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LA OTRA REALIDAD

(Miguel Calder贸n Estalayo)

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Noriega tenía doce años y procedía de una familia honrada y trabajadora. Se hacía notar por ser diferente en muchas facetas: sensible, tímido e introvertido a la par que muy inteligente. Era fantasioso y poseía una imaginación incontrolable y desbordante. Siempre fue muy maduro y responsable para su edad. El lado fuerte era una capacidad de inventiva ilimitada. Gracias a su imaginación

fue

capaz

de

superar

sus

propias

debilidades. En plena juventud ya había conseguido transformar sus limitaciones en éxitos y en su edad adulta consiguió ser rico y pequeño burgués aunque siempre muy independiente y heterodoxo. Se crió en un pequeño pueblo escondido en las estribaciones de la Cordillera Cantábrica. Allí, los pocos

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habitantes residentes estaban aislados y vivían de manera rutinaria. Quizás por eso solían caminar medio taciturnos y cabizbajos. No esperaban de la vida nada más que sobrevivir a la monotonía cotidiana. Hombres fuertes y recios que parecían enfadados y malhumorados permanentemente. Era la única posición ante la dureza de su propio destino. Ciertamente les tocó vivir una etapa muy dura tras la miseria y limitaciones de la posguerra. En invierno se defendían al esconderse en sus abrigos y bufandas de gruesa lana. Noriega vivió feliz y contento en su niñez porque cada día sabía apreciar los milagros

de aquella

exuberante naturaleza. No se aburría por ser capaz de ensimismarse con los fenómenos naturales. Veía cómo caía copiosamente la nieve. Otras veces, escuchaba el monótono ruido de las aguas del río al desbordar la presa.

Miraba

cómo

subían

contra

corriente

las

abundantes truchas. La fuerza de la naturaleza le intrigaba y era capaz de configurar infinitos cuadros con las formas cambiantes de las nubes. En los amaneceres y atardeceres

las

verdes

montañas

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comenzaban

sus


interminables

bailes

de

disfraces.

Las

nubes

se

convertían en damas grises y azules, otras se volvían crueles guerreros de rostro rojizo y sanguinolento. Los grandes picachos del fondo, cuidadosamente alineados, afloraban

entre

la

espesa

neblina

que

bajaba

a

recogerlos. Pero un hecho aparentemente sin importancia cambió el enfoque de su vida .Un día, al comienzo del verano de 1.960, llegó al pueblo, Oliver, un niño algo mayor y totalmente diferente a él. Procedía de la ciudad, muy bien educado y bien vestido. Destacaba por ser diferente y supuestamente superior a los del pueblo. Pronto demostró ser muy capaz, a la par que atrevido y seguro de sí mismo. Parecía amar el peligro y no tener miedo a nada. Oliver comenzó a intimar con Norberto y le contaba muchas cosas totalmente desconocidas para él. Pronto se hicieron amigos porque en cierto modo poseían almas complementarias. No obstante, Oliver le dominaba intelectualmente y era un tanto autoritario y prepotente.

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Además, como casi no había niños de su edad, en aquellas solitarias montañas tenían todo el tiempo del mundo

para

entretenerse. Los días y

las

sucedían

noches de

monótona

se

manera mientras

ellos salían a jugar y pasear. Oliver, poco a poco, le contó algunas hazañas de su familia y de su agitada vida urbana. Le contó muchas cosas maravillosas de su tierra, quizás algunas no eran verdaderas, pero Noriega le escuchaba entusiasmado y boquiabierto. En su imaginación todo se magnificaba y cubría de sueño y fantasía. - Mi familia vive en las ricas tierras del este, dijo Oliver. Es en un paraíso sin inviernos ni tormentas de nieve. No hay cadenas montañosas que impidan ver la amplitud del mar. Es una eterna primavera y aquel paraíso posee el inmenso mar como horizonte. - Mis padres una casa cerca del mar y una criada que

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me cuida. Aman el sol, la luz y los colores. Allí, las gentes odian las largas noches dominadas por negras sombras. - En mi tierra nace el sol y la luna crece más grande y rojiza. Hay fértiles huertas donde la luz brilla con una intensidad cegadora. Cada amanecer el sol naciente convierte la gran ciudad en una enorme sábana de color brillante y transparente. - Hay un gran puerto y atracan los grandes barcos que llegan

casi

todos

los

días

de

tierras

lejanas

transportando viajeros. Además, los grandes buques traen productos coloniales de ultramar y una gran variedad de cosas exóticas. - Todos los días, al levantarme, miro el mar para respirar los primeras brisas cargadas de enorme energía. Desde mi ventana veo un sol cegador flotando sobre un mar azul y verdoso. También el viejo faro que señala la bocana del puerto. Al fondo, destacan los enormes brazos de las grúas de carga y descarga que al moverse parecen guerreros gigantes en batalla. - En verano, mis amigos y yo nos bañamos en las aguas tranquilas pero también nos gustan las fieras olas llenas

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de blancas espumas. Así acabó de explicarse Oliver. ante el mudo embelesamiento de Noriega, que ni siquiera conocía el mar. Entonces Oliver se iba creciendo paso a paso ante su amigo. Parecía un contador de cuentos y su ego narrativo,

orgullo

personal

y

vanagloria

se

iban

agrandando. Noriega le consideraba ya un maestro de la vida a pesar de su juventud. Lo que más le entusiasmó a Noriega fue que la casa de Oliver estaba cerca del puerto y, que existía un gran puerto y una enorme playa sin rocas, cubierta de finas arenas. Noriega se quedó tan impresionado por aquellas fantásticas narraciones que cuando Oliver se marchó del pueblo al final del verano, se quedó más triste y pensativo que antes. Poco a poco comenzó a urdir y pergeñar su plan. Soñaba con todo aquello que nunca había tenido y que su fantasía exaltaba de forma inusitada. Muy pronto, al entrar en la adolescencia, empezó a tener fisuras en su corazón y a infravalorar lo que antes tanto había amado. Vio que aquellas montañas

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le aprisionaban lentamente. Amaba su tierra pero necesitaba conocer cosas nuevas si no quería acabar siendo prisionero de por vida. En su soledad, Noriega imaginaba los grandes mares, el sol naciente y los grandes barcos llegando al puerto. Soñaba con los atardeceres jugando en la playa y gozando de la luz y del sol. Noriega intuyó que las altas montañas que le rodeaban se convertirían en una barrera infranqueable y asfixiante. Se sentía más triste que nunca porque ya no tenía a quién escuchar ni con quién compartir sus fantasías. Oliver se marchó y Noriega no sabía si volvería a verle el próximo verano. Lo cierto es que Oliver volvió algunas veces más al pueblo pero con estancias más cortas y con otra actitud y personalidad mucho más distante. Entonces Noriega creyó que su tierra había sido injustamente tratada por un dios creador tan caprichoso como cruel. Se rebeló contra el fatal destino de su aldea que desconocía lujos y privilegios. Allí sólo existía la lucha por la dura supervivencia e ignoraban los caprichos,

las

comodidades

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e,

incluso,

los

vicios.


Escaseaba todo y jamás soñaron con lujos banales porque desconocían su existencia. - ¿Cómo es posible que por los orígenes de la persona su vida esté tan marcada para siempre?, se preguntaba Noriega. Pasaron algunos años pero nunca olvidó el impacto de Oliver ni la vida lujosa de la ciudad. Noriega que ya tenía envenenado el corazón, notaba que el deseo persistía en su empeño de conseguir sus sueños. Decidió que saldría del pueblo al cumplir los dieciocho años desoyendo los consejos de sus padres. En su mente persistía la misma idea como un fuego que no se extingue. Se repetía a sí mismo la misma cantinela: - Quiero salir porque necesito huir de estas montañas para progresar. Caminaré hacia las tierras del este y quizás volveré a ver a Oliver... - Yo también quiero vivir las tierras del sol, la luz cegadora y la libertad. Y, en efecto, Noriega, tal como había planeado, intuyó que iba transformarse en otro personaje nuevo y diferente. Una vez instalado en la gran ciudad Noriega

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fue mejorando su estatus y progresando de manera vertiginosa. Al final, consiguió realizar el gran sueño de su vida porque era un luchador nato e incansable. Fue realizando diversos estudios mientras trabajaba y fue promocionando y aprovechando todas las oportunidades a su alcance. Por fin, cumplió su sueño y acabó viviendo cerca del mar, la luz y la eterna primavera. Poco a poco pasaron los años y Noriega se hizo también mayor. Había sido feliz y afortunado porque había disfrutado de otra vida diferente. Ya sabía lo que era el ocio, el lujo e incluso el poder despilfarrar bienes básicos. Había alcanzado sus metas porque la fortuna le sonrió y triunfó dada su inteligencia innata y su capacidad de esfuerzo y trabajo. Su enorme sentido común

le

había

servido

para

saber

posicionarse

adecuadamente en cada momento clave de la vida. Tuvo la suerte de disfrutar durante largos años del ardor de la pasión y del gran amor soñado durante toda su vida. Fue feliz y saboreó tanto la vida que ésta se le pasó velozmente. Se sintió realizado y todo le había parecido un corto sueño. En su incipiente vejez llegó a pensar que

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su vida en la ciudad había sido irreal, una de sus locas fantasías. Pasaron más años y en el fondo de su corazón triste y cansado, Noriega comenzó a sentir que no había sido tan absolutamente feliz como pensaba y creía. Solía salir todas las tardes a pasear, unas veces por la playa y otras hasta la bocana del puerto para ver entrar los grandes transatlánticos. Le gustaba observar aquel ir y venir de gentes, el descenso de los viajeros. Siempre veía personajes extraños y oía extrañas lenguas que no entendía. Uno de esos días, ya cansado y solitario, estaba sentado bajo una sombrilla en la terraza de un restaurante del puerto. Se puso sus gafas oscuras porque era una tarde de verano y un sol rojizo, cegaba sus ojos. A Noriega se le nubló la vista y apareció una especie de visión fantástica. Sintió de pronto una extraña sensación, una especie de convulsión por la presencia de algo interno y diferente. Le atravesó un extraño escalofrío proveniente de las vibraciones de otro ser cercano. Todo sucedió con tal fuerza que

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le


removió con vehemencia su interior. Noriega se fijó en un viajero ya mayor, de buena apariencia, que se había bajado de un gran transatlántico. Tras realizar unas gestiones, el desconocido se había sentado justo a su lado tras pronunciar un seco saludo de cortesía. Noriega observó que era un hombre tan mayor como él o más, eso sí, muy elegantemente vestido. Tenía el pelo ondulado y brillante

pero

totalmente

blanco.

Parecía

un

rico

extranjero que venía de tierras lejanas. Noriega recapacitó rápidamente y dedujo que no lo conocía pero, de repente, se le encendió una luz. Se acordó de aquel primer encuentro de su infancia y de su pueblo con su amigo Oliver. Empujado por una fuerza inexplicable sintió la necesidad de hablar con aquel hombre desconocido e impactante. Se atrevió a entablar conversación y preguntarle con una educación exquisita y un lenguaje cuidado: - Buen señor, ¿es usted de aquí o viene de paso?, le preguntó Noriega tímidamente. - Realmente soy de todas las partes pero no pertenezco a ninguna. Vengo de tierras muy lejanas y desconocidas

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para la gran mayoría, le contestó muy seca y airadamente el viajero desconocido. - Entonces, ¿de dónde viene usted?, insistió Noriega tembloroso. - Vengo de las áridas e inhóspitas tierras del destierro, respondió el desconocido.

Noriega enseguida entendió que aquella situación no era muy habitual. No obstante, se quedó muy intrigado con aquel extraño personaje. Sentía una especie de atracción inexplicable hacia aquella persona. Volvió a insistir para pedirle más información y explicaciones. El enigmático

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hombre le respondió ahora con un tono algo más amable: - Mire señor, acabo de volver de las tierras que están más allá del este. Le diré aún más, yo ya no vengo de ninguna parte sino que huyo del viejo pasado para recuperar mi corto futuro, prosiguió el enigmático desconocido. - No le entiendo muy bien, señor. ¿Qué quiere usted decirme con eso?, le preguntó nuevamente Noriega. - Pues muy sencillo. Tras ser poderoso y poseer todo lo que se puede desear, he sido condenado hace unos años al ostracismo. - ¿Qué quiere decir exactamente con eso?, volvió a insistir Noriega. -

Veo que es usted curioso e indiscreto pero ya nada me importa. Fui persona non grata en mi propia tierra, o lo que es lo mismo, yo molestaba a los caciques de mi ciudad. No se fiaban de mí, explicó malhumorado el desconcertante desconocido.

- Noriega, haciéndose el ignorante y el sorprendido, le replicó nuevamente: - ¿Pero, señor, qué tierras existen más allá del este y

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de donde sale el sol? - Allí están los áridos paisajes, las montañas vacías y los valles resecos. Aquellos lugares son hostiles y poseen interminables sombras. En el desierto se puede sentir la gran noche del vacío, explicó misteriosamente el desconocido y enigmático personaje. - Perdone que le diga, pero cada vez que dice algo nuevo me deja usted más sorprendido y desconcertado aún, replicó Noriega. - La vida es una caja de sorpresas, remató casi enmudecido, el extranjero mientras su cuerpo se desvanecía y desplomaba sobre su propio sillón de mimbre. El desconocido tenía el rostro pálido y la frente sudorosa pero estaba plenamente consciente. - Noriega, le ayudó a levantarse y le respondió: ¿Se encuentra bien, señor? - No es nada grave, soy diabético y es una subida o bajada de azúcar, respondió. - No doy crédito a lo que veo y oigo. Esto me parece un mal sueño. Cada vez que me habla usted me recuerda mucho a un viejo amigo de la infancia que se llamaba

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Oliver. - Yo vine a esta ciudad por su culpa y le he estado buscando desde hace muchos años pero ha sido una búsqueda en vano. Es una pena que todo haya pasado tan rápido porque ya nada queda de aquel niño de pueblo, del gran soñador que fui, dijo Noriega. - Ni yo tampoco soy el mismo, dijo el enigmático personaje,

abriendo

los

ojos

de

una

manera

penetrante y fijándose atentamente en el rostro de Noriega. - Nadie consigue ser el mismo al cabo de la vida. Yo ahora sólo soy un simple burla de lo que fui, un cadáver viviente llamando a las puertas del gran silencio, prosiguió el orgulloso extranjero con una temblorosa voz. - Mire usted, he recorrido muchos kilómetros por el infinito camino de la vida y de la nada. Fui en busca de un viejo deseo y de una pasión incumplida. Luché y perseguí el gran sueño que

tuve y jamás pude

realizar, dijo el enigmático extranjero. Ahora he vuelto a buscar la paz del hogar. Abandoné aquella

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búsqueda que me carcomía y se iba apoderando de mí, dijo el desconocido cambiando el tono de su voz y su actitud. - No creo en los milagros pero el mundo es un pañuelo. Curiosamente, yo me llamo Oliver, como aquel amigo suyo de la infancia. Es cierto que siempre he sido un nostálgico. Recuerdo que fui algunos veranos para conocer el pueblo de mi abuelo, un médico republicano que tuvo que exiliarse para salvar la vida, replicó el extranjero que aún no se había repuesto plenamente de su pequeño desvanecimiento. - Ya decía yo que la vida y el destino son impredecibles. Nada de lo usted me decía me resultaba extraño, dijo Noriega. Lo cierto es que cuando le vi me puse a recordar retazos del pasado. Me vinieron breves ráfagas pero no puedo creer que la vida nos hubiera puesto de nuevo, frente a frente, replicó Norberto. - Si

no

le

importa,

permítame

que

le

pregunte

nuevamente cuál es su nombre porque no sé si me lo ha dicho pero no he estado atento, respondió Oliver. - Ya no hay dudas. Le he dicho, señor, que me llamo

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Noriega y soy del norte pero usted me sigue preocupando porque le veo sudoroso y muy sofocado. - No me encuentro muy bien pero aún no estoy muerto. Sé muy bien aún lo que digo, respondió Oliver. Todo esto es sorprendente, quizás sólo sea un espejismo más de la vida pero ciertamente me vienen esos con nitidez esos viejos recuerdos de infancia. - Yo ya le he dicho que me llamo Noriega y seguro que nos conocemos de la infancia porque todo esto encaja. Usted vino a veranear a mi pueblo hace muchísimos años, cuando éramos niños. Todo eso yo no lo he olvidado jamás. - Entonces, si esto es así, ya sólo cabe hacerse una última pregunta, señor Noriega: ¿estamos ambos realmente vivos o es que podemos seguir sintiendo, recordando y hablando después de muertos?, dijo el señor Oliver con cierta sorna chulesca mientras volvía a desvanecerse. - Ayuda, por favor, llamen rápidamente a los policías para que traigan una ambulancia, gritó Noriega a sus convecinos de terraza.

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- Este viejo amigo estĂĄ grave y necesito que me cuente muchas cosas de su azarosa vida, decĂ­a para sus adentros Noriega mientras la gente se acumulaba a su alrededor y llegaba la ambulancia.

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20

La otra realidad  
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