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Y de tus labios Beberé (Extender Play de Extraños)

Iván Farías


Y de tus labios beberé (Extended play “Extraños”)


Y de tus Labios beberé

Iván Farías


Y DE TUS LABIOS BEBERÉ

Primera edición: Septiembre 2011 Dibujo de portada Abel Benítez (CC) 2011 Abel Benítez por ilustración de Caguama. (CC) 2011 Iván Farías Carrillo por los textos.

Colectivo Atorrante es un esfuerzo de arte multidisciplinario, el cual apuesta por la autopublicación, las galerías de autor, la autogestión libre y necesaria.

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EDICIONES DE AUTOR LA CARTONERA ATORRANTE

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Para Malena y RaĂşl

Puede que hayas nacido en la cara buena del mundo, yo nacĂ­ en la cara mala. Llevo la marca del lado oscuro.

Jarabe de palo

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A manera de presentación Los siguientes textos son relatos relacionados con “Extraños” y tiene en común que son escritos breves donde la soledad y el alcoholismo están presentes. Algunos han visto la luz en periódicos o en revistas electrónicas. Ahora son reunidos en una edición de autor que tendrán solo cien personas, ya que está numerados y acompañados de un infograbado de portada. Todo sea por llegar al otro lado del charco.

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Insurgentes Me siento en la glorieta de insurgentes, con bastante tiempo para esperar a un amigo. La misma glorieta que sirvió como locación para “El vengador del futuro”. Cuando vivía en el DF, en la secundaria, me enviaban a un curso de verano que por alguna razón no me gustaba. El caso es que me iba a vagar por ahí. En aquellos años no habían tantos homosexual o prostitutas como las hay ahora. Lo que había eran yuppies. Me iba a unos locales enormes de videojuegos que se llamaban Chispas, jugaba unas pocas fichas y cuando se acababa mi dinero me la pasaba subiendo y bajando de niveles viendo a los demás jugar. No hablaba con nadie, no competía con nadie, era como un fantasma en aquel sitio. Apenas volví a ese sito y esta clausurado. No me 9


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imagino como un sitio tan boyante como ese pudo haber quebrado. Esta cerrado y lleva años así. La calle de Génova esta llena de vendedores ambulantes con la cara curtida por la vida. Cuando pasó cerca de uno me dice que le “eche un ojo” a sus antigüedades y la ropa de uso. Le preguntó por una chamarra y una niña comienza a llorar junto a nosotros. Le dice a una chica morena de escasos 20 años que cuide a la niña, que no se deje “someter” por ella. “Es que luego los hijos toman el mando y uno ya pierde”. Me pruebo el rompevientos color vino y no me queda. (Cerveza más pan Bimbo, mala combinación). Pregunto por una camisa de cuadros y el tipo me dice que la vida es dura, que luego uno se enferma y nadie lo cuida. El sujeto tiene como cincuenta años, el cuerpo correoso, mirada nerviosa y habla dando órdenes. Me hace que me pruebe otra chamarra a la vez que me confiesa que él se enfermó del cerebro hace algunos años. “Tengo que tomar pastillas tres veces al día, todas para que no se me suelte „el chango‟. No quiero acabar matando a alguien”. Regreso a sentarme a la glorieta y se me acercan tres niños. Uno de ellos me muestra su "conejo" y me río. Le digo algo y sigue chingando. Trato de concentrarme en la fauna que camina a esas horas, pero el infante no cede: salta 10


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frente a mí y me toca muchas veces la espalda. Me levanto para cambiarme de lugar, pero me sigue. Lo agarró del brazo y le digo que se largue a su casa. Esta es mi casa, dice mostrándome con sus manos la glorieta.

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Sobre Extraños Fue hace ya más de cuatro años que mi vida llegó a un momento álgido. Vivía a ratos en Xalapa, en Tlaxcala y el DF. De pronto se cortó el vínculo que tenía con Xalapa y me tuve que refugiar en la Ciudad de México. El único amigo que sabía de esa mala racha y sus villanos me tendió la mano. Cuando llegué a su casa todavía la nube negra llovía sobre mí. Varias veces escribí cartas larguísimas tratando de regresar a Veracruz pero todo estaba roto y tuve que resignarme al duelo y a dejar atrás una vida de casi cinco años. Eso sólo fue el detonante de muchas cosas. En el DF me fui a vivir a un cuarto de azotea donde cabían dos colchones tamaño individual, una mesa, un sofá 12


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cama y algunos libros. Eso sí, mi amigo y yo siempre deseamos conservar el estilo por lo que en las noches nos preparábamos café de grano, poníamos unas sillas en la azotea y platicábamos viendo el cielo rojo de la ciudad. Sin trabajo claro cantábamos en los camiones, cosa que a mí no me agradaba, por aquello del ego exacerbado. Mi amigo guardaba las monedas de diez pesos y los billetes en un gran frasco de mayonesa McCormick porque con eso nos íbamos a ir de viaje. Huelga decirlo, el frasco nunca se llenó y esas prometidas vacaciones no se concretaron. Pero la esperanza seguí ahí. En medio de tan precariedad, era divertido podernos leer poesía o narrativa. Un día por la noche llegué y mi amigo tenía los pies subidos en un escritorio que acaba de adquirir. Tenía entre sus manos Sexus de Henry Miller, me leyó un pedazo y me sentí tan bien. Oír la voz jodida del neoyorquino pidiendo prestado en Paris para poder acostarse con una mujer me hizo recordar que la literatura se alimenta de vida. Esa noche comencé a redactar lo que sería el primer cuento de Extraños. Mi amigo iba todas las tardes a sus juntas de AA y yo me quedaba a espiar a la vecina de abajo, una adolescente de 23 años con un hijo. Frente a ella se mudo un contable, que a la postre se convertiría en nuestro ángel salvador. 13


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Un día el nuevo vecino, un tipo de sesentas años que se estaba divorciando, subió a preguntar por el nombre de algún albañil que le ayudara a reconstruir el departamento, porque estaba hecho una ruina: el agua se colaba por al cocina, el calentador era una reliquia con más de 20 años de uso, el piso estaba levantado, no había luz en la habitación principal, las paredes estaban escarapeladas, el yeso se caía a pedazos y varios vidrios faltaban. Mi amigo observó al personaje, lo midió en fracciones de segundo y dijo: nosotros podemos ayudarle. Me quedé callado porque en parte estaba pagando una manda y en parte porque necesitábamos el dinero. Al otro día nos dedicamos a quitar el calentador, revocar paredes, instalar contactos, poner el sapo de la caja del baño, reponer vidrios, impermeabilizar el techo, pintar y demás detalles. Yo no sabía hacer nada de eso, pero entre mi amigo y las sucesivas preguntas a ferreteros, electricistas, albañiles pudimos ir haciendo las cosas. El dinero de ese casi mes de trabajo nos dio para vivir con holgura. En las noches llegaba tan cansado que lo único que me quedaba era imaginarme historias. No las escribía, simplemente se iban acumulando en mi cabeza. El contador tenía severos problemas con su esposa, la vecina de abajo con su novio, mi amigo con su pareja, otro amigo que me permitía beber en su casa tenía problemas con sus tres mu14


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jeres. La secretaria del contador me contaba sus problemas y la vecina hacía lo mismo. Pronto me di cuenta de lo solos que estaban todos, que las personas que aparentaban ser con sus parejas no correspondían con lo que yo percibía. La vida del contador era de supers y restaurantes. Pronto me hizo su chalan de confianza y lo acompañaba a los supermercados en el momento más feliz de su vida: cuando hacía

la despensa de la semana. Compraba

botellas, revistas, jabones de olor, aerosoles, ropa de Aurrera y sus muebles con la tarjeta de crédito. Su tema favorito era hablar de las mujeres. Le gustaban las señoras entradas en carnes y que rondaran los cuarenta años. Como gente de su confianza me manda a visitar a algunos de sus clientes. Así pude platicar con taqueros, tenderos, papeleros y una variopinta muestra de los personajes que viven a diario en las colonias Portales, Centro, escuadrón 201 y demás colonias de clase media baja de la ciudad. Los escritores mexicanos por lo regular nos recluimos en guetos literarios donde vemos el mundo desde los ojos de los libros y las revistas. Nos leemos entre nosotros y de vez en cuando levantamos el puño contra “las injusticias” dándole reenviar a un correo o un coment en el facebook. Ahí recordé lo que era vivir en una colonia jodida entre gente que le importa madre Paz y Fuentes. 15


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El trabajo con el contador poca poco se iba haciendo subyugante. Me había tomado como un hijo y me levantaba a correr en los áridos prados de la colonia escuadrón 201. Mi amigo había tenido que irse a trabajar con la esposa de mi empleador. Cuando comparábamos historias era gracioso ver como uno y el otro se acusaban del divorcio. Pronto la cotidianeidad con mi amigo se volvió difícil y tuve que abandonar su casa y aceptar un trabajo en Veracruz. Recogí una mañana todas mis cosas y me fui de ahí. En Acayucan pretendíamos crear un museo comunitario un compañero antropólogo, su sobrino y yo. Sin embargo el proyecto no se concretó, pero si me dio el suficiente espacio en las precarias condiciones donde viví como para escribir varios de los cuentos del libro. La historia de Acayucan, sus políticos corruptos, los table dances junto a la iglesia, sus brujos, narcos y tamales, deberá ser contada en otra ocasión. Cuando regresé a Tlaxcala el esqueleto del libro ya estaba en pleno. Conjunté los cuentos, les di una revisada y se los envíe a una editorial que residía en el estado, misma que había publicado a un par de colegas escritores. El editor me envió una carta de rechazo muy elegante, diciéndome que prácticamente era horrible como escribía, que el sexo y los temas que tocaba eran un impedimento: “…me encontré con que lo escrito era álgido y estuve a punto de tomar las 16


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Villadiego, pero decidí continuar leyendo”, escribió. Tiempo después, en su columna semanal dijo que “De ida y vuelta” un volumen sobre artistas plásticos de Tlaxcala que acaba de publicar, también era bastante malo. Dejé de tocar el tema de querer publicar y me dediqué a trabajar como jefe de difusión del Museo de arte de Tlaxcala, gracias a la intermediación de su ex directora Helena Hernández. Ahí tuve tiempo de dejar enfriar los escritos y de nutrirme de otras realidades. Mi casa se convirtió en el refugio de bebedores

ocasionales. Había

madrugadas en que me levantaba para abrir y ahí estaban con botella en mano amigos o conocidos. En la cama de visitantes durmieron todo tipo de personas. Yo era el doctor psiquiatra que por las mañana escuchaba la historia de los que sobrevivían a esas noches.

Pronto más historias de

amores frustrados, de incomunicación y alcoholismo se fueron gestando en mi cabeza. Fue Nahum Torres quien

me sugirió enviar el

volumen a Tierra Adentro y esperar el dictamen. Sin conocer a nadie dentro de la estructura, un día lo imprimí, lo empaqueté y esperé pacientemente a que me contestaran. En el museo recibíamos de vez en cuando libros enviados al concurso “Juan Rulfo de primera novela”. Uno sabe que el romántico correo mexicano es muy falible por lo que meses después llamé para preguntar por el destino que había 17


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tenido mi envío. Me contestó Mauricio Salvador que muy amablemente comentó que mi libro había pasado una etapa y esperaba otra dictaminación. En enero de 2010 encontré en mi correo electrónico la felicitación de Rayo Ramírez quien me confirmaba

que

Extraños se publicaría. Me compré un Don Simón y festejé solo en mi casa. Para ese momento volvía ser desempleado pero la felicidad no cabía en mí. Al paso del tiempo creo que Extraños habla sobre la incomunicación, sobre el alcoholismo, sobre el sexo como una forma de paliar la soledad, sobre el absurdo de la vida en las ciudades, sobre el desempleo y este mundo suburbano que nos toca vivir a los que tenemos la suerte de pertenecer a la maltrecha clase media. Son claras las influencias de Raymond Carver, Murakami, Henry Miller, Pedro Juan Gutiérrez, Frederick Barthelme, Norman Miler y principalmente de “El Loco Chávez” de Carlos Trillo. Extraños no es un libro de denuncia, ni espera serlo, es simplemente un reflejo de la gente que he visto en mi paso por este mundo.

San Pablo Apetatitlán-Octubre de 2010

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En una pensión de Palermo

Cuando me quedé sin dinero, dejé de darme la vida de rico que acostumbraba. Ya no más jarras de vino tinto de Mendoza, ya no más cortes de alta calidad, ya no más pan negro con gorgonzola encima, ya no más visitas a las prostitutas de la Florida. Así que decidí salirme del hotel e irme a vivir a una pensión, donde compartía dormitorio con tres alemanes, un francés y un inglés; todos ellos, blancos, de ojos claros y apestosos hasta la nausea. Había unos loquers justo a un lado de la cabecera de mi cama, donde guardábamos nuestras cosas. Así que en la mañana, cuando era hora del desayuno el ruido era insoportable: ruidos de candados, de puertas y gritos en 19


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varias lenguas. Llegar de noche era encontrarse con que la habitación apestaba de una manera vomitiva. Los gases, los olores sexuales de estos tipos, la micosis de sus pies, el sudor y

su ropa sin lavar producían un olor nauseabundo,

asqueroso. Cuando llegaba de noche, con los humos del alcohol haciéndome girar la cabeza, abría la puerta y ese fétido cúmulo de suciedades me daba de llenó, casi siempre acababa bajando de nuestro cuarto de azotea para ir a vomitar al baño. Entre estertores, a unos centímetros de la taza del baño, se me revolvía el estómago de nuevo de solo pensar en volver hasta donde estaban ellos. Tal vez contribuía que el alcohol había minado mi cuerpo por tantos días de juerga. Los tres alemanes, unas enormes estatuas de carne, de casi dos metros, sacaban sus pantagruélicos pies y las moscas se posaban sobre ellos. El zumbido de los bichos, cuando ya estaba en mi solitaria cama –porque con suerte había podido hacerme con el único mueble que

no

era litera– me hacía pensar en cadáveres frescos que dormitaban al lado mío. Pensaba que cómo era posible que esos seres que aseguraban ser los más conscientes y civilizados del planeta, no eran capaces de tomar un baño seguido. Cómo era posible que el inglés ese, por demás estereotípico, con su cabello pintado de azul y aretes en los pezones y la cara, no 20


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tuviera empacho en llevar más de quince días con la misma ropa. Cuando se quitaba sus calcetines eran de una textura similar al cartón, con manchas de hongos ya por todos lados. Una mañana, que el hambre arreciaba, fui al comedor del hostal y me serví lo que había de desayuno: cereal, leche y pedazos de baguete con mantequilla y mermelada falsa de fresa. Esa era toda mi comida del día. El francés siempre me sonreía con complicidad. Era un tipo alto, de ojos verdes, con el cabello en retirada y una sonrisa contagiosa. A señas me dijo que quería compartir de sus alimentos. Sacó una baguete enorme, un paquete de prosciutto y un trozo de queso azul. Comencé a babear. Sólo faltaba el vino tinto, pero no importaba. Ya era demasiada suerte que quisiera compartirme esos manjares. Tomé un pedazo de pan con las manos, pero el galo me dio un cuchillo de sierra que guardaba en algún lado. Muy feliz me dijo algo; yo embarré el delicioso queso en el pan cortado, luego puse una ración generosa de jamón y le pegué una mordida con pasión. Ah, lo salado se aferró a mi lengua y comencé salivar. Mi benefactor hizo lo propio y comenzó a mascar su comida con la boca abierta y tronándola lo más fuerte que podía. El sonido que producía su boca era tan alto, tan asqueroso que pronto dejé de disfrutar mi trozo de baguete. 21


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Lo masticaba, pero no había en ningún momento placer por lo grasoso del queso o por la carne curada. Pronto comencé a sentir como el vómito venía surcando desde dentro del estómago. Me disculpe y fui al baño. Cuando regresé ya se había ido. No había nada de comer en nuestra mesa así que me senté a ver el sol de la mañana cómo iba inundando las azoteas de Palermo. Me sentí tan solo, tan perdido, tan lejos. Supongo que así se sentían los primeros navegantes que llegaban a tierras extrañas. Aquellos apestosos corsarios que viajaban durante días, meses hasta llegar a un puerto alejado y darse cuenta que estaban allá, alejados de sus graneros. De improviso pensé en quedarme, en ya no regresar, en ser una sombra más en las calles. En disfrutar del anonimato que dar ser un pre pordiosero. Me gusta eso de no tener que saludar a nadie o conservar un personaje. Me fui a dormir y la que limpiaba el piso, una correntina muy bella, me sonrió.

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Sus piernas Para Ana, por dejarme probar la mar salada de sus piernas. Me gustaban sus piernas. Eran delgadas y suaves. Casi nunca usaba falda, por lo que las escondía muy bien tras esos pantalones infames que utilizaba. Pantalones que eran una o dos tallas más grandes de lo que necesitaba. Así, su cuerpo estaba escondido con esos pedazos de tela que nada le hacían justicia. Además, insistía en utilizar sus lentes de pasta y sus gorras viejas. Era como una niña envejecida, porque y a pesar de lo mucho que había vivido era una niña. 17 apenas llegados. 17 años de una vida dura, 17 de llorar y odiar. 23


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No había muchos lugares a donde ir: terrenos baldíos, parques polvorientos, calles sin pintar y hoteles de camas viejas que de vez en vez se les salía algo que juraba era paja. Me gustaba abrazarla y contarle algo. Que mis palabras fueran las que nos sacaran de ahí, de ese sito en medio de la nada, de ese hotel viejo con toallas rasposas y dulces de mantequilla en las almohadas. Ese sitio al que nos teníamos que recluir porque la policía, sus amigos y su familia podrían encontrarnos. Le acariciaba la espalda pasando mis dedos lentamente por la estructura de su columna, le mordía la nariz y veía sus ojos gatunos. Ella era un animal espantado entre mis manos un ciervo herido, un gato sangrando, que un día soltaría un zarpazo y se iría huyendo. Porque la naturaleza de lo salvaje es escapar y no dejarse asir. Los felinos caseros engordan y mueren victimas de la pereza. Ella no, ella prefería morir libre. Yo compañeros, apenas si soy una cebada mascota que fenecerá en la alfombra de la sala. Un día lloramos juntos en su casa porque hasta ese momento nos dimos cuenta que ese acuerdo de poco amor y solidaridad de amigos, de disfrutar únicamente el mordernos la piel a escondidas, se había complicado. Me voy, dijo, besándome con desesperación. Nos tenemos que separar, me decía y nos abrazábamos en la central camionera como si ese momento lo pudiéramos alargar más de lo 24


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necesario. Y compañeros, la deje ir sin documentos y sin promesas de volver. Se fue dejándome con la angustia en la garganta, arremolinándose en mi interior. Se fue compañeros y seguro ahora lame otra piel, seguro otros brazos la cubren. Pero dudo que sepan de su naturaleza, dudo que la vean a los ojos y sepan lo que yo sabía al verla.

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Caleta y caletilla De improviso se suelta una tromba tropical que amenaza con anegar las calles. La señora a mi lado me dice que ya era hora, que ya llevaban casi un mes sin nada de lluvia y el calor ya estaba insoportable. “La canícula joven, ya

se

habían muerto varios.” La lluvia comienza a cobrar fuerza y nos orilla a la seguridad de un Oxxo. El limpia-ventanas del crucero se detiene y cuenta sus monedas. El compa se acerca con el cambio acumulado en unas dos horas. No ha comido nada desde la mañana. Su camisa está desgarrada de abajo y acusa un enfermo color gris perpetuo. Está descalzo; una mancha negra de mugre le forma un par de botas impermeables. Es delgado, correoso, 26


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tiene los ojos negros perdidos y sonríe para sí mismo. No huele a resistol, pero tal vez si ha inhalado un poco. Se nota en su errático comportamiento. Frente a mí está un sujeto delgado con su copete pintado de rubio. A todas luces se ve que es homosexual: pantalón entallado, camisa pegadita que deja asomar unos brazos hinchados por el gimnasio. Come con fruición un paquete de dos Vikingos y Coca-Cola de 600. De inmediato recuerdo un cartel el baño del restaurante a la orilla de la playa: “Primer marcha lésbico gay en Acapulco, registra tu carro alegórico. Emos, punks y demás, son bienvenidos” Voy a la zona de comida rápida y me preparo un burrito y un jugo de esos falsos, de esos de Jumex. El compa revisa el estante de las papas y busca con ansia algo para meterse a la boca. Dos de las tres chicas que cuidan el Oxxo lo persiguen por los pasillos, dándole unos metros de espacio. Por fin el compa llega a los hot dogs y toma uno con tocino. “Yo te lo sirvo”, dice una de las chicas evitando que sus dedos sucios toquen las demás salchichas. Pero es demasiado tarde, el compa ya toco cuando menos tres de las que estaban alrededor. Con gula, se mete la salchicha a la boca y la mastica con fuerza. Luego, toma una bolsa grande de chicharrones de cerdo y un refresco de lata. El gay me ve, yo veo al limpia parabrisas y este a su vez al gay. Afuera sigue lloviendo. Tal vez mañana no me pueda meter a la playa. 27


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El Zaca Quería ir al Zaca. El único bar al que deseaba ir de nuevo era al Zacazonapan. La imagen de un tipo foqueando en la entrada del baño me había perseguido por años. Así que decidimos acercarnos por allá, aunque mis acompañantes y guías querían hacer la noche como marcha española: una cerveza y al siguiente bar. El tipo de la entrada retuvo a mi acompañante y le pidió su credencial de elector. Hasta ese momento me di cuenta que les llevaba más de seis años a cualquiera de ellos. El Zaca estaba oscuro, -como siempremuy lleno y olía a mota. Un humo denso permitía ponerse sin siquiera darle una calada. Alguien me presentó a un tipo de bigotes y cerveza en mano. Era un hombre maduro de más de cincuenta años, camisa y zapatos. Es mi maestro dijo la chica. Él presenta su libro mañana, le informó a él. ¿De qué es tu libro?, inquirió el bigotón. Siempre es difícil explicar la temática del libro. “Extraños” trata de cosas de la 28


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vida, me dije. De parejas y relaciones humanas, le conté muy vagamente. ¿Qué relaciones humanas?, respondió. Pues… alargué la “s“ lo más que pude. El tipo se giró hacia la barra y me pidió una … Pacifico, contesté yo. Extraños habla sobre alcoholismo, sobre el sexo para paliar la soledad, sobre los supermercados… me tomó del brazo y muy serio me dijo: Los supermercados son el diablo. Asentí con la cabeza y le pegué el primero de varios deliciosos tragos a mi Pacífico. Los supermercados reúnen a la gente alrededor del diablo, insistió. La gente se acerca al becerro de oro para rezarle. Se dejan llevar por él y adoran al falso dios. Relojes, muebles, ropa, discos, todo eso es el becerro de oro. ¿Me entiendes? Preguntó muy serio. Yo adivinaba sus ojos en la oscuridad. Teníamos que acercarnos mucho para oír lo que decíamos. Él ya estaba bebido, para mí la noche empezaba. El becerro de oro, dije como para comprender. Sí, el mismo Becerro de oro, confirmó . La mentira, el caos. Adoradores de Satanás llevados a su perdición. Claro, si lees la Biblia. Yo creo que eso son los supermercados. Vámonos, dijo la chica desde las escaleras. Tenía ganas de quedarme platicando con él, de intercambiar más cervezas y más palabras, pero esa mujer con un payaso tatuado en el pecho me llamaba. Le estreché la mano y le dije que nos volveríamos a ver. Seguro, respondió sin dejar de sonreír mientras me alejaba. 29


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Él Luego sale. Su papá lo tiene recluido en su negocio porque muy seguido le dan ataques violentos; sufre de esquizofrenia y está medicado a tope. O cuando menos eso dicen los que lo conocen bien. Alguna vez -platicando en la calle con élun tipo de chamarra de cuero y cabello largo comenzó a ofendernos, cosas del alcohol. Yo me fui y cuando regresé el tipo estaba en el suelo sangrando y nuestro personaje tenía su puño salpicado del líquido rojo. Luego anda suelto, con la ropa sucia y el cabello grasoso, como si llevara mucho tiempo sin bañarse. En esos momentos trato de darle la vuelta, así que lo observo desde lejos y me voy por otro lado. A veces está sentado en el mismo café al que a veces voy y nos ponemos a platicar 30


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trivialmente de algún libro o un disco. Se ve radiante, limpio y hasta podría pasar por uno de esos intelectuales de pueblo que leen en los cafés. La otra vez me lo encontré en una cervecería. Estaba sentado con cuatro o cinco adolescentes. Como sea, me guarda cierto respeto, cosa que no le prodigaba al resto de sus acompañantes. Las cervezas ya se habían ido y él dominaba la acción con su estatura enorme y su sobrepeso. Yo soy de esa generación del Juan Conde, me dijo a bocajarro cuando iba pasando. Siéntate Iván, me pidió de manera amable. Me contó una truculenta historia que comienza con un viaje a Chiapas donde conoció al Sub comandante Marcos. Dice que atravesó la selva y comió carne humana con él y un viejo amigo ya muerto. Que conoció ahí mismo al líder de una agrupación de bikers muy enferma. Un grupo de personajes que viven en cuevas cerca de Nueva York. Ahí, viven en una comuna donde esperan el Final. Que por las noches bajan a la ciudad y “roban, matan, violan, destruyen” para regresar ya de mañana a prender una enorme fogata y bailar. Según él, el líder de estos motoristas le dio un boleto para acompañarlo el día que quisiera; sólo que me cedía ese derecho a mí. Que si yo quería el boleto ya era mío y podía ir a visitarlos cuando quisiera. Brindé por la distinción y me fui. 31


Y de tus labios beberé (Extended Play “Extraños”) De Iván farías Se terminó de hacer en septiembre de 2011 con un tiraje de 100 ejemplares numerados, en Tlaxcala, Tlaxcala


“Los supermercados son el diablo. Asentí con la cabeza y le pegué el primero de varios deliciosos tragos a mi Pacífico. Los supermercados reúnen a la gente alrededor del diablo, insistió. La gente se acerca al becerro de oro para rezarle. Se dejan llevar por él y adoran al falso dios. Relojes, muebles, ropa, discos, todo eso es el becerro de oro. ¿Me entiendes?”

Y de tus labios bebere Ep Extraños  

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