos protege del abandono: «El mar en su inmensidad es sensible a nuestra orfandad, se apiada de nuestra fragilidad. Es nuestro refugio. ¿Será acaso porque nos reconoce como a sus semejantes?». En todas las estampas que componen la «sinfonía» del libro, el lector va a encontrar diversas formas de ensoñación mítica, cósmica o metafísica, que el narrador irá extrayendo del tema tratado o de la escena narrada para iluminar el sentido profundo de los muchos aspectos prodigiosos que contiene la isla de Tenerife: la fuerza majestuosa del mar, la singularidad de algunos minerales, el enigmático poder de ciertas piedras o meteoritos, el sabor delicioso de los frutos de la tierra, la alquimia de las vides, la singularidad del clima, el origen y el destino de la isla, el encanto de ciertas leyendas, la magia de las vasijas antiguas, la admirable variedad de los paisajes, la cúspide asombrosa del Teide, los terrenos impactantes de Las Cañadas, etc. Dicho todo esto, el género de este libro sólo puede ser catalogado como híbrido, como un juego con varios géneros que se mezclan y se fusionan. El libro contiene, en efecto, aspectos del género de la autobiografía novelada, y también del género del libro de viajes que se acerca aquí al modelo del viaje iniciático. Pero adopta también la forma del ensayo filosófico apoyado sobre un enfoque mítico de la isla de Tenerife. Y participa también del género del relato alegórico, porque, como veremos más adelante, la isla de Tenerife, en su peculiar «surgimiento» y dinamismo telúrico, es un símbolo o una imagen ejemplar que contribuye a iluminar la dimensión abstracta o espiritual del surgimiento de la conciencia personal del ser humano que ha de superar el plano incompleto de la «nada» para afirmarse a sí mismo y poder «mirar a los otros».

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Que todo en la vida es cine, de Toni Montesinos por Gonzalo Navajas*

* Prólogo a Que todo en la vida es cine Madrid, Polibea, 2016, colección LA ESPADA EN EL ÁGATA, número 11. Fotografías: Alma y Nora Montesinos

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TONI MONTESINOS es un escritor en el sentido primordial de la palabra: alguien que emplea la escritura para aprehender el mundo en su totalidad y en su significado más profundo y tratar de descifrar sus aspectos más complejos y estimulantes. Frente a la simplificación y banalización generalizadas, que son rasgos visibles de la condición cultural contemporánea, Toni Montesinos propone la profundidad y la diversidad de temas y de procedimientos para tratarlos. Es conocido por sus textos novelísticos originales e innovadores (Solos en los bares de la noche, Hildur), pero se dedica también a la poesía, la crítica literaria y los libros de viajes, además de llevar adelante un blog imaginativo y sugerente, Alma en las Palabras, donde sus «entrevistas capotianas» incluyen un repertorio amplio de destacados intelectuales internacionales. Además, como pone de manifiesto el presente libro, practica el ensayo sobre el cine. Nos hallamos, por tanto, frente a un escritor e intelectual completo y de un horizonte conceptual y estético de dimensiones múltiples, lo que también lo distingue de las limitaciones y la previsibilidad conceptual y temática que caracterizan una parte de la producción cultural actual en España. El libro recoge una colección de once artículos sobre películas destacadas que aparecieron en el mercado en el periodo comprendido entre 1995 y 2005. El repertorio de esta selección es decididamente internacional y se extiende desde Woody Allen a Joe Wright, Paul Thomas Anderson y Pedro Almodóvar, además de directores de ámbito más selectivo, como Bahman Gobadi, el director y guionista kurdo iraní de Las tortugas también vuelan. El criterio de la selección es la capacidad de innovación temática y formal que motivan e informan unas obras que, sin haber alcanzado un éxito masivo, lograron un reconocimiento crítico notable. La aportación más significativa y definitoria de los ensayos de Montesinos es su metodología, que no sigue el formato y orientación convencionales en las reseñas habituales sobre cine. Más allá de una referencia concisa a la línea argumental de la película con el fin de ubicarla para el lector, el autor recrea


o construye imaginativamente el contexto espacial, temporal y emotivo en el que la visualizó: presenta al mismo tiempo el análisis de la película y la experiencia personal del acto de verla. De ese modo, además de ofrecernos un estudio crítico y evaluativo, Toni Montesinos nos presenta lo que esa película significó emotiva e intelectualmente para él y el impacto que tuvo en su vida. Más que un modo de entretenimiento y diversión, el gran cine, como la gran literatura, se convierte así en un modo de conocimiento riguroso en torno a las relaciones humanas y a las interconexiones entre el yo individual y su medio. Por ejemplo, Hable con ella, de Pedro Almodóvar, le descubre o redescubre a Montesinos matices y registros de la empatía y las afinidades electivas que habían quedado olvidados o marginados en su vida. De la mano de los actos de los personajes singulares e imprevisibles de Almodóvar, Montesinos, y nosotros con él, descubrimos que, más allá de las maravillas que la modernidad tecnológica nos sigue ofreciendo con regularidad, la dicha y la infelicidad auténticas siguen siendo una cuestión íntima y humilde, muy alejada del espectáculo y el estruendo mediático. Y que esa cuestión continúa dirimiéndose día a día y a través de intercambios humanos y decisiones personales que no difieren mucho en su carácter y naturaleza de los de los seres humanos de épocas temporalmente más remotas y mucho menos avanzadas que la actual. La propuesta de Montesinos es que el cine, el mejor cine, puede abrirnos caminos y perfiles de comprensión para esa cuestión determinante y esencial. El cine se convierte en Montesinos en una pedagogía práctica y un modelo de conducta. Así, la crítica de la película de Woody Allen, Balas sobre Broadway, le conduce a una reflexión sobre la importancia de los encuentros sentimentales en las grandes urbes, como la Barcelona íntima del propio Montesinos o el Manhattan o Brooklyn melancólicos del Nueva York de Woody Allen. Esta orientación crítica conecta directamente con las corrientes más sugestivas del pensamiento de la deconstrucción y la posmodernidad. Siguiendo el modelo hermenéutico de Jacques Derrida, Edward Said o Tony Judt, la crítica de Montesinos integra el marco narrativo y la experiencia personal de la lectura o la visualización de la obra de arte dentro del análisis conceptual. El resultado es la creación de cuadros conceptuales y estéticos

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multidimensionales que aúnan la observación crítica penetrante con la exposición de una biografía que destaca por su raigambre internacional e interdisciplinar. Las referencias a la literatura, la filosofía y la música clásica y popular contribuyen a hacer de estos ensayos modelos de la creatividad y la diversidad. Desde Paul Auster a Carson McCullers, Swedenborg y Jorge Luis Borges, entre otros, el libro dialoga con los referentes más vitales de la literatura y el pensamiento, tanto contemporáneos como del pasado. Este concepto de la crítica es liberador en cuanto que la crítica no aparece así como una actividad meramente ancilar y gregaria, un apéndice derivativo de la obra que la origina y que está destinada a ocupar un nivel marginal en la cadena jerárquica de la creación. Por el contrario, la crítica puede generar nuevos marcos de inteligibilidad del hecho artístico y cultural. Y, desde esa perspectiva, en el no muy halagüeño estado de la cultura actual y del cine en particular, Que todo en la vida es cine supone una aportación renovadora y prometedora tanto por sus parámetros conceptuales como por la aproximación metodológica empleada.

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TÍTULOS PUBLICADOS 1. Blancura. Eugénio de Andrade. Edición, traducción e introducción de Miguel Losada 2O  das. John Keats. Edición, traducción e introducción de José Cereijo 3. Claros. António Ramos Rosa. Edición, traducción e introducción de Verónica Aranda 4. Letizia. Salvador Espriu. Traducción e introducción de José Ángel Cilleruelo. Epílogo de Juan José Martín Ramos

orlando versiones (traducción)


Blancura, de Eugénio de Andrade por JAIME ALEJANDRE

ABORDAR LA CONFECCIÓN de una antología de un poeta se me antoja ser una tarea demasiado compleja, que además a menudo pasa desapercibida para quienes finalmente abordan la lectura de los poemas elegidos por el antólogo. Si el poeta al que nos referimos es uno universal y que ostenta tal intensidad en su obra lírica como Eugénio de Andrade la empresa alcanza cotas de dificultad que sólo otro poeta puede afrontar. Miguel Losada, poeta, editor, rebeldía cultural en marcha siempre; Miguel Losada, autor de la selección, el prólogo y la traducción de Blancura, digo, ha hecho un trabajo impagable. Aquellos que conocemos de antes la obra del poeta portugués, podemos disfrutar de una selección sabia y certera que recoge cuanto de mejor hay en un escritor que todo lo hacía bien, y lo hacía con una medido cuidado, sin dejarse jamás llevar por el exceso y la abundancia. En obras tan comedidas y contenidas, hacer una selección y acertar con la quintaesencia es, repito, hazaña sólo al alcance de los más sabios. Pero también aquellos que se acerquen por vez primera a la obra de Andrade encontrarán en este «itinerario poético» (acertado subtítulo de Miguel Losada) precisamente las escalas, los puertos, los pasos de montaña, los remansos esenciales para entender una obra compleja e integral como la de Eugénio de Andrade, a quien tanto admiró desde los quince años quien esto suscribe. (Sí, en 1979 cayó por descuido de la biblioteca de mi padre a mis manos una antología de poesía portuguesa «actual» que comenzaba en Pessoa y terminaba en Andrade. Desde entonces, como un alfa y un omega de poéticas radicalmente distintas, quedé enamorado de ambos. Y así, hace ya casi treinta años, un 26 de julio de 1986, se me ocurrió peregrinar a conocer a Andrade a la Rúa de Palmela 111 de Oporto, donde vivía, en una peripecia cuando menos azarosa que ya contaré en otro lugar. El caso es que a nuestro

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I. UMA CEREJEIRA EM FLOR Acordar, ser na manhã de abril a brancura desta cerejeira; arder das folhas à raiz, dar versos ou florir desta maneira. Abrir os braços, acolher nos ramos o vento, a luz, ou o quer que seja; sentir o tempo, fibra a fibra, a tecer o coração de uma cereja. I. CEREZO EN FLOR Despertar, ser en la mañana de abril la blancura de este cerezo; arder desde las hojas hasta la raíz, dar versos o florecer de esta manera. Abrir los brazos, acoger en las ramas el viento, la luz, o lo que sea; sentir el tiempo, fibra a fibra, mientras teje el corazón de una cereza. Traducción: Miguel Losada

poeta le costó lo suyo salir del asombro de que un desconocido jovenzuelo se le plantara en la casa por el mero deseo de conocerle… Su amabilidad y exquisita hospitalidad —copitas de porto mediante— me dieron muestras de que la humanidad es algo que, gracias a los dioses, algunos llevan más allá de los versos, y que la altura inalcanzable de la poesía de Andrade estaba en consonancia con su posición como ser humano en el universo… Pero como decía más arriba, esto es otra historia…). Eugénio de Andrade, seudónimo de quien nació José Fontinhas, y de quien se cumplieron hace días los diez años de su muerte, es una de las voces más importante de la lírica ibérica del siglo XX. Por ello merece la constante atención de quienes consideramos la poesía como uno de los pilares sobre los que se asienta lo mejor del ser humano. La antología que nos regala Losada (bajo los auspicios de ese lujo de la existencia que es Juan José Martín Ramos, editor de una sensibilidad, sabiduría, entusiasmo e intelectual altísima altura que no hay visores que alcancen siquiera a entrever la suela de sus muletas) contiene tantos poemas de tal intensidad que el lector no avisado quedará exhausto si pretende leer el libro de un tirón, atrincherado en la ignorancia de pensar que siendo pocos los versos de cada página se pueda pasar por un buen puñado de aquellos impunemente. El libro se nos abre sin concesiones, como los cerezos en flor del primer poema, como los brazos de su segundo cuarteto, para acoger al lector y los dones de la creación en los que vivimos y sobrevivimos. Nos sorprende el segundo poema antologado, «Adiós». Pero superada la extrañeza del título, el estupor que nos conquistará será el de estar ante un poeta cuya hondura en el conocimiento de la naturaleza humana trasciende los trillados caminos y hace trascender el espíritu de quien lee sus versos. El libro (por cierto en edición bilingüe, gran acierto) entonces ya se despeña con un inabarcable caudal de emoción: … ¿Con qué palabras / o besos o lágrimas / se despierta a los muertos sin herirlos, / sin traerlos hacia esta espuma negra / donde cuerpos y cuerpos se repiten, parsimoniosamente, en medio de las sombras?... («Pequeña elegía de septiembre»); … De repente / el silencio se sacudió las crines, / corrió hacia el mar. / Pensé: deberíamos morir así. / Así: arder en el aire («Sur»); … Escribo para llevar a la boca / el sabor de la primera / boca que besé temblando. / Escribo para subir / a las fuentes. / Y volver a nacer. («Escribo»)…

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En definitiva, poesía para la luz y de la luz, poesía de la esperanza en la serena desesperanza. Poesía del hombre en el hombre solo, poesía de lo tangible que no precisa de dios para celebrar la existencia. Poesía de la experiencia en la diferencia del espíritu, poesía de carne y vuelo… Ya lo dice Andrade en su poema «El lugar más cercano»: El cuerpo nunca es triste; el cuerpo es el lugar más cercano donde la luz canta. Es en el alma donde la muerte hace la casa. Blancura, sí. Luz es la poesía de Eugénio de Andrade. Y los rayos más puros son los que Miguel Losada derrama sobre nuestros ojos en esta antología, no par cegarnos, sino precisamente para que la iluminación nos haga comprender la esencia auténtica de la vida. Disfruten, pues, todos de este libro indispensable, tras el cual ya nada vuelve a ser lo mismo… “No llueve aún pero la tierra / en su amarillento y frío color / ya huele a lluvia”. Así nosotros, lectores, sentiremos ya el aroma de los versos de Eugénio de Andrade en todos los paisajes donde la luz nos recuerde que estamos vivos para estar vivos. No otro es el enigma.

V. ATÉ AMANHÁ

V. HASTA MAÑANA

Sei agora como nasceu a alegria, como nasce o vento entre barcos de papel, como nasce a água ou o amor quando a juventude não é uma lágrima.

Ahora sé cómo nació la alegría, como nace el viento entre barcos de papel, como nace el agua o el amor cuando la juventud no es una lágrima.

É primeiro só um rumor de espuma à roda do corpo que desperta, sílaba espessa, beijo acumulado, amanhecer de pássaros no sangue.

Primero sólo es un rumor de espuma la rueda del cuerpo que despierta, sílaba densa, beso acumulado, amanecer de pájaros en la sangre.

É subitamente um grito, um grito apertado nos dentes, galope de cavalos num horizonte onde o mar é diurno e sem palavras.

Y de repente un grito, un grito apretado en los dientes, un galope de caballos en el horizonte donde el mar es diurno y sin palabras.

Falei de tudo quanto amei. De coisas que te dou para que tu as ames comigo: a juventude, o vento e as areias.

Hablé de todo cuanto amé. De las cosas que te doy para que las ames conmigo: la juventud, el viento, las arenas. Traducción: Miguel Losada

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ODAS, de John Keats por JOSÉ CEREIJO*

* Extracto del prólogo a Odas, Madrid, Polibea, 2016, colección ORLANDO VERSIONES, 2.

COMO SEÑALA BORGES, desde los enigmas sajones del Libro de Exeter... hasta la trágica Atalanta de Swinburne, el infinito ruiseñor ha cantado en la literatura británica..., pero a John Keats unimos fatalmente su imagen como a Blake la del tigre. Hay que recordar, sin embargo, que aunque el tigre no carezca de prosapia literaria (baste pensar en el propio Borges, o en el viejo topos del «tigre de Hircania»), nada tiene que ver en esto con el ruiseñor, al que tanto han exaltado los poetas que ahora es un poco irreal; menos afín a la calandria que al ángel. Una imagen literaria, un símbolo, a veces meramente un tropo más o menos afortunado o prescindible. El que sin embargo Keats haya podido hacer de él, de algo tan manoseado, una figura inconfundible, tan esencialmente suya, nos habla sin lugar a dudas de la personalidad y la fuerza de su imaginación. (...) Esta «descripción de lo que se imagina» está, como puede verse fácilmente, en todas y cada una de las Odas, que si son (como son) una cima de lo poético, lo son especialmente porque ese genio imaginativo suyo opera aquí a la máxima potencia. En todas encontramos lo que Cernuda pedía como esencial, ese «asidero plástico» que le enseñara su viejo maestro, algo no demasiado diferente del «correlato objetivo» de Eliot: «un juego de objetos, una situación o una secuencia de acontecimientos que constituyen la fórmula de esa particular emoción; de tal modo que cuando los hechos externos, que deben terminar en una experiencia sensible, son dados, la emoción es inmediatamente evocada». Pero la definición de Eliot parece apuntar a un juego en frío, a la creación y contemplación externa de dicho «correlato»; no, como en Keats, a que ese correlato sea vivido por dentro, sea una experiencia imaginativa; algo cercano a lo que el propio Eliot decía cuando, al hablar de John Donne, señalaba que, para él, «un pensamiento era una experiencia: modificaba su sensibilidad». Eso es precisamente lo que ocurre con Keats, capaz de dar vida realmente a lo que imagina, lo que le evita las apasionadas abstracciones de Shelley o las largas tiradas discursivas de Wordsworth, y aun de Coleridge, ya que va directamente a la vivencia. (...)

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Por eso, porque su formidable belleza no es mera aventura estética, sino resultado de «una experiencia espiritual, externamente estética, pero internamente ética», como el mismo Cernuda dijera a propósito de San Juan de la Cruz, su lectura no es sólo contemplación de una hermosura que permanece, exenta y desprendida, fuera de nosotros, sino que, como antes a él mismo, nos llaman a esa «experiencia humana y poética en la cual todo el ser se arriesga». Aunque admitan una lectura más superficial (y en ella han caído personalidades de la talla de Gerard Manley Hopkins, que creía ver a su poesía «abandonarse a cada momento a un lujo enervante y poco viril»), no las comprenderemos en profundidad si no tenemos en cuenta que hay en ellas, en efecto, un interior de ese exterior «lujoso», y que dicha interioridad no es concebible sin el dolor, y la lucidez frente a él, y el valor para afrontarlo. Sólo leyéndolas así (tal como fueron escritas, realmente, por alguien que se sabía fugaz e infortunado, pero que no por eso condenaba al mundo o huía de él, sino que lo miraba cara a cara y sabía rescatar y exaltar lo que vale la pena) podremos captarlas en toda su hondura. Olvidar eso o no comprenderlo es vaciar por dentro un edificio cuya solidez nada tiene de la delicuescencia que Hopkins le atribuye, y quedarse meramente en la fachada, sin tener en cuenta que esa construcción nos es propuesta no únicamente, ni siquiera en primer lugar, para que la admiremos, sino para que seamos capaces de habitarla. Eso son, en resumen, las Odas, tal como yo las entiendo: un lugar donde vivir, y donde conseguir, viviendo, algo de aquella maduración espiritual a que él se refería en otra carta en la que ve al mundo como una escuela, y al corazón humano no sólo como la cartilla usada en ella para el aprendizaje, sino como «la biblia del pensamiento, su experiencia, el pezón de donde mama su identidad». Con semejantes ideas, ¿cómo va a agotarse su poesía en una mera fabricación de lujo más o menos primoroso, cuando quien la escribe plantea al existir una exigencia tal? De ser solamente eso, no le serviría. No: es, en efecto, el producto, el destilado final de una experiencia en la que se juega todo el ser, el camino hacia una maduración espiritual que ha de conseguirse en lucha (en su caso, especialmente apremiante) contra la urgencia del tiempo, lo que ha de hacerse además sin dar la espalda a esa nuestra condición mortal; al revés, incorporando esa experiencia de la mortalidad, viviéndola, y haciendo de ella la piedra de toque, el contraste definitivo de la solidez de nuestras adquisiciones. No menos que eso se propone, y no menos que eso consigue, en estas excepcionales crea­ciones que son las Odas. Que admiten, y aun reclaman, una lectura no inferior a ese requerimiento, ni menos expuesta e imaginativa, menos inspirada que él. * * * Acaso por las exigencias que plantea un acercamiento así, se me hizo difícil en su momento encontrar una versión que me satisficiera, de modo que me vi impulsado a intentarlo yo mismo, exclusivamente para mi propio uso. Los años, y el conocimiento de nuevas versiones, me han ido llevando a la aceptación de otras aproximaciones, siempre insuficientes, y a acabar animándome a proponer, revisada, la mía, ésta que el lector tiene en las manos. Con todas las desventajas que el leer en traducción conlleva, no deja de suponer a cambio el privilegio de admitir múltiples posibilidades de lectura, distintos textos para un original siempre único, y la posibilidad, con ello, de una peculiar riqueza de visión. No pretendo, con ésta, competir con ninguna de las versiones ya existentes, sino tan sólo ofrecer otra perspectiva de los poemas de Keats, tal como mi propia sensibilidad ha podido recogerlos. Alguna mínima audacia me ha parecido perdonable, al haberlas encontrado semejantes en otros traductores; a fin de cuentas, de lo que se trataba era de recrear, en otro tiempo y otra lengua, lo que Keats escribiera en los suyos. Pero las que aquí se leerán son, o intentan ser, las Odas en español, no ninguna invención propia basada más o menos en ellas. Después de todo, lo que yo me proponía con mis traducciones era poder leer mejor (o, al menos, de un modo más cercano) a Keats, no a mí mismo. El lector juzgará hasta qué punto ese propósito no era demasiado ambicioso.

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ODE ON MELANCHOLY

No, no, go not to Lethe, neither twist Wolf’s-bane, tight-rooted, for its poisonous wine; Nor suffer thy pale forehead to be kissed By nightshade, ruby grape of Proserpine; Make not your rosary of yew-berries, Nor let the beetle, nor the death-moth be Your mournful Psyche, nor the downy owl A partner in your sorrow’s mysteries; For shade to shade will come too drowsily, And drown the wakeful anguish of the soul. But when the melancholy fit shall fall Sudden from heaven like a weeping cloud, That fosters the droop-headed flowers all, And hides the green hill in an April shroud; Then glut thy sorrow on a morning rose, Or on the rainbow of the salt sand-wave, Or on the wealth of globed peonies; Or if thy mistress some rich anger shows, Emprison her soft hand, and let her rave, And feed deep, deep upon her peerless eyes. She dwells with Beauty - Beauty that must die; And Joy, whose hand is ever at his lips Bidding adieu; and aching Pleasure nigh, Turning to poison while the bee-mouth sips: Ay, in the very temple of Delight Veiled Melancholy has her sovran shrine, Though seen of none save him whose strenuous tongue Can burst Joy’s grape against his palate fine; His soul shall taste the sadness of her might, And be among her cloudy trophies hung.

ODA A LA MELANCOLÍA

No vayas al Leteo, ni extraigas del acónito firmemente arraigado, el licor venenoso; no dejes que te bese en la pálida frente la belladona, roja uva de Proserpina; no te hagas un rosario con las bayas del tejo, y ni el escarabajo ni la falena lúgubre sean tu triste Psique, ni el búho silencioso se asocie a los misterios sagrados de tu pena; pues sombra sobre sombra cayendo como el sueño sofocarán la angustia vigilante del alma. Pero cuando se abata, venida de los cielos, melancolía súbita como nube llorosa que alimenta a las flores de abatidas corolas y viste a la colina con sudario de abril, sacia tu pena entonces con rosas matinales o la irisada sal de una ola en la arena, o en la opulencia de las redondas peonías; o si un ardiente enfado ves que muestra tu amada, toma su suave mano, déjala enfurecerse, y nútrete hondamente en sus ojos sin par. Vive con la Belleza... la Belleza que pasa, y la alegría, siempre con la mano en los labios diciendo adiós; y al lado del placer doloroso, que se vuelve veneno mientras liba la abeja. Sí, y en el templo mismo de la Delicia tiene Melancolía oculto su santuario supremo, sólo visible a quien con fuerte lengua aplasta las uvas de la Dicha contra su paladar; saboreará en su alma su poderío triste, y colgará entre aquellos trofeos nebulosos. Traducción: José Cereijo

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Claros, de António Ramos Rosa por VERÓNICA ARANDA

* Prólogo a Claros Madrid, Polibea, 2016, colección ORLANDO VERSIONES, 3.

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CON MÁS DE MEDIO CENTENAR DE LIBROS PUBLICADOS, desde la plaquette O grito Claro (1958) hasta Em torno do Imponderável (2012), la de António Ramos Rosa (Faro, 1924 - Lisboa, 2013) es una de las obras más extensas y coherentes de toda la literatura portuguesa. Además, su labor como crítico es fundamental para analizar los cauces que toma la moderna poesía en lengua portuguesa. Para el autor, la poesía se define como proyecto de conocimiento perpetuo, cuyo impulso es inagotable. En uno de sus más conocidos ensayos, O poema, sua génese e significado, Ramos Rosa hace las siguientes reflexiones: El verdadero artista no destruye el uso del pensamiento racional, sino que lo transforma completamente a través del sentido poético. El sentido poético integra en sí el sentido lógico de una forma tan intrínseca que se vuelve imposible reducir el poema a su significación inteligible. En este ideario poético hay asimismo una visión de la poesía como intento de suturar el espacio entre la conciencia y el mundo. «Donde acaba Pessoa, comienza Ramos Rosa», afirma con contundencia Eduardo Lourenço. Su poesía hay que contextualizarla dentro de la tradición de la poe­sía lusa del siglo xx, que es el siglo de oro (século d’ouro) de la poesía del país vecino. Aunque la escritura de Ramos Rosa, como afirma la crítica, es «heredera natural del Realismo combatiente, así como del Surrealismo superviviente», el autor se desmarcará pronto de esas corrientes para optar por una independencia estética, al igual que lo hicieron a partir de los años cuarenta autores capitales como Jorge de Sena, Eugénio de Andrade y Sophia de Mello Breyner Andresen, regresando a una poesía centrada en el yo, y llevando a cabo una poética de los sentidos que profundiza en la reflexión sobre el lenguaje y sitúa al poeta en el centro de la existencia. En palabras de Eduardo Lourenço, la voz lírica de Ramos Rosa es «la primera y más pura expresión de la Poesía


como arquitectura de lo real, la más límpida manifestación de la entrega sin reservas a los sortilegios de la pureza poética». En el autor luso, la palabra poética posee una magia redentora. Hay una búsqueda de otra realidad y una confianza absoluta en el poema para representar el mundo. Influido especialmente por Rilke, René Char, Paul Éluard (al que tradujo magistralmente) y, dentro del plano luso, por Cesário Verde y el heterónimo pessoano Alberto Caeiro, su credo estético es la desnudez, la palabra «pura» que tiene también mucho en común con el concepto juanramoniano de «poesía desnuda». Ambos entendieron el ejercicio poé­tico como una manera privilegiada de estar en el mundo. El presente poemario, Claros, lo escribió Ramos Rosa en su etapa de madurez y en una de las décadas más fértiles de su poesía, los años ochenta. Vio la luz en la desaparecida editorial Ulmeiro en 1986. Muchos poemas del libro, escrito en prosa poética, se sitúan en un espacio y tiempo primordiales, en los que nace el cosmos a partir del caos. Hay una nada inicial, una «nulidad» en la que surge el hombre y se pregunta cuál es su lugar en el mundo, cuál es su relación con la «palabra viva» que eclosiona: En verdad, lo que busco es un espacio para respirar. Que mis palabras dibujen un paisaje aéreo, silencioso, inicial. El papel en blanco, el espacio por rellenar, serían una alegoría de esa nada inicial. Es el silencio a la espera de una voz que lo ilumine, que desvele y funde una nueva realidad. Nombrar es crear y el poema es el lugar de una cosmogonía. Y, de este modo, el poeta ejerce como demiurgo, dando forma a la tierra, construyendo un espacio habitable donde el hombre pueda vivir en armonía. En poemas como «Ósmosis» observamos cómo a partir del centro de la tierra, el hombre es tierra y de la ósmosis entre ambos nacen, para él, un nuevo sentido y una nueva dimensión de la existencia: La ósmosis es incesante. El enigma se presenta luminoso como una morada marina. Todos los meandros circulan ante la mirada intacta y todas las energías redondas vibran en sus volúmenes sólidos, completos. El yo poético se acaba desdoblando en creador y en criatura, clamando su derecho de interrogar al Universo. De ahí que la poesía del autor de Faro sea esencialmente nominal y que cada elemento contenga virtualmente el todo. Por otro lado, es también una forma de retroceder hacia un tiempo remoto, anterior al de la elaboración discursiva. Es la tentativa de retorno a la pureza original y se presenta, asimismo, como ocupación de un espacio —página en blanco, cuerpo, bosque, casa, colmena— convertidos en rea­lidades homólogas. Nos encontramos ante un universo apenas poblado, predominantemente mineral y vegetal: piedras, ramaje, manantiales, surcos, savia, son símbolos que se repiten con frecuencia. Los cuatro elementos están representados en el poemario como núcleo central, principio a partir del cual se desarrolla la vida y la escritura, no exenta de dualidad. A través de la elaboración metafórica, los elementos se mezclan con otras realidades y se produce una integración plena en la naturaleza: Estoy en el templo natural. Totalmente ebrio de una totalidad en que reposo y vibro. Otro rasgo que se repite en Claros es la abundancia de interrogativos, algo que ha llamado la atención de críticos como Manuel Frias Martins cuando la denomina: «poesía de la interrogación afirmativa, de la afirmación que se interroga por el espacio de sus verdades» por lo que concluye que, en el contexto literario portugués contemporáneo, quizá la de Ramos Rosa sea la poesía de más dolorosa lectura por la «incertidumbre cierta» en que nos sume. Sin duda, su poé­tica tiene esa intensidad que produce desgarro, y esa variación sobre el mismo tema, especialmente en su última etapa, que le da cierto barroquismo y un sentido unitario, de «poema continuo», como la ha calificado Gastão Cruz.

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El autor se adentra en el descubrimiento de sí mismo y del mundo a través del lenguaje. «Pienso en un lenguaje desconcertadamente simple, falsamente transparente, un poco tosco. Terrestre y pétreo. Un lenguaje de restitución». De ahí también esa búsqueda de la pureza absoluta del deseo como otro de los temas centrales del libro y de toda su obra. La misma palabra que crea el espacio, crea también los cuerpos y los funde. El contacto físico es otra fuente de conocimiento del mundo. Ramos Rosa recupera la sinceridad en el decir poético, la confianza en el poder de la palabra para llegar a la plenitud y al autoconocimiento profundo. Cada verso equivale a una respiración. Forma parte de esa estirpe de poetas cuya entrega radical a la escritura se entiende como un sacerdocio: El día es alto cuando en la mesa nada espera que no sea poesía.

O ENCONTRO Por vezes, sem qualquer esforço, sou uma atmosfera ou identifico-me com um arvoredo, com a sua cor sombria, cor de veludo e silêncio, cor de estar ou ser, intemporal e densa. Eis onde vivo por momentos. Onde sou uma respiração do silêncio. Ou então uma encosta. Umas quantas janelas onde já ninguém vem assomar-se. Uma faixa oblíqua de cor ensimesmada no abandono de uma tristeza que é um gesto da imobilidade. Alongado, profundo, externo gosto de ser e nada mais. Estar ou ser no encontro tornou-se a exactidão pura de uma densidade tranquila e suficiente, internamente imensa. Contemplação intensa e calma, como liberta do desejo, e todavia a forma e o fundo do desejo como substância única, salva numa completa tranquilidade. Neste muro inabitável, por abandonado e solitário, está a mais viva e a mais sossegada habitabilidade do mundo. Sinto a vibração aérea do imperecível e todavia efémero. Sou agora, abandonando-me, o próprio encontro com o que não responde e que responde no silêncio do inanimado. Horizontal, vertical, estou reunido como uma pedra e não me afundo, não soçobro entre a sombra e a água.

EL ENCUENTRO

A veces, sin esfuerzo alguno, soy una atmósfera o me identifico con una arboleda, con su color sombrío, color de terciopelo y de silencio, color de estar o ser, intemporal y denso. Es aquí donde vivo por momentos. Donde soy una respiración del silencio. O si no una pendiente. Unas cuantas ventanas donde ya nadie viene a asomarse. Una franja oblicua de color ensimismado en el abandono de una tristeza que es un gesto de la inmovilidad. Remoto, profundo, externo gusto de ser y nada más. Estar o ser en el encuentro se convirtió en la precisión pura de una densidad tranquila y suficiente, interiormente infinita. Contemplación intensa y tranquila, como liberada del deseo y, sin embargo, la forma y el fondo del deseo como sustancia única, salva en una completa tranquilidad. En este muro inhabitable, por abandonado y solitario, está la más viva y la más sosegada habitabilidad del mundo. Siento la vibración aérea de lo imperecedero y todavía efímero. Soy ahora, abandonándome, el propio encuentro con lo que no responde y que responde en el silencio de lo inanimado. Horizontal, vertical, estoy unido como una piedra y no me hundo, no zozobro entre la sombra y el agua. Traducción: Verónica Aranda

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TÍTULOS PUBLICADOS 1. Construcción de los sombreros encarnados. Siomara Muñoz España. Prólogo de Verónica Aranda 2 L a vela y el náufrago. Zurelys López Amaya. Prólogo de Verónica Aranda 3. Anémona. Jamila Medina Ríos. Prólogo de Ariadna G. García 4. Desierto tropical. Jorge Posada. Prólogo de Patricio Grinberg 5. Vientos alisios. Poesía puertorriqueña 2000-2017. Nicole Cecilia Delgado, Cindy Jiménez-Vera, Mara Pastor y Xavier Valcárcel (eds.). Prólogo de Verónica Aranda 6. Piedra del Guadalquivir. Carlos Aguasaco. Prólogo de María Ángeles Pérez López 7. Na pata do cavalo há sete abismos / En la pata del caballo hay siete abismos. Clarissa Macedo. Prólogo y palabras preliminares de Ruy Espinheira Filho y Salgado Maranhão 8. Las linternas flotantes. Mercedes Roffé. Prólogo de Ángeles Mora

toda la noche se oyeron... (poesía latinoamericana de ahora)


SIOMARA ESPAÑA

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Construcción de los sombreros encarnados

eras notas ente justo obertura destiempo indecible la muerte estocada

Construcción de los sombreros encarnados, de Siomara España por VERÓNICA ARANDA*

EDITORIAL POLIBEA

Construcción de los sombreros encarnados (música para una muerte inversa)

SIOMARA ESPAÑA

1 Toda la noche se oyeron . . . POESÍA LATINOAMERICANA DE AHORA

* Prólogo a Construcción de los sombreros encarnados (música para una muerte inversa) Madrid, Polibea, 2016, colección “Toda la noche se oyeron... - poesía latinoamericana de ahora -”, 1

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ES UN HONOR abrir esta nueva colección de Polibea —«Toda la noche se oyeron... Poesía latinoamericana de ahora»— con un poemario de Siomara España, una de las voces más intensas y con más proyección de la poesía ecuatoriana contemporánea. «Una voz torrencial y firme», como la denomina el poeta y crítico Xavier Oquendo. Construcción de los sombreros encarnados (música para una muerte inversa) recibió en 2012 el prestigioso Premio de poesía de los «Juegos Florales» de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Tungurahua, en Ambato. Por lo que consideramos necesario dar a conocer el libro en esta otra orilla. El poemario se construye a través de un homenaje en tríptico a la música de Gustav Mahler, a la Muerte en Venecia de Thomas Mann y al cine de Luchino Visconti. Es la visión de la cultura de la auto­ra, así como de esta posmodernidad donde las fronteras entre las artes se debilitan, lo que hace posible el diálogo y la fusión. Construcción de los sombreros encarnados tiene esa lentitud ceremoniosa característica de la novela de Thomas Mann y del trabajo cinematográfico de Visconti, además de todo el drama sensual que subyace en la obra original. Se podría incluso recomendar su lectura con música de fondo, sin duda con la Sinfonía nº 5 de Mahler. Los poemas del libro, que podrían funcionar también como fotogramas, son presentados por la poeta como un largo monólogo interior desde la voz dual del protagonista literario/cinematográfico y un desencantado escritor/músico que ya no cree «en la virtud/ en la elocuencia/ en la palabra». La confesión intimista conforma la dualidad del yo lírico poseído. Un yo lírico que va del grito al silencio, de la búsqueda de identidad («soy un hombre ambiguo, ambiguo») a los espectros del deseo no consumado. La exploración del territorio corporal y psíquico alcanza una enorme profundidad en el poemario. En esa fricción tan cernudiana entre la realidad y el deseo, se sitúan las cavilaciones de von Aschenbach. Tadzio, el efebo, el objeto de deseo, «pálido y pleno/ como vastos huracanes», representa la inasible Belleza, el amor y el deseo no correspondido. Y es, al mismo tiempo, la encarnación del ángel de


la muerte. En la cultura germana, la relación de lo bello con la muerte está muy enraizada. «Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible», sentenciaba Rilke en sus Elegías de Duino. Los ángeles de Rilke, que unen y sirven de puente entre lo visible y lo invisible, toman cuerpo en Tadzio, símbolo del deseo homoerótico y de asir la vida y la juventud a las puertas de la muerte. El erotismo ocupa una parte importante del imaginario de la poeta ecuatoriana, enmarcado dentro de un lenguaje poético que aúna claridad, misterio y equilibrio alegórico. Como en poemarios anteriores, Siomara coloca referentes helénicos en contextos de visible modernidad. ¡Oh! Tadzio Tadzio Tadzio soy el exquisito minotauro soy Quirón un maniático exquisito que se mueve entre las mismas aguas Apolo y Dionisios, el orden y la sinrazón, son una constante en la entrega absoluta de von Aschenbach, en su «impura esquizofrenia». El eje central del libro es la caída y la carne. La caída, enmarcada en una Venecia («ciudad maldita») donde acecha la epidemia, que es la puesta en escena de la muerte, una última fiesta en esa vieja Europa de las vanidades y las apariencias. Por otro lado, está la carne con sus paradojas, sus fantasmas, la conmoción de los sentidos, abordada a través de un verso frontal y desnudo, de una verbalidad desinhibida y poderosa, que reflexiona sobre la condición humana y desentraña los misterios de la culpa y el deseo. La poesía sensorial y epifánica de Siomara rebasa todas las convenciones, en ese «decir desenfadado» al que alude Jorge Boccanera: Tadzio me envuelve con la más vil de las seducciones Me penetra como la inmundicia de la muerte Me socava como el más voraz de los monstruos El símbolo principal del poemario son los sombreros, que representan una clase social, la aristocracia de una Europa en plena decadencia. Según Juan Eduardo Cirlot, los sombreros tienen la propiedad de hacer invisible, por lo que también pueden ser un símbolo de la represión. Estilísticamente, Siomara se libera de las formas, de los signos de puntuación, con pequeñas incursiones en el neocaligrama. De hecho, lo visual está muy presente en la disposición tipográfica del texto. En los silencios y espacios en blanco subyace lo no dicho, «lo indecible». El dominio de la elipsis va asimismo ligado a la lírica del erotismo, y la enorme musicalidad interior realza el verso libre. Construcción de los sombreros encarnados posee el intimismo de la novela original de Thomas Mann y esa búsqueda de la belleza por la belleza, del arte perdido por el arte hallado, del paso lúgubre por el presente luminoso. Como en el final de la película, la figura de Tadzio se adentra en el mar en un soberbio contraluz. Se cierra el círculo y la última obertura.

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Enfrentarse a las primeras notas tomar el referente justo descifrar la exactitud de una obertura viajar sobre el destiempo en el andén de lo indecible reinventar la muerte entre las notas de una última estocada

Vengo desde el principio donde el fondo de este vaso es la pupila del mundo soy un hombre derrumbado por el canto de otros hombres vengo ingiriendo a gritos el acorde de mi última emboscada

La escritura es un bien irreversible La escritura es un mito irreversible como los acordes que acompañan el tambor de mis visiones columpios que se alejan en secreto ascensor que besa el cielo en las partituras más excelsas Tadzio me eleva hacia la más terrible diástole de turbación y celo Tadzio me envuelve hacia la más vil de las seducciones me penetra como la inmundicia de la muerte me socava como el más voraz de los monstruos me derrumba como la más sagaz de las angustias

él solo

en un rincón solo

con su infantil cabeza dorada y ondulada

Pulcro como las mariposas ante el tercer día de la muerte Casto como la remota tierra en los confines como el principio y fin de las constelaciones

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sólo tres días de un verano para incinerar las alas sólo tres días para calmar el enjambre de este pecho


ZURELYS LÓPEZ AMAYA

2

La vela y el náufrago

an las verdades, sofocan el hampo queda tendido como hábil reamor queda manso en el campo stia alfombra de flores coloridas. po ha pasado, que son otros los entro?

La vela y el náufrago, de Zurelys López Amaya por VERÓNICA ARANDA*

EDITORIAL POLIBEA

La vela y el náufrago ZURELYS LÓPEZ AMAYA

2 Toda la noche se oyeron . . . POESÍA LATINOAMERICANA DE AHORA

* Prólogo a La vela y el náufrago, Madrid, Polibea, 2016, colección “Toda la noche se oyeron... - poesía latinoamericana de ahora -”, 2

LANZAR LA PIEDRA para tocar el infinito o «sumergirse entre caracoles dispersos que respiran la sal de cada día». El territorio de este poemario es una isla que es paisaje y lucha cotidiana, y presencia exilios, tránsito, soledad. Puede tornarse asfixiante con sus muros y sus ciénagas. Hay un poso de nostalgia y de síndrome de Estocolmo en esa isla adormecida de la que uno no se puede zafar y siente, al mismo tiempo, deseos de romper la quietud. A pesar de todo, «una isla es la perfecta manera de existir», su morfología invita a la reflexión, otorga lucidez. La poesía de Zurelys López Amaya (La Habana, 1967) apela a la colectividad, a un nosotros donde se adhiere de forma sutil el compromiso ante la precariedad y las insuficiencias del día a día. Es un grito hacia adentro. La Habana, el espacio central de los poemas de Zurelys, el núcleo de su isla, es una ciudad «dañada», en contraste con la mirada de los turistas, donde hay dos monedas distintas y de donde salen a veces balseros que se juegan la vida en busca un futuro mejor. El individuo se siente muchas veces incómodo ante la dialéctica de un sistema que determina su destino y sus aspiraciones. El miedo está latente: «Somos salamandras que huyen». Por los barrios obreros deambulan «transeúntes suicidas», personajes anónimos con los que se alía el yo lírico: el vendedor de mangos, el portero que sueña con aprender el idioma de los perros, los pescadores del Malecón. La autora cubana nos presenta una poética comprometida con la naturaleza, que se rebela contra los reyes que matan elefantes y se sorprende ante los pequeños milagros y esencias del día a día como esos tallos revividos en la ventana del pintor. Sigue una línea metafísica, influida por el estilo analógico de Fernando Pessoa, que busca las cosas invisibles e intenta encontrar las respuestas y el crecimiento personal en clave simbolista. Asimismo, encontramos subtemas que son una constante en la poesía hispanoamericana escrita por mujeres

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como la madre o la casa, así como un estilo narrativo característico de la poesía del Caribe, donde predomina la prosa poética. La filosofía oriental impregna gran parte del poemario, especialmente el taoísmo, que se presenta como un camino posible de búsqueda, salvación y de «conquistarse uno mismo». Siguiendo el concepto de unidad absoluta y al mismo tiempo mutable, el yo poético se siente colaborador de la naturaleza y es parte del círculo que fluye a su alrededor. Muchos versos exhalan sabiduría y, entresacados de los poemas, podrían funcionar perfectamente como aforismos aislados. Pongo dos ejemplos:

El poder de los hombres sobre las cosas pequeñas los convierte en cosas pequeñas.

La ira es como caer y devolver la piedra que te lanzan.

Los versos de Zurelys, condensados e intensos, tienen una enorme capacidad de sugerencia. En palabras del gran poeta y crítico cubano, Roberto Manzano, «entran en la médula misma (de alto carácter emocional) del dolor depositado en el día a día».

LA ISLA DESBORDADA Una isla es la perfecta manera de existir. Navegar sin mover los brazos y las piernas asegurándonos que algún día se llega a alguna parte. Isla mía. Iré en la noche a buscar una luz como la de los barcos, pasajeros sin prisa. Daré la vuelta como una adolescente perdida. Las paredes me demuestran tu permanencia útil, tus amantes involucrados con la aurora. Me devuelvo entre balsas trituradas porque es inútil huir sin amarte, sin devolver tus conchas amarillas estrujadas por las manos de algún adivino. Te deseo isla. Te aprieto a mi equilibrio y me desnudo en tu mar vigilante y celoso de no perdernos. Entre el pescador que te ama y el turista hay una mirada diferente, una foto capaz de sostener tus lágrimas, aunque al final solo seamos ángeles.

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EL SILENCIO DEL FAUNO A Gastón Baquero Miro tu cara. Es la ausencia de la ciudad la presencia del árbol mudo. La ciudad y el monte son tu cara. Lejos hay un río que espera. Entre la ciudad y el río se oye el silencio como un sonido frágil. Es la ausencia de la ciudad. Es la presencia del árbol mudo. Tu cara y tu cuerpo esperan que la tierra sobreviva.


Anémona, de Jamila Medina Ríos por ARIADNA G. GARCÍA*

* Prólogo a Anémona, Madrid, Polibea, 2016, colección “Toda la noche se oyeron... - poesía latinoamericana de ahora -”, 3

VIVIR EN UNA ISLA puede condicionar la manera de ser y de estar en el mundo, más aún siendo mujer, y todavía más cuando hablamos de una mujer rebelde, curiosa y retadora, poco dada a los límites. Cuando el mar es “una cárcel de agua” y el espíritu siente en sí la llamada de lo ignoto y de la aventura, surgen voces potentes, singulares que tratan de expandirse por medio del lenguaje. Es el caso de Jamila, y prueba son sus poe­marios Huecos de araña, Primaveras cortadas y, sobre todo, Anémona. Este libro supone un esfuerzo titánico por sobrevolar el mundo conocido en busca de otras tierras y por describir las emociones que sugiere el entorno, la isla. Este pulso entre contrarios crea una tensión que se mantiene a lo largo de la obra. Y es que Jamila gusta de explorar las incongruencias y complejidades de la condición humana. Así, viajamos a través de sus páginas a la Mesopotamia de hace 5.000 años, al Egipto de Cleopatra, a la isla Tamir, a los bosques helados de la Taiga o al refinado Londres; viajamos en el espacio y en el tiempo para sorprender a las geishas aplastando pétalos de cártamo con el fin de obtener un maquillaje color rojo aurora boreal,  o para acompañar al explorador finlandés Adolf Erik Nordenskiöld en su viaje a Siberia a bordo del Vega. El caso es proyectarse hacia otras vidas, sentir que la propia mantiene semejanzas con las vidas de otros, que la insularidad se encuentra en tierra firme y que el arraigo se puede conseguir en una isla. La memoria y el sexo anclan. El erotismo salva de la monotonía, de los días clonados. No deja de ser paradójico que el acto sexual, pese a su carácter redentor, liberador, se sienta como una invasión hiriente (falos como cuchillas), a menudo insatisfactoria. Pero ya adelantaba que Jamila es inmisercorde con la realidad, que no recurre a máscaras que embellezcan el mundo. Si el mundo es bello es porque resulta contradictorio, imposible de domar.

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Otra manera de huir de la repetición, de la circularidad de la isla, es la búsqueda de nuevas formas de expresión. Anémona es un banco de pruebas donde Jamila experimenta con un amplio repertorio de registros, de metros o de figuras literarias. Junto al largo poema en verso libre (de hasta 113 versos) encontramos poemas en prosa; al lado de cultismos (cutícula, espelunca) aparecen frases hechas (dar candela) y préstamos (fitness, windows, twitters); conviven palabras pertenecientes a un registro informal (desembuchar) y tecnicismos propios de la medicina (carcinoma, metástasis). A esta riqueza léxica se le une el amplio conocimiento que tiene Jamila de los mitos helenos (Ícaro, León de Nemea). Y es que Anémona semeja un batiscafo provisto de periscopio con el que la autora otea, espía, el mundo legendario y el presente. De hecho, abundan en el libro sorprendentes descripciones de ese mundo exterior al sujeto que enuncia. Es en estos pasajes donde la poeta hace gala de un estilo barroco: irrefrenable, abundante, colorido, lleno de imágenes y de metáforas. Desfilan por el libro malecones, gaviotas, grúas portuarias, campos de algas, pejesapos, peces serrucho, tripulaciones de anguilas, mares de vino blanco o islas encalladas. Jamila se lanza a la escritura para escapar de la reclusión a través de la fantasía. Cuba se le queda pequeña. Su ansia de desbordar la orilla de la playa nos ha dejado un libro potente y angustiado. La autora parece una pantera que ronda los barrotes que la encierran, y estudia el modo de atravesarlos. La isla es un castillo que protege, pero también un mausoleo levantado sobre las espumas.  Anémona es un poemario imprescindible para conocer la nueva poesía que se escribe en América. Los lectores españoles tenemos la gran suerte de leerlo gracias a la editorial Polibea, que ha tenido la valentía de publicar a una poeta desconocida a este lado del mundo, si bien es toda una referencia en el otro. No en vano, Jamila (1981, Holguín) es una de las voces más importantes de la lírica cubana –ha sido seleccionada en el volumen The Cuban Team, preparado por Óscar Cruz, 2015– y de la continental –en 2015 Casa de Poesía editó en Costa Rica una antología de su obra bajo el título Para empinar un papalote; y ha participado en el XXII Encuentro de Mujeres Poetas de Cereté (Colombia), 2015.

COMO UN CHAL ALREDEDOR DEL CUELLO Fosa pulpa de espumarajos y desgarrones pálidos de nubes: aguas que rodean la arquitectura exterior e interior que ahogan un tiempo en que sentarse sobre mantones en la yerba a repasar las olas o las aves de rapiña por el cielo los naranjos pintados como con cal o leche era un modo de arqueología disfrutable: como los torsos de las turistas que hoy se desnudan en la playa frente a Chipre al visitar las ruinas tomando el sol en los sepulcros —qué mayor vitalidad.

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PREMIO Javier Lostalé DE POESÍA JOVEN


El silencio creador, de Agenor Prieto Machado por ENRIC LÓPEZ TUSET

ENTRE DOS MATERIAS

El jurado compuesto por: Verónica Aranda, Enrique Gismero, Jesús Javier Lázaro Puebla, Enric López Tuset, Juan Antonio Marín, Francisco José Martínez Morán, Juan José Martín Ramos, Ángel Rodríguez Abad y José Ignacio Serra acordó el pasado 24 septiembre de 2015 otorgar ex aequo el Premio «JAVIER LOSTALÉ», de Poesía Joven, en su primera edición, a la obra

EL SILENCIO CREADOR de AGENOR PRIETO MACHADO

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EN EL SILENCIO CREADOR, Premio Javier Lostalé de Poesía Joven 2015, hay un brillo, una claridad que reestablece la materia poética. Agenor Prieto Machado posee el poder del sosiego, el equilibrio en su voz, en su dominio técnico; no se puede escapar de su belleza, de sus detalles que hacen renacer las pequeñas cosas. El primer soneto y poema, «Si Será Ella…» acude como un revuelo de inteligencia lingüística y sensibilidad en el tiempo, en el verbo, precisamente, en esa dicotomía uno siente lo fecundo del silencio revelador. En el poema que da nombre al poemario cada palabra es un movimiento hallado en el aire, en un mar ahondado en el ser; da los pasos como murmurados, despiertos dentro de un esquema natural (patrón que se refleja en muchos poemas). Le sigue el poema «Adagio» donde Agenor sigue con precisión su intercambio con la cautela meditada, con el símbolo dinámico. Su juventud se alía constantemente con un conocimiento del mundo acertado que se impone a la intuición y a la fragilidad de un germen, lo originado en el aparece como una fuerza primitiva que nos declina al ensueño. No tenemos delante de nosotros una humanidad limitada, comprender y nombrar constelan nuestra lectura, pues llegados a este punto del libro nos adentramos a nuestro hogar hasta alcanzar lo puramente onírico: «Sentarse a acariciar en el verano/ el poema de amor que sube,/ abanicando, lenta con la mano/ la mansedumbre de la nube.//». En la poesía de Prieto el aire que nos inunda es la cuna del ritmo, de la intimidad del cuerpo y delimita sus condiciones desde su vocación puramente aérea: el agua que cae y redime, los espacios que separan dulcemente el olvido; el reino vida-alma-silencio de sus sonetos. Y en este flujo se detiene nuestra respiración nuevamente para acceder al secreto de su pensamiento. Apelamos a su secreto para que no suponga ninguna fatiga vocal proclamar que sus versos nos suponen un beneficio, esta complicidad es un fenómeno hermoso: «Aquella desnudez tiene retales/ de un silencio caído/ como aroma de ausencia.//». La música entra aquí como otra substancia aérea, fundamental, de su universo polifónico.


MEDITACIÓN FINAL SOBRE LA POESÍA El día se desdobla en el estanque. Abre la flor su corazón de niebla al disiparse. ¿Seré real? Hay un palacio. Siglos. En las salas el suelo cruje. Espejos colocan miembros truncos a una estatua, y son manos de polvo que rozamos como borlas. Iré yo descubriendo al merodearte esta ficción de mí que tú alimentas. Porque el alma es alinde, galerías de ecos del que fui al que seré. Tus dorados apliques, Poesía, me dejan reflejado en el agua. Un engarce de letras en las arpas del día. Del día desdoblado en el estanque que finge flores, luz en los postigos. Y vencer a la muerte como el miembro fantasma de una estatua en el espejo. Soy yo real, tu repetido.

Aquí queremos remarcar su armonía que acalla los ruidos, hace un uso silenciario de la metáfora para aniquilar el estrépito, escribe elevando lo profundo, la luz sonora, el verbo movible en la lírica del alma. Y hace falta un oído que desde su exactitud nos acerque a su cosmovisión verdadera, atenta a la noción luminosa. La musicalidad que hay en él, afortunadamente, no es hermética, mas mantiene su pureza. ¡Y qué pureza! La realidad sensorial alcanza una profundidad mayor por su efecto unitario, las imágenes tienen su alfaguara en la dotación espiritual, en el respeto vital, en la comunión del lenguaje. Por extensión, hay también una inminencia de la realidad buscada y una justificación de las conexiones que hay entre las verdades halladas. Se podría decir que existe una voluntad de amasar lo inalcanzable, de repetir el fuero interno que se ha podido nutrir de los valores poéticos. En esta defensa subjetiva hay una revolución profética en si mismo, en la retroactividad de querer preservar. No hay falta de esperanza, hay anulación del miedo que consigo trae declarar la experiencia poética. Esta anticipación ante el espejo no tiene que ver con un anhelo moviente de lo prometido a uno mismo, crece la espera carnal, aun habiéndolo recibido: «Abrazo del que brota, sucesiva/ de polvo, ora de lirio una alma esquiva,/ un secreto que al beso está sellado.//». En esta memoria mística de lo trascendido en lo humano, en el deseo condenado a seguir viviendo no cohabita la espesura de las tinieblas, del oscurantismo intelectual. En el corpus final del libro, hay una honestidad que se materializa dentro de la tradición más firme de nuestra poesía defendiendo verdaderamente lo que se puede constituir como un espacio sustancial; alquimia donde es infinitamente más valioso lo vívido que lo artificioso. En ese contexto nace un hablante elegíaco como una confesión descriptiva para alcanzar una síntesis del ser que alcanza su plenitud. Sine metu sed spe, alumbrados, afortunados por asumir un libro claro por su levedad, intenso por su música y poderoso por su voluntad; auguro un buen porvenir en nuestras letras, un nombre necesario ya desde su comienzo. Su pluma es rica como un corazón, absoluta en su belleza superior.

Ilustración: Esperanza Marqués Merino

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The woman under the mango tree, de María Moreno Molina por RUBÉN MARTÍN DÍAZ

El jurado compuesto por: Verónica Aranda, Enrique Gismero, Jesús Javier Lázaro Puebla, Enric López Tuset, Juan Antonio Marín, Francisco José Martínez Morán, Juan José Martín Ramos, Ángel Rodríguez Abad y José Ignacio Serra acordó el pasado 24 septiembre de 2015 otorgar ex aequo el Premio «JAVIER LOSTALÉ», de Poesía Joven, en su primera edición, a la obra

T H E WO M A N U N D E R THE MANGO TREE de MARÍA MORENO MOLINA

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THE WOMAN UNDER THE MANGO TREE es el título del libro y también el de uno de los poemas que se incluyen en él. Título sin duda sugerente que ya nos anticipa la importancia que van a tener la mujer y el ámbito caribeño en el que esta se desenvuelve, digamos, teniendo en cuenta los dos planos de una misma realidad (esto es fuera y dentro del poemario). Constituido en tres partes («Isla ausente», «Isla presente» e «Isla Remota»), el libro dibuja un recorrido humano por un país, Trinidad y Tobago, distante del mundo tal y como aquí lo conocemos, y profundiza en el crudo día a día de sus habitantes. La autora es un ser comprometido con la vida y las costumbres de la mujer caribeña, así lo constatan los siguientes versos que aluden a «La cerveza de los hombres»: No beban las señoras de esta poción tan mágica / que hace más fuerte al fuerte. / No beban y contemplen cómo estamos / sentados frente al televisor, / el partido de cricket de hace tres días / comenzando su cuenta atrás de horas, / como atrás del sofá se encuentran las señoras / relegadas por blandas, por consenso, por júpiter / relegadas por mí pero también por todos / mis compañeros. / […] No beban y recojan las alas, los insultos, / los botellines verdes. Se trata de una mirada crítica que, lejos de ser meramente panfletaria o propagandística, indaga sin rubor alguno en la barbarie de las costumbres que siguen sometiendo a la mujer frente al papel del macho dominante. Ante este nefasto panorama, el remedio puede ser en ocasiones mucho peor que la enfermedad. La prueba de ello la encontramos en el poema que lleva por título «Muerte I», y dice así: Fueron los vecinos testigos todos, / se confundió el disparo con el ritmo de banda. / […] Mujer negra soltera busca / vida de veinticuatro años, / hallada muerta en el sillón de casa / el martes de carnaval de 2012, / en uno de los carnavales más salvajes del mundo, / en la ciudad de puerto españa / de trinidad y tobago. La voz poética está acertada en todo momento: se retuerce y juega con el lenguaje en


EL TIEMPO

Veinticuatro horas del día, veinticuatro horas que tiene; si tuviera veintisiete, tres horas más te querría. F. GARCÍA LORCA

PORQUE poseo el tiempo el tiempo el tiempo dicen que soy caribe, antropófaga y selva como el chacal, antropófaga y mango como los buitres, me paran por la calle y me preguntan a qué dedico el tiempo el tiempo el tiempo, como si no tragara cada grano de arena de ese reloj de tiempo, cómo matas el tiempo, me preguntan, pero no los entiendo. Yo no lo mato al tiempo, yo lo cuido y lo mimo y le canto una nana: no te me vayas tiempo tiempo tiempo, no vayas a creerte lo que te dicen, duerme mi niño tiempo, no te me escapes, no temas a la luna ni a los criollos.

los primeros poemas del libro, buscando un mayor lirismo a través del exuberante paisaje del país, y, posteriormente, se aclara y se concreta en la palabra exacta para caer con fuerza, sin florituras ni alardes de ningún tipo que puedan desviar la atención, sobre los temas más críticos, que son los de carácter social. Si abordamos esa primera fase de poemas más introspectivos y juguetones con el lenguaje y con las formas, encontramos, entre muchos interesantes poemas, uno bellísimo que lleva por título, precisamente, «Mango», y que dice así: Que me deshago en mango y en amarillo / que me deshago. / De hebras finas y breves me compongo y me entrego / en carne y en azúcar. / Que me deshago en mango y en amargo / si me especias, / que me deshago en aire cálido y en ramas / de donde salgo y crezco. […]. También merece la pena destacar, de esta primera parte, el poema titulado Temporada de lluvias, donde la semántica del conjunto le cede toda la importancia al ritmo y esos hermosos juegos de palabras a los que aludía antes. Y además sobresale, cómo no, el que le da nombre a todo el conjunto, un poema corto, evocador, que emociona por su humana sencillez y que, de algún modo, hace partícipe al lector de ese compromiso con la mujer humillada que habita el país. No cabe ninguna duda de que María posee una voz personal muy interesante, una mirada afilada que aborda como pocos los aspectos más incómodos de la mujer dentro de la sociedad en la que vive, y un mundo propio que resulta original sin descuidar la tradición y las buenas formas de la poesía. Por todo ello, leer este libro, leer a su autora, es un ejercicio del todo recomendable.

Ilustración: Esperanza Marqués Merino

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Javier Lostalé

III Premio

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BASES 1. La Editorial Polibea convoca el III Premio de Poesía Joven «JAVIER LOSTALÉ». 2. Podrán concurrir a él todos los poetas españoles residentes en España, menores de 35 años, excepto aquellos que hubieran ganado el Premio en ediciones anteriores. 3. El premio, sin dotación económica, consistirá en la edición de la obra en la colección EL LEVITADOR, de la editorial Polibea, y trofeo. La editorial Polibea se hará cargo de la edición del libro premiado, de la que destinará al autor 50 ejemplares. Dicha edición no generará otros derechos de autor. Transcurridos dos años desde la primera edición, el autor queda en libertad para la contratación de eventuales reediciones con la editorial Polibea u otras empresas editoriales. 4. Cada poeta podrá presentar una sola obra, de tema, forma y métrica libres, escrita en castellano, no admitiéndose la incoporación de ilustraciones y fotografías. La extensión de las obras no podrá ser en ningún caso inferior a 400 versos ni superior a 800. Las obras serán originales e inéditas, aunque se admitirán obras que hayan sido dadas a conocer parcialmente, hasta un cincuenta por ciento del total de la misma, en revistas especializadas, impresas o digitales, y siempre y cuando no se vea comprometido el anonimato del autor. 5. Las obras se enviarán en archivo word, grabado en el interior de un cd, nombrado con el título de la obra o una palabra significativa del mismo. En el exterior del cd solo aparecerá el título de la obra o una palabra significativa del mismo. Acompañando al archivo de la obra, el cd contendrá otro archivo (nombrado TÍTULO_PLICA), en cuyo interior figurará una imagen escaneada del DNI, datos de contacto (dirección, teléfono, e-mail), una nota biobibliográfica del autor, una declaración de que los derechos de la obra no están comprometidos por otro premio y/o plan editorial alguno; y una referencia de los medios especializados donde hubieran aparecido, en su caso, los textos no inéditos de la obra presentada. 6. El cd se enviará en sobre por correo postal o mensajería a Editorial POLIBEA. Ronda de la Avutarda, 3.


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28043 MADRID, antes del 30 de julio de 2017 inclusive. No se admitirán entregas en mano y ningún sobre en cuyo matasellos, o registro de la empresa de mensajería, figure una fecha posterior a la referida. 07. El jurado estará compuesto por un grupo de escritores y críticos de reconocido prestigio. 08. A juicio del jurado, el premio podrá declararse desierto. Igualmente, a juicio del jurado podrán otorgarse dos premios ex aequo. 09. El fallo del jurado tendrá lugar a lo largo del mes de septiembre de 2017, y se dará a conocer por los procedimientos oportunos. 10. La entrega del premio se efectuará a lo largo del mes de octubre de 2017 en un acto público que se anunciará con la suficiente antelación. Será inexcusable la presencia del autor de la obra premiada, salvo causa de fuerza mayor, en cuyo caso el/la autor/a delegará por escrito en la persona que estime oportuna, que se encargará de recoger el premio en su nombre y hacer la explicación de su obra y una lectura extractada de la misma. Igualmente, el autor premiado se compromete a participar en cuantos actos promocionales considere oportunos la editorial. 11. Las obras no premiadas serán destruidas y Editorial Polibea no mantendrá comunicación alguna con los autores de las mismas. 12. El fallo del jurado será inapelable. 13. Presentarse al concurso implica la aceptación de todas y cada una de las bases de esta convocatoria, entendiéndose que el incumplimiento de una sola de ellas podrá ser suficiente para dejar fuera de concurso a la obra presentada. 14. Para cualquier duda, discrepancia, reclamación o cuestión que pueda suscitarse sobre la interpretación y ejecución de las presentes bases, las partes renuncian al fuero propio que pudiera corresponderles y se someten expresamente a la jurisdicción de los Juzgados y Tribunales de Madrid Capital, España.

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siglo xx 1916 / 66

ESCRITORES DEL SIGLO QUE SE FUE

Luis Cernuda (1902-1963) por ÁNGEL RODRÍGUEZ ABAD

… hacia el cielo de un ardiente azul L.C.

SUBRAYABA EL POETA FRANCISCO BRINES, respecto a la comunión de vida y obra del autor de Las nubes, en su apuesta entrecruzada de andariega realidad y privilegiado deseo (recordemos el lema y epígrafe: À mon seul désir) cómo “el niño que fue y originó al poeta, contempló y gozó el mundo desde una soledad que pobló de sí mismo”. Por su parte, Gastón Baquero (que conoció a Cernuda durante la visita habanera de éste en el otoño de 1951), con su habitual agudeza, alababa en sus poemas lo dolorido sin alarido y lo elegíaco sin crespón; admitía Baquero que en Cernuda “se reencuentra lo griego, se comprende que el punto final del romanticismo apuntaba más hacia el retorno a Grecia que el Renacimiento”. Solitario, sí, el peregrino don Luis, pero capaz de adentrarse en el océano más íntimo del lector. Con el estremecimiento veraz de las sensaciones compartidas. Octavio Paz lo fijó en su diana certera al comprobar que el sevillano “habla no para todos, sino para el cada uno que somos todos”. Sabemos, por su pertinaz biógrafo Rivero Taravillo que, durante la mencionada estancia habanera, el reencuentro con la escritora María Zambrano fue fértil en recordatorios y cadencias becquerianas; Cernuda celebraba, una vez más, la prosa de su paisano admirado. Incluso pronunciaría una conferencia sobre Bécquer en el Ateneo de La Habana en enero del 52. Cultivador exquisito y reiterado del poema en prosa, siempre quiso Cernuda que sus dos colecciones (la sevillana Ocnos y la mexicana Variaciones) apareciesen juntas en un solo libro. No llegó a ver cumplida tal aspiración en vida. Sus lectores hemos podido disfrutar –al menos hasta tres veces- de tal delicadeza impresa. La más reciente, gracias a la confabulación de otros dos sevillanos inteligentes y sensibles: el editor Abelardo Linares y el poeta Juan Lamillar. Hacedores cuidadosos de Ocnos seguido de Variaciones sobre tema mexicano, que viese la luz en la Editorial Renacimiento en 2014.


Evoquemos, como invitación a su (re)lectura, tres momentos excelsos en sendos poemas. Referidos a tres pasajes de su errante biografía que nos proporcionan nobleza, elevación, belleza y relámpago cada vez que los leemos en voz alta y nos atrae su gracia y su hondura. No está de más advertir que la primera y selecta edición de Ocnos, la londinense del 42, fue escrita cuando el poeta residía en una Escocia fría, hostil, bombardeada. Desde la primera vez que lo leí –en el tomito de Taurus prologado pedante y eficazmente por Gil de Biedma- el poema “Atardecer” ha sobresalido entre mis preferencias: “En los largos atardeceres del verano subíamos a la azotea (…) El sol poniente encendía apenas con toques de oro y carmín los bordes de unas frágiles nubes blancas que descansaban sobre el horizonte de los tejados (…) Poco a poco la copa del cielo se iba llenando de un azul oscuro, por el que nadaban, tal copos de nieve, las estrellas.” Hasta la edición, ya póstuma, tercera de Ocnos no aparecería en libro el poema “La llegada”. Escrito a finales de 1956, se refiere (nueve años después) al viaje en un buque francés (entonces todavía se viajaba en barco) que atravesaría el Atlántico desde Southampton hasta Nueva York. Tras nueve días de travesía, el pasajero “levantado, duchado y vestido, listo el equipaje” anhela contemplar la cresta de los edificios neoyorquinos silueteada contra el cielo de otoño. Paisaje ya visto tantas veces en el cine. El nuevo continente le aguarda: ya no volvería nunca Cernuda a pisar suelo español ni europeo. La ciudad, “fabulosa como un leviatán”, surge del mar de amanecida y como una juguetería tentadora para el niño cercano al día de reyes parece abrir sus fauces ante el incesante escapista. “Y te adentraste por la ciudad abrupta, maravillosa, como si tendiera hacia ti la mano llena de promesas”. Dolor, desamor, desasosiego, laboriosidad indeseada supondrían asimismo su permanencia en Nueva Inglaterra. Un último giro. Como quien espera el alba y, a rachas, le hiere también el esplendor fugaz de la dicha inesperada. El dulce cautiverio del rapto de eros en su apogeo y en su alimento hermoso. Lamillar (en la reedición mencionada, acerca de Variaciones) nos señala cómo en septiembre del 49, tras su primer viaje de verano a México (con esa singular equis valleinclanesca), en carta a Leopoldo Panero –marido de su amiga londinense Felicidad Blanc-, escribe Cernuda: “Ese maravilloso México que se me ha entrado en el corazón, y donde por primera vez, desde que salí de España, no me he sentido extranjero”. El contacto, ay, con “la lengua que hablaron nuestras gentes antes de nacer nosotros de ellos”. Poesía, cuerpo, palabra. Lengua, sensualidad, lentitud, mar cálida. Situemos al lector ante el poema “Centro del hombre”. Quizá una de las claves exactas de la opera omnia cernudiana. “Estabas en tu sitio, o en un sitio que podía ser tuyo; con todo o con casi todo concordabas, y las cosas, aire, luz, paisaje, criaturas, te eran amigas”. No ya en plenitud, sino acorde y concordancia que dotan de sentido completo y cabal una vida y una escritura. Cifra sutil, diáfana –como en aquellas mañanas de verano de la niñez- de quien con cada relectura me toca, me redime, me calma y emociona.

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la pipa de Kif

POESÍA DE LEJOS

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Cuatro poetas africanos: Rui Knopfli, Corsino Fortes, Paula Tavares, Conceição Lima por VERÓNICA ARANDA

DENTRO DE LA LITERATURA LUSÓFONA, la poesía africana en lengua portuguesa es en una de las más ricas, aunque sigue siendo poco conocida en España, salvo contadas excepciones. En esta sección presentamos a cuatro de las voces más destacadas de Mozambique, Cabo Verde, Angola y Santo Tomé y Príncipe. Dos hombres y dos mujeres que han contribuido a renovar la poesía en sus respectivos países. A partir de los años 50 del siglo XX, hay un intento de crear novedad y desviarse del camino de una literatura colonial y colonizante que estaba estancada en el ‘lusotropicalismo’. Autores como Corsino Fortes, Rui Knopfli, Agostinho Neto, o Jorge Barbosa emplearon la poesía como un arma fundamental en la lucha por la independencia política y la construcción de identidades nacionales. De ahí la elaboración de un discurso poético de desalienación y revuelta, despojado de retórica, en forma de poesía social, poesía de negritud, etc. Estos autores representaron a través de la literatura nuevos espacios y territorios que posibilitan la eclosión de identidades, hasta el momento, silenciadas. Hay una gran influencia de la oralidad y se emplean palabras en crioulo para simbolizar la libertad. La generación del 80, de la que forman parte Paula Tavares y Conceição Lima, consolida ese discurso autóctono, fruto de cinco siglos de mestizaje, donde lo preponderante son los valores de la cultura africana y la relación de las islas con África. En Paula Tavares se da una poesía más intimista y del silencio, que tiene como función primordial la de sugerir, mientras que Conceição Lima plasma de forma contundente el proceso de colonización intercalado con el proceso histórico y geográfico. A medida que la voz poética reconstruye la historia, procede a la lectura del legado dejado por el colonizador.


RUI KNOPFLI (Inhambane, Mozambique, 1932- Lisboa, 1997) VELHO COLONO Sentado no banco cinzento entre as alamedas sombreadas do parque. Ali sentado só, àquela hora da tardinha, ele e o tempo. O passado certamente, que o futuro causa arrepios de inquietação. Pois se tem o ar de ser já tão curto, o futuro. Sós, ele e o passado, os dois ali sentados no banco de cimento. Há pássaros chilreando no arvoredo, certamente. E, nas sombras mais densas e frescas, namorados que se beijam e se acariciam febrilmente. E crianças rolando na relva e rindo tontamente.

ILHA DOURADA A fortaleza mergulha no mar os cansados flancos e sonha com impossíveis naves moiras Tudo mais são ruas prisioneiras e casas velhas a mirar o tédio As gentes calam na voz uma vontade antiga de lágrimas … e um riquexó de sono desce a Travessa da “Amizade” Em pleno dia claro vejo-te adormecer na distância, Ilha de Moçambique, … e faço-te estes versos de sal e esquecimento.

Em redor há todo o mundo e a vida. Ali está ele, ele e o passado, sentados os dois no banco de frio cimento. Ele a sombra e a névoa do olhar.

Ele, a bronquite e o latejar cansado das artérias. Em volta os beijos húmidos, as frescas gargalhadas, tintas de Outono próximo na folhagem e o tempo. O tempo que cada qual, a seu modo, vai aproveitando.

VIEJO COLONO: Sentado en el banco ceniciento / entre las alamedas en sombra del parque. / Allí sentado solo, a aquella hora del atardecer, / el tiempo y él. El pasado, ciertamente, / que el futuro provoca escalofríos de inquietud. / Pues tiene aspecto de ser ya tan breve, / el futuro. A solas, el pasado y él, / los dos allí sentados en el banco de cemento.//Hay pájaros piando en la arboleda, / ciertamente. Y, en las sombras más densas / y frescas, novios que se besan / y se acarician febrilmente. Y niños / que ruedan por la hierba y ríen tontamente. //Alrededor está el mundo entero y la vida. / Allí está él, el pasado y él, / sentados los dos en el banco de frío cemento. / Él la sombra y los ojos nebulosos. / Él, la bronquitis y el latir cansado / de las arterias. Alrededor los besos húmedos, / las frescas carcajadas, vestigios del otoño / cercano en el follaje y en el tiempo. / El tiempo que, cada cual, va aprovechando / a su manera. ISLA DORADA: La fortaleza sumerge en el mar los cansados flancos / y sueña con imposibles naves moras. / Lo demás son calles prisioneras / y viejas casas que miran hacia el tedio. / Las gentes retienen en la voz / una voluntad antigua de lágrimas / … y un rickshaw somnoliento / desciende la travesía de la “Amistad”. /En pleno día claro te veo adormecer / en la distancia, Isla de Mozambique, /… y te escribo estos versos de sal y olvido.

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CORSINO FORTES (San Vicente, Cabo Verde, 1933-2015) PROPOSIÇÃO Ano a ano crânio a crânio Rostos contornam o olho da ilha Com poços de pedra abertos no olho da cabra E membros de terra Explodem Na boca das ruas

Estátua de pão só Estátuas de pão sol Ano a ano crânio a crânio Tambores rompem a promessa da terra Com pedras Devolvendo às bocas As suas veias De muitos remos

PROPOSICIÓN: Año tras año / cráneo a cráneo /Rostros contornean / el ojo de la isla / Con pozos de piedra / abiertos / en el ojo de la cabra. // Y miembros de tierra / Explotan / En la boca de las calles / Estatua de pan solo / Estatuas de pan sol.// Año tras año / cráneo a cráneo / Rompen tambores / la promesa de la tierra / Con piedras / Devolviendo a las bocas / Sus venas / De muchos remos.

COMO NOÉ As espécies conhecem A sílaba E a substância deste homem Não há milho Que não ame o umbigo deste homem Não há raiz Que não rasgue a carne deste homem E na fome pública deste homem Cresce

a ave no voo E a gema na casca Cresce o cabo d’enxada E a cintura da terra Cresce a porta do sol E o alfabeto da pedra verde Não há fonte Que não beba da fronte de tal homem Que A erecção deste homem é redonda E tem o peso da terra grávida

COMO NOÉ: Las especias conocen / La sílaba Y la substancia de este hombre / No hay mijo / Que no ame el ombligo de este hombre / No hay raíz / Que no rasgue la carne de este hombre // Y en el hambre pública de este hombre / Crece / el ave en su vuelo. Y la gema en la cáscara / Crece / el cabo de la azada Y la cintura de la tierra / Crece / la puerta del sol Y el alfabeto de piedra verde. / No hay fuente / Que no beba de la frente de tal hombre /Que / La erección de este hombre es redonda / Y tiene el peso de la tierra grávida

PAULA TAVARES (Huíla, Angola, 1952) Aquí a música pode ouvir-se na mão curvada búzio sobre o ouvido. O que sobra são os sinos às seis da tarde. Quando se colhe a roupa fica de linho o mar.

Anseias por chegar a casa Dizes Ali onde conheces de cor O lugar dos potes A mesa os lençóis lavados o pão fresco das manhãs

Aquí puede escucharse la música en la mano: curvada / caracola / sobre / el oído. Lo que sobra son las campanas a las / seis de la tarde. / Al recoger la ropa queda de lino / el mar.

Ansías llegar a casa: Dices / Allí donde te sabes de memoria / El lugar de los potes / La mesa /las sábanas limpias / el pan reciente de cada mañana.

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CONCEIÇÃO LIMA (Santo Tomé y Príncipe, 1961) ESTÁTUAS Neste país as estátuas desdenham alturas. Traficam na praça, devassam estradas Têm mãos pensativas e barro na planta dos pés. Estatuas: En este país las estatuas desdeñan las alturas. / Trafican en la plaza, invaden los caminos / Tienen manos pensativas y barro en la planta de los pies.

AFROINSULARIDADE Deixaram nas ilhas um legado de híbridas palavras e tétricas plantações engenhos enferrujados proas semalento nomes sonoros aristocráticos e a lenda de um naufrágio nas Sete Pedras Aqui aportaram vindos do Norte por mandato ou acaso ao serviço do seu rei: navegadores e piratas negreiros ladrões contrabandistas simples homens rebeldes proscritos também e infantes judeus tão tenros que feneceram como espigas queimadas Nas naus trouxeram bússolas quinquilharias sementes plantas experimentais amarguras atrozes um padrão de pedra pálido como o trigo e outras cargas sem sonhos nem raízes porque toda a ilha era um porto e uma estrada sem regresso todas as mãos eram negras forquilhas e enxadas

E nas ilhas ficaram incisivas arrogantes estátuas nas esquinas cento e tal igrejas e capelas para mil quilómetros quadrados e o insurrecto sincretismo dos paços natalícios. E ficou a cadência palaciana da ússua1 o aroma do alho e do zêtê d’óchi no tempi e na ubagatéla e no calulu2 o louro misturado ao óleo de palma e o perfume do alecrim e do mlajincon nos quintais dos luchans E aos relógios insulares se fundiram os espectros — ferramentas do império numa estrutura de ambíguas claridades e seculares condimentos santos padroeiros e fortalezas derrubadas vinhos baratos e auroras partilhadas Às vezes penso em suas lívidas ossadas seus cabelos podres na orla do mar Aqui, neste fragmento de África onde, virado para o Sul, um verbo amanhece alto como uma dolorosa bandeira.

E nas rocas ficaram pegadas vivas como cicatrizes — cada cafeeiro respira agora um escravo morto. AFROINSULARIDAD: Dejaron en las islas un legado / de híbridas palabras y tétricas plantaciones // ingenios oxidados proas sin aliento / nombres sonoros aristocráticos / y la leyenda de un naufragio en Sete Pedras // Aquí llegados del Norte trajeron / por mandato o azar al servicio de su rey: / navegantes y piratas / negreros ladrones contrabandistas / hombres sencillos / rebeldes también proscritos e infantes judíos / tan tiernos que fenecieron / como espigas quemadas. // En las naves trajeron / brújulas quincalla simientes // plantas experimentales amarguras atroces // un patrón de piedra pálido como el trigo // y demás cargamento sin sueños ni raices / porque toda la isla era un puerto y un camino sin regreso / todas las manos eran negras horquillas y azadas // Y en los campos quedaron huellas vivas / como cicatrices-cada cafeto respira ahora un / esclavo muerto. // Y en las islas quedaron / incisivas arrogantes estatuas en las esquinas / ciento y pico iglesias y capillas / para mil kilómetros cuadrados / y el insurrecto sincretismo de los palacios natales. / Y quedó la cadencia palaciega de la ússua / el aroma del ajo y del aceite de oliva / en la olla de barro / y en el calulu el laurel mezclado con el aceite de palma / y el perfume del romero / y de la albahaca en los huertos // Y se fundieron con los relojes insulares / los espectros-herramientas del imperio / en un estructura de ambiguas claridades / y seculares condimentos / santos patronos y fortalezas derribadas vinos baratos y auroras compartidas // A veces pienso en sus esqueletos lívidos / en sus cabellos podridos a la orilla del mar / Aquí, en este trozo de África / donde, orientado hacia el Sur, / un verbo amanece alto / como una dolorosa bandera.

1. Baile de salón tradicional de Santo Tomé y Príncipe de origen europeo. 2. Guiso de pescado afrobrasileño.

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voces de Fez

Conversación con Najia Erejaï por MARTA FUENTES Y MOUSTAFA BOUANANI

EN UNA MAÑANA GRIS, como hecha a propósito para servir de lienzo, nos entrevistamos con Najia Erajaï en el sexto piso de un alto edificio ubicado en la Avenida Hassan II. Junto a los ventanales de su taller contemplamos una vista privilegiada de Fez, en cuyo horizonte se dibujaba también la antigua medina. Nacida en Chrabliyen, situado en el corazón de la medina de Fez, Najia Erajaï es una de las pintoras marroquíes más representativas de la actualidad. Su pintura ha sabido trascender el folclorismo que ha estigmatizado la pintura marroquí, atravesando metódicamente, como ella misma explica, diversos movimientos pictóricos, desde el Impresionismo al Expresionismo Abstracto. Por otra parte, esta mujer de aire juvenil y personalidad envolvente, es Profesora Emérita de Artes Plásticas y de Metodología de la Enseñanza de la Educación Artística, y realiza una notable labor pedagógica en la ciudad de Fez, impar-

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Deliverance / NAJIA EREJAÏ

tiendo clases de pintura a niños y adultos. Mujer hermosa e inteligente, conoce a la perfección el juego social de insinuar lo oculto y de revelar lo que debe mostrarse, instalándose en su contexto socio-cultural y religioso con clarividencia y gracia; no solamente sin renunciar a su identidad, sino habiendo encontrado en sus pinceles las afiladas armas de la autoafirmación. Comprometida con el desarrollo cultural de la ciudad de Fez, ha elegido permanecer en la antigua capital espiritual de Marruecos y descartado una vida artística más cómoda en Casablanca o en Rabat. Nuestra conversación echó a andar por las callejuelas de la medina girando en torno a su infancia… Dejé la medina de Fez con 19 años… Fez es un gran museo… No podemos ser indiferentes a

esa arquitectura, a esa luz. Para mí, lo que más me intrigó de la medina son sus callejones, el misterio…No podemos saber quién va a aparecer al otro lado. Yo pasé mi infancia en tres colegios y en cada uno de ellos vivíamos bajo la amenaza de derrumbe del edificio… Mi padre era un imán y se levantaba todas las mañanas muy temprano para rezar. Un día me preguntó qué quería hacer y yo le dije: artista. Yo no quería hacer otra cosa. Yo cantaba, escribía, pintaba… Mi padre me dijo que las dos primeras cosas podía hacerlas por mí misma, pero que para ser pintora había un camino. Terminé los estudios en el Liceo Polivalente y pude haber ido a París porque fui aceptada en una escuela de dibujo, pero lo hice todo aquí y tuve una formación académica como pintora también en Rabat… Mi padre era el

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amor sin condiciones. Tenía entera confianza en mí… En el cuadro Délivrance, ese rostro es el de mi padre en trance de muerte. Esa imagen vino a mí y me obsesionó durante años. Le preguntamos por su rebeldía en el seno de una sociedad musulmana tradicional y cómo esta se expresaba en su obra… Hay siempre una mirada del otro que se posa sobre mí y que yo no puedo soportar si es completamente negativa… Yo quiero ser no una niña bendecida por la sociedad, pero más o menos correcta. No sé, cuando miro, por ejemplo, este cuadro, yo lo veo sereno pero hay sangre que se vierte. Es como un jardín feliz; esta figura tiene una postura feliz, pero no, sufre. Son los otros los que dicen que sufre. Yo les doy un cuerpo jugando, pero son los otros los que lo sienten y tienen que descubrirlo. Najia Erajaï, perfecta conocedora de su recorrido artístico, es también una conversadora locuaz, y en sus palabras se trasluce su vocación pedagógica. De unos años a esta parte yo trabajo el Expresionismo Abstracto, tal y como se desarrolló en los Estados Unidos. Lo abstracto es lo que va a la esencia de las cosas… El verdadero abstracto necesita una gran madurez artística… Los jóvenes que piensan que hacen abstracto a veces no están en lo cierto. Lo verdaderamente abstracto es otra cosa. No podemos deconstruir si no sabemos construir bien… Aparte de los genios, raras excepciones, el pintor debe de tener una cultura artística y conocer la evolución del Arte; debe de ser capaz de comprender bien lo que hace y de hablar de ello. Yo no me permito vacilar entre movimientos. Yo debo ser capaz de

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ejecutar bien una tendencia y después pasar a otra cosa. Al hilo de nuestra charla, hablamos de las penalidades que tiene que pasar el pintor marroquí para sobrevivir con su trabajo, y del impacto que esto puede tener en sus obras, viéndose obligado a pintar por encargo en algunas ocasiones cuadros figurativos y de corte folclórico. Mi visión es permanecer, dejar una huella en la pintura marroquí. Yo deseo dejar mi nombre con tranquilidad, bien puesto en la pintura marroquí… No tengo prisa. Tengo un trabajo académico. Soy profesora de Arte. Tengo un medio de vida. No tengo necesidad de vender para vivir… El estatus de la mujer pintora en Marruecos no está muy presente. Si lo hay, es de la pintora naíf, pero no el de una pintora formada académicamente en Arte. En ese sentido, no es que yo me ocupe de representar la feminidad en mi pintura, sino que yo misma como pintora marroquí contemporánea represento un modelo. Nuestra conversación discurre por diversos caminos, pero abordar el tema de la emancipación femenina en Marruecos y la importancia de los Movimientos Feministas me parecía inexcusable. Yo deseo que sobrepasemos ese estado de hablar de la sociedad. La sociedad somos nosotros. Tú no puedes hacer que cambienciertas cosas… porque hay muchas cosas instaladas en esta sociedad desde hace mucho tiempo. Tú no puedes venir a gritar: “Yo me voy a asumir y voy a ser una mujer libre”. Sé una mujer libre. Eso es todo. Tú no tienes necesidad de decirlo. Hay que serlo. Pero hay que serlo, ¿cómo decirlo?, no vulgarmente; hay que serlo correctamente. Eso es todo. Yo estoy en contra de la manifestación… ¿Legalidad? Tú eres legal. No tienes necesidad de decirlo. Tú eres legal, pero sé legal en tu trabajo, en lo que aportas. Entre quienes participan en el Movimiento Feminista en Marruecos hay algunas mujeres interesantes pero otras gritan: legalidad, libertad… No necesitas escribirlo; sé y los otros lo verán. A nuestra pregunta sobre cómo se presentaría al público español, Najia Erajaï responde: Quiero que se comprenda que la pintura marroquí es otra cosa aparte de naíf. Esta es la imagen

que ha circulado verdaderamente: folclórica y a la imagen del pueblo. La pintura marroquí se inscribe en la pintura contemporánea moderna. Estamos al corriente de todo lo que pasa. Hacemos exposiciones aquí y fuera de Marruecos. Es cierto que Europa tiene una gran riqueza de movimientos pictóricos mientras que, entre nosotros, en los paí­ses musulmanes, tenemos la prohibición de representar la figura, que esgrimen los ulemas… y que va desapareciendo… Con las miniaturas persas y turcas ya se representaba la figura humana… Lo importante es la intención del artista…Yo creo que el artista es el que más adora a Dios… Es una suerte de rezo... Cuando veo la puesta de sol, yo digo, es Dios. Dios está ahí… Han comprendido que el artista no toca la religión negativamente; por el contrario, es una suerte de celebración de la obra de Dios… Por la religión, no somos tan libres para representar el desnudo como los españoles, pero hacemos un esfuerzo.. Creo que los pintores marroquíes somos tan libres como los pintores españoles y que podemos hacer cosas juntos. Finalmente, Najia Erajaï lanza un llamamiento a los artistas locales e internacionales para crear una asociación en la ciudad de Fez y de la cual nos hacemos eco. Este año yo voy a crear aquí en Fez un centro, para hacer un trabajo colectivo, para dar un punto de vista del arte desde Fez. Aquí hay una sola galería, no como en Casablanca y en Rabat. Aquí hay artistas que trabajan en Fez discretamente y que exponen fuera de la ciudad. Estamos haciendo una llamada a fin de crear una asociación de Arte y Música… Yo pude haber elegido quedarme en Casablanca. Allí es muy fácil exponer y vivir del Arte; pero estoy arraigada en Fez…Yo estoy comprometida con cambiar aquí las cosas. No hay muchos talleres de pintura en Fez y espero que en unos años hablen de nosotros.

Para una información completa sobre nuestra pintora se pueden consultar las siguientes páginas en Internet: https://www.artmajeur.com/en/member/blue-hand file:///C:/Users/mfuentesr/Downloads/Site_Najia.pdf https://www.youtube.com/watch?v=QRd5uwAoFSo www.yawatani.com/.../9828-la-peinture-des-femmes... www.yawatani.com/.../9828-la-peinture-des-femmes...

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El pozo es el hermano del anillo: El ciclo Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot

por MIGUEL LOSADA

RESULTA CURIOSA LA DESORIENTACIÓN de muchos críticos ante uno de los más sorprendentes monumentos de la poesía en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Nos referimos a las dieciséis entregas que, bajo el lema genérico Bronwyn, conforman un ciclo poemático de más de seiscientas páginas que fueron apareciendo en su mayor parte en pequeños cuadernillos de mínima tirada entre los años 1967-72. Lo primero que desconcertaba era que su autor se hubiera centrado obsesivamente en un personaje de una película estrenada sin excesivo éxito en España en el verano de 1966, El señor de la guerra, del director norteamericano Franklin J. Schaffner. ¿Cómo aquel personaje femenino, interpretado por una hermosa actriz joven apenas conocida, había podido estar en el origen de unos poemas de tal intensidad lírica, que además ofrecían tantas variantes abiertas a la experimentación? En realidad, el autor del Diccionario de Símbolos, no nos estaba descubriendo entonces nada nuevo, ya que desde su primer libro, La muerte de Gerión, aparecido en 1943, la doncella —allí salida del mar y perseguida por el Rey— formaba parte esencial de su universo; junto a las espadas, la torre, las batallas, las «lanzas de oro» y una exacerbada tristeza ante el dolor y la muerte. En la obra lírica de esos primeros años ya encontramos «intocables doncellas», vírgenes que «desnudan la piedra en donde asciende el horizonte». La doncella ya representa allí el amor celeste, el amor espiritual, símbolo de salvación en «una tierra sin besos». Y está la pasión del autor hacia la Edad Media. Cirlot atesoraba armas de esa época en su despacho mientras se dedicaba a sus estudios sobre arte medieval, mostrando también un inte-

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rés especial por la pintura prerrafaelista. Además, Alfonso Buñuel, hermano del célebre cineasta, lo inicia en Zaragoza en el Surrealismo entre 1940-43, lo que va a influir en su constante interés hacia las Vanguardias y el Arte Moderno en general que lo conducirán a ser uno de los fundadores del grupo Dau el Sert entre 1949-53. Bronwyn no surge, pues, de la impresión momentánea que produce en el poeta la visión de una película. Meses antes ya había asistido a una proyección del Hamlet de Laurence Olivier, quedando muy interesado por el personaje de Ofelia. Así que, cuando en febrero de 1967 ve en el Hamlet ruso otra vez a Ofelia ahogada, la va a asociar a Bronwyn por un efecto de inversión, ya que en la película la doncella «sale del agua para que el amor se enamore de ella». Por algo los primeros libros de este ciclo se abren con la dedicatoria: «A la que renace de las aguas». Bronwyn es la historia de una obsesión, de un amor más allá de la muerte. Búsqueda iniciática, en la que la sexualidad se entrecruza con el amor puramente espiritual. El autor siente que el mismo está en el año mil, enterrado junto a la amada idealizada. «Empecé a verme viviendo en la edad media», dice Cirlot en uno de los numerosos comentarios con los que va a ir acompañando las diferentes partes de estos textos. En un principio pensaba que sólo iba a hacer un poema, pero siguió escribiendo obsesivamente, diciéndose siempre que sería el último, hasta llegar a los más de mil versos que componen esta obra apasionante. Además, escribe artículos, pequeños ensayos, poemas sueltos, antes y después de la elaboración de los ya publicados, incluso poemas anti-Bronwyn, que no se conservan. Se trata de construir «un mundo otro», una atmósfera mítica, especie de síntesis de las edades medievales, a veces próxima al ciclo Artúrico. La escritura busca frecuentemente ser arcaica y otras veces experimenta con las técnicas más novedosas. El resultado es una insólita integración entre tradición y vanguardia. Quizás por eso el autor afirmaba “Soy vanguardista y reaccionario, revolucionario y conservador”. Pero por encima de todo estamos ante una apasionante historia de amor fou. Precisamente, el mismo año en que se publica la primera entrega de Bronwyn, Cirlot escribe en el diario La Vanguardia un artículo en el que habla de su interés por los “amores imaginarios”, aquellos provocados por «ideaciones puras». El amor de Petrarca por Laura o la relación de Miguel Ángel y Vittoria Colonna. Esa es la línea en la que se sitúa la historia de la doncella: «dada su falta de raíz existencial, de verdadero arraigamiento en el espacio y en el tiempo», lo que da lugar a un «sistema de idealizaciones líricas y ensoñativas», aunque también abiertas a «una investigación del Ser». El autor se identifica así con el caballero, con el héroe, reclamando una vida que no pudo vivir. Es una revelación en medio de un ensueño de espadas. Porque una espada es «el pensamiento que exige estar solo en la inmensidad del espacio absoluto…» Hasta que todo deviene “la pura imaginación de un orden que no existe”. Absolutamente solo, «no sé cual es mi nombre ni mi patria / no tengo propiedades ni caricias… Fragmentos de mi espada están ardiendo». Y esa soledad del héroe es la del autor. El mismo se encarga de editar los primeros cien ejemplares del poema en «un país que le oculta y le niega». Buscan así, los textos, crear un universo propio, con un hermetismo cercano en ocasiones a las leyendas célticas, al mundo de la cábala y al misterio de los tiempos oscuros. Son textos teñidos de una profunda espiritualidad. Bronwyn se muestra «desnuda como el alma», más allá de la niebla y la espiral. Penetrando en la desolación del «no ser», de «lo no», de «lo nunca». El pozo es el hermano del anillo. Eterno resurgir, donde nada tiene fin ni principio. Palabras que poseen algo de ritual, de delirio. Que se acercan a los textos de Nietzsche, al mundo wagneriano, «en el jardín de los árboles dorados». A veces, en bellísimos endecasílabos, otras, buscando los sonidos combinatorios de la música. Experimentando, «buscando el sonido de tu nombre Bronwyn», buscando… Es la voz de un poeta visionario que ha creado para nosotros un corpus poético deslumbrante en el que hace nacer las cosas al nombrarlas, porque «lo que no es nombrado no existe».

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Estoy en Egipto casi muerto por JOSÉ IGNACIO SERRA

DE IMPROVISO, ME ENCUENTRO INMERSO en una muchedumbre agitada y vociferante, vestidos todos y todas con los más variopintos y disparatados ropajes, como si fuera un carnaval o una convención de mujeres y hombres, niñas y niños de todos los países y edades de la historia. Soy consciente de que llevo, en mi mano diestra, la torpe máscara de demonio que fabriqué una vez. Al ponérmela sobre el rostro, todo es diferente. Están desnudos todos y la piel de muchos vibra y cambia en colores amarillentos y rojizos: son llamas vivas que corren por sus cuerpos; los otros son de hielo y la pulida superficie de su piel se diluye y altera con los reflejos del fuego. Ninguno tiene rostro y yo sigo sin acertar a discernir si sus gritos y saltos son de dolor o de gozo. En este momento el sueño cambia: yo me veo a mí mismo desde fuera de mí, el semblante pensativo reclinado en una mano indolente. Sobre mi cama debajo de mi rostro, abiertas, una edición de El cuervo con grabados de Doré y la primera edición de los 80 sueños de Cirlot. Una voz que no reconozco dicta entonces los actos de mi títere y los sucesos. Dice: «Escucharás unos golpes en el cristal de tu ventana, cual aguacero o granizo que al acercarte comprobarás que no perturban la negra oscuridad. Al abrir la ventana, un cuervo majestuoso, negro entre lo negro, invadirá tu cuarto. Con lento aleteo irá a posarse sobre la falsa calavera que domina, desde un alto anaquel, la habitación entera. La escasa luz que lo alcance transformará su pico en los carnosos labios entreabiertos de Juan Eduardo Cirlot y el color de sus ojos en “el exacto tono verde” de los “ojos verdaderos” del poeta. Desde la derecha, como surgida de la nada, se acercará la inconfundible presencia de Baudelaire, el salvaje rostro aún

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más enfebrecido que aquel que por sus retratos tú recuerdas. Con dedo conminador escribirá en el aire “¡Infortunado!”. Por la izquierda, el fantasma redivivo de Nerval, el único mechón de pelo que coronará su frente alzándose en agitado torbellino, imbuido de una vida propia, vernicular e irredenta, escribirá a su vez sobre invisible pergamino: “el viudo inconsolable”. Desde los labios de Cirlot, una estrella de cinco puntas, un quinario, descenderá flotando hasta quedar grabado entre las líneas de la palma de tu mano izquierda. Aceptarás ese don envenenado, aunque sabes que nadie será capaz de verlo, pues habrás de vivir rodeado de cretinos fundamentalistas que ignoran que lo son. Cuando despiertes al fin, si es eso despertar, te preguntarás qué suerte de droga habrá tomado tu alma onírica. ¿Qué droga se consume en el mundo imaginal? No obstante, la estrella seguirá inscrita en la palma de tu mano.» Cirlot, que yo recuerde, ni siquiera era dipsómano («¿El alcohol? ¡Bah! Resultado meramente y no motivo», escribió acerca de Poe). Sus drogas se llamaban símbolo, filosofía, espíritu, arte, poesía, música, alquimia espiritual... Se llamaban Cartago o Roma, Egipto se llamaban: «Egipto sobre mis ojos, Egipto sobre mi hígado, Egipto sobre mis párpados». Siduri se llamaban, no, Siduri no, Susana, «cerca del mar inaccesible y puro», aquí en Mesopotamia donde acaso todo comenzó o comenzó a escribirse, al menos: la amistad o el amor, la busca perentoria, la muerte insoslayable, los trabajos del héroe mucho antes de Hércules y Ulises. «En cuanto a él, nunca vino a Carcasona», citó Lord Dunsany, en epígrafe a uno de sus cuentos, sin saber que dictaba así una maldición que recaería de manera directa sobre Juan Eduardo. Aunque él sí vino a Carcasona, en el viaje de regreso se hizo un corte terrible en una mano y decidió que se consideraba indigno –¡indigno, él!– de acceder al centro del misterio, de ser ángel. El intelecto y el amor lo detenían siempre a un paso del abismo. ¿Desgracia o suerte?... Para sus seres queridos suerte, qué duda cabe. Pero amaba a los malditos.

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Kafka-Munch

por JESÚS DEL REAL AMADO*

* El pasado 6 de noviembre de 2015, se celebró en el Ateneo de Madrid el centenario de La Metamorfosis, de Franz Kafka, bajo la dirección y organización de Miguel Losada. Publicamos en este número el texto de Jesús del Real Amado, escrito para tal ocasión.

LA CONMEMORACIÓN DEL CENTENARIO de la publicación de La metamorfosis en el Ateneo de Madrid, coincidió con la muestra de Edvard Munch, que se había inaugurado unos días antes, en el Museo Thysenn-Bornimisza. Al tiempo que se sucede la de Madrid, otra exposición de Munch y Van Gogh, en Amsterdam (y antes en Oslo), en la que los comisarios nos dicen que desde 1912, en Colonia, sus trabajos no han sido expuestos conjuntamente, si bien a inicios del siglo XX había sido frecuente este encuentro de los dos artistas. La fortuna crítica de ambos ha ido paralela en el siglo pasado, pero ha sido en este 2015, tras seis años de investigaciones, cuando se han confrontado con un mayor análisis. Como un reflejo que aprovecha la casualidad, navegando en el ut pictura poesis, señalamos brevemente alguna interacción entre La metamorfosis y la obra de Munch.

«’¿Qué me ha ocurrido?’ pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados –Samsa era viajante de comercio–, estaba colgado aquel cuadro, que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una

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Ilustración: Esperanza Marqués

1. En los tres párrafos que citamos, hemos seguido La metamorfosis y otros relatos. Edición de Ángeles Camargo. Madrid, Cátedra, 1998 (pgs. 133, 141 y 166). 2. Theodor W. Adorno, Prismas. La crítica de la cultura y la sociedad. (Trad. Manuel Sacristán). Barcelona, Ariel, 1962, pg. 176. 3. Véase: El friso de la vida. Madrid. Nórdica libros, 2015, y Cuadernos del alma, Madrid, Casimiro libros. 2015.

dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.»1 Ambos son pioneros de la modernidad, formados en una cultura de la palabra, con un bagaje epistolar esencial, y en los dos los textos sagrados (Biblia y Torah) tuvieron una presencia importante. Munch escribía como un complemento de sus pinturas y dibujos y se consideraba tan pintor como escritor, Kafka pone en tensión el expresionismo: «Muchos de los trozos decisivos de Kafka pueden leerse como si fueran literalización de pinturas expresionistas que habría habido que pintar.»2 Munch utiliza una pincelada expresiva para capturar lo que quería decir con tanta fuerza como fuera posible, es considerado como precursor del arte moderno y modelo para jóvenes expresionistas alemanes como Kirchner y Emil Nolde. Siguiendo a Adorno, el expresionismo literario en Kafka consistiría en una subjetividad enajenada de sí misma que convierte en cosa la constricción de una objetividad. Alienación como expresión donde se desdibuja la frontera entre lo humano y el mundo cósico. En Kafka podemos encontrar una sintaxis llena de frases subordinadas, de conjunciones o partículas que las introducen y cuya función no es otra que la de relativizar, ampliar o explicar hasta casi la saciedad lo dicho anteriormente, de párrafos larguísimos (en alemán original) en los que no encontramos ni un solo punto (En la galería). En la escritura de Munch, la falta de puntos o comas en las oraciones aumenta la sensación de inmediatez y espontaneidad, el lector se deja llevar inmediatamente por pensamientos y experiencias del protagonista.3 La cultura y la lengua alemana son relevantes, Kafka escribía en alemán y en Berlín estuvo Kafka con Felice Bauer donde residía, y allí se instala a finales de 1923 con Dora Diamant, y desiste ir a Jerusalén por cuestiones de salud. Berlín también fue importante para Munch donde expone en reiteradas ocasiones y desde 1920 se realizan por toda Alemania numerosas exposiciones y es reconocido por varias Academias de Bellas Artes. Radicales e intransigentes en la dedicación a su misión artística, a cualquier precio, creían que cualquier persona que dedicase su vida al arte no podía tener una vida social o el amor normal. Su arte era un medio para conseguir un control sobre la esencia insondable y el significado de la existencia. En ambos arte y vida estaban inextricablemente unidos como lo estaban arte y literatura. El poder de sus imágenes no escapan a nuestra impresión (El grito, o el insecto –sea cual sea éste- de La metamorfosis), son tan accesibles que penetran profundamente en

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la cultura popular, resuenan con tan profunda humanidad que siguen cautivando. Kierkegaard, iniciador del existencialismo nórdico, en El concepto de la angustia (1844) propone un nuevo modo de pensar contrario a la filosofía especulativa y vinculaba la ansiedad al terrible presentimiento que el individuo desamparado sentía ante un futuro incierto. Con una sensibilidad exacerbada y una introvertida capacidad tremendista, ambos sufren problemas de salud física y mental. Los dos sacrificados a su arte, con una vida bohemia (claro en Kafka), la creencia de que su trabajo era la expresión de una mente atormentada se apoderó de ellos. La metamorfosis, escrita cuando su relación con Felice pasaba por su primera crisis con una carga de tristeza y melancolía, se considera un bicho raro y aislado frente a su familia. En La metamorfosis hay un relato de un proceso anímico de transformación, de anormalidad y de animalidad. Por su parte El grito se ha convertido en un símbolo universal de la angustia y también reutilizado en la cultura popular desde el cine de terror hasta el cómic. Munch desarrolla un repertorio de signos que le permitieron acentuar el contenido psíquico: sombras, árboles o rocas se transforman en símbolos que se interponen entre la visión la percepción sensorial, entre el mundo exterior y el mundo interior. «–No se encuentra bien –dijo la madre al apoderado mientras el padre hablaba ante la puerta–, no se encuentra bien, créame usted señor apoderado. ¡Cómo si no iba Gregor a perder un tren! El chico no tiene en la cabeza nada más que el negocio. A mí me disgusta que nunca salga por la tarde; ahora ha estado ocho días en la ciudad, pero pasó todas las tardes en casa. Allí está, sentado con nosotros a la mesa y lee tranquilamente el periódico o estudia horarios de trenes. Para él es ya una distracción hacer trabajos de marquetería. Por ejemplo, en dos o tres tardes ha tallado un pequeño marco, se asombrará usted de lo bonito que es, está colgado ahí dentro, en la habitación; en cuanto abra Gregor lo verá usted enseguida.» En marquetería se utilizan tanto la gubia como la segueta, que son útiles también para el grabado. Munch mantiene un enfoque altamente experimental con las técnicas de aplicación de color, en particular como grabador. Los matices cambiantes en sus xilografías, se basan en una viscosidad desigual o escasamente aplicada en la porosidad de

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Portada de El friso de la vida. Madrid. Nórdica libros, 2015

la veta de la madera dejando sus marcas en los bloques de impresión. Las obras de Kafka podemos entenderlas como manifestación de sus problemas vitales. Darwinista convencido, estudia química e historia del arte, doctorándose, al cabo, en derecho. Mantiene una doble vida: trabajar para vivir con independencia y su actividad como escritor que sentía verdadera, vida de maniobras la llama, cuando escribe por la noche. En su trabajo como jurista manifestará ciertas preocupaciones laborales y sociales, frente al aislamiento que propone la escritura. Soledad necesaria que le provoca tensión psicológica y enfermedad entre el compromiso matrimonial y la escritura: Vida sentimental compleja y ambivalente, rupturas y reincidencias con Felice Bauer, Julie Wohryzek, Milena y Dora Diamant. Cada ruptura parece suponerle una liberación (creativa), pero cada liberación suya necesita de un compromiso depositario de nuevos escritos. Una recurrencia sentimental que desemboca en el compromiso irrevocable de la ley humana, en su final como jurista, con la poderosa Moira. «Y así salió de repente –las mujeres estaban en ese momento en la habitación contigua, apoyadas en el escritorio para tomar aliento–, cambió cuatro veces la dirección de su marcha, no sabía a ciencia cierta qué era lo que debía salvar primero, cuando vio en la pared ya vacía, llamándole la atención, el cuadro de la mujer envuelta en pieles, se arrastró apresuradamente hacia arriba y se apretó contra el cuadro, cuyo cristal le sujetaba y le aliviaba el ardor de su vientre. Al menos este cuadro, que Gregor tapaba ahora por completo, seguro que no se lo llevaba nadie.»

Portada de Cuadernos del alma. Madrid, Casimiro libros, 2015

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fuera de lugar 1916 / 84

¿Y si el ser fuese espacio y no tiempo?

por JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO

ENTRE LAS SOMBRAS, cada día más caliginosas, del sombrío siglo XX no queda más remedio que explorar reductos de luz bajo los que sentarse a meditar lo real. Una de las guías en esta búsqueda es la de aquellos autores que mantuvieron la sutura de espacio y tiempo, la gran herencia de la antigüedad, desvirtuada en el siglo novecentista por la preeminencia de la temporalidad. La escritura de la portuguesa Maria Gabriela Llansol (1931-2008) arranca siempre desde el espacio, pero quizá más importante aún sea la convicción con la que cada vez que se sitúa en la realidad apela a la unidad espaciotemporal: «Al pensar en Brabante donde se encontraba, en los lugares y el tiempo que había dejado, la emoción sentida ahora parecía más profunda». Vale la pena subrayar esta concepción existencial por insólita en el siglo XX. Siglo cuya «emoción… más profunda» y exclusiva emanó del tiempo. Uno entiende la importancia filosófica que el tiempo adquirió a raíz del gran descubrimiento del siglo, la intrascendencia del alma humana, cuyo símbolo fue la esfera que le sometía. La íntima y paulatina deflagración. A partir de ahí pareció que las vías por donde discurría la vida eran la esencia misma del ferrocarril existencial. Daban igual las estaciones y apeaderos del camino. El camino equivalía a un horario, el tiempo del viaje. Para una concepción de la vida como angustia —para la angustia como condición del ser humano— resultaba un símbolo perfecto. Y de paso descartaba la única posibilidad de no angustia que la vida ofrecía: el presente. Un aforismo de Maria Gabriela Llansol dice: «El tiempo tiene dos alas, pero el espacio tiene tres». Ambos comparten las «alas» del pasado y del futuro, pero el presente existe en el lugar, no en el tiempo, como bien lo sabían Jorge Manrique y Cioran. El espacio transforma el presente en habitable. No todos los autores del siglo XX se sintieron cómodos con esta esencialidad del tiempo. Aun no siendo conscientes de


su inquietud, algunos hallaron en el espacio la luz que no les ofrecía la época. El hecho de que un escritor que nunca supo que lo fue, José Manuel Silvela Sangro (1932-1965), redactara su póstumo Diario de una vida breve (1967 y 2016) sin pensar en las imprentas le proporciona una valiosa espontaneidad. Poco a poco el jovencísimo Silvela se va dando cuenta de que el suyo es «un diario de sensaciones. Sensaciones producidas por cosas, más que por personas». Las personas son, en el siglo XX, la encarnación del tiempo. Las cosas, lo secundario. Y esta mera intuición de un escritor tan joven —tiene veintiún años cuando realiza estas observaciones— se consolida en una poética cuya luz ni siquiera fue advertida en su época, y hoy es susceptible de convertirse en un faro: «Entro en el nuevo pabellón de Fuente Pizarro: olor de la alfombra de la escalera que me transporta al otoño de 1951». Lo esencial en la experiencia no es el tiempo, sino el espacio. El tiempo es solo una de las clasificaciones que puede tener el espacio. En paralelo a la intuición de José Manuel Silvela, otras poéticas actuales han meditado sobre la mudez de lo temporal. El poeta Jordi Doce (1967), que ha reunido recientemente sus «poemas escogidos» en Nada se pierde (Zaragoza, 2015) construye el argumento de su obra en torno a este conflicto. En uno de sus primeros poemas se muestra consciente de su oficio: «cuidar el mundo, / el cómplice latido del mirar /… / para reconciliarnos con la vida». Muy pronto también, en el poema «Grajos» —que se convertirá en motivo recurrente—, el «mirar», lejos de reconciliarle «con la vida», le convierte en «Ser quien se ocupa / de bajar las persianas». En cuanto su obra arranca, ahora, el poeta es el que no ve, o mejor, solo adivina «sombras» —quizá la palabra más utilizada en el libro—, «Se enturbia la mirada», «la vida lo ofusca» y solo percibe «lo oscuro… preñado de materia». En el paso siguiente descubre la propia derrota de la escritura: «No hay nada que decir, / nada con qué decirlo» porque «Nada tengo» y «Nada ocurrió que pueda recordarse». Este es el conflicto central de la poesía de Jordi Doce y posiblemente también de la poesía contemporánea: «Hablamos por hablar, o no hay palabras, / la oscuridad las enterró en sus pliegues». El conflicto a partir del cual construye su poética. Poco a poco el tiempo cronológico, que nada valioso consigue aportar al texto, deja paso, en los poemas de Jordi Doce, al tiempo meteorológico. Es la observación del clima del día —casi siempre en otoño, en noviembre, o en invierno, enero y febrero son los meses más citados— la que acaba acaparando el protagonismo temático de los versos. Parece, al principio, una metáfora temporal; luego quizá se piense que lo accidental sustituye a lo esencial no visible para quien «lo mira / en un mapa de ausencias», con un yo disgregado —«mi rostro no es mi rostro»—, que, sin embargo, sí toma una opción cuando alcanza lo más hondo de su despersonalización: «Llegado a la raíz del laberinto / —yo mismo— / no dudo en elegir la voz de los sentidos». Es decir, las sensaciones (climáticas, cromáticas, espaciales…) se erigen en la voz que habla en los poemas. No son ningún sustituto, sino la expresión del propio pensamiento poético. La posibilidad de una escritura. La única poética en tiempo de «espera»; es decir, donde el tiempo queda áptero, sin significar, y solo significan las percepciones «de los sentidos». El espacio.

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puro teatro 1916 / 86

El placer dramático

por JESÚS JAVIER LÁZARO PUEBLA

SOY DE LA IDEA de que el texto dramático se gesta en laberintos emocionales. Un texto dramático adquiere su total dimensión cuando actrices y actores encarnan a los personajes y se enfrentan al público. Los cinco sentidos interactúan para construir una visión, una idea, una emoción que trasciende de lo personal a lo universal. La idea inicial de lo que el autor quiere contar es apenas una bola de arcilla, a la que hay que moldear con el calor de las manos, con el agua de los ojos; y para darle el preciso movimiento, le presta el impulso de su corazón. La página en blanco se va llenado con los diálogos de los personajes nacidos de esa arcilla, empiezan a asomar las motivaciones, sus ambiciones, la visión de la vida, los temores, sus fortalezas. Las debilidades humanas conducen a lugares que para los personajeses preciso y necesario explorar. En ese viaje hay que ir tomando decisiones.Nada permanece impasible, hasta la piedra que nunca se mueve de lugar, el tiempo la cubre de lluvia, de sol o de nieve. Lo que realmente somos y lo que queremos mostrar a los demás es un espacio muy rico para la indagación dramática. Cuando los personajes al fin se independizan del autor, surgen los enfrentamientos: consigo mismo o con los demás; a la vez interactúan con el mundo por dónde caminan. La vida ya no será la misma. Se imponen las pasiones humanas, coexisten poderosas sin límiteen un caos que la civilización quiere ordenar, marcando las fronteras del bien y del mal, lo correcto y lo condenable. Por lo general, se siente un gran placer dramático cuando uno se adentra en el bosque prohibido y las contradicciones que habitan en nuestro ser nos muestran lo grande que es la recompensa a la que aspiramos, y a la vez, lo indefensos que estamos ante la muerte.


El argumento de la vida como el argumento de la obra transita en la incertidumbre, ante nosotros hay un gran vacío que tratamos de ir llenando con pensamientos y acciones. El placer dramático se nos presenta en este comienzo de siglo con gran actividad de planteamientos. El ser humano en muy poco espacio de tiempo ha vivido situaciones extremas, se ha tenido que enfrentar en conflictos terribles; apenas ha tenido tiempo de adaptación. En nuestras ciudades el teatro vive no por vanidad, sino por deseo. Miramos el mundo desde el mundo porque más que nunca necesitamos hablar, expresar con valentía aquello que oprime el corazón. La mirada va dirigida a la comprensión o a descubrir la verdadera proporción de nuestra existencia. El teatro no puede ofrecernos más generosidad. El teatro, hasta ahora, era algo lejano sobre un escenario. En las ciudades surgen las salas alternativas, un público está casi tocando lo que ocurre en escena, olemos y oímos con naturalidad; no existe obstáculo entre los actores y el espectador, permanecemos apenas a un metro de distancia; de tal manera que conmover y devorar las emociones se hace más apetecible. Quizá llegar a la posesión del placer sea un hermoso horizonte, al menos tentador, para dejarse sucumbir por el loco amor; ese que mira con valentía todo lo que la vida puede concedernos en un minuto o en diez años y arrebatárnoslo en un segundo. Qué la punta de lanza de este teatro nos atraviese el corazón, esa será la suerte para embriagar a la razón con tantas pasiones,que podamos exclamar: vivir no fue en vano. Con los mismos hilos que se tejió el horizonte de la vida, se tejió el telón del teatro; lo que tras él ocurre,lo dispuso el hombre; las calamidades y la fortuna es voluntad de destino. No fue justa la vida y no lo será la muertey en el intervalo de ambas está la trama. ¡Ah, cómicos no seáis prudentes!, vuestras penas y alegrías alimentan nuestra locura. En la verdad de este engaño está el auténtico placer. El teatro no podrá morir nunca porque supo suplantar a la muerte y adornar su propia tumba con flores que bebieron la sangre de los dioses, los que los hombres soñaron.

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Palabras desde Velintonia

por ASUNCIÓN GARCÍA IGLESIAS

Yo conozco un jardín donde es, callado, el amor. Javier Lostalé

LLUEVE SOBRE VELINTONIA. Sobre el ancho tejado maltratado por el tiempo, sobre el umbrío jardín invadido de maleza, sobre el solemne cedro del Líbano que en su día plantara Vicente Aleixandre tras su regreso al hogar, una vez terminada la guerra. La lluvia ha silenciado a los pájaros que allí habitan libremente, testigos de su decadente soledad. Contemplo esta lluvia de abril, enérgica y reconfortante, y pienso en otras lluvias, las lentas y melancólicas lluvias de otoño o las amenazantes y ensombrecidas del invierno, que tantas veces contemplara el poeta desde la ventana de su cuarto mientras, sobre la cama deshecha, se demorarían algunos versos sin forma definida, «esperando la mano de nieve…». Ahora, las palabras se refugian entre los muros desconchados y a veces, en los días de sol, buscan escapatoria a través de las ventanas. Hay tantas escondidas aún, tantas, aún sin pronunciar… Suena el timbre de Velintonia en la tarde apenas estrenada. Se oye la voz de Conchita, despiertan otras voces las estancias adormecidas. «Es Miguel», o «es Dámaso», o «es Federico», y un rumor de pasos que se acercan hasta el umbral donde el poeta acoge con cálida ternura al visitante, al amigo, incluso al desconocido. Tarde tras tarde, día tras día, llenando cada rincón de presencias y significado, arrancándole a la intimidad del hogar un momento de dicha, de charla sólo interrumpida por el paso de las horas. «Te acompaño a la puerta, José Luis.» Quizás es la última vez y no lo saben. Paseo por las habitaciones vacías. Al cruzar la sala de estar, nos habría recibido el imponente retrato de John Ulbricht, la mirada azul de Vicente posada sobre el recién llegado. Regia cabeza del poeta, grandes ojos abiertos a la luz en su más serena madurez. En este silencio evocador, parece escucharse el sonido del reloj de pared que, como un latido, llenaba de horas el espacio y acompañaba día y noche con su cadencia.


* José Luis Cano: Los cuadernos de Velintonia, Algeciras, Fundación Municipal de Cultura José Luis Cano, 2002, p. 21.

La chimenea de la sala, antes amable protagonista en los fríos inviernos, permanece olvidada en un melancólico letargo. Más allá, el gabinete «[…] donde recibe Vicente, con muchos libros y algunos cuadros —entre ellos una preciosa acuarela de Eduardo Vicente—»* y, al fondo, la biblioteca principal, testigo de lecturas y momentos de evasión y calma en la que, hasta hace poco, todavía podían apreciarse las marcas oscuras de los estantes de las librerías. La vieja cocina de color blanco aún conserva algunos muebles. Cerca se encuentra el luminoso dormitorio azul celeste de la hermana. Un calendario colgado en la pared señala el último año de Conchita Aleixandre como un último soplo de vida. Los restos del naufragio, el recuerdo doméstico y sencillo de nuestro breve paso por el mundo. Ahora el aliento se detiene, entramos despacio, amortiguando nuestras pisadas como si temieran despertar al durmiente o molestarle en el restablecimiento de sus viejas dolencias. En la sobria alcoba del poeta, lugar de creación y entrega, destaca el enorme ventanal que enmarca el paisaje decorado por la copa del cedro. A su lado, el humilde lavabo sobre el que permanece una pastilla de jabón gastada y endurecida a modo de recuerdo indeleble. Entrar en este cuarto tiene algo de liturgia. Deslizamos las yemas de los dedos por las blancas paredes, como temiendo herirlas. Intentamos recrear la cama, la mesilla, incluso la presencia supina, y en la mano la pluma que vuela sobre el papel. O los paseos hasta la ventana, el detenido pensamiento que contempla el transcurso de las estaciones a través de los cristales. Sobrecoge el corazón penetrar en la más íntima soledad de Aleixandre, en el refugio de sus secretos más ocultos, y la emoción se transforma en esperanza porque aún hoy podemos estar aquí, porque este lugar sigue resistiendo todas las inclemencias, todavía se mantiene en pie y espera… Mucho ha pasado desde que las puertas de Velintonia se cerraran en 1986, tras el fallecimiento de Conchita Aleixandre, que apenas pudo soportar la ausencia de su hermano. Desde entonces, Velintonia aguarda obstinada una palabra que la salve definitivamente de la destrucción y el olvido. A modo de conjura, desde hace ya años, en alguna tarde de junio, la casa vacía se ilumina y se llena de música y poesía. Mientras cae la noche, un grupo cada vez más numeroso de poetas, artistas, escritores y amigos, se reúnen alrededor del cedro, convocados por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, para dar continuación al ciclo Los poetas vuelven a Velintonia. En la última velada, García Lorca regresó de nuevo, evocado en sus poemas y en las palabras que le dedicara su incondicional amigo a lo largo de toda su vida. Durante unas horas, el lugar adquiere un nuevo significado y se escuchan las voces que, indignadas, reclaman su salvación. Porque aquí, en este viejo chalet malherido, en el dormitorio, el salón y la biblioteca, en el jardín o en el porche, las palabras se convirtieron en versos, los versos en poemas y los poemas en libros que glorificaron nuestra lengua y traspasaron fronteras. Cuando el acto concluya, tras el último aplauso emocionado, se vaciará lentamente la casa, se adormecerá de nuevo el jardín en la noche cerrada, volverá a quedarse sola. Y el tiempo, implacable, seguirá pasando mientras la lluvia cae sobre Velintonia.

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fuego amigo

LIBROS RECIBIDOS

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Arquitectura o sueño, de Rubén Martín Díaz por JAVIER LOSTALÉ Rubén Martín Díaz Arquitectura o sueño Sevilla, La isla de Siltolá, 2015

MÁXIMA PERTENENCIA HAY LIBROS QUE NOS IMBRICAN tanto a su escritura que hablar de ellos es una forma de amputarlos, de expresar con torpeza lo que ellos despiertan dentro de nosotros. Uno de esos libros es el poemario en prosa Arquitectura o sueño, de Rubén Martín Díaz, que ha publicado la editorial sevillana La Isla de Siltolá. Su título ya nos instala dentro de una dimensión espacial y temporal entrañada en la otra arquitectura, la del sueño, que no borra las formas de lo existente, sino que las ilumina hasta su último sentido; iluminación procedente de la consciencia de la unidad de todo, de ser en máxima pertenencia a la naturaleza, al arte, a la lectura, a un tiempo y un espacio fusionados por lo que la mirada emana y abre en el fecundador acto de la contemplación. Así, en su texto “Universo” nos dice: Un grano de arena no es solo un grano de arena, es el viento que lo arrastra, el lugar donde se posa, el ojo que lo ve correr. Pero, además, es también los siglos que lo integran, el hecho que lo fue formando, la idea de su inicio, el pasado que es presente y el futuro progresivo. Un grano de arena es en sí mismo un universo, y en ese piélago se intuyen infinitas las configuraciones. Esta aspiración a la totalidad de la poesía de Rubén Martín tiene ya una clara manifestación en su anterior libro El mirador de piedra,


donde el primer plano lo ocupa la naturaleza, generadora de silencio y eternidad, pulso desnudo del ser umbilicalmente a ella unido. Ahora, en Arquitectura o sueño, sin que la naturaleza deje de estar presente, son el arte y la ciudad los que modulan la proyección del espíritu en una realidad siempre completa hasta en su mínima fragmentación. Dentro del arte cobra un especial relieve la pintura, artistas como Delacroix, Munch y Van Gogh; por tanto lo cobra la mirada, ya aludida, siempre desentrañadora de formas y colores hasta hacerlos correlatos de la propia vida del poeta, y la de todos los hombres. Integración que obedece al deseo de absoluto existente en el acto creador de Rubén Martín, del que es una buena muestra el fragmento que trascribimos del pasaje titulado “El grito de Munch”(…) Lo que vi al contemplar el cuadro por primera vez no fue el arte por el arte del autor, su destreza en el manejo de una disciplina, sino su propio fondo desmembrado sobre el lienzo, su verdad absoluta. Una obra maestra al servicio del hombre. Y en cuanto a la ciudad, no es solo escenario sino que constantemente crea biografía, por ejemplo en los amantes. Basta para sentirlo que leamos lo que escribe en el texto titulado“París”: (…) Y cómo vimos nacer estrellas del Sena aquella tarde de agosto, aquella intensa tarde que abriera nuevos horizontes en nosotros, igual que una de esas mariposas nocturnas de Demián –la novela de Hesse– que arrastrara un poco de luz entre sus alas, abriendo senderos nuevos en un bosque laberíntico, entre árboles abuhardillados, perfilando un puerto nuevo para mí, que no contiene final, siempre al fondo de tus ojos. La lectura de Arquitectura o sueño nos construye interiormente, como hace la verdadera poesía, mediante una simbiosis entre lo real y lo soñado, entre realidad y ficción. Su autor llega a preguntarse en el poema en prosa “Amanece”(…) Dónde acaba el sueño y da comienzo la arquitectura que obra el día y su lucidez? ¿Dónde el alma y el cuerpo, la razón y la palabra, lo ficticio y lo real? Para que exista el objeto material deberá también existir el vacío que lo niega. Fusión de los contrarios, lo llaman. Yo, por lo tanto, estoy adentro del sueño, que es afuera. Y, simplemente, sucedo. Esta fusión de contrarios, la tarea de armonizar el desorden, es también otro de los fundamentos de este libro con tanto panteísmo vital, en el que, gracias al poder de la poesía, los objetos nos respiran. Un libro hondo, transparente, luminoso, táctil; el cuarto de este poeta nacido en Albacete en 1980, tras Contemplación (Premio Nacional de Poesía Fundación Siglo FuturoCaja de Guadalajara. Vitrubio, 2009), El minuto interior (Premio Adonais y Premio Ojo Crítico de Radio Nacional. Rialp, 2010) y el citado Mirador de piedra (Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola. Visor,2012) Poemarios a los que añadimos otro, Fracturas, que acaba de publicarse en Nausicaa (Premio Internacional de Poesía Barcarola). En unos versos de este libro dice (…) Sin poema no hay nadie que confirme / la realidad de la que estamos hechos. / No somos. No existimos. Por lo tanto, /quien escribe al poeta es el poema. / Y nunca lo contrario. Profunda verdad, como la poesía de Rubén Martín Díaz.

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fuego amigo

LIBROS RECIBIDOS

lra_CUBIERTA_11_def_Maquetación 1 05/12/2016 15:17 Página 1

Juan Antonio Marín La noche y su perdón Madrid, CLUP, 2015

Miguel Losada Todas las estrellas solitarias Madrid, Vitruvio, 2015

Rubén Martín Díaz Arquitectura o sueño La isla de Siltolá, 2015

Francisco José Martínez Morán grand3 TerCeRa PHase Ediciones Evohé, 2015

Aitor Francos Las dimensiones del teatro La isla de Siltolá, 2015

Javier Lostalé El pulso de las nubes Valencia, Pre-Textos, 2015

LA REVISTA ÁUREA

L A R E V I S TA Á U R E A

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L A R E V I S TA Á U R E A

invier no 2017 Carlos Edumundo de Ory Ô Pedro Lastra Ô Javier Lostalé Ô Ángel Guinda Ô José María Carnero Ô Víctor Rodríguez Núñez Ô Ángel Petisme Ô Ángel Rodríguez Abad Ô Edel Morales Ô Teresa Agustín Ô Pilar Martín Gila Ô Rosana Acquaroni Ô René Letona Ô José Manuel García Gil Ô Juan Antonio Marín Ô Pilar Adón Ô Juan Carlos Reche Ô Rubén Martín Díaz Ô Verónica Aranda Ô Manuel Iris Ô Miranda Taibo Ô William Shakespeare Ô Carlos Clementson Ô Wallace Stevens Ô Marta S. Lana Ô Juris Kronbergs Ô José Luis Reina Palazón Ô Fernando Dias Antunes Ô Laura Pugno Ô Pedro Enríquez Ô Yutaka Hosono Ô Margarita Drago Ô Mercedes Roffé Ô Juana M. Ramos Ô Laura Ruiz Montes Ô Cindy Jiménez Vera Ô Mariana Vacs Ô Paul Valéry

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núm.

Carlos Edumundo de Ory Pedro Lastra Javier Lostalé Ángel Guinda José María Carnero Víctor Rodríguez Núñez Ángel Petisme Ángel Rodríguez Abad Edel Morales Teresa Agustín Pilar Martín Gila Rosana Acquaroni René Letona José Manuel García Gil Juan Antonio Marín Pilar Adón Juan Carlos Reche Rubén Martín Díaz Verónica Aranda Manuel Iris Miranda Taibo William Shakespeare Carlos Clementson Wallace Stevens Marta S. Lana Juris Kronbergs José Luis Reina Palazón Fernando Dias Antunes Laura Pugno Pedro Enríquez Yutaka Hosono Margarita Drago Mercedes Roffé Juana M. Ramos Laura Ruiz Montes Cindy Jiménez Vera Mariana Vacs Paul Valéry

La Revista Áurea, núm. 11, invierno 2017.


LIBROS RECIBIDOS

Entre dos oscuridades, un relámpago. En recuerdo de Vicente Aleixandre. Ed. de Alejandro Sanz Ediciones de la Revista Áurea, 2015

Jaime Alejandre El cumpleaños Madrid, Ediciones Evohé, 2015

José Ángel Cilleruelo Tapia con mirlo Ediciones de la Prensas Universitarias de Zaragoza, 2015

Verónica Aranda Épica de raíles Madrid, Devenir, 2016

Rafael-José Díaz Un sudario Ediciones de la Valencia, Pre-Textos, 2015

José Cereijo Los dones del otoño Valencia, Pre-Textos, 2016

Juan José Martín Ramos Légamo del amor y de los libros Ediciones Evohé, 2016

Marina Oroza Esto es real Madrid, Amargord, 2016

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falta personal

La poesía de Jesús Javier Lázaro Puebla* por JUAN JOSÉ MARTÍN RAMOS

* Texto de presentación de la lectura poética de Jesús Lázaro Puebla, en la Tertulia Arco Poético, que dirige la poeta Pepa Nieto.

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TRES LIBROS DE POEMAS Y TRES OBRAS DE TEATRO constituyen el recorrido editorial de una voz secreta, pero prestigiada –también públicamente como promotor teatral y cultural- desde que en 1991 saltó a la palestra impresa con Canción para una amazona dormida, que se alzó con el Premio Adonais de aquel año, magnífico pistoletazo de salida para una carrera literaria que se iniciaba. Voz secreta, a pesar de todo, como decíamos, en un destino compartido con muchos ilustres secretos de la generación de escritores nacidos en los sesenta, ramillete de un jardín abierto para pocos, verdadera generación perdida que hallará, sin duda alguna, su reconocimiento en el donoso escrutinio del que sólo el tiempo –verdadero antólogo– es capaz. Sin perjuicio de los nuevos frutos literarios que nos depare Jesús Javier Lázaro Puebla, que no publica poesía desde 2011 –la producción poética del autor abarca, por tanto, veinte años justos–, pero que me consta escribe profusamente, los tres libros hasta ahora aparecidos –el mencionado Canción para una amazona dormida (Rialp, 1991), Las puertas del tiempo (Vitruvio, 2005) y El verano de los flamencos (Polibea, 2011)–, forman un triángulo perfecto, más bien una pirámide perfecta, además con lo de mágico y simbólico que las pirámides entrañan, en torno a la Naturaleza, en uno de los tratamientos más hondos que ha dado la poesía actual, y que a mí me gusta contemplar como un jardín de las delicias moderno, en el que se nos hará transitar por su particular infierno, tierra y paraíso. Paradisíaca –Aleixandre y Lorca, también Claudio Rodríguez, se me antojan que respaldan su discurso poético—, a su manera, es la mirada que Lázaro Puebla despliega en Canción para una amazona dormida. Paradisíaca, pero no idílica pues el concepto inaugural desde el que se adopta esa América simbólica y esa Amazona dormida, figuras sobre las que se vertebra el libro, no revela otra cosa que la violencia magmática que precede a todo nacimiento.


Hacerse carne o ser a la luz no pueden concebirse sino como violencia que se le inflige a la nada. Así la amazona –por un lado, poesía en estado larvario antes de que el poeta ordene su alfabeto, pero también transposición de aquella joven parca valeriana que anhela su carnalidad– duerme, lo que significa que bajo su aparente quietud, igualmente fluye un torrente de movimiento que pugna por hacerse músculo, calor, vida. Así, la contemplación de un cosmos que no es más que caos y que sólo se ordena en la mirada, en la palabra. Nacimiento, asimismo, del poeta y de la conciencia poética, en virtud de los cuales […] espera un poema que pone rebeldía / en las bocas donde ser humano es ser errante, o en otro verso: La herencia del poeta es el amor o, en otro momento, El tiempo recibe la fuerza animal bebiendo del verso, o la conciencia de que, en definitiva, la función del poeta es vivir [para] fecundar la piedra o [vivir] es buscar el verso que siente escalofrío. Y fecundar la piedra es reconocer la naturaleza de arena del hombre, y es hacer derramar el cielo sobre su silencio para dotarle de voz y nombre, esto es, conciencia e identidad. La función de la poesía es crear al hombre, reconocer la flor enamorada que constituye su herida primigenia, para finalmente dejar saltar las estrellas al vacío / cuando arranque los versos al silencio, pues las estrellas no se pueden guardar como plumas, pues son la ira de todas las odiseas, / las lluvias que emergen de la cabeza, del poeta, apuntamos nosotros. Órfico es el sentido de Las puertas del tiempo. El poeta se lanza en pos de la muerte (Ahora puedo atravesar / el cuerpo oscuro de la noche) para buscar a la persona desaparecida. Al igual que en el poemario anterior, la muerte tampoco se configura como un universo silente y quieto. Todo lo contrario, dotada la muerte de una naturaleza vegetal y, por tanto, siempre en movimiento (lo que estaba helado contiene / la semilla de la flor), el poeta apela a los pulsos telúricos para ofrecer un sentido al silencio subjetivo que domina la conciencia del doliente. Y así como el poeta engendra la piedra para alumbrar el nacimiento en

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Canción para una amazona dormida, en Las puertas del tiempo, horada la tierra para, igualmente engendrarla, y con ello hacerla vida. ¿Cómo? Igualmente a través de la voz y el nombre. La palabra poética engendra otro mar, otro hombre, / otro dios, lo que es lo mismo que dar a la vida otro soplo inicial con nueva naturaleza, nueva humanidad, nueva fe. Nuevamente, el poeta se hace consciente de su herida y sabe del destino de sufrimiento de su palabra para repoblar los limos. Vivir es dormir en la desposesión de un dios y, por lo tanto, armarse de valor para dar al vacío barcos, alas, abandono, hechizos / y aquellos pastos de la noche. Pues la vida se llevó todas las palabras –expresa Lázaro Puebla, quizá erróneamente pues en realidad fue la muerte quien se las llevó–, hay que renombrar la vida para vivir, descubrir la nieve sin nombre en los labios, para por eso mismo, insuflarle nuevo nombre y nueva vida. Terrenal, por último, es el sentido de El verano de los flamencos, última entrega del poeta hasta el momento y que tuve el orgullo de publicar en la colección El Levitador, de Polibea (por aquel entonces, se conocía la colección con el nombre Los conjurados). Atravesado igualmente por la muerte, como muy bien señala Alberto Escarpa en su prólogo, la poesía abandona su vocación vegetal y térrea, para descubrir la vida y la muerte en los animales que pueblan la selva africana, en un pulso silente pero igualmente violento bajo un cielo protector, cargado de estrellas mudas e indiferentes. El destino de la vida se resolverá sin su sanción, sin el concurso de un cielo que Deja a la roca desamparada / ante los hielos nocturnos / y esto nos emociona más que la propia vida, reconoce el poeta. Vuelto a la tierra, después de su viaje órfico de 2005, el poeta [ha] endurecido la piel, [ha] arrancado de los ojos / aquella eternidad volandera y azul / donde implor[ó] el frágil canto de la nieve / y no la amada floración de los pájaros. Formulados muchos de sus poemas en un tiempo pasado, El verano de los flamencos se plantea como un recuento del que deviene la evidencia de un recorrido y un aprendizaje –son frecuentes las alusiones a la infancia, quizá porque reconocemos en ella ese pulso inmotivado, astral, ignoto y, sobre todo, amoral e inocente que nutre también a las plantas, a los animales y a las piedras–, pero donde aflora (y vemos aquí que no podemos abandonar las menciones vegetales al hablar de la poesía de Lázaro Puebla) de manera más auténtica y se hacen más conscientes los temores ante el futuro y el legado del poeta hecho hombre: Mis hijos / hundirán en las nieves del Kilimanjaro / todos mis temores. // Piensa que estoy solo, tardaré mucho tiempo. / Quizá no pueda ver su rostro de felicidad (…). Hoy presentamos, pues, el recuento poético de Jesús Javier Lázaro Puebla. Somos, a través de su poesía, herederos del pulso y la sangre, del grito contenido y la palabra, del silencio y la memoria que encierran sus versos. De Lázaro Puebla somos más conscientes que de cualquier otro poeta del relato de un vivir, tanto en lo que se refiere a su fisicidad como a su componente existencial. Hoy, también, a través de los poemas inéditos que nos brinde de su producción actual, sabremos qué otras facetas de este poeta consciente de su humanidad esencial y definitiva, pero haciéndose, en movimiento continuo, nos tiene reservadas.

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Sobre El librero, de Roald Dahl por AITOR FRANCOS

CON UN COMIENZO a lo Dickens («Hace tiempo, si uno se dirigía a Charing Cross Road desde Trafalgar Square, en cuestión de minutos se encontraba con una librería situada a mano derecha y sobre cuyo escaparate un cartel anunciaba: “WILLIAM BUGGAGE. LIBROS RAROS”») Roald Dahl, publicó en 1987 El librero, una alegoría en la que denunciaba una sociedad que desprecia la cultura y da un sentido primordial al dinero. Nórdica lo recupera ahora, poco después de haber sacado otro relato corto, La cata, cerca del centenario del nacimiento del escritor galés, ambos en ediciones bellamente ilustradas por Federico Delicado. Dahl es feroz e irreverente, por eso ha sido muchas veces catalogado de incorrecto; y por eso sus narraciones tienen una

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Hace tiempo, si uno se dirigía a Charing Cross Road desde Trafalgar Square, en cuestión de minutos se encontraba con una librería situada a mano derecha y sobre cuyo escaparate un cartel anunciaba: “WILLIAM BUGGAGE. LIBROS RAROS

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fuerza impresionante. De hecho, el libro no está dirigido al público infantil; de hecho, salió originalmente en la revista Playboy. En El librero el regidor de una librería, el desagradable y caricaturesco William Buggage, un verdadero antihéroe, y su ayudante —y amante—, la señorita Tottle, aprovechan el negocio de los libros para un fructífero fin lucrativo. Una historia donde las apariencias engañan y en la que Dahl cuestiona la falsedad en un relato veloz y de fácil lectura. Los atributos de Buggage son la picaresca y la aspiración a mejorar su condición social, pero sobre el uso de la astucia y la ilegitimidad, estafando y traspasando todas las normas y convenciones éticas. Hasta el punto de que también vive al margen de los códigos y la honra propia de las clases altas a las que aspira pertenecer. Buggage y la señorita Tottle leen cada día los obituarios del periódico; su propósito, descubrir a empresarios u hombres adinerados que haya muerto en fechas recientes. El objetivo, escribir cartas a las viudas, que están supuestamente en un momento de debilidad, reclamando cantidades abusivas de dinero por falsos pedidos que sus esposos jamás hicieron de libros eróticos o pornográficos (o simplemente controvertidos y escandalosos);un negocio ingenioso, la verdad, aún a costa de deshonrar a los muertos a cambio de un miserable beneficio. Los libros de Roald Dahl, de sobra conocido en la literatura infantil, género en el cual está considerado uno de los maestros del siglo XX —ahí queda los ejemplos, Charlie y la fábrica de chocolate o Los Gremlins—, son una invitación a la crítica, y su universo lo conforman personajes arquetípicos, casi siempre imperfectos, aunque, eso sí, atrevidos; otros, como en el caso de Buggage, bien definido por su falta de moral, son seres despreciables o malvados. La perversidad de sus personajes surge de una actividad anodina, como cualquiera que pueda hacerse en una trastienda como esa en la que trabajan. La desaforada avaricia aflora en los personajes una mezquindad que gobierna sus vidas desde lo más íntimo y que descubre en sus vulgares existencias el regocijo de la codicia sin medida. Dahl lo narra sin enjuiciarles, distante y corrosivo, sin atender a sentimentalismos y de la forma más directa, con su habitual sentido negro del humor. Dahl, como Dickens, comparte la capacidad de definir tramas y personajes típicos, pero al mismo tiempo los envuelve en un halo de transgresión y caricatura que los hace únicos, con un retorcimiento absolutamente suyo e inimitable.


cameo

A José Luis García Martín Habitas, feliz, el mundo de los libros, el único lugar donde echaste raíces. Ahora ofreces tu sombra a las criaturas del bosque y los pájaros vienen a posarse en tus ramas. ¡Qué hermoso destino ser naturaleza y alimentar con tu savia a las generaciones! MARÍA TAIBO

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enquêtes

Estamos heridos de un espíritu finisecular. Enrique Gómez Carrillo promovió en 1907 la encuesta “¿Qué es el Modernismo?” Las encuestas del Modernismo, la de Madrid Cómico, la de El Nuevo Mercurio, la de Mercurio de Francia pulsaban la opinión de los literatos sobre su quehacer, sobre sus querellas, sobre el estado de las letras, que aportaban la oportuna pólvora de la guerra literaria.

¿Ya no hay guerras literarias? ¿Qué opinan nuestros literatos? Proponemos dos cuestiones simultáneas a las que responder. Estaremos encantados de publicar las respuestas recibidas en nuestra redacción*:

1. ¿Quién cree ud. que debe ser el próximo Premio Nobel en español? 2. ¿Cuáles, a su juicio, serían en poesía las seis propuestas para este milenio? *milnovecientosdieciseis@gmail.com


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CARLOS AGUASACO (Bogotá, 1975) vive y escribe en Nueva York desde 1999. Es profesor asociado de Estudios Culturales Latinoamericanos en The City University of New York. En 2010 recibió el premio India Catalina dentro del Festival Internacional de cine de Cartagena de Indias. Dirige y organiza, junto a Yrene Santos y Carlos Velásquez, The Americas Poetry Festival of New York (poetryny.com). Ha publicado los libros de poemas: Conversando con el Ángel (2003), Nocturnos del Caminante (2010), Antología de poetas hermafroditas (2014), Poemas del metro de Nueva York (2014) & el libro objeto Diente de plomo (2016). Es autor de la novela corta El viejo y el man (2014) y del libro de estudios culturales: ¡No contaban con mi astucia! México: parodia, nación y sujeto en la serie de El Chapulín Colorado (2014).

el tiempo EDITORIAL POLIBEA la parte negra de nuestro hocico el grifo atascado las relaciones que hacemos con paisajes de basura

Piedra del Guadalquivir

CARLOS AGUASACO

6 JORGE POSADA

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Depresión tropical

cubierta_CARLOS AGUASACO_FERROS_Maquetación 1 18/04/2017 8:56 Página 1

JORGE POSADA (México, 1980). Autor de Habitar un país es llenar de tierra una piscina (Liliputienses, España, 2016) que reúne sus primeros libros: Costa sin mar (UAM, México, 2012), Adiós a Croacia (Zindo&Gafuri, Argentina, 2012), La belleza son los aeropuertos vacíos (Liliputienses, España, 2013), Vallas de publicidad (El humo, México, 2015) y Desglace (Aguadulce, Puerto Rico, 2016).

CARLOS AGUASACO

Si un día, en la esquina de tu calle, te alcanza la muerte como una bala perdida; si la muerte te atrapa por la espalda y te besa en la nuca con su diente de plomo; si la muerte te susurra que te ama y te pide yacer a su lado en medio de la acera, ¿pensarías en José de Espronceda?, ¿dirías que ese es su lugar y no el tuyo? Morir así entre el fuego cruzado del Narco y los Federales, morir así de gratis sin llegar a tu casa con el pan de la mañana, morir así como antes morían otros en tierras lejanas, morir así como una flor aplastada por un tanque de guerra —piensas—, no es justo. No es justo —repites— y sigues caminando. Piedra del Guadalquivir

Nos vemos en 2018

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cubierta_JORGE POSADA_azul oscuro_def_Maquetación 1 01/03/2017 9:36 Página 1

4 EDITORIAL POLIBEA

Depresión tropical JORGE POSADA

Toda la noche se oyeron . . .

Toda la noche se oyeron . . .

POESÍA LATINOAMERICANA DE AHORA

POESÍA LATINOAMERICANA DE AHORA

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Aka Maraqu. (stockvault.com)

Y mientras os sirven el café, podéis leer los libros que vamos sacando en 2017


1916. REVISTA DE LITERATURA  
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