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Lao Tzu

TAO

TE CHING

edici贸n de

Javier Cruz traducci贸n de

Juan Fern谩ndez Oviedo

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Cruz, Javier Lao Tzu, Tao Te Ching / Javier Cruz ; dirigido por Marcelo Caballero ; edición literaria a cargo de: Mónica Piacentini - 1a ed. Buenos Aires : Pluma y Papel, 2008. 256 p. : il. ; 23x15 cm. Traducido por: Juan Fernández Oviedo ISBN 978-987-1021-95-6 1. Superación Personal. 2. Taoísmo. I. Marcelo Caballero, dir. II. Mónica Piacentini, ed. lit. III. Juan Fernández Oviedo, trad. IV. Título CDD 158.1

Diseño tapa: Pensarte Diseño de colección: Pensarte © Javier Cruz, 2008 © de esta edición: Pluma y Papel de Goldfinger S.A., 2008 Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires Argentina Tel/Fax: (54-11) 4773-3228 e-mail: info@plumaypapel.com www.delnuevoextremo.com Director Editorial: Marcelo Caballero Coordinador de Edición: Mónica Piacentini ISBN: 978-987-1021-95-6 Primera edición: marzo 2008 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Hecho el depósito que marca la ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina

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Ín­di­ce

Sobre esta colección . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . XIII Pre­fa­cio El pro­yec­to: Tao co­mo de­sa­fío vi­ven­cial . . . . . . . . . . . . XVII Tao Te Ching El li­bro de Tao: Cons­tru­yen­do la pro­pia vi­da . . . . . . . Ca­pítu­lo I. La vi­da co­mo pro­yec­to en cur­so . . . . . . Ca­pítu­lo II. La uni­dad del ci­clo vi­tal . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo III. De có­mo go­ber­nar­se a sí mis­mo . . . . . Ca­pí­tu­lo IV. Vaciar para llenar . . . . . . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo V. La transformación propia . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo VI. En torno a nuestra naturaleza . . . . . . . Ca­pí­tu­lo VII. Del conocer al pensar . . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo VIII. Fluir en el presente . . . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo IX. Moverse por los extremos . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo X. Abrazar la vida a través del amor . . . . . . Ca­pí­tu­lo XI. Pensar en forma creativa . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo XII. Sensibilidad y transformación interior . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo XIII. Pensar sobre el miedo . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo XIV. Gobernar la propia existencia . . . . . . Ca­pí­tu­lo XV. Características del individuo . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo XVI. Volver a la raíz . . . . . . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo XVII. Compromiso activo . . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo XVIII. Elegir nuestra vida . . . . . . . . . . . . . Ca­pí­tu­lo XIX. Actuar a través de la libertad . . . . . . .

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Ca­pí­tu­lo XX. Tránsito de la persona al individuo . . . 79 Ca­pí­tu­lo XXI. Tender al vacío . . . . . . . . . . . . . . . . . 83 Ca­pí­tu­lo XXII. Crecer a través de la humildad . . . . . 85 Ca­pí­tu­lo XXIII. Conservar el equilibrio . . . . . . . . . . 89 Ca­pí­tu­lo XXIV. Se trata de “ser” y no de “parecer” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91 Ca­pí­tu­lo XXV. Superarse trascendiendo . . . . . . . . . . 95 Ca­pí­tu­lo XXVI. Elogio de la acción . . . . . . . . . . . . . 99 Ca­pí­tu­lo XXVII. El individuo y su mundo . . . . . . . 101 Ca­pí­tu­lo XXVIII. Retorno a lo primordial . . . . . . . . 105 Ca­pí­tu­lo XXIX. Aceptar al otro tal cual es . . . . . . . . 109 Ca­pí­tu­lo XXX. Enfrentar la violencia . . . . . . . . . . . 113 Ca­pí­tu­lo XXXI. Más sobre la violencia . . . . . . . . . . . 117 Ca­pí­tu­lo XXXII. Más allá del mero conocer . . . . . . . 119 Ca­pí­tu­lo XXXIII. Preservar el ritmo vital . . . . . . . . . 121 Ca­pí­tu­lo XXXIV. Sobre la ostentación . . . . . . . . . . . 123 Ca­pí­tu­lo XXXV. Dejar de ser espectadores . . . . . . . . 125 Ca­pí­tu­lo XXXVI. La sabiduría sutil . . . . . . . . . . . . . 127 Ca­pí­tu­lo XXXVII. Cambio yo, cambia el mundo . . 129 El li­bro de Te: Vi­vien­do la (pro­pia) vi­da . . . . . . . . . . . . 133 Ca­pí­tu­lo XXX­VIII. El “ri­tual” co­ti­dia­no . . . . . . . . . 135 Ca­pí­tu­lo XX­XIX. Cre­cer des­de la raíz . . . . . . . . . . . 137 Ca­pí­tu­lo XL. El retorno al origen . . . . . . . . . . . . . . . 139 Ca­pí­tu­lo XLI. La decisión más arriesgada . . . . . . . . . 141 Ca­pí­tu­lo XLII. Los enemigos de la vida . . . . . . . . . . 143 Ca­pí­tu­lo XLIII. Unidos por el silencio . . . . . . . . . . . 145 Ca­pí­tu­lo XLIV. Evitar el apego . . . . . . . . . . . . . . . . . 149 Ca­pí­tu­lo XLV. El libro de la vida . . . . . . . . . . . . . . . 151 Ca­pí­tu­lo XLVI. Moderar los deseos . . . . . . . . . . . . . 153 Ca­pí­tu­lo XLVII. Más allá del conocimiento . . . . . . . 155 Ca­pí­tu­lo XLVIII. Sabiduría no es erudicción . . . . . . 157 Ca­pí­tu­lo XLIX. Ser fiel a sí mismo . . . . . . . . . . . . . . 159 Ca­pí­tu­lo L. Cuándo la muerte se vuelve un problema . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 161 Ca­pí­tu­lo LI. El temor a la vida . . . . . . . . . . . . . . . . . 165 Ca­pí­tu­lo LII. El eterno retorno . . . . . . . . . . . . . . . . 167 Ca­pí­tu­lo LIII. Los falsos caminos . . . . . . . . . . . . . . . 169 Ca­pí­tu­lo LIV. Depender de uno mismo . . . . . . . . . . 171 Ca­pí­tu­lo LV. Re-construyendo al niño . . . . . . . . . . . 175

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Ca­pí­tu­lo LVI. Interpretando el silencio . . . . . . . . . . 179 Ca­pí­tu­lo LVII. Pedagogía de la libertad . . . . . . . . . . 181 Ca­pí­tu­lo LVIII. La sociabilidad originaria . . . . . . . . 183 Ca­pí­tu­lo LIX. Mantenerse en el Tao . . . . . . . . . . . . . 185 Ca­pí­tu­lo LX. Fomentar la igualdad . . . . . . . . . . . . . 187 Ca­pí­tu­lo LXI. La acción de Tao . . . . . . . . . . . . . . . . 189 Ca­pí­tu­lo LXII. Errar es estar vivo . . . . . . . . . . . . . . . 191 Ca­pí­tu­lo LXIII. Dedicación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 193 Ca­pí­tu­lo LXIV. Valorar cada momento . . . . . . . . . . 195 Ca­pí­tu­lo LXV. Permitirnos la novedad . . . . . . . . . . . 197 Ca­pí­tu­lo LXVI. Siendo sencillo e inocente . . . . . . . . 199 Ca­pí­tu­lo LXVII. Los tres tesoros . . . . . . . . . . . . . . . 201 Ca­pí­tu­lo LXVIII. El enemigo no existe . . . . . . . . . . 205 Ca­pí­tu­lo LXIX. El problema de los falsos prejuicios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 207 Ca­pí­tu­lo LXX. Una clave para comprender . . . . . . . 209 Ca­pí­tu­lo LXXI. La enfermedad del conocimiento . . 211 Ca­pí­tu­lo LXXII. Las estrategias del poder . . . . . . . . 213 Ca­pí­tu­lo LXXIII. Libertad de acción . . . . . . . . . . . . 215 Ca­pí­tu­lo LXXIV. La muerte como camino . . . . . . . . 217 Ca­pí­tu­lo LXXV. Des-vivirse por la vida . . . . . . . . . . 219 Ca­pí­tu­lo LXXVI. La polaridad viviente . . . . . . . . . . 221 Ca­pí­tu­lo LXXVII. Acompañar el ritmo natural . . . . 223 Ca­pí­tu­lo LXXVIII. La fuerza sutil . . . . . . . . . . . . . . 227 Ca­pí­tu­lo LXXIX. Sobre el odio y el rencor . . . . . . . . 229 Ca­pí­tu­lo LXXX. Practicar la simplicidad . . . . . . . . . 231 Ca­pí­tu­lo LXXXI. Mostrar lo esencial . . . . . . . . . . . . 235 Pos­fa­cio Apro­xi­ma­ción teó­ri­ca al taoís­mo de Lao Tzu . . . . . . . 237

Apén­di­ces I: Bi­blio­gra­fía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 253 II: Al­gu­nos tér­mi­nos chi­nos uti­li­za­dos . . . . . . . . . . . . 255

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sobre esta colección

Descubriendo lo práctico de la sabiduría El hombre se escribe a sí mismo, su libro es un compromiso con el otro. Edmond Jabes

Es cierto que un descubrimiento puede ser algo fortuito, es decir, podemos hacer un descubrimiento por casualidad. Este hallazgo, en forma de descubrimiento, irrumpe y nos sorprende: estamos mirando un paisaje y por casualidad descubrimos un camino que nos lleva hacia un lago que desconocíamos; buscando un objeto perdido, descubrimos que otro -que tenemos a mano- puede adaptarse para lograr la misma función que el primero... Esta es una forma de interpretar el descubrimiento: como sorpresa, como hallazgo inesperado. Pero podemos pensar en otra forma de considerar el descubrimiento. En el contexto de esta colección, cuando hablo de “descubrir” me refiero a un acto distinto. Me gustaría pensar que cuando des-cubro algo, lo develo. Develar es quitar un velo que cubre una cosa y me impide verla desde otra perspectiva. De esta forma, el descubrimiento sigue siendo una actividad, pero ahora también me implica como hacedor, como intérprete. Un ejemplo de esto: puedo utilizar una roca como pisa papeles, pero también me es posible interpretarla como arma o como un instrumento para generar fuego. Cada una de estas lecturas devela nuevos usos para la roca, le quitan un velo que mantenía latente una función posible de ser aprovechada y llevada a la práctica.

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Ahora bien, en el caso de un texto el velo tiene forma de una interpretación estandarizada, una forma de exponerlo que conocemos y aceptamos sin cuestionar, una interpretación que cierra en vez de abrir un espacio de pensamiento. Esa clausura y apertura interpretativa señala claramente dos estrategias opuestas de lectura. Podemos decir que el primer tipo se manifiesta a si misma como una lectura acabada, que no hace más que relegar al lector al lugar de mero espectador (éste sólo se limita a recibir un producto terminado, sin participar en ninguna construcción propia). La segunda invita al lector a buscar una interpretación, abre un juego donde el interprete se vuelve cómplice y -al mismo tiempo- artífice del texto. Las traducciones y/o interpretaciones que se presentan en esta colección intentan ser lecturas libres y abiertas de textos clásicos. En todos los casos, se buscará develar un sentido que nos permita acercar el saber milenario a la dinámica (práctica) de nuestra vida cotidiana. Para ligar estos polos tan lejanos realizaremos un ejercicio creativo que nos descubra perspectivas distintas sobre los textos y nuestras experiencias. Como ya he sugerido, este trabajo tendrá éxito si es completado y llevado a la practica por el lector en su rol de artífice interpretativo. Lo curioso de enfrentarse (ponerse cara a cara) con un texto, es que no podemos evitar interpretarlo. Los textos que se presentarán en esta colección, tienen sólo un objetivo: abrir el diálogo con el lector, invitarlo a plantear preguntas, promover en él un pensamiento creativo que lo transporte hacia nuevos horizontes de experiencia. Ellos despliegan (no encierran), una pluralidad de sentidos, estos conceptos son los que constituyen su riqueza. Como si se tratara de diamantes, poseen miles de caras que reflejan un abanico de posibles visiones sobre nuestra vida. El conjunto de estas visiones es sabiduría, que a lo largo de los siglos se ha ido acumulando a través de las reflexiones sobre estos escritos.

Al develar el texto, lo interpreto y al interpretarlo... lo construyo.

Pienso que el saber que despliegan estas obras escritos solo se vuelve sabiduría cuando se convierte en experiencia, es decir, cuando se llevan a la práctica. La sabiduría es esencialmente práctica y esta práctica, a su vez, se vuelve transformadora de nuestra experiencia vital.

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En esta era de información, sobran eruditos e individuos de gran conocimiento, pero faltan sabios. Por eso, no alcanza con leer y reflexionar, es necesario llevar estas enseñanzas al plano cotidiano para vivirlas y compartirlas. Sólo de esta forma, podremos saborear el manjar que nos ofrecen estos maravillosos textos.

Sabiduría y compromiso Uno de las características del sabio es su compromiso con los que no han alcanzado (aun) la sabiduría. Dicho compromiso, establece un vínculo con el otro, que se convierte entonces en discípulo. Este supremo compromiso del sabio es el de compartir. Pues sólo cuando el sabio comparte, existe un discípulo y existe entonces un maestro. Si ningún sabio compartiera su sabiduría no existiría nadie para reconocerlo como tal. Sólo existen sabios cuando la sabiduría es compartida. Es más, podríamos decir que sin el acto de compartir, no existe sabiduría. Una persona sola no puede ser sabia, debe descender y compartir con otros aquello que ha develado. La sabiduría es un encuentro entre alguien que busca y alguien que amablemente accede a compartir lo que ha encontrado. Se trata, claro esta, de algo compartido. Y este acto de compartir es un acto de amor. Sería maravilloso y provechoso que todos compartiéramos lo que sabemos y buscáramos con dedicación lo que ignoramos. Pienso que todos somos discípulos y también maestros, sin duda lo sabemos, pero nos falta dialogo e interés por lo que el otro tiene para decirnos.

Cara a cara con la sabiduría Cada libro surge como respuesta a una pregunta que el autor se ha planteado. Estos libros que presentamos, soportan un sin número de preguntas y respuestas. Es este acto de preguntar y preguntarnos desde la reflexión lo que nos permite actualizar la sabiduría contenida en una obra. Solemos leer un texto y quedarnos con una lectura que sentimos parcial o previamente acotada a un determinado ámbito. Debemos saber que la sabiduría es como un comodín, no puede ser limitada pues, por definición, es omniabarcadora, es metáfora viva, apertura permanente. Podemos tomar como ejemplo al primer libro de la Biblia: el génesis. La sabiduría de este texto bíblico es tan grande que

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seguimos interpretando y preguntando por él. Cada vez que lo leemos nos encontramos con más cuestiones y también con más respuestas. A continuación presentamos una serie de obras conceptuales que se han enriqueciendo con el devenir del tiempo, nuestro desafío es continuar interpretándolas para encontrar y contemplar entre líneas esos destellos de sabiduría. Esta será una lectura de muchas posibles, pero intenta ser aquella que nos acerque al aspecto más existencial del texto. Para el lenguaje de la fotografía, “velarse” significa borrarse. Esa fue la suerte de estos textos, muchos han desaparecido simplemente por que no se revelaban como prácticos, útiles o aplicables. Al no revelarse, quedaban velados. Hoy nos animamos a retomarlos para interpretarlos y hacer uso de nuestra libertad de leer; también nos permitimos escuchar y opinar sobre lo que otros han pensado sobre ellos. Es así como intentamos aportar algo a este diálogo interminable con la sabiduría... Ja­vier Cruz ja­vier­cruz­@pen­sar­te­.com Bue­nos Ai­res, febrero de 2008

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Prefacio

El pro­yec­to: Tao co­mo de­sa­fío vi­ven­cial “Lao Tzu es un por­ta­voz de la vi­da, sim­ple­men­te la re­fle­ja.” Os­ho

So­la­men­te con ojear es­ta pe­que­ña obra mi­le­na­ria, po­dre­mos co­men­zar a ob­ser­var nues­tra vi­da con una vi­sión re­no­va­da. Leer es­te li­bro con de­te­ni­mien­to im­pli­ca­rá ya un ries­go: el de te­ner que re­for­mu­lar y qui­zá cam­biar to­tal­men­te nues­tra ma­ne­ra de pen­sar y de re­la­cio­ nar­nos con no­so­tros y con nues­tro en­tor­no. Se­gu­ra­men­te es un de­sa­fío que po­cos em­pren­de­rán y que aun me­nos can­ti­dad lle­va­rá a ca­bo. Sa­be­mos es­to, pe­ro tam­bién cree­mos que esa si­tua­ción de­be re­ver­tir­se. Es­ta obra me­re­ce lle­gar a más gen­te pa­ra que pue­da con­ta­giar tam­bién en ellos el gus­to por la sa­bi­du­ría, la li­ber­tad y el en­tu­sias­mo de vi­vir. Lue­go de ha­ber ojea­do y leí­do el Tao Te Ching que­da so­lo una co­sa: des­pren­der­se de él. Su au­tor, Lao Tzu, nun­ca se pro­pu­so es­cri­bir­lo ya que lo vi­vía a dia­rio. Lao Tzu pre­di­ca­ba con su ac­ción, no con sus pa­la­bras ¿qué ne­ce­si­dad te­nía de es­cri­bir?

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Ocu­rrió un día que al­guien le pi­dió al gran maes­tro que re­dac­ ta­ra una sín­te­sis de su doc­tri­na pa­ra las ge­ne­ra­cio­nes fu­tu­ras, él ac­ce­dió y dic­tó el Tao Te Ching a un dis­cí­pu­lo que lue­go se ocu­pó de trans­mi­tir las en­se­ñan­zas. Dic­ta­da su obra e im­par­ ti­do el men­sa­je, par­tió ha­cia el bos­que y nun­ca más se su­po na­da de él. El Tao Te Ching di­ce “el hom­bre sa­bio no se que­da en la obra cum­pli­da”.

La idea de es­ta pe­que­ña his­to­ria es cla­ra: el es­cri­to es só­lo un pun­to de par­ti­da, es­te pe­que­ño li­bro es nada más que una mu­le­ta, un apo­yo pa­ra ca­mi­nar que de­be ser de­ja­do de la­do cuan­do el ca­mi­nar se rea­li­ce en for­ma flui­da. Una vez ojea­da y leí­da la obra no de­be­mos que­dar­nos en ella, de­be­mos sa­lir a vi­vir­la ple­na­men­te. Es­te es el men­sa­je que Lao Tzu nos de­ja con su obra y con su vi­da. El Tao Te Ching es una obra atem­po­ral, siem­pre vi­gen­te. De­bi­do a la for­ma en que es­tá pen­sa­da, so­por­ta una in­fi­ni­dad de lec­tu­ras que la en­ri­que­ cen y la do­tan ca­da vez de más pro­fun­di­dad y be­lle­za. La fi­na­li­dad de es­ta edi­ción se­rá pro­po­ner una in­ter­pre­ta­ción con­tem­po­ rá­nea y vi­ven­cial del tex­to tra­di­cio­nal. Es­ta lec­tu­ra, en for­ma de co­men­ta­rios a pie de pá­gi­na, in­ten­ta­rá de­sa­rro­llar una pers­pec­ti­va útil pa­ra el lec­tor. Se bus­ca­rá re-pen­sar la obra pa­ra que nos trans­mi­ta to­da su fuer­za y sa­bi­du­ría. Los co­men­ta­rios se­rán aper­tu­ra y no con­clu­sión. Dis­pa­ra­do­res de pre­gun­tas y enig­mas que bus­ca­rán pro­po­ner una ayu­da pa­ra aquel que de­see cons­truir su pro­pia vi­da. La for­ta­le­za del tex­to del Tao Te Ching ra­di­ca en mo­vi­li­zar al lec­tor, la del co­men­ta­rio en ca­na­li­zar esa fuer­za ac­ti­va a la vi­da co­ti­dia­na. Am­bas pers­ pec­ti­vas se­rán so­lo dos ca­ras de una mis­ma mo­ne­da, una mo­ne­da va­lio­sa pa­ra ca­da lec­tor que nos ani­ma­re­mos a lla­mar pro­yec­to pro­pio de vi­da. Lao Tzu nos pre­sen­ta en su es­cri­to un mo­de­lo de in­di­vi­duo que a mi jui­cio re­pre­sen­ta un pa­ra­dig­ma de ple­ni­tud vi­ven­cial. La idea es pro­fun­di­zar en es­ta pro­pues­ta y adop­tar, se­gún nues­tro cri­te­rio, aque­llos as­pec­tos que apor­ten al pro­yec­to in­di­vi­dual.

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Pa­ra lle­var a ca­bo se­me­jan­te obra de­be­mos dis­po­ner de cier­tas he­rra­mien­tas y de un pla­no. Es­tos uten­si­lios son im­pres­cin­di­bles si el pro­yec­to es nues­tra pro­pia vi­da. Pro­pon­go en­ton­ces que con­si­de­re­mos al Tao Te Ching co­mo a una es­pe­cie de “ca­ja de he­rra­mien­tas” que pue­den ser uti­li­za­das pa­ra cons­truir y tra­ba­jar so­bre no­so­tros mis­mos. Una sal­ve­dad im­por­tan­te: siem­pre que ha­ble­mos de pro­yec­to lo ha­re­mos pen­san­do en pre­sen­te. Pa­ra el taoís­ta és­te es el úni­co tiem­po ca­paz de ser vi­vi­do, el res­to es só­lo ilu­sión. Co­mún­men­te ha­bla­mos de nues­tros pro­yec­tos fu­tu­ros, de lo que va­mos a ha­cer más ade­lan­te. Lao Tzu ha­bla só­lo en pre­ sen­te, se com­pro­me­te hoy en vis­tas al fu­tu­ro. Po­de­mos po­ner al­go “de­lan­te” co­mo fin, pe­ro de­be­mos te­ner pre­sen­te que siem­pre nos com­pro­me­te­mos con lo úni­co su­je­to a ser vi­vi­do: lo ac­tual. Aho­ra bien, con­si­de­ran­do que aún no vi­vi­mos en for­ma ple­na (el pre­sen­ te), po­de­mos de­cir que mo­men­tá­nea­men­te so­mos un pro­yec­to la­ten­te. “La­ten­ te” sig­ni­fi­ca que la­te, que es­tá vi­vo. Pe­ro tam­bién sig­ni­fi­ca que aún no he­mos asi­mi­la­do di­cha con­di­ción, es de­cir, no he­mos crea­do un es­pa­cio pa­ra que ese pro­yec­to pro­pio se de­sa­rro­lle, no he­mos per­mi­ti­do que la vi­da aflo­re en nues­tra co­ti­dia­ni­dad. Pa­ra el taoís­ta, en­ca­rar la vi­da co­mo pro­yec­to es com­pro­me­ter­se con la in­di­vi­dua­li­dad. La in­di­vi­dua­li­dad es un es­ta­dio al cual lle­ga la per­so­na vi­vien­do in­ten­sa­men­te. No sa­bre­mos na­da acer­ca de ese es­ta­dio has­ta que no per­mi­ta­mos que la sa­bi­du­ría de orien­te nos co­mien­ce a ha­blar so­bre el ar­te de vi­vir...

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El ci­clo de vi­da - La ges­ta­ción del pro­yec­to A tra­vés de la con­tem­pla­ción ac­ti­va de la na­tu­ra­le­za, los pri­me­ros pen­sa­do­ res chi­nos co­men­za­ron a cues­tio­nar­se por el ori­gen de to­das las co­sas. A esa to­ta­li­dad vi­vien­te que se les pre­sen­ta­ba la lla­ma­ron “los diez mil se­res”. Se­gún el an­ti­guo sa­ber, es­ta in­fi­ni­dad de se­res se ge­ne­ra­ron del va­cío. Es­te va­cío ori­gi­nal era es­que­ma­ti­za­do por me­dio de un cír­cu­lo sin con­te­ni­do. El cír­cu­lo re­pre­sen­ta la per­fec­ción de la vi­da y la glo­ba­li­dad de la exis­ten­cia.

Es­que­ma 1

Po­de­mos tam­bién con­si­de­rar al cír­cu­lo co­mo un úte­ro o co­mo un óvu­lo no fe­cun­da­do. Tan­to el úte­ro co­mo el óvu­lo se ha­llan lle­nos de vi­da y es­pe­ran ser fe­cun­da­dos por un es­per­ma­to­zoi­de, só­lo por uno, ya que con eso bas­ta. Cuan­do és­te lo­gra in­gre­sar se pro­du­ce una trans­for­ma­ción. Lo que se ha­lla­ba en es­ta­do la­ten­te aho­ra se ha fe­cun­da­do. Aque­llo que pre­via­men­te era in­di­fe­ ren­cia­do aho­ra a co­men­za­do a de­sa­rro­llar cier­tos ras­gos.

Es­que­ma 2

Pa­ra ca­da ras­go sur­ge una opo­si­ción. Den­tro del ser ca­da as­pec­to po­see su con­traca­ra. Ca­be de­cir que, en un co­mien­zo, es­ta dua­li­da­des se per­ci­ben co­mo ex­tá­ti­cas e in­de­pen­dien­tes.

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Es­que­ma 3

Es­te ca­rác­ter de ex­ta­ti­ci­dad y opo­si­ción es só­lo apa­ren­te. Al igual que la vi­da, es­tas apa­ren­tes opo­si­cio­nes co­mien­zan a in­te­rac­tuar y se vuel­ven com­ ple­men­ta­rias. Los taoís­tas re­cal­can la in­ter­de­pen­den­cia de es­tos opues­tos que aho­ra se re­ve­lan co­mo com­ple­men­ta­rios. Los opues­tos com­ple­men­ta­rios se ase­me­jan a dos pe­ces na­dan­do en el agua. Se da en­tre ellos un equi­li­brio to­tal. Allí don­de Yang es me­nor, yin es ma­yor; don­de yin dis­mi­nu­ye, Yang cre­ce. En el cen­tro de am­bos seg­men­ tos, hay un cír­cu­lo pe­que­ño: una se­mi­lla de yin den­tro del ám­bi­to Yang, el ori­gen de Yang en el ex­tre­mo de yin. Es­to su­po­ne una cir­cu­la­ri­dad in­fi­ ni­ta. Los opues­tos com­ple­men­ta­rios Yin y Yang cons­ti­tu­yen un mo­de­lo de vi­da. Es­te pa­ra­dig­ma que com­pren­de la to­ta­li­dad vi­ven­cial es el Tao. El pla­ no de ese pro­yec­to se re­pre­sen­ta con la si­guien­te fi­gu­ra:

Es­que­ma 4

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El pla­no y las he­rra­mien­tas:

Yin Yang

La fa­mo­sa fi­gu­ra del es­que­ma 4 se­rá tam­bién nues­tro pla­no de cons­ truc­ción. Ca­da vez que no com­pren­da­mos al­go o ex­tra­vie­mos nues­tro pen­ sa­mien­to, bas­ta­rá con ob­ser­var el pla­no pa­ra que pro­yec­to vuel­va a su cau­ce na­tu­ral. Co­mo di­je an­te­rior­men­te, es­te pla­no re­pre­sen­ta al Tao. El ideo­gra­ma chi­ no “Tao” es­tá for­ma­do por dos ra­di­ca­les: el de la ca­be­za o guía, y el de los pies o avan­ce gra­dual. La “ca­be­za” de­no­ta un prin­ci­pio o co­mien­zo; el ra­di­cal “pies” im­pli­ca la ca­pa­ci­dad de mo­vi­mien­to ha­cia ade­lan­te. El ideo­gra­ma en con­jun­to sim­bo­li­za el mo­vi­mien­to in­te­li­gen­te ha­cia ade­lan­te, la ac­ción en bus­ca de un fin. Es im­por­tan­te se­ña­lar que Lao Tzu en­tien­de in­te­li­gen­cia, no co­mo ra­zón, si­no co­mo pen­sa­mien­to.

Tao

Se sue­le tra­du­cir Tao por ca­mi­no o vía. Pe­ro, co­mo di­cen los taoís­tas, es trán­si­to (mo­vi­mien­to, ac­ción) más bien que ca­mi­no. Es la fuer­za, la ac­ti­vi­dad y el cam­bio cós­mi­co, el cre­ci­mien­to eter­no que vuel­ve so­bre sí pa­ra pro­du­cir nue­vas for­mas. El vo­ca­blo “ca­mi­no” es em­plea­do pa­ra ex­pre­sar la li­be­ra­ción, la exal­ta­ción, la con­quis­ta de la paz su­pre­ma o de la fe­li­ci­dad de­fi­ni­ti­va.

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Con­si­de­ran­do la na­tu­ra­le­za del tex­to y el fin de nues­tros co­men­ ta­rios, pro­po­ne­mos al lec­tor un ejer­ci­cio: in­ter­pre­tar la pa­la­bra “Tao” co­mo “Vi­da”. Es­te ejer­ci­cio de li­ber­tad in­ter­pre­ta­ti­va no só­lo acer­ca el tex­to a nues­tra co­ti­dia­ni­dad si­no que tam­bién lo man­tie­ne den­tro del pen­sar de Lao Tzu. Ve­re­mos que el gi­ro in­ter­pre­ta­ti­vo que pro­po­ne­mos nos aden­tra­rá en una di­men­sión mu­cho más com­pro­me­ti­da y en­ri­que­ce­do­ra del tex­to.

Nues­tro pla­no pre­sen­ta una fi­gu­ra di­vi­di­da en dos par­tes que se en­tre­cru­ zan. Tao es equi­li­brio en­tre opues­tos com­ple­men­ta­rios: el Yin y el Yang. La de­fi­ni­ción más an­ti­gua de Tao, se en­cuen­tra en el li­bro Hi Tzu, di­ce: Yi Yin Yi Yang Ts­che Wei Tao.

(Un as­pec­to Yin, un as­pec­to Yang, eso es Tao.) Tao es la fuer­za ac­ti­va que to­do lo abar­ca. Yin y Yang cons­ti­tu­yen a Tao y ade­más se cons­ti­tu­yen mu­tua­men­te, pues es­tán en con­ti­nuo mo­vi­mien­to y cam­bio.

El dua­lis­mo po­lar que en­con­tra­mos en el taoís­mo no de­be in­ter­pre­tar­se co­mo una lu­cha si­no co­mo una com­ple­men­ta­rie­dad. En el Tao no hay lu­cha, hay re­la­ción de ar­mo­nía y equi­li­brio. Se da un vín­cu­lo de ti­po po­si­ti­vo. Es tra­di­cio­nal que se di­ga: “lo os­cu­ro es Yin, lo lu­mi­no­so Yang... lo ne­ga­ti­vo es Yin, lo po­si­ti­vo es Yang... lo fe­me­ni­no es Yin, lo mas­cu­li­no es Yang... la lu­na es Yin, el sol es Yang...”, et­c. En re­la­ción a es­ta ca­rac­te­ri­za­ ción es im­por­tan­te ha­cer no­tar que Yin y Yang son prin­ci­pal­men­te as­pec­tos po­la­res in­ter­de­pen­dien­tes que alu­den o re­pre­sen­tan la uni­dad esen­cial de la vi­da (Tao). Yin Yang es una po­la­ri­dad di­ná­mi­ca com­ple­men­ta­ria y ar­mó­ni­ca: el sen­ ti­do de la som­bra lo ha­lla­mos en la luz exis­ten­te, lo esen­cial de la luz es que di­si­pa la os­cu­ri­dad; de igual mo­do, ex­pan­dir­se es aban­do­nar un es­ta­do de con­trac­ción. El sig­ni­fi­ca­do de cual­quier as­pec­to de­vie­ne de la re­la­ción con su opues­to com­ple­men­ta­rio.

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Co­mo to­das las he­rra­mien­tas, es­tas que pre­sen­to se com­pren­de­rán mu­cho más en el uso y en la lec­tu­ra del tex­to. Con­ta­mos en­ton­ces con el pla­no (Tao) y las he­rra­mien­tas (Yin Yang) pa­ra en­ca­rar el pro­yec­to de nues­tra vi­da. Pe­ro es me­nes­ter tam­bién cier­to po­der y ac­ti­vi­dad pa­ra lle­var a ca­bo di­cho pro­yec­to. Ha­ce fal­ta ser un in­di­ vi­duo ac­ti­vo pa­ra in­ter­pre­tar el pla­no y uti­li­zar efi­caz­men­te se­me­jan­tes he­rra­ mien­tas. Es me­nes­ter in­tro­du­cir aquí otra idea: la no­ción de Te.

Te

El ideo­gra­ma Te es­tá for­ma­do por tres sig­nos: uno que sig­ni­fi­ca “ir”; otro que ex­pre­sa lo “rec­to” y un ter­ce­ro que sim­bo­li­za el co­ra­zón. Se tra­ta aquí de ir con­for­man­do el ca­mi­no, la vi­da pro­pia. “Te” se ha tra­du­ci­do ha­bi­tual­men­te co­mo efi­ca­cia, po­der, ma­ne­ra de adap­tar­se a Tao. La pri­me­ra par­te del Tao Te Ching ha­bla­rá de Tao, de la vi­da y de sus ca­rac­te­rís­ti­cas. La se­gun­da par­te tra­ta­rá de Te, la efi­ca­cia en el pro­yec­to, lo que po­de­mos con­se­guir po­nién­do­nos en sin­to­nía con Tao: una vi­da dig­na de ser vi­vi­da. La vi­da es­tá en cons­tan­te mo­vi­mien­to y cam­bio, es Tao. Pa­ra po­der po­ner­se en sin­to­nía con Tao el in­di­vi­duo de­be ser ac­ti­vo. La ac­ti­vi­dad que re­quie­re el taoís­mo del in­di­vi­duo no es un ha­cer si­no sim­ple­men­te un ha­cer no ha­cien­do: Wu Wei. Pa­ra el oc­ci­den­tal es­ta fór­mu­la pue­de pa­re­cer pa­ra­dó­ ji­ca, Wu Wei se­ría por su for­ma una con­tra­dic­ción y un sin sen­ti­do. Pa­ra el orien­tal, wu wei es una for­ma de ha­cer, sin ha­cer. No es una ac­ti­tud es­tá­ti­ca de quie­tis­mo y pa­si­vi­dad si­no una ac­ción me­di­ta­da. Si se in­ten­ta­ra al­gu­na tra­duc­ción, la me­jor se­ría qui­zá “no in­ter­fe­ren­cia”. A ni­vel hu­ma­no se tra­ta de un cri­te­rio de na­tu­ra­li­dad, de “vi­vir y de­jar vi­vir”, bus­can­do evi­tar la fric­ción y

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el ro­ce, pues la ine­vi­ta­ble con­se­cuen­cia de es­to úl­ti­mo es la pe­lea o el con­flic­ to. Se tra­ta, por otro la­do, de per­mi­tir el má­xi­mo de li­ber­tad per­so­nal y de com­pren­der los pun­tos de vis­ta aje­nos. Wu wei es, por úl­ti­mo, un de­jar ir, una su­pe­ra­ción y una ce­sa­ción, an­te to­do, de la pa­sión y del de­seo. La ac­ción es co­mún­men­te el re­sul­ta­do de la ope­ra­ción in­ce­san­te de la men­te en­vuel­ta en de­seos, la men­te es una ver­da­de­ra ba­ta­lla de pro­ble­mas, que, co­mo los de­seos, son crea­dos por el “yo”. Pa­ra el orien­tal nues­tro “yo” es el cen­tro y el pro­ble­ma que de­be ser re­suel­to. Re­sol­ver eti­mo­ló­gi­ca­men­te sig­ni­fi­ca “sol­tar”. Pa­ra el taoís­ta se de­be sol­tar el “yo”, de es­ta for­ma, el in­di­ vi­duo de­ja atrás el mun­do de la ra­zón e in­gre­sa en el rei­no del pen­sa­mien­to y la crea­ti­vi­dad. Tao es una doc­tri­na de lo in­me­dia­to: bus­ca la adap­ta­ción, la res­pues­ta ins­tan­tá­nea y la per­fec­ta acep­ta­ción; un ac­to na­tu­ral y no for­za­do que va más allá del sen­ti­do or­di­na­rio de “ac­ción”.

Co­men­zar a cons­truir (la obra) Es­ta in­tro­duc­ción tie­ne co­mo prio­ri­dad pre­sen­tar las he­rra­mien­tas y el pla­no pa­ra lle­var ade­lan­te el pro­yec­to que se cons­trui­rá a tra­vés de la lec­tu­ra de la obra. Se ad­jun­ta al “fi­nal” de es­te vo­lu­men un pos­fa­cio pa­ra aque­llos in­te­re­sa­dos en una in­tro­duc­ción al taoís­mo más teó­ri­ca y sis­te­má­ti­ca. Bus­ca­mos con es­to que el lec­tor se mue­va ac­ti­va­men­te por el li­bro ha­llan­ do su pro­pia in­ter­pre­ta­ción del tex­to. De es­ta for­ma, ca­da cual po­drá cons­ truir a su ma­ne­ra.

El taoís­mo nos en­se­ña que lo li­neal siem­pre re­sul­ta, en úl­ti­mo tér­ mi­no, cir­cu­lar. El lec­tor pue­de aho­ra ele­gir si quie­re in­gre­sar de lle­ no al tex­to y a los co­men­ta­rios del Tao Te Ching o sal­tar y vol­ver a él lue­go de leer el en­sa­yo con­te­ni­do en el pos­fa­cio...

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Lao Tzu

TAO

TE CHING I El libro de Tao Construyendo la propia vida

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capítulo I La vida como proyecto en curso2

El Tao que puede ser nombrado no es el Tao eterno. El nombre que puede ser nombrado no es el nombre inmutable. La no existencia es el principio del cielo y de la tierra. La existencia es la madre de todo lo que hay. Desde la eterna no existencia contemplamos en calma el misterioso principio del Universo. Desde la eterna existencia vemos con claridad las distinciones superficiales. No existencia y existencia son uno y lo mismo en su origen. Se les da distintos nombres cuando se vuelven manifiestos. Esta unidad se denomina profundidad.3 La infinita profundidad es la fuente donde se origina todo lo que hay en el Universo.

2. Originalmente los capítulos del Tao Te Ching están solo numerados. El título ha sido agregado de conformidad a la interpretación que se realiza en el comentario. 3. Interpretación de la palabra hsuan que significa “lo infinitamente pequeño del universo no descubierto por el hombre”. También se suele traducir como “misterio”.

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Co­men­ta­rio: ¿Qué sig­ni­fi­ca­rían pa­ra no­so­tros las pa­la­bras si tu­vié­ra­mos la vi­da? Gus­tav Lan­dauer

Es­te ca­pí­tu­lo es una in­vi­ta­ción a pe­ne­trar en lo pa­ra­dó­ji­co del pen­sa­mien­ to orien­tal. Lo pri­me­ro que lla­ma la aten­ción es que Lao Tzu ha­bla de Tao y al mis­mo tiem­po di­ce que aque­llo que po­de­mos nom­brar con esa pa­la­bra no es Tao. Cuan­do nom­bra­mos al­go lo ha­ce­mos con el fin de ma­ne­jar­lo y fi­nal­men­ te po­seer­lo, así ac­túa nues­tro co­no­ci­mien­to guia­do por la ra­zón. Por eso, cuan­do no po­de­mos de­fi­nir lo que nos pa­sa en­tra­mos en un te­rre­no ines­ta­ ble, nos asal­ta el mie­do e in­ten­ta­mos sal­var esa si­tua­ción en for­ma in­me­dia­ ta. Lao Tzu nos an­ti­ci­pa que va a uti­li­zar pa­la­bras pa­ra ha­blar de al­go que re­hú­sa ser li­mi­ta­do por con­cep­tos. Lao Tzu di­ce: “Aho­ra vie­nen las pa­la­bras, pe­ro evi­te­mos con­ver­tir­nos en víc­ti­mas de ellas”. Pro­pon­go en­ton­ces que, de aquí en ade­lan­te, la lec­tu­ra del Tao Te Ching sea sen­ti­da y pen­sa­da más que ra­cio­na­li­za­da.

El ám­bi­to de los con­cep­tos es aquel de la ra­zón. En oc­ci­den­te ren­di­mos cul­to a la ra­zón, nos en­can­ta co­no­cer y nom­brar. En orien­te la ra­zón es des­pla­za­da por la sen­si­bi­li­dad y la in­tui­ción es­pon­tá­nea. Mien­tras que la ra­zón es abs­trac­ta y cal­cu­la­do­ra, la sen­si­bi­li­dad se mue­ve en el ám­bi­to de la vi­da.

Aque­llo que no po­de­mos nom­brar es­ca­pa del ám­bi­to de la ra­zón y pe­ne­ tra en el de la sen­si­bi­li­dad. Cuan­do ha­bla­mos de vi­da po­de­mos in­tuir a qué se re­fie­re la pa­la­bra porque, día a día, la ex­pe­ri­men­ta­mos en nues­tra co­ti­dia­ ni­dad; pe­ro si al­guien nos pre­gun­ta ¿qué es la vi­da?, en­tra­mos en el jue­go del co­no­ci­mien­to y no po­de­mos res­pon­der. Lao Tzu nos in­vi­ta a ha­blar de la vi­da sin in­ten­tar res­pon­der la pre­gun­ta.

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La pre­gun­ta no in­te­re­sa y la res­pues­ta tam­po­co, pues el día que res­pon­da­ mos la pre­gun­ta es­ta­re­mos ra­cio­na­li­zan­do y no vi­vien­do. La te­rri­ble res­pues­ta ge­ne­ra­ría vi­da en se­rie, vi­da sin vi­da. Es ma­ra­vi­llo­so que no ha­ya res­pues­ta y que ten­ga­mos que vi­vir pa­ra sen­tir a ca­da mo­men­to aque­llo que lla­ma­mos vi­da. Vi­da no es só­lo un con­jun­to de fe­nó­me­nos quí­mi­cos, fí­si­cos y bio­ló­gi­cos. Hay mu­cho, mu­chí­si­mo más por de­cir, y es­to se­gu­ra­men­te tam­po­co se­rá su­fi­ cien­te. Es­ta in­men­si­dad de ex­pe­rien­cias siem­pre es­ca­pa a nues­tra ca­pa­ci­dad ra­cio­nal de nom­brar, pe­ro es in­tui­da su­til­men­te a tra­vés de nues­tra sen­si­bi­li­ dad. Lao Tzu re­co­no­ce que aque­llo de lo que se es­tá ha­blan­do es al­go in­fi­ni­to y pro­fun­do. La vi­da es, ade­más, una uni­dad, o de­be­ría ser­lo. Di­go de­be­ría pues ac­tual­ men­te ten­de­mos a la frag­men­ta­ción más que a la uni­dad. So­mos co­mo má­qui­ nas de pro­du­cir caos que es­pe­ran ser orien­ta­das por al­gún ope­ra­rio ha­cia al­gún fin pre­via­men­te es­ti­pu­la­do. Sa­lir de es­ta si­tua­ción y re­con­du­cir nues­tro pro­yec­to es en­trar en el te­rre­no de la ac­ción, de la ar­mo­nía y de la uni­dad. Don­de hay frag­men­ta­ción y de­se­qui­li­brio no hay uni­dad. Lao Tzu ha­bla de uni­dad en vis­tas a una en­ti­dad su­pre­ma lla­ma­da Tao o vi­da. Es­ta uni­dad a ni­vel vi­ven­cial es­ta­ría re­pre­sen­ta­da por el in­di­vi­duo. La vi­da, co­mo uni­dad, es im­por­tan­te dar­nos cuen­ta, es­tá con­ti­nua­men­te an­te no­so­tros en la na­tu­ra­le­za y en no­so­tros, es­pe­ran­do ser des­cu­bier­ta e in­cor­ po­ra­da a nues­tra co­ti­dia­ni­dad. Sa­ber que es­ta uni­dad se en­cuen­tra ya en no­so­tros y en to­do lo que nos ro­dea im­pli­ca un mo­vi­mien­to: el de co­men­zar a sen­tir y pen­sar en fun­ción de es­te equi­li­brio. Los taoís­tas rin­den cul­to a la na­tu­ra­le­za pues en ella ven la ar­mo­nía y la sa­bi­du­ría que ve­ne­ran. La na­tu­ra­le­za nos en­se­ña el equi­li­brio sin pro­nun­ciar pa­la­bra.

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Shi Tao (1630-1707). A través de la pintura "Paisaje" el au­tor lo­gra un es­ta­do de uni­dad con lo na­tu­ral. Es­ta unión se ad­quie­re me­dian­te un lar­ go y pa­cien­te apren­di­za­je, to­da una vi­da es­pi­ri­tual, un ac­to de con­cor­dia des­pro­vis­to de va­ni­dad y de­seo, que escapa de la dualidad y participa apacible y alegremente de la armonía.

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capítulo II La unidad del ciclo vital

Cuan­do co­no­ce­mos que lo be­llo es be­llo, tam­bién co­no­ce­ mos la feal­dad que exis­te en el mun­do. Cuan­do co­no­ce­mos que el bien es el bien, en­tonces co­no­ce­mos el mal que exis­te en el mun­do. De es­te mo­do, la exis­ten­cia su­gie­re la no-existen­cia.4 Lo fá­cil pro­mue­ve lo di­fí­cil. Lo más cor­to sur­ge de lo lar­go por sim­ple compa­ra­ción. Lo al­to y lo ba­jo se di­fe­ren­cian por el lu­gar que ocu­pan. La voz y el to­no se ar­mo­ni­zan uno a otro. “Des­pués” si­gue el re­co­rri­do de “an­tes”. Por es­to el hom­bre sa­bio ac­túa sin ac­ción y ense­ña per­ma­ne­cien­do ca­lla­do. No se que­da en la obra cum­pli­da.

4. La idea de no-existencia no debe entenderse en el sentido metafísico de más allá de la existencia, sino como lo opuesto a la existencia, en el sentido de dejar de existir.

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Co­men­ta­rio: Si mi­ra­mos nues­tro pla­no com­pren­de­re­mos rá­pi­da­men­te lo que Lao Tzu nos in­ten­ta de­cir. Yin Yang sig­ni­fi­ca opues­tos com­ple­men­ta­rios y uni­dad. Si es­tos as­pec­tos no fue­ran com­ple­men­ta­rios ha­bría só­lo opo­si­ción y frag­men­ta­ ción, la uni­dad se per­de­ría y por lo tan­to tam­bién la ar­mo­nía. Cuan­do com­pa­ra­mos por me­dio del co­no­ci­mien­to y la ra­zón, lo que ha­ce­mos es pro­mo­ver la frag­men­ta­ción y el fa­vo­ri­tis­mo de un as­pec­to por so­bre el otro. Lao Tzu nos di­ce que es­tos as­pec­tos se di­fe­ren­cian pe­ro ar­mo­ni­zan y cir­ cu­lan mu­tua­men­te. El in­di­vi­duo sa­bio no co­no­ce pues vi­ve la ex­pe­rien­cia sin ele­gir, evi­tan­do en­trar en el te­rre­no de la ra­zón. Cuan­do la gen­te se ha­ya ol­vi­da­do de la be­lle­za, no ha­brá feal­dad y el mun­ do se­rá be­llo. Cuan­do ol­vi­de­mos la pa­la­bra “mo­ral” to­dos se­re­mos mo­ra­les pues no ha­brá in­mo­ra­li­dad. El mun­do es­ta­rá en or­den cuan­do no ha­ya na­die que lo fuer­ce, cuan­do no ha­ya na­die in­ten­tan­do ins­tau­rar un or­den. Los que in­ten­tan im­po­ner un or­den son los que crean el de­sor­den. La en­se­ñan­za del Tao es és­ta: In­ten­ta ser be­llo y te da­rás cuen­ta de lo feo que eres, bus­ca ser bue­no y sen­ti­rás la mal­dad en ti. Si nos di­cen que de­be­mos ser bue­nos ca­da vez ten­dre­mos más con­cien­cia de lo ma­lo. Si in­ten­ta­mos ser san­tos más nos acer­ca­re­mos al pe­ca­do. Cree­re­mos es­tar siem­pre en el pe­ca­do, el pa­ra­dig­ma de es­to son los cu­ras y los sa­cer­do­tes: se des-vi­ven con­fe­san­do sus fal­tas. Por me­dio de la ra­zón sur­ge la dua­li­dad, la frag­men­ta­ción y la se­pa­ra­ción. Lo que ha­ce­mos es ele­gir y al ele­gir ge­ne­ra­mos di­fi­cul­ta­des. Gra­cias a nues­tro au­to­ma­tis­mo ra­cio­nal que­da­mos fue­ra del equi­li­brio. El Tao Te Ching pro­ po­ne una so­lu­ción al­ter­na­ti­va: no-ha­cer, no in­ter­fe­rir, de­jar fluir. Ha­cer pe­ro no in­ter­fe­rir... ni feo ni be­llo, ni al­to ni ba­jo y el equi­li­brio vuel­ve a su si­tio... ¿se po­drá apli­car en lo co­ti­dia­no? Yin y Yang son in­ter­de­pen­dien­tes, en su mo­vi­mien­to cons­tan­te se en­tre­cru­ zan y de­pen­den uno del otro. Lao Tzu no eli­ge, dis­fru­ta con am­bas ca­ras de la mis­ma mo­ne­da. Uti­li­za la sen­si­bi­li­dad y el pen­sa­mien­to en for­ma con­jun­ta.

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Tao te ching - Lao Tzu con comentarios de Javier Cruz  

El Tao Te Ching es, sin duda, una de las obras más bellas y enigmáticas de la sabiduría oriental. Su riqueza ha sido interpretada a lo largo...

Tao te ching - Lao Tzu con comentarios de Javier Cruz  

El Tao Te Ching es, sin duda, una de las obras más bellas y enigmáticas de la sabiduría oriental. Su riqueza ha sido interpretada a lo largo...