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1. Persona: ¿qué, cuándo, quién? 2. Etimología de la palabra «persona». 2. 1. De la máscara a la persona. 2. 2. De la persona a la palabra 3. «Etimología» de la persona misma. 3. 1. Origen de la persona en el contexto históricosocial. 3. 2. Origen de la persona en el contexto biográficoindividual

4. Estructura de la persona y su funcionamiento. 4. 1. Fórmulas del doble aspecto de la persona. 4. 2. La dialéctica persona-personaje. 5. En conclusión, la persona implica la sociedad 6. Retrospectiva histórica del concepto de persona. 6.1. Concepciones positivista, metafísica y dialéctica de persona


1. Persona: ¿qué, cuándo, quién? Aunque en nuestra sociedad todos los individuos son, en principio, personas, no siempre fue así. Por otro lado, personas no son sólo los individuos humanos sino también, por ejemplo, entidades jurídicas. Consiguientemente, por natural que parezca, la condición de persona no es algo que venga dado de suyo por la naturaleza. Tampoco se puede decir que sea algo sobrenatural, porque lo otorgara alguna gracia divina que se derramara sobre la gente o que estuviera inscrito en alguna supuesta sustancia del ser-humano, como se hizo creer durante mucho tiempo. Con todo, la persona confiere dignidad a los individuos humanos y les afecta de manera trascendental. En la medida que la idea de persona no es evidente habremos de estudiarla. Por lo que aquí respecta, se estudiará en cuatro apartados. En el primero se verá que la persona tiene alguna relación con el teatro. En el segundo se verá que la persona tiene, en todo caso, un origen social. En el tercero se verá que la persona tiene una estructura compuesta por dos aspectos que constituyen un par dialéctico (aquí estudiado como dialéctica persona-personaje). Finalmente, en el apartado cuarto, se termina por decir que la persona implica la sociedad, lo que aun siendo obvio no conviene obviar. 2. Etimología de la palabra «persona» Una primera idea de persona viene ofrecida por la propia etimología de la palabra persona. «Persona» viene de «prosopon», que era la máscara que utilizaban los actores del teatro griego de la Antigüedad. Esta máscara cumplía probablemente dos funciones. Según una, serviría para dar a conocer al público el personaje representado, de modo que fuera identificado por la máscara. Según la otra, serviría también para amplificar la voz del actor, de modo que, al «resonar» en la máscara, se oyera en el teatro (la tentación sería decir «personara», de personare o «para sonar»). Como quiera que fuera, aquí tenemos dos aspectos esenciales a la idea de persona (la imagen y la palabra). 2. 1. De la máscara a la persona De un lado, estaría el carácter esencialmente público de la persona, como algo dado cara a los demás y por lo que alguien es identificado como la persona que es. Se entiende que la persona tenga un sentido radicalmente social porque, si no, cómo iba a ser alguien identificado, conocido y reconocido como el que es (si fuera algo interior). A este respecto, la máscara no se ha de entender como enmascaramiento y ocultación de algo interior sino, al contrario, como demostración y puesta en juego del carácter multifacético de la vida o, si se prefiere, de sus diversas caras. Nótese que es la vida, con sus diversos escenarios o contextos, la que requiere distintas actuaciones o caras, todo lo cual es posible gracias a la plasticidad de la conducta humana. Es por ello que, aquí, máscara no significa disfraz sino demostración de quién eres. A propósito de este sentido radicalmente público y social de la persona, se recordará la importancia que tiene la imagen cara a los demás. Se podría decir que la persona se juega su ser o no ser en la imagen. La cuestión sería si uno se agota en una imagen, pero sin imagen por la que se pueda identificar a alguien no hay persona. Acaso lo más profundo de la persona sea la cara. En efecto, el sentimiento más profundo de la persona es la vergüenza, cuyo «órgano» es precisamente la cara. En este senMáscaras teatro. La persona implica la condición de actor (máscara) con la particularidad de ser tido, la cara representa a la persona, como se había dicho también la autora responsable de la acción. Situados en la perspectiva del teatro, no se ha de escatimar la que lo hacía la máscara respecto del personaje. En defiimagen de las personas como personajes de un drama y del mundo como un escenario. En esta misma línea, nitiva, la máscara que representa a la persona es en realino se dejaría de considerar el sentido dramático de la vida, sometida como está a la contingencia. Contin gencia y drama, así es la vida. dad la cara y, en general, la imagen.


2. 2. De la persona a la palabra

«Distinción entre máscara y disfraz. Máscara tiene aquí el sentido nietzscheano de manifestación de las múltiples caras de la vida de acuerdo con su plasticidad. Así, la máscara no sólo no oculta sino que revela la capa cidad dionisíaca de producir continuamente el mundo de la apariencia como mundo cambiante de la vida. Disfraz por el contrario significa en este con te xto alguna sue rte de retraim ie nto nacido de la inseguridad de l hombre moderno ante los temores que depara la vida. El disfraz supone no sólo enga ño sino y sobre todo autoengaño» (VATTIMO: El sujeto y la máscara, Península, 1989

De otro lado, a propósito de la máscara como posible megáfono, se destacaría el aspecto dado por la palabra. Si se permite este juego de palabras, se diría que la persona se persona en la palabra, en el sentido de que comparece ante los demás en lo que dice. Una persona que no es de palabra, porque no sea fiable lo que dice, está prácticamente desacreditada como persona. La palabra cumple aquí la función, sobre todo, de hacer promesas y, así, de establecer compromisos cara al futuro. En este sentido, la palabra dice lo que quiero ser o seguir siendo. La palabra promete y compromete y, así, tira de uno hacia delante, obviamente, de acuerdo a su trayectoria (no se puede prometer cualquier cosa, pero sin prometer algo se sería cualquier cosa). La palabra también dice quién soy. De hecho, la respuesta más precisa a «quién eres» sería decir el nombre. Incluso, cabría decir desafiantemente ¡no sabe usted con quien está hablando!, dando a entender que es alguien cuyo nombre no le dejaría indiferente. Otras veces se prefiere ser «nadie», cuando se trata, por ejemplo, de pasar desapercibido. Igualmente, uno puede querer ser Nadie, como Ulises en el célebre pasaje de la cueva de Polifemo, con el fin de resultar ilocalizable. En todo caso, queda claro que el nombre concita a la persona. En fin, la palabra hila el pasado, haciendo de la vida una biografía. Ha de tenerse en cuenta que quienes no tienen palabra sonora la sustituyen; los sordo-mudos también tienen «palabra», su lenguaje con las manos es, por cierto, tan complejo como el verbal-bucal. (SACKS: Veo una voz,Anagrama, 1989) Además el gesto también es «palabra», porque como se sabe la comunicación no se reduce al verbo: hay también un lenguaje no verbal. Por lo dicho hasta aquí, tenemos una primera idea de persona dada por la etimología del propio término «persona». De esta manera, resulta que, lejos de ser algo recóndito, la persona es la propia imagen cara a los demás, una imagen o «cara» que tiene palabra y, por tanto, origen y sentido. Ahora bien, este origen y sentido nos lleva, todavía, a la etimología de la persona, no ya del término «persona», sino de la persona misma. No en vano dijera Ortega y Gasset que el hombre es etimológico. 3. «Etimología» de la persona misma El origen y sentido de la persona, su etimología en este nuevo uso, se puede estudiar en dos contextos. Por un lado estaría el contexto histórico-social y, por otro, el contexto biográfico-personal. 3. 1. Origen de la persona en el contexto histórico-social

La cara es la propia persona que se refleja en los demás 168

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Respecto al contexto histórico social, baste recordar que no siempre todos los seres humanos fueron considerados personas, ni las personas son todas seres humanos. Los esclavos en la época antigua, griega y romana, no eran personas. Aunque seres humanos, tenían más bien la consideración de enseres. Tampoco las mujeres, particularmente, entre los griegos, eran personas plenas, aunque no fueran esclavas. Las mujeres no tenían la plena consideración de persona debido a que no sabían deliberar y tomar decisiones y, acaso, no lo sabían porque, como eran mujeres, no tenían siquiera ocasión de aprenderlo. Por otra parte, muchas entidades colectivas (por ejemplo, un ayuntamiento o una empresa) tienen la consideración de persona, distinguiéndose a este respecto entre persona física o natural y persona jurídica o de derecho. Por lo demás, quienes hablan de los derechos de los animales estarían situándolos del lado de las personas físicas. De ahí que no sea redundante hablar de persona humana, porque no todas lo son (y al serlo se humanizan un tanto, que es lo que se pretende en relación con los animales). Hoy día todos los seres humanos son formalmente personas, aun cuando todavía no sepan hablar, ni deliberar y, por tanto, no tengan, como se dice en derecho, capacidad de obrar. En este sentido, el derecho establece las condiciones formales de la persona física, como sujeto de derechos y obligaciones (en su día, los esclavos sólo eran objeto de ellos). El punto decisivo aquí es que la condición de persona la otorga el reconocimiento por parte de los demás. No basta la existencia y presencia de un individuo humano para ser persona (ahí estaban los esclavos, sin ser personas), sino que se requiere el reconocimiento de los otros, el que los demás correspondan con el trato debido a la presencia de uno según quiere ser tratado (o la imagen que da). El caso es que este «querer ser tratado» de alguna manera está modulado y aprendido en las prácticas sociales, sin poder decirse que sea algo natural, previo a toda experiencia. En este sentido, habría que decir que uno es la persona que los demás le reconocen ser, tal es la importancia decisiva del reconocimiento. Aunque a menudo coincidan el querer-ser con el ser-reconocido, puede que sea más decisivo este lado que aquél,


terminando uno incluso por querer-ser como de hecho los demás le reconocen (creyendo que es él mismo). El serladrón como destino con el que Genet se identifica viene fundado por el ser-identificado así por los demás, según la célebre biografía de Sartre (J.-P. SARTRE: San Genet, comediante y mártir, Losada, 2003, págs. 48-49). Si eso es así a propósito de una mala-imagen (ser ladrón), cómo no va a serlo en las imágenes socialmente promovidas y «bien integradas». 3. 2. Origen de la persona en el contexto biográficoindividual Re specto al contexto biogr áfico- individual, la cuestión es ver que la persona concreta resulta de un proceso de aprendizaje social, culturalmente organizado y, de esta manera, dado a priori para cualquier individuo en particular. Aunque uno termine hablando de su «mundo interior» como algo auto-originario, sin duda, es antes el mundo que mi mundo. El mundo objetivo es la condición de posibilidad del mundo subjetivo. Aunque el mundo está hecho por las personas, no por eso deja de ser una Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867). Odalisque & Slave (1840). La dialéctica entre el amo realidad objetiva, ni tampoco las personas dejan de ser y el esclavo es la dialéctica entre el sujeto y el objeto del derecho productos sociales. (Act. II) Este proceso educativo o de aprendizaje social se puede ver también en la perspectiva del reconocimiento. Ciertamente, un modo de reconocimiento de la persona se da ya en las atenciones y cuidados propios de la infancia. Aunque todavía no se es persona «con quien hablar», Sartre: se recibe el trato de tal y se termina siéndolo. (Act. III) Efecto petrificante de la mirada. Así, se llegan a aprender condiciones fundamentales de la persona como la simpatía y el yo, ninguna de las cuales son experiencias auto-originarias. La simpatía supone la capacidad de ponerse en el lugar del otro, en cuyo aprendizaje es importante la imitación y el intercambio de papeles en el juego. Por su parte, el yo supone verse a sí mismo como sujeto, siquiera como sujeto gramatical. Es importante reparar en que antes de ser «yo», uno es «tú» o «él» para los demás (según se refieren a uno). Sólo después de los correspondientes reajustes el «tú» para los demás termina por ser el «yo» de uno y, aun, todo un yo. El caso es que, todavía más, uno es un cuerpo, un objeto, para los demás, y nunca dejará de serlo. Llegarán momentos incluso en los que el yo tomará más conciencia como objeto que propiamente como sujeto. Cuando uno tome conciencia de la mirada de los otros, de que uno es un cuerpo y un objeto de la atención de los demás, uno se hará observador de sí mismo y cuidará de su presentación ante los demás. Pero, nótese que esta auto-conciencia viene de la conciencia que tienen los demás «Remítase cada cual a su pro de uno o, como se dice aquí, del reconocimiento ahora centrado en el cuerpo, la apariencia o p ia experiencia : no hay nadie que la imagen. n o h aya sido sorpr endid o a lguna Es de suponer que aparte de este reconocimiento, los demás se fijen también en las cuavez en una actitud culpable o sim lidades y los méritos personales, aun cuando no sean hazañas. De esta manera, la persona se plemente ridícula. La brusca modifi va formando de acuerdo con los valores que rigen la sociedad, aunque no hay que olvidar el cación que experimentamos enton hecho problemático de que los valores son plurales y a menudo contradictorios entre sí (véaces no es provocada en modo algu se tema 13). En fin, el reconocimiento psicológico-moral no consiste en un acto formal que n o p or la i rrupció n de un conoci valga de por vida (como el político-jurídico, con tal de que esté promulgado en la constitución miento. Es más bien, con mucho, o en el código civil) sino en un proceso continuo, que continuamente va confirmando a la peruna solidificación y una estratifica sona como la que es o quiere ser o no puede dejar de ser. De ahí viene la sensibilidad de la gención bruscas de mí mismo [...] Por la te por no ser debidamente apreciada o simplemente por pasar desapercibida. mirada ajena, me vivo como fijado Así, pues, la persona dimana de la cultura. Se empieza por ser un individuo y se termina en medio del mundo, como en peli por ser una persona con toda una individualidad. El individuo alcanza a través de la sociedad gro, como irremediable. Pero no sé su plenitud como persona (al margen de la sociedad no sería nada o, acaso, sería algo en vez ni quién soy ni cuál es mi sitio en el de alguien) y, a su vez, la persona alcanza su realización a través del individuo (si es alguien mundo, ni qué faz vuelve hacia el quiere decir que no ha quedado disuelto en las estructuras objetivas de la sociedad). otro este mundo en el que yo soy. [...] la mirada del otro, como condi ción necesaria de mi objetividad, es d estru cció n de toda o bjetividad G. Bueno: Sobre la continuidad individuo-persona para mí. La mirada ajena me alcan za a través del mundo y no es sola « Entr e indi vidu o y persona existe, pues, una mente transformación de mí mismo continuidad ad mirable: el indivi duo sólo llega a la sino también metamorfosis total del identidad plena de sí a través de la persona, de la mundo» (SARTRE: El ser y la nada. Sociedad; y la persona, sólo llega a su más perfec Ensayo de ontología fenomenológi to estado a través del individuo». (G. BUENO: Para ca,Alianza Editorial, págs. 296-297) una construcción de la idea de persona. Revista de Filosofía del Instituto Luis Vives, vol. 12, nº 47, pp. 503-567, 1953) Tema 12

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Lo mismo se puede decir respecto del llamado mundo subjetivo o mundo interior: si tiene sentido hablar de ello es gracias a la sociedad que ha permitido su condición de posibilidad. Es a través del mundo objetivo por lo que ha y mundo subjetivo (o interior, como se suele decir). El caso es que el mundo interior, lejos de ser algo aparte del mundo, es una parte de él. En definitiva, la persona no tiene otra sustancia que la que emana de la cultura. De acuerdo con esta apartado, tenemos una segunda idea de persona dada por su origen histórico-social y biográfico personal. En ambos contextos es decisivo el reconocimiento como condición de la persona, no ya un reconocimient o for mal (de una vez) sino continuo (cada vez que alguien se encuentra con alguien). Dadas estas dos aproximaciones etimológicas (de la palabra «persona» y de la persona misma), importa percibir la estructura de la persona y su funcionamiento. 4. Estructura de la persona y su funcionamiento Sobre el concepto de emanación. Resulta interesante observar que el concepto de emanación tiene una estirpe teológica relativa, precisamente, a dar cuenta de la Trinidad o de cómo es que hay tres personas en una. Lo que ocurriría es una emanación pneumática o espiritual del Padre consistente en derramar la gracia divina sobre el mundo a través del Hijo y del Espíritu Santo. De esta manera, las tres personas serían una, al ser el Hijo y el Espíritu Santo consustanciales con el Padre del cual proceden. El punto es que el reino de la gracia se encarnaría en el mundo confiriendo una participación divina a las criat uras humanas. Ahora, las criaturas humanas participarían de la persona divina. Serían personas por la gracia divina. De todos modos, la gracia santificante ya había sido infundida a nuestros primeros padres desde su estado de inocencia. La diferencia es que ahora el Hijo de D ios se hizo Hombre, testimoniando de nuevo esta participación divina en lo humano, que vendría a ser la persona. Pues bien, no dejaría de ser propio (sin perjuicio de la ironía que corresponda) utilizar el mismo término de emanación para referirse al origen de la persona, aunque este origen se sitúa ahora en la cultura. A este respecto, se recordaría que la cultura viene a ser la heredera del reino de la gracia, según Gustavo Bueno (BUENO: El mito de la cultura, Editorial Prensa Ibérica, 1996, cap. 5)

Figura de Pato-Conejo

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La estructura de la persona consta de dos aspectos indisociables: uno que supone consistencia a través del tiempo y otro que supone variación continua. Como tales aspectos, son dos caras de la misma persona, según lo que se quiera destacar. El propio término persona lleva esta ambigüedad, cuando se la ve como la «máscara» que se adapta a los diferentes papeles o como la identidad personal que es reconocida por todos. Esta ambigüedad se da igualmente en otros términos afines. Así, por ejemplo, la personalidad se puede referir tanto a una condición pública («es una personalidad») como a una característica singular («tiene personalidad»). El carácter puede ser tanto una seña de la individualidad («es su carácter») como un papel social (‘es un carácter’, particularmente en inglés). Por su parte, actor alude tanto a actor cual intérprete («es un actor») como a actor cual autor o agente («el actor causante», se dice en derecho o el «agente social» se dice en política) 4. 1. Fórmulas del doble aspecto de la persona Más allá de esta constatación, no es fácil apresar ambos aspectos a la vez. Si se destaca uno se pierde el otro y al revés, como esas figura reversibles, por ejemplo, el pato-conejo. Se podrían proponer varias fórmulas para percibir este doble aspecto. Sin ir más lejos, el idioma español cuenta con la doble forma ser-estar, que da la medida de esta condición. Baste reparar en que no es lo mismo «ser imbécil» que «estar imbécil». Mientras que el primer caso sugiere que tal atributo es una característica de alguien (es así esencialmente), el segundo se refiere a una actuación en particular (está así circunstancialmente) Otra fórmula, a propósito de lo dicho, se encontraría en la célebre expresión de Ortega y Gassset «Yo soy yo y mi circunstancia», donde se combina el persistente ser sí mismo -yo soy yo- con el cambiante estar en una u otra circunstancia -mi circunstancia- (ORTEGA Y GASSET: Meditaciones del Quijote, Alianza Editorial, 1987, p. 25) (Act. IV) Al especificar la fórmula de Ortega, sale al paso la variante yo-mí. El yo viene a ser, de nuevo, la referencia estable respecto de la cual se puede decir que las distintas experiencias y acciones son mías. El yo es el contexto y el mí serían los distintos contenidos que continuamente están teniendo lugar. Nótese que se impone aludir a un contexto (lugar) como referencia y fondo respecto del cual situar y «atar» el torrente de mis experiencias, acciones, reacciones, creencias, ideas, pensamientos, opiniones, recuerdos... De todos modos, el yo como contexto o lugar no ha de tomarse como cavidad interior, sino como referencia y fondo que está haciéndose y rehaciéndose continuamente (y por qué no, a veces, deshaciéndose). En este sentido, el yo es más una idea reguladora que una entidad concretable, mientras que los mí son, en realidad, las realizaciones concretas, empíricas, del yo, en su continua propagación. Pero el yo nunca aparece sino en los mí. Ahora bien, sin referencia al yo, los mí andarían sueltos, sin amo, pero no es el caso (qué más quisiera uno, a veces, cuando ciertos mí son insoportables como, por ejemplo, mi dolor, mi pena, mi angustia, mi culpa, mi vergüenza, mi estupidez, mi mala-conducta, mi pobre imagen, ...) Así, pues, se impone la distinción yo-trascendental / yo-empírico. El punto aquí es, efectivamente, que el yo es trascendental en el aspecto de que, aun estando en cada una de las acciones empíricas, no se agota en ninguna de ellas y da sentido personal a todas. «Sentido personal» implica, desde el punto de vista social, nada menos que la responsabilidad. Cierta idea de yotrascendental la exige el funcionamiento de la sociedad (no es cuestión únicamente de filósofos ociosos). De todos modos, esta condición trascendental del yo tiene su propia base empírica en el cuerpo. El cuerpo que aquí se refiere no es el cuerpo biológico sino el cuerpo biográfico que, sin dejar de ser biológico, tiene una esencial dimensión social. (Act. V) El cuerpo es la base fenoménica de la persona y es, a la vez, la base experiencial de la vida (no en vano las personas son de «carne y hueso», como diría Unamuno). Habría que recordar aquí lo sugerido a propósito del cuerpo-como-objeto de la mirada de los demás, como imagen,


como entidad biográfica y como nombre. Prueba «experimental» de esta condición trascendental del cuerpo sería la continuidad de la conciencia y la conciencia de esta continuidad. Resultaría asombrosa, si se reparara en ella, esta continuidad de la conciencia a lo largo de tantas vicisitudes de la vida, incluyendo las veces que se «desconecta» durante el sueño y ya no se diga si se «pierde la conciencia» (sin que falte el deseo de suprimir algunos eslabones que se preferiría no recordar, si bien Freud diría que eso ya lo hace el inconsciente). Es la memoria el hilo de esta continuidad de la persona. Asombroso es, en este caso, por el desastre que supone, el extravío de la memoria, como la que se da en ciertas enfermedades degenerativas del cerebro. (Act. VI) 4. 2. La dialéctica persona-personaje Con todo, la distinción que aquí se prefiere para dar cuenta de esta estructura dual de la persona es la designada precisamente con el par persona-personaje. En este par, «persona» toma el sentido del yo-trascendental y «personaje» el del yo-empírico, bien entendido que ambos son aspectos del mismo yo, a menudo, indistinguibles.

Pares de términos en la estructura de la persona Ser

Estar

Yo

Circunstancia

Yo

Yo-trascendental

Yo-empírico

Persona

Personaje David. Michelangelo

¿Cuáles son las ventajas de este par? Podemos hallar tres. Una es que dota al yo-trascendental de cuerpo. Otra es que permite plantear una dialéctica personapersonaje. Y, en fin, la otra es que retoma el sentido teatral originario de la persona. El punto de partida y, de hecho, la condición trascendental de la persona es, por fin, la persona corpórea, de carne y hueso. En este sentido, la medida de la persona ya no la da el sujeto pensante sino un sujeto operante. Ya no se trata de un sujeto recóndito sino de un sujeto expuesto, en el sentido de que actúa y al hacerlo se arriesga. Sus credenciales no son otras que la conducta. La conducta es lo que hace el sujeto y lo que hace al sujeto. Pues bien, valga este efecto bidireccional de la conducta para introducir la dialéctica persona-personaje. En efecto, la conducta reinfluye sobre el actor y no sólo fluye del actor hacia el objeto de la acción. Se podría decir ya que la persona se expone en sus actuaciones. En este sentido, las actuaciones vienen a ser operaciones y, en definitiva, puestas en escena, de manera que sus efectos reobran sobre el propio actor (persona). La cuestión aquí, en la vida misma (a diferencia del teatro), es que el actor-como-intérprete (la persona tomada de la máscara) coincide con el actor-como-autor (la persona tomada ahora como autora de sus actuaciones). De ahí que la persona-como-máscara pase a ser el personaje y se reserve la persona propiamente para el actor-como-autor (por más señas autor responsable de su actuación). El «actor» es actor porque actúa ante otros y es autor de sí mismo, de sus actos, es responsable, pero ambas caras no actúan escindidas, salvo que voluntariamente se realice un desdoblamiento como pasa en la duplicidad de las mentiras, las hipocresías, los engaños…, que son tales porque declaramos que lo que debería compenetrarse dialécticamente no lo hace. No es que el personaje haya de ser lo falso y la persona lo verdadero porque tan verdadero es el uno y la otra. De hecho, el personaje es la verdad de la persona en el sentido de ser su actualización (o puesta en escena). Pues bien, esta dialéctica persona-personaje se puede ilustrar con el Quijote y, en concreto, con la relación entre Alonso Quijano (AQ) y don Quijote (dQ). (Cervantes: Don Quijote de la Mancha, Barcelona, Instituto Cervantes/Crítica, 1998). Como se recordará, el hidalgo AQ concibió hacer caballero andante, autonombrándose dQ de la Mancha. De esta manera, AQ sería la persona y dQ el personaje. El punto es que AQ, de tanto leer novelas de caballería, se lanza a sí mismo como si fuera un caballero. El caso es que al fingir en serio y los demás corresponder, aunque entre bromas, también en serio, dQ llega a fungir de hecho como caballero y, así, termina por forjar una nueva persona pues, al fin y al cabo, AQ muere como todo un caballero. (Act. VII) Un ejemplo femenino se encuentra en «Madame Bovary» (FLAUBERT: Madame Bovary, Madrid, Cátedra, 1990), donde la protagonista también de tanto leer, en este caso, novelas de

Don quijote leyendo libros de caballería en sus estudio. Adolph Schrödter

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Shakespeare: Las siete edades de la vida

amor, llegó a creerse un personaje romántico que, sin embargo, su persona de partida no pudo sostener. No en vano esta condición por la que una persona se proyecta a sí misma como personaje que pretende sobrepasar con creces su posición de partida se llama quijotismo o bovarismo. Finalmente, el par persona-personaje sitúa a la persona en la perspectiva originaria del teatro. La cuestión está en no perder de vista que la persona se forja en relación con los demás. Como se ha dicho, la persona es tanto sujeto de la acción como objeto de la mirada de los demás. La persona implica la condición de actor (máscara) con la particularidad de ser también la autora responsable de la acción. Situados en la perspectiva del teatro, no se ha de escatimar la imagen de las personas como personajes de un drama y del mundo como un escenario. En esta misma línea, no se dejaría de considerar el sentido dramático de la vida, sometida como está a la contingencia. Contingencia y drama, así es la vida. 5. En conclusión, la persona implica la sociedad

«¡El mundo es un gran escena rio y simples comediantes los hom bres y mujeres! Y tienen marcados sus mutis y las apariciones y en el tiempo que se l es asigna hacen muchos papeles, pues en siete eda des se dividen sus actos: la infancia va primero, que llora y ba bea en manos de su ama. Luego es el muchacho ll orón qu e arra stra su mochila, y su cara resplandeciente por la mañana, como caracol can sado, hasta l a e scuel a. Lu ego el amante suspirando como un fuelle, entonando baladas tristes que dedi ca a las cejas de la amada. Y el sol da do p rofirien do j uramentos, con ba rbas de leo pardo celoso de su honor, duro y eficaz en la pelea, tras las pompas de la gloria que quiere ver hasta en la boca del cañón. Y el justicia, de he rmosa panza abom ba da, rep leta d e capo nes, ojos severos, corte d e bar ba a l uso repartiendo lugares comunes y sen tencias, así repre sen ta ndo su papel. La sexta edad muestra con sus pa ntufl as a Pantale ón e njuto con anteojos sobre la nariz y bolsa en el costado; sus calzas juveniles, que ha conservado bien, le quedan anchas en sus piernas escuálidas, y su vozarrón viril, que atipla como un niño, suena a caramillo y flauta. Y la escena final –con la que te rmina esta azarosa historia- es la segunda infancia o el olvido, ciego, desden tado, sin paladar, sin nada» (SHAKE SPEARE: Co mo gustéis, 1 40165, Cátedra, 1995, pags. 228-229)

La persona es un reconocimiento social de los individuos humanos que les confiere dignidad por la que merecen el trato debido y les obliga a merecerlo. No en vano la persona es una parte de la sociedad y está, a su vez, participada por la sociedad. En este sentido, la persona incorpora toda la sociedad. Para ser tú mismo tienes que contar con los demás. La persona necesita del escenario en el que están los otros para ser algo o, quizá mejor, para ser alguien. No sólo estás ahí para ser reconocido sino que tienes que hacer lo correspondiente para serlo. No sólo estás ahí para que te respeten sino que tienes que hacerte respetar. La persona pre-supone la sociedad. Quien pretende llevar una vida apartada, retraída no por ello se distancia de la sociedad, como mucho puede renunciar a ser sujeto activo. La necesaria socialización del individuo no puede entenderse como una pérdida de la individualidad personal sino, en todo caso, como una dialéctica continua entre ambos términos: no puede haber sociedad humana sin sociedad de personas ni puede haber personas sin sociedad humana. O dicho negativamente: una sociedad de individuos despersonalizados (sin derechos: por ejemplo, una sociedad de esclavos) es tanto más inhumana; y un conjunto de individuos humanos distantes de la socialización (sin estructuras comunes: por ejemplo, la transmisión de los conocimientos) tanto más despersonalizados se hallarán. La persona se entiende como un sujeto activo, más que pasivo, y en esa medida el individuo no

La paloma de Kant. «La ligera paloma, que siente la resistencia del aire que surca al volar libremente, podría imaginarse que volaría mejor aún en un espacio vacío» (Kant: Crítica de la razón pura, Introducción, A5-B9, Madrid, Alfaguara, 1998, p. 46)

Schopenhauer: La vida como tragedia, como sainete y como comedia. «La vida de cada individuo, si se considera en su conjunto y en general, sin fijarse más que en los rasgos principales, es siempre un espectáculo trágico: pero vista en sus detalles se convierte en sainete, pues las vicisitudes y tormentos diarios, las molestias incesantes, los deseos y temores de la semana, las contrariedades de cada hora, son verdaderos pasos de comedia. Pero lo que consti tuye una verdadera tragedia son las decepciones, las ilusiones que la suerte pisotea cruelmente, nues tros errores y el dolor creciente, cuyo desenlace es la muerte. De este modo, como si el destino hubie ra querido añadir a la desolación de nuestra existencia el sarcasmo, nuestra vida encierra todos los dolores de la tragedia, arrebatándonos la dignidad de los personajes trágicos. Por el contrario, en los detalles de la vida, necesariamente nos convertimos todos en caracteres cómicos» (SCHOPENHAUER: El mundo como voluntad y representación, IV, &58, Porrúa, 1987, págs. 251-252)

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está llamado a «identificarse» con la sociedad en la que vive, sino a entrar en una tensión dialéctica, la que es propia de una multiplicidad de actos y actores que no dependen de un autor único o un Dios director providente. En general la persona tiene asegurada, hoy sobre todo, su ser social como consumidor, y en el límite, como «consumidor de basura». Cómo construir en una sociedad de personas la propia personalidad y cómo recomponer continuamente una sociedad digna de personas sin que los individuos componentes se vean marginados del escenario social, son las dos caras de una misma realidad. La condición trascendental de la persona, por la que va más allá de sí mismo, es inmanente a la sociedad. Incluso para volar por tu cuenta tienes que apoyarte en la sociedad. No te vaya a pasar como a la paloma de Kant. Para salvarte a ti tienes que salvar a la sociedad. Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo, decía Ortega. Para que a ti te vaya bien tiene que haber un buen escenario donde tenga sentido tu existencia. En conclusión, no sólo la sociedad humana se ha constituido como una sociedad de personas sino que la persona misma se constituye en sociedad. Por eso, la persona implica la sociedad, es decir, la persona más que a un individuo aislado (personal) apunta a la sociedad y antes que nacer de una «interioridad personal» se despliega en un escenario externo de personas sociales que se relacionan y se afectan unas a otras construyendo un mundo de personas, que porque no se diluye históricamente en meros avatares empíricos podemos hablar de persona trascendental. La persona trascendental no es una casualidad o azar histórico, en la evolución por ejemplo, sino la misma causalidad del conjunto de hechos y acciones que los seres humanos han forjado históricamente como su seña de identidad, identidad que está en proceso de transformación pero que no es reversible porque acumula las capas que se han ido asentando al modo de las capas geológicas que conforman el suelo. Eso que no se ha volatilizado en pura peripecia o en el juego de avatares positivos fugaces y circunscritos sino que ha quedado aposentado en la especie y en cada individuo en su conjunto es el componente trascendental de la persona.

La acumulación de las capas geológicas que forman el suelo se ase mejan a la conformación de la persona trascendental en cuanto conjunto de hechos y acciones que forman sus señas de identidad.

ABoecio (480-524/5) se debe la formulación que pasará en la tradición filosófica como la definición de persona: «sustancia individual de naturaleza racional» (Persona est naturae rationalis individua subs El concepto de persona, como término, guarda una primera relatancia). Desde esta definición, durante la Edad Media, queda claro que ción, según hemos visto, con la palabra griega «prosopon», máscara. en tanto «racional» se refiere no a las sustancias materiales sino a las Pero en el curso de los siglos por venir se añadirían otros significados. espirituales: el hombre (por su principio espiritual o alma) y las persoTertuliano (c. 155- c. 220), apologista cristiano, ocupado en nas de la Trinidad divina. Como «sustancia individual» da estatuto a defender a los seguidores de la nueva religión monoteísta ante el acocada persona humana y señala lo que tiene de misterio la «triple persoso politeísta del Imperio romano utiliza en el contexto de la jurisprunalidad divina». Todos los hijos de Dios son personas humanas. La perdencia romana la palabra «persona». Se apunta así uno de los hilos hissona es aquello substancial que subsiste (hipostasis) en las naturalezas tóricos sobre el que se conformará el concepto de persona: el jurídicoespirituales. Tenemos así a la persona metafísica de filiación teológilegal. La persona va a ser un sujeto legal. ca. Mientras que cada individuo lo es en cuanto extensión física cada En los primeros siglos del cristianismo y, en concreto, en el Conpersona se constituye metafísicamente, pero no menos individualmencilio de Nicea (325) se discutió si Jesucristo tenía dos naturalezas (la te. Este ser substancial espiritual se constituye en el lugar de donde nace humana y la divina) o si sólo tenía una (bien humana y no divina, bien la libertad y los demás atributos racionales, y, en consecuencia, se idendivina y sólo aparentemente humana). En todo caso, la línea ortodoxa tifica con la dimensión ético-moral del ser humano. En Kant, esta idenque se asentará en el credo antiherético defendetidad entre el ser ético y el ser personal se vuelrá la doble naturaleza pero indicando que se trave explícita, y en él la persona es un fin en sí mista de una sola persona. Esta realidad se mencioma, nunca un medio, y clave de su teoría ética. naba como «hipóstasis» o sustrato sustancial (en Sólo obra éticamente quien desde su autonomía San Atanasio) al lado del vocablo griego «proraciona l hace lo que de be hac er. Además de sopon» (en San Juan Damasceno). cumplir con el deber el sujeto de la acción ética San Agustín (354- 430) involucrado en no puede ser otro que la persona. Y precisamenarrojar luz sobre el misterio de la Santísima Trite son las leyes éticas (o morales) las que nacen nidad (hay un solo Dios, pero son tres personas del reino de la libertad frente a las leyes naturadivinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo) utiliza el le s que son deterministas. Defiende, así, una término persona para señalar lo que hay de reladoble realidad ontológica: el reino de la naturación íntima personal en el seno del Dios único. A leza y el reino de las personas o de la libertad. la sustancia le corresponde el atributo de la relaA partir de Kant el concepto de persona ción (al lado de los de la cualidad, cantidad, &c.) pasará a depender de la filiación más o menos según Aristóteles; San Agustín utilizará la capaespiritualista o más o menos materialista que se cidad de relacionarse la sustancia en el sentido de adopte. Tres son las posibles concepciones filorelación consigo misma y, de esta manera, en el sóficas de la idea de persona: 1) la concepción interior de algo simple, sustancialmente se da positivista, 2) la concepción metafísica y 3) la una relación: precisamente la de las tres personas concepción dialéctica. Boecio divinas que el dogma cristiano establecía. 6. Retrospectiva histórica del concepto de persona

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6.1. Concepciones positivista, metafísica y dialéctica de persona Para la concepción positivista la persona es una realidad social e histórica resultado de una convención que no tiene otro fundamento que el de ser una idea regulativa de la convivencia social, pero no constitutiva. La verdad de lo que las personas encierran sólo tiene sentido referido a alguna de las ciencias que se ocupan en el estudio del ser humano, por tanto, la persona será una cuestión de la psicología, de la sociología, de la etnología, &c. El positivismo antimetafísico pretende insistir en lo que de relativo, social e histórico tiene el concepto de persona. De esta manera, la persona no tiene componente alguno trascendental. Se trata, en la medida que niega el componente trascendental, de un reduccionismo. Para la concepción metafísica además del sujeto biológico, psicológico, social… natural, en definitiva, existe un trasfondo o una esencia en ese sujeto que tiene caracteres espirituales. La espiritualidad de la persona es un en-sí y un para-sí puros, aunque se conceda que inevitablemente tiene una proyección de apertura a los otros. Queda claro que es esta postura actual la que conecta con la tradición que desde San Agustín llega a Kant. El personalismo del siglo XX (Mounier) recoge esta tradición pero insistiendo radicalm ente en la apertura social de la persona humana como uno de sus componentes más esenciales. También se inscriben en esta concepción, en general, toda filosofía afín a algún tipo de religiosidad. Entienden el componente trascendental constitutivo de la persona como una substancia llamada a una existencia transmundana o, cuando menos, bajo algún tipo de hipóstasis espiritual, es decir, como una realidad con capacidad de operar independientemente del cuerpo o no sometido a sus leyes. La c oncepción meta físic a es antitética, como se ve, de la positivista. La concepción dialéctica de la persona parte del postulado positivista de la historicidad y de la dimensión social como esencial y generadora pero sin renunciar al componente trascendental. En el curso de la historia y del desarrollo evolutivo, y en el curso del desarrollo ontogenético de cada individuo –dadas las características evolutivas presentes- los sujetos humanos desarrollan determinadas dimensiones en su forma de ser, de comportarse y de relacionarse en sociedad tales que resultan esenciales no sólo para mantener un status quo social determinado sino como signo de identidad del sujeto humano. Pero esta «sociedad de personas» y estas «personas en sociedad» dependen la una y las

otras recíprocamente entre sí. Efectivamente, no hay persona si no afirmamos la dimensión trascendental del sujeto respecto de determinadas formas de ser y, en concreto, como Kant quería (aunque en contra de su supuesto metafísico –la voluntad «pura»-), no hay persona si no hay conducta ético-moral (sea buena o mala) y si no hay libertad. La concepción dialéctica no puede afirmar la cualidad de persona en el individuo aislado y no socializado porque no nace (un niño ferino, por ejemplo) dotado per se de una condición de persona que le pertenezca en-sí y por-sí, sino que la recibe de la sociedad. Pero, a su vez, la persona al de sarr ollar los «valor es personales» contr ibuye al desar rollo de la sociedad de personas. La postura que se ha defendido en este tema se corresponde con esta concepción. Sin la dialéctica individuo-sociedad el curso evolutivo de la especie humana se extinguiría como tal, y, quizá, de su escisión ¿podría surgir como pretendió Nietzsche un superhombre?, o, si se prefiere, rota esta dialéctica, acaso por una enferme-

Emmanuel Mounier 1905-1950 Representante del personalismo, corriente filosófic a cristiana de la primera mitad del siglo XX, con pretensiones de aspirar a una revolución social distinta de la propuesta por los socialismos y comunismos de clara inc linación estatista y más diferente aún de la buscada por los fascismos no igualitarios. A la vez, pretende distanciarse del individualismo del modelo conservador y reaccionario que repres enta el c apitalismo del momento.

dad-plaga que afectara a la conducta de todos los seres humanos, ¿en qué sociedad de seres interactuantes se convertiría la actual sociedad de personas?, y ¿lograría sobrevivir si se extinguieran los valores conformadores de lo que hoy identificamos como una «persona»? Ha de notarse que aunque algunos individuos (psicópatas, dementes, menores de edad…) no se relacionan con los demás como personas, los componentes trascendentales subsisten en la especie (los hijos de un psicópata o el propio psicópata curado podrán ser personas) porque la dialéctica individuo-sociedad no se rompe porque se rompa en alguno de sus eslabones (Act. VIII)

ACTIVIDADES Actividad I. Textos Texto 1. Auguste Comte: Necesidad de un poder espiritual positivo «Es preciso, pues, sobre todo, en nombre de la moral, tra bajar con ardor en conseguir por fin el ascendiente universal del espíritu positivo, para reemplazar un sistema caído, que, tan pronto impotente como perturbador, exigiría cada vez más la pre sión de la me nte como c ondic ión pe rmanente del orden moral. Sólo la nueva filosofía puede establecer hoy, respecto a nuestros diversos deberes, convicciones profundas y activas, verdaderamente susceptibles de sostener con energía el choque de las pasiones. Según la teoría positiva de la Humanidad, demostraciones irrecusables, apoyadas en la inmensa experien cia que ahora posee nuestra especie, determinarán con exacti -

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tud la influencia real, directa o indirecta, privada y pública, pro pia de cada acto, de cada costumbre, de cada inclinación o sen timiento; de donde resultarán naturalmente, como otros tantos corolarios inevitables, las reglas de conducta, sean generales o especiales, más conformes con el orden universal, y que, por tan to, habrán de ser ordinariamente las más favorables para la feli cidad individual. A pesar de la extrema dificultad de este mag no tema, me atrevo a asegurar que, tratado convenientemente, es capaz de conclusiones tan ciertas como las de la geometría misma. […] Al realizar así el gran oficio que el catolicismo no ejerce ya, este nuevo poder moral utilizará con cuidado la feliz aptitud de la filosofía correspondiente para incorporarse espon táneamente la sabiduría de todos los diversos regímenes ante riores, según la tendencia ordinaria del espíritu positivo respec to a un asunto cualquiera. Cuando la astronomía moderna ha


eliminado irrevocablemente los principios astrológicos, no ha conservado menos celosamente todas las nociones verdaderas obtenidas bajo su dominio; otro tanto ha ocurrido para la quí mica, relativamente a la alquimia» (Auguste COMTE: Discur so sobre el espíritu positivo, Barcelona, Altaya, 1995, págs. 8990) Cuestiones: 1) Comte pretende cambiar un orden moral por otro: cuál por cuál. 2) En ese cambio que afecta a toda la sociedad en su conjunto, e incluso a la Humanidad, ¿crees que ha de entenderse que han de cambiar también las personas, que tienen que transformarse?, explica cómo concibe esto. 3) ¿Crees que la postura de Comte se compagina mejor con una concepción positivista, metafísica o dialéctica de la persona?, razónalo. Texto 2. Emmanuel Mounier: Pero, ¿qué es mi persona? «”Mi persona no es mi individuo”. Llamamos individuo a la difusión de la persona en la superficie de su vida y a su com placencia en perderse en esa superficie. Mi individuo es esa ima gen imprecisa y cambiante que dan por sobreimpresión los dife rentes personajes entre los que yo floto, en los que me distraigo y huyo de mí. […] La persona no es un lugar en el espacio, un terreno que pudiera ser circunscrito y que se sobreañadiera a otros terrenos del hombre que viene a apoyarse en ellos desde fuera. La persona es el volumen total del hombre. Es un equili brio en longitud, anchura y profundidad, una tensión en cada hombre entre sus tres dimensiones espirituales: la que sube des de abajo y la encarna en una carne; la que está dirigida hacia arriba y la eleva a algo universal; la que está dirigida hacia lo ancho y la lleva hacia una comunión. “Vocación, encarnación, comunión, tres dimensiones de la persona”. Mi persona es en mí la presencia y la unidad de una voca ción intemporal que me llama a rebasarme a mí mismo, y ope ra, a través de la materia que la refracta, una unificación siem pre imperfecta, siempre comenzada de nuevo, unos elementos que se agitan en mí. La misión primera de todo hombre es des cubrir progresivamente esa cifra única que señala su lugar y sus deberes en la comunión universal, y consagrarse, contra la dis persión de la materia, a esa concentración de sí mismo» (Emmanuel MOUNIER: «Revolución personalista y comunitaria», en Obras Tomo I (1931/1939), Barcelona, Laia, 1974, págs. 204207) Cuestiones: 1) ¿Cuáles son los rasgos que definen a la persona, según Mounier? 2) Mounier propone aquí ¿un cambio del sujeto, de la sociedad o de ambos?; en todo caso, ¿de qué manera concibe este cambio? 3) ¿Crees que la postura de Mounier se compagina mejor con una concepción positivista, metafísica o dialéctica de la persona?, razónalo. Texto 3. Gustavo Bueno: la idea de persona como idea transcendental «”La transcendentalidad positiva de la persona humana implica la pluralidad de personas y su heterogeniedad”. Por este motivo la transcendentalidad de la persona humana no la enten deremos como una propiedad que pueda atribuirse al hombre en virtud de su «naturaleza», sino como característica resultante de un proceso histórico cultural. […] La persona no es simple mente un «ser», sino un «deber ser»; mejor dicho, su ser es su deber ser. No es una realidad (un bien) sino un valor; es una rea lidad que consiste, por institución, en ser un valor. La persona dice, por institución, una dignidad o excelencia que no se deja reducir a la condición de objeto de contemplación. Ser persona es, por el contrario, estar obligado a cumplir deberes frente a otras personas, tener la facultad de reclamar derechos frente a terceros. Obligaciones y facultades que sólo pueden entenderse como efectos de la «masa inercial» de un cuerpo social que haya

alcanzado una «velocidad histórica» precisa. La condición de persona confiere también, en principio, al individuo, la capaci dad de «gobernar» los motores, etológicos o psicológicos, que actúan a nivel individual ( tales como temor, odio, envidia, soberbia, egoísmo estrecho) […] El sujeto individual se define por sus intereses propios y entre ellos cuenta el interés que le mueve a diferenciarse de los demás, aun cuando éstos sean tan personas como él mismo. Hay que considerar transcendental, por tanto, al impulso de los indi viduos a su diferenciación mutua como personas. […] La igualdad formal entre las personas, como sujetos de derechos y deberes, está en oposición a la diversidad material que las personas (y, por tanto, sus mundos respectivos) requie ren para ser precisamente personas con identidad propia. De hecho, ninguna persona se identifica con un sujeto universal: el sujeto personal pertenece necesariamente a un grupo social, a un ciclo cultural, a una clase social, es de una raza y no de otra, es un ciudadano y no sólo “un hombre”. Desde la perspectiva de estas diferencias constitutivas, se comprende la necesidad de considerar a los deberes éticos como aquellos contenidos que mejor se superponen a la universalidad de la persona, puesto que aquello que es más igual, como principio genérico, entre todas las personas, es precisamente la individualidad orgánica » (Gustavo BUENO: «Individuo y persona», en El sentido de la vida, Oviedo, Pentalfa, 1996, págs. 176-177, 179 y 180) Cuestiones: 1) Resume las ideas centrales del texto y clasifica la concepción como positivista, metafísica o dialéctica. 2) Busca elementos que se afirmen en el texto de Bueno que también sean afirmados por Comte y Mounier en los textos anteriores. 3) Busca los elementos en los que no coincide la postura de Bueno con la de Comte, por una parte y con la de Mounier, por otra. 4) Expón tu criterio sobre la idea de persona a la luz de estos análisis. Actividad II. Actividades de aplicación 1. Aplicar comentando: 1.1. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina?, ¿qué es antes el individuo o la sociedad? Tratar de solucionarlo primero en abstracto y después recurriendo a la teoría de la evolución. 1.2. Comentar la siguiente formulación: «La sociedad es un producto humano. La sociedad es una realidad objetiva. El hombre es un producto social” (Berger y Luckmann: La cons trucción social de la realidad, Amorrortu, 1972, pág. 84), en línea con el análisis anterior sobre «el huevo y la gallina». El análisis ha de huir de la acostumbrada circularidad viciosa. Obviamente, en la escala evolutiva, es antes el huevo que la gallina. ¿Cuál es aquí el huevo y la gallina, la sociedad o el individuo? Actividad III: Actividades de aplicación. Aplicar comentando y desarrollando II.1 ¿En qué sentido se puede decir si era o no persona el «niño salvaje» de Aveyron? Como se recordará, Víctor de Aveyron fue hallado en 1799 en un bosque en estado prácticamente «salvaje». Contaba con 11-12 años y se supone que fue abandonado cuando tenía 4 ó 5 años, sobreviviendo como pudo, al margen de cualquier trato humano. Por supuesto, no sabía hablar y carecía de los «modales» de la gente que lo recogió. (LANE: El niño salvaje de Aveyron, Alianza Editorial, 1994) II.2 Puede verse la película de Truffaut: El pequeño salva je, 1970 y buscar datos de análisis y criterios argumentativos que resuelvan lo siguiente: ¿Era persona antes de que fuera encontrado? ¿Empezó a ser persona a partir de entonces? ¿Qué se puede decir de otros casos que fueron criados por animales?

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Actividad IV: Actividades de aplicación. Aplicar analizando e investigando III.1 Analizar la frase de Ortega: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». III.2 Investigar el significado de la f órmula heideggeriana «ser-en-el-mundo» y contr astarla con la a nterior de Ortega. ¿P ueden equipararse ambas expresiones, de Ortega y Heidegger, una como traducción del alemán y la otra en lenguaje castizo? III.3 Estudiar la etimología de «circunstancia». III.4 Repárese en el posible sentido trascendental de la fórmula orteguiana, al hablar de la salvación dentro de la sociedad (no fuera del mundo) Actividad V: Ensayo: «cuerpo biológico-cuerpo biográfico» Se propone ha cer un ensayo sobre ambos aspectos de l cuerpo aplicándolo cada uno a sí mismo. 1) Realizar un resumen de los distintos cuerpos biológicos por los que se ha atravesado (feto, bebé, &c.) y los que se proyectan en el futuro. 2) Realizar un resumen de los distintos «cuerpos biográficos» construidos. 3) Realizar una proyección de los cuerpos biográficos a los que aspiramos. 4) Buscar un ejemplo famoso o histórico de un cuerpo biológico deseable y explicar en qué sentido lo es. 5) Buscar un ejemplo famoso o histórico de un «cuerpo biográfico» deseable y explicar en qué sentido lo es. 6) Concluir con una reflexión que afr onte las siguientes ideas generales aplicadas e n general a todos los seres humanos: a) qué implica «tener cuerpo» y qué supone «ser cuerpo»; b) cómo influye el cuerpo en la constitución del se r pe rsonal, en la m edida que sea grande, pequeño, femenino, masculino, &c.; c) si lo que importa es la persona ¿a qué viene tanta preocupación por el cuerpo en el caso de la moda, la delgadez, la buena presencia, la salud, &c.; d) los que creen en espíritus sin cuerpo cómo pueden explicar las nuevas relaciones que habrían de surgir al no estar conducidas por el cuerpo?; e) sintetiza las conclusiones a las que hayas llegado. 7) Bibliografía y fuentes utilizadas Actividad VI: Debate: «Persona sin memoria-persona con otra memoria-la memoria falseada» Discutir acerca de la memoria como hilo de la persona. ¿Qué pasaría si dos personas que duermen juntas despiertan con las m emorias inter cambiadas? ¿C ambia la persona si llega a tener «memorias falsas» como las que se dan tratando de averiguar supuestos traumas? ¿En qué medida la memoria puede ser perjudicial para la vida? (dando por supuesto la utilidad para los exámenes). Reparar en el impacto que supone la pérdida de la memoria como, por ejemplo, en el caso del Alzheimer, no sólo para el paciente (que queda sin historia) sino para los demás (que quedan extrañados ante un familiar). Metodología del debate: cada alumno fija por escrito una idea, al menos, sobre 1) si es o no absurdo pretender seguir siendo el mismo sin memoria, 2) en qué medida puede haber intercambio de memoria (lo que sé de mi porque me lo contaron o lo que sé de mi yo-social porque lo he aprendido) y 3) cómo es posible falsear la memoria, cuando ésta consiste en r etener lo vivido…Finalm ente se pr ocede a intercambiar las razones de cada uno y el debate queda abierto

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Actividad VII: Buscar e investigar VI.1 Estudiar el sentido de estos términos consultando diccionarios: fingir, fungir, forjar. Establecer conexiones entre ellos que nos parezcan claras. Aplicar estos significados a los contenidos del ap.3.2 «La dialéctica persona-personaje» VI.2 Buscar en El Quijote pasajes que respondan a los términos «persona» y «personaje» y explicar en qué sentido lo son, poniéndolo en conexión con el ap.3.2 «La dialéctica personapersonaje» Actividad VIII. Lo que hay que saber después de estudiar el tema de la idea de persona 1. El sentido etimológico de la palabra persona, distinguiendo entre las dos posibles funciones de la máscara (identificación y amplificación de la voz) y apreciando sus implicaciones para la noción de persona (imagen y palabra) 2. El origen de la persona, distinguiendo entre el contexto histórico-social y biográfico-personal. 3. Si todos los individuos humanos son hoy y fueron personas y si todos lo fueron siempre. 4. Lo que hace que los individuos sean personas. 5. Distintas formas de reconocimiento. 6. La distinción entre persona física y persona jurídica. 7. Plantear la estructura de la persona en términos de ser y estar. 8. Las distintas fórmulas de plantear la estructura dual de la persona 9. La dialéctica según la cual la conducta es lo que hace la persona y lo que hace a la persona. 10. Por qué la paloma de Kant estaba equivocada. 11. Identificación de la concepción positivista, metafísica y dialéctica de la idea de persona; y sus diferencias mutuas.

Bibliografía: BUENO, Gustavo.: Para una construc ción de la idea de persona. Revista de Filosofía del Instituto Luis Vives, 1953, vol. 12, nº 47, pp. 503-567. BUENO, Gustavo: El sentido de la vida. Seis lecciones de filosofía moral, Oviedo, Pentalfa, 1996 (Lección tercera: Individuo y persona). GOFFMAN, E.: La presentación de la persona en la vida cotidiana [1959], Madrid, Amorrortu-Mar tínez de M urguia, 1987 MEAD, G. H.: Espíritu, persona y sociedad [1934], Barcelona, Paidós, 1999 PÉREZ ÁLVAREZ, Marino: Contingencia y drama. La psicología según el conductismo, Madrid, Minerva, 2004 (Capítulo 6: La persona en escena). SPAEMAN, R.: Personas. Acerca de la distinción entre ‘algo’ y ‘alguien’ [1996], Pamplona, EUNSA, 2000


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