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Manilka AĂąo 1. Noviembre 2012. NĂşmero 0.

Revista de letras para niĂąos y padres

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Iniciamos


Sumario/Noviembre, 2012 4. El

vestido de la luna

Brenda Alcocer

11 Derechos

12

de los niños

Los ojos de mi mamá

Luis Alcocer

14 La

manchita de Pipiolo

Ulises Paniagua

21 Mariposas

de luz y agua

David Anuar

24 Las

medallas de Pancho y Poncho

Angélica Santa Olaya

28 Noviembre 30 Derechos

de los niños

31 Carta Araceli Scherezada Martínez

33 Itzelina

y los rayos del sol

Luis Antonio Rincón García

36 Reseña El mundo de la música

37 Homenaje

a la niñez

Efraín Bartolomé

39 Colaboradores 40 Despedida


Editorial

H

¡ ola amigos!, te saludamos con profunda emoción. Este es el inicio de un viaje, y aunque es otoño y muchas cosas parecen terminar, con las hojas rojas que caen, con el viento helado, nosotros abrimos esta puertecilla mágica y dejamos surgir a Manilka. Manilka está aquí para llevarte de la mano a lugares fantásticos, sin que tengas que levantarte de la cama o de la mesa, sin que dejes el lugar calientito que papá o mamá han preparado para ti. En este número te contaremos un secreto de la luna, que sólo ciertos niños descalzos conocen, y desde donde te encuentres podrás escuchar al mar, su canto blanco y acompasado, y sentir su brisa, salada y pegajosa. No se nos olvida que este mes celebramos a los muertos y Manilka quiere saber cómo los festejas tú. Querido lector, Manilka quiere conocerte bien, quiere que reflexiones con ella sobre tus derechos, quiere que descubras qué hay detrás de los ojos de mamá y que le cuentes qué pasa cuando sales a jugar y regresas todo sucio a casa. Recibe el otoño, esta estación fría, buena para acompañar con chocolate y con la música de Satie, con mariposas y mocos traviesos, todo ellos amigos de Manilka, pero cuida de no acercarte mucho a Pancho y Poncho, pues ellos pueden hacer que estornudes. La aventura comienza, sube las escaleras, abre las ventanas, escarba en las rendijas de este mundo que tiene para ti nubes esponjadas y soles parlanchines, gallos y ardillas y hasta un señor muy amigable que nos contará por qué escribe para ti. Anda, no lo pienses más, dale tu manita a Manilka y camina con ella. DIRECTORIO

Directora general

Portada

Ileana Garma-Estrella

Anaís Mérida

Ilustración de interiores Consejo Editorial Anaís Mérida Mario Pineda Verónica Camacho Cristina Leirana Jorge Manzanilla Joelia Dávila Argentina Casanova

Edición y Diseño Garma-Mérida

Manilka, Revista de letras para niños y padres, es una publicación mensual que busca acercar el arte y la literatura a niñas, niños y familias de habla hispana. Directora y Editora responsable: Ileana Garma-Estrella. Distribuida desde Mérida, Yucatán, México. Tel (045) 9997 46 86 78. garmafilica@yahoo.com.mx. Colaboraciones al correo revistamanilka@gmail.com


El vestido de la luna

Brenda Alcocer

Desde la puerta nos observa mientras su mamá le explica a la mía como funcionan las cosas de la vivienda donde pasaremos dos meses de vacaciones. En realidad no es una casa completa, sino la mitad; Marlene y su familia se quedarán en la otra mitad. Doña Alicia, apenada, pide disculpas por la actitud de su hija y nos cuenta que Marlene lloró mucho cuando tuvieron que dejar su piano. Mamá la llamó y le prometió que no dejaría que nosotros lo toquemos. Arrepentida de haberme lastimado alzó mi mano e intentó un masaje sobre mis dedos. Para hacerse perdonar me dijo en voz baja: -Un día te voy a contar nuestro secreto. -Un secreto- repetí. -Sh sh sh es un secreto de familia y no a cualquiera se le dice, nos pertenece desde hace muchos siglos- soltó mi mano y desapareció. Los ruidos del batidor me despertaron. Me senté en la hamaca. El sonido se oía cerca, pero no era en la casa. Mamá, Tití y mis hermanos dormían aún. El trasteo venía en la casa de Marlene. Sin hacer ruido salí para ir a buscarla. La curiosidad del famoso secreto me atraía. Por el patio que tenemos en común, me asomé a la cocina y pregunté por ella.

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-Está en la playa, esperando la llegada de los pescadores- me informó su mamá. Marlene tiene más o menos la misma edad que yo (9 años); es flaca con el pelo rubio, como una escoba de huano seco; tiene la piel muy roja, y jamás se pone zapatos. Corrí a buscarla. Me detuve junto al mar cuando vi venir algo muy raro que daba vueltas; era ella que andaba dando pacajases, era una veleta humana. Se detuvo junto a mí, y en reto me dijo: -A que no los das tan rápidos como yo. -No sé- respondí. -¿No sabes?- Abrió los ojos de asombro. -No, no sé- repetí. -Ven, te voy a enseñar; luego daremos volantines. -Volantines si sé- dije feliz de poder compartir algo. -Mira: te paras con los pies abiertos. Fíjate bien. Te inclinas de lado, apoyas la mano en el suelo, elevas los pies, apoyas la otra mano y bajas los pies por el otro lado. Todo esto se hace muy rápido y tomando impulsos.

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Cuando terminó de explicar se alejó, corrió hacia mí y dio la voltereta. -¿Ves? Así se hace. Ahora tú sigues- ordenó imperativa. -No puedo. -Sí puedes. Hazlo. -¿Así? -Ya casi, no es muy difícil. -Cansa, pero es divertido. -Cuando tienes práctica, cansa menos que caminar. Sigamos. Muy bien, ya casi puedes. ¡Los pescadores! - interrumpió bruscamente el juego. Corrió a buscar un tazón que había abandonado en la playa, me jaló de la mano hasta la barca que llegaba en ese momento. Un hombre con cara de piedra, los hombros y los brazos con dibujos azules y muy feos, tomó el traste de Marlene y le ordenó a otro: -Atiende a las señoritas. El muchacho tomó el recipiente que le daba y lo llenó hasta la mitad con ojos de pescado; así recorrimos varios botes, hasta que el tazón se llenó. Nos fuimos a sentar bajo una palma donde había una bolsa de limones que ella llevó a los pescadores para que los partieran. Regresó con un puñado de sal, y los limones en mitades que dedicó a exprimir sobre los ojos de pescado. Luego con infinito placer los tomaba con los dedos y se los metía a la boca. Cuando ya iba por la mitad me convidó; invitación que rechacé con asco. -Si quieres conocer el secreto debes tener muy buena vista, y eso sólo se logra comiendo ojos de pescado.

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-¿No hay otra forma? -Es que son más efectivos. Las cosas que están en el mar se ven mejor así. Eso me interesó, ya me sentía casi en el secreto. Después de una semana ya podía dar pacajases como rehilete, y comía los ojos de pescado sin asco. Ansiosa comencé a preguntarle cuando, por fin, sabría el famoso secreto. A lo que contestaba fastidiada y mandona: -No depende de mí, la luna nos dirá cuando. -¿la luna, por qué la luna? -Ella tiene que ver con todo: el movimiento del mar; el nacimiento de los niños; las siembras; el comportamiento de los animales; con todo tiene que ver y cuando se le ocurre sale muy oronda a pasear de día y tapa al sol. La gente dice que es eclipse. Una tarde que sacaba weches de la orilla del mar, mientras Tití (mi tía abuela) rezaba el rosario, llegó Marlene a darme la noticia. -Creo que hoy es la primera noche, la del comienzo. -¿Hoy, crees? -Sí, creo que hasta que llegue la noche lo sabremos. Mientras llegaba la noche seguimos jugando a la orilla del mar. Cuando Tití se levantó para llevarnos a casa, Marlene, girando en volantines chocó conmigo. -A las nueve junto a la mata de uva. Ven sola, no faltes- dijo con voz inaudible.

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El quinqué estaba apagado, la casa a oscuras. Me levanté sin hacer ruido. Me escurría gateando bajo las hamacas cuando un tirón de pelo me obligó a frenar. -¿Dónde vas?- dijo Tití con mi pelo entre sus manos. -Al patio. Tengo ganas de orinar. -Ahí está la nica en el rincón. -No veo, afuera está más claro. Me soltó y encendió una vela que tenía bajo su hamaca. -Ya está claro. No salgas de la casa- ordenó enérgica. La voz de mamá intervino: -Déjala, no van solas, doña Alicia y su mamá van con ellas. No hablen tan alto que despertarán a los demás. Seguí mi camino un poco decepcionada de que mamá lo supiera. Ya afuera de la casa me detuve, tratando de ver en la oscuridad. Distinguí la luz de un quinqué y corrí donde estaba. El papá de ella sostenía la lámpara, la abuela y la mamá llevaban unos cubos de plástico en las manos. -¿Ellos saben tu secreto? -Ha pasado de padres a hijos. Es un secreto de familia, y en otra parte del mundo hay otras familias que lo comparten- contestó.

Imagínate una playa iluminada por la luz de la luna. Su color plateado derramado sobre la arena, el brillo de la espuma de las olas que van llegando una tras otra.

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Cuando llegamos a la playa, la arena de la orilla brillaba como si alguien hubiera regado lentejuelas plateadas. Marlene corrió y recogiendo los brillos los lanzaba hacia arriba, muy alto, tan alto como podía. -Ven, ésta es la tarea- me gritó. Yo la seguí. Jugando y riendo trabajamos como tres horas. Los papás y la abuela nos ayudaban recolectando en sus cubetas los pedacitos de luz que nosotras entusiasmadas tirábamos con todas nuestras fuerzas. Volvimos en silencio. Al despedirnos me recordó que muy temprano llegaban los pescadores. Tardé mucho en dormir. No entendía el famoso secreto, aunque me divertí muchísimo. Eran las nueve de la mañana. Los gritos de Marlene me despertaron. -No fuiste a recibir a los pescadores. Toma, te guardé un poco. Me dio el tazón con los ojos de pescado, y mientras yo comía ella continuó: -La tarea dura catorce días y mientras estés en el puerto tienes que cumplirla. Ahora es cuando necesitamos ver mejor.

Tía Evelia siempre me contaba sobre la música de piano que se dejaba escuchar en las salas de cine, hace muchos años. Habrá sido hermoso que uno mirara la pantalla de los cines y que ahí adelante se encontrara una orquesta, o en este caso un pianista, bien listo para ponerle música a las actuaciones de los protagonistas. ¡Te imaginas!

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-¡Es que no entiendo qué es lo que estamos haciendo! -Mira, cuando la gente dice que es luna llena, es que la luna tiene un vestido nuevo que, poco a poco, le hacen sus tejedoras. Entonces ella baja al mar a presumirlo a las sirenas; se pone a jugar con los delfines y cada día va dejando pedazos de su ropa. Por eso la vemos en el cielo cada día más chica. Cuando su vestido se le ha deshecho en el mar, se esconde. Nosotros le devolvemos los pedazos de plata, lanzándolos al cielo como hemos hecho. Sus tejedoras de nuevo empiezan el tejido, y durante catorce días se va asomando a mostrarnos el avance, hasta que vuelve a ser luna llena y baja a jugar otros catorce días. Nuevamente nos damos a la tarea de mandarle la plata para su vestido. -¿No te cansas? -No. Mira, gracias a eso yo tengo mi secreto -dijo mostrándome un envoltorio blanco. Lo abrió dejando ver un puñado de escarcha. -¿Para que te sirve eso? - pregunté. Ella caminó hacia el piano y dejando caer el polvo plateado sobre sus teclas, se puso a tocar la música más bella oída hasta entonces.

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Derechos de los ni単os Tienes derecho a la vida

Tienes derecho a la salud

Tienes derecho al juego

Tienes derecho a una familia

Tienes derecho a expresarte

Tienes derecho a la libertad de pensamiento

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Los ojos de mi mamá

Luis Alcocer

Los ojos de cristal miran la claridad de los espejos son propicios a observar en forma distraída los hechos secretos las playas que no hemos visitado las manchas en la ropa o los papeles desperdigados que no siempre están al alcance de los ojos hechos por artesanos Para esto hay otros ojos blandos y firmes como uvas con esa consistencia de mejillas sanas y brillo de agua miran lo que sucede cuando parece imposible giran para ajustar su lente y se hacen pequeñitos para evitar la luz desparramada

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Mi mamá tiene ojos como esos por eso se da cuenta enseguida si trato de ocultarle alguna cosa mira a través de puertas y descubre las cosas antes que yo le diga Cuando ella grita cierro los ojos hasta que se hacen de cristal y me alejo de todo Mis ojos de cristal conocen muchos lugares para ocultarnos muchísimas cosas guardan en la memoria inagotable del cristal y se humedecen cuando el humo del recuerdo entra por esa puertecita que nunca cierran

Ojos claros, serenos, dice el poeta y es que los ojos de las madres siempre están observándolo todo no hay nada que se les pueda escapar Cuando más crees que has pasado desapercibido, zas, siempre estuvo ahí mirando lo que hacías.

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La manchita de Pipiolo

Ulises Paniagua

Una tarde como cualquier otra, Pipiolo caminaba por la calle de la mano de su hermana, cuando notó que había algo tirado sobre el piso. Su hermana se detuvo para saludar a una vecina. Pipiolo aprovechó ese momento para acercarse a observar: sobre la banqueta, como si la hubieran abandonado, había una manchita con una forma extraña. Pipiolo miró la mancha varias veces, y no pudo descubrir qué era. Entonces su hermana le llamó: -Pipiolo, apúrate porque mamá nos espera para comer. Pipiolo, sin que nadie se diera cuenta, se guardó la mancha en un bolsillo del pantalón, y salió corriendo hasta donde estaba su hermana. Podía sentir cómo la mancha brincoteaba alegre dentro de su bolsillo. Después de comer, Pipiolo sacó la mancha y la puso sobre la mesa. Se quedó mucho tiempo recargando los codos sobre el mantel, pensando. Era un poco panzona, y tenía dos patas alargadas. ¿Para qué podía servir? De pronto, muchas ideas vinieron a su mente.

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Que molestas pueden resultar en ocasiones las manchas esas que mamá talla y talla y no logra eliminar. Esas que un día, sin qué ni para qué, aparecen en la ropa y papá te regaña: “¿crees que tu madre es una sirvienta que sólo está para lavar la ropa?” Dime si papá a veces no exagera. Uno no puede ir por ahí, paseando por el mundo cuidándose la ropa. Son las manchitas las que se le trepan a uno. Primero, la puso sobre su juego de serpientes y escaleras; pero la manchita caminaba apenas sobre el tablero. A cada rato se resbalaba por los peldaños de madera, o bien, salía huyendo al encontrarse con una serpiente de mirada fría y dientes filosos…Se le ocurrió colgarla en el tendedero del patio. Pero a la manchita se le alargaban demasiado las patas; se quejaba porque se sentía mareada y se le hinchaban los tobillos. Pipiolo pensó que lo mejor era descolgarla. Entonces se le ocurrió extender un alambre en su recámara, de pared a pared. Hizo caminar a la mancha sobre el alambre, ayudada por un paraguas, para imitar el acto de la cuerda floja que un día había visto en el circo. Pero la manchita perdió el equilibrio y cayó. Para su buena suerte, debajo de ella estaba la panza mullida de un oso de felpa. Pipiolo se sentó en su cama. Oyó a la manchita llorar y se sintió un poco triste por no poder ayudarla. Le preguntó a Extremus, su juguete de acción; y a Bruno, un chango astronauta; pero ellos tampoco supieron para qué podría servir.

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Pipiolo pensó que tal vez mamá podría ayudarlo. Ella solía saberlo todo. Decidió no ocultar más la mancha, y se dirigió al consultorio de la casa, donde su mamá, que era veterinaria, trabajaba curando a una ardilla resfriada. -¿Qué pasa? –preguntó mamá, al notar la preocupación de Pipiolo. -Mamá, encontré esta manchita en la calle –dijo Pipiolo. -¿Y por qué llora tu amiga mancha?- le preguntó mamá. -Es que no encuentra su lugar en el mundo- dijo Pipiolo. -Hmmm...vamos a ver qué podemos hacer por ella. La mamá se acercó y comenzó analizar por un lado a la mancha. Luego le dio varias vueltas sobre la colcha para revisarla; le jaló un poquito los cachetes; le estiró las piernas, procurando no hacerle daño. Después de revisarla con cuidado, la mamá sonrió. -Pipiolo –dijo- ya sé quién puede ayudarte. Pipiolo tocó el timbre de la casa de enfrente. La puerta se abrió. Una mujer bonita, pero con muchas canas, le sonrió.

-¡Hola abuela! –saludó Pipiolo, apresurado. -Hola Pipiolo –dijo la abuela, acariciando la cabeza de su nieto- ¿Qué te trae por aquí? -¡Mamá dijo que el abuelo me podía ayudar! ¡Es una emergencia; disculpa, abuela¡– le dio un beso muy grande en la mejilla, y entró corriendo a la casa.

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El abuelo estaba sentado frente al piano, intentando tocar una melodía. Comenzaba una y otra vez; pero cada vez que llegaba a un punto determinado de la canción, la música se descomponía, y los acordes sonaban desastrosos, como un tropel de elefantes en desbandada. El abuelo, frustrado, apretó algunas teclas del piano con fuerza; pero no parecían música. Entonces dio un manotazo sobre el teclado, y se puso a llorar sobre el piano. Pipiolo lo miraba con mucha atención desde que llegó a la sala. Cuando se dio cuenta de que el abuelo se encontraba mal, se olvidó de su problema, y se acercó a abrazar al abuelo. -Abuelo, ¿qué pasa? –dijo Pipiolo consternado. El abuelo se limpió un par de lágrimas. Cuando sintió el abrazo de su nieto, intentó arreglarse un poco el cabello desordenado que tenía, como de genio matemático. Medio sonriente, dijo: - Estoy triste y desesperado porque quiero componer una canción; pero no encuentro la nota correcta. Por eso la melodía suena tan mal.

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-Abuelo, ¿qué es una nota? –preguntó Pipiolo. -Las notas son unas cosas así de chiquitas –dijo el abuelo, señalando un tamaño pequeño con sus dedos pulgar e índice-, que sirven para hacer música. Las pones sobre cinco líneas muy derechas, que los músicos llamamos pentagrama; y después las acomodas de muchas maneras, hasta que después de estarlas mezclando, nace una canción. -Ah…-dijo Pipiolo, sorprendido. -Estoy un poco enojado –continuó el abuelo- porque perdí una nota que me hace falta para terminar mi melodía. Debí dejar la ventana abierta y el viento la arrastro hacia la calle. -¿Y qué forma tienen las notas? –preguntó Pipiolo, que siempre era muy curioso. -Son unas manchas medio panzonas, con unas patas alargadas. -¡Abuelo! –dijo Pipiolo brincando de alegría- ¡Creo que yo encontré la nota que se perdió en la calle¡ -¿¡En serio!? ¡Pero qué gran noticia es ésta! –dijo el abuelo brincando de felicidad sobre los sillones- ¡Déjame verla!

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Pipiolo sacó la mancha de su bolsillo, y se la mostró al abuelo. La manchita, al mirar el piano, también se puso feliz. Saltó desde la mano de Pipiolo hasta el piso; luego corrió como loca, y trepó por una de las patas del piano, hasta que llegó al pentagrama, donde un montón de notas, casi idénticas a ella, pero de diferentes colores, comenzaron a brincar y a juguetear. -Esa es la nota que me faltaba –dijo el abuelo- No sé cómo agradecerte, Pipiolo. -Creo que ya sé cómo, abuelo –dijo Pipiolo, un poco misterioso-.Toca tu canción para mí. El abuelo, complacido por lo que su nieto le pedía, se sentó al piano; se acomodó el cabello desordenado; se tronó los dedos; y comenzó a tocar. La mancha y las demás notas, como si se tratara de un truco de mago, comenzaron a brincar y a dar vueltas y vueltas sobre el pentagrama. Una música muy dulce comenzó a fluir desde las teclas del piano, llenando la habitación. Entonces el abuelo comenzó a cantar. Las notas volaban por la habitación, llenando de color y de luz las paredes y los muebles de la sala…La melodía y la voz del abuelo eran tan bonitas, que la mamá, la hermana y la abuela de Pipiolo dejaron a un lado lo que estaban haciendo, y vinieron enseguida a escuchar la canción. Así, la familia de Pipiolo pasó el resto de la tarde, entonando la canción que el abuelo había terminado de componer. Las notas se correteaban por todos los rincones de la sala, jugueteaban, saltaban y hacían piruetas, inundando de alegría la casa, el vecindario y la ciudad entera. Haciendo un gran descubrimiento ese día, Pipiolo se dio cuenta de había hecho felices a muchas personas.

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Como el abuelo de Pipiolo tia Evelia me hablaba siempre de un gran pianista que no fue valorado en su época se llamaba Erick Satie Su música, para algunos, suena como si algunas de sus notas se hubieran escapado de las partituras para irse a pasear por mundos mágicos y extravagantes La música de Satie conmocionó al mundo del siglo XIX y cambió la historia de la música

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Mariposas de luz y agua David Anuar

Mil pequeñas mariposas nadan en mi jardín, van con las olas y brisa de flor en flor, mariposa, mariposa, ¿qué buscarás ahí? Bailan las mariposas llenas de color, unas juegan con el azul del cielo, otras festejan con el rojo carmesí.

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Sólo una mariposa, triste, llora con sus alas grises de polvo y aserrín, va de flor en flor buscando el agua, el néctar del sol. Mariposa, mariposa, ¿dónde está tu rubor?, ¿por qué lloras delgadas lagrimas de miel?, ¿acaso mueres de sed y de amor? Mariposa, mariposa, bebe del sol la gota, vístela en tus alas como crayones de ámbar, danza y destella de luz empapada.

Las mariposas no siempre fueron mariposas, me contaba la tía Evelia. Antes de tener esas enormes alas y colores tan brillantes, fueron orugas. Las orugas son esos gusanos verdes y biscosos que se arrastran entre las ramas de los árboles y comen muchas hojas, tantas, que a veces dejan a las plantas pelonas. Pero las orugas no siempre serán gusanos, un día comienzan a tejer una casita llamada capullo donde dormirán un tiempo hasta que una mañana, despertarán y se irán volando de flor en flor, convertidas en ¡¡¡MARIPOSAS!!!

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¿Has visto esas mariposas negras. grandototas, que en ocasiones se meten a tu casa?

Nada hay más alegre que mirar a los niños yendo hacia la escuela. En cada mirada incluso en aquellos a los que aún se les nota el sueño. En cada mirada existe esa pequeña ilusión de pensar en el futuro. El mundo es de los niños. Los niños tienen el derecho de recibir una educación de ver a las mariposas negras o multicolores y sonreír.

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Las medallas de Pancho y Poncho Angélica Santa Olaya Pancho y Poncho eran dos hermanos húmedos y verdes que vivían en una casa muy calientita y singular: los hoyitos de la nariz de Román en donde trabajaban como vigilantes. Pancho era mayor que Poncho, como por dos milímetros. También era más gordito porque siempre comía muy bien sus partículas de polvo que a diario entraban por la nariz de Román cuando jugaba fútbol. Pancho era feliz cada vez que los restos de una nube de polvo penetraban por aquellas ventanas redondas que se hacían más grandes cuando Román corría tras el balón. En cuanto Pancho veía los apetitosos granitos grises, abría la boca y ¡cram!, se los comía. Poncho era débil y flacucho, pero lo suficientemente fuerte para cumplir con su deber. Tenía a su cargo impedir que los bichos raros entraran al cuerpo de Román. Cuando algún microbio se quería pasar de listo, Poncho se estiraba de un lado a otro de la ventana que le tocaba vigilar, agarrándose con pies y manos como si fuera una telaraña de chicle sabor menta. Juntos hacían un gran trabajo en equipo.

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Pancho y Poncho tenían mucho tiempo de trabajar de vigilantes y se sentían contentos con su trabajo que era muy importante. Incluso, tenían algunas medallas que habían obtenido por luchar en algunas batallas memorables contra peligrosos extranjeros venidos del mundo exterior que provocaban estornudos al por mayor. Las medallas estaban colgadas en las paredes de la nariz de Román y adornaban la sala de Pancho y Poncho. Un día, Román se salió a jugar fútbol con sus amigos. Su equipo iba ganando 2-0 cuando de repente un ruido estruendoso bajó del cielo y se clavó justo en medio de la cancha con toda la intención de interrumpir el partido. Unas gotas de lluvia pesadas y redondas comenzaron a caer. Todos los niños corrieron a sus casas. Cuando Román llegó a la suya lo hizo acompañado de dos chorros de agua, que escurrían de su cabeza. Su mamá al verlo corrió a envolverlo con una toalla. El incidente terminó en una gripe descomunal de la que también se contagiaron Pancho y Poncho. Los pobres hermanos se declararon también enfermos y se acurrucaron en sus respectivas camas para moquear a gusto. Sus enrojecidas naricitas, antes de un saludable color verde limón, ahora parecían descoloridas y amarillentas fuentes por las que largos mocos escurrían con singular alegría. Sus cachetes habían enrojecido por la fiebre tanto como el derredor de los ombligos de los jitomates. En el mismo estado de Pancho y Poncho estaba Román. Desganado y sin ganas de jugar, se pasaba el día limpiando su nariz con pañuelos desechables. Entre moco y moco a veces se daba ánimos para leer, acostado en la cama, una o dos páginas de un libro de cuentos titulado “Cuentos para leer con gripa”. Román había encontrado un cuento que trataba de unos granos de pimienta que fueron desviados de su camino a la ensalada por una ráfaga de viento y terminaron en la nariz de un hombre vegetariano que se alimentaba de espinacas y champiñones para no enfermarse.

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Tanto se había metido Román en la lectura del cuento que empezó a sentir como si él mismo fuera aquel hombre y comenzó a sentir cosquillas en la nariz como si a un gato le rascaran la barriga. Sin poder impedirlo, comenzó a retorcerse y a fruncir la nariz como cuando veía la sopa de verduras humeando en el plato de la comida. La culpa de las cosquillas era de las medallas de Pancho y Poncho que, con los movimientos de Román al estornudar, empezaron a mecerse. Cuando Román comenzó a tallarse la nariz para rascarse, Pancho y Poncho creyeron que estaba temblando o algo así. Se levantaron de la cama lo más rápido que pudieron para evitar que sus medallas cayeran al suelo mientras Román agitaba la cabeza ante la inminencia de un fuerte estornudo. -¡Hermano, esto es un terremoto! Le gritó Pancho a Poncho alcanzando apenas a colgarse de uno de los pelitos de la nariz de Román. Se agarró al pelo con todas sus fuerzas y aconsejó a Poncho que hiciera lo mismo. -¡No te sueltes hermano! Le gritaba desesperado. Poncho, del susto, no podía ni contestar. Parecía que esta vez los bichos de la gripe venían muy bien armados. El pobre moco se concentraba en apretar el pelo que le había quedado más cercano y como era flaco y flexible se agarró de otros dos pelitos con los dedos de sus pies. Más que moco parecía una garrapata. Las sacudidas eran cada vez más fuertes. El aire entraba y salía con fuerza queriendo arrancarles la oportunidad de salvar la vida. Los dos hermanos sabían que salir de la nariz de Román significaba la muerte. Así que, cuando el niño echó la cabeza hacia atrás para, por fin, estornudar, se pusieron a rezarle a San Moconete, el santo patrón de los mocos, y los muebles salieron volando por las ventanas de la nariz de Román junto con las medallas de honor.

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Cuando el susto pasó Pancho y Poncho estaban agotados, embarrados en las paredes como si fueran calcomanías. -¿Estás bien hermano?, preguntó Pancho a Poncho. -¿Sí, y tú? -También, sólo que mis medallas se fueron sin decirme adiós. -Las mías también... dijo Poncho, ¡pero estamos vivos hermano! -Tienes razón. Ya conseguiremos otras medallas trabajando duro como siempre lo hemos hecho. Contestó Pancho y se puso en guardia frente a su puerta. Poncho se limpió el sudor por el tremendo esfuerzo y también tomó su lugar en la ventana que le tocaba vigilar. -Creo que con el susto hasta se me quitó la gripa. Comentó a su hermano asomando un poco la cabeza por la ventana. Mientras tanto, Román, que con el estornudo había sacado todos los bichos raros que lo estaban enfermando, de pronto se sintió un poco mejor. Pancho y Poncho sabían que la batalla comenzaba, pero estaban listos para luchar como buenos mocos responsables. Lo que debían hacer de ahí en adelante era comerse bien toda la sopa para crecer y estar fuertes para los siguientes estornudos. Así que se sentaron a la mesa y comenzaron a comer mientras Román seguía leyendo. -Estos cuentos para la gripa sí que son buenos para sentirse mejor, dijo. Acomodó su almohada y cambió de página. El siguiente cuento se llamaba “Las medallas de Pancho y Poncho”. Los hermanos, al ver sus nombres y el de sus medallas en la página del libro sonrieron porque sabían que en los libros nada se pierde. Todo lo que en ellos aparece vive para siempre. Contentos metieron la cuchara en la sopa. Y mejor sigamos leyendo y no preguntemos de qué era la sopa…

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Noviembre inicia con un festejo a la muerte

Cuando alguien muere su cuerpo deja de estar con nosotros

Pero su alma sus palabras o enseñanzas

Pueden acompañarnos toda la vida

Algunas personas creen que los muertos

Están siempre acompañándonos y cuidándonos

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Las antiguas culturas tenían diversas maneras de celebrarlos

Acostumbraban iluminar su camino con velas para que no se perdieran en la oscuridad

También los recibían con sus platillos y bebidas favoritas

¿Cómo celebran tú y tu familia a los muertos?

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Los niños tenemos derecho a la protección

Los niños tenemos derecho a una nacionalidad

Los niños tenemos derecho a compartir nuestros puntos de vista

Los niños tenemos derecho a las actividades recreativas

Los niños tenemos derecho a una educación gratuita

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Carta Araceli Scherezada Martínez

Querida nube: Hoy te vi tan alta, tan densa que imaginé cómo sería caminar sobre tu piel suavecita

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Dime: ¿Es cierto que los rayos de la luna llueven sobre ti y que allá arriba también crecen flores y hay lagunas? Hoy quería que me acompañaras a la escuela y al mercado, que cubrieras la cabeza de mi abuela y que ella me dejara encargada contigo y no con el señor del puesto de manzanas Tengo unas preguntas importantes: ¿No te da miedo llover, deshacerte en gotas, bajar al mundo? Espero tu respuesta

Cuando se venía la tormenta, tía Evelia siempre me abrazaba. Sabía bien el miedo que me daban los truenos pero le gustaba contarme historias sobre los relámpagos. Yo me imaginaba a unos gigantes enojados peleándose ahí arriba en el cielo, y a cada golpe de espada, un relámpago.

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Itzelina y los Rayos del Sol

Luis Antonio Rincón García

Itzelina Bellas Chapas es una niña muy curiosa que se levantó temprano una mañana, con la firme intensión de atrapar para ella sola todos los rayos del sol. Una ardilla voladora, que brincaba entre árbol y árbol, le gritaba desde lo alto ¿A dónde vas Itzelina?, y la niña respondió. -Voy a la alta montaña, a pescar con mi malla de hilos, todos los rayos del sol, y así tenerlos para mi solita. -No seas mala bella Itzelina, le dijo la ardilla angustiada, deja algunos pocos para que me iluminen el camino, y yo pueda encontrar mi alimento. -Está bien amiga ardilla, le contestó Itzelina, no te preocupes ni apenes, que tendrás como todos los días, rayos del sol para ti.

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Siguió caminando Itzelina, pensando en los rayos del sol, cuando un inmenso árbol le preguntó. ¿Por qué vas tan contenta, Itzelina? -Voy a la alta montaña, a pescar con mi malla de hilos todos los rayos del sol, para tenerlos para mi solita, y poder compartir algunos con mi amiga, la ardilla voladora. El árbol muy triste le dijo: -También yo te pido, amiga Itzelina, que compartas conmigo un poco de sol, porque con sus rayos es que podré seguir creciendo, y más pajaritos podrán vivir en mis ramas. -Claro que sí amigo árbol, no estés triste que también guardaré unos rayos de sol para ti. Itzelina empezó a caminar más rápido, porque llegaba la hora en que el sol se levantaba y ella quería estar a tiempo para atrapar los primeros rayos que lanzara.

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Pasaba por un corral, cuando un gallo que estaba parado sobre la cerca la saludó. -Hola bella Itzelina. ¿A dónde vas con tanta prisa? -Voy a la alta montaña, a pescar con mi malla de hilos, todos los rayos del sol, y así poder compartir algunos con mi amiga la ardilla voladora para que encuentre su alimento, y con mi amigo el árbol para que siga creciendo y le de hospedaje a muchos pajaritos. -Yo también te pido algunos rayos de sol, le dijo el gallo, para que pueda saber en las mañanas a qué hora debo cantar, y los adultos lleguen temprano al trabajo y los niños no vayan tarde a la escuela. -Claro que sí amigo gallo, también a ti te daré algunos rayos de sol, le contestó Itzelina Bellas Chapas.

Itzelina siguió caminando, pensando en lo importante que eran los rayos del sol para las ardillas y para los pájaros, para las plantas y para los hombres, para los gallos y para los niños. Entendió que si algo le sirve a todos, no es correcto que una persona lo quiera guardar para ella solita, porque eso es egoísmo. Llegó a la alta montaña, dejó su malla de hilos junto a ella, se sentó a esperar el sol y le dio los buenos días. Ahí, sentadita y sin moverse, vio cómo lentamente los árboles, los animales, las casas, los lagos y los niños se iluminaban y se llenaban de colores gracias a los rayos del sol.

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El mundo de la música Este es un libro en el que con ilustraciones, fotos y breves textos se explica qué es la música, cuándo y dónde surgió; cuáles son las corrientes musicales más importantes, así como los elementos que la componen, el proceso de creación y todo aquello que tiene que ver con esta manifestación artística. Podrás interactuar con las diferentes ventanas y además en la parte de atrás contiene un diccionario de términos. Autor: Berta Hiriart escribe y dirige obras dramáticas. Ha publicado numerosos títulos dirigidos a niños, jóvenes y adultos. Ha recibido por sus obras varios premios. Estela Leñero cuenta con una larga trayectoria como dramaturga y muchas de sus obras han sido publicadas, puestas en escena y premiadas. Alejandro Matzumoto ha realizado el montaje museográfico de numerosas exposiciones en México y el extranjero. Hiriart, Leñero y Matzumoto han publicado también en El Naranjo El mundo del teatro y El mundo de la pintura. Iilustrador: Claudia de Teresa ha ilustrado para varias editoriales. También realiza carteles, portadas para revistas y spots de televisión, entre otras colaboraciones. José Trinidad Camacho Orozco, Trino ha publicado sus cartones en Unomásuno, La Jornada y Público. En su carrera como monero ha obtenido varios premios. Claudia de Teresa y Trino han ilustrado también en El Naranjo El mundo del teatro y El mundo de la pintura.

Beneficios del libro: Ayuda a conocer y entender la música como expresión artística. Proporciona datos históricos del tema. Explica las distintas corrientes de esta actividad artística. Proporciona herramientas para jugar y divertirse.

Público: Niños de 9 años en adelante Padres de familia Maestros de primaria Estudiantes y profesores de Música

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Homenaje a la niñez Efraín Bartolomé

Un día del año 1991 recibí, en mi casa de la Ciudad de México, la llamada de una dama que se identificó como Roxana Peirce. Me invitaba a encontrarme con ella para proponerme la edición de un libro. Fui, desde luego, y lo que me tenía era una invitación del Centro de Investigación y Desarrollo de la Comunicación y la Literatura Infantiles (CIDCLI). Me preguntó si tenía algún libro de poesía para niños porque querían integrarme al catálogo de su Colección Reloj de Versos, en el que ya figuraban, entre otros, Octavio Paz y Jaime Sabines. Le respondí honestamente que nunca me había interesado escribir “poesía para niños” pero que tenía una serie de poemas sobre animales que le había dedicado a mi hija. Le dije que dada su condensación y su tema, seguramente estarían al alcance de la percepción infantil. Roxana lo propuso a Patricia Van Rijn, la editora y dueña de CIDCLI, que se entusiasmó con la idea y la aprobó. De entre los 25 poemitas que entonces integraban Mínima animalia, elegimos diez, dada la extensión de los libritos de la colección Reloj de Versos. El libro comenzó a cocerse en los talleres de la editorial y en septiembre del mismo año de 1991, tuve en mis manos un ejemplar de los diez mil que se tiraron en fino papel y bellamente ilustrados por Marisol Fernández, una artista a la que aún ahora, veinte años después, aún no conozco personalmente. En 1999, aquella Mínima animalia se vio enriquecida con cuarenta animales más y así nació Anima mundi, editado por el Coneculta, gracias a los buenos oficios de Héctor Cortés Mandujano que me solicitó el libro. En esta ocasión, las ilustraciones estuvieron a cargo de Fabricio Vanden Broeck y de la coordinación editorial se encargó Pinacoteca 2000. Ese librito corrió con muy buena suerte. Raúl Fernández Violante, el editor de Pinacoteca 2000, me llamó un día del año 2003 y me informó que Anima mundi había pasado todos los filtros y había sido seleccionado para las Bibliotecas de Aula de la SEP y el Programa Nacional de Lectura, por lo que en coedición con la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos aparecería muy pronto con un tiraje de 110 000 ejemplares. En diciembre del 2003 tuve en mis manos uno de esos ejemplares. Por esas fechas tuve la gratísima experiencia de que uno de mis brevísimos poemas (“La araña. Réplica amable a José Juan Tablada”) apareciera en el libro de Geografía de 4° Grado en los tirajes millonarios de los libros que edita la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos para todas las escuelas primarias del país. Eso sirvió para que mis sobrinos y los hijos de mis amigos se sintieran muy orgullosos de conocer al autor. Yo sentí un orgullo aún mayor cada vez que me enteraba. Así llegó el año 2010 en que, con motivo de mis sesenta años, Marvin Arriaga me informó que el Coneculta quería hacerme un homenaje. Lo agradecí y me entusiasmé pero preferí que en vez de un efímero homenaje al poeta, fueran éste y la institución rectora de las culturas y las artes de nuestro estado, los que homenajearan a los niños chiapanecos con un regalo poético para su imaginación y, principalmente, para su corazón. Esa es la historia de los libritos que presentamos hoy: una colección de cinco libros primorosamente ilustrados que llevan los títulos siguientes:

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'El Cadejo', ilustrado por Balam Bartolomé; 'En la selva de niebla', ilustrado por Cecilia Rébora; 'La marimbita', Ilustrado por Silvana Ávila; 'Una gran fiesta en el monte', ilustrado por Gabriela Podestá y Canción con dos niños, Ilustrado por Margarita Sada. Cuando, hace veinte años, apareció Mínima animalia, me entrevistó Juan Domingo Argüelles para el número 1 de la revista Mar de tinta, editada por la Dirección General de Publicaciones del Conaculta. Juan Domingo, quizá el crítico que mejor conoce mi trabajo al servicio de la poesía, desde mi primer libro hasta hoy, afirmaba que aunque el libro estaba dirigido particularmente al público infantil y juvenil, contenía el mismo rigor lírico del resto de mi obra. En esa entrevista me preguntó, entre otras cosas, cómo podrían entenderse los poemas de Mínima animalia en el desarrollo de mi poesía. Le respondí que había que entenderlos “como un intento máximo de condensación del lenguaje poético: destellos, astillas, iluminaciones con potencia emotiva.” En el libro Avellanas, del que originalmente Mínima animalia era una parte, hay una sección amparada con un epígrafe del poeta egipcio Ahmed Rassen que dice: “Más allá de los tres versos el poema se convierte en novela”. Esto da una idea de los motivos de mi intento: que el río se concentrara sobre sí mismo hasta el estado etéreo. “Un poeta es un hombre que ha conservado sus ojos de niño”, afirmó el célebre escritor francés del siglo XIX Alphonse Daudet, autor de Tartarín de Tarascón. Puede ser, siempre y cuando no se olvide que el poeta es un artista que trabaja con esas herramientas prodigiosas que son las palabras. Por eso, cuando mi amigo Juan Domingo Argüelles me preguntó si puede haber una poesía específica para un público infantil, yo le respondí: “No lo creo. A veces se le da al niño, bajo el abusivo rubro de Poesía, una serie de rimitas sosas de torpe factura. Creo que el poema para niños debe pasar, también, el examen del gusto poético más riguroso. Que sea un manjar probado de alto poder nutricio.” En esa misma tesitura fueron escritos los poemas que podrán leer en los hermosos libritos que ahora les presentamos. Sólo me queda esperar que estos artefactos poéticos sean bien recibidos en la casa y en el corazón de los niños chiapanecos que ya saben leer y también en la casa y en el corazón de los padres de los niños que aún no saben hacerlo. A estos últimos quiero recordarles estas palabras de Antonio Muñoz Molina: “Hay una Arcadia infantil de los libros que es aquella en la que el niño ya sabe lo que son y disfruta de ellos, pero aún no ha aprendido a leer, y goza de la lectura a través de la voz del adulto en la que reviven cada noche para él las palabras y las fábulas, en ese reino confortable de la cama, la lámpara y la vecindad del sueño. La voz se aleja, se va disgregando en la dulzura densa del dormir, donde también se pierden las peripecias del libro...”

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Colaboradores Brenda Alcocer. Mérida, Yucatán. México. (1947-2012). Narradora oral, poeta, autora de relatos, ensayos, minificciones y cuentos para niños. Diplomada en Creación Literaria por la Sogem. Fue fundadora de la revistas Arcana y Códice, coordinadora de la Biblioteca ISSSTE/Conaculta número 9 y participó como cuenta cuentos en el programa 'Cerca de ti' del Gobierno del Estado. Dejó inédito un libro de cuentos, Cuentos traídos de la oralidad.

Luis Alcocer: Mérida, Yucatán. México (1945). Poeta integrante fundador del Centro Yucateco de Escritores. Premio de Poesía del IMSS-Yucatán (1988, 1989 y 1990); Premio Estatal de Literatura Clemente López Trujillo (1990 y 1992); Premio Especial Clemente López Trujillo (1991) y Becario del PACMYC (1998). Coordinó la publicación de seis textos de escritores yucatecos para la colección infantil-juvenil 'La rana feroz' (Ediciones Zur / PACMYC, 1998). Publicó en el Juglar, suplemento cultural del Diario del Sureste y Colaboró en la revista Navegaciones Zur.

Ulises Paniagua: México, Distrito Federal (1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Se graduó como arquitecto en el Instituto Politécnico Nacional. Ha publicado, en colectivo, cuatro libros de cuento ('Cuentos dispersos', 'Nuevo cuentario', 'El silencio se mudó al armario' y 'Cuentos húmedos'), bajo el sello editorial de la UNAM.

David Anuar: Cancún, Quintana Roo. México (1989). Pasante de la licenciatura en Literatura Latinoamericana (UADY). Adjunto en la clase de Sociocrítica y Semiótica Literaria. Becario de la revista Temas Antropológicos, y del PECDA (2012-2013), por el estado de Quintana Roo, en la categoría Jóvenes Creadores. Primer lugar en el Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011). Autor de la plaquette de poesía 'Erogramas' (2011, Catarsis Literaria-El Drenaje). Escribe poesía y narrativa.

Angélica Santa Olaya: México, Distrito Federal (1962). Lic. en Periodismo y Comunicación Colectiva. Maestra en Historia y Etnohistoria becada por el CONACYT (2008-2010). Egresada de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha publicado libros y plaquettes en México y l extranjero. Maestra de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Araceli Sherezada Martínez: Tlaxcala, Tlaxcala. México (1985). Premio nacional de poesía Sahuayo, 2005 (Sahuayo, Michocán, 2005). Ha publicado en periódicos y revistas como Síntesis-Tlaxcala y Vértigo, su primer poemario es Infinito vertical (Tlaxcala 2005). Actualmente es becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes del estado de Tlaxcala, 2012.

Luis Antonio Rincón García: Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. México (1973). Ha publicado varios libros, entre ellos, 'Itzelina y los rayos del soy, y otros cuentos infantiles', 'Kayum Mapache' y el 'El Periplo Sagrado'. En el 2006 obtuvo el 1er. lugar en el Concurso Internacional de Cuento Corto Infantil, organizado por la AMEI, y en el 2009 ganó el Premio Nacional de novela Ignacio Manuel Altamirano. Actualmente es guionista del Programa televisivo infantil 'Viva la pelota', que se transmite por el Canal 10 de Chiapas.

Efraín Bartolomé: Ocosingo, Chiapas. México (1950). Estudió psicología e inició su trayectoria literaria en 1982 con la publicación de 'Ojo de jaguar'. Posteriormente publicó «Ciudad bajo el relámpago» en 1983, 'Música solar' en 1984, 'Cuadernos contra el ángel' en 1987, 'Mínima animalia' en 1991, 'Cantos para la joven concubina y otros poemas dispersos' en 1991, 'Cirio para Roberto' en 1993, la edición trilingüe de «Ala del sur» en 1993 y 'Partes un verso a la mitad y sangra' en 1997. Gracias a su gran vitalidad poética y a su labor creativa, ha recibido importantes premios literarios entre los que se cuentan el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1984, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en 1993 y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 1996.

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despedida

Hemos terminado nuestra primera aventura. ¿Qué opinas? ¿Te ha gustado? Yo me he divertido muchísimo con mis amigas de la playa y su polvo lunar que enciende a los pianos tristes. Fue muy interesante descubrir que los ojos de pescado ayudan a mejorar la vista ¿te animarías a probarlos? También me encantó recordar que tenemos derechos muy importantes cómo el derecho a expresarnos libremente, no dejes de opinar nunca. Al entrar por la puertecilla de este mundo me di cuenta de que no soy la única que piensa que mamá lo sabe todo, pues hay en sus ojos cierto poder, es inigualable, así como lo son las notas musicales, que por medio de complicadas combinaciones pueden crear increíbles melodías y si una se pierde, pueden hacer a alguien muy triste, como al abuelito de Pipiolo. Otra cosa que me encantó de este viaje fue saber que las orugas un día seran mariposas, solo tienen que construir la casa adecuada, ¿en qué crees que te convertirás tú en un futuro? Sin duda ser niños es algo fascinante pero no te descuides mucho, no vaya a ser que te enfermes como Román y que tus moquitos tengan miedo de salir volando por tu nariz, pero disfruta cada instante, al sol, a la lluvia, la luz de las estrellas y el viento, y no seas egoísta como nuestra amiga Itzelina, comparte este viaje con tus amigos, con tus primos, con tus maestros. ¡Nos vemos en la próxima aventura!

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Manilka