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s铆mbolos Rosa G贸mez Aquino

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Gómez Aquino, Rosa El gran libro de los símbolos / Rosa Gómez Aquino ; dirigido por José Marcelo Caballero. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : La Esquina de los Vientos, 2015. 296 p. ; 23x16 cm. ISBN 978-987-45784-1-9 1. Diccionario. 2. Enciclopedia. I. José Marcelo Caballero, dir. II. Título CDD 030

© Rosa Gómez Aquino © 2015 de esta edición, La esquina de los vientos Av. Juan B. Alberdi 872, C.A.B.A., Argentina caballerojosemarcelo@gmail.com Coordinadora de edición: Marcela Serrano ISBN 978-­987-­45784-1-9 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Hecho el depósito que marca la ley 11.723 Hecho en Argentina / Made in Argentina

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Índice

Introducción........................................................................................... 7 1. El espacio, el cielo y los planetas.................................................... 17 2. Elementos naturales......................................................................... 29 3. Atmósfera y clima............................................................................. 37 4. Elementos geográficos...................................................................... 45 5. El mundo mineral............................................................................. 55 6. El mundo vegetal............................................................................... 67 Árboles.............................................................................................. 67 Flores................................................................................................. 76 Otras plantas................................................................................... 81 7. El mundo animal............................................................................... 85 Peces y animales acuáticos............................................................ 85 Reptiles y anfibios........................................................................... 90 Insectos............................................................................................. 94 Aves................................................................................................... 99 Mamíferos........................................................................................ 105 8. El cuerpo humano............................................................................. 121 9. Colores................................................................................................ 135 10. Alimentos......................................................................................... 141 11. Signos geométricos......................................................................... 151

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12. Diseños y figuras............................................................................. 159 13. Arquitectura..................................................................................... 169 14. Indumentaria................................................................................... 181 15. Herramientas, armas y objetos.................................................... 187 16. Símbolos religiosos......................................................................... 201 Judaísmo........................................................................................... 201 Cristianismo..................................................................................... 208 Islam.................................................................................................. 216 17. Sistemas de signos adivinatorios................................................. 219 Signos zodiacales............................................................................ 219 Tarot.................................................................................................. 225 Quiromancia.................................................................................... 240 Astrología china.............................................................................. 244 Runas................................................................................................. 247 Eneagrama........................................................................................ 250 18. Seres fantásticos.............................................................................. 253 19. Números y letras............................................................................. 269 Números........................................................................................... 269 Alfabeto hebreo............................................................................... 278 20. Signos modernos............................................................................. 283 Símbolos de reciclaje...................................................................... 283 Símbolos del plástico..................................................................... 285 Símbolos informáticos................................................................... 287 Otros símbolos................................................................................ 289 Bibliograf ía............................................................................................. 291

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Introducción

“Un signo es algo que, para alguien, representa o se refiere a algo en algún aspecto o carácter”, definía hacia principios del siglo XX el filósofo y lógico estadounidense Charles Sanders Peirce en La ciencia de la semiótica. De esa manera, la bandera de Canadá representa a ese país, un tótem refiere a la relación entre una tribu o clan y sus antepasados, un lazo rojo doblado de determinada manera alude a la lucha contra el SIDA y la paloma es concebida mundialmente como símbolo de paz. En la definición que acabamos de transponer hay también una idea muy fuerte de “estar en lugar de”, en tanto el signo ocupa el sitio del objeto o la idea que representa. En lugar de la paz aparece la paloma y el lazo rojo concentra algo tan amplio y poderoso como la lucha contra el SIDA. El signo siempre remite a un objeto, no entendido como “cosa” sino como idea representada, contenida en él. Es el caso de la cruz para la cristiandad o de la media luna para el Islam. Ese objeto aludido no está: sólo lo hace ese signo que se encuentra en su lugar. Un tanto similar (si bien no idéntica, por consideraciones que no vale la pena mencionar aquí) es la concepción del signo que tenía Ferdinand de Saussure. El lingüista suizo, por la misma época en que lo hacía Peirce, consideraba al signo como una entidad de dos caras: el significado (concepto al que alude) y el significante, aspecto material que permite vehiculizar ese significado. Un significante compuesto por un trazado gráfico consistente en las letras “m”, “a” y “r”, en ese orden, remite al significado de una enorme extensión de agua salada. De esa manera, podríamos pensar (y así se lo ha hecho) que el símbolo también es una entidad de dos caras: lo simbolizado y el simbolizante. El primero de los términos, se vincularía al objeto de Peirce y al significado saussureano; el segundo, remite al signo perciano y al significante de Saussure.

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Peirce también sostiene que ese signo que está para alguien lo está “en algún aspecto o carácter”, ya que no todos los signos remiten a su objeto de la misma manera ni con el mismo tipo de vínculo. Muchas veces, los signos se parecen a los objetos a los que refieren y, de esa manera, actúa el criterio de semejanza o analogía, que puede ser más o puede ser menos abstracto. Por ejemplo, en el Lejano Oriente, el loto representa la aspiración y el potencial de los humanos, ya que nace en el barro y se eleva hacia el cielo. Un caso distinto es el del humo, que es signo del fuego, no porque se le parezca (como en el caso anterior) sino en base a una relación de contigüidad: si hay humo, sabemos que cerca hay o hubo fuego. Las palabras, en tanto signos, no están cerca ni se parecen a aquello a lo que refieren: simplemente existe un pacto entre las personas que comparten un mismo idioma, de manera tal que entienden que cuando alguien dice la palabra “perro” se refiere a un animal mamífero, cuadrúpedo, que ladra, etc. Pero se trata de una convención, de algo impuesto y, por lo tanto, inmotivado. Tan convencional es, que otras comunidades lingüísticas han hecho otro acuerdo al respecto y para referirse al mismo concepto, no dicen “perro” sino dog, cao o chien. Y es, justamente, esa distinta manera de aludir al objeto, esa diferente modalidad que tienen los significantes de hacerse cargo de sus significados lo que distingue al símbolo de otros tipos de signo y, también, lo que diferencia aquello que entiende cada autor por símbolo, dos cuestiones tan complejas como fascinantes

¿Signo o símbolo? Una breve recorrida histórica ¿Qué es lo que diferencia a un signo de un símbolo? No hay un límite claro y universalmente aceptado entre ambos conceptos. Sí hay un rico, vasto y complejo camino a recorrer en cuanto a autores que desde diversas disciplinas (semiótica, psicología, psicoanálisis, historia, teoría literaria, antropología) trabajaron la idea de símbolo y las cuestiones a él referidas. Por eso, será enriquecedor pasar revista a algunas de ellas para comenzar a entender que el símbolo, el simbolismo, lo simbólico y otras cuestiones colindantes han sido pensadas y planteadas desde diferentes perspectivas, todas ellas con su considerable riqueza que bien vale la pena conocer.

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Peirce, en una de las divisiones que efectúa a fin de entender el funcionamiento de los distintos tipos de signos, los categoriza en tres tipos: icono, índice y símbolo, de acuerdo al carácter del vínculo que mantienen con su objeto, esto es, con la idea a la que quieren aludir. El icono refiere a su objeto por medio de la semejanza, mientras que el índice lo hace a través de una relación existencial en tanto es siempre espacial o temporalmente cercano al objeto. En el caso específico del símbolo, Peirce considera que el vínculo que une a este con su objeto es inmotivado, del orden de la convención, de la ley o bien, dependiente de un hábito, ya sea éste innato o adquirido. Para apoyar la elección de esta concepción de símbolo realiza un interesante recorrido etimológico y señala que los griegos utilizaron con mucha frecuencia la palabra symballeim (“arrojar conjuntamente”) para designar la realización de un contrato o convenio. Según la perspectiva de este autor, pertenecerían al orden de los símbolos las letras, las palabras y los números, en tanto no guardan ningún tipo de vínculo motivado con la idea a la que aluden. Umberto Eco, semiólogo y escritor contemporáneo, considera al símbolo una de las expresiones del signo y lo explica como una “entidad figurativa u objetual que se refiere a un valor, a un acontecimiento, a una meta, no definidos exactamente, de manera oscura y alusiva (a veces utilizado en el sentido de “palabra poética”)”. Esa indefinición y esa cierta oscuridad que, según Eco, es propia del símbolo puede vincularse a lo expresado por el musicólogo y estudioso de la mitología Marius Schneider cuando considera que “la esencia del símbolo consiste en poder exponer de forma simultánea los varios aspectos (tesis y antítesis) de la idea que expresa”. Esta última no es, en rigor de verdad, una característica común a todos los símbolos, pero puede apreciarse en alguno de ellos. Por ejemplo, la divinidad hindú Kali refiere al mismo tiempo a la destrucción y a la creación. La octava letra del alfabeto hebreo, Het, simboliza el pecado, pero también alude a la purificación. Algunos seres mitológicos nórdicos también participan de esta dualidad. El simbolismo de los gigantes, por ejemplo, hace gala de una fuerte ambigüedad. Por un lado, representan las fuerzas caóticas y las energías destructoras de la naturaleza. Pero, asimismo, tienen un costado positivo, en tanto y en cuanto, son depositarios de la memoria, del tiempo y de la inmortalidad. La ambivalencia del simbolismo de los

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gigantes mitológicos nórdicos también reside en que de su ciclópea obra destructiva fue creado el mundo y, en ese sentido reflejan, por un lado, la crueldad del primer acto creador del universo al tiempo que aluden al momento casi mágico de los orígenes. La obra de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, constituye un hito ineludible a la hora de exponer y de dar cuenta de la historia de la materia que nos ocupa. Uno de los terrenos privilegiados por ese científico a la hora de estudiar el simbolismo, fue el de los símbolos oníricos, o sea, las imágenes que aparecen en los sueños y sus correspondientes significados. Según él, en todo sueño hay un contenido manifiesto y otro latente. El primero de ellos es lo simbolizante, lo que efectivamente aparece en el sueño, el signo perceptible y recordable. El contenido latente es lo simbolizado, el significado oculto, lo que se debe develar, aquello que se muestra al tiempo que se esconde en las imágenes del contenido manifiesto. ¿De qué manera o a través de qué mecanismos el contenido latente se convierte en manifiesto? Freud señala dos procedimientos: la condensación y el desplazamiento. En el primero de ellos, una representación única alude por sí sola a varios elementos. En un mismo símbolo, aparecen condensados varios simbolizados. En el caso del desplazamiento, existe una suerte de deslizamiento de modo tal que las características de lo simbolizado aparecen en un simbolizante extraño o no habitual, al menos en lo que a la vigilia se refiere. Por supuesto, Freud era por demás consciente de que la simbología onírica había sido estudiada (de manera más o menos científica, con menor o mayor fundamento) desde épocas muy remotas. Si rastreamos esa historia, podremos ver que entre los más antiguos y conocidos estudiosos de los sueños Artemidoro ofreció en su momento (se lo localiza, aunque no con seguridad, en el siglo II d. C.) un por demás extenso catálogo de cómo debían interpretarse los símbolos aparecidos en los sueños, muchas veces en relación a su aspecto y capacidad predictiva. Carl G. Jung, discípulo disidente de Freud, en su clásico trabajo El hombre y sus símbolos, opone la noción de símbolo a la de signo para caracterizar a ambos. Allí explica que, según su concepción, los signos aluden a los objetos a que están referidos, y es allí donde termina su función y su

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alcance. En un signo no hay nada oculto, nada por develar. Su significado es inmediato y obvio, y siempre es menor que el concepto que representa. Los ejemplos que ofrece son, entre otros, las siglas como UNESCO o UNICEF, las marcas de fábrica y las insignias. El símbolo, en cambio, sería una suerte de “signo del misterio” para este autor, quien asevera acerca de él: “Representa algo vago, desconocido u oculto para nosotros. Muchos monumentos cretenses, por ejemplo, están marcados con el dibujo de la azuela doble. Este es un objeto que conocemos, pero desconocemos sus proyecciones simbólicas. (…) Así es que una palabra o imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato y obvio (…)” Recalca, además, que, contrariamente a los signos, “los símbolos son productos naturales y espontáneos. Ningún genio se sentó jamás con la pluma o el pincel en la mano diciendo: “Ahora voy a inventar un símbolo”. Se puede discutir, y mucho, la idea de naturalidad de un símbolo. Si fueran naturales, permanecerían inalterables en toda época y en toda cultura, ya que tendrían, precisamente, la inmutabilidad de lo natural. De la misma manera en que los gatos tienen el mismo tiempo de gestación en España que en la India y éste tampoco ha ido variando del siglo XVII hasta ahora, si los símbolos fueran tan naturales como la procreación de los gatos (es sólo un ejemplo) deberían compartir esa inmutabilidad, esa uniformidad de los fenómenos naturales. Sin embargo, no es así de ninguna manera. Sí es cierto que un contado número de arquetipos simbólicos se repiten con nombres distintos en diversas culturas, tal como es el caso de la idea de Diosa Madre o Madre Tierra (que aparece en la Pachamama inca, la Ishtar de Babilonia y la Astarté fenicia, entre otras) o el laberinto, como diseño que se encuentra en el arte egipcio, hindú, celta y mediterráneo, y que simboliza la verdad que está en el centro y el intrincado camino para llegar hasta ella. Pero no son tantos esos arquetipos que se repiten de manera más o menos fija. En su mayoría, los símbolos son culturales, se gestan y se comparten en el seno de una época, cultura o sociedad y, por ende, pueden cambiar y, de hecho, cambian. Y sobran ejemplos al respecto. En Occidente el color negro significa luto, mientras que en parte de Oriente el mismo concepto es aludido mediante el blanco. El ciruelo, símbolo del invierno en China, representa en Japón la alegría fugaz y la inocencia de la juventud. La vaca es “naturalmente” sagrada en la India, pero “naturalmente” comestible en buena parte del resto del mundo. El

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sauce, que en China y en Japón es símbolo de la primavera y la delicadeza, en Occidente se relaciona con la muerte y el luto. El color amarillo significaba realeza en la antigua China (de hecho, durante ciertas dinastías sólo podía ser utilizado por el emperador), en Occidente se lo asoció con la traición y el engaño, y el Islam desagrega su simbolismo de acuerdo a su matiz: si es dorado representa la sabiduría, mientras que si es pálido alude a la falsedad y al engaño. La swástica, antiquísimo símbolo ario de naturaleza positiva y de complicada significación que puede resumirse en la idea de movimiento, a partir de su utilización por parte del nazismo, pasó a representar exactamente eso: el nazismo y sus crímenes. Es también Jung quien vincula el símbolo y lo simbólico a otra noción vertebral de su obra: la de arquetipo, palabra que utiliza para referirse a aquellos símbolos universales que revelan la máxima constancia y eficacia, y la mayor virtualidad respecto a la evolución anímica que conduce de lo inferior a lo superior. A este respecto, señala: “No se trata de representaciones heredadas, sino de cierta predisposición innata a la formación de representaciones paralelas que denominé inconsciente colectivo. (…) Los arquetipos no representan algo externo al alma —aunque, desde luego, sólo las formas del mundo circundante proporcionan las formas (figuras) en que se nos manifiestan—, sino que, independientemente de sus formas exteriores, trasuntan más bien la vida y la esencia de un alma no individual”. Desde esta perspectiva, lo simbólico aparece como el lugar intermedio entre la unidad del alma individual y su soledad, y la multiplicidad del universo. A la hora de plantear algún tipo de organización, existen para Jung cuatro posibilidades de simbolización:

v Comparación analógica, es decir, entre dos objetos o fuerzas situa-

dos en una misma coordenada de “ritmo común”, como el fuego y el Sol.

v Comparación

causativa objetiva, que alude a un término de la comparación y sustituye ésta por la identificación, por ejemplo, la idea de Sol bienhechor.

v Comparación

causativa subjetiva, que procede como en el caso anterior e identifica de modo inmediato la fuerza con un símbolo

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u objeto en posesión de función simbólica apta para esa expresión (caja y útero)

v Comparación activa, que se asienta no ya en objetos simbólicos, sino en su actividad, de manera tal de insertarle dinamismo y dramatismo a la imagen (astuto como un zorro)

Si para Jung lo simbólico aparece como el lugar intermedio entre la unidad y la soledad del alma individual, y la multiplicidad del universo, muy distinta es la concepción de lo simbólico en Jacques Lacan, otro continuador de Freud que siguió, por cierto, caminos muy distintos a los de Jung. Para Lacan, lo simbólico es uno de los tres registros u órdenes esenciales (junto a lo real y a lo imaginario) que conforman el sistema clasificatorio fundamental en torno al cual gira su teoría psicoanalítica. Desde su perspectiva lo simbólico está claramente vinculado a la abstracción del lenguaje, y opera como poder y principio organizador. El orden del lenguaje, que es de naturaleza simbólica (entendiendo este término en el sentido de abstracto y arbitrario, mucho más vinculado al símbolo de Peirce que al de Jung) ata, determina y predetermina al sujeto. La idea de ese orden simbólico al que alude Lacan ya había sido establecida de manera previa en las ciencias sociales, especialmente por el más importante antropólogo del siglo XX, Claude Lévi-Strauss, quien, extendiendo las concepciones del estructuralismo, considera que “Toda cultura puede entenderse como un conjunto de sistemas simbólicos, de entre los cuales figuran en primer plano el lenguaje, las reglas matrimoniales, las relaciones económicas, el arte, la ciencia, la religión”. El psicoanalista y ensayista Erich Fromm en El lenguaje olvidado, plantea la existencia de lo que él considera un lenguaje simbólico, único para toda la humanidad que tiene la capacidad de conectarnos con las capas más profundas de nuestra personalidad. Partiendo de esa idea, establece una tipología de símbolos de acuerdo a la relación entre estos y lo simbolizado que, en realidad, estaría más cerca de ser un sistema de signos: el convencional, el accidental y el universal,

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v El primero de ellos, el símbolo convencional, se constituye por una

simple aceptación desprovista de fundamento. Sería de esa manera, similar al símbolo de Peirce. Es el caso de las palabras o los signos matemáticos.

v El símbolo accidental es aquel que proviene de condiciones estric-

tamente transitorias y que se debe a asociaciones por contacto casual. Se genera cuando una experiencia personal queda enlazada a una determinada representación que deviene, de esa manera, símbolo de un determinado estado de ánimo. Por ejemplo, si un viaje a un x país resultó conflictivo para una persona, ese lugar pasará a ser para ese individuo símbolo de conflicto.

v

El símbolo universal, a diferencia de los dos anteriores, se define por la existencia de una relación intrínseca entre el símbolo y lo que representa.

Por supuesto, la idea de un lenguaje simbólico único para toda la humanidad, así como la de un símbolo universal merecen los mismos reparos que oponíamos a la idea de naturalidad del símbolo esgrimida por Jung Marius Schneider, entre otros, vincula fuertemente la idea de símbolo a las de ritmo y correspondencia. Desde esta perspectiva, el orden simbólico se establece, por un lado, en base a una correlación general de lo material y lo espiritual o entre fenómenos diversos del mundo f ísico y, por el otro, en base al despliegue de las significaciones que ese movimiento conlleva y permite. Esa correlación se funda sobre la base de un ritmo común, que opera a modo de puente y que posibilita establecer conexiones entre distintos planos de la realidad. A través de ese razonamiento, Schneider arriba a la definición y caracterización del concepto que nos ocupa: “El símbolo es la manifestación ideológica del ritmo místico de la Creación y el grado de veracidad atribuido al símbolo es una expresión del respeto que el hombre es capaz de conceder a ese ritmo místico”. Schneider aclara que la determinación de un ritmo común varía mucho según las culturas, por lo que algunas sociedades tenderán a ver un ritmo común entre dos objetos, mientras que otras lo harán entre elementos distintos.

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Muy vinculada a esta concepción de lo simbólico apoyada en la correspondencia entre los distintos estratos del mundo, fue la que animó hacia finales del siglo XIX a los poetas simbolistas. Se trataba de un movimiento literario de fuerte impronta metaf ísica y que procuraba utilizar el lenguaje a modo de instrumento cognoscitivo. Charles Baudelaire, uno de sus más prominentes representantes, intentaba descubrir correspondencias (precisamente, así las llamaba) entre el mundo sensible y el mundo espiritual. En su poema Correspondencias, el literato francés dice: “La Naturaleza es un templo en donde vivos pilares / dejan de vez en cuando salir confusas palabras; / el hombre lo recorre a través de unos bosques de símbolos / que le observan con ojos familiares”. El escritor René Guénon, por su parte, vincula la idea de símbolo a la de mito y a la de rito. Para este autor, el símbolo es el vehículo que liga dos planos (el terrenal y el divino) de una misma realidad, participando de ambos. Por ello, sostiene Guénon, desde la Antigüedad, el símbolo es el medio de comunicación privilegiado entre los dioses y los hombres, el objeto sagrado por excelencia, y el vehículo de acceso al conocimiento certero y a la verdadera historia, ya que encierra la esencia (que es del orden de lo inmutable) y no la apariencia (que es del orden de lo siempre cambiante). Este autor distingue entre símbolos revelados específicamente para el conocimiento de una realidad —aquellos que tienen el poder de expresar un estrato trascendente— y símbolos espontáneos de la psiqué individual que, por sus características, no son capaces de traspasar un primer nivel de consciencia resultando, por lo tanto, ineficaces para manifestar lo trascendente. Por otro lado, tal como decíamos líneas más arriba, Guénon relaciona al símbolo con el mito y el rito. Para él, el rito es el mito en acción y los elementos que utiliza para actuarlo —ya sean sonoros, visuales o gestuales— son netamente del orden de lo simbólico. El rito dramatiza el mito a través de los símbolos: esa es una de las ideas-fuerza de este autor. Mircea Eliade, uno de los más prominentes historiadores de las religiones que tuvo el siglo XX, desde una perspectiva bastante similar a la de Guénon, postula que es el pensamiento simbólico el que permite al hombre interpretar el significado de las formas religiosas, de los mitos y de los ritos. Desde su mirada, el símbolo es aquello que posibilita captar

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de manera directa el misterio inherente a las cosas y a la existencia misma. Como expresión privilegiada del pensamiento simbólico menciona al mito, cuyas palabras se enraízan en el misterio y facilitan la irrupción de lo divino en el mundo. Las historias que cuentan los mitos relacionan al hombre con lo absoluto, y lo sitúan y fundamentan en la existencia, precisamente, por su relación con lo absoluto. Los momentos y gestos que trasmiten los mitos (en especial, aquellos que dan cuenta del origen) son paradigmas, modelos que traspasan la historia. Tal como hemos podido apreciar en este acotado recorrido, resulta en extremo dif ícil definir de manera acabada la noción de símbolo. De hecho, las diferentes perspectivas al respecto designan con el mismo nombre conceptos disímiles. Por nombrar sólo algunos de los autores mencionados, ora se considera al símbolo un signo que alude a su objeto de manera arbitraria (Peirce), ora es tomado como la representación de algo vago, desconocido y oculto (Jung), y Guénon y Eliade lo plantean como un concepto relacionado con el mito y el rito. Lo simbólico corre con una suerte parecida. Para Lacan está íntimamente vinculado al lenguaje y a su poder estructurante, mientras que desde la perspectiva de Schneider se trata del orden que permite la correlación entre lo material y lo espiritual. Diferentes miradas, diferentes concepciones para un misma problemática, compleja, rica y fascinante por demás: la del símbolo.

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el espacio, el cielo y los planetas

El cielo —o sea, nuestra forma de percibir el espacio cósmico— es símbolo de la trascendencia y de los Reinos Celestiales, y los dioses que le corresponden generalmente se asocian al signo masculino y creativo. A menudo, las cúpulas de catedrales y mezquitas se pintan en tonos azulados, de manera tal de simular el firmamento y recordar a los fieles, de forma simbólica, el Reino de los Cielos. Su estudio es hoy abordado por la astronomía, pero los simbolismos más ricos y divulgados provienen de su antecesora, la antigua y aún vigente astrología, que postula una mirada alegórica sobre el ordenamiento celeste en el que el movimiento de los planetas ejerce influencia sobre el devenir de los acontecimientos. Varios milenios antes de nuestra era, la antiguas civilizaciones de la Mesopotamia ya registraban el movimiento de los astros y relacionaban a sus dioses con estos; el zodíaco (forma circular que se proyecta sobre la esfera celeste, por donde se desplazan el Sol y los planetas que giran a su alrededor) tiene su origen en la antigua civilización babilónica, y aún hoy es utilizado por la astrología y su concepto más divulgado: el de los signos zodiacales. Por otro lado, los nombres de los planetas son los mismos que los de los principales dioses del panteón romano, los cuales son, a su vez, herencia de los griegos. Cirlot se refiere a ello de la siguiente manera: “La importancia de los arquetipos planetarios se manifiesta en la

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el gran libro de los símbolos persistente acción de la mitología grecorromana, la que logró explicarlos con mayor claridad y fuerza expresiva a través de la cultura cristiana de la Edad Media y el Renacimiento sin que la iglesia se opusiera por advertir el sentido simbólico y psicológico de dichas deidades”. Los símbolos que los representan se vinculan con la astrología y la alquimia, y están formados por configuraciones básicas como círculos, puntos, y líneas curvas y rectas.

Sol

El Sol es la fuerza activa y creativa central del zodíaco y se trata de un astro de carácter eminentemente masculino que se relaciona con los arquetipos del padre y del gobernante. Desde el punto de vista zodiacal, es el planeta que gobierna el signo de Leo. Sus otras principales correspondencias son el oro, entre los metales, y el amarillo, entre los colores. Para muchas religiones de la Antigüedad, este astro era el ojo de una deidad suprema que tenía el poder de verlo todo y, por lo tanto, de saberlo todo.

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Debido a su carácter dominante (es el centro del sistema solar y el astro que permite la vida) y masculino, se ha entablado a lo largo de la historia una correlación entre el Sol y la figura del héroe, y es por ello que estos fueron exaltados al rango solar e, incluso, eventualmente homologados al mismo astro rey. Desde esta perspectiva, el Sol es el planeta del carácter heroico y del apasionamiento, y, como tal, siempre contrapuesto a la Luna,

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astro de pálida y delicada luz, asociado al mundo de lo femenino y de lo pasivo. En casi toda civilización y cultura, siempre existe un determinado momento en el que el culto solar es el dominante e, incluso, el exclusivo. Algunos autores llegan a establecer una correlación entre el carácter avanzado de algunas civilizaciones imperiales y la supremacía de su culto solar. Para ello, toman como ejemplo mayúsculo el caso de Roma, máximo poder político de la Antigüedad, que entronizó la hierofanía solar y destacan, asimismo, los casos precolombinos de México y Perú, quienes contaron con las civilizaciones más avanzadas del continente americano y fueron, precisamente, los dos centros preeminentes de culto solar.

Luna El simbolismo de este astro es sumamente amplio y complejo, pero una buena manera de comenzar a explicarlo es decir que es la contraparte del Sol. Si este último encarna la fuerza activa y creativa por excelencia y, como tal, es de carácter masculino, la Luna es la encarnación suprema de las fuerzas pasivas y femeninas en lo que a astros se refiere. De hecho, en la ordenación cósmica, es considerada como una suerte de Sol minimizado, pues si este tiene el poder de vitalizar todo el sistema planetario, la Luna sólo tiene influencia sobre la Tierra. Asimismo, mientras el Sol es considerado factor de vida manifiesta, la Luna es, en tanto satélite, guía del lado oculto de la naturaleza. En la alquimia, alude al principio volátil y femenino y, en un sentido amplio, se encuentra asociada a lo cíclico, a lo que se reitera de acuerdo a un patrón fijo. De hecho, se sabe que este astro influye en las mareas, sus ciclos se repiten inexorable y previsiblemente, y existe también una conexión entre el ciclo lunar y el fisiológico de la mujer. Hoy en día, se admite que los períodos lunares se utilizaron antes que los solares para medir el tiempo y esa elección casi siempre resulta coincidente con organizaciones sociales más cercanas a lo matriarcal que a lo patriarcal. La Luna, en su papel regulador, se hace presente también en la distribución de las aguas y de las lluvias. Por no permanecer siempre idéntica a sí misma sino cambiante, también aparece vinculada desde el punto de vista simbólico con lo que muta y, por ello y por el hecho de que esas transformaciones responden a ciclos, se la asocia a los restantes

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ciclos naturales (como la sucesión de estaciones del año) y, por supuesto, a las edades del ser humano que pasa de niño a joven, de joven a adulto y de adulto a viejo. Todo ello hace que la Luna sea un astro que el hombre siempre ha percibido como muy próximo a lo biológico. Otro componente altamente significativo en todo lo que hace al simbolismo lunar es su estrecha asociación con la noche, con lo nocturno, vinculación que dispara toda una serie de asociaciones bastante conocidas: lo oculto, lo misterioso, lo esquivo y lo ambivalente. También por estar asociada a la noche, el blanco astro se vincula con los sueños, el inconsciente, la imaginación y la fantasía. Desde el punto de vista zodiacal, es el cuerpo celeste que se corresponde con el signo de Cáncer y, entre los metales, encuentra su equivalencia en la plata.

Tierra Es dif ícil hablar de un simbolismo que refiera única y exclusivamente a la Tierra en tanto planeta, ya que buena parte de los significados a ella aso-

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ciados se mezclan con los de la tierra en tanto elemento de la naturaleza. Se lo considera un astro de carácter femenino y es símbolo de la materia y del aspecto material de la existencia. La frase “tener los pies en la tierra” alude a la idea de conectarse de manera plena con la realidad.

Venus Astro que rige los signos zodiacales de Tauro y de Libra, es el planeta del amor y de la atracción. La razón de ello se encuentra en su nombre, que toma de la deidad romana que es la homóloga de la Afrodita helénica. Venus/Afrodita era la diosa del amor y la sexualidad, y cuenta el mito que se trataba de una divinidad de una belleza increíble por la cual perdieron la cabeza varios dioses. Empero, el simbolismo del planeta que nos ocupa se desdobla en dos tipos de amor o atracción: uno plenamente erótico y sexual, y otro de índole espiritual. Algunas de las correspondencias más importantes de este planeta son el cobre desde el punto de vista mineral y el color verde.

Marte Planeta que, desde el punto de vista zodiacal, es el regente del signo de Aries y que encuentra toda una serie de correspondencias en el color rojo, el hierro y, por supuesto, el dios ro-

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elementos naturales

Muchas doctrinas antiguas usaron grupos de elementos naturales en pos de explicar los patrones y fenómenos de la naturaleza. El más clásico de esos conjuntos es el cuaternario, proveniente de la antigua Grecia y usado en Occidente desde los tiempos presocráticos hasta el Renacimiento, que se corresponde con los tres estados posibles de la materia más el agente que facilita la modificación: tierra (elemento correspondiente a la materia en estado sólido), agua (que alude a la materia en estado líquido) y aire (elemento que se corresponde con la materia en estado gaseoso). El fuego, desde esta perspectiva, no es, en rigor de verdad, un elemento, sino el agente que, a través de la temperatura, posibilita las transformaciones de la materia. Por último, hubo o habría un quinto elemento, que es o sería el éter. Sin embargo, el sistema que acabamos de describir y que puede ser considerado como una suerte de precursor de la tabla periódica de elementos químicos, no fue el único que existió. En la antigua China, por ejemplo, había uno similar al griego que incluía al metal y a la madera, al tiempo que excluía al aire, y que aún se usa en la medicina tradicional de ese país. En ocasiones, los elementos naturales también fueron asociados a dioses y diosas de las distintas mitologías, lo cual incrementó de manera notable su espesor simbólico.

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Agua El agua ha tenido y tiene un simbolismo por demás rico que atraviesa muchas culturas. En principio, debe decirse que se trata de un elemento de clara naturaleza femenina y, por ello, asociado a la Luna y al carácter lunar. En todas las mitologías, el agua —o, tal vez, sería más correcto decir “las aguas”— tienen un papel fundamental, especialmente vinculado a la idea de origen, ya sea este del cosmos mismo, de alguno de los dioses o de los seres humanos. Anahita, la diosa persa de la fertilidad, era consideraba fuente del mar cósmico, de todas las aguas del planeta y de la procreación humana. La azteca Chalchiuhtlicue era la divinidad del mar, los ríos, los lagos y del alumbramiento. Afrodita, diosa griega del amor que será Venus para los romanos, surge ya adulta del océano. Viracocha, deidad creadora máxima de los incas, emergió del lago Titicaca. En relación con la idea de este elemento como origen del cosmos o mundo, se encuentra la noción de “aguas primordiales”, sede e imagen de la protomateria y unión de virtualidades que se hallan en la precedencia de toda forma, manifestación o creación. Los babilónicos, por ejemplo, consideraban que Apsu, una faja de agua dulce que rodeaba la Tierra al tiempo que le servía de soporte, era el océano primordial que había permitido el surgimiento de todo, incluso de los tres principales dioses, Ea, Anú y Marduk. Los himnos védicos, por su parte, hablan de las aguas primordiales con el término matritamah (“las más maternas”) y las consideran el principio en el cual todo era como un mar sin luz. Muchas mitologías y culturas antiguas rescatan la idea de contraponer las aguas superiores a las inferiores. Las primeras aluden a las posibilidades aún virtuales de la creación, mientras que las segundas refieren a lo ya determinado. Ambas aguas se encuentran en comunicación a través de dos procesos: la lluvia, que implica una involución, pues va de los estratos superiores a los inferiores, y la evaporación, que supone un proceso de evolución. La asimilación del agua a la sabiduría también fue una constante en buena parte de las antiguas mitologías. Entre los pueblos mesopotámicos, por ejemplo, el abismo de las aguas era también considerado símbolo de la insoldable sabiduría impersonal. En muchas mitologías, también se hacen presentes los temas contrapuestos del agua como bendición y como castigo. El primero se asocia a deidades que ejercen su acción bienhechora sobre campos y cosechas, mientras que

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el segundo lo hace a través de divinidades que descargan su ira mediante tempestades; por supuesto, el máximo y más cristalizado tema vinculado al agua como castigo se encuentra en el mito del Diluvio. El dios azteca de la lluvia, Tláloc, reúne ambos caracteres en una figura, ya que se trata de una deidad ambivalente: por una lado bienhechora, debido a que prodigaba lluvias que fertilizaban la tierra y permitían una buena cosecha, pero también malévola, ya que enviaba tormentas devastadoras que podían llegar a arrasar poblados y a generar numerosas víctimas. El simbolismo de las aguas, por otra parte, se encuentra estrechamente vinculado con el del bautismo, cuya inmersión implica el retorno a lo preformal, con su doble significación de muerte y disolución pero, también por ello, de renacimiento y nueva circulación vital, pues la inmersión multiplica el potencial de la existencia. Para los antiguos chinos y su sistema de medicina tradicional, el agua era el elemento asociado a los riñones y se lo vinculaba también a los miedos y a las fobias. Desde el punto de vista astrológico, se corresponde con los signos de Cáncer, Escorpio y Piscis.

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EL Baño Íntimamente relacionado con el elemento agua, el baño posee un sentido de purificación y regeneración que, de manera metonímica y metafórica, se traslada del cuerpo al espíritu. En el vasto universo simbólico, se asocia a sacramentos como el bautismo y la penitencia. Entre los griegos, constituía un acto de purificación de carácter religioso y las estatuas de dioses y diosas eran sumergidas en baños rituales. Algunas tradiciones distinguen entre baños calientes y fríos, considerando a los primeros símbolo de un excesivo apego a los placeres del cuerpo (y, por ende, algo negativo) mientras que la inmersión en agua fría se recomienda a modo de mortificación corporal que permite dominar la carne.

Fuego El fuego también tiene y ha tenido un espectro simbólico rico por demás. Se trata de un elemento de claro carácter masculino asociado al Sol y a todo lo solar. Ambos simbolizan las fuerzas purificadoras, destructivas y reveladoras por excelencia. Para la mayor parte de los pueblos primitivos era una suerte de principio divino activo y creador que procedía del astro rey y se constituía en su representación sobre nuestro planeta. Heráclito, uno de los más renombrados filósofos presocráticos, lo tenía por agente de transformación y destrucción, sustancia de la que todo proviene y adonde todo va, y esa fue la concepción rescatada siglos después por los maestros alquimistas. También ha sido asociado a las nociones de vida y salud. Cuando ese carácter simbólico se traslada a un plano espiritual, aparece la idea del fuego como mando y superioridad. En todas las mitologías, tiene su lugar y lo toma de diversas maneras. Una de ellas es teniendo un dios que es, efectivamente, deidad de ese elemento. Es el caso, por ejemplo, de Agni, una de las divinidades védicas más importantes del hinduismo, que es considerado dios del fuego, rey de los hombres y mediador entre las instancias terrenas y divinas. Al igual que muchos otros dioses del hinduismo, Agni (cuyo nombre significa, precisamente, “fuego”)

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es conocido a través de otras denominaciones, algunas de las cuales son Vahni (“El sacrificio consumido por el fuego”) y Dhumketu (“Aquel cuya señal es el humo”). Entre los griegos, Hefesto cumplía la misión de ser el dios de este elemento, función que luego se trasladó a Vulcano entre los romanos. Para los chinos, Zhu Rong era el señor del fuego y del cosmos. Otra modalidad de aparición de este elemento en las narraciones míticas es a través de lo que podríamos denominar “el tema del fuego robado”. La historia más conocida al respecto es la de Prometeo, titán de la mitología griega que le robó la llama al dios Hefesto y se la entregó a los hombres. Sin embargo, se trata de un mito extendido que puede encontrarse en otras civilizaciones. Asimismo, el rol del fuego es por demás importante en muchos ritos religiosos a lo largo y a lo ancho del planeta. Los chinos, por ejemplo, utilizan una tableta de jade rojo en sus ceremonias solares, tableta que simboliza el fuego y en muchas festividades vinculadas a lo religioso, este elemento tiene un papel preponderante, tal como sucede con las hogueras de la noche de San Juan. Eventualmente, y en algunas mitologías, es asociado a la idea del mal. Eso es lo que sucedía en las antiguas creencias nórdicas, donde Loki es considerado dios del fuego, espíritu del mal, príncipe de la oscuridad y señor de la mentira. Por supuesto, algo de todo ello está presente en la idea del Infierno cristiano, donde las llamas

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atmósfera y clima

Las diversas condiciones atmosféricas y los distintos estados climáticos siempre han estado vinculados a simbolismos y significados que intentaron explicarlos. Muchas veces, eran atribuidos a disposiciones de ánimo de algún dios o personaje mitológico que, en su enojo o malhumor, provocaba dañinas tormentas mientras que, cuando se encontraba calmo y/o feliz, permitía que el sol brillara y el clima fuera plácido. Por supuesto, algo — o bastante— de esto está presente en el mito bíblico del Diluvio —que no es, ni mucho menos, único ni original— aunque en este caso no se trata, simplemente, de la manifestación de un estado de ánimo (enojo) sino de algo más complejo: un castigo divino.

Luz El primero y más extendido de los simbolismos de la luz es aquel relacionado con todo aquello de carácter positivo. En clara oposición con la oscuridad y las tinieblas, caracteriza al espíritu, el intelecto, la bondad, la moralidad y la virtud. Asimismo, es considerada emanación de fuerza creadora, fortaleza espiritual e irradiación de energía cósmica. Tanto en el Génesis bíblico como en textos antiguos de la India y de China, la operación cosmogónica consiste en una separación entre la luz y las tinieblas originalmente confundidas. Por otro lado, pero relacionado con lo

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anterior, la luz sucede a la oscuridad no solo en el orden de la Creación, sino también en el de la manifestación cósmica y la iluminación interior. En muchas tradiciones, es expresión de las fuerzas fecundantes uránicas contrapuestas a la vez que complementarias de las potencias creadoras ctónicas.

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Tinieblas En contraposición a la luz, las tinieblas simbolizan lo negativo y este es el significado más generalizado y evidente. Sin embargo, existen otros simbolismos de la oscuridad y de lo tenebroso, como reino de lo ocultamente maravilloso. Desde lo religioso, las tinieblas también pueden verse como el estado anterior y necesario que precede a la epifanía.

Rayo Al igual que en el caso de la lluvia y de la nieve, un primer nivel simbólico del rayo se vincula a la idea de “algo que cae del cielo”, con lo cual permite la conexión entre lo celeste y lo terrestre, entre lo divino y lo humano. Sin embargo, en el caso de la palabra que nos ocupa, se aprecian dimensiones que están ausentes en la lluvia y en la nieve, y eso la resemantiza desde su simbólica. La principal de ellas es la luz: el rayo no es algo más que desciende, sino que es una luz que lo hace. Y es una luminosidad que, como los hombres antiguos muy bien ya lo sabían, puede provocar incendios. Eso hizo, desde tiempos remotos, que el rayo —y también el relámpago— fueran temidos, reverenciados y admirados como manifestación activa de poderes celestiales de claro signo masculino, tal como lo es el elemento fuego. En la mitología griega, se considera que son forjados por Hefesto (Vulcano, entre los romanos) dios de la fragua y el fuego, y luego entregados como atributo a la deidad suprema del panteón: Zeus en el primer caso, Júpiter en el segundo. Los tres rayos de Zeus simbolizaban el azar, el destino y la providencia. Entre los incas, el rayo y el trueno también son patrimonio de una deidad masculina: Illapa. Indra, dios hindú del firmamento y del trueno, tiene en sus manos truenos y relámpagos, y, de hecho, uno de los nombres por los que se lo conoce, Bajri, significa “El que dirige los rayos”. La imagen del rayo alado expresa las ideas de velocidad y poder.

Trueno El potente y a veces aterrador sonido del trueno ha sido visto como un atributo de la divinidad celeste y su retumbar asimilado a la expresión

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del poder ultraterreno. En la tradición griega, su estrépito está ligado, en principio, a los estruendos de las entrañas de la tierra pero, luego, se traslada al dios supremo Zeus como símbolo de su poder de mando. En la tradición bíblica, es la voz de Yahvé y manifiesta su poder, su justicia y su cólera. Indra, el dios más poderoso del hinduismo, tiene el trueno y el relámpago en sus manos. Tinia, deidad suprema del panteón etrusco, era señor de la tempestad y los truenos, dominios que también caracterizaban al Thor escandinavo. En numerosos mitos de Australia y del continente americano, tanto el trueno como el relámpago están ligados a la Gran Madre mítica y a los primeros héroes gemelos.

Lluvia La primera y más extendida de los significaciones simbólicas de la lluvia es la que la vincula a la idea de fertilización y, por lo tanto, de continuación de la vida. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, muchos de sus significados se solapan con los del elemento que la conforma, esto es, el agua. Al provenir del cielo, también es considerada por muchas culturas como un descenso de las influencias celestes y espirituales sobre el plano terrestre, esto es, una suerte de caída de lo superior sobre lo inferior. Desde esta perspectiva, puede, incluso, pensarse cierta homología entre la lluvia y la luz. En la alquimia, simboliza la condensación.

Un fenómeno climático mítico: el Diluvio El Diluvio constituye el punto máximo del simbolismo del agua como castigo. En él, se plasma la idea de que las aguas destruyen las formas y los objetos, pero no así la fuerza y por ello es posible que la vida vuelva a surgir. De esa manera, también simboliza el fin de una etapa y el comienzo de otra, lo que aparece plasmado de modo alegórico en los signos de Acuario y de Piscis, no casualmente los últimos del zodíaco. De forma más amplia, en toda lluvia se conserva un eco simbólico de este acontecimiento, en tanto siempre implica purificación y regeneración,

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elementos geográficos

Si entendemos por “elementos geográficos” a todos aquellos componentes del paisaje, podremos ver que, a lo largo de los siglos y las culturas, también poseen un espesor simbólico más que considerable. La razón de ello está en que la humanidad necesitó explicarlos y el simbolismo cumplió de esa manera —como en muchas otras ocasiones— una suerte de función pedagógica, al igual que sucedió con los fenómenos meteorológicos y tantos otros aspectos de la naturaleza. De esa forma, las narraciones mitológicas abundan en alegorías y correspondencias entre los elementos geográficos y los divinos, y también lo hacen los múltiples lenguajes vinculados a las prácticas artísticas —pintura, grabado, poesía, etc.— que relacionan a la geograf ía con planos simbólicos que la trascienden ampliamente.

Río El río es un fenómeno natural de simbolismo ambivalente. Por un lado, en tanto está conformado por agua, remite a las ideas de vida, creación y fertilidad. Pero, asimismo, es una imagen del transcurso irreversible del tiempo —que queda ilustrada en la popular expresión “el río de la vida”— y de la irreversibilidad de cada momento de la existencia, idea plasmada de manera inmejorable en la frase del filósofo presocrático Heráclito, quien

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Montaña La montaña es una conformación de alto valor simbólico. En principio, puede hablarse de una manifestación material de los deseos de elevación. Efectivamente, tanto la montaña como las colinas están asociadas a la idea de meditación, elevación espiritual, comunión y santidad. Por otro lado, la

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verticalidad que caracteriza su eje principal, y que permite unir de manera imaginaria la base con la cima, la identifica con el eje del mundo y, desde el punto de vista de la anatomía, con la columna vertebral. La idea de una montaña sagrada emplazada en lo que una cultura considera el centro del mundo y/o es hogar de los dioses recorre muchos pueblos. Los hindúes, refieren al monte Meru, hogar de Indra —dios del firmamento y del trueno— como una fabulosa montaña situada en el centro de la Tierra con palacios de columnas de diamantes, mobiliario de oro y jardines con árboles que proporcionan la mejor sombra, ofrecen los frutos más delicados, y están adornados con las flores más fragantes y hermosas. Los principales dioses de la antigua Grecia eran denominados “los olímpicos”, pues vivían en el monte Olimpo, una elevación tan alta cuya cumbre jamás fue vista por mortal alguno, debido a que se encontraba más allá de las nubes. La cima de una montaña posee un simbolismo especial, debido a que aparece como punto de unión entre el cielo y la tierra, entre lo superior y lo inferior, entre lo divino y lo mortal, entre lo espiritual y lo mundano. Para los chinos, fue el símbolo de grandeza y generosidad del emperador. El confucionismo, por su parte, refiere a cinco montañas sagradas en tanto poderes de la naturaleza que conservan la estabilidad y la fertilidad.

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Océano El simbolismo del océano se encuentra, en un primer nivel, muy vinculado al del agua como origen de la vida y del mundo. De hecho, en muchos relatos míticos, las aguas primordiales que constituyen ese inicio cósmico se encuentran en el océano primordial, posibilitador del surgimiento de todo lo existente. Y la ciencia actual no hace sino confirmar la creencia mítica de que la vida se originó en los océanos. Los mares terrestres también personifican el océano inferior —el de las aguas en perpetuo movimiento— y el carácter informe que actúa como elemento transitivo y mediador entre lo formal (la tierra) y lo no formal (el aire y los gases). Por esa razón, el océano simboliza a las fuerzas en dinamismo que permiten modalidades transicionales entre lo sólido y estable, y lo aéreo y gaseoso, aún no formado. Los océanos, especialmente en sus profundidades o abismos, también han sido concebidos como lugares de energías caóticas que tienen la capacidad de generar monstruos, en tanto son sitios donde se manifiesta lo menos evolucionado, lo más primitivo. El océano simboliza, desde una perspectiva más abarcadora, el principio y el fin de la vida, concepción en la que volver al mar es retornar a la madre, regresar a las fuentes.

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Desierto El desierto, lugar de abandono y de desolación, representa la paz y la contemplación, y se transforma en el ámbito propicio y hasta inmejorable para la revelación divina. Se ha llegado a describir al monoteísmo en términos de “la religión del desierto” en contraposición a aquellas otras agrarias, politeístas y orgiásticas de la fecundidad vital. El vacío del desierto, que lo convierte en cierta medida en un paisaje “negativo”, parece operar como un campo propicio para la concepción de la abstracción que, necesariamente, resulta imprescindible a la hora de generar la idea de un dios único, alejado de la multiplicidad del politeísmo. Además, la sequedad ardiente que caracteriza a este tipo de territorio lo convierte en el sitio ideal para la espiritualidad pura y sufriente que se opone a los placeres de la carne. En la Biblia, grandes acontecimientos ocurren en ese ámbito. Dos de ellos son los cuarenta años que los israelitas vagaron por él antes de penetrar en la Tierra Prometida (hecho que se relata en el Antiguo Testamento) y los cuarenta días que Jesucristo pasó en el desierto y que constituyen actualmente los días de la Cuaresma que se narran en el Nuevo Testamento.

Cueva La cueva, caverna o gruta posee un poderoso y antiguo significado simbólico y místico. En efecto, tales oquedades son uno de los lugares por excelencia donde lo divino se produce o puede producirse. Es por eso que, desde tiempos verdaderamente remotos, el ser humano ha realizado en ellas ritos propiciatorios de los cuales tenemos noticias a través de las inscripciones dejadas sobre sus paredes. De esa manera, la cueva pasa a convertirse en un santuario que acoge símbolos que explican y refuerzan su función. En los relatos de antiguas religiones y mitologías, la caverna es un espacio de aparición frecuente que funciona como lugar de nacimiento de algún héroe o como escondite de un objeto de poder. La cueva también simboliza el abismo en el interior de la montaña y, como tal, es el lugar donde se puede acceder a lo profundo, pero también conectarse con lo no evolucionado. En tanto oquedad posee, asimismo, un simbolismo neta-

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mente femenino y podría llegar a decirse que son una suerte de espacios uterinos del planeta.

Bosque Los bosques tienen un lugar de privilegio en las narraciones infantiles clásicas, y en las leyendas y cuentos folklóricos. En todos ellos simboliza, en contraposición al pueblo o la ciudad, el lugar donde se recluyen los seres mágicos o misteriosos (como duendes y gnomos), la naturaleza se manifiesta en su esplendor, la vida vegetal crece sin ser cultivada ni reglamentada, y es hogar de numerosos animales. Como consecuencia de los factores anteriores, es el sitio donde el peligro acecha, pero que también genera los sentimientos de fascinación que todo lugar peligroso provoca. Los bosques fueron, asimismo, los primeros lugares donde se honraron deidades primitivas y, a menudo, terribles

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Abismo Toda conformación abisal posee un doble simbolismo. Por un lado, es una metáfora de la profundidad en general y, por otro, alude a los planos inferiores y, por lo tanto, a lo primitivo y no evolucionado. Diversas zonas de profundidad, ya sean terrestres o marinas, han sido entendidas en términos de abismo por antiguos pueblos y civilizaciones. Para Japón y las tribus originales de Oceanía este se encontraba, comprensiblemente, en el fondo del mar. Los celtas lo situaban en el interior de las montañas y los pueblos mediterráneos, en alguna región que se encontraba más allá del horizonte. Las regiones abisales, asimismo, suelen ser identificadas, desde el punto de vista simbólico, con el inframundo de los muertos y también con los cultos de la Gran Madre. Desde la perspectiva psicoanalítica, se habla del inconsciente del sujeto en tanto abismo, ya que constituye esa zona secreta e insondable y que es sede de pulsiones que expresan lo más primitivo de la subjetividad, aquello que no ha sido modelado por la cultura.

Isla Un simbolismo muy generalizado y extendido de la isla es el de aislamiento y soledad. También se la asocia a la idea de muerte y ese significado alcanza tal vez su máxima expresión en la mitología griega, donde la tierra de los muertos parece ser una isla a la cual se llegaba a través de ríos, Leteo y Estigia, en una barca que era conducida por Caronte, el barquero del inframundo. La isla también simboliza el punto donde se calman las fuerzas del océano.

Volcán El volcán, en un primer nivel de lectura simbólica, remite a la fuerza primaria de la naturaleza y al fuego en tanto agente destructor. Sin embargo, como muchas tierras volcánicas resultan ser excepcionalmente fértiles, se lo vincula asimismo a la idea de vida y de fertilidad. También es un lugar que, desde su cráter, permite descender y, por lo tanto, opera

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el mundo mineral

Las piedras en general (ya que, luego, cada una de ellas tendrá su significado específico) simbolizan el ser, y la cohesión y conformidad con uno mismo. Debido a su dureza y duración, suele oponérselas a la idea de cambio, envejecimiento y muerte. En la Biblia, representan la fuerza y la protección de Dios, y constituyen el símbolo de Pedro, cuyo nombre tiene, precisamente, origen en la palabra griega petros, que significa “piedra” o “roca”. Cuando está rota, alude a los conceptos de disgregación, desmembramiento y derrota. El simbolismo general de los metales, por su parte, apunta a concebirlos como solidificaciones de energía cósmica que conforman un sistema organizado en el cual cada uno presenta una superioridad jerárquica sobre el inferior. En la cúspide de esa clasificación se encuentra, por supuesto, el oro. Los metales, por otra parte, establecen correspondencias simbólicas con los planetas del sistema solar que, de lo inferior a lo superior, son las siguientes: plomo (Saturno), estaño (Júpiter), hierro (Marte), cobre (Venus), mercurio (Mercurio), plata (Luna) y oro (Sol). Para los antiguos chinos y su sistema de medicina tradicional, el metal es el elemento asociado a los pulmones, y se lo vincula también a la sensibilidad y la vulnerabilidad.

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el mundo vegetal

Las plantas o vegetales en general (ya que cada una de ellas posee sus propias asociaciones simbólicas) se encuentran en estrecha relación alegórica con el ciclo de vida, muerte y renacimiento, así como también con las Diosas Madres y la idea de fertilidad. Con frecuencia, su simbolismo más directo es fruto de establecer relaciones metafóricas en base a su forma, color o aroma. Por otro lado, casi no existe mitología que no cuente con humanos, dioses o semidioses transformados en plantas por algún tipo particular de metamorfosis. Asimismo, es también usual la idea de que determinados vegetales brotan de cuerpos divinos.

Árboles Los árboles son uno de los grandes símbolos esenciales de toda tradición. Uno de los sentidos que más a menudo se les atribuye es el de eje y sostén del mundo, básicamente porque su tronco cumple esa función alegórica. Asimismo, pueden simbolizar el cosmos y, como tal, no sólo ser el eje del mundo, sino este mismo manifestado en su totalidad y esplendor. En efecto, el árbol representa, en el sentido más amplio, la vida del cosmos, su densidad, riqueza, proliferación, generación y regeneración. También es un emblema de la capacidad de abarcar los estratos inferiores y superiores, debido a que con sus raíces está en contacto con el plano

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el mundo animal

Los animales en sentido general (ya que, luego, cada uno de ellos tendrá su significado específico) cumplen un papel más que importante en la simbólica de, prácticamente, todas las culturas, épocas y civilizaciones. Ya sea por sus cualidades, por los colores que ostentan, por el medio en donde viven y/o por la relación que establecen con el ser humano, lo cierto es que buena parte de las bestias que andan por los aires, la tierra, los ríos y los océanos tienen su dimensión simbólica. Tal como especifica J. Chevallier en su Diccionario de símbolos: “El animal en tanto que arquetipo representa las capas más profundas de lo inconsciente y del instinto. Los animales son símbolos de los principios y las fuerzas cósmicas, materiales o espirituales (…) Los animales que tan a menudo intervienen en los sueños y las artes, forman identificaciones parciales al hombre; aspectos, imágenes de su naturaleza compleja; espejos de sus pulsiones profundas, de sus instintos domesticados o salvajes. Cada uno de ellos corresponde a una parte de nosotros mismos, integrada o por integrar en la unidad armonizadora de la persona”.

Peces y animales acuáticos El pez o los peces en su sentido más amplio y universal tienen un significado por demás complejo y, de hecho, constituyen uno de los símbolos

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el cuerpo humano

El cuerpo en su totalidad representa, antes que nada y en contraposición al alma o espíritu, la existencia terrenal y el enraizamiento en la vida material. Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, cada una de sus partes es y ha sido a lo largo de la historia terreno fértil para el desarrollo de campos de significación simbólicos y metafóricos. Las religiones han hablado del “ojo de Dios”, en tanto mirada abarcativa que es capaz de verlo todo, y la iconograf ía cristiana tiene entre sus símbolos más preciados al Sagrado Corazón de Jesús. La imagen de una calavera atravesada por dos tibias recorre el mundo como representación de peligro, de muerte y de todo un haz de significados del orden de lo negativo. Durante el siglo XIX y desde que la biología puso de manifiesto que los órganos de los seres vivos solo pueden ser cabalmente comprendidos cuando se los considera en relación a las funciones que cumplen, la sociología y otras disciplinas de las ciencias humanas tendieron a usar ese modelo que se denominó “funcionalismo”, y que veía a la sociedad y a su funcionamiento como una analogía del cuerpo y sus funciones. En la actualidad, mucho de ese uso metafórico y simbólico puede encontrarse en expresiones de la lengua, tales como aquella que caracteriza a alguien como “puro corazón” para señalar que es muy bondadoso o cuando se dice que algo “sale de las tripas” en pos de indicar que su expresión resulta instintiva y poco racionalizada.

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gris naranja rojo púrpurablanco violeta amarillo verde azulgris marrón negro rosa

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colores

Aunque existen diferencias entres las diversas culturas, el simbolismo del color o de los colores se cuenta entre los más universales que existen. Una clasificación también mundialmente aceptada es la que divide a los colores en dos grandes grupos de claras resonancias simbólicas: cálidos y fríos. Los primeros —que incluyen las diversas tonalidades de rojos, naranjas, marrones y amarillos, y entre los cuales también aparece el blanco— se corresponden con procesos de actividad, asimilación e intensidad. Por el contrario, los colores fríos —que abarcan a las diversas tonalidades de azul, añil, violeta y negro— suponen procesos de pasividad, desasimilación y debilitación. Entre los dos grupos se encuentra el verde, considerado un tono de transición y comunicación entre los conjuntos antes mencionados. Por supuesto, cada uno de los colores tiene su simbolismo o su abanico de simbolismos particulares basado, generalmente, en alguno de los siguientes factores: la expresión inherente a cada matiz que se percibe de manera intuitiva; la relación entre un color y su símbolo planetario, y la similaridad que se puede advertir entre un color y un determinado elemento, cuerpo o sustancia de la naturaleza.

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alimentos

Los alimentos, en tanto sustento, están ligados de manera indisoluble a la manutención de la existencia y, debido a esa importancia vital, han sido históricamente relacionados con instancias divinas. En efecto, el vínculo entre la religión y los alimentos es de larga data, y puede asumir distintas características. Por un lado, buena parte de las religiones tienen un código alimentario basado en cuestiones éticas, prácticas o rituales-simbólicas. En ocasiones, esas normas llegan a prohibir la ingesta de determinado tipo de alimento, tal como es el caso de la carne de cerdo para las religiones judía y musulmana. Por otro, ciertos alimentos y bebidas adquieren y resultan portadores de un especial y potente simbolismo religioso como, por ejemplo, el vino para el cristianismo. En tercer lugar, pueden señalarse los alimentos míticos, también vinculados a la esfera religiosa,

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signos geométricos

El presente capítulo expone la dimensión simbólica de los que sean, tal vez, los signos más básicos, elementales y abstractos. Se trata de entidades geométricas (punto, centro, círculo, triángulo, etc.) que permiten sintetizar y reducir objetos diversos. Esa operación posibilita, a su vez, pensarlos desde un nivel importante de abstracción, lo cual genera una suerte de vacío significante que puede ser enriquecido de maneras diversas cuando retornan a un plano más concreto para vehiculizar simbolismos múltiples.

Punto El punto es el símbolo de más fácil representación y el origen de todos los demás. Alude a la unidad, el origen, el centro, y el principio de emanación y manifestación. Puede considerarse que existen dos tipos de puntos: el que carece absolutamente de cualquier clase de extensión y que es considerado una alusión de la virtud creadora, y el que posee la mínima extensión pensable o representable, lo cual lo convierte en símbolo del principio manifestado.

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diseños y figuras

Ciertas figuras y diseños —a veces más abstractos, otras más concretos — han recorrido, con leves variaciones, épocas y culturas muy diversas. El caso de la swástica es uno de ellos: si bien ha quedado indisoluble y lamentablemente ligada al nazismo y a todos los crímenes por él perpetrados, lo cierto es que se trata de un símbolo muy antiguo que, con algunas diferencias, aparece en múltiples culturas primitivas. En general, las representaciones que ostentan una configuración simétrica y/o recta expresan necesidad de orden, mientras que las asimétricas, curvas o con formas intrincadas suelen connotar algo del orden del misterio.

Swástica La swástica o esvástica es un símbolo gráfico que denota concreción y dinamismo y que, en sus diversas variantes, aparece en casi todas las culturas primitivas. Se cree que su difusión se debe a que integra dos símbolos muy efectivos: por un lado, la cruz y, por otro, los cuatro ejes en una misma dirección rotatoria. En general, es un símbolo de índole solar que acompañó a divinidades de ese astro y del fuego. Se lo asocia al movimiento, a la vida, al nacimiento y al renacimiento. Ello se debe a que, en un nivel metaf ísico, la swástica se relaciona con el cuadrado y con el

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arquitectura

Las diversas construcciones arquitectónicas pueden ser concebidas y pensadas desde lo simbólico y a nivel general como reproducciones a pequeña escala del universo, como microcosmos contenidos en el macrocosmos que las contiene y las excede. Asimismo, la mayor parte de ellas, y debido a su concavidad y vacío interno a ser llenado, han sido asimiladas a la idea de lo femenino y el seno materno. Por último, algunos elementos de las construcciones ostentan un simbolismo particular que es fruto del plano en el que se encuentran (alto o bajo) o de la posición que ocupan en la estructura general.

Pirámide La pirámide es una construcción sagrada cuya estructura se repite con leves variaciones en culturas muy diversas y distantes. En líneas generales, la base cuadrada simboliza estabilidad, ordenación regular de elementos y organización racional; su cúspide alude a los logros espirituales más elevados y, en tanto lo que une a esta con la base es un triángulo, opera como emblema del fuego, del impulso ascendente del todo hacia la unidad superior y de la energía masculina. En el simbolismo religioso egipcio la Gran Pirámide parece haber sido una imagen alegórica del universo emergiendo de las aguas primordiales. Cuando es escalonada, suele ser una metáfora

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indumentaria

La tradición judeocristiana considera que el primer “vestido” de la humanidad fue la hoja de parra (o de higuera, según otras versiones) que simboliza la pérdida de la inocencia y de la modestia, y la consecuente aparición del sentimiento de vergüenza, ya que Adán y Eva se taparon con ella al descubrir su desnudez. A partir de ese mítico comienzo y a través del fenómeno de la moda como guía, la indumentaria reflejó y refleja las diferentes formas en que una sociedad, cultura y/o época considera al individuo, así como este muestra la manera en que se ve a sí mismo eligiendo determinadas ropas y colores dentro del repertorio disponible. Muchas veces, el simbolismo de las prendas va indisolublemente ligado a la zona corporal en la que son usadas. De esa manera, los sombreros se vinculan a la cabeza y, por asociación metonímica, a la actividad intelectual, mientras que el calzado, entre otras ideas, remite a las de movimiento y libertad. Los materiales elegidos para confeccionarlas también resultan muy significativos y añaden espesor simbólico. Mientras que el algodón, por ejemplo, connota sencillez, la seda se asocia históricamente a la idea de lujo y sofisticación; el encaje, por su parte, fue símbolo de privilegio, pues lo confeccionaban las mujeres humildes para aquellas otras de las clases superiores. Por supuesto, las prendas y vestidos ceremoniales, y las vestimentas que se usan en los actos religiosos y rituales tienen una significación tan rica como evidente. Los trajes de ceremonia de los emperado-

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herramientas, armas y objetos

Las herramientas son objetos que tienen en común la particularidad de estar concebidos para modificar la realidad, para que la humanidad opere sobre el mundo material en pos de transformarlo en su propio beneficio. Aún así, teniendo una finalidad tan eminentemente pragmática, han trascendido esa dimensión práctica para acceder al plano simbólico a través de ricos significados. Las armas, por su parte y más allá de su evidente cometido de servir para el ataque o la defensa, han constituido en el plano narrativo y simbólico el instrumento a través del cual el héroe, encarnación del bien, somete a los seres monstruosos, inequívoco símbolo de las fuerzas malignas. De esa forma, aparecen ligadas de manera indisoluble a la casta guerrera, y a sus diferentes reglas y prácticas encaminadas al logro de la virtud y la liberación del espíritu.

Espada En su nivel de simbolismo más general y primario, alude a la herida y al poder de herir, y a la libertad, la posibilidad y la fuerza de hacerlo. Por otro lado, la espada es propia y casi exclusiva de las altas dignidades, elevado mando y distinguida jerarquía. Efectivamente, es el arma del héroe, sea este real o imaginario, histórico, literario o mitológico, y se constituye

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símbolos religiosos

Desde el panteón de dioses griegos (luego convertido en romano, básicamente, a través de un cambio de nombres de las divinidades) hasta las grandes religiones monoteístas, pasando por corrientes casi más filosóficas que religiosas —como puede ser el budismo— y por las creencias de tipo animista, todas las religiones y mitologías están compuestas y se han sostenido en base a un complejo y extenso entramado de mitos, leyendas, relatos y figuras de alto contenido alegórico. En este capítulo se abordan algunos de los principales símbolos de las que son consideradas las tres grandes religiones monoteístas de la actualidad: el judaísmo, el cristianismo y el Islam.

Judaísmo El término “judaísmo” alude a la religión, tradición y cultura del pueblo judío. Es la más antigua de las tres grandes religiones monoteístas y también el origen o punto de partida de las dos restantes. La palabra que le da nombre deriva de Judá, una de las doce tribus instaladas en Palestina, y que más tarde se constituyó en reino. Los rasgos diferenciadores del judaísmo son, entre otros, la raza de origen; la creencia en un Dios (YHWH) omnisciente, omnipotente y providente que habría creado el universo y elegido al pueblo judío para revelarle la Ley contenida en los Diez Man-

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sistemas de signos adivinatorios

Desde los mismos inicios de la humanidad, el comprensible deseo de conocer, predecir y prever el futuro ha hecho que el hombre buscara señales de este en, prácticamente, todo aquello que se le presentaba, dando lugar a las más diversas mancias, sufijo que significa “adivinación”. De esa manera, se intentó anticiparlo a través de la lectura de vísceras de animales, la interpretación de los sueños del consultante, las figuras formadas por la borra que permanece en el fondo de la taza luego de beber el café, etc. También se crearon sistemas de adivinación, algunos de ellos por demás complejos (como el derivado del antiguo texto chino I Ching) o de una gran belleza visual, como las cartas de Tarot. Todo ello dio lugar a conjuntos de signos y símbolos altamente codificados y organizados, que aún hoy subsisten, y son conocidos y utilizados.

Signos zodiacales El zodíaco fue y es uno de los símbolos más extendidos universalmente. Se trata de una forma circular que se proyecta sobre la esfera celeste, por donde se desplazan el Sol y los planetas, y que contiene doce subdivisiones (ya establecidas por los babilónicos) que se corresponden con igual número de constelaciones que dan origen a los signos zodiacales. Posee

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seres fantásticos

La humanidad ha creado a lo largo de los siglos y los milenios una fauna imaginaria de riqueza verdaderamente excepcional, tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo. Ya sea exagerando las dimensiones de algunos animales (el tan temido kraken no era en esencia sino un calamar gigante), combinando fragmentos de criaturas ya existentes para dar lugar a híbridos en verdad monstruosos (como la esfinge o la quimera) o imaginando seres ligeramente “humanos” con características imposibles (tal es el caso de las hadas y los ángeles) el bestiario de criaturas fantásticas que nunca han existido y son nada más —y nada menos— que fruto de la imaginación humana tiene uno o varios costados simbólicos considerables.

Dragón El dragón es una criatura fabulosa que se encuentra en la mayor parte de las civilizaciones antiguas: india, china, árabe, griega, romana, etc. Asimismo, en todas ellas es un ser capaz de combinar los cuatro elementos: tierra, por donde se desplaza; agua, debido a que suele tener escamas semejantes a las de un pez; aire, ya que posee alas y es capaz de volar, y —sobre todo— fuego, que lanza por la boca y que constituye su sello más personal. Empero, de acuerdo a la cultura, adquiere diferente aspecto y

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números y letras

A lo largo de su desarrollo, la humanidad ha creado y perfeccionado lo que sean, tal vez, los dos sistemas de signos más abstractos que existen: los números, en pos de aludir a las cantidades, y las letras, representaciones gráficas (y en un todo arbitrarias) de los sonidos que conforman las palabra que, a su vez, aludirán a los objetos de la realidad y a los conceptos mentales. Sin embargo, tanto los números como las letras —y dentro de estas, muy especialmente las que conforman el alfabeto hebreo— han rebasado su mero objetivo de aludir a abstracciones y sonidos, y han desplegado ricos y complejos significados de tipo simbólico, metafórico y alegórico.

Números Desde el punto de vista simbólico, los números no constituyen solo una expresión cuantitativa, sino que encierran complejas significaciones en base a una (o, eventualmente, varias) idea-fuerza. Desde esta perspectiva, toda cifra es una entidad de dos caras: cuantitativa y cualitativa. Para muchas tradiciones y culturas, constituyen un principio fundamental. Las civilizaciones que poblaban la Mesopotamia creían en la omnipotencia de los números y en su secreto poder contenido que se manifestaba, de manera cifrada, en todo aquello que estaba presente en el universo. Los

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signos modernos

Muchos de los signos y símbolos que se abordaron hasta ahora en el presente volumen poseen siglos y hasta milenios de antigüedad, y su origen y causa de aparición conforman una urdimbre tan compleja y oscura que resulta imposible de desentrañar en su totalidad y de manera unívoca. Por el contrario, varios de los que desfilan en este último capítulo, y que tienen la particularidad de haber aparecido en épocas recientes, poseen fecha de creación conocida y, en algunos casos, hasta se sabe a ciencia cierta quién o quiénes los crearon y con qué finalidad lo hicieron. Varios de ellos se relacionan con problemáticas y actividades inexistentes en épocas pretéritas (como la ecología y el mundo de la informática) por lo que su aparición y/o creación, por más que tomen símbolos antiguos a modo de base, no podría sino haberse efectuado en tiempos relativamente cercanos.

Símbolos de reciclaje La creciente (por lo menos, en teoría) conciencia ecológica ha hecho que el reciclaje sea algo cada vez más frecuente. Se entiende como tal al proceso cuyo objetivo consiste en convertir desechos en productos en pos de reducir el consumo de nuevas materias primas y, con ello, disminuir la contaminación ambiental. Se trata de una conducta novedosa (al menos,

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banderas alfanuméricas (un antiguo método de envío de información codificada) y diseñó su emblema en base a las que correspondían a las letras N y D, por las iniciales de “Nuclear Disarmament”. El símbolo apareció en público por vez primera en marzo de 1958, en una manifestación que transcurrió desde Londres a Aldermaston, lugar donde se desarrollaban armas nucleares. Luego, el icono cruzó el Atlántico y comenzó a usarse en manifestaciones a favor de los derechos civiles y, más tarde, en protestas contra la guerra de Vietnam. Su repetida aparición en marchas vinculadas a ese conflicto terminaría por universalizarlo y asociarlo de manera definitiva a la idea de paz, del cual se ha constituido en un icono mundialmente conocido.

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"El gran libro de los símbolos" de Rosa Gómez Aquino  

“Un signo es algo que, para alguien, representa o se refiere a algo en algún aspecto o carácter”, definía hacia principios del siglo XX el f...

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