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JINETES DEL DESTIERRO

MIGUEL CALDERÓN ESTALAYO

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Quizás a muchos de vosotros y vosotras, compañeros todos del tránsito y camino, os hayan ido bien las cosas de la vida por haber tenido a vuestro lado la fortuna. Quizás los dardos de la ausencia y el olvido no os atacaron dura y fieramente, tal como suele suceder, impunemente, en el cruel anochecer de inviernos crudos. Quizás os ha ido bien, al menos, en apariencia porque habéis demostrado ser hábiles y astutos, porque tuvisteis la gran corazonada de apostar por un éxito rápido y seguro sin tener que rendirle cuentas a ninguno. Pero los otros, los más ilusos, los pobres soñadores que fueron sinceros y engañados, poco precavidos, los que quisieron cambiar el rumbo del universo, son condenados por fidelidad a la utopía perseguida. Fueron sometidos directamente al ostracismo, encadenados a un destierro frío, cruel y mudo. Esos pobres inocentes que no amasaron fortunas, enviados al gueto de los que nunca se vendieron.

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Sufrieron el inmenso temor de los mortales y la impotencia sentida al romper sus ideales. Luego, al llegar la fría madrugada, se descubre que un espacio en la trinchera está vacío, libre, porque acaban de perder a uno de los suyos. Igual que ellos, yo, necio de mí, lo reconozco, fui ingenuo, al querer perseguir algo imposible, al creer en los sueños como ejes de este mundo. El bueno piensa que el valor y la verdad desnuda son siempre un manantial fuerte y seguro para cambiar un mundo tan deshumanizado. Aun siendo conscientes de haberlo maltratado en cosa de días, horas o minutos, no se arregla. La falta de sensibilidad, la falta de conciencia ni con dinero crece ni con poder se multiplica. No te arrepientas de pagar doble tributo, de no aparecer en el medallero de la historia pues la quimera es hermana del ensueño. Yo escogí aventurarme en el mayor de los misterios, desentrañar extrañas verdades y burdas mentiras. Quise probar el óxido amargo y el cruel veneno que esconden las adelfas, blancas, rosas o amarillas. Busqué el límite del cuerpo más allá de los deseos, al intentar huir de la cruel monotonía. Probé el sabor agridulce de todo falso beso, la caricia traidora que te vende y que te acusa.

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Sentí el color de la luz que muere en el espejo y el calor perecedero de un sol de primavera... La herida abierta que mana y que no cierra pues el corazón limpio ignora trampas y cerrojos. Besé los labios depositados en el árbol de la vida y recogí las flechas que me asignó Cupido. También tuve besos intrusos en las horas muertas que te hieren y matan cuando el amor se burla. Conocí las sombras, temblores y requiebros del falso amor, pasión errante y cruel indiferencia que no conoce paz, tregua ni fronteras y estrangula a sus hijos sin medida ni conciencia. Enmudecí desnudo y solitario, casi muerto, al pisar las dunas en el desierto del destierro, al sentir la soledad del infinito tiempo, al beber del inmenso vacío del silencio. Arranqué la pureza blanca, almidonada de esos lujosos y mancillados lechos. Perseguí un amor, casi siempre insatisfecho, porque amores perfectos jamás se conocieron. Elegí luchar contra todo aquello que se mueve pero sin definirlo porque se oculta y esconde. Busqué las fuerzas que van contra corriente. Hubo fantasmas que me rodearon y derrotarlos pude y oí razones tan oscuras que jamás me convencieron.

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¿Qué se puede esperar en esas noches tristes que tachas de tu abierto y presente calendario, cansado de ser un viajero, vagabundo errante, que no llega al destino tras el devenir del anuario? Una niebla penetrante y quejumbrosa me arrastra por el aire, me lleva al horizonte, y me sumerge en las inmensas aguas de los mares. Las olas presurosas, poderosas, me zarandean, parecen escucharme pero jamás oyen ni obedecen porque son hijas y esclavas fieles de los vientos. Entre los mares, aún reflota mi llanto triste y roto, sobre las olas de espuma y el rocío blanco. Espero el viaje final que adelantar no quiero refugiado en un gran puerto, en un lugar seguro. En fin, hice el periplo de las tierras y los mares, bajé hasta las cavernas del mismísimo Neptuno y aunque cansado y dolorido, tal vez como ninguno, supe volver a la fuente y al manantial seguro. Consciente soy de que la culpa es mía por querer resucitar los mitos más arcanos, por esperar que llegue alguna mano pura o el milagro egregio de una diosa ociosa. Sé que debo salir del callejón largo y duro y encontrar la luz, la pócima, el seguro camino que me saque de la noche oscura porque la náusea y la nada delatan su premura.

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Decidme, vosotros que habéis ido por delante y presumías de experiencia y de saber lo ignoto. ¿Dónde está la ruta de las viejas esperanzas, dónde el hospital que rehabilita viejos cuerpos, que devuelve a la vida la salud perdida? A vosotros, poderosos dioses que veláis ocultos y contempláis las muchas miserias de acá abajo, desvelad de una vez los misterios más ocultos, echadnos una mano y enseñadnos el atajo. !Restituid la luz del sol a los eternos defraudados. !Rescatad a los cautivos que aún no han muerto! !Recomponed las bases de este universo inmenso ya que por su loco bailar y su giro rotatorio, eterno, no sé si soy un muerto que aún permanece sano y vivo o un simple mortal que más que vivo ya está muerto!

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Jinetes del destierro