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pie de página, las ilustraciones, las marcas tipográficas y demás agregados que acompañan al discurso concreto de dicha obra. [Benjamín Barajas, Diccionario de términos literarios y afines] PERSONAJE (lat. persona-ae: máscara): el personaje es un ente de ficción que “vive” y actúa dentro de un texto literario. El personaje es “hijo del papel” porque es en el seno del relato (cuento, novela, drama) donde adquiere “personalidad”. En este sentido, no se debe confundir a un personaje con un ser de la vida real por la sencilla razón de que un ser de la vida real es mucho más complejo que el que está representado en el texto. No en balde la complejidad psicológica ha sido uno de los elementos para caracterizar a personajes de talla universal: Hamlet, don Quijote, Madame Bovary, entre otros. Los personajes, al interior de los textos, ejecutan acciones humanas y asumen vicios y virtudes propios del ser humano, en este sentido, “representan” algo de lo que nos es propio y natural. El dolor, el odio, la pasión, la muerte, el amor, el deseo, el crimen, la envidia, la desesperación, el vacío existencial..., todo encuentra expresión en esos “seres de papel” que pueblan nuestros sueños e imaginaciones. Los personajes son extensiones de nosotros, a veces, son nuestra radiografía espiritual, otras encarnan el horror de nuestras pesadillas (recuérdese la doble vida del Dr. Jekyll y Mr. Hyde) o la batalla heroica de nuestras virtudes recónditas (piénsese en el esfuerzo sin tregua del divino Odiseo en sus largos veinte años de lucha por reunirse con su mujer y su hijo). Es claro que en medio de esta abundante gama de posibilidades la clasificación sea amplia. Veamos cómo se le estudia: a) Perspectiva tradicional del personaje: considera que hay tres rasgos que influyen en la caracterización del personaje. Estos son: el fisionómico, es decir, sus rasgos físicos; el sociológico o sea, sus relaciones con el contexto social, cultural, económico, etc.; el psicológico, todo aquello que tiene que ver con el temperamento mental. Si tomamos por caso a don Quijote (sin pretender agotarlo, claro está), encontramos los tres elementos antes citados en las primeras páginas: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino los domingos, consumían las tres partes de su hacienda[...] Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza [...] Es, pues, de saber, que

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