Page 1

La medida de lo posible RubĂŠn Valle


Confirmando que la palabra es una isla para tomar por asalto, el escritor y periodista mendocino Rubén Valle construye en “La medida de lo posible” un mundo paralelo, con reglas propias donde sólo hay vía libre para contarlo todo. El autor toca el timbre y no sale corriendo. Envía cartas a sí mismo y no las lee porque sabe que, en el fondo, ya está todo dicho. Vana tarea -y pueril paradoja- la de intentar sintetizar de qué va y de qué viene un libro de microficción. Sería como querer recordar una película que se vio hace treinta años en blanco y negro, sabiendo que ahora la memoria habrá de recuperarla en color, sin arrugas y con el sex appeal de Angelina Jolie. “La medida de lo posible” no es una sino unas cuantas cintas que vuelven a verse en la tele y, como tal, también tiene algo de cita a ciegas. Ahí está, este libro es una cita a ciegas. Verlo es verla. O al revés.


Rubén Valle (Mendoza, Argentina, 1966). Periodista y escritor. Ha publicado los libros de poemas Museo Flúo (1996), Los peligros del agua bendita (1998), Jirafas sostienen el cielo (2003), Placebos (2004),Tupé (2010) y Grietas para huir (2012, ebook). Integra las antologías de poesía Promiscuos & Promisorios, La ruptura del silencio, Martes literarios y Poesía en Tierra (Centro Cultural de España en Buenos Aires). Como narrador participó de Mitos y leyendas cuyanos (1998), editado por Alfaguara, y de la antología de textos para niños Ellos, los otros & nosotros (2003). En 2013 publicó en la editorial Ebook Argentino su libro de relatos y microrrelatos Desperté en el bosque después de haber soñado un bosque. En 2006 fue incluido en el documental Poesía Extrema, que reunió testimonios de escritores argentinos y canadienses. Ese mismo año fue convocado a participar del XIV Festival Internacional de Poesía en Rosario. En dos oportunidades obtuvo el Primer Premio Certamen Literario Vendimia en la categoría poesía, organizado por el Ministerio de Cultura de la provincia de Mendoza. En el 2007 ganó el 1º premio del concurso Ciudad de Mendoza. Actualmente trabaja en Diario UNO.


ÍNDICE La pereza De sólo pensarlo Nuestro nushu Persona más Un cierto aire Gris como un acorazado Antes no era así Hay uno Un largo y húmedo pasillo Ceferino en la pantalla Rosa Mística ¿Por qué bailábamos? Cumbia para mí La cosecha de Narovsky Capote Ahí Humor La espera Y llovía, llovía Alguien con su nombre Poema explicado (la testigo) Uno y el otro


Lo que quiso La ventana del laberinto Su mano derecha Todo lo que termina Aullar sin ruido Papeles Currículum Detrás Una cosa blanca El hueco Expresionismo Evidencia El tipo que te dice Algo para la sed Canción ajena Filo Conexión Código Mi momento Kodak El sol más poderoso Pasaba En un punto Apuntes de un entomólogo lacaniano


Copyright Poesía & prozac Será mejor que empiece Maldito muñeco de nieve Mi versión de los hechos Putita o el fuego de Helga La especialidad de la casa Lo que dura el efecto Dorita y los de rojo Beso portátil Phisique du rol Puede ser el agua La dedicatoria Mi primer muerto Más o menos así Hasta llorar un río Sabrina


RubĂŠn Valle

La medida de lo posible


Ya has practicado bastante. ยกAhora escribe! Thomas Pynchon, Decรกlogo


La pereza


“Sólo porque no oyes el sonido de la máquina de escribir no significa que no esté escribiendo...” Stephen King, El resplandor


De sólo pensarlo

A

unque lo parezca, aunque todos lo piensen, no soy una rara avis, yo también tengo esos días en que, como Bartleby, preferiría no hacerlo. Días en que quisiera quedarme mirando un punto fijo en la pared e irme de mí lo más lejos posible. A la primera vez que vi y toqué el mar y al primer beso que di, al añorado puente de Praga o al café donde se juntaban los cuatro Pessoa, a aquel desmesurado gol a los ingleses, al blanco y negro de las series de la infancia, al río marrón de aquellos veranos familiares. Por qué no a la mujer desnuda en los ojos de mis nueve años. Pero no hay caso, maldita sea, sigo aquí. Confuso y vacío, pero aquí. ¿Será porque de las pocas cosas que heredé de mi padre puedo acreditar una insobornable vocación por el trabajo? Sin embargo, mi suerte parece estar dando un giro que ni las cartas supieron ver: mañana en el correo me van a ofrecer el retiro voluntario. No viene al caso dar detalles, aunque debo decir que me siento un tanto liberado por desoír el mandato paterno. Calculo que ahora sí podré instalarme largas horas frente a la pantalla en blanco de una computadora


prestada. Sentarme a no escribir nada. Imaginarme que en ese rectángulo de 17 pulgadas hay una puerta y que por esa puerta puedo escaparme hacia una isla solitaria, llevarme ese libro que nunca terminé de leer. Entonces, la paranoia otra vez, como un fantasma ad hoc que me pisa los talones. Digo: ¿Y si la puerta se cierra? Pregunto: ¿Y si no puedo volver y el libro tiene 2.548 páginas y está en arameo? ¿Y si la isla se hunde conmigo? ¿O si no se hunde y tengo que construir una cabaña para sobrevivir; salir a buscar agua, comida, abrigo? De sólo pensarlo me petrifico, me agoto como en una jornada cualquiera en el correo. Definitivamente, no quiero ninguna isla. Aprovecho que vivo en un quinto piso y sin pensarlo tiro la computadora por la ventana. El viaje, su construcción mental, me dejó más que exhausto y no sé si tendré las fuerzas suficientes para volver hasta la cama (sí, mi reino sin sorpresas, mi manotazo de ahogado). Por lo menos, debería estirar las sábanas, cocinarme algo y sacar a pasear al perro. Y sé también que tendría que comprar una soga confiable y elegir un árbol apropiado. La verdad, preferiría no hacerlo.


Nuestro nushu

C

on la muerte de Yan Huanyi se fue la última china que hablaba el nushu, un idioma con más de cuatrocientos años que sólo entendían las mujeres de Jiang Yong. Agradezco que ni siquiera la intrusa globalización les permitiera a mi mujer y a mi suegra conocer el más elemental abc del nushu. No obstante, caras de una misma moneda, igual se las ingenian para hablar en clave delante de mí, como esas gitanas que suben al colectivo y a los gritos, estridentes como los colores de sus polleras, se comunican estratégicamente dejando al resto afuera de su sonoro secreto. Por mucho que se intente, aún no se ha podido demostrar cómo es posible que los ojos de las madres digan tanto. Una mirada materna codifica los misterios y las verdades de la vida de tal manera que ni el mejor filólogo podría saber qué hay allí donde los hombres apenas vemos unos dulces ojos ocultando sutiles candados. Mi mujer y mi suegra lo saben de sobra; explotan


con sabiduría esa versión autóctona del nushu. Puede que ahora estén criticando en mi cara que hace más de una semana que no me afeito o que mis kilos de más deberían empezar a preocuparme. O quizás estén diciendo que escribir no es un trabajo digno, no al menos lo que esperaban de mí. La aparición en escena de mi suegro con un vaso de su mejor Malbec me saca de tanta elucubración y me devuelve a este domingo soleado de asado y pileta. Nuestro nushu, debo admitirlo, es bastante más prosaico: hablar de fútbol, de mujeres o de cómo mentir con oficio en el truco es un idioma que ellas jamás entenderán. Chino básico.


Persona más

N

unca me interesaron los diccionarios, pero aquí me ven, golpeando puerta por puerta, ofreciendo el último, el mejor, el más completo. “Buen día, señora”, “Buen día, señor”, “¿Está tu mamá o tu papá?”. Así día tras día, calle a calle, casa por casa. Por si lo pensaron, les digo que los peores clientes no son los analfabetos, ni los vecinos con perros malhumorados. Los peores, y por lejos, son las profesoras de Letras, esas que conocen los diccionarios con sólo palparlos. Las mismas que, sin mediar pregunta alguna, comenzarán a hacer ostentación de su pericia gramatical y de su entrenada mirada para los infaltables errores de impresión. “¿A usted le parece bien que... bla bla bla?”. A lo que yo responderé con un convincente “tiene usted toda la razón… bla bla bla” para dar paso al derrotado gesto de guardar el destartalado diccionario de muestra en mi no menos traqueteado maletín ambulante. La escena se repite unas cuantas veces por día, hasta que llega la noche y el único consuelo que me ofrendo es sentarme en un bar a tomar una cerveza bien helada. Entre vaso y vaso ratifico que este es un mun-


do absurdo, donde nadie lee ni siquiera el diario pero un simple mozo puede ser quien te compre el único diccionario que vendiste en tres eternas semanas. Exactamente los veintiún días que mi mujer tardó en dejarme. A ella, tan inculta como hermosa, tampoco le importaban un carajo los diccionarios.


Un cierto aire

E

l tipo se cruza en el centro con un setentón que se parece a Beckett. No es que conozca demasiado al escritor, pero al menos sabe que se trata de un escritor. En realidad, recuerda haberlo visto hace unos días en un suplemento cultural. Ni siquiera ha leído nada del irlandés y el rostro del Samuel del diario igual se le marcó a fuego. Piensa que vagamente le recuerda a su tío Osvaldo, un militar retirado, de gesto adusto y lo menos sensible al arte que se pueda imaginar. Lo extraño no es que este hombre se parezca a Becket sino que la mujer que lo acompaña es idéntica a Patti Smith; mejor dicho a la Patti Smith de la época de su disco Horses, tan flaca y sugerente ésta que cruza desapasionadamente la avenida San Martín como aquella que nos miraba insinuante desde la tapa del LP. Samuel y Patti, es decir sus clones en este rincón del mundo, podrían ser pareja, aunque no van de la mano ni dan señales de cercanía afectiva. El tipo camina detrás de ellos hasta que de repente entran a una galería y los pierde de vista. Cuando ya pensaba que terminaría tomándose un café solo, la casualidad pone


en su camino a su ex novia Amalia. Aquella que, según su observadora madre, tenía un inobjetable aire a Penélope Cruz.


Gris como un acorazado

E

lla admite que fue un error imperdonable regalarle una camisa roja. Su marido detesta los colores vivos y ella lo sabía. Son casi veinte años al lado de ese hombre tosco y monocromático. Ernesto siempre fue así. En eso puede decirse que se parece rotundamente al pianista Glenn Gould, quien solía preferir “el gris de los acorazados y el azul medianoche”. Su placard, detalla la mujer a una amiga que oficia de eventual terapeuta, semeja un monótono catálogo de pinturería, con las más variadas gamas del azul, el negro y el gris. Invitarlo a unas vacaciones en el Caribe, piensa ahora, sería una provocación sin retorno. Lo pondría ante el riesgo cierto de ser bombardeado por los colores más vivaces de la tierra. Los rojos, amarillos y turquesas lo intimidarían de tal forma que no cuesta nada imaginarlo al amparo de una sombrilla, boca abajo, leyendo un libro de Lovecraft sólo para no tener que mirar. No ver siquiera a esas bellísimas mujeres que perturban el paisaje de los demás con sus sensuales

Profile for Pampia grupo editor

"La medida de lo posible" de Rubén Valle  

Confirmando que la palabra es una isla para tomar por asalto, el escritor y periodista mendocino Rubén Valle construye en "La medida de lo p...

"La medida de lo posible" de Rubén Valle  

Confirmando que la palabra es una isla para tomar por asalto, el escritor y periodista mendocino Rubén Valle construye en "La medida de lo p...